lunes, 12 de enero de 2026

Ciencia Ficcion Dura: "¿La Ciencia Puede Probar a Dios? ( Ensayo )"

 


Ciencia Ficción Dura (Ensayo)

¿La ciencia puede probar a Dios?
por Rodriac Copen


Este artículo no intenta demostrar la existencia de Dios.

Intenta algo más honesto y tal vez más incómodo: mostrar hasta dónde puede llegar la ciencia cuando se atreve a formular esa pregunta sin trampas, sin dogmas y sin consuelos.


Introducción al problema

Desde la física moderna sabemos algo inquietante: el universo no nació en el caos.

El Big Bang no fue un estallido desordenado, sino un estado extremadamente especial: altísima densidad, sí, pero entropía sorprendentemente baja. Un punto inicial delicadamente afinado, casi incómodamente preciso.

En ese instante primitivo, las constantes fundamentales como gravedad, electromagnetismo, y las fuerzas nucleares, quedaron acotadas dentro de márgenes estrechísimos. Y a partir de ahí ocurrió lo inesperado: la materia comenzó a organizarse sola. Átomos. Moléculas. Estrellas. Galaxias. Planetas.

El universo empezó con un orden extraordinario e inexplicable, en un estado de bajísima entropía y desde allí evoluciona lenta y sostenidamente al caos y a su propia muerte.

Este hecho es científicamente perturbador.

La Segunda Ley de la Termodinámica nos permite comprender cómo surge el orden local en un universo que, en conjunto, se degrada. Pero no explica por qué el universo comenzó tan ordenado. Ese estado inicial no es una consecuencia: es la fuente de todo orden posterior.

Sabemos que el universo puede crear estructuras locales mientras aumenta el desorden global. Una estrella es un ejemplo clásico: una isla de orden que, al brillar, disipa energía al espacio, incrementando la entropía total.

La vida lleva este mecanismo al extremo. Aparece bajo un orden bioquímico extraordinario, pero solo puede mantenerse exportando entropía al entorno. Vivir es disipar energía. Vivir es acelerar el desgaste del universo.

Tú mismo puedes notar el aumento de tu entropía cuando emites energía al universo. Tu calor corporal es el reloj entrópico que avanza hacia el caos del envejecimiento y la muerte.

La ciencia explica esto sin contradicción: los sistemas abiertos pueden generar complejidad siempre que paguen el precio entrópico. La vida, las galaxias y la conciencia no violan la entropía; son canales por los que esta crece más rápido.

La entropía no solo mide desorden. Define la flecha del tiempo.
El pasado es el estado de menor entropía.
El futuro, el de mayor.


Por eso recordamos el ayer y no el mañana. Por eso envejecemos. Por eso nada complejo perdura sin energía.

Desde esta perspectiva, el universo no está diseñado para conservar estructuras, sino para transformarlas y disiparlas. Lo inquietante por consecuencia es que el universo fue diseñado para la creación. Fue diseñado para dar vida.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿Por qué el universo crea cosas?

Porque la degradación necesita intermediarios. Porque la vida requiere devenir. Porque las cosas que se crean, deben terminar muriendo. Esa es la regla suprema de nuestro universo.

El universo no pasa de energía concentrada a energía muerta en un solo salto. Necesita estrellas para quemar combustible, planetas para redistribuir energía, vida para procesar gradientes, y mentes para acelerar interacciones.

Las estructuras complejas existen porque son rutas eficientes de disipación. El orden existe porque el universo necesita destruirlo.

Brutal, sí. Pero también elegantemente simple.

Según el modelo cosmológico actual, las estrellas se apagan, los agujeros negros se evaporan, la energía se homogeneiza. La llamada “muerte térmica” no es una explosión final: es el agotamiento de sus posibilidades.

Esto nos lleva a una idea perturbadora: El orden no es el estado natural del universo. 

Es un fenómeno transitorio que solo existe porque el universo comenzó excepcionalmente mal configurado.

Todo lo que existe es consecuencia temporal de una condición inicial improbable.

La conclusión más lógica que permite la ciencia es esta: el estado de máximo desorden es el más estable.

Pero para que el universo fuera dinámico, para que pudiera existir algo más que vacío térmico,  fue necesario un estado inicial de mínima entropía.

Sin ese estado excepcional, no habría estrellas. Ni planetas. Ni vida.

En un estado “natural”, nada de esto habría sido posible.

Entonces... ¿la ciencia puede probar a Dios?

Partiendo de todo lo anterior, desde un punto de vista estrictamente científico, parecen abrirse solo dos posibilidades coherentes.



Universo cíclico

La primera propone que el universo se expande hasta un límite, se detiene y luego se contrae. Big Crunch. Nuevo Big Bang. Repetición. Un ciclo eterno de expansión y colapso.

Einstein, Friedmann, Tolman y más tarde Penrose exploraron seriamente esta idea.

El problema es fatal.

Tolman demostró en los años treinta que la entropía se acumula ciclo tras ciclo. Cada nuevo universo sería más grande, más frío y menos estructurado que el anterior. Irremediablemente en algún ciclo el desorden entrópico sería tal, que la creación sería imposible.

El resultado es devastador para la hipótesis porque el universo no puede volver jamás a un estado inicial puro.

La ciclicidad no resetea la entropía. El azar térmico no genera universos habitables. La vida compleja no puede surgir eternamente por reciclaje.

Sin un mecanismo externo de “reinicio”, la hipótesis colapsa.

Incluso si el universo fuera cíclico, nada garantiza que la vida vuelva a aparecer. Podría haber ocurrido una sola vez. Aquí. Ahora. Y nunca más.

Eso no resuelve el problema de la condición inicial. Solo que lo vuelve más cruel.



La causa externa

Descartada la primera, queda la segunda posibilidad, que nos dice que la condición inicial vino de fuera del sistema.

Algo o alguien, impuso ese estado excepcional de mínima entropía.

Pero aquí aparece una frontera insalvable debido a que nosotros estamos dentro del sistema.

Una causa externa al universo sería, por definición, inobservable, no falsable y no modelizable. Eso no la hace falsa. La hace científicamente inaccesible.

Y, además, esa causa no puede pertenecer al universo, porque todo lo que pertenece a él está sujeto al tiempo, a la degradación y, finalmente, a la muerte térmica.

Esto no es teología. Es lógica de sistemas cerrados.

La ciencia solo puede estudiar relaciones internas. Si existe una causa externa, está fuera de su alcance.



Conclusiones

Lo único que la ciencia puede afirmar con rigor es esto: El universo observable depende de una condición inicial excepcional que no puede derivarse de su propia dinámica.

Nada más. Nada menos.

Esa afirmación no prueba a Dios, pero tampoco lo descarta. “Causa externa” no significa “Dios”, pero tampoco lo excluye.

Puede ser un agente intencional, un proceso impersonal, una estructura meta-física, un sistema previo, una civilización avanzada... o algo que ni siquiera encaje en nuestras categorías.

La ciencia no puede distinguir entre estas posibilidades.

Y aquí aparece el error más común, que es decir “Si la ciencia no puede explicarlo, entonces es Dios.

Ese es un Dios de los huecos, intelectualmente débil.

Lo único honesto es admitir el límite.

¿Podría ser una civilización avanzada?

Desde la lógica, sí. Pero no una civilización cualquiera. Debería existir fuera de nuestro universo, no ser observable desde dentro y ser capaz de generar universos completos.

Desde nuestra perspectiva, un ingeniero cósmico y Dios serían indistinguibles.

Pero hay una trampa conceptual.

Si esa civilización existe en algún universo, está sujeta al tiempo y a la entropía. También necesita su propia condición inicial excepcional. También enfrenta su propia muerte térmica.

No es una explicación final. Es un eslabón más.

Eso conduce a una regresión infinita.

La única diferencia real entre “Dios” y “otra civilización” es que Dios suele definirse como no contingente, no degradable y fuera del tiempo. Una civilización no.

Si la causa externa elude la entropía, deja de encajar en la categoría de civilización. Si no la elude, no resuelve el problema último.

Tomás de Aquino

Entre 1265 y 1273, Tomás de Aquino escribió la Suma Teológica. No como un tratado polémico, sino como una obra didáctica.

Sus argumentos no eran experimentales. Eran filosóficos. Y él lo sabía.

Tomás no intentó probar a Dios científicamente. Intentó demostrar que creer no era absurdo.

Y eso es algo muy distinto.



Epílogo

La ciencia no encontró ni encontrará a Dios, pero tampoco lo expulsó del mapa.

Llegó, en cambio, a un límite: una frontera donde las ecuaciones dejan de avanzar no por ignorancia, sino por definición. Allí donde la física solo puede señalar una condición inicial excepcional y callar.

El universo existe porque comenzó en un estado que no debería haber ocurrido. No hay ley conocida que lo obligara a ser así.

Ese hecho no demuestra nada... pero tampoco es trivial.

Si existe una causa externa, no puede ser observada desde aquí. No puede ser probada, ni refutada, ni nombrada con precisión. Solo puede ser inferida como una ausencia: aquello que falta en nuestras ecuaciones y que, sin embargo, hace posible que existan.

Llamarla Dios es una decisión cultural, histórica y humana. Negarlo, también.

Desde adentro del universo, ambas posturas son actos de fe. Una explícita. La otra, disfrazada de certeza. En el medio habitamos los agnósticos.

La ciencia, por su parte, permanece honesta. No afirma lo que no puede probar. Pero tampoco niega lo que no puede excluir.

Y quizás esa sea su contribución más profunda a esta antigua pregunta el no ofrecernos una respuesta, sino obligarnos a aceptar que el universo no se explica completamente a sí mismo.

Todo lo demás como creer, negar, rezar o callar, ocurre fuera del laboratorio.

Y fuera de las ecuaciones.

La ciencia no probó a Dios; probó, en cambio, que el universo no basta para explicarse a sí mismo.




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