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Diario de Rodriac - Humor🌹
Historias tontas que nadie pidiópor Rodriac Copen
Estuve de viaje unos días. Nada extraordinario, por cierto. No descubrí una civilización perdida, no regresé con un manuscrito de los templarios ni tuve revelaciones místicas en la cima de una montaña. Simplemente me ausenté.
Y, como suele ocurrir cuando uno abandona temporalmente la noble tarea de mirar una pantalla, durante esos días se produjo un fenómeno extraordinario: el mundo siguió girando sin consultarme.
Las redes sociales continuaron su incesante actividad, la humanidad persistió en sus errores y Facebook, ese inmenso manicomio sin paredes ni enfermeros de guardia, siguió ofreciendo al público sus habituales dosis de sabiduría instantánea, indignación prefabricada y confesiones que nadie ha solicitado.
Mi ausencia también tuvo otra ventaja: el silencio.
Uno se despega un poco de las redes, deja de recibir las opiniones de personas que jamás habría invitado a su casa y recupera, aunque sea provisionalmente, la agradable sensación de que no todo lo que ocurre en la cabeza ajena merece convertirse en información pública.
Yo uso los viajes para reflexionar. Sobre mi vida, lo que va mal y lo que tengo que decidir. Nunca decido en caliente.
Pero después del paréntesis que un viaje significa para mi vida, viene el regreso.
Y ahí está el problema.
Porque basta una recorrida por las publicaciones acumuladas para comprender que, mientras uno se dedicaba a mirar otras cosas como tetas y culos en vacaciones, el universo digital no solo sigue funcionando, sino que continúa produciendo material.
Mucho material.
Material que nadie pidió, que nadie necesita y que, sin embargo, sus autores consideran indispensable compartir con la humanidad.
De ahí este pequeño inventario de historias tontas que nadie pidió (como la que estás leyendo).
Las empoderadas y el departamento de reclamaciones masculinas
Comencemos por las feministas empoderadas que utilizan las redes sociales para explicarnos, con admirable perseverancia, lo despreciables que somos los hombres.
No todos, naturalmente. Aunque, por el tono de algunas publicaciones, uno sospecha que la excepción masculina debe de estar escondida en alguna reserva natural, bajo protección internacional.
El repertorio es conocido: los hombres no saben amar, no saben escuchar, no saben comprometerse, no saben comunicarse, no saben elegir una camisa y, llegado el caso, tampoco saben respirar de la manera correcta.
Uno lee esas cosas y termina preguntándose cómo ha logrado sobrevivir la civilización con semejante catástrofe biológica caminando sobre dos piernas.
Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando uno presta atención a los antecedentes sentimentales que suelen acompañar estas proclamas.
Una relación desastrosa. Dos, a veces. Un individuo que resultó ser un perfecto imbécil. Otro que confundía la convivencia con un servicio de hotel. Y, finalmente, la conclusión científica: los hombres son todos iguales.
La muestra estadística es impecable. Tres experiencias personales, ninguna metodología y una generalización con pretensiones de tratado sociológico. En realidad, mi empoderada y lela feministra triste, todo viene de tu nula capacidad para elegir bien. El problema que no puede resolver tu cerebro es simple: los buenos hombres siempre estamos relacionados y no andamos buscando chicas ni por medios digitales ni en bares por la lógica borrasca alcohólica que niebla el buen juicio.
Por supuesto, existen hombres miserables, abusadores, egoístas y emocionalmente incapacitados para distinguir entre una pareja y una empleada doméstica sin sueldo. Pero también hay muchas mujeres asi, pero algunos tenemos la caballerosidad de no decirlo. Negar la negatividad y toxicidad de algunos especímenes humanos masculinos y féminos sería tan absurdo como negar que existen personas capaces de convertir una discusión por la compra del supermercado en una cumbre extraordinaria de las Naciones Unidas.
El problema no es denunciar las conductas desagradables. El problema es transformar una mala experiencia en una teoría universal y después utilizar esa teoría para justificar todas las malas experiencias futuras. Algo así como la teoría de la tierra plana pero a nivel sociológico.
Si uno elige repetidamente a la misma clase de imbécil, quizá convenga revisar el catálogo de selección o el algoritmo de selección ¿No te parece? Pero hacerlo es un ejercicio mental de salud, no para asumir la culpa de lo que otro hace, sino para preguntarse por qué determinadas señales de alarma parecen ejercer el mismo atractivo que una liquidación de zapatos.
Naturalmente, esta sugerencia no siempre será bien recibida. Hay personas unineuronales que prefieren cambiar de pareja antes que cambiar de criterio, una operación considerablemente más sencilla y que, además, permite publicar una reflexión inspiradora al finalizar cada temporada.
Y así llegamos al empoderamiento.
Empoderarse, según parece, consiste en descubrir que uno puede tomar decisiones, poner límites y marcharse de donde lo tratan mal. Una noticia revolucionaria, sin duda. Nuestros antepasados llevan milenios intentando hacer exactamente eso, aunque sin necesidad de anunciarlo mediante una fotografía en blanco y negro en tetas y una frase en letras doradas.
El verdadero empoderamiento quizá consista en dejar de necesitar que el mundo entero confirme que uno tiene razón y hacer lo que uno cree está bien sin necesidad de ser revisado por terceros.
Pero eso tiene menos repercusión. Y, sobre todo, deja menos material para publicar.
La depresión en horario central
Pasemos ahora a los que han convertido sus padecimientos emocionales en una sección permanente de sus perfiles.
Aquí conviene hacer una aclaración antes de que alguien prepare una antorcha y me acuse de insensibilidad: el sufrimiento psicológico existe, es serio y no necesita la aprobación de ningún filósofo de sobremesa. Hablar de él puede ser importante. Pedir ayuda es legítimo. Buscar compañía cuando uno atraviesa una situación difícil no tiene nada de vergonzoso.
No me refiero a eso.
Me refiero a esa costumbre de transformar cualquier estado de ánimo en una declaración pública, cualquier decepción en una tragedia griega y cualquier martes ligeramente desagradable en una crisis existencial digna de una temporada completa de Netflix.
Hay publicaciones que parecen redactadas por alguien que acaba de descubrir que la vida no incluye servicio de habitaciones.
«Estoy cansado de darlo todo y no recibir nada».
«Nadie sabe lo que estoy pasando».
«A veces sonrío para que nadie descubra el infierno que llevo dentro».
Y mi favorita, por su extraordinaria capacidad para convertir una generalización en filosofía: «Al final, estás solo».
Uno podría preguntarles si han probado a llamar a un amigo, conversar con alguien de confianza o, en determinados casos, acudir a un profesional. Pero sospecho que la pregunta arruinaría el clima poético de la publicación.
Porque hay una diferencia entre expresar un dolor y convertirlo en una identidad. Una cosa es atravesar una mala etapa y otra instalarse en ella, amueblarla con frases melancólicas y abrir una cuenta para documentar las reformas.
Las redes sociales, además, tienen una peculiaridad: recompensan la exhibición emocional con pequeñas dosis de atención. Un corazón, un comentario, un «fuerza, amiga» o un «te abrazo fuerte» pueden producir esa sensación de acompañamiento que tanto necesitamos los seres humanos.
No hay nada malo en ello, mientras no confundamos el aplauso digital con una solución.
Porque Facebook puede ofrecerte doscientos comentarios de solidaridad, pero ninguno de ellos va a resolver mágicamente tus problemas de pareja, tus dificultades económicas o esa vieja costumbre de esperar que los demás adivinen lo que necesitas sin que tengas que decirlo.
La red puede ser una ventana para pedir ayuda. También puede convertirse en un escenario donde el dolor necesita ser representado una y otra vez para no perder público.
Y, cuando el sufrimiento se transforma en espectáculo, aparece una pregunta incómoda: ¿estamos buscando una salida o simplemente necesitamos que alguien confirme, todos los días, que seguimos atrapados?
No siempre es fácil distinguirlo. Ni corresponde juzgar desde afuera la situación de una persona. Pero quizá convendría recordar que no todo lo que sentimos necesita convertirse en una publicación, del mismo modo que no toda conversación privada mejora cuando se transmite por altavoces en la plaza pública.
Hay dolores que necesitan comprensión, otros que requieren ayuda profesional y algunos que agradecerían, sencillamente, un poco de silencio.
Internet, sin embargo, parece empeñado en convencernos de que el silencio es una oportunidad publicitaria desaprovechada.
Yo lo logré, y ahora te toca aplaudir
Llegamos finalmente a una especie particularmente interesante: los supervivientes oficiales de la vida.
Son esos individuos que publican relatos de superación personal con una frecuencia que haría sospechar que, si dejaran de narrar sus hazañas durante cuarenta y ocho horas, perderían la condición legal de seres humanos.
«Me caí siete veces y me levanté ocho».
«Nadie creyó en mí, pero aquí estoy».
«Atravesé el infierno y salí más fuerte».
«Nunca dejes que nadie apague tu luz».
A estas alturas, uno espera que la siguiente publicación incluya una fotografía del autor descendiendo del monte Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo.
No niego que algunas personas hayan atravesado circunstancias extraordinariamente difíciles y hayan conseguido reconstruir sus vidas. Hay quienes han superado pérdidas devastadoras, enfermedades, violencia, pobreza y obstáculos que no le desearíamos ni a nuestro peor enemigo. Sus logros merecen respeto, y contarlos puede servir de inspiración a otros.
Pero entre reconocer una experiencia genuina de superación y convertir cada dificultad cotidiana en una epopeya personal existe una distancia considerable.
Parece que ahora no basta con resolver un problema: hay que regresar de él transformado, iluminado y dispuesto a impartir una conferencia sobre resiliencia.
Se te rompe el coche: oportunidad de crecimiento.
Te despiden del trabajo: una puerta se cierra para que se abra otra.
Tu pareja te abandona: el universo te está preparando para algo mejor.
Te quedas sin dinero para pagar las facturas: una lección de abundancia interior.
A este ritmo, si se nos cae una maceta en la cabeza, deberíamos agradecerle al destino la oportunidad de desarrollar la fortaleza craneal.
La resiliencia es una capacidad valiosa. Nos ayuda a afrontar las dificultades, adaptarnos a circunstancias adversas y, en ocasiones, reconstruir aquello que creíamos perdido. Pero no es un superpoder, ni una obligación moral, ni un examen que todos debamos aprobar con matrícula de honor.
Y aquí aparece la parte menos agradable de esta cultura de la superación permanente: si triunfar después de una desgracia se convierte en una obligación, ¿qué ocurre con quienes no consiguen hacerlo?
¿Con quienes quedan devastados por una pérdida? ¿Con quienes desarrollan una depresión? ¿Con quienes necesitan años de tratamiento, ayuda de otras personas o simplemente no vuelven a ser los mismos?
¿Son menos dignos porque no pudieron convertir su tragedia en una historia inspiradora?
Por supuesto que no.
Sin embargo, cierta literatura motivacional parece insinuar que todo depende de la actitud. Que basta con levantarse temprano, pensar en positivo y repetir tres afirmaciones frente al espejo para que la realidad, avergonzada por su propia negatividad, se retire discretamente de la habitación.
Ojalá fuera tan sencillo. Nos ahorraríamos buena parte de la medicina, la psicología y los servicios sociales. Bastaría con imprimir unos cuantos aforismos en papel satinado y distribuirlos en las salas de espera.
La realidad es bastante menos cinematográfica. Hay personas que consiguen salir adelante gracias a su esfuerzo, y otras que necesitan apoyo durante mucho tiempo. Hay quienes encuentran nuevas oportunidades y quienes deben aprender a convivir con pérdidas irreparables. La voluntad importa, pero también importan las circunstancias, los recursos disponibles, la salud, los vínculos y ese pequeño detalle que los gurús suelen omitir: la suerte.
Porque la vida no reparte las dificultades de acuerdo con un sistema de méritos. Tampoco garantiza que quienes más se esfuerzan sean quienes mejores resultados obtengan.
Te tengo un secreto: la providencia no existe. Ese fue un invento del status quo para apagar tu cerebro y dejarte guiar como un cordero al matadero. Porque si la providencia existiera, la gente buena no sufriría. Y si: sufre. Ergo no existe la "justicia divina". Y tengo muchos ejemplos ¿eh?
De modo que celebro a quien logró levantarse después de una caída. Lo que me resulta menos convincente es la necesidad de convertir cada levantada en una conferencia de prensa. Viejo, si es por eso merezco un monumento. Más vida de mierda que la mía no conozco. Más matrimonio solitario y amargo no concibo. Más tipo deprimido que yo (que estoy vivo de milagro) no conozco. Bueno... si, si conozco... pero ya no están entre los vivos.
A veces lo mejor para cuando uno supera una adversidad, es sacudirse el polvo y continuar caminando. Sin fotografías. Sin música épica. Sin una publicación titulada «Mi viaje hacia la mejor versión de mí mismo».
Y sin exigir que el resto del planeta se detenga a aplaudir.
La humanidad necesita un botón de silencio
Lo curioso de estas publicaciones es que todas parecen diferentes, pero comparten una misma necesidad.
Unas necesitan que confirmemos que todos los hombres son unos miserables. Otras, que reconozcamos la profundidad de su sufrimiento. Las últimas, que admiremos su extraordinaria capacidad para convertir las desgracias en oportunidades de crecimiento.
En el fondo, todas parecen formular una petición semejante: "mírenme y díganme que mi interpretación de la realidad es la correcta".
No es una necesidad exclusivamente moderna. El ser humano siempre ha buscado reconocimiento, compañía y aprobación. La diferencia es que antes debía reunir a los vecinos, conseguir que lo invitaran a la radio o escribir una carta al director. Ahora dispone de una audiencia potencial de miles de personas y puede publicar su manifiesto mientras espera que se caliente el agua para el mate. Y si tenés tetas, mejor: éxito asegurado.
La tecnología ha democratizado la expresión. También ha democratizado la solemnidad, que es una desgracia bastante más difícil de gestionar.
Hoy cualquiera puede convertirse en filósofo, terapeuta, víctima ejemplar, juez de la conducta ajena o superviviente de una catástrofe cuyo principal testigo fue el propio teléfono móvil.
Y todos parecen convencidos de que su experiencia particular contiene una enseñanza que la humanidad necesita escuchar urgentemente.
Quizá la solución sea recuperar una vieja costumbre: pensar antes de hablar. O, en su versión digital, pensar antes de publicar.
Preguntarse si aquello que estamos a punto de compartir aporta algo, ayuda a alguien o simplemente satisface la necesidad momentánea de descargar nuestro mal humor sobre una audiencia cautiva.
Y, si la respuesta es la tercera, quizá podamos concedernos el lujo de no hacerlo.
No todo pensamiento merece convertirse en contenido. No toda experiencia necesita un público. No toda adversidad nos convierte en héroes y no todo desengaño amoroso justifica una reforma constitucional del género humano.
A veces simplemente estamos equivocados. A veces exageramos. A veces nos comportamos como idiotas. Y, en ocasiones, la explicación más razonable de nuestros problemas no es una conspiración del universo, la maldad de todos los hombres o la envidia de quienes nos rodean.
A veces, sencillamente, tenemos que revisar algunas decisiones.
Una conclusión poco espectacular, lo admito. Pero bastante más útil que una fotografía mirando el horizonte con una frase de Paulo Coelho.
El silencio también es una forma de higiene
Después de unos días fuera, uno vuelve a las redes y descubre que no se ha perdido absolutamente nada indispensable.
Los resentimientos siguen resentidos. Los gurús continúan iluminando a quienes no se lo han pedido. Los supervivientes profesionales siguen resucitando de sus desgracias con una frecuencia que haría palidecer a cualquier religión organizada. Y la humanidad permanece convencida de que sus pensamientos más espontáneos merecen difusión internacional.
No ha cambiado el mundo. Apenas ha cambiado nuestra distancia respecto de él.
Y eso es lo interesante de desconectarse: por un momento, uno recuerda que existe una vida fuera de la pantalla. Una vida donde las personas pueden conversar sin convertir cada frase en una declaración ideológica, donde los problemas no necesitan una audiencia y donde las experiencias personales conservan su valor incluso cuando nadie les pone un «Me gusta».
Así que, si estuviste unos días sin publicar, no te preocupes. Probablemente nadie haya notado tu ausencia. Y si alguien la notó, seguramente estaba demasiado ocupado preparando una reflexión sobre la importancia de aprender a soltar.
Yo, por mi parte, he regresado.
He abierto Facebook. He leído algunas publicaciones. He recuperado la fe en la capacidad humana para producir contenido innecesario.
Y he decidido escribir este artículo para denunciarlo.
Lo cual, si lo pensamos un poco, me convierte en otro individuo que acaba de utilizar las redes para compartir algo que nadie pidió.
La diferencia es que yo, al menos, tengo la decencia de reconocerlo.
Aunque, ahora que lo pienso, esa también podría ser una excelente publicación para Facebook.
Con una fotografía en blanco y negro, naturalmente. Pero sin tetas... porque no tengo.

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