viernes, 28 de agosto de 2026

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jueves, 27 de agosto de 2026

La Trastienda Autoral: "El Mercado de las Recomendaciones"

 



La Trastienda Autoral

🔥El Mercado de las Recomendaciones
por Rodriac Copen


Hay algo curiosamente humano en nuestra manera de arruinar las cosas que funcionan.

No solemos destruirlas porque sean malas. Muchas veces las destruimos precisamente porque funcionan demasiado bien.

Una recomendación puede ayudar a vender un libro. Entonces alguien descubre que puede fabricar recomendaciones.

 Un buen número de seguidores puede indicar que una persona tiene algo interesante que decir. Entonces alguien descubre que puede comprar seguidores.

 Una reseña honesta puede ayudar a decidir si vale la pena comprar un producto. Entonces alguien descubre que puede conseguir cincuenta reseñas de cinco estrellas.

 Un ranking puede orientar al público hacia aquello que otros consideran valioso. Entonces alguien descubre cómo manipular el ranking.

Y así comienza el proceso.

Primero aparece la herramienta. Después aparece la picardía o la avivada. Finalmente aparece la desconfianza.

Y cuando la desconfianza alcanza determinado nivel, la plataforma deja de preguntarse quién está actuando de buena fe y empieza a preguntarse cómo detectar a los que podrían estar engañándola.

Ese cambio parece pequeño. Pero puede transformar completamente las reglas del juego.

Hoy en día cientos de autores sufren la eliminación de reseñas de sus libros en Amazon.

Pero el ejemplo vale para cientos de cosas.

Los seres humanos somos excelentes para arruinar todo lo que tocamos. 



🎯
El problema de convertir una señal en un objetivo

Las reseñas son un buen ejemplo.

En teoría, una reseña tiene una función muy sencilla: alguien compra un producto, lo utiliza y después cuenta qué le pareció.

No debería ser demasiado complicado.

Pero una reseña positiva tiene un valor económico. Puede convencer a otro comprador. Puede mejorar la posición de un producto. Puede modificar la percepción de un autor.

Y en cuanto una señal adquiere valor, aparece la tentación de manipularla.

Entonces empiezan las variantes:

 El autor pide reseñas a sus amigos.
 Lectores reciben un ejemplar gratuito y tienen cierta obligación de devolver el favor.
 Alguien ofrece intercambios de reseñas.
 Otros directamente compran reseñas.
 Algunos crean cuentas específicas para inventar reseñas.
✔ Otros buscan grupos especializados que venden servicios.

Y algunos intentan encontrar sistemas cada vez más sofisticados para conseguir que una actividad artificial parezca espontánea.

Amazon, de hecho, prohíbe actualmente las reseñas de familiares, amigos cercanos, socios comerciales o personas con determinados vínculos con el autor, además de las reseñas compensadas o incentivadas. La plataforma considera que esas relaciones pueden constituir un conflicto de interés que afecta la confiabilidad del sistema. [1]

La lógica es bastante razonable.

El problema es que probablemente no apareció de la nada.

Los sistemas de control suelen volverse más sofisticados a medida que aumenta la cantidad de gente que intenta burlarlos.

Y ahí aparece una paradoja: Los tramposos obligan al sistema a desconfiar también de los honestos.



🎯
El escritor que quería "ayudar" a su libro

Hay una ironía particular en el caso de los autores.

La mayoría no empieza pensando “Voy a destruir el sistema de reseñas”

Empieza pensando algo mucho más inocente como "Necesito algunas reseñas para que mi libro tenga visibilidad.”

Es comprensible. Claro que si.

Un escritor desconocido publica un libro y descubre que compite contra miles de títulos que ya tienen cientos o miles de opiniones.

Entonces busca una manera de conseguir las primeras opiniones sobre su trabajo.

Una reseña. Después otra. Molesta a un amigo. Jode a un compañero de grupo. Presiona a un lector al que le regaló el libro. Busca un un "intercambio inocente" de reseñas entre autores. Crea una promoción.

Nada parece demasiado grave. El problema aparece cuando todos los autores hacen lo mismo.

Porque una práctica que individualmente puede parecer insignificante puede convertirse, cuando se multiplica por miles, en un problema estructural.

La reseña deja entonces de ser una señal de experiencia del lector. Y se convierte en una herramienta de promoción de editores y autores poco éticos.

Y cuando eso ocurre, pierde precisamente aquello que le daba valor.

¿Y que era lo que le daba valor? Su autenticidad.



🎯
El extraño destino de las "herramientas útiles"

Lo mismo ocurre fuera del mundo editorial.

Durante años, tener muchos seguidores podía ser una señal razonable de que alguien tenía una audiencia.

Después aparecieron los seguidores comprados. Los intercambios. Las cuentas falsas. Las granjas de cuentas. Los bots.

Los perfiles creados exclusivamente para amplificar determinados mensajes.

Y llegó un momento en que el número dejó de significar exactamente lo que alguna vez había significado.

Hoy podemos encontrarnos con una cuenta que tiene cientos de miles de seguidores y preguntarnos: ¿Cuántas personas hay realmente detrás de ese número?

El fenómeno de las redes automatizadas y las granjas de bots ha llegado incluso al terreno político. Investigaciones recientes en Argentina y otros países latinoamericanos han vuelto a poner sobre la mesa el uso de redes coordinadas para amplificar mensajes y generar artificialmente determinadas percepciones públicas. [2]

Pero aquí conviene detenerse en algo.

El problema no son solamente los bots. Los bots son apenas una tecnología.

El problema profundo es otro: la tendencia humana a convertir cualquier mecanismo de confianza en un mecanismo de manipulación.



🎯
El mercado necesita señales

Toda actividad comercial necesita señales.

Si quiero comprar un restaurante, necesito saber qué opinan sus clientes.
 Si quiero contratar a un profesional, necesito alguna referencia.
 Si quiero comprar un libro de un autor desconocido, necesito una reseña.
 Si quiero seguir a una persona en redes, el número de seguidores puede ser una señal.
 Si quiero comprar un producto, las opiniones de otros compradores pueden orientarme.

No podemos probar personalmente todo lo que consumimos. Por eso necesitamos confiar parcialmente en la experiencia de los demás.

El problema aparece cuando alguien descubre que puede fabricar esa experiencia. Entonces el sistema empieza a deteriorarse. Y cuando se deteriora demasiado, aparecen las medidas defensivas.

Las medidas anti-avivadas son: Algoritmos, Filtros, Verificaciones, Restricciones, Moderación automática, Limitaciones para publicar, Suspensiones, Eliminación de contenido.

Y, en algunos casos, verdaderas barridas de contenido que pueden afectar también a personas que no estaban intentando hacer trampa.

Amazon explica precisamente que sus controles sobre las reseñas buscan preservar la confianza del sistema y que puede suprimir contenido o limitar la capacidad de determinados usuarios para publicar cuando detecta comportamientos que vulneran sus políticas. [3]

Es una consecuencia bastante lógica.

Pero también bastante triste. Porque sabemos que la estupidez humana es la que arruina todo.



🎯
Cuando la plataforma empieza a sospechar de todos

Imaginemos un pequeño pueblo, en el que durante años existe un mercado en el que todos se conocen.

  • Un vendedor dice “Este producto es bueno.”
  • Y el comprador sabe que probablemente puede creerle. Hasta que alguien empieza a mentir.


Claro, al principio nadie se preocupa porque solo hay un mentiroso.

Después varios comerciantes hacen lo mismo. Finalmente casi todos exageran y mienten. Entonces el comprador deja de confiar en los vendedores. Y el mercado comienza a desarrollar mecanismos para comprobar cada afirmación.

Se crean Certificado, Sellos, Auditorías, Inspectores, Documentación, Controles

Tal vez los conoces como Normas IRAM, normas ISO. Controles de Calidad, Certificaciones, etc

El resultado es paradójico: La mentira de unos pocos termina encareciendo la honestidad de todos.

Eso es lo que muchas veces olvidamos cuando hablamos de plataformas digitales. Las reglas no aparecen únicamente porque las grandes empresas sean malvadas, arbitrarias o burocráticas.

En ocasiones aparecen porque millones de usuarios idiotas han demostrado que, si existe una grieta, alguien intentará utilizarla. Y si la grieta permite obtener dinero, prestigio o visibilidad, seguramente aparecerán miles de estúpidos que las usarán.



🎯
El problema de la “pequeña” trampa

Existe además una característica muy particular de la picaresca.

La persona que hace una pequeña trampa rara vez piensa que está participando en un fenómeno colectivo.

Piensa ¿Qué daño puede hacer una reseña?, ¿Qué importa que tenga veinte seguidores comprados?, Todos lo hacen ¿Por qué no yo?, Estoy ayudando a mi amigo.

O la clásica “Después de todo, mi libro realmente es bueno.”

Y probablemente tenga razón en una cosa: una sola acción casi nunca cambia el sistema.

El problema es que el sistema no está compuesto por una sola acción
. Está compuesto por millones. Y si diez mil autores consiguen artificialmente veinte reseñas, ya no tenemos un pequeño favor entre amigos.

Tenemos doscientas mil señales artificiales.

Si miles de cuentas compran seguidores, el número de seguidores deja de funcionar como indicador.

Si miles de personas utilizan bots para amplificar determinados mensajes, las redes empiezan a parecer mucho más pobladas de lo que realmente están.

Y cuando una plataforma detecta eso, tiene un problema.

Porque ya no puede distinguir fácilmente entre: “Esto PARECE artificial.” y “Esto ES artificial.”

Entonces aparecen los algoritmos. Y los algoritmos no tienen amigos.



🎯
La paradoja de la confianza

Quizás esta sea una de las grandes paradojas de nuestra época digital.

  • Hemos construido sistemas capaces de mostrarnos lo que otras personas piensan.
  • Pero inmediatamente comenzamos a intentar engañar al sistema sobre lo que esas personas piensan.


Hemos construido herramientas para medir popularidad. Y empezamos a falsificar la popularidad.
 Herramientas para medir reputación. Y empezamos a fabricar reputación.
 Herramientas para recomendar. Y empezamos a fabricar recomendaciones.
 Herramientas para identificar lo que interesa a la gente. Y empezamos a fabricar interés.

Al final, la plataforma tiene que defenderse. Y cuanto más se defiende, más complicado resulta utilizarla.

Es una especie de carrera armamentística.

La plataforma crea una regla. Alguien descubre cómo esquivarla.
 La plataforma modifica el algoritmo. Alguien encuentra otra grieta.
 La plataforma agrega otra comprobación. Y así sucesivamente.

Hasta que el sistema que originalmente era sencillo termina convertido en una enorme maquinaria de vigilancia y detección.



🎯
Quizás el verdadero problema no sean los algoritmos

Existe una tendencia muy extendida a culpar a los algoritmos.

A veces con razón. Pero quizá el problema esté un poco antes.

El algoritmo no apareció porque los seres humanos fueran especialmente honestos.

Apareció porque necesitábamos manejar una cantidad gigantesca de información y detectar comportamientos que una persona no podría revisar manualmente.

El algoritmo es, en cierto sentido, la respuesta tecnológica a un problema humano.

Y cuanto más intentamos engañarlo, más sofisticado tiene que volverse.

Por eso existe una pregunta incómoda que pocas veces nos hacemos y es ¿Cuánto de la complejidad de Internet hemos creado nosotros mismos?

No necesariamente las empresas. Nosotros. Los usuarios. Los vendedores. Los autores. Los influencers. Los políticos. Los consumidores.

Todos aquellos que alguna vez pensamos que una pequeña ventaja obtenida mediante una pequeña trampa no tendría consecuencias.



🎯
La destrucción de las señales

Tal vez lo más importante que estamos perdiendo no sean las reseñas, los seguidores o los rankings.

Estamos perdiendo algo mucho más valioso, que no es otra cosa que la capacidad de interpretar esas señales con confianza.

  • Un cinco estrellas ya no significa necesariamente lo mismo que antes.
  • Un millón de seguidores ya no significa necesariamente un millón de personas interesadas.
  • Una tendencia puede ser auténtica o fabricada.
  • Una recomendación puede ser espontánea o comprada.
  • Una multitud puede ser real o estar compuesta parcialmente por cuentas que nadie mira.


Y cuando las señales pierden valor, todos pagamos el precio.

  • El buen escritor. El mal escritor.
  • El buen producto. El mal producto.
  • El creador desconocido. El creador famoso.
  • El ciudadano que dice la verdad. El que fabrica una realidad.


Todos terminan navegando en el mismo océano de incertidumbre.



🎯
Hay una lección bastante antigua detrás de todo esto

El problema no es que Internet ha inventado una nueva clase de seres humanos tramposos.

La historia demuestra que no hacía falta Internet.

Siempre hemos intentado encontrar ventajas.
 Siempre hemos exagerado.
 Siempre hemos comprado voluntades.
 Siempre hemos recomendado a nuestros amigos.
 Siempre hemos intentado influir en los demás.
 Siempre hemos sido tramposos por naturaleza

Lo que Internet hizo fue algo diferente como multiplicar la velocidad y la escala de esas conductas.

Una pequeña trampa que antes podía afectar a veinte personas hoy puede afectar a veinte millones. Y una práctica que antes resultaba demasiado costosa para ser masiva puede automatizarse.

Por eso la responsabilidad también cambia de escala.

Lo que individualmente parece insignificante puede ser colectivamente devastador.



🎯
El curioso castigo de las avivadas

Hay algo casi poético en todo esto.

  • El que compra una reseña cree que está aprovechándose de Amazon.
  • El que compra seguidores cree que está aprovechándose de las redes.
  • El que utiliza bots cree que está aprovechándose del algoritmo.
  • El que falsifica popularidad cree que está aprovechándose del sistema.


Pero todos ellos producen, lentamente, el mismo resultado haciendo que el sistema confíe menos. Y cuando el sistema confía menos, aparecen más controles. Y cuando aparecen más controles, todos tenemos menos libertad. Incluso aquellos que nunca hicimos trampa.

La pequeña avivada individual puede parecer inteligente. Pero multiplicada por millones puede convertirse en una estupidez colectiva.

Quizás esa sea una de las ironías más grandes de la economía digital, y es que intentando conseguir una ventaja sobre los demás, terminamos destruyendo precisamente el mecanismo que permitía obtenerla.

Y entonces todos volvemos a empezar. Con más filtros. Más verificaciones. Más algoritmos. Más restricciones. Más desconfianza.

Y menos capacidad para creer simplemente que, detrás de una reseña, un seguidor, una recomendación o una opinión, hay efectivamente una persona que quiso decir exactamente eso.

Porque algunas cosas funcionan únicamente mientras la mayoría decide no hacer trampa. Y quizás la confianza sea una de ellas.



Mencionado en el Artículo:

[1] Amazon Community Guidelines

[2] ¿Cómo funcionan las granjas de bots que se usan para desinformar a la población?

[3] How Amazon maintains a trusted review experience - Trustworthy Shopping at Amazon


 





 

 

 

 

 

 

 

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miércoles, 26 de agosto de 2026

Diario de Rodriac: "El Misterio de la Felicidad ( Ensayo Filosófico )"

 



Diario de Rodriac - Ensayo Filosófico

🔥
El Misterio de la Felicidad
por Rodriac Copen


El ser humano no parece estar diseñado simplemente para sobrevivir, sino para sentir que su existencia tiene algún sentido o propósito.

Tanto si crees en un dios, en la ciencia, en el universo o en el azar, eso resulta fascinante.

Y esa percepción produce una paradoja extraña en la naturaleza humana.

Las personas podemos tener comida, seguridad, afecto, dinero, salud, reconocimiento... y aun así sentirnos profundamente infelices. 

Por el contrario, una persona puede vivir en condiciones objetivamente difíciles y experimentar momentos de felicidad extraordinaria.

Por eso sospecho que la felicidad tiene varias capas.



La felicidad en la SciFi

Jack Vance trató este tema magníficamente en "Los ojos del sobremundo" (The Eyes of the Overworld, 1966), protagonizada por Cugel el Astuto, dentro de la saga de La Tierra Moribunda.

El autor construyó allí una reflexión que puede leerse como una magnífica metáfora de la sociedad de consumo occidental

En Los ojos del Sobremundo, las gafas no son simplemente un artefacto fantástico. Funcionan casi como una metáfora materializada del autoengaño humano.

Vance no necesitó decir: "Los seres humanos prefieren una realidad agradable a una realidad verdadera." ( Ese tema también se trató en "The Matrix"  ). El autor hace algo mucho mejor: construye una sociedad en la que eso literalmente ocurre.

Las gafas permiten que sus usuarios vean una realidad conveniente mientras la realidad objetiva está ahí, delante de ellos. Y lo verdaderamente perturbador es que no necesitan estar obligados a usarlas. Las utilizan porque la realidad verdadera les resulta desagradable.

Ahí Vance toca algo muy profundo: que el autoengaño no necesita un mentiroso

Estamos acostumbrados a pensar en la mentira como la situación en la que alguien miente y otro cree la mentira.

Pero existe otra estructura mucho más interesante desde el punto de vista sicológico: los individuos ven la realidad interpretándola de manera conveniente para darse tranquilidad.

Nadie tiene necesariamente que engañar al ser humano. Porque puede hacerlo por sí mismo.

Tal vez nuestra pulsión hacia la felicidad produce una tentación peligrosa: si la realidad no coincide con aquello que necesitamos para sentirnos bien, podemos modificar nuestra percepción de la realidad.

No podemos cambiar el mundo. Pero podemos cambiar la historia que nos contamos sobre él.

Y eso puede funcionar extraordinariamente bien. Al menos durante un tiempo.

Y aquí Vance es bastante cruel. Porque las gafas llevan esa idea hasta el absurdo.

No se trata simplemente que alguien diga "Mi matrimonio es maravilloso" cuando evidentemente no lo es. Es alguien que literalmente ve otra cosa.

Y esta es una idea muy de ciencia ficción: ¿Qué ocurriría si pudiéramos eliminar de nuestra percepción todo aquello que nos hace infelices?

La respuesta de Vance parece ser que probablemente construiríamos una realidad maravillosa... y viviríamos completamente engañados dentro de ella.

Y hay algo todavía más inquietante. Quizás ya hacemos una versión rudimentaria de eso.

Nuestras creencias, ideologías, prejuicios, recuerdos, expectativas y deseos funcionan en cierta medida como filtros.

No vemos la realidad desnuda. Vemos una realidad interpretada por nosotros.

Por eso creo que Los ojos del sobremundo puede leerse casi como una novela sobre epistemología disfrazada de fantasía extravagante ¿Cuánta realidad estamos dispuestos a sacrificar para conservar nuestra felicidad?

Y entonces aparece una posibilidad bastante incómoda: quizá la felicidad y la verdad no siempre sean amigas.



La pulsión básica es conservarse

La primera capa del individuo es evidentemente biológica.

Un organismo que no buscara aquello que favorece su supervivencia desaparecería. El hambre nos empuja hacia la comida; la sed hacia el agua; el deseo sexual hacia la reproducción; el miedo nos aleja del peligro.

Y probablemente el placer funciona, en parte, como una especie de sistema de recompensa evolutivo.

Como si nuestro cerebro nos dijera "Esto que estás haciendo favorece tu existencia. Repítelo."

Pero el fenómeno del suicidio revela que la pulsión de conservarse no es suficiente para explicar al ser humano.

Y en esto hay una paradoja impresionante. Si bien los organismos parecen decir "quiero seguir existiendo", un ser humano en particular puede llegar a decir "no quiero seguir existiendo".

Eso no es una pequeña anomalía dentro del "sistema humano". Es una de las cosas que hacen al ser humano particularmente extraño.



El animal y el problema del "yo"

En términos evolutivos, la autoconservación tiene bastante sentido. Un individuo que evita morir tiene mayores probabilidades de sobrevivir y reproducirse.

Pero el ser humano posee algo extraordinario. Y es que puede convertir su propia existencia en objeto de pensamiento.

No solamente experimenta dolor. Puede pensar "este dolor no va a terminar".

Eso lo pone en una situación terrible, porque puede pensar que su vida entera se ha convertido en dolorosa. Y todavía puede dar un paso más al pensar que desapareciendo, también desaparecerá la experiencia que le causa el dolor.

Es decir, que la propia conciencia del individuo puede llegar a oponerse reflexivamente al mecanismo biológico que la sostiene.

Ahí está la paradoja.

Podemos hablar de un funcionamiento profundamente alterado que le lleva a la desesperación extrema. Pueden haber trastornos psiquiátricos, intoxicaciones que le impiden pensar con claridad, dolor insoportable, aislamiento, trauma, etc.

Históricamente también existen suicidios vinculados con cuestiones como el honor, el sacrificio, la protesta política, la desesperación filosófica o la percepción de haber perdido aquello que hacía que la vida tuviera sentido.

Eso no significa que esas decisiones sean necesariamente racionales o que la persona esté viendo la situación correctamente.

Significa algo más inquietante, y es que la pulsión de autoconservación puede llegar a quedar anulada o profundamente alterada por el sufrimiento y por la interpretación que el individuo hace de su propia existencia.

Pero hay una distinción que me parece fundamental.

Al analizar el suicidio quizá deberíamos separar el deseo de morir del pensamiento que lleva a pensar a una persona que no quiere seguir viviendo de una determinada manera.

Porque no son necesariamente lo mismo.

Muchas veces, cuando una persona dice que quiere morir, lo que está expresando es algo parecido a querer terminar con la experiencia. Es decir que identifica la desaparición de sí mismo como la única salida imaginable.

Esto conecta con lo anterior. Si el ser humano necesita no solamente existir sino encontrar algún tipo de sentido en su existencia, entonces una vida percibida como absolutamente carente de sentido puede entrar en conflicto con el instinto de supervivencia.

El organismo desea vivir, pero si la mente no encuentra una respuesta al actual sufrimiento, aparece una fractura terrible.

Sabemos que el ser humano puede sacrificar su propia existencia por algo que considera superior a su supervivencia.

Un padre puede morir por su hijo.
✔ Un soldado puede morir por sus compañeros.
✔ Un mártir puede morir por su fe. 
✔ 
Un revolucionario puede morir por una causa.
✔ Un explorador puede arriesgarse hasta la muerte por descubrir algo.

Desde una perspectiva puramente biológica, parecen conductas absurdas. Pero desde la perspectiva del individuo, pueden tener perfectamente sentido porque existe una jerarquía de valores:

vida → familia → dignidad → verdad → libertad → sentido...


Y llegado cierto punto, la persona puede considerar que vivir contradiciendo aquello que considera esencial es peor que morir.

Por eso creo que el misterio de la felicidad y el misterio del suicidio están sorprendentemente relacionados.

Ambos nos dicen que para el ser humano la mera conservación biológica no basta.

La vida biológica tiende a conservarse. Pero el ser humano necesita además encontrar una razón para querer vivir.

Y quizá por eso la pregunta fundamental no sea "¿Por qué queremos ser felices?" sino:
"¿Qué tiene que ocurrir dentro de una conciencia para que la existencia misma llegue a parecernos deseable?"




El ser humano no quiere placer. Quiere plenitud

Hay una diferencia fundamental entre placer y felicidad.

Los humanos pueden comer algo delicioso y sentir placer. Cinco minutos después ya no significa nada. Puede comprar algo que desea y experimentar euforia. Una semana después eso mismo forma parte del mobiliario.

Pero determinadas experiencias tienen otra cualidad. Por ejemplo contemplar algo hermoso, amar a alguien, crear algo, comprender algo, ayudar a otra persona, superar una dificultad, descubrir una verdad.

Un animal puede luchar por sobrevivir.

Pero el ser humano puede llegar a preguntarse para qué quiere sobrevivir.

En el ser humano, una vez que aparece la conciencia reflexiva, la supervivencia deja de ser suficiente.

Podemos imaginar perfectamente una vida en la que tengamos absolutamente todo lo necesario para sobrevivir y, sin embargo, una persona puede pensar que no quiere vivir así.

Eso explica fenómenos aparentemente absurdos como personas que abandonan carreras exitosas, matrimonios estables, fortunas enteras, posiciones sociales de poder o comodidades para empezar de nuevo.

Visto desde fuera parece irracional. Pero observado desde dentro puede ser perfectamente racional porque quizá eso no es la vida que la persona quiere.



La felicidad parece apuntar hacia fuera del individuo

Cuanto más pienso en esto, más sospecho que la felicidad tiene una característica paradójica.

Cuando el ser humano persigue directamente a la felicidad, ésta suele escaparse.

 "Quiero tener dinero." → Lo consigue
✔ "Quiero reconocimiento." → Lo consigue 
✔ "Quiero encontrar pareja." → Lo consigue
✔ "Quiero viajar." → Viaja


Y después aparece nuevamente el vacío.

Pero cuando el ser humano está profundamente absorbidos por algo, como crear, amar, descubrir, enseñar, conversar, contemplar, resolver un problema, muchas veces deja de pensar en la felicidad propia.

Y justamente entonces aparece.

Es casi como si la felicidad fuera un subproducto de estar orientados hacia algo que consideramos valioso o superior.



Aristóteles

Aristóteles tenía una intuición extraordinariamente moderna: la felicidad (eudaimonía) no era simplemente una emoción agradable.

Era el el sentido de una vida realizada, que no significaba simplemente "sentirse bien".

Significa, aproximadamente, llegar a ser aquello que uno puede llegar a ser. Algo parecido a la plenitud del ser.

Quizás el hombre no desea simplemente "sentirse feliz". Tal vez su programación (si la tiene) le lleva a buscar realizar el máximo de sus posibilidades.

El escritor quiere escribir.
✔ El músico quiere hacer música.
✔ El científico quiere comprender.
✔ El padre quiere criar.
✔ El amante quiere amar.
✔ El aventurero quiere explorar.


Y cuando una persona siente que está haciendo aquello para lo que considera que existe, aparece una felicidad muy diferente del placer efímero.



¿Por qué tenemos esa necesidad?

Podemos explicar evolutivamente muchas cosas como el hambre, el sexo, el miedo, la cooperación.

Pero hay algo más difícil de comprender y es el por qué una criatura biológica necesita significado.

¿Por qué al ser humano le atormenta la sensación de estar desperdiciando la vida?

¿Por qué las personas pueden sufrir no porque les falte algo material, sino porque sienten que sus existencias no significan nada?

Y aquí la ciencia puede describir bastante bien los mecanismos neuronales asociados a recompensa, motivación, apego, etc.

Pero describir el mecanismo no necesariamente responde la pregunta filosófica.

Es como explicar perfectamente cómo funciona un violín y creer que con eso hemos explicado por qué alguien lloró al escuchar la música.



El bien efímero y el bien último

Hay una idea tomista que me parece particularmente poderosa, y es que el hombre puede confundir el objeto de su deseo con aquello que realmente busca.

🔹 Busca dinero, pero quizá está buscando seguridad.
🔹 Quiere reconocimiento, pero tal vez busca dignidad.
🔹 Busca sexo, pero quizá necesita intimidad.
🔹 Quiere poder, pero quizá busca sentir que su existencia importa.
🔹 Busca entretenimiento, pero tal vez busca escapar de sí mismo.

Y entonces ocurre la tragedia porque el hombre confunde el instrumento con el fin.

Obtenemos los instrumentos y descubrimos que seguimos teniendo hambre porque no hemos explorado el fin último que ese instrumento nos proporciona.

Eso podría explicar buena parte de la insatisfacción humana.



La felicidad tal vez no es sentirse bien

Tal vez la pulsión universal hacia la felicidad no significa que todos los seres humanos quieran sentirse bien.

Tal vez significa que quieren que la existencia sea buena, plena.

No simplemente agradable. Buena. Plena.

El ser humano tal vez quiere poder mirar su propia vida y decir que sí, que su vida mereció ser vivida.

Eso explicaría por qué la felicidad está relacionada con cosas tan distintas como el amor, la verdad, la belleza, la creación, la amistad, el sacrificio, la aventura, la familia, la libertad y hasta la espiritualidad.

Son caminos completamente diferentes que, sin embargo, parecen producir una misma sensación fundamental. Hacen sentir al individuo que está en el lugar que debe estar.

Y ahí aparece una pregunta inquietante: ¿por qué las personas tenemos esa sensación de "deber estar" en algún lugar?

Un animal puede querer estar a salvo. Pero el ser humano quiere estar en el lugar correcto dentro de la existencia.

Quizá ese sea el verdadero misterio de la felicidad.



Mencionado en el Artículo:

Jack Vance
✔ Cugel El Astuto
✔ La Tierra Moribunda
✔ Los Ojos del Sobremundo
The Matrix







 

 

 

 

 

 

 

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