sábado, 3 de octubre de 2026

Portada de la Web del Escritor Rodriac Copen

 




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viernes, 2 de octubre de 2026

Cuento: "El Viaje a Hebat ( Capítulo 6 ) - Saga de Droven & Lyra (Capítulo 6)"

 


🎯 Saga de Droven & Lyra ( SciFi - Romance - Retrofuturismo)


🔥 El Viaje a Hebat ( Capítulo 6 )
por Rodriac Copen


📌 Sinopsis:

Lyra sabe que alguna vez fue humana. También sabe que, hace más de dos mil años, dejó atrás su cuerpo biológico para convertirse en aquello que es hoy.

Lo que no sabe es por qué.

Después de acudir al Templo de Orientación de Nareth Vox, Lyra y Droven emprenden un viaje hasta Luggal, donde se encuentra el antiguo Templo de Hebat, una institución especializada en recuperar recuerdos perdidos, bloqueados o enterrados por el tiempo.

Pero la memoria no devuelve respuestas cómodas.

Entre imágenes fragmentadas, sensaciones olvidadas y recuerdos que parecen pertenecer a otra vida, Lyra comienza a reconstruir la existencia de la mujer que fue: un hombre al que amó, un hijo cuya existencia había olvidado y una decisión tomada poco antes de perder definitivamente su humanidad.

Una decisión que cambiará por completo la pregunta que la llevó hasta Hebat.

Porque Lyra no fue convertida en robot contra su voluntad.

Ella lo eligió.

Ahora solo necesita descubrir por qué.

Y quizá algunas respuestas sean bastante más peligrosas que el olvido.

✔ 9.175 palabras aproximadamente
✔ 46 minutos de lectura aproximada

 

 

 

 

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miércoles, 30 de septiembre de 2026

La Biblioteca de Rodriac: "Mi abuelo y Marcial Lafuente Estefanía"


 💥 La Biblioteca de Rodriac

👁️ Mi abuelo y Marcial Lafuente Estefanía
por Rodriac Copen


Mi gusto por los libros no apareció una mañana por inspiración espontánea, como una espiga verde después de la lluvia. Nadie se levanta a los ocho años y decide, de pronto, que quiere convertirse en lector. Al menos yo no.

Detrás hubo una familia maravillosa que, sin proponérselo —y probablemente sin comprender del todo lo que estaba haciendo— fue ampliando los límites de mi cabeza, de mis pensamientos y también de mis emociones.

Me dieron algo bastante más importante que una biblioteca: me dieron permiso para pensar, para elegir. Y para ser.

Y eso, si no te lo da tu familia, puede ser peligroso. 

Porque cuando a un niño le permiten imaginar sin ponerle demasiadas fronteras, la mente empieza a sospechar que el mundo no termina exactamente donde termina el patio de la casa. Después vienen los libros, las preguntas, las ideas y esa costumbre incómoda de querer saber el por qué de las cosas.

Mi abuelo materno fue uno de los grandes personajes de mi infancia. Un hombre sencillo, pero de esos que parecían haber venido con instrucciones propias y que jamás se molestaron demasiado en leer las instrucciones de los demás.

Había estado involucrado durante toda su vida en la política. Pero no en esa política moderna donde algunos descubren la vocación pública después de descubrir el valor de los billetes y los negociados.

Mi abuelo pertenecía a otra especie.

Era de aquellos políticos de barrio que todavía creían que la política consistía en hacer algo por la gente que vivía alrededor. No hizo dinero. Ni siquiera hizo una pequeña fortuna, que ya habría sido una cortesía del destino.

Fue presidente de la unión vecinal y dedicó buena parte de su tiempo a gestionar servicios para el barrio. Cloacas. Alumbrado público. Recolección de basura. Obras. Reclamos. Todo aquello que hoy parece una lista administrativa y que, en aquella época, podía convertirse en una batalla de varios meses contra la burocracia, el municipio y eventualmente contra alguna criatura mitológica que custodiaba el expediente.

También intervenía con la policía cuando hacía falta.

Era una época en la que uno todavía podía pensar que la policía estaba allí para servir a la comunidad. Sí, ya sé que parece una frase de novela histórica. Pero hubo un tiempo en que ciertas instituciones todavía conservaban esa curiosa costumbre de intentar cumplir la función para la que habían sido creadas.

Mi abuelo era, además, un hombre profundamente involucrado con la comunidad. De esos dirigentes sociales de la vieja escuela que no necesitaban discursos grandilocuentes ni una bandera ideológica ondeando detrás para justificar lo que hacían.

Simplemente hacían cosas por el bien común. 

Y probablemente esa sea una de las formas más discretas de la grandeza humana.

Pero para mí no era el presidente de la unión vecinal, ni el dirigente social, ni el hombre que conseguía que instalaran un servicio público.

Era mi abuelo. Y eso era bastante más importante en mi limitado mundo.

Con él aprendí cosas que mi padre, por supuesto, jamás me habría enseñado de la misma manera. No porque uno fuera mejor que el otro. Cada uno tenía su territorio. Otro día te hablaré de mi padre. Hoy no.

Con mi abuelo aprendí a injertar plantas. A cuidar la huerta que tenía en casa. Una huerta modesta, pero que en mi memoria infantil adquirió dimensiones ciclópeas.

Todavía sueño alguna que otra noche con ella. Son sueños de felicidad.

Con él aprendí el oficio de albañil. A trabajar con las manos, a medir, construir, reparar y descubrir que una pared perfectamente recta es una aspiración mucho más difícil de conseguir de lo que parece cuando uno la contempla terminada. Aprendí a valorar los oficios atravesados por el sudor y la incomodidad.

Y aprendí a construir pequeños juguetes de madera.

Recuerdo especialmente un fuerte.

Era un fuerte de madera para jugar a cowboys e indios, como los que aparecían en aquellas películas del Oeste que uno veía con la absoluta convicción de que todos los problemas del mundo podían resolverse escondiéndose detrás de una empalizada y disparando a alguien que venía a caballo.

A mí me parecía magnífico.

Probablemente hoy un psicólogo infantil tendría algo que decir al respecto. No me importa. No creo en los sicólogos. Si hoy estoy vivo, te lo aseguro, no es gracias a ellos.

Pero yo tenía un fuerte, y eso era suficiente.

Durante varios años mi vida transcurrió en una casa hermosa y querida que estaba detrás de la casa de mi abuelo. Una casa que ya no existe.

Pero hay algo curioso con las casas. Y es que uno puede demolerlas, venderlas, construir otra cosa encima de ellas y hasta poner un edificio donde antes estaba el patio. Sin embargo, hay lugares que sobreviven perfectamente sin necesidad de ladrillos.

Quedan en la memoria.

Mi abuelo también había sido mago itinerante durante muchos años. Llevaba su espectáculo a pequeños auditorios y recorría lugares donde, imagino, la gente todavía estaba dispuesta a dejarse engañar durante una hora sin necesidad de pagar una suscripción mensual.

Algunos de sus libros de magia quedaron en mi poder. Todavía los conservo.

Forman parte de esas colecciones aparentemente inútiles que los adultos acumulamos con absoluta seriedad, convencidos de que algún día necesitaremos explicar por qué guardamos un viejo libro de trucos de magia que probablemente nadie volverá a utilizar.

Pero yo sé por qué los guardo. Porque eran de él.

Y porque, de alguna manera, mis arrugas dicen que ahora me pertenecen.

A mi abuelo le fascinaban los bolsilibros del Oeste.

Coleccionaba las historias de Marcial Lafuente Estefanía.

Y ahí comenzó, sin que nadie lo supiera, una parte fundamental de mi relación con los libros.

Mi infancia transcurrió leyendo aquella literatura.

No fueron Dostoyevski, Borges, Cortázar ni García Márquez quienes despertaron mi pasión por la lectura.

Mi puerta de entrada a la literatura fue mucho menos glamorosa.

Fue un Oeste de cartón, pólvora, caballos, villanos, mujeres hermosas, hombres malhumorados y balas que tenían la curiosa capacidad de encontrar siempre a los malos.

Aquellas historias eran como mi propio abuelo. Simples y directas. No pretendían explicarme el sentido de la vida ni filosofar.

Contaban historias.

En donde había acción, había violencia. También justicia, venganza, traición, amistad y, de vez en cuando, romance.

Como en la vida.

Solo que en la vida uno rara vez puede resolver una discusión sentimental desenfundando un revólver. Y quizá sea mejor así, porque la convivencia social se volvería algo complicada.

Aquellos libros me enseñaron algo que tardaría muchos años en comprender: una historia no necesita ser solemne para ser importante.

Puede ser sencilla. Puede ser rápida. Y puede entretener.

Y aun así puede quedarse dentro de uno.

Los bolsilibros de Estefanía no pretendían formar a un escritor. Mucho menos a un intelectual. Ni siquiera pretendían cambiar la vida de nadie.

Simplemente estaban allí. Te hacían compañía en tu soledad. Y yo los leía.

Y mientras los leía, mi imaginación hacía el resto.

Así transcurrieron aquellos primeros años de mi vida. Los años felices.

No porque fueran perfectos. Ninguna infancia lo es. Sino porque todavía no sabía que la vida tenía esa extraña habilidad de crecer alrededor de uno, hacerse adulta y empezar a cobrar peaje.


Después llegaría la vida.

Con sus facturas, sus pérdidas, sus decepciones y esa sorprendente capacidad que tiene para triturar algunas esperanzas mientras nos convence de que eso también forma parte del aprendizaje.

Pero para entonces ya había ocurrido algo.

Mi abuelo me había dado libros. Y, sin saberlo, me había abierto una puerta.

Yo todavía no sabía adónde me llevaría. Pero ya había aprendido a abrirla.

 






 

 

 

 

 

 

 

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martes, 29 de septiembre de 2026

Diario de Rodriac: "El Precio de la Indiferencia"

 


👀 Diario de Rodriac

🔥
El precio de la indiferencia
por Rodriac Copen



⚠️ La balsa de la Medusa, es un cuadro de Théodore Géricault. Representa a sobrevivientes de un desastre abandonados a su suerte. Hay desesperación, muerte, esperanza mínima y, sobre todo, la sensación de que alguien falló y otros pagaron las consecuencias. ⚠️


Argentina, como tantas otras sociedades democráticas actuales, atraviesa una decadencia que no creo que sea casual.

Nos gusta pensar que somos un pueblo solidario. Y probablemente lo seamos, si hablamos de personas concretas. Hay argentinos extraordinariamente generosos, capaces de ayudar al desconocido, de compartir lo poco que tienen y de tender una mano cuando alguien cae.

Pero una sociedad no se define solamente por las virtudes de algunos de sus individuos. También se define por aquello que tolera, por lo que permite que se vuelva habitual y, sobre todo, por aquello que deja de importarle.

Y allí es donde nuestra historia se vuelve bastante menos amable.

Durante décadas hemos permitido que el individualismo, el afán de acumulación, el consumo convertido en medida del éxito y la búsqueda del beneficio propio ocuparan espacios que alguna vez pertenecieron a la responsabilidad colectiva. Hemos discutido apasionadamente quién tenía razón, pero mucho menos qué sociedad queríamos construir.

Hemos votado. Hemos protestado. Hemos cambiado gobiernos. Hemos defendido partidos, dirigentes e ideologías como si fueran equipos de fútbol.

Pero quizá demasiadas veces olvidamos algo elemental: detrás de las estadísticas hay personas.

✔ Personas mayores que necesitan una jubilación digna.
✔  Personas que nacieron en comunidades olvidadas.
✔  Personas que quedaron fuera del sistema.
✔  Personas que simplemente tuvieron la desgracia de ser pobres, vulnerables o estar en el lugar equivocado de una sociedad que aprendió a mirar hacia otro lado.

Y mientras discutíamos sobre grandes nombres, grandes relatos y grandes promesas, muchos de ellos fueron quedando al margen.

No ocurrió de un día para otro. Tampoco puede atribuirse exclusivamente a un gobierno, a un partido o a una época. Nuestra decadencia tiene demasiados años y demasiados responsables. Gobiernos de distintos signos, dirigentes de distintas procedencias y, también, ciudadanos que aceptamos determinadas cosas cuando nos convenían y las condenamos cuando comenzaron a perjudicarnos.

Tal vez esa sea la parte más incómoda.

Una democracia no está formada únicamente por los gobernantes que elegimos. También está formada por la sociedad que los elige, los sostiene, los tolera, los reemplaza o vuelve a elegir.

Por eso no me sorprende que hoy muchos se lamenten.

Lo que sí me pregunto es por qué algunos comenzaron a lamentarse solamente cuando el deterioro llegó hasta su propia puerta.

Quizá exista algo parecido a una justicia poética en todo esto. No porque el sufrimiento sea justo —jamás lo es— sino porque las consecuencias de una sociedad indiferente terminan alcanzando incluso a quienes creyeron estar a salvo de ellas.

El deterioro no pregunta a quién votaste. La inflación no pregunta por tus convicciones. La inseguridad no pregunta por tu ideología. La pobreza no distingue entre banderas.

Cuando una sociedad se deteriora profundamente, termina afectando a todos. Aunque no de la misma manera, ni al mismo tiempo.

Y quizá esa sea la lección más amarga.

Yo ya estoy cerca del final de mi propia vida. No me queda demasiado tiempo para comprobar qué hará este país durante las próximas décadas, y a estas alturas me interesa mucho menos mi futuro personal que la posibilidad de que las generaciones que vienen comprendan algo que nosotros, como sociedad, hemos olvidado demasiadas veces.

Una nación no se salva únicamente con crecimiento económico, con leyes, con discursos ni con nuevos dirigentes.

Tampoco se salva destruyendo al adversario.

Una sociedad comienza a salvarse cuando vuelve a importarle el otro.

✔ Cuando el jubilado deja de ser un número.
✔ Cuando un enfermo recibe asistencia.
✔ Cuando el pobre deja de ser un problema estadístico.
✔ Cuando el que nació en una comunidad olvidada deja de ser invisible.
✔ Cuando el vulnerable deja de ser alguien que debe arreglárselas solo.

Quizá la única salida verdaderamente duradera sea recuperar algo mucho más antiguo y mucho menos sofisticado: el amor humano.

Y no hablo de sentimentalismo. Hablo de comprender que una sociedad existe precisamente porque sus miembros se necesitan unos a otros.

El progreso que deja atrás a los más débiles no es progreso para todos.

Y una democracia que solamente funciona para quienes tienen fuerza, dinero, influencia o capacidad de hacerse escuchar termina convirtiéndose en una maquinaria bastante sofisticada para administrar la indiferencia.

Quizá todavía estemos a tiempo de despertar.

✔ No para volver al pasado.
✔ No para rivalizar eternamente a unos contra otros.
✔ Tampoco para encontrar al próximo salvador, que no existe.

Sino para comprender que ningún país puede construirse sobre el desamor.

Porque, al final, las sociedades también cosechan aquello que siembran.

Y cuando durante demasiado tiempo se siembra indiferencia, tarde o temprano la cosecha termina alcanzándonos a todos.
 






 

 

 

 

 

 

 

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lunes, 28 de septiembre de 2026

La Trastienda de Rodriac: "El talento no salva náufragos"

 


👁️ La Trastienda de Rodriac

👀
El talento no salva náufragos
por Rodriac Copen


Si algo aprendí de mi padre, es que tener razón no siempre sirve para sobrevivir.

Hay películas que uno termina de ver y al analizarlas, se lleva una historia o un aprendizaje. Otras, por el contrario, te dejan una pregunta incómoda.

Eso me pasó con Margin Call, la película protagonizada por Kevin Spacey  y Jeremy Irons . Porque, más allá del fondo que habla de la codicia financiera, hay algo bastante más interesante: el enfrentamiento entre dos formas de afrontar una crisis.

Kevin Spacey representa al hombre que comprende el desastre, pero carece de la iniciativa necesaria para evitarlo. Jeremy Irons, en cambio, es el que toma la decisión. Sabe que deberá pagar un precio, que perderá prestigio y que probablemente nadie volverá a confiar en él. Sin embargo, actúa. Porque, al fin y al cabo, para eso le pagan.



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¿Quién es el bueno y quién es el malo en medio de una tormenta?

Quizá el problema sea que estamos demasiado acostumbrados a confundir la bondad con la pasividad y la maldad con la capacidad de tomar decisiones desagradables.

Y entonces se me ocurrió que algo parecido está sucediendo en el mundo editorial.

Durante décadas, muchos escritores construyeron sus carreras dentro de un sistema que les proporcionaba editoriales, distribución, librerías y lectores. Un sistema que, con todos sus defectos, funcionaba muy bien. Bastaba, al menos en teoría, con escribir un buen libro y conseguir que alguien lo publicara. Esa fue la época fácil de la literatura.

Pero el mundo cambió.

Y mientras algunos aprendimos a utilizar nuevas herramientas, experimentar con plataformas, estudiar técnicas de promoción, corregir nuestros propios textos y buscar lectores allí donde se encuentran, otros permanecen aferrados a un modelo que ya no garantiza los resultados de antes.

Entonces comenzaron las quejas.

Que si los lectores ya no leen. Que si las editoriales solo buscan vender. Que si las redes sociales han arruinado la literatura. Que si los algoritmos favorecen cualquier cosa menos la verdadera calidad.

Puede que los escritores obsoletos y llorones tengan razón en algunas de esas cosas. El problema es que tener razón no paga las facturas... ni te consigue lectores.

El escritor que se limita a lamentarse sobre la desaparición de su antiguo mundo se parece bastante al personaje de Spacey: comprende que algo terrible está sucediendo, pero espera que alguien más encuentre la solución. Tal vez porque no tenga cojones para cambiar el rumbo de las cosas.

Y mientras espera, el barco sigue haciendo agua.

Los otros, los escritores que nos tecnificamos, probamos, fracasamos, volvemos a probar y aprendemos a movernos en este nuevo océano editorial, nos parecemos un poco más al personaje de Jeremy Irons.

No porque seamos mejores personas. Ni porque nuestras decisiones sean necesariamente más nobles. Sino porque entendimos algo elemental: si queremos que nos lean, tendremos que hacer lo necesario para llegar a los lectores.



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Los Nuevos Escritores

Ser un escritor moderno significa aprender cosas que jamás imaginamos que necesitaríamos cuando empezamos a escribir. Marketing, edición digital, plataformas, herramientas tecnológicas, armado de nuestra web, construcción de audiencias. Y, sobre todo, aceptar que el mundo no tiene ninguna obligación de descubrirnos.

¿Que podemos llegar a millones de lectores? Sí. Algunos lo conseguimos. 

¿Que eso significa vivir de la escritura? No necesariamente. En ese aspecto nos parecemos bastante a los desarrolladores de videojuegos: una cosa es crear un juego y ponerlo a disposición de millones de personas; otra, muy distinta, conseguir que esas personas lo encuentren entre millones de competidores.

Pero al menos estamos jugando la partida.

Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿quién está actuando bien y quién está actuando mal?

No creo que la respuesta dependa de quién escribe mejor, de quién tiene más premios o de quién puede exhibir un currículum literario más respetable.

Depende, en buena medida, de qué hacemos cuando el mundo que conocíamos deja de funcionar.



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El Talento ya no es sinónimo de éxito

Del mismo modo que un título universitario no garantiza conseguir trabajo, ganar dinero ni alcanzar una posición destacada en la sociedad, el talento literario tampoco asegura reconocimiento, lectores ni éxito editorial. 

Podemos pasarnos años perfeccionando nuestra escritura, estudiar a los clásicos, dominar las técnicas narrativas y producir una obra magnífica. Pero el mercado no tiene la obligación de descubrirnos, los lectores no están obligados a encontrarnos y las editoriales no tienen por qué llamar a nuestra puerta. 

El talento es una herramienta extraordinaria, pero no es un contrato con el éxito. Y confundir una cosa con la otra es como creer que, por haber aprobado todas las materias de navegación, uno tiene derecho a que el océano le conceda un barco y lo lleve a buen puerto

Porque el talento puede ser una condición para escribir, pero no constituye una garantía de supervivencia. La nostalgia tampoco es una estrategia comercial. Y la indignación, por muy justificada que esté, no sustituye al aprendizaje.




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En una tormenta debes actuar

Tal vez ya me conoces y me lees. Entonces sabrás que durante años fui profesor tecnológico, de los duros: Programación, Ciberseguridad, Arquitectura de Redes, Hardware de Equipos y Electrónica de Reparación. No te hablo desde la nada misma. He estado toda mi vida en el mundo de la tecnología y te lo digo simple y claro: estamos en una nueva revolución industrial. Y la transformación laboral que la humanidad necesita para transitarla, será larga, complicada y exigirá una reconversión laboral profunda de casi todas las profesiones. Incluso la de escritor.

Quizá el personaje de Jeremy Irons en la película sea un malvado. Quizá sus decisiones sean moralmente indefendibles. Pero hay algo que no puede negársele: entiende que, cuando llega el momento de actuar, alguien tiene que asumir el costo de hacerlo.

Los escritores que queremos seguir publicando tenemos que asumir nuestro propio costo. Aprender, adaptarnos, abandonar algunas comodidades y aceptar que las reglas han cambiado.

No se trata de traicionar la literatura. Se trata de evitar que la literatura que escribimos termine convertida en un hermoso cadáver, admirado por nosotros mismos mientras el resto del mundo pasa de largo. Evita escupir el veneno de la frustración que invade las redes sociales. El veneno de aquellos escritores que no entendieron esto que te explico aquí, y ahora.

Porque, después de todo, el Titanic también tenía una orquesta magnífica.

Y eso no impidió que se hundiera.

Buena Escritura !!! ✍️😊🔥



Mencionado en el Artículo







 

 

 

 

 

 

 

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