domingo, 11 de octubre de 2026

Portada de la Web del Escritor Rodriac Copen

 




⭐
Acerca De Rodriac Copen

✔ ¿Quién Soy?
✔ El Diario de Rodriac
✔ Calendario 2026
✔ Contacta con Rodriac 
✔ Colabora con la Web
✔ Mapa del Sitio ⭐Recomendado
✔ Proyectos en Carpeta



⭐
Descargas

✔ Descargas Gratuitas
✔ Compra mis PDFs
✔ Rodriac en Archive.org



⭐
Novedades para Ti

✔ Ultimas actualizaciones
✔ Servicio para Lectores Premium
✔ Historias Premium Signature Stories
✔ Links Recomendados 



⭐
Cuentos por Género

✔ Cuentos: Amor y Drama
✔ Cuentos: Ciencia Ficción
✔ Cuentos: Conversaciones Imposibles (Humor)
✔ Cuentos: Humor
✔ Cuentos: Microrrelatos
✔ Cuentos: Policiales y Noir
✔ Cuentos: Pulp Fiction
✔ Cuentos: Suspenso y Espionaje


⭐ Sagas y Universos

✔ Saga Alexia Stevens (Espionaje)
✔ Saga BackStream (Espionaje, Conspiración)
✔ Saga Conversaciones Imposibles (Humor)
✔ Saga CyberSun Proyecto Inmortal (SciFi) 
✔ Saga Droven y Lyra – Viejo Futuro (SciFi, Romance) 
✔ Saga Leorin y Calyra Dastel (SciFi, Humor, Romance) 
✔ Saga Mara Vale (SciFi Noir) 
✔ Saga Misterios de Graciela Calvert ( Misterio )
✔ Saga Navegantes de la Frontera (SciFi Aventuras) 
✔ Saga Pólvora de Estrellas (Westerns Futuristas)
✔ Saga Resonancia Ártica (SciFi, Misterio) 
✔ Saga Steve Crettan & Sonja Holten ( SciFi Policial )
✔ Universo Cygnus 



⭐ No Ficción

✔ El Diario de Rodriac
✔ Proyectos en Carpeta
✔ Ensayos de Investigación: Un Viaje Hasta El Límite
✔ Actualidad para Escritores
✔ Ensayos de Ciencia Ficción Dura
✔ Curiosidades Históricas


⭐ Textos Varios

✔ Inspiracion y Espiritualidad
✔ Pequeñas Reflexiones
✔ Prosa Poética y Reflexiva
✔ Telón Abierto (Teatro)
✔ Textos de Amor

 

⭐ Servicios para Escritores

✔ Edición, Editorial, Servicios para Autores 
✔ Taller Gratuito de Ciencia Ficción
✔ Taller Gratuito de Escritura Creativa
✔ Taller Gratuito de Escritura Feroz 
✔ Taller Gratuito de Humor 
✔ Taller Gratuito para Escritores Modernos



⭐
Otras Webs de Rodriac

✔ Rodriac Copen en Inglés
✔ Historias Fantásticas de SciFi
✔ Rodriac Copen en InkSpired




⭐----------⭐----------⭐----------⭐

🎯 Gracias por Visitarme

Más de 2.200.000 lecturas en Inkspired... y creciendo.
Historias que exploran el futuro… y lo que significa ser humano.

⭐----------⭐----------⭐----------⭐


🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 




   




🏷️ Tags:

#CienciaFicción
#ThrillerSciFi
#SciFiPsicológico
#Misterio
#Policial
#Espionaje
#Suspenso
#Drama
#Filosofía
#Existencialismo
#Distopía
#Futuro
#Amor
#Relaciones
#DilemasHumanos
#Soledad
#CienciaFicciónDura
#InteligenciaArtificial
#ViajesEnElTiempo
#RealidadesAlternativas
#Humor
#Sátira
#ComediaAbsurda
#RodriacCopen
#RicardoPonce
#EscritorIndie
#Mendoza
#Argentina 



sábado, 10 de octubre de 2026

Diario de Rodriac: "Historias tontas que nadie pidió"

 


🍀 Diario de Rodriac - Humor

🌹 Historias tontas que nadie pidió
por Rodriac Copen


Estuve de viaje unos días. Nada extraordinario, por cierto. No descubrí una civilización perdida, no regresé con un manuscrito de los templarios ni tuve revelaciones místicas en la cima de una montaña. Simplemente me ausenté.

Y, como suele ocurrir cuando uno abandona temporalmente la noble tarea de mirar una pantalla, durante esos días se produjo un fenómeno extraordinario: el mundo siguió girando sin consultarme.

Las redes sociales continuaron su incesante actividad, la humanidad persistió en sus errores y Facebook, ese inmenso manicomio sin paredes ni enfermeros de guardia, siguió ofreciendo al público sus habituales dosis de sabiduría instantánea, indignación prefabricada y confesiones que nadie ha solicitado.

Mi ausencia también tuvo otra ventaja: el silencio.

Uno se despega un poco de las redes, deja de recibir las opiniones de personas que jamás habría invitado a su casa y recupera, aunque sea provisionalmente, la agradable sensación de que no todo lo que ocurre en la cabeza ajena merece convertirse en información pública.

Yo uso los viajes para reflexionar. Sobre mi vida, lo que va mal y lo que tengo que decidir. Nunca decido en caliente.

Pero después del paréntesis que un viaje significa para mi vida, viene el regreso.

Y ahí está el problema.

Porque basta una recorrida por las publicaciones acumuladas para comprender que, mientras uno se dedicaba a mirar otras cosas como tetas y culos en vacaciones, el universo digital no solo sigue funcionando, sino que continúa produciendo material.

Mucho material.

Material que nadie pidió, que nadie necesita y que, sin embargo, sus autores consideran indispensable compartir con la humanidad.

De ahí este pequeño inventario de historias tontas que nadie pidió (como la que estás leyendo).



Las empoderadas y el departamento de reclamaciones masculinas

Comencemos por las feministas empoderadas que utilizan las redes sociales para explicarnos, con admirable perseverancia, lo despreciables que somos los hombres.

No todos, naturalmente. Aunque, por el tono de algunas publicaciones, uno sospecha que la excepción masculina debe de estar escondida en alguna reserva natural, bajo protección internacional.

El repertorio es conocido: los hombres no saben amar, no saben escuchar, no saben comprometerse, no saben comunicarse, no saben elegir una camisa y, llegado el caso, tampoco saben respirar de la manera correcta.

Uno lee esas cosas y termina preguntándose cómo ha logrado sobrevivir la civilización con semejante catástrofe biológica caminando sobre dos piernas.

Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando uno presta atención a los antecedentes sentimentales que suelen acompañar estas proclamas.

Una relación desastrosa. Dos, a veces. Un individuo que resultó ser un perfecto imbécil. Otro que confundía la convivencia con un servicio de hotel. Y, finalmente, la conclusión científica: los hombres son todos iguales.

La muestra estadística es impecable. Tres experiencias personales, ninguna metodología y una generalización con pretensiones de tratado sociológico. En realidad, mi empoderada y lela feministra triste, todo viene de tu nula capacidad para elegir bien. El problema que no puede resolver tu cerebro es simple: los buenos hombres siempre estamos relacionados y no andamos buscando chicas ni por medios digitales ni en bares por la lógica borrasca alcohólica que niebla el buen juicio.

Por supuesto, existen hombres miserables, abusadores, egoístas y emocionalmente incapacitados para distinguir entre una pareja y una empleada doméstica sin sueldo. Pero también hay muchas mujeres asi, pero algunos tenemos la caballerosidad de no decirlo. Negar la negatividad y toxicidad de algunos especímenes humanos masculinos y féminos sería tan absurdo como negar que existen personas capaces de convertir una discusión por la compra del supermercado en una cumbre extraordinaria de las Naciones Unidas.

El problema no es denunciar las conductas desagradables. El problema es transformar una mala experiencia en una teoría universal y después utilizar esa teoría para justificar todas las malas experiencias futuras. Algo así como la teoría de la tierra plana pero a nivel sociológico.

Si uno elige repetidamente a la misma clase de imbécil, quizá convenga revisar el catálogo de selección o el algoritmo de selección ¿No te parece? Pero hacerlo es un ejercicio mental de salud, no para asumir la culpa de lo que otro hace, sino para preguntarse por qué determinadas señales de alarma parecen ejercer el mismo atractivo que una liquidación de zapatos.

Naturalmente, esta sugerencia no siempre será bien recibida. Hay personas unineuronales que prefieren cambiar de pareja antes que cambiar de criterio, una operación considerablemente más sencilla y que, además, permite publicar una reflexión inspiradora al finalizar cada temporada.

Y así llegamos al empoderamiento.

Empoderarse, según parece, consiste en descubrir que uno puede tomar decisiones, poner límites y marcharse de donde lo tratan mal. Una noticia revolucionaria, sin duda. Nuestros antepasados llevan milenios intentando hacer exactamente eso, aunque sin necesidad de anunciarlo mediante una fotografía en blanco y negro en tetas y una frase en letras doradas.

El verdadero empoderamiento quizá consista en dejar de necesitar que el mundo entero confirme que uno tiene razón y hacer lo que uno cree está bien sin necesidad de ser revisado por terceros.

Pero eso tiene menos repercusión. Y, sobre todo, deja menos material para publicar.



La depresión en horario central

Pasemos ahora a los que han convertido sus padecimientos emocionales en una sección permanente de sus perfiles.

Aquí conviene hacer una aclaración antes de que alguien prepare una antorcha y me acuse de insensibilidad: el sufrimiento psicológico existe, es serio y no necesita la aprobación de ningún filósofo de sobremesa. Hablar de él puede ser importante. Pedir ayuda es legítimo. Buscar compañía cuando uno atraviesa una situación difícil no tiene nada de vergonzoso.

No me refiero a eso.

Me refiero a esa costumbre de transformar cualquier estado de ánimo en una declaración pública, cualquier decepción en una tragedia griega y cualquier martes ligeramente desagradable en una crisis existencial digna de una temporada completa de Netflix.

Hay publicaciones que parecen redactadas por alguien que acaba de descubrir que la vida no incluye servicio de habitaciones.

«Estoy cansado de darlo todo y no recibir nada».
«Nadie sabe lo que estoy pasando».
«A veces sonrío para que nadie descubra el infierno que llevo dentro».


Y mi favorita, por su extraordinaria capacidad para convertir una generalización en filosofía: «Al final, estás solo».

Uno podría preguntarles si han probado a llamar a un amigo, conversar con alguien de confianza o, en determinados casos, acudir a un profesional. Pero sospecho que la pregunta arruinaría el clima poético de la publicación.

Porque hay una diferencia entre expresar un dolor y convertirlo en una identidad. Una cosa es atravesar una mala etapa y otra instalarse en ella, amueblarla con frases melancólicas y abrir una cuenta para documentar las reformas.

Las redes sociales, además, tienen una peculiaridad: recompensan la exhibición emocional con pequeñas dosis de atención. Un corazón, un comentario, un «fuerza, amiga» o un «te abrazo fuerte» pueden producir esa sensación de acompañamiento que tanto necesitamos los seres humanos.

No hay nada malo en ello, mientras no confundamos el aplauso digital con una solución.

Porque Facebook puede ofrecerte doscientos comentarios de solidaridad, pero ninguno de ellos va a resolver mágicamente tus problemas de pareja, tus dificultades económicas o esa vieja costumbre de esperar que los demás adivinen lo que necesitas sin que tengas que decirlo.

La red puede ser una ventana para pedir ayuda. También puede convertirse en un escenario donde el dolor necesita ser representado una y otra vez para no perder público.

Y, cuando el sufrimiento se transforma en espectáculo, aparece una pregunta incómoda: ¿estamos buscando una salida o simplemente necesitamos que alguien confirme, todos los días, que seguimos atrapados?

No siempre es fácil distinguirlo. Ni corresponde juzgar desde afuera la situación de una persona. Pero quizá convendría recordar que no todo lo que sentimos necesita convertirse en una publicación, del mismo modo que no toda conversación privada mejora cuando se transmite por altavoces en la plaza pública.

Hay dolores que necesitan comprensión, otros que requieren ayuda profesional y algunos que agradecerían, sencillamente, un poco de silencio.

Internet, sin embargo, parece empeñado en convencernos de que el silencio es una oportunidad publicitaria desaprovechada.



Yo lo logré, y ahora te toca aplaudir

Llegamos finalmente a una especie particularmente interesante: los supervivientes oficiales de la vida.

Son esos individuos que publican relatos de superación personal con una frecuencia que haría sospechar que, si dejaran de narrar sus hazañas durante cuarenta y ocho horas, perderían la condición legal de seres humanos.

«Me caí siete veces y me levanté ocho».
«Nadie creyó en mí, pero aquí estoy».
«Atravesé el infierno y salí más fuerte».
«Nunca dejes que nadie apague tu luz».


A estas alturas, uno espera que la siguiente publicación incluya una fotografía del autor descendiendo del monte Sinaí con las tablas de la ley bajo el brazo.

No niego que algunas personas hayan atravesado circunstancias extraordinariamente difíciles y hayan conseguido reconstruir sus vidas. Hay quienes han superado pérdidas devastadoras, enfermedades, violencia, pobreza y obstáculos que no le desearíamos ni a nuestro peor enemigo. Sus logros merecen respeto, y contarlos puede servir de inspiración a otros.

Pero entre reconocer una experiencia genuina de superación y convertir cada dificultad cotidiana en una epopeya personal existe una distancia considerable.

Parece que ahora no basta con resolver un problema: hay que regresar de él transformado, iluminado y dispuesto a impartir una conferencia sobre resiliencia.

Se te rompe el coche: oportunidad de crecimiento.
Te despiden del trabajo: una puerta se cierra para que se abra otra.
Tu pareja te abandona: el universo te está preparando para algo mejor.
Te quedas sin dinero para pagar las facturas: una lección de abundancia interior.

A este ritmo, si se nos cae una maceta en la cabeza, deberíamos agradecerle al destino la oportunidad de desarrollar la fortaleza craneal.

La resiliencia es una capacidad valiosa. Nos ayuda a afrontar las dificultades, adaptarnos a circunstancias adversas y, en ocasiones, reconstruir aquello que creíamos perdido. Pero no es un superpoder, ni una obligación moral, ni un examen que todos debamos aprobar con matrícula de honor.

Y aquí aparece la parte menos agradable de esta cultura de la superación permanente: si triunfar después de una desgracia se convierte en una obligación, ¿qué ocurre con quienes no consiguen hacerlo?

¿Con quienes quedan devastados por una pérdida? ¿Con quienes desarrollan una depresión? ¿Con quienes necesitan años de tratamiento, ayuda de otras personas o simplemente no vuelven a ser los mismos?

¿Son menos dignos porque no pudieron convertir su tragedia en una historia inspiradora?

Por supuesto que no.

Sin embargo, cierta literatura motivacional parece insinuar que todo depende de la actitud. Que basta con levantarse temprano, pensar en positivo y repetir tres afirmaciones frente al espejo para que la realidad, avergonzada por su propia negatividad, se retire discretamente de la habitación.

Ojalá fuera tan sencillo. Nos ahorraríamos buena parte de la medicina, la psicología y los servicios sociales. Bastaría con imprimir unos cuantos aforismos en papel satinado y distribuirlos en las salas de espera.

La realidad es bastante menos cinematográfica. Hay personas que consiguen salir adelante gracias a su esfuerzo, y otras que necesitan apoyo durante mucho tiempo. Hay quienes encuentran nuevas oportunidades y quienes deben aprender a convivir con pérdidas irreparables. La voluntad importa, pero también importan las circunstancias, los recursos disponibles, la salud, los vínculos y ese pequeño detalle que los gurús suelen omitir: la suerte.

Porque la vida no reparte las dificultades de acuerdo con un sistema de méritos. Tampoco garantiza que quienes más se esfuerzan sean quienes mejores resultados obtengan.

Te tengo un secreto: la providencia no existe. Ese fue un invento del status quo para apagar tu cerebro y dejarte guiar como un cordero al matadero. Porque si la providencia existiera, la gente buena no sufriría. Y si: sufre. Ergo no existe la "justicia divina". Y tengo muchos ejemplos ¿eh?

De modo que celebro a quien logró levantarse después de una caída. Lo que me resulta menos convincente es la necesidad de convertir cada levantada en una conferencia de prensa. Viejo, si es por eso merezco un monumento. Más vida de mierda que la mía no conozco. Más matrimonio solitario y amargo no concibo. Más tipo deprimido que yo (que estoy vivo de milagro) no conozco. Bueno... si, si conozco... pero ya no están entre los vivos.

A veces lo mejor para cuando uno supera una adversidad, es sacudirse el polvo y continuar caminando. Sin fotografías. Sin música épica. Sin una publicación titulada «Mi viaje hacia la mejor versión de mí mismo».

Y sin exigir que el resto del planeta se detenga a aplaudir.



La humanidad necesita un botón de silencio

Lo curioso de estas publicaciones es que todas parecen diferentes, pero comparten una misma necesidad.

Unas necesitan que confirmemos que todos los hombres son unos miserables. Otras, que reconozcamos la profundidad de su sufrimiento. Las últimas, que admiremos su extraordinaria capacidad para convertir las desgracias en oportunidades de crecimiento.

En el fondo, todas parecen formular una petición semejante: "mírenme y díganme que mi interpretación de la realidad es la correcta".

No es una necesidad exclusivamente moderna. El ser humano siempre ha buscado reconocimiento, compañía y aprobación. La diferencia es que antes debía reunir a los vecinos, conseguir que lo invitaran a la radio o escribir una carta al director. Ahora dispone de una audiencia potencial de miles de personas y puede publicar su manifiesto mientras espera que se caliente el agua para el mate. Y si tenés tetas, mejor: éxito asegurado.

La tecnología ha democratizado la expresión. También ha democratizado la solemnidad, que es una desgracia bastante más difícil de gestionar.

Hoy cualquiera puede convertirse en filósofo, terapeuta, víctima ejemplar, juez de la conducta ajena o superviviente de una catástrofe cuyo principal testigo fue el propio teléfono móvil.

Y todos parecen convencidos de que su experiencia particular contiene una enseñanza que la humanidad necesita escuchar urgentemente.

Quizá la solución sea recuperar una vieja costumbre: pensar antes de hablar. O, en su versión digital, pensar antes de publicar.

Preguntarse si aquello que estamos a punto de compartir aporta algo, ayuda a alguien o simplemente satisface la necesidad momentánea de descargar nuestro mal humor sobre una audiencia cautiva.

Y, si la respuesta es la tercera, quizá podamos concedernos el lujo de no hacerlo.

No todo pensamiento merece convertirse en contenido. No toda experiencia necesita un público. No toda adversidad nos convierte en héroes y no todo desengaño amoroso justifica una reforma constitucional del género humano.

A veces simplemente estamos equivocados. A veces exageramos. A veces nos comportamos como idiotas. Y, en ocasiones, la explicación más razonable de nuestros problemas no es una conspiración del universo, la maldad de todos los hombres o la envidia de quienes nos rodean.

A veces, sencillamente, tenemos que revisar algunas decisiones.

Una conclusión poco espectacular, lo admito. Pero bastante más útil que una fotografía mirando el horizonte con una frase de Paulo Coelho.



El silencio también es una forma de higiene

Después de unos días fuera, uno vuelve a las redes y descubre que no se ha perdido absolutamente nada indispensable.

Los resentimientos siguen resentidos. Los gurús continúan iluminando a quienes no se lo han pedido. Los supervivientes profesionales siguen resucitando de sus desgracias con una frecuencia que haría palidecer a cualquier religión organizada. Y la humanidad permanece convencida de que sus pensamientos más espontáneos merecen difusión internacional.

No ha cambiado el mundo. Apenas ha cambiado nuestra distancia respecto de él.

Y eso es lo interesante de desconectarse: por un momento, uno recuerda que existe una vida fuera de la pantalla. Una vida donde las personas pueden conversar sin convertir cada frase en una declaración ideológica, donde los problemas no necesitan una audiencia y donde las experiencias personales conservan su valor incluso cuando nadie les pone un «Me gusta».

Así que, si estuviste unos días sin publicar, no te preocupes. Probablemente nadie haya notado tu ausencia. Y si alguien la notó, seguramente estaba demasiado ocupado preparando una reflexión sobre la importancia de aprender a soltar.

Yo, por mi parte, he regresado.

He abierto Facebook. He leído algunas publicaciones. He recuperado la fe en la capacidad humana para producir contenido innecesario.

Y he decidido escribir este artículo para denunciarlo.

Lo cual, si lo pensamos un poco, me convierte en otro individuo que acaba de utilizar las redes para compartir algo que nadie pidió.


La diferencia es que yo, al menos, tengo la decencia de reconocerlo.


Aunque, ahora que lo pienso, esa también podría ser una excelente publicación para Facebook.

Con una fotografía en blanco y negro, naturalmente. Pero sin tetas... porque no tengo.





 

 

 

 

 

 

 

🔹 Ir a la Sección "El Diario de Rodriac” 

🔹 Ir a la Portada de la Web

🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 

 






🏷️ Tags:

#HumorÁcido 
#SátiraSocial 
#RedesSociales 
#HumorArgentino 
#Ironía 
#CríticaSocial 
#ComportamientoHumano 
#VanidadDigital 
#RodriacCopen 
#DiarioDeRodriac 


viernes, 2 de octubre de 2026

Cuento: "El Viaje a Hebat ( Capítulo 6 ) - Saga de Droven & Lyra (Capítulo 6)"

 


🎯 Saga de Droven & Lyra ( SciFi - Romance - Retrofuturismo)


🔥 El Viaje a Hebat ( Capítulo 6 )
por Rodriac Copen


📌 Sinopsis:

Lyra sabe que alguna vez fue humana. También sabe que, hace más de dos mil años, dejó atrás su cuerpo biológico para convertirse en aquello que es hoy.

Lo que no sabe es por qué.

Después de acudir al Templo de Orientación de Nareth Vox, Lyra y Droven emprenden un viaje hasta Luggal, donde se encuentra el antiguo Templo de Hebat, una institución especializada en recuperar recuerdos perdidos, bloqueados o enterrados por el tiempo.

Pero la memoria no devuelve respuestas cómodas.

Entre imágenes fragmentadas, sensaciones olvidadas y recuerdos que parecen pertenecer a otra vida, Lyra comienza a reconstruir la existencia de la mujer que fue: un hombre al que amó, un hijo cuya existencia había olvidado y una decisión tomada poco antes de perder definitivamente su humanidad.

Una decisión que cambiará por completo la pregunta que la llevó hasta Hebat.

Porque Lyra no fue convertida en robot contra su voluntad.

Ella lo eligió.

Ahora solo necesita descubrir por qué.

Y quizá algunas respuestas sean bastante más peligrosas que el olvido.

✔ 9.175 palabras aproximadamente
✔ 46 minutos de lectura aproximada

 

 

 

 

🔹 Ir a la Sección "Saga de Droven & Lyra"

🔹 Ir a la Sección "Cuentos de Ciencia Ficción"

🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 




   




🏷️ Tags:

#CienciaFicción 
#SciFi 
#CienciaFicciónEnEspañol 
#CienciaFicciónLiteraria 
#FicciónEspeculativa
#UniversoCygnus 
#Zyrbassa 
#Lyra 
#DrovenKal 
#ElViajeAHebat
#Rodriaccopen
#HistoriasDelRetrofuturo 


miércoles, 30 de septiembre de 2026

La Biblioteca de Rodriac: "Mi abuelo y Marcial Lafuente Estefanía"


 💥 La Biblioteca de Rodriac

👁️ Mi abuelo y Marcial Lafuente Estefanía
por Rodriac Copen


Mi gusto por los libros no apareció una mañana por inspiración espontánea, como una espiga verde después de la lluvia. Nadie se levanta a los ocho años y decide, de pronto, que quiere convertirse en lector. Al menos yo no.

Detrás hubo una familia maravillosa que, sin proponérselo —y probablemente sin comprender del todo lo que estaba haciendo— fue ampliando los límites de mi cabeza, de mis pensamientos y también de mis emociones.

Me dieron algo bastante más importante que una biblioteca: me dieron permiso para pensar, para elegir. Y para ser.

Y eso, si no te lo da tu familia, puede ser peligroso. 

Porque cuando a un niño le permiten imaginar sin ponerle demasiadas fronteras, la mente empieza a sospechar que el mundo no termina exactamente donde termina el patio de la casa. Después vienen los libros, las preguntas, las ideas y esa costumbre incómoda de querer saber el por qué de las cosas.

Mi abuelo materno fue uno de los grandes personajes de mi infancia. Un hombre sencillo, pero de esos que parecían haber venido con instrucciones propias y que jamás se molestaron demasiado en leer las instrucciones de los demás.

Había estado involucrado durante toda su vida en la política. Pero no en esa política moderna donde algunos descubren la vocación pública después de descubrir el valor de los billetes y los negociados.

Mi abuelo pertenecía a otra especie.

Era de aquellos políticos de barrio que todavía creían que la política consistía en hacer algo por la gente que vivía alrededor. No hizo dinero. Ni siquiera hizo una pequeña fortuna, que ya habría sido una cortesía del destino.

Fue presidente de la unión vecinal y dedicó buena parte de su tiempo a gestionar servicios para el barrio. Cloacas. Alumbrado público. Recolección de basura. Obras. Reclamos. Todo aquello que hoy parece una lista administrativa y que, en aquella época, podía convertirse en una batalla de varios meses contra la burocracia, el municipio y eventualmente contra alguna criatura mitológica que custodiaba el expediente.

También intervenía con la policía cuando hacía falta.

Era una época en la que uno todavía podía pensar que la policía estaba allí para servir a la comunidad. Sí, ya sé que parece una frase de novela histórica. Pero hubo un tiempo en que ciertas instituciones todavía conservaban esa curiosa costumbre de intentar cumplir la función para la que habían sido creadas.

Mi abuelo era, además, un hombre profundamente involucrado con la comunidad. De esos dirigentes sociales de la vieja escuela que no necesitaban discursos grandilocuentes ni una bandera ideológica ondeando detrás para justificar lo que hacían.

Simplemente hacían cosas por el bien común. 

Y probablemente esa sea una de las formas más discretas de la grandeza humana.

Pero para mí no era el presidente de la unión vecinal, ni el dirigente social, ni el hombre que conseguía que instalaran un servicio público.

Era mi abuelo. Y eso era bastante más importante en mi limitado mundo.

Con él aprendí cosas que mi padre, por supuesto, jamás me habría enseñado de la misma manera. No porque uno fuera mejor que el otro. Cada uno tenía su territorio. Otro día te hablaré de mi padre. Hoy no.

Con mi abuelo aprendí a injertar plantas. A cuidar la huerta que tenía en casa. Una huerta modesta, pero que en mi memoria infantil adquirió dimensiones ciclópeas.

Todavía sueño alguna que otra noche con ella. Son sueños de felicidad.

Con él aprendí el oficio de albañil. A trabajar con las manos, a medir, construir, reparar y descubrir que una pared perfectamente recta es una aspiración mucho más difícil de conseguir de lo que parece cuando uno la contempla terminada. Aprendí a valorar los oficios atravesados por el sudor y la incomodidad.

Y aprendí a construir pequeños juguetes de madera.

Recuerdo especialmente un fuerte.

Era un fuerte de madera para jugar a cowboys e indios, como los que aparecían en aquellas películas del Oeste que uno veía con la absoluta convicción de que todos los problemas del mundo podían resolverse escondiéndose detrás de una empalizada y disparando a alguien que venía a caballo.

A mí me parecía magnífico.

Probablemente hoy un psicólogo infantil tendría algo que decir al respecto. No me importa. No creo en los sicólogos. Si hoy estoy vivo, te lo aseguro, no es gracias a ellos.

Pero yo tenía un fuerte, y eso era suficiente.

Durante varios años mi vida transcurrió en una casa hermosa y querida que estaba detrás de la casa de mi abuelo. Una casa que ya no existe.

Pero hay algo curioso con las casas. Y es que uno puede demolerlas, venderlas, construir otra cosa encima de ellas y hasta poner un edificio donde antes estaba el patio. Sin embargo, hay lugares que sobreviven perfectamente sin necesidad de ladrillos.

Quedan en la memoria.

Mi abuelo también había sido mago itinerante durante muchos años. Llevaba su espectáculo a pequeños auditorios y recorría lugares donde, imagino, la gente todavía estaba dispuesta a dejarse engañar durante una hora sin necesidad de pagar una suscripción mensual.

Algunos de sus libros de magia quedaron en mi poder. Todavía los conservo.

Forman parte de esas colecciones aparentemente inútiles que los adultos acumulamos con absoluta seriedad, convencidos de que algún día necesitaremos explicar por qué guardamos un viejo libro de trucos de magia que probablemente nadie volverá a utilizar.

Pero yo sé por qué los guardo. Porque eran de él.

Y porque, de alguna manera, mis arrugas dicen que ahora me pertenecen.

A mi abuelo le fascinaban los bolsilibros del Oeste.

Coleccionaba las historias de Marcial Lafuente Estefanía.

Y ahí comenzó, sin que nadie lo supiera, una parte fundamental de mi relación con los libros.

Mi infancia transcurrió leyendo aquella literatura.

No fueron Dostoyevski, Borges, Cortázar ni García Márquez quienes despertaron mi pasión por la lectura.

Mi puerta de entrada a la literatura fue mucho menos glamorosa.

Fue un Oeste de cartón, pólvora, caballos, villanos, mujeres hermosas, hombres malhumorados y balas que tenían la curiosa capacidad de encontrar siempre a los malos.

Aquellas historias eran como mi propio abuelo. Simples y directas. No pretendían explicarme el sentido de la vida ni filosofar.

Contaban historias.

En donde había acción, había violencia. También justicia, venganza, traición, amistad y, de vez en cuando, romance.

Como en la vida.

Solo que en la vida uno rara vez puede resolver una discusión sentimental desenfundando un revólver. Y quizá sea mejor así, porque la convivencia social se volvería algo complicada.

Aquellos libros me enseñaron algo que tardaría muchos años en comprender: una historia no necesita ser solemne para ser importante.

Puede ser sencilla. Puede ser rápida. Y puede entretener.

Y aun así puede quedarse dentro de uno.

Los bolsilibros de Estefanía no pretendían formar a un escritor. Mucho menos a un intelectual. Ni siquiera pretendían cambiar la vida de nadie.

Simplemente estaban allí. Te hacían compañía en tu soledad. Y yo los leía.

Y mientras los leía, mi imaginación hacía el resto.

Así transcurrieron aquellos primeros años de mi vida. Los años felices.

No porque fueran perfectos. Ninguna infancia lo es. Sino porque todavía no sabía que la vida tenía esa extraña habilidad de crecer alrededor de uno, hacerse adulta y empezar a cobrar peaje.


Después llegaría la vida.

Con sus facturas, sus pérdidas, sus decepciones y esa sorprendente capacidad que tiene para triturar algunas esperanzas mientras nos convence de que eso también forma parte del aprendizaje.

Pero para entonces ya había ocurrido algo.

Mi abuelo me había dado libros. Y, sin saberlo, me había abierto una puerta.

Yo todavía no sabía adónde me llevaría. Pero ya había aprendido a abrirla.

 






 

 

 

 

 

 

 

🔹 Ir a la Sección "Diario de Rodriac (La Biblioteca)” 

🔹 Ir a la Portada de la Web

🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 

 






🏷️ Tags:

#DiarioDeRodriac
#LaBibliotecaDeRodriac
#MemoriasDeUnLector
#MarcialLafuenteEstefanía
#Bolsilibros
#LiteraturaPopular
#Lectura
#Libros
#Infancia
#Recuerdos
#Memoria
#Escritura
#Lectores
#Literatura
#Familia
#HistoriasDeVida
#RodriacCopen