miércoles, 28 de enero de 2026

El Diario de Rodriac: "La Identidad Silenciosa de los Escritores"

 


El Diario de Rodriac

La Identidad Silenciosa de los Escritores
por Rodriac Copen


Si eres escritor, seguramente te pasó alguna vez que, en una reunión, alguien pregunta:
—¿Y tú, a qué te dedicas?


Y tu cerebro —ese órgano traicionero que suele funcionar demasiado bien— evalúa en milésimas de segundo si vale la pena decir la verdad... o decir cualquier cosa menos “soy escritor”.

Sucede.
Y no, no es timidez. Tampoco falsa modestia.
Es otra cosa. Más silenciosa. Más selectiva.


Escribir es, para muchos autores, el centro del sistema solar. Todo gira alrededor de eso: ideas, obsesiones, insomnios, libretas, frases que aparecen mientras lavamos los platos. Y aun así, cuando conocemos gente nueva, solemos guardar ese dato como quien esconde una cicatriz bajo la camisa. No suele ser vergüenza. Suele ser supervivencia.

Decir “soy escritor” no es solo informar una actividad. Es abrir una puerta.
Y no todas las puertas se abren a cualquiera.

El problema —si es que es un problema— es que la palabra escritor viene con equipaje ajeno: expectativas, clichés, preguntas automáticas (“¿vives de eso?”), sonrisas condescendientes o, peor aún, interés fingido. Esa especie de entusiasmo plástico que dura lo mismo que un sorbo de café frío. Uno aprende rápido a detectarlo. Los escritores desarrollamos un radar. Y falla poco.

Entonces aparece nuestra identidad silenciosa. Esa versión nuestra que responde “hago cosas”, “soy profesor”, “escribo como aficionado”. No por negación, sino por economía emocional. Porque contar lo que uno escribe no es como hablar del clima. Es mostrar el interior del cráneo. Y no siempre hay ganas de invitar a extraños a pasear por ahí.

No es que no queramos ser escuchados.
Si no lo quisiéramos, no escribiríamos.


Es que queremos ser bien escuchados.
Y en eso hay una diferencia enorme.


El interés genuino no pregunta por ventas ni por fama. Pregunta por motivos. Por obsesiones. Pregunta los porqués. Y cuando eso no aparece del otro lado de la mesa, simplemente apagamos el interruptor. Sin drama ni resentimiento. Como quien cierra una ventana porque entró viento frío.

Esto dice algo incómodo pero útil sobre la condición humana: todos regulamos lo que mostramos según el contexto. Todos. El escritor solo lo hace con un material más inflamable. Las palabras arden fácil. Y nadie quiere prender fuego su mundo interior frente a alguien que solo busca una anécdota simpática para matar el silencio.

¿La solución? Como la amistad, el interés genuino no puede forzarse. Los escritores no evangelizamos ni explicamos de más. Y si quieres conocer a uno, tendrás que aprender a preguntar.

También puedes seguir pensando que escribir es un hobby raro, como coleccionar servilletas. Está bien. Para nosotros no es una tragedia. Es, simplemente, elegir con quién vale la pena hablar.

La verdadera tragedia sería insistir. Hablar cuando nadie quiere escuchar. Convertir lo íntimo en ruido de fondo.

Porque cuando compartimos sin autenticidad del otro lado, algo se erosiona. La palabra pierde peso. La vocación se vuelve pose. Y ahí sí hay pérdida.

Por eso muchos escritores no dicen que escriben. No porque no amen lo que hacen, sino porque lo aman demasiado como para compartirlo con quien no tiene interés genuino en escuchar.

Los amores no se anuncian.
Se reservan. Se cuidan. Se dicen en voz baja.


Y solo cuando alguien, del otro lado, demuestra que vale la pena, nos dejamos escuchar. Porque el otro ya presiente ese amor que llevamos dentro.

 

 

 

 

 

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