Diario de Rodriac
Cartografía de Una Ausencia
por Rodriac Copen
Hoy recibí una mala noticia.
No fue un golpe espectacular ni una tragedia de titulares, pero tuvo ese peso silencioso que se posa en el pecho y se queda. Una de esas historias mínimas que afectan a los mundos íntimos y desconocidos de un alma cualquiera.
Lo curioso no fue la noticia en sí, sino lo que vino después: la certeza de que no tenía con quién compartirla.
No porque no existan personas alrededor, sino porque no siempre existe la persona adecuada. Esa que no responde con fórmulas, ni con torpeza, ni con frases que clausuran en lugar de abrir. O esa que simplemente no responde, porque el silencio es el único territorio que sabe habitar.
Y no hablo de maldad. Hablo de algo más triste.
Hay personas que no saben —literalmente no saben— ejercer la empatía. No porque no quieran, sino porque nunca la aprendieron. Tal vez nadie se las enseñó en su casa; tal vez crecieron en entornos donde sentir era un estorbo y escuchar, una pérdida de tiempo. Son torpes para leer al otro, impermeables a la vibración ajena. No detectan cuándo alguien no habla solo para desahogarse, sino para encontrar una huella, una señal mínima de comprensión, una chispa de optimismo que diga: no estás solo en esto.
A veces se las llama “tóxicas”, y tal vez el término sea fuerte, porque no obran desde la mala intención. Pero hay algo corrosivo en esa incapacidad. Porque el mundo no se sostiene solo con datos, ni con eficiencia, ni con respuestas correctas. El mundo —este mundo frágil y obstinado que es la vida de las personas— necesita esperanza. Necesita que alguien, aunque sea una vez, se detenga a ofrecer una mirada un poco más luminosa, una palabra que no niegue el dolor, pero que tampoco lo deje reinar solo.
Es triste comprobar que hay quienes no ven ese lado del mundo.
No entienden que seguir adelante no es ingenuidad, sino coraje con resiliencia. Que insistir, incluso cuando todo parece en contra, es una forma silenciosa de resistencia. Que el esfuerzo deja huellas, que la gratitud sana, que la esperanza —por pequeña que sea— tiene un poder real sobre las almas cansadas de quienes resistimos.
Tal vez escribir esto sea mi manera de no olvidarlo. O de recordarme que, aun cuando no encuentre ese valle de esperanza en otros, no debería dejar de cultivarlo en mí.
En las redes sociales suelo ver mucho encono en personas abandonadas: rencor destilado hacia ex parejas, relatos cargados de reproches. Y, muchas veces, en esos mismos testimonios se adivina el origen del quiebre: fallaron en esa materia tan esencial que es la empatía. No supieron leer lo que el otro necesitaba, y la relación terminó por agotamiento más que por conflicto.
Hace un par de horas leí a una autora que decía que muchos artistas fracasaron en vida y que luego la historia les dio un lugar. Pensé que eso no ocurre solo en el arte, sino también en las parejas, en las relaciones, en las personas en general. Algunas ausencias presentes se explican por esa carencia puntual de la que hablo. No todos son capaces de resistirla.
A veces recuerdo un personaje de fantasía que leía cuando era niño. Decía que la vida de las personas es como un jardín. Que vivir no es otra cosa que luchar contra la maleza que intenta ahogarlo. No basta con esforzarse para que crezcan las flores: también hay que enfrentarse a lo que las asfixia.
Muchas personas se ocupan solo de las flores y dejan de lado la lucha contra la maleza. Después se preguntan por qué los demás se alejan.
Y a veces las personas no se alejan porque sean malas, sino porque necesitan sobrevivir. Y para eso, quizá, necesitan a la persona adecuada. A alguien que no los salve, pero que al menos sepa quedarse. Bien. Presente. Compartiendo.
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