viernes, 6 de febrero de 2026

Diario de Rodriac: "La Esperanza es un Campo de Batalla"

 


Diario de Rodriac

La Esperanza Es Un Campo de Batalla
por Rodriac Copen

 

Hoy estaba escuchando una canción: Mourning Light de Zynic (puedes ver el video aquí). Y reflexionaba sobre la gente desesperanzada, esa que busca algo de luz o de esperanza para continuar. Las personas que necesitan un motivo, solo uno, para seguir adelante.

La esperanza no es un adorno espiritual ni una frase que sirve para pintar en tazas motivacionales.

La esperanza es una fuerza política, aunque no vote, aunque no tenga partido. Por eso es tan peligrosa.

Un ser humano con esperanza puede tolerar el dolor, la injusticia, incluso la derrota. Pero un ser humano sin esperanza se vuelve dócil, cínico, manejable. No lucha: administra su derrota. Acepta su destino sin más. Se acostumbra. Baja la cabeza. Y sigue.

Los regímenes brutales lo saben desde siempre. No gobiernan solo con violencia: gobiernan quebrando el espíritu. No necesitan convencerte de que ellos tienen razón; les alcanza con convencerte de que nada vale la pena. Cuando la esperanza muere, la obediencia nace sola.

Así murió Cuba. Así murió Venezuela. Y tantos otros países que primero fueron sometidos quebrando su esperanza. Con la cobarde decisión de los que aceptaron la derrota de la humanidad y defendieron lo que ninguna persona de principios y con valor hubiera podido defender.

Es por eso los poderes políticos modernos no prometen futuro: se presentan a sí mismos como la única esperanza posible. No dicen “esto puede cambiar”, dicen “sin nosotros todo sería peor”. No ofrecen dignidad, ofrecen miedo administrado. Y el miedo sostenido en el tiempo se convierte en resignación.

 

Un mundo tolerable solo porque ya no se espera nada

¿Qué hace que el mundo sea una mierda… y que aun así los hombres lo sigan tolerando?

La respuesta es brutalmente simple: porque se ha perdido la esperanza, y con ella, el valor. El coraje no desapareció: se volvió raro, incómodo, sospechoso. No encaja en espíritus entrenados para sobrevivir, no para resistir.

Cuando la esperanza se rompe, la injusticia deja de escandalizar. Epstein no es una aberración: es un síntoma. Trump no es una anomalía: es una consecuencia. Hollywood no es decadente por accidente: es el espejo de una cultura que negoció todo, incluso el asco.

Nada de esto podría sostenerse sin una operación silenciosa y prolongada: comprar voluntades. Políticos, periodistas, medios enteros que se bajaron los calzones y llamaron a eso “realismo”, “profesionalismo” o “neutralidad”. La neutralidad frente a la mierda siempre es complicidad.

Así se explica el descrédito absoluto. Ya no creemos porque ya no hay a quién creerle. Los grandes periodistas de los 70 y 80 —con todas sus contradicciones— buscaban mostrar algo que incomodara al poder. Hoy la verdad duerme detrás de corporaciones, contratos publicitarios y líneas editoriales dictadas desde arriba. No se censura: se ahoga.

 

La verdad dispersa entre el ruido

En este paisaje devastado, los que aún intentan decir algo verdadero navegan solos en internet. No tienen redacciones que los respalden ni prestigio institucional que los proteja. Son islas.

Pero incluso ahí la cosa se pudre: la verdad queda enterrada entre conspiracionistas, charlatanes, cerebros quemados por ovnis, chamanes del algoritmo, culos, tetas, memes y vendedores de humo que usan la palabra “despertar” como moneda de cambio para su pequeña cuota de poder. El sistema aprendió a defenderse: no necesita callar la verdad si puede rodearla de estupidez.

Entonces todo parece equivalente. Todo parece falso. Todo parece exagerado. Y la confusión cumple su función: paraliza.

 

La pregunta que queda en pie

Y ahí aparece la pregunta incómoda, la única que importa de verdad:

¿Cómo, en medio de esta mierda, una persona buena, bienintencionada, encuentra la verdad?

No una verdad absoluta, no la revelación mística de un gurú religioso.

Solo algo firme a lo que agarrarse sin vender el alma, sin volverse cínico, sin rendirse.

Esa pregunta no tiene una respuesta fácil.

Pero mientras siga siendo formulada, mientras alguien todavía la escriba o la piense, la esperanza —esa fuerza peligrosa— no estará del todo muerta.

Y tal vez eso sea lo único que todavía valga la pena defender, escritor.


 

 

 

 

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