SciFi – Humor
El Número Final
por Rodriac Copen
Clara Lineker siempre decía que vender tecnología era, en esencia, vender promesas. Gerald Townsed, su compañero de equipo en la división de servicios avanzados de IBM, prefería una definición más pragmática.
—“Vendemos minutos.”— decía él —“Minutos muy caros.”—
Los dos trabajaban para el servicio de computación cuántica de la compañía, conocido como IBM Quantum Platform. El modelo de negocio era simple: cualquier empresa o laboratorio podía ejecutar programas cuánticos pagando por tiempo de uso.
Era como alquilar una mente matemática gigantesca.
A Clara le gustaba pensar que aquello era el equivalente moderno de alquilar telescopios para mirar el universo. Solo que, en lugar de estrellas, los clientes observaban problemas.
Problemas enormes.
Problemas que, hasta hacía poco, eran imposibles de resolver.
Aquella mañana de martes estaban en su oficina revisando una lista de posibles clientes cuando la secretaria les anunció una visita.
—“Un tal doctor Charles Langley”— dijo.
Clara levantó una ceja. No había oído de él.
—“¿Empresa?”—
—“Dice que es matemático.”—
Gerald se encogió de hombros.
—“Los matemáticos no suelen tener presupuesto.”—
—“Oh, vamos. Démosle una oportunidad ¿Si?”— dijo Clara.
Langley entró en la oficina con la sonrisa confiada de alguien que claramente conseguía lo que quería..
Era un hombre de unos sesenta años, con cabello blanco despeinado y una expresión alegre que recordaba vagamente a un profesor universitario que acabara de descubrir un chiste interno del universo.
Se presentó con entusiasmo.
—“Charles Langley. Matemático independiente.”—
—“Clara Lineker.”— dijo ella estrechando su mano.
—“Gerald Townsed.”—
Langley se sentó frente a ellos y miró alrededor con curiosidad.
—“He leído mucho sobre su servicio cuántico.”— dijo —“Y creo que podría ser justo lo que necesito.”—
Gerald abrió su laptop.
—“¿Qué tipo de cálculos desea ejecutar?”—
Langley se inclinó hacia adelante, como si estuviera a punto de compartir un secreto divertido.
—“Estoy investigando el número real que las matemáticas llaman infinito.”—
Clara y Gerald intercambiaron una mirada.
No era el tipo de frase que uno esperaba escuchar en una reunión de ventas.
Langley continuó con entusiasmo.
—“El matemático David Hilbert exploró muchas paradojas del infinito. Quizás conozcan su ejemplo del hotel infinito.”—
—“El hotel con infinitas habitaciones.”— dijo Clara —“Siempre hay lugar para un huésped más.”—
Langley sonrió.
—“Exactamente. Es un concepto fascinante. Pero Hilbert decía algo muy interesante: el infinito no aparece en la naturaleza.”—
Hizo una pausa.
—“Sin embargo, es indispensable para comprender las matemáticas.”—
Gerald cruzó los brazos.
—“¿Y usted cree que sí aparece en la naturaleza?”—
Langley se acomodó en la silla.
—“No. Más bien creo que el infinito es una ilusión matemática.”—
Clara lo miró con curiosidad.
—“¿Cómo así?”—
Langley habló con entusiasmo.
—“Sospecho que el universo no puede ejecutar un cálculo realmente infinito. Si existe un límite computacional del cosmos, entonces el infinito matemático debería colapsar en un número finito.”—
Gerald parpadeó.
—“¿Quiere… calcular el infinito?”—
—“En realidad quiero descubrir su valor real.”— dijo Langley alegremente.
Clara soltó una pequeña risa.
—“Eso suena a algo que costará caro.”—
—“Lo sé.”— respondió Langley con naturalidad —“Pero afortunadamente heredé una fortuna considerable. Mis padres estaban en el negocio petrolero.”—
Gerald, el menos científico de la pareja, inclinó la cabeza.
—“¿Y qué papel jugamos nosotros en todo esto?”—
Langley respondió como si fuera lo más lógico del mundo.
—“Necesito comprar una supercomputadora capaz de conectarse directamente con su plataforma cuántica. Ejecutaré mis programas en su sistema, pero desde mi laboratorio.”—
Clara revisó rápidamente los costos estimados.
—“Doctor Langley… esto podría costar varios millones de dólares.”—
Langley sonrió.
—“Eso pensé.”—
Gerald lo observó con detenimiento.
—“¿Está seguro de que esto no es una broma?”—
Langley se inclinó hacia adelante.
—“El matemático Georg Cantor fue el primero en estudiar seriamente los distintos tamaños del infinito. Demostró que algunos infinitos son más grandes que otros.”—
Clara asintió.
—“Los números reales, los enteros…”—
—“Exacto.”— dijo Langley impresionado por los conocimientos de Clara —“Cantor estuvo muy cerca de algo extraordinario. Trató al infinito casi como si fuera un valor.”—
Hizo una pausa.
—“Pero nadie se preguntó lo obvio.”—
Gerald levantó una ceja.
—“¿Qué cosa?”—
Langley sonrió.
—“¿Y si el infinito fuera simplemente el número más grande que el universo puede ejecutar?”—
Se hizo un silencio.
Luego Clara soltó una pequeña risa.
—“Eso sería… interesante. Digo, por las implicancias.”—
Langley levantó un dedo.
—“Y ahora viene la parte divertida.”—
Gerald suspiró.
—“Siempre suele haber una parte divertida.”—
Langley continuó.
—“Cuando publiqué mi teoría en una revista científica, recibí una llamada muy peculiar.”—
—“¿De quién?”— preguntó Clara.
Langley sonrió.
—“De una iglesia.”—
Gerald cerró la laptop lentamente.
—“Esto se está poniendo raro.”—
—“Se llaman a sí mismos La Orden del Número Final”— dijo Langley con tono jovial —“Y aparentemente creen que el universo es un cálculo gigantesco.”—
Clara no pudo evitar reír.
—“¿Una religión matemática?”—
—“Algo así.”—
Langley explicó:
—“Según ellos, alguien inició una operación matemática infinita. El universo es simplemente el proceso de cálculo. Puede ser Dios u otra civilización.”—
Gerald se frotó la frente.
—“Eso suena como teología para programadores.”—
Langley asintió.
—“Exacto. Y creen que los humanos, al descubrir nuevas matemáticas, nos acercamos cada vez más al resultado final.”—
Clara lo miró intrigada.
—“¿Y cuál será el resultado final?”—
Langley levantó su copa imaginaria.
—“El día que alguien descubra la cifra final del cálculo… la operación se cerrará.”—
Gerald preguntó:
—“¿Y qué pasará entonces?”—
Langley sonrió.
—“El universo dejará de ejecutarse. O se reiniciará. Nadie lo sabe.”—
Clara soltó una carcajada.
—“Espero que eso no esté incluido en la garantía del producto.”—
Langley también rió.
—“Lo cuento como una broma, por supuesto.”—
Luego añadió con una sonrisa:
—“Aunque debo admitir que la Orden me envió donaciones bastante generosas para continuar mi investigación.”—
Cuando Langley se fue, Gerald miró a Clara.
—“Creo que deberíamos aceptar este cliente.”—
Dos días después, Clara y Gerald estaban en la oficina revisando el contrato cuando Gerald abrió una noticia en su computadora.
—“Mira esto.”—
Clara se inclinó.
—“¿Qué es?”—
—“Un artículo de 2003 del filósofo Nick Bostrom.”—
—“¿Sobre qué?”—
Gerald leyó el título.
—“Are You Living in a Computer Simulation?”—
Clara sonrió.
—“Eso suena apropiado para nuestro nuevo cliente.”—
Gerald explicó:
—“Bostrom propone un argumento llamado el trilema de la simulación.”—
Clara escuchó con interés.
Gerald levantó tres dedos.
—“Una de estas
tres cosas debe ser cierta:
Primera: las civilizaciones tecnológicas se extinguen antes de desarrollar
tecnología capaz de simular universos completos.
Segunda: las civilizaciones avanzadas existen, pero no les interesa ejecutar simulaciones de sus antepasados.
Tercera: si las dos anteriores son falsas…”—
Clara completó la frase.
—“Entonces probablemente vivimos en una simulación.”—
Gerald asintió.
—“Exacto.”—
Clara pensó un momento.
—“Eso significa que habría muchas más mentes simuladas que reales.”—
—“Estadísticamente sí.”—
Clara se rió.
—“Deberíamos contarle esto a Langley. Le va a encantar.”—
Gerald cerró la laptop.
—“Por favor no le des más ideas.”—
Una semana después entregaron la computadora en la mansión de Langley.
Era una casa enorme en medio de un bosque.
Langley los recibió con entusiasmo.
—“¡Mis héroes!”—
El laboratorio ocupaba un ala completa de la casa.
La nueva supercomputadora brillaba como una nave espacial.
Langley estaba encantado.
—“Con esto podré ejecutar mis programas directamente en su plataforma cuántica.”—
Clara observó el laboratorio.
—“¿Cuánto tiempo cree que tardará el cálculo?”—
Langley sonrió.
—“Eso depende del universo.”—
Una semana después, el teléfono de Clara sonó.
Era Langley.
—“¡Clara! ¡Está funcionando!”— gritó entusiasmado.
—“¿Qué cosa?”—
—“El cálculo.”—
—“¿Y?”—
—“Vengan al laboratorio. Quiero que estén presentes cuando termine. Sin ustedes esto no sería posible.”—
Gerald protestó.
—“Eso suena aburrido.”—
—“Oh, vamos. Démosle el gusto.”— lo convenció Clara.
Fueron.
Langley los recibió con una botella de champaña.
—“Estamos muy cerca.”— dijo emocionado.
En la pantalla, miles de números aparecían sin parar.
La impresora trabajaba furiosamente.
—“Faltan pocos cálculos.”— explicó Langley.
Les sirvió copas.
—“Brindemos.”—
Clara levantó la suya.
—“Por el infinito.”—
La computadora emitió un sonido.
En la pantalla apareció un mensaje:
CÁLCULO COMPLETO
Langley contuvo la respiración.
—“Ahí está.”—
Los números comenzaron a inundar la pantalla.
Filas interminables de dígitos. La impresora rugía.
Entonces Clara frunció el ceño.
—“¿Ven eso?”—
Gerald miró el techo.
Parecía… borroso.
Como si la realidad estuviera perdiendo resolución.
Las paredes comenzaron a temblar ligeramente.
Clara se abrazó a Gerald.
—“¿Qué está pasando?”—
Langley miraba la pantalla fascinado.
—“Los números siguen apareciendo… “— murmuró.
La impresora continuaba escupiendo páginas sin terminar nunca.
Clara gritó:
—“¡Langley!”—
El matemático habló en voz baja.
—“Si el infinito tiene un valor…”—
Se volvió hacia ellos con una sonrisa extraña.
—“Entonces el universo puede terminar de calcularse.”—
La computadora emitió un último sonido.
Y en la impresora apareció la última línea.
RESULTADO FINAL DEL CÁLCULO UNIVERSAL
El laboratorio se volvió transparente.
El cielo desapareció.
Las paredes se disolvieron como humo.
Clara apenas alcanzó a decir:
—“Gerald…”—
Entonces todo se apagó.
Silencio absoluto.
Y sobre sus cabezas
apareció un cartel luminoso:
NIVEL COMPLETADO.
FIN
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