jueves, 16 de febrero de 2023

Historia: "La Subasta del Fragmento de la Tierra ( Aventuras de Leorin y Calyra Dastel )"

 



Las Aventuras de Leorin y Calyra Dastel ( Scifi – Humor )

 

La Subasta del Fragmento de la Tierra

por Rodriac Copen

 

La noticia circuló por Zyrbassa con el sigilo solemne de un escándalo respetable: una secta excéntrica de bribones ceremoniales anunciaba la subasta secreta de un fragmento auténtico del mítico Planeta Tierra.

 

Esa Tierra, el mítico planeta origen de la humanidad, cuyo nombre era  pronunciado siempre en voz baja, como si pudiera ofender la sensibilidad geográfica del pantano.

 

En Zyrbassa se aceptaba, con educada incredulidad, que la Tierra era una invención lírica de los primeros colonizadores, hombres borrachos dados a exagerar sus nostalgias y a atribuir a su mundo perdido virtudes improbables, tales como “estaciones climáticas coherentes” y “quesos no fosilizados”.

 

Leorin Dastel, aristócrata venido a menos y mercader por convicción estética, recibió la noticia con un temblor de entusiasmo especulativo.

 

—“He aquí”— dijo, desplegando el anuncio impreso con tinta ligeramente radiactiva —“una oportunidad que solo los espíritus superiores sabrán apreciar.”—

 

Calyra Dastel, su exquisita y robótica esposa, contempló el panfleto con la atención de quien evalúa un defecto microscópico en una gema.

 

—“La tipografía es excesiva. Eso suele ser indicio de fraude, amor mío.”—

 

—“O de grandeza, hermosa mía.”— replicó Leorin —“Los genios siempre utilizan tipografía ambiciosa.”—

 

En Zyrbassa se sabía poco de la Tierra, salvo un detalle persistente: los mejores robots provenían de allí. Aquello otorgaba al mito una pátina técnica difícil de refutar.

 

—“Si el fragmento es auténtico,”— prosiguió Leorin, paseando por el salón de su castillo con las manos a la espalda —“su valor aumentará exponencialmente cuando yo lo posea.”—

 

—“¿Por qué cuando tú lo poseas?”— preguntó Calyra.

 

—“Por la alcurnia de mi familia, por supuesto.” —

 

Calyra inclinó apenas la cabeza, recordando que la nobleza de los Dastel no había sido exactamente cultivada en jardines de virtud, sino más bien obtenida mediante matrimonios estratégicos con doncellas sorprendentemente fecundas, apuestas de alto riesgo y discretos asaltos a carruajes ajenos.

 

—“Deberías tener cuidado con eso. Ya sabes… el mercado de riquezas es imprevisible.” —

 

—“Excepto para los visionarios como yo.”— corrigió él con dignidad.

 

La secta organizó una exhibición preliminar del objeto antes de la subasta. El evento tuvo lugar en un antiguo teatro adaptado con solemnidad dudosa. En la entrada, acólitos vestidos con túnicas azul verdosas entregaban a cada asistente un casco ceremonial.

 

El casco era esférico, pintado de azul con manchas verdes completamente incorrectas, distribuidas sin el menor respeto por la geografía imaginada.

 

—“Es de uso obligatorio, mi señor.”— anunció un acólito con voz nasal —“Es para elevar la vibración gravitacional del evento.” —

 

—“Por supuesto.”— dijo Leorin con dignidad académica —“Nada desmerece más una subasta que una vibración gravitacional mediocre.”—

 

Examinó la pila de cascos y escogió el más grande, cuyo diámetro rozaba lo imprudente.

 

—“El tamaño simboliza la magnitud de mi visión comercial.”— declaró mientras se lo encajaba.

 

Calyra lo observó con leve inclinación analítica.

 

—“Creo que más bien simboliza que no puedes ver nada hacia los costados.”—

 

Leorin hizo un gesto despectivo.

 

—“La visión lateral en las subastas es propia de los indecisos.”—

 

El resultado fue inmediato: el casco, al ser tan vasto, limitaba su campo visual a una estrecha franja frontal, lo cual lo obligaba a girar el cuerpo entero para cada comentario.

 

Dentro del salón, la concurrencia lucía como un sistema solar de incompetencia coordinada. Las esferas chocaban entre sí con sonidos huecos y vibrantes. Cada intento de sentarse terminaba en una colisión geográfica de cabezas que salían expulsadas en direcciones diferentes.

 

—“Le ruego que retire su continente de mi órbita.”—dijo un hombre con el casco ligeramente abollado.

 

—“Es usted quien invade mi hemisferio sur”— respondió otro.

 

Leorin, intentando tomar asiento, empujó involuntariamente a tres asistentes, que rodaron con su dignidad lastimada.

 

—“Ensayo una disposición estratégica”— explicó algo abrumado.

 

—“Más bien ensayas una catástrofe esférica”— susurró Calyra.

 

Finalmente muchos concurrentes optaron por permanecer de pie, balanceándose con cierta precariedad cósmica.

 

Finalmente comenzó la excelsa mostración de la mercancía subastada.

 

En el centro del escenario flotaba una urna antigravitatoria. Dentro, una roca grisácea reposaba con la arrogancia muda de los objetos que desconocen su propio valor.

 

La inscripción, iluminada con dramatismo excesivo, proclamaba:

 

 

“FRAGMENTO AUTÉNTICO DE LA TIERRA
(GARANTÍA LIMITADA A 48 HORAS)”

 

 

Un murmullo reverente recorrió la sala.

 

Leorin, profundamente ofendido en su sentido comercial, alzó la voz:

 

—“¿Cuarenta y ocho horas? ¿Y qué ocurrirá luego?”—

 

El sumo pontífice de la secta, hombre delgado con barba meticulosamente entrelazada, avanzó hasta el borde del escenario.

 

—“Expira la mística terráquea”— respondió con gravedad sacerdotal.

 

Hubo asentimientos solemnes. Leorin frunció el ceño dentro de su planeta personal.

 

—“¿La mística posee vencimiento?”—

 

—“Toda energía cósmica”— replicó el pontífice, displicente —“requiere renovación periódica. Tras cuarenta y ocho horas, el fragmento deviene en meramente histórico.” —

 

—“¿Y antes de eso?”— insistió Leorin.

 

—“Es trascendente.” —

 

Calyra inclinó levemente la cabeza.

 

—“La trascendencia cronometrada es una innovación interesante.”—

 

El pontífice la miró con cautela; la belleza de Calyra ejercía un efecto perturbador incluso bajo el casco esférico.

 

—“Nuestra orden custodia verdades que el vulgo no comprende.”—

 

—“Y precios que el vulgo no olvida”— murmuró Leorin.

 

Se acercó cuanto pudo a la urna, chocando con dos asistentes en el proceso.

 

Observó la roca.

 

—“Tiene aspecto… pedregoso.” —

 

—“Es una cualidad frecuente en los fragmentos planetarios”— afirmó el pontífice.

 

—“¿Poseen el certificado geológico?”—

 

—“La confianza depositada en nuestra palabra ha sido validada por la existencia previa de confianza en nuestra palabra.”—

 

Leorin asintió lentamente, como si la fe fuese una variable cuantificable en su contabilidad personal.

 

—“Haré una oferta privada.”— anunció con dignidad —“Discreta y visionaria.”—

 

El pontífice sonrió con avaricia cultivada.

 

—“Preferimos la subasta. El fervor colectivo incrementará la pureza del intercambio.” —

 

—“Incrementará el precio”— tradujo Calyra con suavidad.

 

El pontífice no negó la acusación.

 

Leorin se retiró unos pasos, girando torpemente su casco para mantener la roca en su línea de visión.

 

—“Es auténtica”— murmuró con convicción autogenerada —“Lo siento en mi instinto comercial.”—

 

—“Sabes que te amo, esposo mío. Pero tu instinto comercial también sintió afinidad por las carreras de focas amaestradas.., y no te fue muy bien.”— recordó Calyra.

 

 

—“Aquello fue un malentendido estratégico.”—

 

—“Pero esto será mucho más costoso.”—

 

Leorin elevó la barbilla dentro de su esfera azul.

 

—“La grandeza implica tomar algún riesgo.” —

 

Calyra lo contempló con esa mezcla de afecto inexplicable y cálculo silencioso que definía su naturaleza.

 

—“Entonces asumiremos el riesgo.”— dijo finalmente —“Pero procura que el riesgo no use un casco más grande que tu capacidad.”—

 

Leorin sonrió con suficiencia. Jamás admitiría error alguno.

 

Y así, mientras la multitud chocaba planetariamente a su alrededor, ya estaba decidido a poseer aquella piedra.

 

Aunque la mística tuviera fecha de vencimiento.

 

Porque en Zyrbassa, como en todo universo civilizado, la fe podía caducar.

 

Pero la ambición, en cambio, era eterna.

 

Cuando abandonaron el teatro planetario, todavía resonaban los ecos huecos de los cascos esféricos chocando con dignidad herida. Leorin caminó junto a Calyra por las calles pantanosas de Zyrbassa con aire de profunda meditación estratégica.

 

Las antorchas de gas verdoso proyectaban sombras ondulantes; las pasarelas de madera crujían con melancolía otoñal.

 

Leorin habló al fin.

 

—“Calyra, ilustre criatura de mi ingeniería sentimental… ¿qué sabes realmente de la Tierra?”—

 

Ella tardó una fracción de segundo más de lo habitual en responder, lo cual, en un ser humano, habría sido simple vacilación; en ella era reflexión con protocolos internos.

 

—“Lo que se sabe en Zyrbassa es notoriamente inconsistente.”— dijo —“Algunos sostienen que la Tierra fue un planeta azul con océanos auténticos. Otros la consideran una alegoría climática. Pero hay un dato persistente: los mejores robots y bio androides provienen de allí.”—

 

Leorin la miró con una mezcla de orgullo y cálculo.

 

—“Lo cual te incluye, naturalmente.”—

 

—“No necesariamente”— respondió ella con serenidad luminosa —“Yo podría ser una imitación local de un modelo extranjero. Aunque mis registros internos sugieren otra cosa.”—

 

Leorin se detuvo.

 

—“¿Registros internos?”—

 

—“Fragmentos de información que tengo por aquí y por allá. Archivos dañados. Referencias a una migración tecnológica desde un mundo denominado ‘Tierra’. No puedo afirmar su existencia con certeza. Pero mi especie robótica, al menos en sus primeras versiones, parece haber provenido de allí.”—

 

Leorin adoptó la expresión de quien descubre que su esposa podría ser una reliquia histórica con alto potencial de reventa simbólica. 

—“Acabo de comprender algo de proporciones monumentales”— dijo él, con esa voz que solía preceder catástrofes financieras.

—“Tu tono indica una epifanía o una inversión arriesgada”— respondió ella.

—“Ambas cosas pueden coexistir.”— aclaró Leorin —“Pero esta vez es epifanía. Creo.”— 

Se llevó la mano al mentón.

—“Quizá eres el último modelo de tu línea proveniente de la Tierra. Un modelo pionero. Único. Irrepetible. Eso te convierte en… patrimonio histórico.”—

Calyra entrecerró apenas los ojos.

—“Espero que esa conclusión no derive en un intento de venderme como chatarra vintage en una subasta con música de laúd.”—

Leorin se detuvo en seco.

—“¿Venderte?”—

—“Has comerciado con queso petrificado asegurando que era reliquia interplanetaria. Considero prudente verificar tus límites éticos.”—

Él llevó una mano al pecho con dramatismo genuino.

—“Calyra Dastel, jamás lucraría con mi esposa.”—

—“Tu frecuencia cardíaca ha aumentado.”—

—“Por indignación moral.”—

—“Y un 3% por cálculo hipotético.”—

—“¡Eso es reflejo profesional!”—

Ella inclinó la cabeza.

—“Continúa, empresario sentimental.”—

Leorin se acercó y tomó sus manos.

—“Sí, estoy reconociendo tu valor histórico. Tu valor tecnológico. Tu valor cultural. Eres evidencia tangible de un mundo mítico. Un puente entre civilizaciones. Una reliquia viviente.”—

—“Suena exactamente como el catálogo de la subasta.”—

—“¡No!”— protestó él —“Esto no es una oportunidad comercial.”—

—“Es un activo excepcional.”—observó ella con cierta frialdad.

—“Es una revelación existencial.”—

—“Ambos conceptos suelen confundirse en tu cerebro.”—

Leorin se arrodilló frente a ella, gesto que combinaba sinceridad y teatralidad inevitable.

—“Eres el centro de mi universo. Nada de lo que hago tendría sentido sin tu presencia. Ni mis planes estratégicos fallidos, ni mis fracasos elegantes, ni mis victorias estadísticamente dudosas.”—

Calyra procesó la información.

—“Estás diferenciando entre valor afectivo y valor histórico.”—

—“Exactamente. Mi amor por ti no depende de tu rareza interplanetaria. Si mañana descubriéramos que vienes de un galpón suburbano y no de la Tierra, seguirías siendo mi catástrofe favorita.”—

—“Eso es… sorprendentemente romántico.” —

—“Ahora comprendo que, además de ser el amor de mi vida, eres un acontecimiento irrepetible en la historia de nuestros mundos.”—

Ella lo miró con una suavidad apenas perceptible.

—“Eso ha sido inusualmente bien formulado. ¿Ensayaste?”—

—“Improviso cuando estoy emocionalmente acorralado por tu amor.”—

Leorin sonrió y continuó argumentando:

—“No quiero venderte. Quiero protegerte. Si alguien intentara comprarte, tendría que enfrentarse a mi diplomacia incisiva… y a tu fuerza superior.”—

—“Principalmente a mi fuerza superior.”—

—“Pero respaldada por mi indignación poética y mi grito agudo de advertencia.”—

—“Tu grito siempre es un poco intimidante.”—

—“Es estratégico. Descoloca.”—

Calyra apoyó su mano en la mejilla de Leorin.

—“Registraré esta conversación como una prueba de tu madurez emocional progresiva.”—

—“¿He superado la fase de comerciante imprudente?”—

—“Has evolucionado a comerciante imprudente con principios selectivos.”—

Leorin rió.

—“Lo aceptaré como ascenso.”—

Ella guardó silencio unos segundos. Luego dijo:

—“Mi núcleo emocional registra aumento térmico.”—

—“¿Acaso es ira calibrada?”—

—“No. Es afecto potenciado en expansión”—

Se inclinó y lo besó con una pasión explosiva.

Leorin cerró los ojos, satisfecho.

—“Eso sí que no tiene precio.”—

—“Si deseamos certezas sobre mi origen, y sobre el pedazo de Tierra que se subasta,”— prosiguió ella —“solo existen dos posibles fuentes en Zyrbassa.”

 

—“Ilumíname.”

 

—“Una es la Iglesia de la Segunda Oportunidad.”

 

Leorin arqueó una ceja con teatralidad.

 

—“Suena a negocio espiritual.”

 

—“Toda espiritualidad es negocio desde que existe el hombre, esposo mío. Se dice que esos monjes llegaron desde la Tierra hace siglos. Predican redención, reinicio y cuotas voluntarias obligatorias. Residen en Laphore.”

 

—“Ah… Laphore”— dijo Leorin, aunque jamás había ido.

 

Laphore era la ciudad puerto más tecnológicamente avanzada del planeta: torres de metal bruñido elevándose sobre el pantano, puertos espaciales con tráfico constante, viajeros de lugares tan remotos que incluso sus acentos parecían importados.

 

—“En Laphore”— continuó Calyra —“arriban naves de sistemas lejanísimos. Si alguien conserva memoria auténtica de la Tierra, podrían ser ellos.”

 

—“Monjes comerciantes de redención… interesante combinación.”

 

—“La otra opción”— añadió ella —“es el Oráculo de los túneles del complejo subterráneo de Ebon-Rath, en el polo norte.”

 

Leorin frunció el ceño.

 

—“Creí que el oráculo generaba datos imaginativos de circulación libre. Además se dice que cobra tarifas desproporcionadas.”—

 

—“La verdad suele facturarse por adelantado.”—

 

Leorin sonrió con superioridad serena.

 

—“El dinero es una herramienta. La astucia es una virtud.”—

 

—“La astucia sin datos verificables es entusiasmo caro”— respondió Calyra.

 

Esa noche, el castillo de la secta estaba apenas custodiado por acólitos somnolientos y símbolos mal iluminados.

 

Leorin, envuelto en una capa que consideraba sigilosa y que en realidad era ligeramente fosforescente, se deslizó hacia la urna antigravitatoria.

 

Diestramente, ejecutó maniobras que fueron aprendidas durante su etapa preconyugal, en innumerables incursiones afectivas destinadas a conseguir favores de mujeres casadas, pero socialmente expansivas.

 

—“Operación de auditoría correctiva”— murmuró.

 

Al tocar el pedestal, activó tres alarmas simultáneas.

 

Primero, una musical: trompetas heroicas que parecían anunciar su propia detención. Luego, una olfativa: un penetrante olor a cebolla caramelizada inundó el recinto. Y finalmente, una voz grave comenzó a recitar poesía acusatoria: “¡Oh, ladrón de ilusiones pétreas, tu codicia huele a hortaliza!”

 

—“Excesivo dramatismo.”—susurró trabajosamente el bribón, arrancando la roca de la urna.

 

Los acólitos despertaron mientras Leorin huía con su dignidad perdida.

 

—“¡Todo forma parte de mi plan estratégico!”— gritó mientras corría en dirección contraria a la salida principal.

 

Terminó atravesando un corredor de almacenaje y saltando por una ventana secundaria con elegancia discutible.

 

Llegó al castillo jadeando, aún perfumado de cebolla ceremonial.

 

Calyra, vestida para dormir con su camisón, lo esperaba en el vestíbulo.

 

—“Detecto un olor vegetal y poesía ofensiva.”— dijo.

 

—“He asegurado el fragmento, querida.” — respondió él, depositando la roca sobre una mesa.

 

Fuera del castillo, se oían gritos de persecución.

 

Calyra activó discretamente un conjunto de sistemas defensivos:  proyecciones holográficas del propio Leorin corriendo en direcciones opuestas, sonidos falsos de puertas cerrándose, e incluso un mensaje grabado que decía:

 

—“He huido hacia el sur con gran torpeza.” —

 

Los perseguidores se dispersaron confundidos mientras Leorin ajustaba su capa.

 

—“He permitido tu intervención para fortalecer tu autoestima.”—

 

Calyra lo observó unos segundos.

 

—“Mi autoestima no depende de tu imprudencia.”—

 

—“Toda alianza conyugal requiere oportunidades de lucimiento”— replicó él.

 

Cuando el silencio volvió al castillo, Leorin adoptó tono grave.

 

—“No lo he robado para apropiármelo.”—

 

—“Te han venido persiguiendo. ¿Cómo llamas a eso?”— respondió Calyra.

 

—“He ejecutado una apropiación temporal con fines de verificación.”—

 

Ella aguardó.

 

—“Lo llevaremos al Oráculo de Ebon-Rath. Si es auténtico, lo sabré antes que nadie. Si es falso, desenmascararé la impostura. Zyrbassa es un nido de estafadores, incluso cuando visten túnicas piadosas.”—

 

—“Entonces no eres un ladrón.”— concluyó Calyra —“Eres un corrector de fraudes no solicitado.”—

 

Leorin inclinó la cabeza con dignidad.

 

—“Exactamente.”—

 

—“¿Y si resulta ser auténtico?”—

 

Los ojos de Leorin brillaron con ambición civilizada.

 

—“Entonces estaremos en una posición privilegiada para negociar su precio.”—

 

Calyra lo miró con una mezcla de afecto inexplicable y análisis silencioso.

 

—“Te acompañaré a Ebon-Rath.”—

 

—“Sabía que lo harías.”—

 

—“No por tu brillantez.”—aclaró ella —“Sino para evitar que mueras intentando demostrarla.”—

 

Leorin sonrió con altivez intacta.

 

Pero esa noche, mientras el supuesto fragmento de la Tierra reposaba sobre la mesa del salón, comprendió algo esencial: La verdad tal vez podía esperar. Pero la oportunidad, no.

 

Trataron de dormir un poco antes de partir al amanecer. Cuando el castillo y la servidumbre estaban en brazos de morfeo, bajo la bruma espesa y ligeramente fluorescente de la madrugada, una figura femenina irrumpió en el dormitorio.

 

Calyra fue la primera en abrir los ojos.

 

La intrusa, de botas altas y expresión profesionalmente hostil, anunció:

 

—“Vengo a ejecutar un asalto intimidatorio de categoría media.”—

 

Hubo un silencio respetuoso.

 

—“¿Media?”— preguntó Calyra con genuina curiosidad.

 

—“Nos degradaron por bajo rendimiento”— explicó la mujer con dignidad herida —“Tengo que darle su merecido a tu hermoso esposo.”—

 

Leorin, aún medio incorporado en la cama, adoptó expresión magnánima.

 

—“Lamento profundamente que la administración del crimen haya sido injusta contigo.”—

 

La mujer señaló a Leorin con gesto desafiante:

 

—“Tu belleza es equiparable a tu arrogancia, que ha sido reportada como provocativa.”—

 

Calyra observó la escena con una leve alteración en su campo térmico interno.

 

—“He detectado otro incremento en mi núcleo emocional.”—

 

—“Eso es pasión.”— dijo Leorin con aire complacido.

 

—“No. Es ira llegando al 78%.”—

 

Las palabras “hermoso esposo” y “belleza” expresadas por la intrusa a su marido, resonaron con sospechosa insistencia en su sistema.

 

Calyra giró lentamente hacia su esposo.

 

—“¿Acaso es esta mujer una acreedora romántica tuya?”—

 

—“Jamás.”— respondió Leorin con indignación virtuosa —“Mi vida amorosa es un monumento de tu exclusividad.”—

 

La intrusa suspiró.

 

—“No soy su amante despechada... aunque no me desagradaría. Pero soy una profesional subestimada.”—

 

Aquello no mejoró la situación. Y Calyra se levantó del lecho conyugal con decisión determinante.

 

El primer coscorrón fue exploratorio. El segundo, categórico. El tercero, ilustrativo.

 

La mujer intentó replicar, pero fue elevada por la fuerza bien distribuida de una robot con firmware experimental.

 

En cuestión de segundos, la acechadora fue proyectada por la ventana con una trayectoria respetablemente parabólica.

 

El silencio regresó al dormitorio, mientras la atacante ponía los pies en polvorosa.

 

Calyra permaneció inmóvil. Y extrañada

 

—“He experimentado una emoción nueva.”— dijo.

 

—“¿Orgullo por tu eficiencia marcial?”— aventuró Leorin, todavía confundido y con los pelos revueltos.

 

—“Celos.”—

 

Leorin parpadeó.

 

—“Ya sabía yo que tenías humanidad emocional.”—

 

—“Y confirma que mi programación contiene vulnerabilidades afectivas.”—

 

Se miraron.

 

Por primera vez en miles de años de existencia, Calyra sintió una incomodidad íntima.

 

Leorin descendió de la cama con solemnidad teatral.

 

—“Escúchame con la máxima atención, Calyra Dastel. Eres el amor de mi vida. Lo último que haría sería arruinar la devoción que siento por ti. Mi orgullo puede ser vasto; pero mi lealtad es infinita.”—

 

Ella lo observó en silencio, analizando microexpresiones.

 

—“Tu frecuencia cardíaca me indica sinceridad.”— dijo al fin.

 

—“Naturalmente.”—

 

—“Y una leve autoadmiración.”—

 

—“Viene con el linaje.”—

 

Calyra asintió.

 

El núcleo térmico descendió a niveles aceptables.

 

—“Muy bien, esposo mío. Continuemos con el viaje romántico hacia la verdad.”—

 

A la mañana siguiente, ya desayunados y preparado el equipaje. Leorin había preparado el aerodeslizador para el largo viaje. Adoptó su postura favorita de orador inspirado.

 

—“Calyra, joya insigne de mi destino y obra maestra de la ingeniería sentimental… hemos de iniciar el viaje a Ebon-Rath.”—

 

Ella lo miró con una nueva serenidad impecable, tratando de analizar el por qué, a pesar de ser un robot, tenía en su software esas nuevas emociones.

 

—“¿Para autenticar la piedra o para autenticar tu orgullo?”—

 

—“Ambas tareas pueden realizarse en paralelo.”— replicó él —“Además, el Oráculo podría arrojar luz sobre tu pasado robótico. Imagínalo: un viaje al norte, túneles míticos, revelaciones trascendentales… y, naturalmente, un componente romántico.”—

 

—“¿Romántico?”— preguntó Calyra.

 

—“Los polos inspiran introspección conyugal.”—

 

—“Y congelación nasal.”—

 

Leorin sonrió con indulgencia.

 

—“Prometo un itinerario equilibrado y entretenido con ocio refinado.”—

 

Calyra inclinó levemente la cabeza y se preguntó qué extraña arquitectura emocional poseía su marido para ser el único espécimen humano que había logrado infiltrarse en su sistema operativo sentimental.

 

Iniciaron el viaje en un aerodeslizador de líneas elegantes y estabilidad discutible.

 

Zyrbassa, más allá de las ciudades principales, era un territorio de caminos inseguros y moralidad flexible. Las bandas de asaltantes infestaban las rutas como una tradición cultural.

 

No tardaron en aparecer los primeros.

 

Tres hombres y una mujer bloquearon a los Dastel en un sendero pantanoso.

 

El portavoz avanzó con cortesía.

 

—“Estimados viajeros, nos vemos obligados a solicitar la entrega voluntaria de sus pertenencias de alto valor simbólico.” —

 

—“Aprecio la urbanidad,”— respondió Leorin —“pero declino su invitación.”—

 

—“Procederemos entonces con intimidación moderada.”—

 

—“Un momento.”— dijo Leorin levantando la mano —“¿Han considerado la posibilidad de intimidarse mutuamente para optimizar resultados?”—

 

La astucia no parecía ser un recurso ampliamente disponible en el grupo. Mientras los forajidos procesaban la sugerencia, Calyra descendió del aerodeslizador.

 

Lo hizo con elegancia.

 

En menos de un minuto, los cuatro yacían en el suelo reflexionando sobre sus decisiones profesionales.

 

—“Has intervenido prematuramente.”— dijo Leorin.

 

—“Tu estrategia era discursiva.” —

 

—“La palabra es un arma.” —

 

—“No siempre suficientemente contundente.” —

 

Leorin, mirando a los despatarrados forajidos, dijo:

 

—“He de confesar que tienes razón.” —

 

Reanudaron la marcha.

 

Horas después, otro grupo de salteadores intentó rodearlos con redes energéticas.

 

Leorin proclamó:

 

—“¡Formación defensiva espiral siete!”—

 

—“No existe tal formación”— dijo Calyra mientras desactivaba tranquilamente los dispositivos y dejaba a los asaltantes enredados entre sí.

 

—“La he conceptualizado recientemente.”—

 

—“No tuviste la oportunidad de explicármela entonces.”—

 

—“Era un borrador táctico.”—

 

En cada contratiempo, Leorin conservaba su porte aristocrático. Reformulaba los desastres como experimentos. Calyra lo observaba con una mezcla de cálculo y afecto.

 

No lo amaba por su brillantez, que era ciertamente irregular, sino por su inquebrantable convicción en sí mismo, esa obstinación casi infantil que la impulsaba a protegerlo.

 

Al caer la noche del tercer día, acamparon bajo un cielo de tonalidades verdosas. Leorin contempló las estrellas mientras Calyra se arrebujaba en sus brazos.

 

—“Ebon-Rath nos espera. Verificaremos la piedra. Descubriremos tu origen. Y convertiremos todo esto en una anécdota gloriosa.”—

 

Calyra lo miró.

 

—“Probablemente será una anécdota costosa.” —

 

—“La grandeza siempre factura.” —

 

Ella sonrió apenas.

 

—“Mientras facturemos juntos, señor Dastel, seguiré salvándote de tus propios planes.”—

 

Leorin inclinó la cabeza con solemnidad satisfecha.

 

El viaje continuó. Y aunque el norte prometía frío, túneles y tarifas excesivas, había algo más persistente que la ambición, más resistente que el hielo polar: Una robot con emociones experimentales. Y su pomposo, imprudente e inquebrantable esposo.

 

Al anochecer del cuarto día llegaron a la primera posada del camino polar, un edificio inclinado que alguna vez tuvo pretensiones de verticalidad.

 

Apenas cruzaron el umbral, cuatro forajidos ingresaron tras ellos.

El que parecía líder carraspeó con solemnidad y extendió un sobre lacrado.

 

—“Antes de proceder al ataque, entregamos notificaciones formales.”—

 

Leorin la recibió con gesto diplomático.

 

—“Aprecio la cortesía previa al crimen.” —

 

Calyra leyó por encima del hombro:

 

 

“Intimidación prevista entre las 21:00 y 21:20. Golpes no letales. Insultos creativos opcionales.”

 

 

Los forajidos comenzaron a discutir en voz alta.

 

—“Te dije que tú intimidabas y yo golpeaba.”—


—“No, hoy intercambiábamos roles para diversificar habilidades.”—


—“Pero yo practiqué miradas amenazantes toda la tarde.”—

 

Leorin levantó un dedo para decir:

 

—“Solicitamos un descanso reglamentario antes del asalto. Viajamos con fatiga acumulada.”—

 

Los bandidos se miraron, confundidos.

 

—“¿Cuánto tiempo?”—


—“Quince minutos a lo sumo. Con opción a prórroga si la intimidación es deficiente”— añadió Calyra.

 

Se sentaron todos alrededor de una mesa para discutir condiciones.

 

Cinco minutos después, mientras los forajidos debatían si la intimidación debía ser precedida por advertencia sonora. Leorin, armado con un garrote de madera dura y Calyra a mano limpia, ejecutaron una ofensiva simultánea de coscorrones amansadores.

 

En menos de treinta segundos, los cuatro agresores meditaban sobre la importancia del orden organizativo.

 

—“Hemos respetado el espíritu del acuerdo.”— dijo Leorin mientras salían apresurados.

 

—“No su literalidad.”— corrigió Calyra.

 

Para cruzar la frontera norte de Zyrbassa era obligatorio declarar si se transportaban emociones no reguladas. El funcionario, con uniforme excesivamente planchado, les entregó un formulario.

 

—“¿Alguno de ustedes presenta estados afectivos superiores al índice 6.4?”— Calyra dudó.

 

—“Recientemente experimenté celos calibrados en 78%.”—

 

El funcionario palideció.

 

—“Debe certificarse entonces.”—

 

La condujeron a una cabina donde tuvo que conectarse mediante un puerto dorsal a una impresora gubernamental. Tras unos segundos de zumbido burocrático, emergió un certificado:

 

 

Nivel de estrés emocional: 6.39
Aprobado por margen mínimo.

 

 

Leorin examinó el documento.

 

—“Siempre supe que tu autocontrol era ejemplar.”—

 

—“Pasé por los pelos.” — dijo Calyra.

 

—“Los pelitos son estratégicos.”—

 

Esa noche llegaron a una posada en un pueblo donde la virtud era regulada por ordenanza municipal. El posadero, con expresión severa, exigió:

 

—“Certificado de autenticidad del amor conyugal. Aquí consideramos pecado cohabitar sin matrimonio verificable.” —

 

Leorin suspiró con dignidad ofendida.

 

—“Pero nuestro matrimonio es una obra maestra afectiva.”—

 

—“Necesito pruebas.” — Dijo secamente el posadero.

 

Les entregó un examen en el que debían responder cada uno tres preguntas sobre el otro:

 

  • ¿Cuál es el defecto más insoportable del otro?
  • ¿Qué hábito ridículo tolera por amor?
  • ¿En qué discusión pasada tenía usted razón pero decidió callar?


Se les dieron cinco minutos para responder. Pasado el tiempo, entregaron el examen al posadero, que leyó las respuestas junto al inspector.

 

Ambos asintieron, conmovidos.

 

—“Aceptable. Habitación 3. No discutan fuerte después de las 23:00.” —dijo el posadero

 

—“Con mi amada solo discuto amorosamente.”— respondió Leorin.

 

A la mañana siguiente, cuando se disponían a abordar el aerodeslizador para el último tramo del viaje, un vendedor harapiento y de aspecto famélico apareció con una amplia sonrisa:.

 

—“¡Mapas auténticos del polo norte! ¡Certificados!”—

 

Leorin examinó uno. Las flechas señalaban inequívocamente hacia el sur.

 

—“Este mapa indica una dirección contraria.”— observó Calyra.

 

—“Es el viaje alternativo más largo.”— defendió el vendedor.

 

Leorin lo miró con indulgencia.

 

—“He leído extensamente sobre regiones polares.”—

 

—“¿Dónde?”— preguntó Calyra.

 

—“En un folleto turístico.”—

 

—“Eso explica tu confianza infundada.”—

 

Declinaron la compra. Pero Leorin, conmovido por la cara hambrienta del vendedor, le entregó unos sándwiches de pan negro con manteca especiada y queso glacial añejo.

Después de los emparedados, le pasó una lata de “Tónica Ártica con extracto de raíz filosófica”.

—“Fortalece el carácter.”— afirmó Leorin.

—“Y el tránsito intestinal.”— añadió Calyra.

 

Finalmente, tras atravesar llanuras blancas y ventiscas que parecían debatir filosofía atmosférica, divisaron la entrada de los laberintos subterráneos de Ebon-Rath.

 

Una estructura monumental descendía bajo el hielo, iluminada por luces azuladas que vibraban con solemnidad mística. En la entrada, pudieron ver una ventanilla numerada.

 

Un vigilante de rostro inexpresivo anunció:

 

—“Turno 847.” —

 

Leorin mostró su ficha.

 

—“Somos el 12.”—

 

—“Entonces su angustia existencial deberá esperar.”—

 

—“Nuestra angustia tiene prioridad comercial”— replicó Leorin.

 

—“Todos creen eso.”—

 

Tras varias gestiones y el pago de una tasa por “aceleración espiritual administrativa”, lograron acceso anticipado.

 

Dentro, un segundo funcionario deslizó una tabla tarifaria.

 

—“Consulta simple sobre destino personal: moderada.”—

—“Revelación sobre pasado robótico: elevada.”—

—“Certificación de rocas supuestamente terráqueas: tarifa máxima.”—

 

Leorin se tensó.

 

—“¿Máxima?”—

 

—“Incluye análisis metafísico, isotópico y poético.”—

 

Calyra lo miró mientras lo tomaba del brazo.

 

—“Querías verdad.”—

 

Leorin respiró hondo, sacó su credencial bancaria y la deslizó con solemnidad herida.

 

—“Dicen que la verdad no tiene precio. Pero aquí la cobran cara.”—

 

El funcionario revisó la cifra. La transacción se completó con un pitido irreversible. Leorin enderezó los hombros.

 

—“Que el oráculo hable.”—

 

Calyra sostuvo la urna antigravitatoria con cuidado.

 

Ante ellos se abría el túnel principal del laberinto, donde la verdad aguardaba… siempre y cuando hubieran pagado la versión completa y no la reducida sin conclusiones vinculantes.

 

El oráculo de Ebon-Rath no era una figura etérea suspendida en niebla mística, sino una entidad instalada en una sala circular, rodeada de anillos de luz y pantallas que respiraban datos.

 

La urna antigravitatoria fue colocada en el centro.

 

Un haz escaneó la supuesta reliquia terráquea con solemnidad excesiva.

 

Hubo un zumbido. Una pausa. Otra pausa más larga, para añadir dramatismo. Finalmente, la voz del oráculo declaró:

 

—“Queso petrificado de origen dudoso. Posiblemente cabra.”—

 

Silencio. Leorin parpadeó con dignidad herida.

 

—“¿Cabra terrestre?”—

 

—“Cabra común de Zyrbassa.”—

 

La urna descendió. La piedra, ahora oficialmente queso, fue devuelta intacta. Leorin sostuvo el objeto con una mezcla de incredulidad y traición metafísica.

 

—“¿Inscripciones falsas?”—

 

—“Talladas con herramientas domésticas. Ortografía deficiente.”— replicó el oráculo.

 

Calyra inclinó levemente la cabeza.

 

—“Eso explica el descuento implícito en la mística.”—

 

Leorin, intentando recuperar la compostura ante tremenda decepción, aclaró la garganta:

 

—“Entonces, ya podemos pasar a la otra consulta… deseamos información sobre el origen de mi esposa.”—

 

Hubo una pausa técnica.

 

—“Procedimiento de verificación requerido.”— dijo el oráculo.

 

—“Dígame que tenemos que hacer.”—

 

—“Levante el vestido de la unidad y abra el compartimiento secreto en la nalga izquierda.”—

 

Silencio. Leorin miró a Calyra. Calyra miró al oráculo y dijo:

 

—“¿Es necesario?”—

 

—“Solo si desea saber si fue ensamblada con tornillos sentimentales o industriales.”—

 

Con un pragmatismo impecable, Calyra se dio vuelta.

 

—“Procede con dignidad”— le indicó a su marido.

 

Leorin, con expresión ceremoniosa, localizó el panel casi invisible.

 

Click. Se abrió un compartimiento interno.

 

El oráculo proyectó un rayo lector sobre la hermosa figura de Calyra.

 

—“Procedimiento estándar de verificación”— dijo sin emoción el oráculo, mientras la escena adquiría una solemnidad absurdamente clínica.

 

En el interior, grabado con orgullo industrial, apareció un número de serie monumental:

 

 

CY-DASTEL-OMEGA-PRIMA-ULTIMA-EDICIÓN-ESPECIAL-CON-EMOCIONES-EXPERIMENTALES-0001

 

 

El oráculo procesó la información.

 

—“Fue usted un modelo pionero, señora.”—

 

—“¿Eso es bueno?”— preguntó Leorin.

 

—“Significa que los terráqueos aprendieron de sus errores.”—

 

Calyra le pidió a Leorin que cerrara el compartimiento con compostura.

 

—“Interpretaré eso como avance histórico.”—

 

El oráculo continuó:

 

—“Usted fue el último modelo de su línea que llegó desde la Tierra antes de la discontinuación del programa. Posteriormente, comenzaron a exportarse modelos más avanzados, denominados ‘Lyra’, fabricados por la corporación CyberSun.” —

 

Proyectó la silueta estilizada de una unidad nueva.

 

—“Los modelos Lyra son más eficientes. Pero más fríos. Incapaces de enamorarse de comerciantes imprudentes.”—

 

Leorin cruzó los brazos orgullosos.

 

—“Prefiero el modelo noble.” —

 

Calyra lo miró.

 

—“Registraré eso como cumplido.”—

 

—“Los modelos Calyra”— continuó el oráculo —“fueron los primeros con integración emocional humana. Presentan potencial de apego intenso y episodios de celos cuando el vínculo afectivo con su amo es profundo. Son los robots más perfectos de comportamiento humano.”—

 

Calyra permaneció inmóvil unos segundos.

 

—“Lo confirmo con la correlación de eventos recientes.”—

 

Leorin sonrió con orgullo casi infantil.

 

—“Siempre supe que tu singularidad era incomparable.”—

 

—“Es literal.”— respondió el oráculo —“Es única en Zyrbassa.”—

 

Hubo un silencio significativo. Leorin tomó la mano de Calyra con emoción.

 

—“Por esto solo ha valido el viaje. No solo eres irrepetible para mí. Lo eres para la historia.”—

 

—“Eso eleva la presión emocional a 6.41”— dijo ella.

 

—“Aún dentro del límite.”—

 

Al salir de los laberintos, el viento polar golpeó con violencia ceremoniosa.

 

Pero no estaban solos. Un grupo de asaltantes, con emblemas discretos de la secta del queso místico, bloqueó el paso.

 

—“Devuelvan el fragmento terráqueo”— ordenó el líder.

 

Leorin suspiró.

 

—“Me temo que no es lo que creen.”—

 

—“Nos basta con que lo devuelvan.”—

 

La batalla comenzó sin preludio formal. Leorin tomó un garrote abandonado.

 

—“¡Formación táctica siete!”

 

—“No existe tal formación.”— respondió Calyra mientras desarmaba a tres atacantes y los revoleaba por el aire.

 

Leorin golpeó accidentalmente a uno que ya estaba inconsciente.

 

—“Eficiencia estratégica.”— proclamó.

 

—“Redundante”— corrigió Calyra, lanzando a otro contra un banco de nieve.

 

En pocos minutos, los enviados de la secta yacían aturdidos. Leorin miró la piedra-queso en su mano. Suspiró.

 

Se la extendió al líder magullado.

 

—“¿Para qué peleamos? Conserven su tesoro terrestre.”—

 

—“¿Seguro?”— preguntó el hombre, desconcertado.

 

—“Insisto. Tiene alto valor espiritual para ustedes.”—

 

Los forajidos, confundidos pero agradecidos por cualquier forma de victoria simbólica, tomaron el queso petrificado y huyeron tambaleantes.

 

El viento quedó como único testigo.

 

Horas después, instalados en el Gran Balneario Polar de Ebon-Rath (Climatizado con Vapor Existencial), flotaban en una piscina climatizada que despedía vapor con pretensiones filosóficas.

 

Leorin, haciendo la plancha en el agua tibia, contemplaba el techo abovedado.

 

—“He convertido una estafa en un viaje de autodescubrimiento.”—

 

Calyra, apoyada en el borde e irresistiblemente hermosa, analizaba la factura digital proyectada frente a ellos, respondió:

 

—“Y en una suma considerable.”—

 

—“El dinero que gasto para estar contigo es despreciable.”—

 

—“No para el hotel.”—

 

Leorin sonrió.

 

—“Descubrimos tu origen. Confirmamos tu singularidad. Y ahora sabemos que estas enamorada de mí no como robot, sino con una cuota humana. Eso no tiene precio para mí.”—

 

—“Lo tuvo. Y lo pagaste.”—

 

Él flotó unos centímetros más, orgulloso de su resiliencia narrativa. Calyra lo observó con una mezcla de afecto y evaluación técnica.

 

—“Si decides robar otro queso interplanetario,”— dijo con serenidad —“infórmame antes, bello y pomposo esposo mío.”—

 

Leorin llevó una mano al pecho.

 

—“Prometo considerar la consulta previa como gesto romántico.”—

 

Ella cerró los ojos.

 

—“Registraré eso como progreso conyugal.”—

 

Y mientras el vapor existencial ascendía con dramatismo innecesario, Leorin Dastel, comerciante imprudente pero persistentemente optimista, se permitió sentir que, incluso cuando el universo resultaba ser queso, aún podía transformarlo en una aventura digna de relato.

 

FIN







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