Saga de Steve Crettan & Sonja Holten
Anclas Invisibles
por Rodriac Copen
Capítulo 1: Caídas Controladas
El ascensor descendió más de lo que indicaba el panel. Los números de la botonera, que se iluminaban recorriendo cada uno de los pisos, llegaron al final de la escala y se apagaron. El nivel al que estaban accediendo estaba por debajo del segundo subsuelo.
Steve notó de inmediato la presión en los oídos y el leve cambio en el zumbido del motor. Seguridad Nacional seguía creyendo que ocultar información empezaba por borrar los indicadores visibles obvios. Era una superstición burocrática, pero hasta ahora mantener el búnker fuera de la vista del público, había resultado.
Al detenerse el ascensor, las puertas se abrieron dejando ver las paredes de hormigón sin pulir. Avanzaron flanqueados por una luz fría. Mientras los pasos resonaban en el pasillo, comenzó a recordar el viejo olor a metal y ozono reciclado de unos años atrás, cuando trabajaba en ese mismo edificio. Steve no pudo dejar se sentir una contracción involuntaria en el estómago, una respuesta condicionada por su propio sistema nervioso que le indicaba alerta y tensión.
Allí había pasado demasiadas horas de su vida como para no reconocer el lugar como una zona hostil.
Sonja avanzaba a su lado, con paso firme y la espalda algo recta. No miraba alrededor con la curiosidad de los visitantes primerizos: lo hacía con memoria.
Al cruzar el segundo control biométrico, ella titubeó apenas un segundo. Steve percibió el cambio mínimo en su respiración.
—“Aquí”— dijo ella, sin señalar —“Recuerdo que el comedor de personal estaba a la izquierda.” —
Steve giró la cabeza. El pasillo
había sido sellado, convertido en una pared lisa y anónima. Nada indicaba que
alguna vez hubiera una estancia con mesas, máquinas de café o conversaciones livianas.
—“En este comedor nos cruzamos por primera vez.”— continuó Sonja —“¿Recuerdas?” —
Steve lo recordó también, aunque a ese recuerdo lo había archivado. Su momento relevante, era el almuerzo que habían compartido en el café Kopenhag. Pero ahora que lo mencionaba, recordaba ese día cuando él había llegado tarde. Siempre llegaba tarde a cosas que no le importaban. Ella ya estaba sentada, con una bandeja intacta, observando el lugar como si estuviera evaluando una escena del crimen.
—“Si. No comiste nada ese día.”—dijo Steve.
—“Estaba decidiendo si tú ibas a hacerlo.”— respondió ella —“Dijiste que odiabas comer en este edificio.” —
—“Sigo odiándolo. El edificio me trae malos recuerdos.” —
Sonja lo miró de reojo. Una expresión leve, casi imperceptible.
—“Pero es diferente cuando estás tú.” — Steve completó la oración.
Sonja no respondió. Pero una imperceptible sonrisa se dibujó en su rostro.
Un guardia los condujo hasta la sala de reuniones. Se abrieron las gruesas puertas para abrirles el paso a una gran habitación sin ventanas. Ambos sabían que la magia de los bloqueadores activos inhibían todas las tecnologías. Era el tipo de lugar donde no se grababan actas porque nadie quería dejar constancia de lo que se decía.
Sonja tomó asiento frente a él, no a su lado. Lo habían aprendido con el tiempo: en reuniones así, la cercanía visible podía indicar debilidad. El vínculo debía existir, pero lo mejor era no mostrarlo.
Mientras esperaban, Steve observó las manos de Sonja. Quietas y controladas. No había nervios visibles, solo concentración.
—“Aquella vez que nos reunimos por primera vez, pensé que no aceptarías trabajar conmigo.”— dijo Sonja en voz baja.
—“Lo pensé. Venía de perder a mi compañero Nesko.”— admitió Steve —“Y los remordimientos me mataban por dentro.” —
—“Y aun así…”—
—“Aun así…”— repitió él —“parecías brillante. No me equivoqué.” —
Sonja asintió. No sonrió. El recuerdo no era sentimental. Dos personas reconociendo el punto exacto en que sus trayectorias cambiaron.
Al entrar los directores, Steve sintió el cambio de atmósfera. Demasiada gente importante reunida en silencio. En ese edificio, demasiada calma nunca era una buena señal.
La puerta se cerró con un sello magnético seco. La reunión oficial estaba por comenzar.
Steve apoyó la espalda en el sillón. El búnker, el pasado y la convocatoria sin agenda previa: todo encajaba bien, como un ancla lanzada al fondo para impedir que alguien se moviera en la dirección equivocada.
O para asegurarse que nadie pudiera huir cuando el agua empezara a subir.
El segundo subsuelo estaba diseñado para que la gente olvidara el paso del tiempo. O para que dejara de importarle. Sin ventanas, el aire denso, y la luz que caía desde paneles empotrados sin proyección de sombras útiles.
Los directores de Seguridad Nacional se sentaron alrededor de la mesa. Cuatro hombres y una mujer, vestidos con trajes idénticos. Sus rostros cansados, portaban miradas entrenadas para no delatar nada.
Steve y Sonja observaban, no a las personas, sino las microreacciones. Puños apretados, un parpadeo fuera de ritmo, la forma en que alguno de ellos evitaba mirarles directamente.
El director Mijaíl Volkov habló primero. La voz grave, modulada y sin acento reconocible del ruso salió impecable de su boca.
—“Hemos tenido una serie de incidentes fuera de lo común en los últimos dieciocho meses.” —
Steve se preguntó por un momento de qué estaba hablando. Solía estar bien informado de lo que sucedía en la Tierra. No conocer lo que pasaba podía hablar de un secreto de alto nivel. Contuvo el impulso de preguntar, ya que no tenía caso. Se enteraría pronto.
—“Afecta a funcionarios del más alto nivel.”— continuó Volkov —“Responsables de organismos políticos, seguridad, control estratégico. Personas con acceso pleno a información privilegiada, cayeron en desgracia.” —
La expresión le molestó a Steve, sonaba a editorial periodístico.
Un panel se activó en la pared para mostrar una pantalla multimedia. Varios rostros aparecieron uno tras otro. Algunos conocidos, otros eran apenas una referencias cruzadas en archivos clasificados.
—“Algunos suicidios.”— dijo la jefa Lewandowska, única mujer del grupo de directores —“Todos ellos con cartas de despedida impecables… quizá demasiado impecables.” —
—“Sabotajes internos en instalaciones secretas.”— agregó otro director —“Un par de instalaciones críticas comprometidas desde dentro. Protocolos descifrados y alarmas desactivadas con códigos legítimos.” —
—“Venta de información.”— cerró el director Volkov —“A células terroristas, a supuestos agentes no alineados, a intermediarios sin bandera.” —
Un secretario les entregó unos folios con información.
Steve y Sonja observaban las imágenes de la pantalla mientras abrían las carpetas. No buscaban otra cosa que coherencia para orientar las primeras sospechas.
—“¿Y tienen algo en común?”— preguntó Sonja.
Una fracción de segundo de retraso en la respuesta le indicó a Steve que había una hipótesis en marcha.
—“Ninguno tenía antecedentes.”— respondió Lewandowska —“Ninguno estaba bajo sospecha previa. Ninguno parecía vulnerable.” —
Sonja inclinó apenas la cabeza.
—“Disculpe, directora, pero eso es falso.”— dijo —“Todos eran vulnerables. Solo que no en los registros que tenemos.” —
La jefa sonrió al responder:
—“Tiene razón, agente. Creímos que no eran vulnerables ¿Ustedes que opinan?” —
—“Deseos reprimidos. Culpas. Fatiga moral. Ambición estancada. Miedo a volverse irrelevantes. Crisis de la edad madura.”— enumeró Sonja con calma —“No son fallas de carácter. Son condiciones humanas. Amplificables. El factor humano.” —
Steve notó un leve movimiento en la mesa de aprobación contenida. Los directores habían esperado un indicio que les indicara si eran los correctos. Ahora vendría la información real.
—“Creemos haber detectado el origen de esos problemas.”— dijo el director Volkov, retomando el control —“Gracias a nuestras redes de control de frontera.” —
La pantalla cambió para mostrar mapas y rutas. Las líneas se superponían sobre Europa como cicatrices mal cerradas.
—“Un grupo de agentes se ha infiltrado.”— continuó —“Hombres y mujeres sin filiación clara. Ingresan por distintas fronteras usando identidades limpias. Permanecen poco tiempo y luego, aparecen los incidentes.” —
Steve entrecerró los ojos.
—“¿Cuántos agentes?” —
—“No tenemos un número claro aún. Estamos haciendo retroingeniería.” —
—“¿Cómo operan?” —
—“No lo sabemos con certeza. Necesitamos que ustedes determinen eso.” —
—“¿Y aun así están seguros de que son el origen?” —
El director sostuvo la mirada.
—“Así es. Después de su paso, todo empieza a desmoronarse.” —
Sonja apoyó los dedos sobre la mesa, como si no quisiera contaminarse. Dijo:
—“No son ejecutores.”— dijo —“Son catalizadores.” —
La palabra quedó suspendida en el aire. Se explicó:
—“Parece que no obligan a nada.”— añadió —“Insinúan. Seducen. No parece fuera de lo común.” —
Steve sintió una corazonada, como una intuición que no quería verbalizar.
—“¿Los sospechosos vienen del norte de Europa? — preguntó.
Los directores asintieron.
—“¿Orpheus?”— Steve trató de confirmar.
Nadie respondió de inmediato. Pero eso fue una respuesta suficiente para ellos.
—“No tenemos pruebas.”— dijo finalmente la jefa Lewandowska —“ Solo correlaciones.” —
Steve se acomodó en el sillón.
—“Las correlaciones son lo único que tenemos para empezar a investigar hipótesis. Los agentes las confirmamos… o no.” —
El director cerró el panel mientras se ocultaba la pantalla. Como si nunca hubiera existido.
—“Steve, Sonja… los necesitamos.”— dijo —“Para identificar el mecanismo. Para anticipar el próximo colapso y si es posible, anular el peligro.” —
—“Es probable que el próximo blanco esté por caer…”— dijo Sonja.
Steve se reclinó en el sillón. Miró alrededor. El búnker. El subsuelo. El mismo edificio donde años atrás había conocido a Sonja, cuando ambos eran piezas sueltas y aún creían que el sistema reaccionaba a la lógica.
—“Entonces,”— dijo —“ya vamos tarde.” —
El director Volkov asintió una sola vez.
—“Siempre es así.” —
Cuando salieron de la sala, el pasillo parecía más largo. O quizá así les parecía a ellos, que cargaban algo nuevo. No era miedo. Más bien se sentía como responsabilidad no solicitada.
Sonja caminaba a su lado, en silencio. Steve ajustó el paso para sincronizarse con ella. Fue un gesto mínimo, pero en realidad era un ancla. Casi una declaración.
Sabían que aquello no era una serie de traiciones aisladas. Era una erosión lenta y calculada de voluntades. Con una estrategia tan elaborada, las certezas no eran tales. Peligraban instituciones enteras. Y seguramente ellos apenas estaban viendo la superficie.
La Confederación Boreal era una identificación que ya circulaba por debajo de la mesa desde hacía tiempo. Hacía décadas los conflictos eran globales.
La agencia de Seguridad Nacional no era un organismo doméstico. Operaba a escala planetaria. Y más allá.
Los agentes como Steve y Sonja no necesitaban la aclaración. Habían pasado por años de entrenamiento. Conocían las estaciones vacacionales que orbitaban la Tierra. Allí servían cócteles para los vacacionistas que miraban las nebulosas artificiales. Fuera de la Tierra, las colonias mineras tenían un concepto tergiversado de la ley, pretendiendo que el orden mundial era un recuerdo mal traducido.
La humanidad se había expandido, sí. Pero lo único verdaderamente global seguía siendo el miedo.
Después del último conflicto mundial, el mapa político se había reordenado. Más de un centenar de estados se habían disuelto, las fronteras dejaron de separar, mientras las soberanías se organizaron en regiones.
En el panel aparecieron diagramas abstractos. Sin banderas ni nombres oficiales. Redes, nodos y flujos de capital, información y personas eran controlados ahora por la nueva policía mundial: Seguridad Nacional.
Del viejo orden mundial había quedado el residuo actual de regiones post-naciones. Algunos de ellos autónomos y no regulados. La Confederación Boreal era uno de ellos.
Partes de viejas naciones como Rusia, Finladia, Suecia y Noruega, agrupaban corporaciones de seguridad privada, antiguos servicios de inteligencia reconvertidos y estructuras que nunca aceptaron desaparecer.
Confederación Boreal era apenas un nombre interno con el que se reconocían a sí mismos. No figuraba en ningún registro oficial.
Operaban como consultores estratégicos, think tanks, empresas de tecnología. Asesoraban gobiernos, corporaciones y colonias independientes. Vendían estabilidad para las regiones. Ofrecían prevención de crisis sociales y económicas. Optimizaban los liderazgos regionales.
Operaban dentro y fuera de la ley. Para las operaciones apócrifas, tenían una facción clandestina. Un brazo operativo que no figuraba en los balances ni los contratos. Se llamaba Orpheus Division.
Los directores creían que Orpheus estaba detrás de los incidentes. Por lo que sabían, ellos no ejecutaban las operaciones directamente. Se especializaban en preparar el terreno. Identificaban sujetos clave. Introducían los estímulos adecuados y luego, se retiraban.
—“El colapso parece espontáneo y autoinflingido.”— dijo Sonja —“Hasta moralmente justificable.” —
—“Exacto.” — asintió Steve, que apoyó los codos sobre la mesa.
—“Si no existen oficialmente, ¿por qué los directores nos hablan de ellos?” —
—“Se sospecha de Orpheus desde hace tiempo. Pero al parecer, dejaron de ser discretos para pasar a la operatividad.” — respondió Steve.
Seguridad Nacional había detectado huellas dispersas de la Confederación Boreal. En distintas regiones y operando legalmente. Pero al parecer que ya no se conformaban con operar bajo el imperio de la ley.
Steve se recostó en la silla. Pensó en la expansión humana, en la ilusión de progreso, en la idea infantil que el nuevo orden mundial alejaría los conflictos. Pero el punto débil de la idea, seguía siendo el hombre. El ser humano no había cambiado en lo esencial.
—“El viejo orden no murió.”— dijo —“Aprendió a esconderse mejor en el nuevo espectáculo sin fronteras. Ahora se agrupa en regiones, en empresas. En mega corporaciones” —
—“Y a seducir con negocio y dinero.”— agregó Sonja —“Nadie obedece a quien no le da dinero o poder.” —
Terminaron de cenar, y salieron al balcón de la habitación del hotel en donde se alojaban.
El cielo nocturno de Copenhage dejaba ver algunas estrellas. El ambiente estaba algo frío y Sonja se acurrucó debajo de los brazos de Steve. Al mirar hacia el cielo, el agente tuvo la certeza incómoda que la galaxia podía llenarse de estaciones brillantes y colonias nuevas, pero el poder seguía operando igual que siempre: sin rostro, sin patria, y con una paciencia infinita.
Esta vez, el enemigo no quería conquistar territorios. Buscara dinero o poder, Orpheus sabía trabajar con los instintos primarios de los seres humanos. Solo eso convertía a los contrincantes en poderosos.
Al día siguiente empezarían entrevistando a las primeras víctimas.
Saga de Steve Crettan & Sonja Holten
Anclas Invisibles
por Rodriac Copen
Capítulo 2: Anclas Invisibles
Después de un vuelo corto, Alemania los recibió sin ceremonias. Desde el aeropuerto viajaron directamente al edificio de custodia preventiva, que estaba en las afueras de Berlín.
El edificio estaba prácticamente enterrado en una zona administrativa. La zona había cambiado de nombre tres veces desde la última reorganización política.
Hormigón, acero, sensores dispersos ordenadamente. Era un lugar pensado para retener a gente que sabía demasiado y ya no resultaba confiable. El secretario de seguridad esperaba detrás de una mesa atornillada al suelo. Vestía un traje sin corbata. Ojeras profundas. Las manos permanecían quietas y entrelazadas, con una disciplina que no lograba ocultar el temblor fino de sus dedos.
Steve se sentó frente a él. Sonja prefirió mantenerse de pie, hacia un costado. Lo suficientemente cerca como para ser percibida, pero lo bastante lejos como para no invadir y al mismo tiempo estudiar su comportamiento.
—“No voy a negar lo que hice.”— dijo el hombre antes que le preguntaran nada —“Solo… no sé por qué lo hice.” —
Steve no reaccionó y dejó que el silencio trabajara a su favor.
—“Tenía acceso, sí.”— continuó el secretario —“Pero jamás había considerado vender información. Jamás. Mi carrera se construyó sobre la idea contraria.” —
—“¿Y qué le hizo cambiar de idea?”— preguntó Steve.
El hombre frunció el ceño, se notó incómodo con la presencia de Sonja. Se comportaba como si buscara algo en una habitación mal iluminada. Finalmente confesó:
—“Ella.” —
Sonja tomó nota mental del comportamiento. De la sincera incredulidad.
—“No sé su nombre.”— añadió el hombre —“Ni de que agujero salió. Solo apareció en una recepción menor. Nada importante. Estuvimos hablando…me escuchó. Me miró como si… “— se interrumpió —“como si fuera especial. Como si fuera distinto de lo que siempre he sido.” —
Steve observó que no había arrepentimiento teatral. Había desconcierto genuino. Eso era algo… diferente.
—“Después de eso,”— continuó el hombre —“empecé a querer cosas. No poder ni prestigio. Riesgo, quizá. Sensaciones. Dinero fácil. Era… estimulante.” —
Sonja intervino por primera vez.
—“¿No le parecía inmoral para usted, en ese momento?” —
El hombre negó despacio.
—“Al principio no era serio. Me pareció… un juego necesario para llamar su atención.” —
Steve preguntó:
—“¿Se acostó con la mujer?” —
—“Por eso lo hice.” —
Ese patrón se repitió.
La siguiente entrevistada fue una hermosa y cincuentona funcionaria. Había sido secretaria de un ministro durante más de veinte años. Un legajo con conducta intachable y un matrimonio largo, sin escándalos ni fisuras visibles formaban parte de su historial.
Se sentó frente a ellos con la espalda recta y los ojos hundidos.
—“No fue una aventura.”— dijo —“Fue una interrupción.” —
Steve alzó una ceja, intrigado.
—“¿Interrupción de qué?” —
—“De mí misma.” —
No pudo describir al hombre. No pudo. Solo recordó la sensación de ser vista, deseada, validada en un punto de su vida en la que no se sentía contenida. Días después, había entregado claves, calendarios, rutinas. No por chantaje. Su amante le había dicho ser periodista, y que estaba detrás de una entrevista. Le había ayudado por convicción momentánea.
—“Era como si alguien hubiera girado el volumen al revés.”— dijo —“Todo lo que siempre mantuve bajo control se volvió… imprevisible.” —
Los siguientes casos variaron en forma, pero no en el fondo.
Hombres y mujeres con trayectorias sólidas, disciplina y autocontrol. De pronto, incurrieron en conductas que incluso ellos describían como ajenas: encuentros sexuales con desconocidos, avaricia súbita, gastos compulsivos, una necesidad de transgredir o correr riesgos sin una causa clara.
Algunos hablaron de prácticas sexuales que jamás hubieran practicado en su matrimonio. Otros, de una voracidad emocional que los sorprendió más que el acto en sí mismo.
—“No era placer…”— dijo uno —“Era urgencia, excitación.” —
Steve cerró el último archivo y apoyó las manos sobre la mesa del despacho temporal que les habían asignado. El vidrio blindado dejaba ver la ciudad, ordenada, funcional, indiferente.
—“No los obligaron.”— dijo.
Sonja negó.
—“Los desataron. Les dieron el empujón que necesitaban.” —
Steve asintió. Eso encajaba demasiado bien. Si de algo estaban convencidas las víctimas, era de la culpa propia, no del victimario.
—“No crearon deseos nuevos.”— continuó Sonja —“Les quitaron el pudor de tenerlos. Les ofrecieron permiso.” —
Steve miró su reflejo en el vidrio. Pensó en lo fácil que era confundir libertad con abandono.
—“Orpheus no controla la mente.”— dijo —“Controla la narrativa interna de las víctimas.” —
Sonja lo observó. Pero no había alarma en su mirada, sino concentración.
—“Y cuando la historia que uno se cuenta para sí, cambia…”— añadió —“todo lo demás parece lógico.” —
El sol caía sobre Berlín con una normalidad casi ofensiva. Gente caminando, tráfico, rutina diaria.
Steve sintió el peso de algo que no reflejaban los informes. No era solo espionaje, ni corrupción clásica. Era una ofensiva silenciosa contra la idea misma de la voluntad propia. Y apenas estaban investigando las víctimas del primer país.
El análisis posterior de los testimonios les ocupó dos días y una noche durmiendo apenas.
Suicidios meticulosamente planeados, amoríos improbables. Traiciones ejecutadas sin torpeza. Sabotajes internos que parecían diseñados por alguien que conocía los sistemas mejor que sus creadores.
Los informes de los agentes locales se apilaban sobre la mesa de trabajo. Steve los revisó todos. Fechas, contactos, transferencias, desplazamientos. Los otros analistas hacían lo mismo, cada uno desde su especialidad. Política. Seguridad. Logística. Inteligencia financiera. Nada cerraba del todo.
Sonja llevaba algunas horas en silencio, sentada aparte, mientras observaba los expedientes como si no leyera información, sino entre líneas. Steve conocía ese gesto. No era duda, más bien era incubación de ideas.
—“Estamos buscando el patrón equivocado”— dijo finalmente.
Las conversaciones se apagaron de inmediato. Steve le prestó atención.
—“Te escucho.” —
Sonja se levantó y caminó despacio alrededor de la mesa, sin tocar los documentos.
—“Todos estamos intentando alinear causas políticas, oportunidades estratégicas, beneficios materiales, buscando un nexo en común.”— dijo —“Pero eso viene después. Lo primero que aquí se quiebra no es la lealtad. Es la narrativa interna.” —
Uno de los analistas frunció el ceño.
—“¿Narrativa?” —
—“La forma en que una persona se ve a sí misma.”— respondió —“Qué desea. Qué se permite desear. Que le falta.” —
Steve sintió el encastre limpio y brutal.
—“No buscan un patrón político, económico ni sexual.”— continuó Sonja —“Buscan un perfil emocional. Todos caen del mismo modo: primero una validación intensa, luego una urgencia placentera, después la racionalización. El acto no importa. Importa que, la primer vez, no se sienten culpables por dejarse llevar.” —
Steve cerró el archivo que tenía en la mano.
—“Suena lógico. Perfiles emocionales.” — dijo —“Es fácil para los agentes empatizar si conocen las emociones de las víctimas de antemano.” —
Lo dijo en voz alta mientras lo pensaba para sí. Sonja lo escuchó igual.
—“Si es así, esto no lo está haciendo un agente típico.”— añadió —“Ni un estratega clásico. Es alguien que entiende el deseo como vector operativo.” —
Los demás intercambiaron miradas incómodas. El tipo de incomodidad que aparece cuando el terreno cambia y uno ya no domina las reglas.
Steve se puso de pie.
—“Necesitamos a alguien que piense como ellos.”— dijo Sonja —“Pero que no esté jugando para ese lado. El Dr. Anders Holm.” —
Steve conocía el nombre. No eran amigos, pero sí había tenido trato suficiente como para saber que era muy eficaz. Se lo había cruzado en un par de oportunidades en el edificio central de Seguridad Nacional. Su especialidad era la psiquiatra, igual que Sonja.
—“Es un erudito, historiador de la psiquiatría.”— continuó ella —“Está especializado en sugestión, mitología del deseo y control simbólico. Trabaja para Seguridad Nacional desde antes de la última reestructuración.” —
—“Y en tu opinión… es… ¿?”— Steve no terminó la frase.
—“Si alguien puede ayudarnos en este tema, es la persona.”— opinó Sonja.
Para mayor rapidez, al regresar a Copenhague optaron por un viaje sub-orbital. La nave avanzaba con suavidad mientras cruzaba capas de tráfico. Steve apoyó la cabeza contra el respaldo. Sentía el cansancio acumulado como una presión constante, mientras su mente seguía activa.
Sonja revisaba datos en su computador, pero su atención estaba en otra parte. Steve lo sabía por la forma en que respiraba.
—“¿Crees que Holm esté limpio?”— preguntó él, que siempre pensaba en las posibles infiltraciones.
—“Me parece que si alguien puede ver el origen de esto sin quedar atrapado, es él.”— respondió Sonja —“Estudia cómo las culturas han sido manipuladas durante siglos sin tecnología. Orpheus no inventó la manipulación… solo refinó el método.” —
Steve miró el reflejo de ambos en la superficie oscura de la ventanilla.
Un par de horas después, la sede central de Seguridad Nacional en Copenhague los recibió con la fría eficiencia de siempre. Pasillos amplios, seguridad discreta y gente que evitaba hacer demasiadas preguntas.
El despacho de Anders Holm estaba en un ala antigua del edificio, con grandes ventanas. Steve se alegró de eso. No le gustaba el aspecto de cárcel de los subsuelos que formaban el búnker. Al parecer al doctor le gustaba el aislamiento del caos. Era una buena oficina para eso.
Cuando la puerta se abrió para recibirlos, la pareja vio algo que no figuraba en muchos informes: libros en papel. Muchos, y ordenados en una gran biblioteca. Sobre el escritorio habían ejemplares abiertos subrayados. Un anacronismo congruente y deliberado.
Holm los observó con un interés contenido. Los recibió con una sonrisa.
—“Doctora Holten, encantado de verla nuevamente.” — dijo.
Sonja le presentó a Steve, y el intercambió siguió con algunas trivialidades y gentilezas.
El despacho de Anders Holm no parecía un despacho oficial. Más bien se parecía al refugio de un intelectual. Paredes cubiertas de estanterías hasta el techo. Libros físicos, carpetas de cartón, viejos terminales aislados de la red central. Nada ornamental. Un caos ordenado personalmente para uso individual.
Holm se movía en ese desorden con una lógica propia, como quien aprendió a vivir rodeado de pruebas que nadie quiere mirar demasiado tiempo.
Después que Sonja lo puso al tanto de la investigación que seguían, reprodujo las entrevistas. El Dr. Holm escuchó atentamente las voces de los funcionarios caídos en desgracia. Confesiones rotas. Vacilaciones. Silencios largos donde antes había seguridad.
En algunos momentos, Holm escuchaba con los ojos cerrados y la cabeza levemente inclinada, como si no analizara palabras, sino ritmos.
Steve lo observaba como un cazador mide a su presa. Holm era una incógnita para él. Y por eso era precavido. No sabía a ciencia cierta qué tipo de hombre era el psiquiatra, pero había algo eléctrico en él.
Como si fuera una persona imprevisible que había trabajado su ansiedad y la hubiera domesticado. El tipo que sabe sobrevivir en ambientes de tensión y peligro. A Steve le parecía que en el fondo se comportaba como un agente de campo jugando a un papel encubierto.
Cuando el último archivo terminó, Holm se tomó unos segundos, como evaluando la exposición que daría en una cátedra. Caminó hasta una de las estanterías, sacó una carpeta sin rótulo y la apoyó sobre el escritorio, sin abrirla.
—“Si me lo preguntan, esto no parece corrupción.”— dijo al fin —“Ni chantaje clásico. Tampoco es simple manipulación emocional.” —
Miró a Sonja primero. El doctor sabía reconocer la autoridad cuando la tenía delante.
—“En mi opinión, es invasión sugestiva, mi querida Sonja.” —
Steve no reaccionó. Sin ser especialista, reconoció esas viejas palabras de sus días de entrenamiento. Ahí recordó mejor a Holms. Lo había tratado cuando el especialista dictaba algunos seminarios de entrenamiento, años atrás. El recuerdo no fue tranquilizador.
—“He visto esto antes.”— continuó Anselm Holm —“No a esta escala, claro. Ni con esta sofisticación. Pero en definitiva, los síntomas son los mismos.” —
Enumeró los síntomas sin dramatismo, como si leyera una autopsia siquiátrica:
—“Sueños hiperrealistas, no simbólicos. Operativos. Escenarios donde el sujeto ensaya mentalmente decisiones, que luego ejecuta despierto. Erotización repentina de elecciones que antes eran neutras o incluso repulsivas. El deseo no es sexual solamente: es una carga libidinal aplicada a la acción. Y la sensación persistente de estar siendo observado cuando no hay nadie ahí. La idea cargada de liberación que dice: Lo deseo y me lo merezco ¿Por qué no?” —
Steve sintió un ajuste seco en el pecho.
—“Todo esto es un combo que requiere de trabajo gradual. No es un simple soborno que se paga como una transacción.” — añadió Holm —“Requiere estudiar específicamente a las víctimas y trabajar sobre ellas. Preparar el escenario previo.”—
Sonja cruzó los brazos mientras preguntaba:
—“¿Tiene algún antecedente… un origen?” —
Holm emitió un breve resoplido. Buscó una carpeta de la biblioteca y la abrió. Dentro de ella, habían copias de documentos antiguos, informes incompletos y notas marginales escritas a mano. Se los mostró.
—“Tengo muchas carpetas más. Estos son archivos desclasificados de Ingo Swann.”— dijo —“Visión remota. Conciencia extendida. Implantación de ideas sugestivas. Era un territorio prohibido… incluso cuando lo investigaban oficialmente.” —
Steve exhaló despacio mientras decía:
—“MKULtra.” —
Holm asintió mientras aclaraba:
—“Pero esto no es el MKULtra tal como lo conocimos. Aquello era tosco. Violento. Inicial. Y dependía del trauma. Esto es… mucho más elegante y sofisticado. Potenciado para un mundo saturado de estímulos, redes, deseos prefabricados y no concretados. Y creo que focalizado en personalidades reprimidas.” —
Se inclinó hacia ellos.
—“Si esto es real,”— dijo —“si no me equivoco, hay muchos potenciales blancos en peligro. En muchos niveles.” —
No levantó la voz. No hacía falta.
—“No porque sepan demasiado,”— continuó —“sino porque cualquiera puede encajar en el perfil. ¿Quién no tiene sueños, deseos ocultos, anhelos sin cumplir? Para cualquier siquis la idea primaria de que merecemos algo y tenemos derecho a lograrlo es tan vieja como la civilización humana. Solo hay que desgastar la resistencia cognitiva. Romper los vínculos emocionales sólidos. Aumentar el nivel de autoconciencia egoísta. Todos tenemos una base sustentable para aplicar estos métodos.” —
Steve apoyó los antebrazos sobre las rodillas mientras preguntaba:
—“¿Cómo sabemos si están intentando entrar, influirnos durante la investigación?” —
Holm no respondió de inmediato. Los miró como si evaluara como podía explicar años de investigación en unas cuantas frases.
—“Hay que prestar atención a los desplazamientos.”— dijo al fin —“Pensamientos que no llegan como ideas, sino como permisos. Frases internas del tipo “esto no es tan grave”, “nadie saldrá herido”, “esto también soy yo”, “me lo merezco ¿por qué no?” —
—“Cambios sutiles en la percepción del
otro. Idealización repentina. O irritación injustificada. El objetivo de la
implantación de ideas es aislar sin
romper al individuo.” — Sonja
pensó en voz alta.
—“Exacto. Si en el pensamiento de la víctima hay una disrupción, una rotura no coherente con su personalidad, inmediatamente se reprime, y logra el efecto contrario. La implantación debe ser sutil. Algo íntimo lleva el deseo o la tentación de no decir nada, de mantenerlo secreto. El impulso debe ser guardado como el síntoma de algo íntimo, muy personal.” — afirmó el Dr. Holm.
Sonja asintió lentamente.
—“Como compañeros, hablen.”— concluyó Holm —“Incluso cuando no estén seguros. O especialmente entonces.” —
Por un par de segundos, el silencio se asentó en la habitación. Steve preguntó:
—“¿Puede detenerse… bloquearse?”— preguntó él.
Holm negó.
—“Solo puede detectarse. Y resistirse si el individuo no está con la guardia baja. Tendrán que buscar todos los individuos que están involucrados.” —
Cuando salieron al pasillo, la sede central de Seguridad Nacional parecía la misma de siempre. Gente trabajando. Sistemas funcionando. Normalidad.
Steve caminó unos pasos y se detuvo.
La paranoia empezaría a entrar lentamente. Como una idea razonable.
Y eso era lo verdaderamente peligroso.
Al otro día, Leipzig los recibió con una llovizna persistente y fina. El tipo de lluvia que no obliga a correr, pero que termina calando igual. El cielo era una lámina gris sin profundidad. Steve pensó que la ciudad parecía diseñada para no provocar emociones fuertes. Eso, de momento, le resultó sospechoso.
Los agentes locales de Seguridad Nacional los esperaban en una oficina provisional, montada en lo que antes había sido un centro cultural. Vidrios altos, calefacción deficiente, café de máquina claro… y malo.
—“Los tenemos bajo vigilancia desde hace semanas.”— dijo el responsable local—“No hay irregularidades visibles. Tratamos de identificar a todos los miembros de la red.” —
Steve hojeó los perfiles en la pantalla colgada de la pared. Hombres y mujeres del antiguo Pacto de Novgorod. Inteligencia clásica, formación sólida. Ahora reconvertidos con elegancia.
—“Profesores universitarios.”— leyó —“Ejecutivos de consultoras estratégicas. Curadores culturales. Médicos. Abogados. Contadores.” —
—“Nunca están armados.”— añadió el agente —“Trabajan como cualquier civil. Y tienen poco contacto mutuo. Eso dificulta la identificación de los miembros.” —
Sonja levantó la vista.
—“Eso era de esperarse.”— dijo —“Son agentes muy bien entrenados.” —
Steve se preguntó cuánto tiempo tenían antes que los agentes de Orpheus supieran que los estaban buscando.
Saga de Steve Crettan & Sonja Holten
Anclas Invisibles
por Rodriac Copen
Capítulo 3: La Libertad Como Daño Colateral
Los días fueron tediosos. Seguimientos aburridos, sin mucho más que hacer. Antes de arrestar a los agentes, necesitaban identificarlos como miembros de la red. Sonja se abocó a estudiar los informes de los agentes de Orpheus que eran develados poco a poco. Steve, se concentró en el trabajo de campo.
El hotel en el que alojaba la pareja estaba cerca del centro histórico. Funcional, impersonal y con un bar discreto en la planta baja. Tenía un ambiente de luz cálida y música suave. Una noche Steve tuvo que quedarse más tiempo del previsto en una reunión de estrategia.
Le envió a Sonja un mensaje breve: “Me demoro. Espérame en el bar.”
Ella respondió brevemente con poco entusiasmo. Se sentía agotada y el sueño le estaba ganando la batalla poco a poco.
Estaba sentada en la barra cuando el hombre se acercó. Se sentó a un par de lugares de distancia, evitando invadir su espacio. Como alguien que sabe mantener su lugar.
—“¿Leipzig siempre es así?”— preguntó casualmente el hombre, en un alemán suave y casi académico —“¿O solo cuando uno llega cansado?” —
Sonja lo miró. Era alto y bien vestido. No llamaba la atención. Parecía un profesor… o un médico, no muy rico en todo caso. No le pareció sospechoso.
—“Depende lo que uno esté esperando del lugar.” — respondió Sonja.
Él sonrió apenas, como si evaluara si valía la pena seguir conversando.
—“Profesor visitante.”— dijo —“Historia de las ideas políticas. Usted parece ser una colega, si me permite.” —
De pronto, alguien dejó caer una copa, que se rompió con estrépito. Sonja se dio vuelta por un par de segundos. Una mujer elegante se disculpaba con un mozo, que procedía a levantar el pequeño desastre.
Volvió a conversar con el desconocido, que ahora sonreía algo más insinuante. Pensó que el hombre había decidido finalmente que valía la pena conversar con ella.
Halagada, siguieron hablando de temas triviales. Después de algunos minutos, Sonja sintió un estado sutil de bienestar. Nada frontal. Una afinidad sugerida y no declarada con el hombre. Una rara excitación casi sexual. Por un momento, pensó en las advertencias del profesor Holm. Pero estaba en público, en su propio hotel. El ambiente era seguro. Como agente sumergida en el trabajo, sintió que exageraba obsesivamente.
Terminó su trago y el profesor pidió una nueva ronda para ambos. Solo una más, pensó. Después iría a su habitación.
Siguieron hablando de cosas inofensivas. Universidades, libros. El desgaste de las instituciones. Él no preguntaba nada personal. Y su conversación era agradable. Le prestaba mucha atención. Cada frase que pronunciaba, le dejaba un espacio para que opinara. Se sentía atendida. Era agradable.
El mensaje de Steve llegó unos minutos después: “Lo siento, sigo detenido. Iré apenas pueda.”
Perceptivo, el hombre se inclinó sutilmente para decir:
—“No parece contenta.”— dijo —“A veces… cambiar de escenario ayuda a distraernos. ¿No le parece?” —
A esa altura, no podía pensar con claridad. La habitación del hombre estaba a solo dos pisos. El pasillo olía a desodorante. Sonja caminaba con una sensación extraña: ligera, pero no libre. Como si alguien hubiera bajado el volumen de una alarma interna.
En un momento, trastabilló. Gentilmente, el hombre pasó su brazo por la cintura, evitándole un traspié. Al acercarse, pudo sentir su perfume aroma a caoba. El contacto en la cadera fue agradable. Antes de llegar, casi como por casualidad, la mano de su acompañante se deslizó hacia abajo, rozándole el muslo. Se excitó.
Dentro de la habitación, la luz era baja. Por el ventanal la ciudad se veía difusa. El hombre cerró la puerta y se acercó sin prisa. Le miraba directamente a los ojos. Y Sonja sostuvo esa mirada más de lo necesario, como una respuesta. O una provocación. El hombre rodeó su cuerpo suave y lentamente. Atrajo su cuerpo al de él. El alcohol, la piel, las frases ambiguas que susurraban y no prometían nada concreto.
La desnudó sin urgencia. El vestido cayó al piso. Sin torpeza, desabrochó el brasier. Luego deslizó las bragas hacia abajo. Justo antes del punto de no retorno, la puerta se abrió de golpe.
Steve entró como una ráfaga. Enfocado, no gritó ni pidió explicaciones. El agente reaccionó de inmediato. Demasiado rápido para un profesor universitario.
El forcejeo fue breve y sucio. Se golpearon contra algunos muebles. Sonja se despertó del sopor en el que estaba sumergida con la acción y el sonido de las respiraciones cortadas. El hombre sacó un cuchillo pequeño, preciso. Steve sintió el tajo en la mano izquierda: un ardor primero, luego dolor. Aprovechó un segundo de furia y sorpresa para embestirlo.
El agente de Orpheus se zafó. Saltó hacia la ventana auxiliar, abrió, y se lanzó al jardín, un piso más abajo. Desapareció en la noche lluviosa sin una palabra.
El silencio de la habitación fue significativo.
Sonja estaba sentada en la cama, envuelta apenas en una sábana y con los ojos vidriosos llenos de lágrimas contenidas. La respiración irregular que precede al llanto parecía ganarle la batalla. Miraba al suelo. Recordó la copa que se rompía, el par de segundos que descuidó su copa.
—“Yo…”— empezó a balbucear.
Steve cerró la puerta. Apoyó su mano sana sobre el hombro de Sonja. La otra mano le sangraba. No le importó demasiado.
—“Estás intoxicada.”— dijo secamente —“Vístete.” —
Ella levantó la vista, rota por dentro.
—“Debería haberlo sabido.” —
Steve asintió despacio.
—“Así es. Por suerte esto no terminó con tu muerte.” —
Steve levantó la ropa interior de Sonja. Se la dio sin tocarla.
No hubo reproches ni escenas. Solo un dolor contenido, profundo, que Steve guardó donde guardaba todo lo que no quería compartir.
Afuera, Leipzig seguía gris e indiferente. Orpheus había hecho su movimiento. Los habían descubierto.
Después del episodio de Leipzig, Steve dejó de dormir corrido.
No tenía pesadillas en el sentido clásico. Eran escenas completas, cerradas, con lógica interna. Sueños en donde tomaba decisiones rápidas y eficaces, sin fricción moral. Al despertar, la sensación persistía unos segundos de más, como si el cuerpo no hubiera recibido la orden de salir del escenario.
Impulsos también. Breves. Aceptables. Pensamientos que llegaban con forma de atajo: esto ahorraría tiempo, no sería tan grave, nadie lo notaría. Steve los descartaba con disciplina, pero le molestaba no reconocer su origen. Sabía que era un ataque psíquico, de esos que Holm describía como propios de MKUltra. Quizá lo estaban combinando con ultrasonido.
Estaba caminando con Sonja hacia el estacionamiento subterráneo, hablando del rastro financiero de un agente, cuando le comentó de los sueños. Ella se detuvo en seco.
—“Ahora te están atacando a ti.”— dijo.
Steve frunció el ceño.
—“Eso me temo.”—
Steve abrió la boca para continuar, pero no lo hizo. Un eco del subsuelo los envolvió. Había mucho hormigón húmedo. Y luces blancas intermitentes. Demasiados ángulos muertos.
No llegaron al auto. El primer disparo sonó seco y sin advertencia. El segundo fue inmediato. Steve empujó a Sonja detrás de una columna mientras sacaba su arma. Dos siluetas se movían entre los vehículos. Coordinadas, sin gritos ni apuro.
Uno cayó por un disparo certero. El otro se lanzó directo a Steve.
Cuerpo a cuerpo, estaba demasiado cerca para pensar. Steve logró desarmarlo con un golpe torpe, mientras la mano izquierda respondía tarde y débil. Sintió el tirón en la herida. El hombre sonrió. Sacó un cuchillo corto, funcional.
Steve retrocedió un paso, pero no fue suficiente. El filo subió buscando su cuello. Sonja disparó dos veces sin vacilar. Los impactos fueron precisos. El cuerpo cayó antes de terminar el movimiento.
El silencio volvió de golpe, espeso e irreal.
Steve se apoyó contra el auto. Respiraba con dificultad. Sonja llegó hasta él rápida y lo abrazó con fuerza, como si el gesto fuera anterior al pensamiento.
—“Casi…”— dijo ella, sin terminar.
Steve apoyó la frente en su hombro. Cerró los ojos un segundo. Se separaron despacio. No dijeron nada más, no hacía falta.
Horas después, en la universidad, la oficina del supuesto profesor que había seducido a Sonja estaba vacía. Demasiado limpia. Sin archivos físicos ni residuos digitales. Ninguna huella reciente para identificar. Era lógico.
—“Limpió y desapareció antes que llegáramos.”— dijo Steve.
Sonja observó el espacio desnudo.
—“O nunca estuvo aquí del todo.” —
Steve sintió el cansancio como una marea baja. Pensó en los sueños, en los impulsos. En el cuchillo detenido a centímetros de su garganta. Orpheus no necesitaba matarles. Solo necesitaba perturbar. Y ahora sabían que ya lo estaba intentando seriamente.
Siguieron investigando sin necesidad de moverse demasiado. No hubo allanamientos espectaculares ni persecuciones feroces. Solo horas de lectura cruzada, perfiles psicológicos, patrones de conducta que no encajaban del todo hasta que, de pronto, lo hicieron.
Estaban en el hotel, leyendo informes por enésima vez. La facción ilegal de la Confederación Boreal no necesitaba proximidad física, ni terminales visibles. Tampoco agentes psíquicos de control mental. Usaban personas con alto poder persuasivo.
—“Intermediarios emocionales.”— dijo Sonja, apoyada en el marco de la ventana, con un informe en la mano —“No operan, no transmiten órdenes. Solo… anclan.” —
Steve levantó la vista desde la mesa mientras tomaba un café frío. Tenía ojeras que ya no se molestaba en ocultar.
—“¿Anclas psíquicas?” —
—“Personas con una carga emocional específica.”— continuó —“Inyectan atracción, deseo, idealización. Orpheus no controla a las víctimas como marionetas. Las utiliza a través de contactos que operan como puntos de resonancia. Amplificadores humanos.” —
Steve cerró los dedos lentamente.
—“Entonces muchas de las víctimas…”—
—“No saben que colaboran.”— terminó ella —“Como la segunda víctima que entrevistamos, la secretaria del Ministro ¿Te acuerdas? Legajo intachable, un matrimonio sólido. Ella misma opinó que solo fue un amorío. Nunca imaginó que Orpehus eliminó una gente de confianza extrema para debilitar a la estructura política. Las victimas creen que eligieron libres. Eso es lo más limpio del método. Y lo más sucio.” —
El silencio que siguió no fue cómodo.
Steve pensó en el episodio del hotel. Si no hubiera llegado a tiempo, Sonja habría creído que solo era una simple aventura sexual. Dejó escapar una risa breve, sin humor.
Sonja pareció leerle el pensamiento. Dijo:
—“Por un momento…”— se interrumpió, como si la frase pesara más de lo esperado —“Por un momento quise dejarlo todo.” —
No lo dijo como confesión dramática, sino como un dato incómodo.
Steve se acercó despacio y se sentó frente a ella. No había juicio en su expresión. Solo atención plena.
—“Eso es lo que buscan.”— dijo con suavidad —“Que elijas tu peor versión creyendo que es libertad.” —
Sonja sostuvo su mirada. Había cansancio, sí. Pero también algo más vulnerable, más expuesto. Como si la coraza habitual se hubiera resquebrajado lo justo.
El mundo exterior quedó suspendido por unos minutos: la amenaza latente de la Confederación Boreal, los nombres en clave, las hipótesis sin cerrar. Todo se retiró un paso.
Sonja extendió la mano desde el sofá. Steve tardó un segundo en tomarla. Cuando lo hizo, no fue con fuerza, sino confirmando que el contacto seguía siendo real.
Se sentó a su lado mientras Sonja se montaba sobre él con un gesto algo torpe, humano. Steve rodeó su cuerpo con los brazos y apoyó su cara contra el cuello de Sonja. Sintieron mutuamente la respiración… lenta, firme. Se sincronizaron sin pensarlo.
Solo cuerpos reconociéndose como un refugio temporal. Sonja deslizó los dedos por la cara de Steve, mientras él cerraba los ojos disfrutando de las caricias. Se besaron sin prisa. Permanecieron así un rato. No hubo promesas ni interpretaciones. Solo un cierre íntimo, pequeño y firme, en medio de una investigación que no les ofrecía consuelos.
Cuando finalmente se separaron, Sonja lo llevó lentamente a la habitación. Allí el mundo volvió a encajar en su lugar. La amenaza seguía ahí. Orpheus seguía operando. Las anclas seguían activas. Ellos no habían ganado nada definitivo. Pero habían resistido.
A la mañana siguiente, los agentes locales confirmaron la hipótesis que trabajaban. El supuesto núcleo de Orpheus en Alemania no era una base operativa móvil, sino una instalación reconvertida. Una antigua central de telecomunicaciones de la era soviética, enterrada en la periferia industrial, que había sido reciclada con subvenciones privadas, bajo el rótulo de centro de neuroestimulación aplicada. Tratamientos experimentales de investigación cognitiva. Una fachada legal con un lenguaje pulcro.
—“Si Orpheus tiene un centro de entrenamiento para sus agentes,” —dijo uno de los analistas alemanes —“ese es el lugar.” —
La infiltración se planificó para la madrugada. Sin épica verborrágica ni discursos de victoria. Sería rápido, eficiente y mortal. Organizaron un grupo reducido, con rutas de entrada y salida calculadas. Habían demasiadas variables sueltas como para creer que tendrían un éxito limpio.
La noche era densa, sin viento. El edificio emergía del suelo como un bloque ciego, sin ventanas visibles, con antenas antiguas reconvertidas en torres discretas. Steve sintió una presión extraña apenas cruzaron el perímetro. No era una sensación física, sino algo más íntimo. Como un murmullo. Otra vez un ataque por ultrasonido.
—“¿Lo sientes?”— susurró Sonja por el canal interno.
—“Sí.”— respondió —“Como si alguien estuviera ajustando el volumen. No sé si es una protección habitual… o nos han descubierto.” —
Entraron por la fuerza. El primer impacto fue seco: golpes, cuerpos contra el suelo, un arma que se disparó demasiado cerca del oído de Steve. La segunda oleada fue puro caos. Alarmas que no sonaban como tales, con pulsos irregulares. Luces que no buscaban iluminar, sino desorientar a los intrusos.
Los disparos empezaron pronto. Reales e inconfundibles. Steve avanzó a los tumbos por un pasillo angosto cuando un impacto lo alcanzó. Un golpe brutal en el muslo. Seco, le robó el aire y lo hizo caer de rodillas. La pierna no respondió de inmediato. Una mancha de sangre caliente le empapó el pantalón.
Apretó los dientes, sin gritar. Sonja cubrió su posición, con dos disparos controlados. Steve logró incorporarse apoyándose en la pared, arrastrando su pierna, al ataque por ultrasonido se agregó un operador psíquico taladraba su cerebro con urgencia. Las ideas salían desde su propia mente.
— “Pueden detener esto. Perseguirnos es inútil” — parecían decir sus pensamientos.
—“Putas mentiras.” — murmuró Steve, y disparó hacia el núcleo de control.
El nodo parecía estar allí: un conjunto de módulos vibrando, cables, pantallas indicando patrones que no eran datos sino estados mentales. Sonja colocó unas cargas con manos seguras.
La explosión fue contenida, mientras el corazón del sistema colapsaba en un silencio eléctrico. La voz interna que sentía, se cortó.
Quedó solo un zumbido residual y el olor a metal quemado.
Salieron con algunos heridos. La certeza era una sensación incómoda que les indicaba haber ganado algo pequeño.
Una vez a salvo, Steve se dejó caer contra un vehículo. El dolor llegó tarde, latiendo y con pulsaciones fuertes. Sonja se arrodilló frente a él, revisándole la herida y conteniendo la hemorragia.
—“Este no fue el final.”— dijo él, sin dramatismo.
—“Nunca lo es.”— respondió ella.
Habían destruido el nodo, pero sabían que Orpheus seguía intacta.
Regresaron a Copenhague con la sensación incómoda de haber cerrado una puerta que en realidad daba a un pasillo más largo. El informe a los directores fue breve, realista y poco alentador: Orpheus seguía operativa, fragmentada, pero adaptable. Un organismo sin rostro que había perdido un órgano, pero no el sistema nervioso.
Las respuestas oficiales no tardaron en llegar. Agradecimientos formales. Reconocimiento tácito del riesgo. Y luego, el silencio administrativo que siempre precede a una clausura conveniente.
Sonja quiso hablar a solas con Anders Holm antes que el expediente se archivara. No le dijo nada a Steve.
El despacho del doctor seguía igual: cientos de libros y ningún objeto personal a la vista. Holm escuchó en silencio, sin interrumpirla. No tomó notas. Y no la observó como paciente, sino analizando el fenómeno global. Cuando Sonja terminó, el doctor le dio su opinión honesta:
—“No caíste.”— dijo finalmente —“Te empujaron químicamente fuera de tu eje.” —
Sonja apretó las manos sobre las rodillas.
—“Yo debería haberlo notado.” —
—“Como todo agente, eres humana.” — aclaró —“Y en un momento de debilidad, tu entrenamiento falló. Desprotegiste la bebida.” —
Hizo una pausa para que Sonja lo asimilara. Luego continuó:
—“Si no hubieran intervenido con intoxicación dirigida, tu entrenamiento habría sido suficiente. Esto no fue debilidad. Fue descuido humano. Y de parte de ellos, fue un refuerzo y una actualización del método de ataque.” — Holm se mostró seguro al respecto.
Se levantó y activó una pantalla lateral. Aparecieron diagramas antiguos, nombres enterrados: MKUltra, Stargate, Ingo Swann, condicionamiento erótico, ingeniería del deseo.
—“Lo que vuelve,”— continuó —“no son las técnicas primitivas, sino el contexto nuevo y los protocolos de ataque renovados. Antes se apelaba al miedo. Ahora es placer. Seducción, lujuria, avaricia. Lo llaman libertad, pero sigue siendo control. Vamos a tener que rehacer los protocolos desde la base.” —
Sonja asintió. No se sentía absuelta, pero entendía el mapa.
Mientras tanto, la Confederación Boreal negó todo con la elegancia de quien tiene dinero para los mejores abogados. Think tanks, consultoras, fundaciones culturales. Nada ilegal ni comprobable los ataba. La facción clandestina no existía en ningún papel que los vinculara.
La decisión llegó al anochecer: la investigación clasificada se daría como oficialmente concluida.
Steve leyó el mensaje en su terminal portátil, sentado en una camilla, con la mano izquierda vendada y rígida. Igual que el muslo. Sonrió apenas porque ya había recibido sus órdenes.
—“Otra victoria administrativa para el vulgo.”— le dijo a Sonja —“Seguiremos investigando extraoficialmente. Orpheus debe ser contenido y eliminado de la vieja Europa.” —
Más tarde caminaron juntos por una playa en las afueras de la ciudad. El agua estaba quieta, casi negra, y el cielo rompía en tonos naranjas y grises. Steve avanzaba despacio y rengueando, mientras su cuerpo negociaba con las heridas. Se sentaron juntos en una roca.
—“Se está volviendo una costumbre.”— bromeó —“ Terminar las misiones incompleto.” —
Sonja no respondió de inmediato. El cansancio le pesaba quizá más que la vergüenza, pero ambas cosas seguían ahí. Respiró hondo, y buscó refugio en sus brazos. Steve la rodeó sin preguntas ni reproches.
El silencio entre los dos no era ningún vacío. Era presencia compartida.
—“El mundo no se termina.”— dijo Steve, mirando el horizonte —“Los errores pueden evitarse si trabajamos en equipo. Y eso lo hicimos bien ¿O no?” —
Sonja apoyó la cabeza en su pecho.
—“Gracias por protegerme.” — dijo apenas.
Sabían que los estaban observando. Que sus nombres ya estaban marcados en alguna base de datos oculta. La próxima vez no habría copas, seducción, ni promesas. La próxima vez no intentarían seducirlos.
Intentarían eliminarlos. Aun así, seguían allí. Vivos, lúcidos y preparados.
Por ahora, eso era suficiente.
FIN
🔹 Ir a la Saga de "Steve Crettan y Sonja Holten"
🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio”
🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web”
Tags:
#CienciaFicción
#Thriller
#NovelaNegra
#Espionaje
#ControlMental
#Conspiración
#Neurotecnología
#ManipulaciónPsicológica
#SeducciónComoArma
#ErosiónDeLaVoluntad
#DeseoYPoder
#EticaDelControl
#InstitucionesCorruptas
#InteligenciaInternacional
#MKUltra
#Vigilancia
#SciFiAdulta
#TechnoThriller
#NoirContemporáneo
#EspionajeModerno
#RodriacCopen







No hay comentarios:
Publicar un comentario