jueves, 16 de febrero de 2023

Historia: "Memoria Final ( Scifi Pulp Noir )"



SciFi Pulp Noir

 

Memoria Final
por Rodriac Copen

 

 

La ciudad de Blackwater se extendía como una extensa herida que nadie había podido controlar. Las luces de neón parpadeaban rítmicas con la resignación de un enfermo crónico que sabe que muere poco a poco. La lluvia caía en diagonal, empujada por un viento sucio que olía a óxido, cloaca y electricidad quemada.

 

Allí, el negocio más rentable no eran ni las drogas, ni las armas, ni la prostitución, sino las Memorias Únicas: recuerdos artificiales implantados directamente en el cerebro. Brindaban experiencias perfectas e irrepetibles a los adictos que querían escapar de la infectada realidad durante unos minutos gloriosos y definitivos.

 

La intensidad era tal que dejaba a los usuarios vacíos, rotos por dentro, y adictos a algo que no podía repetirse. No habían segundas dosis de esas memorias. Solo la nostalgia corrosiva de haber sido feliz una vez.

 

El imperio de ese tráfico pertenecía a Viktor Davidov, un mafioso poderoso y refinado que entendía el deseo humano mejor que cualquier psicólogo. Vestía trajes caros, hablaba poco y sonreía solo cuando alguien cometía un error irreversible. Controlaba las redes de prostitución, las clínicas clandestinas, a los programadores esclavizados y a una legión de consumidores dispuestos a vender su dignidad por la promesa de otro recuerdo parecido al primero.

 

Entre sus posesiones más preciadas se encontraba Lana Hale.

 

No la llamaba por su apellido. Para Davidov, los apellidos eran un lujo reservado a los hombres libres.

 

Lana vivía en el piso alto del edificio central, con vista al río negro que dividía la ciudad como una cicatriz mal suturada. No tenía llaves. No las necesitaba. La puerta se abría solo cuando Davidov quería verla y se cerraba sola cuando él se iba. El sistema reconocía su pulso, su respiración, y el patrón exacto de su miedo.

 

Aquella noche, Lana estaba sentada frente al ventanal, con las piernas recogidas contra el pecho, observando cómo un carguero se deslizaba lentamente por las aguas espesas y oscuras.  Llevaba un suéter marrón que le caía suelto sobre el cuerpo, con pantaloncillos cortos y medias negras que enmarcaban unas piernas largas y firmes, imposibles de ignorar incluso en la penumbra.

 

Detrás de ella, la puerta se abrió con un susurro suave.

 

—“Siempre mirando hacia afuera”— dijo Davidov, con voz suave —“Como si hubiera algo esperándote ahí.”—

 

Lana no se giró de inmediato. Sabía que a él le gustaba ese segundo de demora. Le daba la ilusión de control absoluto.

 

—“Me gustan los barcos.”— respondió ella —“A veces me gustaría salir de esta ciudad en uno de ellos, dejando todo atrás.”—

 

Davidov dejó su abrigo sobre una silla y caminó despacio, disfrutando del sonido de sus propios pasos.

 

—“Nadie irá a ninguna parte.”— dijo.

 

Tomó del cuello a la mujer con un gesto rápido, más simbólico que violento. No buscaba herirla, sino recordarle quién mandaba allí.

 

—“Déjame en paz.”—dijo Lana, con desprecio en la voz.

 

La respuesta fue una bofetada leve, casi descuidada, como para corregir algo fuera de lugar. En ese departamento, el consentimiento no era una pregunta, sino una imposición.

 

La tiró sobre la cama. Y quitándole de un tirón las  medias y la ropa interior, le hizo el amor.

 

Después, Davidov hizo lo que siempre solía hacer: se sirvió un whisky y lo tomó de un trago, sin pasión.

 

Lana se vistió y fue a la ventana para mirar el exterior. Davidov se detuvo a su lado, también mirando hacia afuera. La luz de los drones policiales se reflejaba en el agua como insectos moribundos.

 

—“Hoy hubo problemas en una clínica del sector oeste.”— comentó —“Un cliente murió durante el implante.” —

 

Lana tensó los hombros, apenas.

 

—“¿Y?”—

 

—“Y nada.”— Davidov sonrió —“La ciudad está llena de cadáveres. Uno más no cambia la estadística.”—

 

Se giró hacia ella y le levantó el mentón con dos dedos, sin fuerza, pero sin posibilidad de resistencia.

 

—“¿Sabes por qué sigues viva?”—

 

Lana sostuvo su mirada. Había aprendido que el silencio, bien usado, era una forma de defensa.

 

—“No.”— dijo al fin.

 

—“Porque cada vez que te hago mía,” — Davidov inclinó la cabeza —“Me recuerda que puedo tener cosas que no se pueden comprar.” —

 

Ella tragó saliva conteniendo la rabia.

 

—“Yo no soy una cosa.”—

 

La mano de Davidov descendió lenta y lasciva por sus nalgas.

 

—“Claro que sí, hermosa. Te gané en el póker.” —

 

Rebajarla le daba placer, aunque trataba de no hacerlo. Lo consideraba algo vulgar.

 

—“Y en cuanto dejes de serme útil, serás una de mis rameras. Me darás buena pasta.” —

Se apartó de ella, como si el contacto ya no le interesara, y caminó hacia el sillón.

 

—“Bones.”— dijo en voz alta —“Puedes entrar.”—

 

La puerta lateral se abrió de inmediato. Bones apareció en el umbral: grande, inmóvil, con el rostro tallado por cicatrices viejas y una expresión que parecía haber olvidado cómo cambiar. Vestía de negro, como siempre, y llevaba el arma visible. Davidov confiaba en los símbolos.

 

—“¿Todo en orden?”— preguntó Bones.

 

—“Siempre.”— respondió Davidov mientras servía dos copas —“Acompaña a Lana al salón. Tengo una reunión en quince minutos.” —

 

Lana se levantó sin protestar. Al pasar junto a Bones, sus miradas se cruzaron apenas un instante. No hubo gestos ni palabras. Pero algo quedó suspendido en el aire, una tensión mínima y casi invisible.

 

El salón era amplio, frío, decorado con obras de arte que solo Lana sabía apreciar. Ella se sentó en el sofá, con las manos sobre las rodillas. Bones permaneció de pie, cerca de la pared.

 

—“Puedes sentarte, Bones.”— dijo ella, sin mirarlo.

 

—“Está bien. Prefiero estar atento.”—

 

—“Siempre estás atento.”—

 

Bones no respondió. El silencio se alargó.

 

—“¿Cuánto tiempo llevas con él?”— preguntó Lana, finalmente.

 

—“Demasiado.”—

 

—“¿Y nunca pensaste en irte?”—

 

Bones apretó la mandíbula.

 

—“Hay trabajos que no pueden dejarse. Cuando los eliges, aprendes eso demasiado tarde.”—

 

Lana lo miró entonces. De verdad.

 

—“No quiero terminar así.”—

 

Él sostuvo la mirada. Algo oscuro y antiguo se movió detrás de sus ojos.

 

—“Lo sé.”—

 

—“Entonces dime.”— susurró ella —“¿Qué me queda?”—

 

Bones tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz fue baja, casi áspera.

 

—“No te rindas. El mundo no es bueno con los que se rinden.”—

 

La puerta del salón volvió a abrirse. Davidov asomó la cabeza.

 

—“Lana.”— dijo —“Ven. Quiero mostrarte algo.”—

 

Ella se levantó. Antes de salir, se volvió hacia Bones.

 

—“Gracias.”— dijo, sin explicar por qué.

 

Bones inclinó apenas la cabeza.

 

Al quedar solo, el guardaespaldas observó el reflejo de la ciudad en el ventanal. Blackwater seguía ahí, indiferente, devorándose a sí misma.

 

Pensó en las Memorias Únicas, en la gente que salía de las clínicas con lágrimas en los ojos y una sonrisa que duraba exactamente lo que duraba el recuerdo implantado.

 

Pensó en Lana.

 

Y por primera vez, pensó que tal vez había algo en ella que todavía podía salvarse antes que fuera demasiado tarde.

 

Lucas Grame trabajaba bajo tierra.

 

No era una metáfora. El laboratorio donde se diseñaban las memorias estaba dos niveles por debajo de la clínica principal, aislado del ruido de la ciudad y del cielo que nunca veía. En el subsuelo no había ventanas. Solo pantallas, cables y el incesante zumbido de los servidores, que nunca se detenían.

 

Lucas estaba sentado frente a la consola central cuando terminó de compilar una memoria. Se quitó los guantes con lentitud, como si el gesto pudiera retrasar lo inevitable.

 

—“Carga lista.”— dijo sin entusiasmo.

 

Del otro lado del vidrio blindado, un técnico levantó el pulgar y activó el protocolo de encriptación. El archivo desapareció de la pantalla y pasó a formar parte del inventario de Viktor Davidov: placer empaquetado, felicidad descartable.

 

Lucas apoyó la frente contra el cristal frío. Cerró los ojos.

 

En la memoria que acababa de crear, una mujer corría descalza por una playa blanca. Reía. Alguien la esperaba más adelante. El sol no quemaba. Y el mundo no dolía.

 

Lucas no había estado en una playa desde hacía quince años. La puerta del laboratorio se abrió con un chasquido neumático.

 

—“Tu madre tuvo una buena noche.”— dijo una voz detrás de él —“Los marcadores bajaron un poco.”—

 

Lucas se giró. Bones estaba apoyado en el marco, inmenso y silencioso, con los brazos cruzados.

 

—“¿Eso te dijo el médico o lo dices para que siga trabajando?”— preguntó Lucas.

 

—“Ambas cosas son ciertas.” —

 

Lucas soltó una risa seca.

 

—“Qué generoso.” —

 

Bones no se ofendió. Nunca lo hacía.

 

—“Tu madre está bien. Davidov quiere verte arriba en diez minutos.”—dijo —“Dice que el cliente de esta noche es importante.”—

 

—“Todos son importantes.”— respondió Lucas —“Hasta que dejan de pagar.”—

 

Bones lo observó un segundo más de lo necesario.

 

—“No te retrases, chico.”—

 

Cuando la puerta se cerró, Lucas volvió a sentarse. Tecleó unos comandos y abrió un archivo oculto, uno que no figuraba en ningún registro oficial. Era un recuerdo incompleto, fragmentado. Un pasillo. Un perfume particular. Una voz femenina diciendo su nombre en voz baja.

 

Lo cerró enseguida, como si alguien pudiera verlo.

 

Arriba, en el nivel residencial, Lana Hale caminaba por un corredor secundario, lejos de las cámaras principales. Había aprendido los puntos ciegos observando reflejos, sombras, segundos muertos. Davidov creía que el control total era cuestión de tecnología. Nunca entendió la paciencia.

 

Doblando una esquina, casi chocó con Lucas.

 

—“Perdón.”— dijo él, instintivamente.

 

Ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron y el mundo se encogió por un momento, como si Blackwater hubiera decidido contener la respiración.

 

—“No pasa nada.”— respondió Lana, acercándose. —“Pensé que no subirías hoy.” —

 

—“No debía subir.”— dijo Lucas —“Pero… quería verte.” —

 

Lana miró alrededor. El corredor estaba vacío.

 

—“No deberíamos estar aquí.” —

 

—“Lo sé.” —

 

Se movieron lentamente, estrechando el espacio entre sus cuerpos. Se abrazaron en silencio, respirando lentamente.

 

—“Soñé contigo.”— dijo Lana de pronto —“No como una memoria. Era… algo distinto.” —

 

Lucas la miró con una mezcla de miedo y ternura.

 

—“Esto es peligroso.”— respondió.

 

Ella dio un paso más cerca. Sus cuerpos se juntaron por completo.

 

—“Si alguien nos ve…”— dijo Lana

 

—“Nos liquidan.”— completó Lucas —“O peor.”—

 

Lana rodeó  el cuello de Lucas con sus brazos. Fue un contacto eléctrico, desesperado.

 

Acercaron sus labios casi hasta tocarse. No se besaron. No hacía falta. El amor, en ese lugar, era otra forma de resistencia.

 

A unos metros de distancia, oculto por la penumbra, entre algunas columnas, Bones los vio.

 

No intervino. No hizo ningún movimiento. Observó la forma en que Lana miraba a los ojos de su amante, como si el gesto le costara su propia vida. Vio la culpa en Lucas, y la decisión silenciosa en ella. Entendió todo sin necesidad de más palabras.

 

Cuando se separaron y siguieron por caminos opuestos, Bones permaneció inmóvil. El ruido lejano de la ciudad subía como un rumor de fondo, constante y cansado.

 

—“Así que era eso.”— murmuró para sí.

 

No hubo en él lealtad hacia Davidov ni celos hacia Lucas, sino una convicción más primitiva, casi instintiva.

 

Bones había matado por órdenes, por dinero y por rutina. Había protegido a Viktor Davidov durante años sin hacer ninguna pregunta. Pero en ese instante comprendió que no existía salida posible para esos amantes mientras el mafioso siguiera respirando.

 

Miró el corredor vacío. Pensó en Lana. Pensó en Lucas. Pensó en todas las memorias falsas que circulaban por Blackwater, prometiendo una felicidad que nunca duraba más que una dosis.

 

—“No van a salir vivos de aquí.”— pensó en voz baja —“A menos que alguien rompa la jaula.”—

 

Se enderezó, ajustando el arma en su cintura y echó a andar hacia el ascensor privado de Davidov. Por primera vez desde que empezó a trabajar para él, Bones no estaba cumpliendo una orden. Estaba tomando una decisión.

Bones no improvisaba. Nunca lo había hecho. La violencia podía tolerar el error; pero sabía que la traición, no. Por eso, al tomar la decisión de liberar a Lana y a Lucas, supo que solo había una forma de hacerlo: sin dejar rastros, sin ningún héroe. Y sin segundas oportunidades.

El bar estaba exactamente debajo de una autopista abandonada, con las paredes cubiertas de humedad y pantallas viejas transmitiendo anuncios sin sonido. El lugar olía a alcohol barato y a memorias defectuosas. Allí nadie preguntaba nombres. Nadie quería saberlos.

Bones ocupó una mesa del fondo. No pidió nada, allí no hacía falta.

—“Pensé que estabas muerto.”— dijo una voz desde la penumbra.

El hombre que se sentó frente a él tenía el rostro delgado y unos ojos claros atentos. Le decían Rask, aunque Bones sabía que no era su nombre real.

—“Lo intentaron.”— respondió Bones —“Tú estabas ahí.”

Rask esbozó una sonrisa. Bones continuó:

—“Te saqué del coche cuando ya estabas frío.”—

Rask se encogió de hombros al decir:

—“Desde entonces te debo una.”

—“Te la estoy cobrando ahora.” aclaró Bones.

El hombre de los ojos claros entrelazó los dedos sobre la mesa. Asintió en silencio.

—“Habla.”— dijo Rask.

Bones apoyó los antebrazos en la mesa.

—“Necesito una memoria.”— dijo —“Una sola. Irrepetible. Que no dé placer.”

—“Eso reduce el mercado.”

—“No es para venderla.”

Rask frunció el ceño.

—“¿Qué hace entonces?”

—“Quiero que quien se la implante recuerde todo lo que intentó olvidar.”— respondió Bones —“ Sin filtros y sin anestesia.”—

Rask se reclinó en la silla.

—“Eso ya se intentó.”—

—“No así. Quiero que genere culpa.” —

—“La culpa es inestable.”— dijo Rask —“Puede generar rechazo, paranoia, colapso…”—

—“Quiero que queme al cerebro.”— completó Bones.

Rask lo miró con atención renovada.

—“¿Estás hablando de suicidio inducido?” —

—“Más bien hablo de justicia privada.”—

Rask soltó una risa seca.

—“Es una forma elegante de decirlo.”—

—“Entonces llámalo como quieras.”—

El traficante bajó la voz.

—“Si te preparo algo así, el que se lo implante no va a soportarlo. El cerebro no está diseñado para enfrentarse a toda su basura de una sola vez. Se va a romper. Y rápido.”—

—“Eso necesito. Limpio, eficaz… sin sangre. Sin evidencias.” —

Rask se quedó callado. Luego negó con la cabeza.

—“Si hago esto y se descubre…”—

—“No se va a descubrir.”— dijo Bones —“No va a pasar por ningún canal oficial. Nadie más va a tocarla.”—

—“Pero… ¿Y el programador de Davidov por qué… ?” — Rask no alcanzó a completar la pregunta.

—“No interviene.” —

Rask lo entendió entonces. Su sonrisa desapareció.

—“Estás apuntando alto. Si Davidov se entera…”—

—“Estoy apuntando al único lugar que importa.” —

Rask suspiró.

—“Dame cuarenta y ocho horas, amigo.” —

—“Te doy veinticuatro. Y quedamos a mano.” —

—“Siempre fuiste un mal negociador, Bones.” —

—“Siempre fuiste lento.” — dijo Bones riendo.

El otro soltó una risita. Se levantaron al mismo tiempo y se dieron la mano. Antes de irse, Rask habló otra vez.

—“Bones…”— dudó —“Si fallas, ambos tendremos que salir de la ciudad.” —

—“No va a ser necesario.” —

Veinticuatro horas después, el módulo estaba listo. Un cilindro negro, sin marcas, sin firma. Rask se lo entregó envuelto en un paño gris.

—“Aquí no hay placer.”— dijo —“Solo recuerdos amplificados. Cada rostro, cada decisión, cada cadáver. Es un viaje de ida… nadie puede apagarlo.” —

Bones tomó el módulo.

—“Gracias.” —

—“Solo mantente vivo, amigo.”— respondió Rask.

Se despidieron.

Viktor Davidov escuchó la propuesta con una sonrisa intrigada. Estaba de pie, junto al ventanal de su despacho, observando cómo la lluvia borraba la ciudad.

—“¿Una memoria nueva?”— dijo —“Pensé que Lucas había agotado su margen creativo.”—

—“No viene de él.”— respondió Bones —“Es externa. Experimental.” —

Davidov se giró lentamente.

—“Eso ya no me gusta tanto.” —

—“Incrementa la adicción. Por eso la propongo.”— añadió Bones.

Davidov alzó una ceja.

—“Eso sería bueno para el negocio…”— dijo, pensativo.

—“Todavía no es estable,”— continuó Bones —“allí entraría Lucas. Para garantizar la adicción.”—

Davidov caminó hacia su escritorio.

—“Todo se logra.”— dijo —“Solo hay que pagar el precio adecuado.”—

Tomó el módulo entre los dedos, como si fuera una joya.

—“¿Alguien la probó?”—

—“Nadie todavía.”— respondió Bones.

Davidov lo miró fijo.

—“Entonces la probaré yo.”—

—“No es necesario.”— dijo Bones —“Podemos pagar a alguien.”—

—“No confío en terceros.”— respondió Davidov —“Y menos cuando se trata de mi negocio.” —

Se sentó en la silla de implantes. El asistente médico dudó un momento. Le dijo:

—“Señor, los parámetros no están certificados…”—

—“Fuera.”— ordenó Davidov —“Todos.”—

La sala quedó en silencio. Solo Bones permaneció allí.

—“Si algo sale mal…”— empezó Davidov.

—“No saldrá.”— dijo Bones.

Davidov sonrió.

—“Siempre tan leal.”—

El módulo se activó. Las luces bajaron. El software del implante comenzó a trabajar. Al principio, Davidov no dijo nada.

De pronto, sus dedos se crisparon levemente. Luego, su respiración se aceleró.

—“¿Qué… es esto?”— murmuró.

Sus ojos se abrieron de golpe.

—“No…”— dijo —“Eso no fue así.”—

La memoria implantada no contenía placer, ni luz, ni alivio. Solo culpa.

Un torrente brutal de recuerdos reales se abatió sobre Viktor Davidov sin filtros ni amortiguadores: rostros que había olvidado a propósito, nombres que había borrado con dinero, voces que regresaban ahora intactas.

Vio a la mujer que se arrojó desde un balcón cuando perdió todo por una memoria defectuosa. Al médico al que mandó callar para siempre. A un niño esperando en una sala blanca mientras su madre se prostituía.

La camilla vibró. Davidov empezó a sudar profusamente.

—“¡No…! Yo no…”—

Se llevó las manos a la cabeza.

—“Sáquenme esto.”— gritó —“¡Sáquenmelo!”—

No había nadie más. Bones lo observó sin moverse.

—“No.”— susurró Davidov —“Ese niño… yo no…”—

Los monitores se dispararon. El ritmo cardíaco subió, luego cayó en picada. Davidov crispó sus manos sobre la mesa auxiliar. Sus dedos temblaban.

El grito se quebró en un sollozo agónico. Una inspiración voraz y luego… un silencio abrupto y violento. El cuerpo se tensó una última vez, para luego relajarse.

Cuando todo terminó, los monitores marcaban muerte cerebral. Retiró cuidadosamente la memoria. Se lo debía a Rask.

Cuando entró nuevamente el asistente médico, ya no había nada que hacer.

—“Fue una sobredosis neuronal.”— dijo, revisando los registros —“El implante es inestable.”—

—“El negocio se está volviendo peligroso.”— dijo otro guardia.

Bones se acercó, apagó el sistema y cubrió el cuerpo con una sábana.

Bones miró el cadáver inmóvil y pensó en Lana. Pensó en Lucas. Y también en la extraña ciudad.

—“Nadie sale limpio.”— dijo en voz baja —“Pero algunos tienen la suerte de escapar.”—

Salió del despacho sin mirar atrás. El imperio había caído sin un disparo.

Bones no perdió tiempo.

Bajó al laboratorio subterráneo. El lugar estaba vacío. Los técnicos habían huido apenas corrió la noticia. Las pantallas seguían encendidas, mostrando el código fuente de las memorias. Ya no importaba.

Activó la secuencia de borrado manual. Uno a uno, los archivos de memorias comenzaron a desaparecer.

—“Lo siento.”— murmuró, sin saber para quién.

Conectó los acelerantes térmicos y salió del recinto. Cuando las puertas se cerraron, el laboratorio se convirtió en un horno silencioso. En minutos, no quedaría nada que pudiera incriminar a Lucas.

Después fue a la oficina de Davidov.

La caja fuerte estaba detrás de un panel falso, exactamente donde siempre había estado. Bones marcó el código número a número. El mecanismo se abrió con un clic seco.

El dinero ocupaba casi todo el espacio libre: acciones, lingotes, fajos de billetes, archivos encriptados para extorsionar, dispositivos cifrados. Había dinero suficiente de fondos offshore, cuentas imposibles de rastrear y efectivo acumulado durante años. Bones tomó una gran cantidad de billetes y cerró. Luego vendría por lo demás.

Subió al piso alto del edificio central por la escalera de servicio. El sistema de control se había paralizado con la muerte del mafioso. Y ahora nadie tenía motivos por arreglarlo. El último pasillo olía a humedad. Al fondo, detrás de una puerta vieja, estaba el departamento de Lana.

La encontró junto a Lucas, muy cerca de la ventana, como si el vacío del exterior les pudiera ofrecer una salida. Lana tenía los brazos cruzados sobre el pecho. El joven programador caminaba de un lado a otro, con la respiración cortada. Cuando la puerta se abrió y vieron a Bones, se quedaron helados.

—“No.”— dijo Lucas, con terror, mientras tomaba de la mano a Lana.

Bones entró despacio y cerró la puerta detrás de sí.

—“¿Vienes a matarnos?”— preguntó Lucas.

—“¿Y por qué lo haría, chico? Ahora todos somos libres.”— respondió Bones con una sonrisa.

Lucas pareció despabilar. Los ojos de la pareja se clavaron en el bolso que llevaba.

—“¿Qué hiciste?”— preguntó Lana

Bones apoyó el bolso sobre la mesa.

—“Pronto empezará el espectáculo para ver quién se queda con el imperio de Davidov.” —

Lana dio un paso atrás.

—“¿Qué significa eso?”—

—“Que esta es la última chance que van a tener de escapar.”— dijo Bones —“Y no pueden desperdiciarla.”—

Lucas tragó saliva.

—“Davidov…”—

—“Ya es historia. Y está fuera de la ecuación.”—

El silencio se presentó entre los tres. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales con insistencia.

—“¿Fuiste tú?”— preguntó Lucas.

Bones no respondió de inmediato.

—“Eso ya no importa.”— dijo al fin —“Lo único que importa es que ahora tienen su boleto de salida.”—

Lana negó con la cabeza.

—“¿A dónde? No tenemos a dónde ir.” —

Bones abrió el bolso con un gesto rápido. Los fajos de dinero parecían irreales bajo la luz amarillenta.

—“Esto paga la curación completa de tu madre, Lucas.”— dijo —“Y lo suficiente para que huyan con Lana para no regresar jamás.”—

Cerró el bolso y lo empujó hacia ellos.

Lucas miró el dinero, luego a Lana, luego otra vez a Bones.

—“No puede ser tan fácil.” —

—“No lo es.”— respondió Bones —“Por eso tienen que irse antes de que alguien más quiera venir por ese dinero.” —

Lana cruzó su mirada con Bones. Y lo observó con atención, como si recién entonces lo estuviera viendo de verdad.

—“¿Y tú?”— preguntó —“¿Qué va a pasar contigo?”—

Bones sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.

—“Nadie puede saberlo.”— dijo —“Pero las cosas siempre terminan encontrando su lugar.”—

No dijeron nada más. No hacía falta.

Bones los acompañó hasta el hangar de la terraza.

Lucas se subió al aerodeslizador y encendió los motores. Todo estaba listo para partir.

Lana se quedó en la pista unos minutos más junto a Bones. Recordó todas las miradas, las conversaciones. Las sonrisas que habían compartido con el esbirro de Davidov. Y lo supo. Le preguntó:

—“¿Por qué nunca me lo dijiste?—

Bones tomó cuidadosamente el abrigo de Lana para abrigarle el cuello. Hacía frío.

—“No era algo que debieras saber.”—

—“Creo que de cierta manera, siempre lo supe.”— respondió Lana —“Pero tenía miedo de preguntar.”—

Bones hizo un silencio. La miró como si quisiera memorizar su rostro.

—“Ya estás libre.”— dijo —“Eso es lo único que importa.”—

—“No.”— respondió ella —“No quiero que te pase nada.”—

Bones sostuvo la mirada.

—“De un modo u otro, todo se arreglará.”—

Lana asintió lentamente. No lloró. Solo apoyó su mano contra la cara de  Bones, en un gesto suave, íntimo y natural. Como se acaricia a un amante.

—“Gracias.”— dijo —“Por no pedir nada a cambio.”—

Bones inclinó apenas la cabeza.

—“Vete.”— dijo —“Antes de que me arrepienta por dejarte ir.”—

Lana subió al aerodeslizador. Lucas cerró la compuerta. Los motores comenzaron a zumbar intensos en medio de la lluvia negra que caía sobre la ciudad.

Bones dio un paso atrás, perdiéndose entre las sombras del hangar.

La ciudad seguía ahí afuera, reconfigurándose mientras buscaba nuevos dueños. Pero por primera vez en mucho tiempo, alguien había escapado. Y eso, en esa ciudad, ya era una forma de victoria.

 

Bones los vio subir, mientras desaparecían entre las nubes opacas. La lluvia siguió cayendo. Encendió un cigarrillo. El fuego del encendedor tembló un segundo antes de afirmarse. Aspiró profundo, dejando que el humo le llenara los pulmones.

 

Se dio media vuelta y se internó en la lluvia, solo, invisible, sabiendo que nadie escribiría su historia.

 

Y por primera vez, eso no le importó.

FIN


 


 

 

 

 

🔹 Ir a la Sección "Cuentos de ScifFi” 

🔹 Ir a la Sección "Cuentos de Pulp Fiction”

🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 


   





Tags:

#CienciaFicción
#SciFiNoir
#Cyberpunk
#NoirFuturista
#Distopía
#MemoriasArtificiales
#Crimen
#Corrupción
#Antihéroe
#AmorProhibido
#Redención
#Sacrificio
#CiudadDecadente
#TecnologíaÉtica
#PulpNoir
#RodriacCopen 

No hay comentarios:

Publicar un comentario