Humor -
Comedia - Sátira
Washington Espinoza y el Portal de los Lemurianos Perdidos
por Rodriac Copen
En Villa Ballester, entre casas bajas y calles con luces amarillas que parpadeaban de manera mística, se encontraba la tienda de Washington Espinoza y su novia Dolores Head: un espacio donde la lógica era un invitado poco frecuente y la imaginación reinaba con coronas de cobre y cristales flotantes.
Washington era un influencer de internet y fanático declarado de Donald Trump y Javier Milei, hablaba con la misma pasión sobre medidas económicas que sobre portales interdimensionales. Su admiración era absoluta: todo lo que decían, era incuestionable. Antes de Milei, había sido fervoroso seguidor de innumerables políticos lobbistas, lo que le daba un curriculum de contradicciones tan grande que nadie podía seguirlo sin marearse.
—“Dolores, amor”— decía mientras abría el paquete de Mercado Libre de Neuronas y colocaba las nuevas pulseras de cobre en la vitrina —“Esto no es solo un accesorio… mide la energía lemuriana. ¡Energía real!” —
—“¿Lemuriana otra vez?”— preguntaba Dolores, con el ceño fruncido —“Amor, la última vez que vendimos pulseras de energía, un cliente terminó meditando… sobre cuánto le costó pagar la factura de la luz.” —
Dolores, mitad racional, mitad cómplice de las locuras de Washington, manejaba la tienda con cierta sensatez: se encargaba de que los envíos de las apps de meditación interdimensional llegaran a tiempo y que los cristales realmente brillaran bajo la luz del sol, aunque sabía que todo aquello era más simbólico que científico.
Sin embargo, su instinto racional no bastaba para detener las extravagancias de su novio. Washington, por su parte, estaba convencido de que cada nuevo gadget era un instrumento de liberación espiritual y superación monetaria al mismo tiempo.
Las pulseras de cobre nuevas servían para armonizar con la anti-vibra de Milei, los cristales reflejaban la energía de Trump y, con un poco de imaginación, hasta podían sintonizar las frecuencias de peronistas y radicales simultáneamente.
—“Dolores, querida.”— anunciaba con solemnidad mientras ajustaba un cristal frente a la luz —“Si combinamos estas vibraciones con el mantra de la quinta dimensión, ¡podremos contactar a los Guías espirituales para recibir consejos de inversión!” —
—“¿Y los demonios del Ethernet?”— preguntaba Dolores, ya resignada —“No quiero que me hackeen otra vez, corazón.” —
La tienda, un híbrido entre laboratorio esotérico y boutique de gadgets, estaba siempre llena de clientes curiosos, desde mamás que buscaban armonizar la energía de los hijos, hasta nerds de la New Age que probaban apps para “conectar con guías espirituales en tiempo real”.
Washington, siempre con su cámara lista, grababa transmisiones en vivo explicando cómo las vibraciones de un político argentino podían interactuar con las señales de la Tierra plana, mientras Dolores corregía discretamente las exageraciones… y se aseguraba que nadie saliera lastimado.
Entre pulseras de cobre que “medían la energía lemuriana”, los cristales que vibraban según la política del día y apps que prometían viajes interdimensionales sin salir de la habitación, la pareja vivía en un delicado equilibrio entre la locura absoluta y la ilusión rentable.
Y así, Washington Espinoza y Dolores Head, dueños de la tienda más confusa y entretenida de Villa Ballester, se preparaban sin saberlo para la aventura más delirante de sus vidas… que involucraría portales, guías del Bronx, hongos alucinógenos subterráneos y selfies que desafiarían la lógica misma.
Tras unos meses de éxito absoluto y después de cosechar fortunas inesperadas con trivialidades en la jungla digital de esta época de chanchullos online, Washington y Dolores decidieron tomarse unas merecidas vacaciones en Estados Unidos, concretamente en California.
—“Amor.” — dijo Washington mientras miraba por la ventana del avión —“Esto no es un viaje turístico. Esto es una expedición científica interdimensional.”—
—“Claro, Washington… “— respondió Dolores, un poco escéptica —“Y la ciencia te da permiso para gastar dólares como si fueran fichas de póker.”—
El avión aterrizó sutilmente con un rebote tan intenso que los pasajeros parecían haber entrado en una clase exprés de trampolín olímpico, con los nervios crispados y el pelo al viento.
Curiosamente, todos los latinos fueron elegidos para un ‘examen de cortesía’ por la aduana, una inspección tan detallada que parecía querer descubrir secretos escondidos hasta en los rincones más insospechados de su anatomía.
El inspector les preguntó por los cristales brillantes que llevaban:
—“Señor, ¿esto es un cristal energético?” —
—“Sí.” —
—“¿Puede explotar?” —
—“Solo si Trump es elegido para un tercer mandato.” —
De inmediato incautaron los cristales… por las dudas. Luego los dejaron pasar.
Después de salir del aeropuerto ligeramente incómodos por la ruda elegancia del personal de aduanas, tomaron un taxi manejado por un conductor hindú, que los recibió con una sonrisa infinita, un volante reluciente y un aroma a incienso que impregnaba todo el habitáculo.
—“Bienvenidos a Los Ángeles.”— dijo el conductor —“¿A dónde los llevo?”—
—“Al hotel más cercano al océano, y… que el destino nos lleve a la vibración correcta”— dijo Washington, señalando al cielo como si así indicara la ruta correcta.
—“Ah… vibraciones.”— replicó el conductor, encogiéndose de hombros con una sonrisa —“Trataré de no perderme entre chakras y semáforos.”—
Mientras el chofer esquivaba un semáforo con la gracia de un gato y el aplomo de un yogui, la pareja le contó como los recibieron en la aduana. El conductor les hizo notar que el país era un tesoro de mezclas humanas… aunque algunos ciudadanos seguían mirando la diversidad como quien mira un rompecabezas con piezas sobrantes.
El hotel era un pequeño oasis de cortinas floreadas y olor a detergente místico. Estaba decorado con bellas plantas en el interior. El recepcionista, joven y cortés, les entregó la llave mientras Dolores murmuraba sobre la “energía verde del lobby”.
Salieron casi de inmediato a la playa. Con el sol californiano brillante y los gaviotas cantando como coros angelicales, tomaron rumbo a Venice Beach. Washington, con los ojos abiertos como platos, parecía haber olvidado por completo cualquier objetivo espiritual y se dedicó a observar las chicas locales de una manera… particularmente admirativa.
—“Amor…”— se quejó Dolores, agarrándole el brazo con firmeza—“No mires así… es… demasiado evidente.”—
—“Dolores, cariño.”— respondió él con gravedad —“Estoy estudiando la belleza en su hábitat natural, nada más.” —
—“Sí, claro… “— resopló Dolores —“Pero asegúrate que los novios no se enteren de tu estudio, porque se va a convertir en un accidente diplomático.”—
Cansados de tanto paseo, decidieron parar en un puesto de panchos atendido por un mexicano de sombrero algo grande y sonrisa contagiosa. Su mirada se iluminó al ver el aura “new age” de la pareja.
—“¡Qué onda, mano!”— dijo el mexicano —“Veo que traen cristales y pulseras… ¡la vibra es buena!”—
—“Así es.”— dijo Dolores con una sonrisa —“Medimos la energía lemuriana, entre otras cosas.”—
—“Ah, entonces tienen que conocer Mount Shasta.”— aseguró el hombre, meneando el pancho como si fuera un péndulo —“Es la meca de la espiritualidad local.”—
—“¿Shasta?”— preguntó Washington, con ojos brillantes —“¿Y hay portales interdimensionales…?”—
—“Claro, y mucho más.”— replicó el mexicano —“Pero primero coman, que no se puede meditar con hambre.”—
Se sentaron en un banco junto al malecón, devorando los panchos con una salsa que parecía tener poderes de euforia instantánea. Dolores miraba a Washington con una mezcla de resignación y fascinación:
—“¿Estamos aquí, en California, y ya hemos decidido ir a una montaña que ni siquiera conocemos?” —
—“Dolores.”— dijo él, entre bocado y bocado —“Eso es lo hermoso de la exploración espiritual: la certeza es para los tontos.”—
Y así, entre las colas admiradas de la playa de Venice Beach, panchos con un toque de mística y consejos de un vendedor mexicano visionario, Washington y Dolores se convencieron de que su destino estaba escrito en las nubes lenticulares que flotaban sobre el océano… y en la meca espiritual de California: Mount Shasta, la puerta a aventuras subterráneas, hongos psicodélicos y lemurianos.
Al llegar a Mount Shasta City, se alojaron en un pequeño complejo. El administrador les recomendó contratar a un guía local.
Mientras caminaban por el centro de la pequeña ciudad, se encontraron con el enigmático Spirit Guide Kevin PayPal, un hombre alto, moreno y con un acento del Bronx tan intenso que cada palabra parecía un golpe de tambor, y que afirmaba ser el jefe de una tribu Modoc.
Kevin les habló con solemnidad sobre Mount Shasta y las antiguas leyendas de los Lemurianos subterráneos.
—“Estos Lemurianos son muy poderosos”— dijo Kevin —“No solo viven bajo la montaña, sino que su energía puede alterar la vibración de tu smartphone.”—
—“¡Vaya, Dolores!”— exclamó Washington, entusiasmado —“¡Quizá encontremos lemuritos!”—
—“Eh… Washington… creo que son animales…”— intentó racionalizar Dolores —“No exactamente los antepasados de un continente perdido.”—
—“Vamos, Dolores.”— interrumpió él, con voz grave —“No subestimes la sabiduría de Kevin PayPal. Él vende mapas.”—
Y efectivamente, Kevin les ofreció un mapa hacia The Underground Shastaville, prometiendo aventuras subterráneas y misterios ancestrales, por la módica suma de USD 150,43.
Convencidos de estar a las puertas de un descubrimiento importante, Washington y Dolores redactaron un informe “científico” que describía con todo lujo de detalles sus teorías sobre Lemurianos, portales, y la interacción entre la energía lemuriana y los chakras de la Quinta Dimensión.
Con el informe redactado, solicitaron una cita en la Secret Society of the Flat Earth and the Hollow Brains & Co., una organización tan secreta como ridícula. Para su sorpresa, la sociedad creyó que eran investigadores científicos de la Universidad de Buenos Aires (UBA) porque firmaron con sus títulos de la U.B.A (Universidad Bio Astral de Colonia Coroayán de Corrientes, a distancia) .
Les otorgaron fondos de investigación por USD 2500,21 para su expedición.
—“¡Dolores!”— exclamó Washington mientras contaba el dinero con entusiasmo
—“¡Esto es lo más cerca que hemos estado de la ciencia oficial!” —
—“Sí… y lo más cerca que hemos estado de una tarjeta de crédito que no nos explote en la cara.”— murmuró Dolores.
Con los fondos en mano, y luego de una exhaustiva selección, fueron en busca de un bar llamado “Fire Dome” con bailarinas exóticas. Allí les indicaron que podrían encontrar al local Bill Whiskey McGrath, un hombre con más experiencia en cuevas y whisky barato que brújulas y expediciones.
Lo encontraron poniendo billetes de un dólar en las bikinis de las chicas que bailaban, contoneándose para deleite del fino público espectador. Bill afirmaba conocer la cueva exacta que los llevaría a la mítica Lemuria Occidental Under Rocks.
—“Escuchen, chicos.”— dijo Bill, tambaleándose levemente y con una voz algo arrastrada —“Conozco todas las cuevas de la montaña. Pero recuerden: yo guío, ustedes tropiezan, y si nos perdemos… bueno, no me echen la culpa al despertarme.”—
Y así, con mapas, fondos, un guía borracho y un optimismo inquebrantable, Washington Espinoza y Dolores Head estaban listos para embarcarse en la más delirante y absurda de sus expediciones: una travesía hacia el corazón subterráneo de Shasta, donde Lemurianos y murciélagos energéticos los esperaban con paciencia y un sentido del humor inquebrantable.
El sol apenas despuntaba sobre Mount Shasta cuando Washington Espinoza, su novia Dolores Head y el siempre tambaleante Whiskey McGrath salieron del pueblito rumbo a la caverna más impresionante que los mapas de Kevin PayPal prometían: la entrada al mítico The Underground Shastaville, hogar de los Lemurianos.
El camino desde Mount Shasta City era un caos pintoresco: Washington manejaba un auto alquilado que crujía como si fuera de los años 70, Dolores gritaba indicaciones contradictorias desde el asiento del copiloto, y Whiskey McGrath murmuraba consejos espirituales mientras se tambaleaba cargando una botella de whisky Mad Dog 20/20 en una mano y un sombrero ridículo en la otra.
—“¡Aquí comienza la aventura mística!”— gritó Washington, mientras esquivaba un arbusto que parecía mover los brazos.
—“Sí, y también parece que vamos a chocar con un árbol en tres, dos…“— Dolores alcanzó a decir, pero la frase se perdió en un crujido metálico del auto.
Cuando llegaron a la caverna, la montaña parecía tragárselos. La entrada estaba cubierta de líquenes resbaladizos y piedras que brillaban con un fulgor sospechosamente psicodélico. Whiskey McGrath, con paso vacilante, entró primero, diciendo:
—“Si caigo, sigan adelante… y traigan más whisky.”—
El interior de la caverna era un laberinto de túneles que se retorcían en todas direcciones. La luz de las linternas creaba sombras que parecían murciélagos flotando en cámara lenta. Cada dos pasos, Washington levantaba su teléfono para tomar selfies “científicos”, mientras Dolores documentaba todo con entusiasmo digno de un documental de Discovery Channel.
Después de horas de caminata, llegaron a un claro subterráneo donde decidieron almorzar. Whiskey McGrath, en un arrebato de creatividad culinaria, recolectó unos hongos que encontró en las paredes húmedas y anunció solemnemente:
—“Hoy, pasta con salsa pomarola y hongos especiales. Todo legítimamente subterráneo.”—
—“¿Hongos especiales?”— preguntó Dolores, sospechando.
—“Sí, especiales.”— confirmó Whiskey —“Te hacen ver murciélagos bailando tango mientras calculas la inflación.”—
Mientras cocinaban, Washington y Dolores no podían dejar de mirar los hongos con cierta aprensión, pero finalmente cedieron al aroma tentador.
La comida fue rápida, el sabor extraordinario… y la sensación de ingravidez apareció casi de inmediato. Risas, carcajadas y diálogos absurdos se mezclaron con visiones psicodélicas:
—“¡Ese
murciélago me está saludando!”—exclamó Washington.
—“Creo que está más interesado en la salsa.”— dijo Dolores, tratando de mantener la compostura.
Whiskey McGrath abrazó la botella y declaró solemne:
—“Yo soy el Espíritu de Shasta… y también el Espíritu del almuerzo.”—
Emocionados y convencidos de que habían llegado a Lemuria Occidental Under Rocks, Washington y Dolores se tomaron selfies a cada momento, posando heroicos entre columnas de piedra y estalactitas que brillaban con colores imposibles.
Al despertar unas horas después, la realidad los golpeó con sutileza: las fotos no mostraban civilizaciones subterráneas ni Lemurianos, sino ellos mismos con un par de ratones curiosos husmeando en sus mochilas, y una filtración de agua goteando desde el techo.
—“Bueno… al menos tenemos mascotas”— dijo Dolores, mientras uno de los ratoncitos mordisqueaba un trozo de pan.
—“¡Son adorables!”— coincidió Washington —“Además de ser resistentes al whisky y a los hongos alucinógenos.”—
—“Y también al smdffgodsdfg.”— agregó Whiskey en el lenguaje ininteligible de los beodos.
Dolores aceptó la derrota con orgullo, abrazando a los ratoncitos con cariño y camuflándolos debajo de la ropa para regresar a Argentina.
Washington volvió convencido de que los ratones eran descendientes lemurianos en fase beta.
Terminaron subiendo las fotos borrosas a la web como “evidencia oficial” de la Lemuria Under Rocks Experience™.
Y así fue como terminó la expedición más alucinante, absurda y deliciosa de la historia moderna de los antihéroes latinoamericanos.
FIN
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