jueves, 16 de febrero de 2023

Historia: "Autorización Irrevocable"

 


Saga de Mara Vale – SciFi Noir


Autorización Irrevocable

por Rodriac Copen


Mara Vale era analista logística para una corporación de transporte interestelar. Su trabajo consistía en controlar número, cotejar cargas y coordinar almacenes y tiempos muertos. Ocasionalmente podía calcular  coeficientes de riesgo.

Hacía que millones de toneladas de mercancía pasaran de un punto a otro sin que nadie hiciera demasiadas preguntas. No iba a salvar el mundo, era un trabajo gris. Pero recibía una buena paga.

El edificio donde trabajaba estaba suspendido en uno de los anillos medios de la ciudad, una torre funcional sin identidad definida, llena de ascensores silenciosos y pasillos con iluminación neutra. Una típica construcción de oficinas.

Desde su escritorio se veía una franja de tráfico orbital y, un poco más abajo, el conglomerado urbano inferior, formado de bloques apilados, luces de neón un poco descoloridas, y el infaltable vapor constante de las cocinas. El lugar donde vivía pertenecía a una metrópoli típica.

—“Si algún día alguien escribe una epopeya sobre esto,”— dijo Mara una mañana, sin levantar la vista del monitor —“espero que me omitan.” —

—“Te omitirían sin esfuerzo.”— bromeo su novio desde la cocina —“Nadie hace películas sobre calculistas de oficina.” —

Mara sonrió apenas. Su novio salió de la cocina y apoyó dos tazas humeantes sobre la mesa del departamento y se sentó frente a ella. El café olía bien, no al que tomaban a diario, había usado el paquete de lujo que guardaban para ocasiones especiales.

—“¿Te confirmaron lo del traslado?”— preguntó él.

—“Aún no. Recursos Humanos nunca confirma nada. Siempre te ignora dejando de responder correos.” —

—“Así trabajan las corporaciones.” —

—“Si. Son una amenaza constante para tus nervios.” —

Vivían juntos desde hacía dos años. El departamento era pequeño, funcional, con paredes delgadas y ventanas que nunca cerraban del todo. No era un mal lugar, pero tampoco era para echar raíces durante mucho tiempo. Estaba dentro del anillo urbano inferior, una zona útil para trabajar cerca, pero incómoda para imaginar un futuro.

Planeaban irse. Siempre que podían hablaban de parques reales, con árboles que no fueran impresiones holográficas. Sin ser demasiados pretenciosos, les gustaban los bares donde el alcohol no sabía a desinfectante. Querían mudarse a un ambiente más familiar, de esos en donde ves parejas caminando sin prisa, sin escoltas privadas, y sin contratos implícitos flotando en el aire.

—“Una vida normal.”— decía él, siempre con una ironía suave, como si supiera que estaba pidiendo demasiado.

Mara asentía. No porque no fueran normales, sino porque necesitaban pensar que todavía era posible crear una familia sencilla, como en los viejos tiempos.

En la corporación, esa semana, el clima había cambiado para hacerse algo más tenso. No era algo visible, pero Mara lo percibía como se perciben los errores antes que aparezcan en pantalla. Había reuniones canceladas sin demasiada explicación, canales internos que quedaban mudos. Órdenes que se duplicaban y luego desaparecían.

Una tarde, mientras revisaba una serie de autorizaciones rutinarias, su supervisor se detuvo detrás de su escritorio, mientras le llamaba:

—“Vale.” —

Ella levantó la vista.

—“¿Sí?” —

—“Necesito que valides un paquete de tránsito.” —

—“Claro ¿Cuál?” —

Él proyectó los datos en su monitor. El expediente decía ser de una zona secundaria, nada llamativo. Parecía un procedimiento estándar de reasignación.

—“Pero esto no es mi área,”— dijo Mara, frunciendo el ceño —“Pertenece a infraestructura urbana.” —

—“Lo sé. Pero necesitan una firma de logística para cerrar el circuito.” —

—“¿Por qué?” —

—“Porque los burócratas necesitan una razón para permitir el cierre de circuitos.” —

Mara lo miró. Su jefe desvió la mirada para mirar su teléfono.

—“¿Hay algo raro?”— preguntó ella.

—“Nada fuera del protocolo usual. Después debe ir a gerencia para la autorización final.” —

Era una frase que había escuchado cientos de veces. La firmó como una más entre tantas. El sistema confirmó la validación con un pulso verde.

—“Listo.”— dijo —“¿Algo más?” —

—“No. Eso es todo.” —

El supervisor se fue sin despedirse.

Esa noche, al volver a casa, encontró a su novio revisando anuncios inmobiliarios proyectados sobre la pared.

—“Mira esto.”— dijo él —“Sector verde al norte de la ciudad, filtrado de aire independiente. Está un poco más lejos, pero…”—

—“Está bien.”— respondió Mara, dejando la chaqueta —“No lo venderán hoy. Lo vemos el fin de semana.” —

—“¿Todo bien en el trabajo?” —

Mara dudó por apenas un segundo.

—“Sí. Todo normal.” —

Cenaron hablando de cosas pequeñas. De una serie vieja que querían volver a ver. De un bar que había cerrado sin aviso. De la lluvia ácida que había caído esa mañana y había dejado manchas opacas en las ventanas.

—“¿Alguna vez pensaste en irte del planeta?”— preguntó su novio de pronto.

—“No.”— dijo Mara —“¿Por qué? ¿Tu si?”—

—“Yo sí. A veces.” —

—“¿Y qué te detiene?” —

—“Esto.”— respondió él, señalando alrededor —“Tú. Nosotros. La idea que todavía se puede arreglar algo en este agujero.” —

Mara no contestó. Miró el reflejo distorsionado de la ciudad en el vidrio. Las luces parpadeaban como si algo estuviera fallando en el sistema general.

Horas más tarde, mientras él dormía, Mara volvió a revisar desde su terminal personal la autorización que había firmado. El archivo estaba allí, limpio, correcto. Nada indicaba riesgo. Nada señalaba consecuencias.

Solo un detalle la incomodó: el código de zona. Era su zona.

Intentó acceder a información adicional. El sistema respondió con un mensaje automático.

 

Acceso no autorizado.

 

—“Claro.”— murmuro —“Nada fuera de protocolo.” —

Cerró la terminal y se quedó sentada en la oscuridad un rato largo, escuchando el murmullo lejano del tráfico orbital. Pensó en los parques, en gente reunida en bares, en familias caminando despacio. Pensó en lo fácil que era firmar algo cuando el lenguaje estaba diseñado para no decir nada.

Se acostó sin despertarlo.

Antes de dormir, tuvo una idea incómoda y persistente: que la normalidad no era un estado, sino una prórroga. Y que alguien, en algún nivel más alto, acababa de decidir que esa prórroga había terminado.

Al otro día, el gerente la citó a última hora, cuando el edificio ya empezaba a vaciarse y el sistema de iluminación bajaba automáticamente la intensidad para ahorrar energía. Mara supo que algo no encajaba antes incluso de entrar a la oficina.

 

—“Cierra la puerta.”— dijo él, sin mirarla.

 

Era un hombre prolijo, demasiado prolijo tal vez para ese sector. Usaba un traje oscuro, manos impecables. En su escritorio no había objetos personales, solo una pantalla suspendida y una taza sin marca.

 

—“¿Ocurrió algo?”— preguntó Mara.

 

—“Nada grave.”— respondió —“De hecho, es una formalidad.” —

 

Esa palabra siempre precedía a los problemas. Él proyectó un archivo en una pantalla multimedia. Un expediente técnico largo y aburrido, saturado de códigos y referencias cruzadas. Mara reconoció el formato al instante.

 

—“Derrumbe programado.”— dijo el jefe —“De infraestructura urbana.” —

 

—“Correcto. No es mi área.” — respondió.

 

—“Lo sé.”— repitió él, con la misma cadencia que su supervisor días atrás —“Pero se necesitaba una validación logística para cerrar el circuito operativo.” —

 

Mara recorrió el documento con rapidez. Coordenadas, plazos, estimaciones de riesgo. Todo parecía encajar bien. Pero algo no cuadraba. Mientras leía y sin que el gerente pudiera verlo, puso su teléfono a grabar la conversación.

 

—“Esto es grande.”— dijo —“No es una zona cualquiera.” —

 

—“Es un bloque de construcciones viejo. Zona degradada.” — corroboró su jefe.

 

—“Cuatro bloques.”— corrigió ella —“Y no están vacíos.” —

 

El jefe se acomodó en la silla. Por primera vez, la miró de frente.

 

—“Mara, no te voy a pedir que interpretes todo el contexto. Pero necesitamos hacerlo operativo. Cumple con el estándar básico de evacuación. Y requiere de una firma final. Solo eso te pido.” —

 

—“Pero esto debería pasar por un comité completo.” — dijo Mara, incrédula.

 

—“Y pasará. Pero después.” — dijo él vagamente.

 

Ella lo miró en silencio.

 

El jefe suspiró, como si la escena lo cansara. Amplió una sección del archivo. Parecía una orden simple, casi banal:

 

Autorización de demolición por riesgo estructural pendiente.

 

Un texto estándar, replicado miles de veces en la ciudad.

 

—“No tengo autoridad para firmarlo.”— dijo Mara.

 

Hubo un silencio tenso. Desde afuera llegaba el zumbido lejano de los drones de mantenimiento.

 

—“Si no firmas,”— dijo él al fin —“alguien más lo hará. Y esa persona no tendrá tu criterio ni tu cuidado.” —

 

Mara bajó la vista al documento. Vio las cifras, los tiempos y las ventanas de ejecución. Vio, también, que el gerente estaba notoriamente nervioso. Algo no estaba bien.

 

—“¿Por qué la urgencia? ¿Por qué elude el comité?” — preguntó ella.

 

—“Bueno…”— admitió él —“requerimos una solución urgente y sin dilaciones.” —

 

—“¿A qué problema?” —

 

El gerente no respondió de inmediato. Cerró el archivo principal y dejó visible solo la orden final.

 

—“A uno que no nos podemos permitir explicar.” —

 

Mara pensó en los bloques inferiores, en la vida comprimida dentro de esos edificios. Pensó en lo fácil que era llamar derrumbe a otra cosa.

 

—“Quiero una aclaración escrita. Un respaldo.”— dijo.

 

—“No la habrá.” —

 

—“Entonces esto es ilegal.” —

 

—“Te dije que después pasará por el comité.”—

 

—“No es lo mismo.” —

 

—“En esta ciudad, suele serlo.”— dijo él, con una leve sonrisa cansada.

 

Le tendió el campo de firma digital. El cursor parpadeaba, paciente.

 

—“Pero esto… es muy irregular. No puedo.”— se negó Mara.

 

El gerente pensó unos segundos. Finalmente, dijo suspirando:

 

—“Esto es tan importante Mara,  que si te sigues negando, mañana deberás buscar otro trabajo.” —

 

Eso fue lo que decidió todo. La presión fue tan intensa, que Mara firmó.

 

—“Después de esto, no quiero volver a ver este expediente.” — dijo a modo de protesta.

 

—“Descuida, no lo verás.” —

 

El sistema emitió el pulso verde de validación y archivó la orden con un número anodino, indistinguible de miles de otros. La pantalla mostró el mensaje habitual:

 

Autorización concedida.

 

El gerente cerró el archivo de inmediato.

 

—“No sabes cuánto te lo agradezco. Buen trabajo. Puedes retirarte.”—

 

Mara no respondió. Salió de la oficina con una sensación de alivio, pero se sentía extrañamente incómoda. Sabía que había caído a una trampa obligada por su superior, pero no sabía exactamente cuál era.

 

En el ascensor, mientras descendía hacia los niveles inferiores, entendió la maniobra con una claridad tardía: el derrumbe de los edificios era solo la máscara. En realidad, eludiendo al comité borrarían algún rastro que no querían dejar a la vista: personas, registros, pruebas, rastros. Era imposible saber qué ocultaban. Pero todo quedaba reducido a una corrección urbana.

 

Cuando las puertas se abrieron, la ciudad la recibió con su rutina habitual: luces, ruido, tránsito. Nada indicaba que acabara de firmar su propia condena.

 

Caminó hacia la salida con una idea fija golpeándole la cabeza: en algún punto del proceso, alguien había decidido que ella era prescindible. Y que su firma era la forma más limpia de probarlo. Al llegar a casa, protegió la conversación grabándola en un sitio seguro.

Al otro día mientras estaba en la oficina, las campanas de presurización comenzaron a sonar como un réquiem mecánico: graves, lentas, inevitables. No era una alarma: era un procedimiento. Mara estaba en su oficina cuando el primer pulso atravesó los muros, un temblor sordo que le vibró en los dientes. Alzó la vista del escritorio demasiado tarde.

 

—“¿Qué fue eso?”— preguntó, sin saber todavía que ya había ocurrido.

 

Nadie le respondió. En las pantallas, los mapas de las manzanas condenadas parpadearon y se tiñeron de rojo, uno tras otro. Sellado automático. Protocolo de contención total. Despresurización progresiva.

 

Horrorizada, recordó el protocolo de evacuación mínima que le había  asegurado el gerente. Otorgaba cuatro horas para evacuar el sector. Nunca habría sido suficiente para tanta gente.

 

—“No.”— susurró.

 

Corrió hacia la consola central. Sus dedos temblaban mientras buscaba el registro de autorizaciones. El sistema tardó una eternidad en responder. Cuando lo hizo, su nombre apareció en la primera línea, limpio, formal e indiscutible.

 

AUTORIZACIÓN IRREVOCABLE – FIRMA VALIDADA
Operador: Mara Vale.

 

Sintió que el aire se le iba antes que a nadie allá afuera.

 

—“Esto es un error.”— dijo en voz alta, como si la sala pudiera corregirla —“Yo no firmé para esto.” —

 

El sistema no discutía. Solo mostraba la hora, la clave biométrica, la huella neural. Todo en regla.

 

En las calles, miles de personas seguían con sus vidas durante los primeros segundos. Algunos miraban al cielo cuando el oxígeno empezó a diluirse. Otros golpeaban las puertas selladas sin entender que pasaba. Hubo gritos, pero el vacío los devoró rápido. La ciudad era eficiente incluso para matar.

 

Mara activó el canal de emergencia.

 

—“Central, aquí Mara Vale. Detengan el protocolo. Repito: detengan la despresurización inmediatamente.” —

 

Estática. Luego una voz cansada.

 

—“No es posible. La orden está en curso.” —

 

—“¡Yo soy la orden!”— gritó —“¡Retírenla!” —

 

—“La autorización es irrevocable.”— respondió la voz, casi con pena —“Usted lo sabe.” —

 

Entonces pensó en su novio.

 

Abrió el subregistro de residentes. Buscó el nombre. Allí estaba. Manzana 12-B. Zona roja. Su pareja. El mundo se partió en dos.

 

No pudo recordar nunca cómo salió de la oficina. No recordó a quién empujó ni qué puertas forzó. Solo recordó la idea fija, ardiente, única: encontrar al gerente que le había puesto la orden delante, disfrazada de rutina, de trámite menor, de mal necesario.

 

—“¿Dónde está?”— preguntó a los gritos en el pasillo de mando —“¡Díganme dónde está!” —

 

Nadie contestó. Algunos bajaban la mirada. Otros fingían no verla. Sabían lo que estaba pasando. Lo encontró en la sala de observación, mirando las métricas con total tranquilidad.

 

Avanzó un paso. Dos. El pulso le martillaba en las sienes.

 

—“Voy a matarte.” —

 

No llegó a acercarse. Tres agentes de seguridad la sujetaron por detrás. Alguien gritó su nombre. Otro pidió refuerzos.

 

—“¡Suéltenme!”— rugió —“¡Suéltenme o los mataré a todos!” —

 

Sintió el pinchazo en el cuello. Primero una sensación fría, luego nada.

Despertó con la memoria en blanco. El hospital olía a desinfectante y a derrota. Estaba atada y sedada. Las luces eran suaves, casi amables, como si quisieran pedirle perdón.

 

Una enfermera le habló en voz baja.

 

—“Necesitas descansar. Has pasado por un evento traumático.” —

 

Mara giró el rostro hacia la ventana sellada. Más allá, la ciudad seguía viva. Ordenada. Limpia.

 

—“Yo firmé.”— dijo, sin emoción —“Yo los maté.” —

 

La enfermera no respondió. En algún lugar profundo, donde todavía quedaba oxígeno, algo en Mara se cerró para siempre.

 

La autorización había sido irrevocable.

La justicia actuó rápidamente.

 

La acusaron de haber intentado borrar pruebas clave de una red de trata de personas que operaba bajo licencias corporativas. El expediente estaba prolijo, cerrado, con conclusiones redactadas antes de que alguien hiciera preguntas. Mara lo entendió al leer su nombre impreso como responsable técnica.

 

La empresa quiso negarle la ayuda. Pero ella tenía la conversación grabada.

 

—“Quieren que yo sea el error.”— le dijo a la abogada —“Pero no voy a ser el chivo expiatorio. Tengo la grabación que lo prueba.” —

 

—“No te abandonaremos.” — respondió —“Pero para eso, necesitamos que cooperes.” —

 

La corporación desplegó abogados y millones en su defensa. Evitaron la cárcel, desactivaron la causa penal. Llegaron a un acuerdo para indemnizarla con una suma obscena, suficiente para comprar su silencio durante varias vidas. El acuerdo incluía cláusulas de confidencialidad absolutas, retroactivas y vitalicias.

 

—“Esto no parece protección. Es una mordaza.”— dijo Mara al firmar.

 

—“Es una buena supervivencia… para ti.”— corrigió la abogada.

 

Cuando salió del edificio, entendió algo que no figuraba en ningún contrato: el sistema no necesitaba monstruos. Solo empleados eficientes que firmaran sin mirar dos veces.

 

Recuperada del shock inicial, intentó denunciar por su cuenta. Habló con un fiscal de bajo perfil, un hombre de mediana edad que no la dejaba terminar las frases.

 

—“No tengo jurisdicción.”— dijo él —“Esto supera mi rango.” —

 

—“Tenemos las pruebas.”— insistió Mara —“Registros, transferencias, rutas. Gente desaparecida.” —

 

El fiscal cerró la carpeta sin mirarla.

 

—“Tengo familia.”— susurró a modo de disculpa. —“Lo siento.” —

 

Con el juez no le fue mejor.

 

—“Usted ya fue compensada.”— dijo —“No remueva el pasado.” —

 

Nadie escuchaba. O todos escuchaban al lado más conveniente.

 

Entonces intentó huir. Vendió lo que pudo, cambió de identidad, se movió entre estaciones secundarias. Pensó que si desaparecía, al menos conservaría algo parecido a la verdad. No llegó muy lejos. La localizaron antes de cruzar el tercer anillo.

 

—“No debiste correr, cariño.”— le dijo uno de los hombres que la interceptaron —“Nos obligas a ser menos amables.” —

 

La secuestraron para someterla a un programa de reajuste psicológico, ilegal incluso para los estándares de la corporación. Sesiones interminables de interrogatorios bajo luces blancas. Le implantaron rastreadores de localización debajo del cuero cabelludo mientras estaba inconsciente. Le borraron parcialmente la memoria dejando huecos irregulares.

 

—“¡Dime lo que recuerdas!”— ordenaban.

 

—“¡No lo sé!”— respondía ella, y era verdad.

 

No la rompieron porque algo en Mara se negó a ceder del todo. Pero la dejaron incompleta. Con recuerdos fragmentados que no encajaban y silencios blancos que dolían más que cualquier dolor.

 

Una noche, mientras estaba drogada y semi inconsciente, el enfermero se coló en su cama. No podía moverse ni hablar. Solo registrar el momento. La desvistió por completo y se montó sobre su cuerpo. El hombre respiraba rápido. Cuando terminó se fue sin decir palabra, como si nada hubiera ocurrido.

 

A la mañana siguiente, Mara miró el techo y pensó que esa era la verdadera función del sistema: no solo destruirte, sino convencerte de que no valía la pena reconstruirte. No gritó ni lloró. Solo guardó lo que quedaba de sí misma en el único lugar que no podían implantar ni borrar del todo. Dentro de su cabeza.

 

El traslado estaba programado para moverla de un lugar a otro y volver su presencia irrastreable. El vehículo no tenía insignias. Solo un código de ruta y un interior pulcro. Mara iba sujeta a la camilla, dopada con una dosis de tranquilizantes baja. Lo justo para que no pareciera peligrosa. Pero lo justo para que pudiera hablar.

 

En un alto del camino, el enfermero cerró la compuerta trasera y activó el modo automático.

 

—“No te muevas.”— dijo mientras se bajaba los pantalones —“Esto va a ser rápido.” —

 

Mara giró apenas la cabeza. Tal vez era el mismo hombre. Por la forma de respirar. Por la forma de tocarla con sus manos. El hombre le bajó la ropa, dejando su sexo al desnudo.

 

—“¿Siempre te dan los traslados nocturnos?”— preguntó ella, con la voz pastosa.

 

Él la miró, sorprendido, mientras bajaba sus pantalones.

 

—“Deberías estar dormida.” —

 

—“A veces es mejor estar despierta, como ahora.”— dijo.

 

El hombre sonrió, incómodo.

 

Mara dejó que el silencio se estirara. Luego suspiró, casi vulnerable. Cuando se montó sobre ella, le preguntó:

 

—“En el otro hospital ¿También estarás tú?” —

 

—“No.”— respondió él —“Esto termina acá.” —

 

—“Lástima. Tal vez te guste despedirte bien.” —

 

El enfermero frunció el ceño, dudando un segundo. Fue suficiente.

 

—“No juegues conmigo.”— dijo con su cara pegada al rostro.

 

Mara sonrió apenas. Respondió:

 

—“Nunca juego.”— susurró mientras rozaba el rostro del hombre con su lengua.

 

Él se inclinó, y dudando un poco, liberó la mano izquierda de la mujer. El dolor que sintió la cautiva fue inmediato, pero su cuerpo respondió. Tomó la linterna y le golpeó fuerte en la cabeza.

 

La camilla se sacudió. El enfermero cayó de la camilla aturdido y sorprendido. Alcanzó a balbucear:

 

—“¡¿Qué hicis…?!”—

 

Mara se incorporó a medias. El segundo golpe lo sorprendió antes de terminar la frase. Quedo inconsciente.

 

—“Recordarte. Eso hice.”— dijo.

 

Se estiró lo más que pudo, pero ya con una mano liberada, no fue imposible. De un tirón, Mara le arrancó las llaves del cinturón. Se liberó.

 

Le dio dos golpes más con rabia. No se fijó si seguía vivo. Buscó con urgencia dentro de la ambulancia. Trataba de encontrar un bisturí.

 

Cuando lo encontró, palpó su cuero cabelludo hasta encontrar el localizador. Hundió el bisturí hasta llegar al dispositivo. Lo extrajo mientras un chorro de sangre le caía por la cara.

 

Con una engrapadora, cerró el tajo y luego desinfectó la herida. Le quitó al enfermero la ropa y se vistió. Luego tiró el cuerpo fuera de la ambulancia.

 

Medio muerta, condujo la ambulancia como pudo. Los recuerdos fragmentados aparecían y desaparecían como anuncios rotos. Cuando se acabó el combustible, abandonó el vehículo y caminó hasta que las piernas dejaron de responder.

 

No habían podido sacarle la clave de sus cuentas. Ni con drogas, ni con descargas, ni con borrados de memoria. Las cuentas seguían intactas. Una indemnización manchada de sangre, convertida ahora en una fuente millonaria de recursos.

 

Llegó a la ciudad. Y mientras se perdía entre los niveles bajos, Mara entendió algo con una claridad nueva: la normalidad no era un objetivo.


Era una trampa estadística, pero ahora ella había quedado fuera de la muestra.

 

Viviendo de lugar en lugar, Mara se reconstruyó en los suburbios, donde la ciudad dejaba de fingir. Vivió en habitaciones sin ventanas, en corredores subterráneos reciclados, en bloques que el mapa oficial había olvidado.

 

Cambiaba de nombre con la misma facilidad con la que cambiaba de abrigo. Dormía poco y escuchaba mucho a las personas. Aprendió rápido que la supervivencia no tenía nada de romántico: era repetición, error y corrección.

 

Conoció un viejo instructor militar que vivía en un gimnasio, rodeado de sacos de arena rotos y hologramas obsoletos de anatomía humana. Tenía una pierna artificial. No le costó mucho convencerlo para que la entrenara en defensa personal.

 

—“No te voy a enseñar a pelear.”— le dijo el primer día —“Te voy a enseñar a terminar rápido a tu oponente.” —

 

—“Eso es exactamente lo que busco.”— respondió Mara.

 

Él la observó largo rato.

 

—“Lo suponía. ¿Por qué lo necesitas?” —

 

—“Porque cuando uno empieza algo, tiene que acabarlo.” —

 

No le pidió más detalles. Los viejos que habían visto guerras ya no necesitaban que les contaran historias completas.

 

Entrenaban de madrugada. Golpes secos, llaves, como lesionar articulaciones. Aprendió dónde presionar, por cuánto tiempo y cuándo soltar. Aprendió que en combate matar no era un acto de furia, sino de economía.

 

—“El error común”— decía él mientras corregía su postura —“es creer que la fuerza gana. En realidad gana la forma en que te enfrentas y la decisión que tienes.” —

 

—“¿Y la culpa?” —

 

El viejo sonrió apenas.

 

—“La culpa viene solo si tienes que matar. Pero cuando lo has decidido es porque tienes una razón válida.” —

 

Mara entendió que luchar era casi siempre una solución definitiva.

 

En otro barrio, conoció a Lila una noche en la que caminaba rumbo a casa. Un cliente le estaba golpeando el rostro. El golpe sonó duro y seco. Mara reaccionó antes de pensarlo. El hombre cayó con la nariz rota y una rodilla inutilizada.

 

—“No hacía falta tanto.”— dijo Lila, mientras se acomodaba el labio partido.

 

—“Sí.”— respondió Mara con rabia contenida —“Hacía falta.” —

 

Lila entendió que tal vez Mara, por algún motivo, se identificó con ella. Por gratitud, le invitó a un trago en un bar cualquiera.

 

Mientras tomaban, Lila la miró con curiosidad. Tenía muchas noches como puta, y había visto muchas luchas.

 

—“No peleas como cualquiera lo haría.” —

 

—“No lo hago. Estoy entrenando.” —

 

—“Bien.”— dijo Lila —“Los que no saben pelear bien, duran poco en las noches de los suburbios.” —

 

Así, poco a poco, se volvieron amigas. Lila le enseñó lo que el gimnasio no podía: como seducir desarmando las defensas, cómo leer rostros y miradas, entendiendo el deseo y la ambición. Como lanzar anzuelos para atrapar a tus presas preferidas.

 

—“No se trata de que tú le gustes.”— explicó —“Se trata de hacerle creer que te gusta a ti. Eso los termina perdiendo.” —

 

—“¿Para hombres o mujeres?” —

 

—“¿Acaso importa? Todas las personas son iguales.”— sonrió Lila —“El lenguaje es el mismo. Solo tienes que cambiar el acento.” —

 

Mara aprendió a modular la voz, a ofrecer silencios para aprender a escuchar. Entendió que a la gente le gusta hablar de sí misma. Y si eres buena en eso, el otro cree que tiene el control. Aprendió que la seducción no siempre era sexo, muchas veces eran expectativas administradas.

 

Con el tiempo, dejó de pensar en justicia. La justicia era una idea diferente para un justo o un loco. No necesitaba justicia porque los muertos no volvían. Y los culpables rara vez pagaban con justicia, sobre todo si tenían dinero o poder. El sistema funcionaría siempre con una inclinación obscena. Si los culpables pagaban alguna vez, no sería con justicia.

 

Lo que buscaba Mara ahora era otra cosa. Un equilibrio personal, torcido, imperfecto. Un balance que sabía que no existía en la sociedad, pero que podía imponer, caso por caso, cuerpo a cuerpo.

 

No se volvió mejor, se volvió eficaz. Y eso, en esa ciudad podrida, era una forma distinta de encontrar la verdad.

 

FIN

 

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