domingo, 26 de marzo de 2023

Historia: "Vigilia Nocturna"

 


Romance – Realismo Mágico

 

Vigilia Nocturna

por Rodriac Copen

 

 

Cada mañana había sido igual a la anterior, y sin embargo él sentía que algo se iba rompiendo un poco más cada vez.

 

Trabajaba como administrativo en una oficina pública donde los relojes parecían haberse detenido hacía décadas. Estaba casado, sí, pero esa palabra ya no significaba refugio ni calor. Su matrimonio era una casa sin ventanas: silenciosa, densa, sin aire. Su esposa hablaba poco y, cuando lo hacía, no había ternura en su voz, apenas una rutina mecánica de reproches suaves pero constantes, como una gota cayendo siempre en el mismo lugar.

 

Aquella mañana, como todas, bajó al subte cuando todavía no había amanecido del todo. El andén olía a metal húmedo y café del barato. Se quedó quieto, con el portafolios colgándole del brazo, mirando las vías como si fueran una promesa o una amenaza.

 

Entonces la vio.

 

Ella estaba unos metros más allá, apoyada contra una columna, con el pelo suelto y una expresión distraída, casi melancólica. No lo miraba. No sabía que existía. Y sin embargo, él sintió el impacto como un golpe seco en el pecho.

 

—“No mires.”—se dijo—“No seas ridículo.” —

 

Pero la miró igual. Siempre la miraba. No todos los días, pero sí demasiados como para que fuera casualidad. Hermosa sin demasiado esfuerzo, pensó. De esas mujeres que no parecen saberlo y, si lo saben, no lo exhiben. Imaginó cómo sería su voz. Imaginó que se reía. Imaginó, por un segundo fugaz, que ella decía su nombre.

 

El subte llegó con un rugido que le devolvió la conciencia. Entraron todos juntos, empujándose sin mirarse. Ella quedó a unos pasos de distancia. Él pudo haber dicho algo. Un comentario trivial. Un “disculpa”. O un “¿sabes si este va hasta…?”. Pero no, no lo hizo.

 

—“¿Para qué?”— pensó —“No tienes ninguna chance. Ni una.” —

 

Su autoestima era una habitación vacía. Cada rechazo antiguo, cada silencio en su casa, cada gesto indiferente de su esposa había ido arrancando lo poco que le quedaba. ¿Qué podía ofrecerle a alguien así? ¿Un hombre cansado, con ojeras, atrapado en una vida que odiaba?

 

Bajó una estación antes de lo habitual solo para no seguir viéndola.

En la oficina, el día transcurrió con la lentitud de un animal moribundo. Papeles, sellos, firmas. Todo era ruido blanco. Hasta que, en un descanso, se sentó frente a Markus, uno de los pocos compañeros con los que todavía podía hablar sin fingir.

 

—“Te noto mal.”— dijo Markus, sin rodeos, mientras removía el azúcar en el café—“Más de lo normal.” —

 

Él sonrió apenas.

 

—“Estoy cansado.” —

 

—“No parece cansancio.”— respondió Markus —“Es otra cosa.” —

 

El silencio entre ellos fue incómodo, pero honesto. Él bajó la mirada.

 

—“A veces pienso que mi vida ya pasó.”— confesó —“Que lo que queda es solo repetir lo mismo hasta que se termine.” —

 

Markus lo observó con atención, serio por primera vez en mucho tiempo.

 

—“¿Sabes cuál es el problema con la depresión?”— dijo —“Que casi nadie la ve venir.” —

 

Él levantó la vista.

 

—“¿Cómo?” —

—“Que muchas depresiones pasan desapercibidas.”— continuó Markus—“La gente funciona, viene a trabajar, sonríe un poco… y un día se mata. Y todos dicen: no parecía tan mal.” —

 

La frase quedó flotando entre los dos como una bomba sin explotar.

 

—“¿Por qué me dices eso?”— preguntó él, con un nudo en la garganta.

 

Markus dudó un segundo.

 

—“Porque te aprecio. Y me preocupa cómo hablas de ti mismo”—respondió —“Nadie debería sentirse tan solo estando rodeado de gente.”—

 

Él no dijo nada. No pudo. Pensó en el andén, en la mujer desconocida, en su esposa de espaldas en la cama, en las vías oscuras del subte. Pensó en lo fácil que sería dejar de sentir.

 

—“No quiero terminar así.”— murmuró, más para sí que para Markus.

 

Markus apoyó la mano sobre la mesa.

 

—“Entonces habla.”— dijo —“Conmigo, con cualquiera. O busca ayuda. No te guardes todo. Eso es lo que mata.” —

 

Él asintió lentamente. Por primera vez en mucho tiempo, alguien había puesto en palabras lo que él apenas se atrevía a pensar. Y aunque la asfixia seguía ahí, intacta, una grieta mínima se abrió en esa vida cerrada. Una grieta por la que, tal vez, todavía podía entrar aire.

 

La frase de Markus le siguió retumbando en la cabeza todo el día, como una sirena lejana que no se apagaba nunca.

 

Mucha gente funciona… y un día se mata.

 

—“¿Y si me pasa eso a mí?”— se preguntó en silencio, mientras ordenaba expedientes sin leerlos —“¿Y si ya estoy ahí y nadie se dio cuenta?” —

 

La idea no lo asustó de golpe. Lo inquietó de una manera más profunda, más viscosa. Se le pegó al pensamiento como alquitrán. Cada tanto levantaba la vista y miraba a su alrededor: compañeros tecleando, risas forzadas, el murmullo constante de la oficina. Todo parecía normal. Demasiado normal.

 

—“Claro.”— pensó —“Así se ve desde afuera.” —

 

Cuando volvió a casa, la noche ya había caído. Abrió la puerta con cuidado, como si temiera hacer ruido en una casa que ya estaba muerta. Su esposa estaba en la cocina, de espaldas, revisando el celular.

 

—“Llegué.”— dijo él, sin convicción.

 

—“Mmm.”— respondió ella, sin mirarlo.

 

Pensó en contarle lo de Markus. Pensó en decirle que algo se le había movido por dentro, que se sentía raro, frágil, asustado. Pero se le adelantó una certeza seca, inmediata.

 

No le va a importar.

 

Se sentó a la mesa. Cenaron casi en silencio. El ruido de los cubiertos era más fuerte que cualquier palabra.

 

—“¿Te pasa algo?”— preguntó ella, sin levantar la vista del plato.

 

Él la miró, sorprendido por el intento tardío.

 

—“No.”— mintió —“Nada.” —

 

—“Ah.”— dijo ella. Y siguió comiendo.

 

Eso fue todo. Ni una pregunta más. Ni una pausa. Terminó antes que él, dejó el plato en la pileta y se fue al dormitorio sin decir buenas noches.

Se quedó solo.

 

La casa, en ese momento, se volvió enorme. Vacía. Se sentó frente a la computadora como quien se sienta frente a un confesionario sin sacerdote. Tecleó sin pensar demasiado: depresión, sentirse vacío, no tener ganas de vivir.

 

Entró en algunos foros de internet. Leyó historias. Algunas le parecieron exageradas. Otras demasiado cercanas. Personas que hablaban de insomnio, de matrimonios rotos, de esa sensación de estar mirando la vida desde afuera.

 

—“Soy yo.”— murmuró —“Todo esto soy yo.” —

 

Siguió bajando. Hasta que un mensaje le llamó la atención.

 

“Estaba muy deprimida. Pensé seriamente en terminar con todo. Fui a la consulta con el Dr. Rodwell, psiquiatra. Me atendió sin juzgarme. Hoy puedo decir que estoy bien.”

 

Leyó ese mensaje tres veces.

 

—“¿Rodwell?”—repitió en voz baja.

 

Abrió otra pestaña. Buscó el nombre. Apareció un sitio sobrio, casi frío. Una foto profesional. Años de experiencia. Trastornos del ánimo. Depresión. Sintió una mezcla de vergüenza y alivio.

 

—“No soy el único.”— se dijo —“No estoy tan roto como creo.” —

 

Al día siguiente, en la oficina, el caos habitual lo envolvió desde temprano. Teléfonos sonando, gente reclamando, papeles amontonándose. Esperó el momento justo, cuando nadie miraba, cuando nadie escuchaba. Se levantó con una excusa mínima y fue al pasillo.

 

Marcó el número con el corazón acelerado.

 

—“Consultorio del doctor Rodwell, buenos días.”— dijo una voz.

 

—“Hola… sí… quería sacar un turno.”— respondió él, tragando saliva.

 

—“Nombre y apellido.” —

 

Los dijo. Sintió que estaba firmando algo invisible.

 

—“Tenemos disponibilidad para la semana próxima.” —

 

—“Sí.”— dijo rápido —“Está bien. La semana próxima.” —

 

Cortó. Apoyó la frente contra la pared unos segundos. No sabía si acababa de salvarse o de complicarse la vida, pero algo había hecho. Algo distinto.

Cuando volvió a casa esa noche, se cruzó con su esposa en el pasillo. Ella pasó a su lado sin frenar, sin mirarlo realmente. Sus ojos lo atravesaron como si fuera un mueble.

 

Él se detuvo.

 

—“Buenas noches.”— dijo, casi como un último intento.

 

Ella no respondió.

 

La decepción fue punzante, pero no nueva. Le dolió menos de lo que esperaba. Porque en el fondo ya lo sabía. Para ella, para la casa, para el mundo entero… él no existía.

El día de la consulta llegó sin ceremonia, como cuando uno ya está cansado de esperar milagros. Salió del trabajo antes de lo habitual. Cerró la carpeta, apagó la computadora y se quedó un segundo quieto, mirando su reflejo apagado en la pantalla negra.

 

—“Vamos.”— se dijo —“Tomaste una decisión.”—

 

Antes de irse, le escribió a su mujer.

 

—“Voy a llegar tarde. Tengo una reunión de trabajo. Me asignan una misión especial.” —

 

No era del todo mentira. Para él, lo era. Ella ni siquiera respondió con un ok. Sin preguntas. Sin curiosidad. Sin celos. Eso le dolió más que cualquier reproche.

 

El consultorio del doctor Rodwell estaba en un edificio antiguo, prolijo, con olor a desinfectante y libros viejos. La sala de espera tenía revistas viejas y rotas. Cuando lo llamaron, se levantó como si estuviera entrando a un interrogatorio.

 

—“Adelante.”— dijo Rodwell.

 

El doctor era un hombre de mediana edad, con suave y calmada. No sonreía de más, pero tampoco imponía distancia.

 

—“Siéntese.”— indicó —“Dígame su nombre.” —

 

Se lo dijo. Sintió que al pronunciarlo se despojaba de algo.

 

—“¿Qué lo trae por acá?”— preguntó el doctor, cruzando las manos.

 

Él respiró hondo.

 

—“No me siento bien.”— dijo —“Me siento vacío. Como si estuviera viviendo la vida de otro.” —

 

Rodwell asintió, sin interrumpirlo.

 

—“¿Desde cuándo?” —

 

—“No lo sé.”— respondió —“Hace años, tal vez. Pero ahora es peor. No tengo ganas de nada. Voy al trabajo, vuelvo a casa… y ya está.” —

 

—“¿Has pensado en hacerte daño?” —

 

Hubo un silencio más largo de lo habitual.

 

—“Sí.”— admitió —“Más de una vez.” —

 

El doctor no se inmutó.

 

—“Gracias por decirlo.”— respondió —“Eso es importante.” —

 

Hablaron largo rato. De su matrimonio. Del subte. De la sensación constante de no existir para nadie. Cuando terminó, estaba agotado, como si hubiera corrido kilómetros.

 

—“No puedo decirle aún qué le pasa.”— dijo Rodwell —“Necesito escucharle más. Esto va a llevar varias sesiones.” —

 

—“¿Y después?”— preguntó él —“¿Se arregla?” —

Rodwell lo miró con atención.

 

—“Se trabaja.”— dijo —“Si usted coopera.”—

 

—“Me lo esperaba.”— respondió sin dudar.

 

Así empezaron las consultas. Una vez por semana. Siempre el mismo día. Siempre la misma hora. El consultorio se volvió un punto fijo en su agenda y, sin darse cuenta, también en su vida.

 

Después de cada sesión salía con el cuerpo liviano y la cabeza pesada. Como si le hubieran removido algo por dentro. Nunca volvía directo a casa. Caminaba un poco. Se sentaba a comer en algún bar cercano. Un ritual silencioso.

 

—“Un café y algo para comer.”— pedía —“Lo que tengas.” —

 

Y algunas veces, no sabía si era casualidad o castigo, la veía.

 

Ella estaba ahí. Sentada sola, almorzando tarde, igual que él. La mujer del subte. La de las mañanas sin nombre. Sus miradas se cruzaban. Un segundo, o dos. Nada más.

 

—“Te conozco.”— pensaba él —“O al menos eso creo.” —

 

Pero ella no reaccionaba, ni fruncía el ceño. No sonreía. No había reconocimiento alguno. Como si él fuera un desconocido más entre mesas y platos.

 

Un día, sus miradas se sostuvieron un poco más de lo habitual.

 

—“¿La conoces?”— se preguntó en silencio —“¿O solo quieres creerlo?” —

 

Ella bajó la vista y siguió comiendo.

 

Él terminó su plato despacio. Pagó. Salió a la calle con la misma sensación de siempre: la de existir solo en su cabeza. Y mientras caminaba, pensó que tal vez ese era el verdadero problema. No estar roto, sino ser invisible.

Las semanas pasaron con una regularidad monótona. Todos los martes, a la misma hora, él cruzaba la puerta del consultorio y se sentaba frente al doctor Rodwell como quien entra en una habitación donde, al menos, alguien lo ve.

 

Ese día, Rodwell cerró la carpeta con un gesto distinto. Más decidido.

 

—“Bien.”— dijo —“Ya puedo decirte algo con bastante claridad.” —

 

Él se inclinó hacia adelante.

 

—“¿Y eso es…?”—

 

—“Estás deprimido.”— afirmó el doctor —“Ya no es una suposición. Es un diagnóstico.” —

 

Sintió una mezcla absurda de alivio y vergüenza.

 

—“¿Es grave?”— preguntó.

 

—“No.”— respondió Rodwell —“En tu caso es leve. Persistente, sí, pero leve. No estás al borde del colapso ni necesitas tratamientos agresivos.” —

 

—“¿Entonces?”— insistió —“¿Solo hablar?” —

 

Rodwell lo observó un instante, midiendo sus palabras.

 

—“Existe otra posibilidad.”— dijo —“Recientemente salió una droga experimental. Está pensada para cuadros como el tuyo.” —

 

Él frunció el ceño.

 

—“Experimental. Suena peligroso.” —

 

—“No.”— contestó Rodwell con calma —“Ha pasado todas las pruebas básicas. No hablamos de nada pesado ni adictivo. No es una medicación dura. Se ajusta bien a pacientes funcionales, con depresión leve y sostenida.” —

 

—“¿Y qué hace?”— preguntó él.

 

—“Reordena ciertos procesos.”— respondió el doctor —“No te cambia la personalidad. No te vuelve eufórico. Solo… te devuelve un poco de margen, de espacio.” —

 

Él soltó una risa breve, seca.

 

—“Margen suena a lujo.” —

 

Rodwell sonrió apenas.

 

—“Tendrías que firmar algunos consentimientos.”— continuó —“Formularios estándar. Y estar atento a posibles alteraciones del sueño. Son excepcionales. Leves. Y la mayoría ni los nota.” —

 

—“¿Insomnio?”— preguntó.

 

—“A veces sueños más vívidos de los normales.”— dijo el doctor —“Nada más.” —

 

Hubo un silencio corto.

 

—“Quiero probar.”— dijo él.

 

Rodwell asintió, como si ya lo esperara.

 

—“Empezarás con medio comprimido al día.”— indicó —“Todos los días, a la misma hora. La primera semana suele pasar sin novedades.” —

 

Firmó los papeles sin leerlos demasiado. En ese momento, cualquier cosa le parecía mejor que seguir igual.

 

Esa noche, en casa, sacó la pastilla del blíster. La miró un largo rato.

 

—“A ver qué haces conmigo.”— murmuró.

 

La tomó con un sorbo de agua. Su esposa pasó por detrás, rumbo al dormitorio.

 

—“¿Eso qué es?”— preguntó, sin interés real.

 

—“Vitaminas.”— respondió él.

 

—“Ah.” —

 

Nada más. Ni una mirada.

 

Los días siguientes fueron… normales. Demasiado normales. Se despertaba a la misma hora. Tomaba el subte. Trabajaba. Volvía. Dormía.

 

—“No siento nada.”— pensó al cuarto día —“Ni para bien ni para mal.” —

 

En la consulta siguiente, Rodwell le preguntó:

 

—“¿Algo distinto?” —

 

—“No.”— respondió —“Duermo igual. Sueño igual. Todo igual.” —

 

—“Perfecto.”— dijo el doctor —“Eso es buena señal.” —

 

Salió del consultorio con esa palabra rebotándole en la cabeza: perfecto. No recordaba la última vez que algo en su vida hubiera sido descrito así.

La primera semana terminó sin sobresaltos. Sin milagros. Sin sombras nuevas.

 

Solo una calma rara, casi imperceptible. Como si algo, muy adentro, se hubiera quedado en silencio, esperando.

Cuando se acercó el día de la nueva consulta, él ya tenía preparada la frase.

 

—“Todo sigue igual.”— pensó —“No pasó nada.” —

 

La pastilla no había hecho milagros. Ni luz. Ni oscuridad. Solo una continuidad prolija de días grises. Estaba convencido de que eso era lo que le diría a Rodwell. Que no había mejora. Que seguía siendo el mismo.

 

Pero el domingo por la noche algo cambió.

 

Se durmió tarde, con el cuerpo cansado y la cabeza vacía. Y entonces soñó.

 

Al principio creyó que estaba despierto.

 

La habitación era la misma. La cama, la penumbra. La respiración regular de su mujer a su lado. Pero había alguien más en la habitación.

 

Una figura femenina estaba sentada frente a él, al pie de la cama.

 

—“¿Hola?”— intentó decir.

 

La figura no respondió. No podía verle el rostro. Donde debería haber ojos, boca, expresión… no había nada. Un vacío suave, imposible. Y aun así, él sabía que lo estaba mirando. Se incorporó de golpe, jadeando.

 

—“¡Eh!”— susurró —“¿Estás viendo esto?” —

 

Sacudió a su mujer.

 

—“¡Despierta!”— le dijo —“ Hay alguien acá.” —

 

Ella se movió apenas, fastidiada.

 

—“Déjame dormir.”— murmuró.

 

Volvió a girarse sin abrir los ojos.

 

La figura seguía ahí. Inmóvil. Silenciosa. Girada hacia él, como esperándolo.

 

—“¿Quién eres?”— preguntó, ya despierto del todo.

 

Nada. Parpadeó. Cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, la habitación estaba vacía.

 

No durmió más esa noche.

 

Pensó que había sido un sueño. Una descarga tardía. Un efecto aislado.

Pero a la noche siguiente volvió a ocurrir.

 

Y la siguiente.

 

Siempre igual. La figura sentada. Sin rostro. Sin palabras. Mirándolo. Nunca se acercaba. Nunca se iba mientras él estaba despierto. Desaparecía solo cuando la luz del día empezaba a filtrarse.

 

No sentía miedo. Eso fue lo más inquietante.

 

—“Debería estar aterrado.”— pensó —“Pero no lo estoy.” —

 

En la consulta, se lo contó a Rodwell.

 

—“No me habla.”— dijo —“No se mueve. Solo está ahí.” —

 

El doctor escuchó con atención, anotando algo en su libreta.

 

—“¿Te despiertas alterado?”— preguntó.

 

—“Sí… pero no como una pesadilla.”— respondió —“Es diferente… como más intenso, pero sin miedo…”—

 

—“Es un sueño vívido.”— dijo Rodwell —“Muy probablemente inducido por la medicación. Ya te lo mencioné antes ¿recuerdas?”—

 

—“Esto no se siente como un sueño común.” —

 

Rodwell levantó la vista.

 

—“Si te incomoda, podemos cambiar el medicamento.”— ofreció —“No hay ningún problema con eso.” —

 

Él dudó. Pensó en la figura. En su silencio. En esa presencia inexplicable que, de algún modo, lo hacía sentir acompañado.

 

—“No.”— dijo finalmente —“No quiero cambiarlo.” —

 

—“¿Seguro?” —

 

—“Sí.”— afirmó —“Ya hice el primer esfuerzo. Quiero ver qué pasa.” —

 

Rodwell lo observó un segundo más de lo habitual.

 

—“De acuerdo.”— dijo —“Entonces sigue atento. Y si algo empeora, me llamas. O vienes a la consulta.” —

 

Asintió y se levantó.

 

Al salir del consultorio, caminó unas cuadras sin rumbo. No estaba asustado. Estaba intrigado. Atraído de una forma que no sabía explicar.

 

—“¿Quién es?”— pensó —“¿Por qué viene a verme?” —

 

Esa noche, cuando apagó la luz, no sintió ansiedad. Sintió expectativa.

Y cuando la figura volvió a aparecer, sentada frente a él, sin rostro y sin nombre, lo supo con una claridad inquietante: no quería que se fuera.

En los días siguientes, algo empezó a cambiar.

 

La figura dejó de ser un contorno impreciso. Primero apareció el cuello, la curva suave de los hombros. Después, el cabello. Oscuro. Suelto. Y una noche, sin previo aviso, el rostro terminó de formarse.

 

Él no tuvo dudas.

 

—“Eres tú… “— susurró, incorporándose en la cama.

 

Era la mujer del subte. O algo peligrosamente parecido. La misma línea en la boca, la misma serenidad distante en los ojos. No era idéntica, ni exacta, pero la reconoció como se reconoce un recuerdo que nunca fue propio.

 

—“Así que por fin me ves.”— dijo ella.

 

Su voz no le llegó como un sonido. Fue como un pensamiento.

 

—“No sé quién eres.”—respondió él—“Pero siento que te conozco mejor que a nadie.” —

 

Ella sonrió. No parecía sorprendida.

 

—“Eso es porque me miras sin temores.” —

 

Durante el día, algo en él se reordenó. Se volvió eficaz. Preciso. Optimizado. Hacía el trabajo en menos tiempo, evitaba discusiones, respondía con monosílabos. Ya no actuaba por resignación. Se movía así por estrategia.

 

—“Quiero llegar antes a la noche.”— pensaba —“Volver a ella.” —

 

Dormir dejó de ser el final del día. Se volvió una cita cotidiana. Noche tras noche, hablaban.

 

—“¿Cómo te llamas?”— preguntó él una vez.

 

Ella lo miró como si la pregunta fuera íntima y personal.

 

—“Dímelo tú primero.” —

 

Le dijo su nombre, y le aclaró:

—“Aunque no sé si para ti significa algo.” —

 

—“Para mí sí.”— respondió ella —“Yo soy Eva.” —

 

El nombre le atravesó el pecho como un disparo.

 

—“Eva…”— repitió —“Claro que lo eres.” —

 

Hablaron de todo. De lo que fue. De lo que no se animó a ser. Ella sabía cosas que él nunca había dicho en voz alta.

 

—“Te acostumbraste a desaparecer.”— le dijo Eva una noche —“Para que nadie te reprochara nada.” —

 

Se miraban sin urgencia. Sin promesas. La intimidad creció como crecen las cosas verdaderas, espontáneas y sin planificar. Hasta que una noche, él se levantó de la cama.

 

—“Ven.”— le dijo.

 

Ella tomó su mano. Al tocarla, el cuarto se disolvió y aparecieron en una casa. No era lujosa ni perfecta. Pero era de ellos.

 

—“Esta es nuestra casa.”— dijo él, sin pensarlo.

 

Eva miró alrededor. Tocó una mesa, una pared.

 

—“Sí.”— respondió —“Yo también lo siento.” —

 

Vivían en la casa durante las noches. Cocinaban. Reían en voz baja. Se acostaban en un sillón a hablar de nada. Se conocían sin máscaras. El amor llegó suavemente, como lo viven los enamorados.

 

—“No te pido nada.”— le dijo ella —“No tienes que salvarme.” —

 

—“Yo tampoco.”— respondió él —“Quédate porque quieres.” —

 

Y se quedaron.

 

El deseo apareció suave, natural, como un acercamiento lento e inevitable. Sus cuerpos se buscaron como si se hubieran estado esperando desde siempre.

 

No hubo palabras, no hicieron falta. Fue un reconocimiento, una entrega silenciosa. Un acto profundo, emocional y físico, más real que cualquier cosa que él hubiera vivido despierto.

 

Al terminar, ella apoyó la cabeza en su pecho.

 

—“No importa si esto es un sueño.”— dijo Eva —“Importa que aquí eres tú y yo soy contigo.” —

Él cerró los ojos. Por primera vez en años, no quería despertar.

Con el correr de los días, una idea cobró fuerza con una claridad incómoda y luminosa.

 

Su vida real, la que siempre había anhelado, empezaba por las noches.

 

La cotidianeidad diurna era un trámite. Un protocolo social bien ejecutado. Se levantaba, trabajaba, respondía correos, sonreía lo necesario. No discutía, no reclamaba. No esperaba nada porque sus esperanzas estaban rotas y perdidas. Y eso, paradójicamente, lo volvió impecable.

 

—“Estás distinto.”— le dijo una compañera por la mañana —“Más… ordenado, más dinámico.” —

—“Aprendí a no desperdiciar energía.”— respondió él.

 

No era tristeza, tampoco resignación. Era foco. Todo lo que no fuera necesario quedaba afuera de su perspectiva. Se volvió más funcional, más correcto, más invisible. Nadie sospechaba nada. Nadie tenía motivos para hacerlo.

 

Y por primera vez en muchos años, fue feliz.

 

Cada noche, al cerrar los ojos, volvía a ella, que encarnaba la felicidad en forma de un sueño dulce y hermoso.

 

—“Estaba esperándote.”— le decía Eva, desde la casa que compartían, y que se había transformado paso a paso en su hogar.

 

—“Siempre llegaré a ti.”— respondía él—“No importa cuán largo sea mi día.” —

 

Se amaban sin miedo ni condiciones. No habían promesas de futuro, porque el futuro estaba construyéndose codo a codo, desplegado en esas noches compartidas.

 

—“No puedo vivir sin ti.”— le dijo ella una madrugada, con la voz baja y honesta de los enamorados.

 

—“Yo tampoco”— respondió sin dudarlo —“Si esto desaparece, desapareceré nuevamente.” —

 

No lo decía como una amenaza. Era una constatación serena que venía de su alma.

 

El día de la consulta llegó como cualquier otro. Se sentó en la sala de espera, hojeando una revista sin leerla. Tranquilo. Pleno. Entero.

Entonces la puerta se abrió.

 

Ella entró.

 

No la del sueño. No la figura nocturna. Era la mujer real. La del subte. La de los bares. La de los silencios compartidos sin palabras.

 

El impacto que recibió fue casi físico. Sintió un golpe seco en el pecho.

 

—“No.”— pensó —“No puede ser cierto.” —

 

Ella avanzó unos pasos y se sentó frente a él. Levantó la vista. Sus ojos se encontraron.

 

Y algo pasó en su interior.

 

No fue un reconocimiento explícito. Fue algo más intenso. Una certeza muda. Una vibración incómoda, intensa e inexplicable. Sintió como que ambos sabían que algo los unía y, al mismo tiempo, no tuvieran el permiso social para reconocerlo.

 

—“¿Tú…?”— estuvo a punto de decir. Pero no lo hizo.

 

Ella lo miró un segundo más de lo normal. Frunció apenas el ceño, como si buscara una palabra que no podía localizar entre sus pensamientos. Luego, bajó la vista.

 

La puerta del consultorio se abrió de nuevo.

 

—“Disculpe.”— dijo el doctor Rodwell al asomarse, mientras se dirigía a él—“Hoy no podré atenderte.” —

 

Él asintió, algo aturdido.

 

—“Surgió un imprevisto, lo siento.”— continuó el doctor —“¿Podemos para la semana próxima?”—

 

—“Sí… claro. No hay problema, Doctor.”— respondió mecánicamente, sin saber muy bien lo que decía.

 

Rodwell se giró hacia ella.

 

—“Eva, puede pasar.”— le indicó a la mujer.

 

Ella se levantó. Antes de entrar, volvió a mirarlo. Apenas un instante. Pero suficiente para dejarle la sensación de que algo había quedado suspendido entre ambos.

 

La puerta se cerró.

 

Él quedó solo en la sala de espera, mientras su corazón latía acelerado y su mente seguía en blanco.

 

—“No fue un sueño.”— se dijo a sí mismo esperanzado —“O tal vez si lo es… pero no exclusivamente mío.” —

 

Esa noche, cuando se acostó, durmió como nunca. Sin sobresaltos. Sin ansiedad. Con una calma profunda y absoluta.

 

Y por primera vez, no pudo saber si estaba soñando o estaba despierto.

 

FIN

 

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