domingo, 26 de marzo de 2023

Historia: "Western Futurista - Duna Roja"

 


Western Futurista

 

Duna Roja

por Rodriac Copen

 

La cantina no tenía nombre, o lo había perdido junto con el último intento de mantener su decencia. En Duna Roja las cosas no duraban demasiado: ni los letreros, ni las promesas. Ni la fe. El polvo del planeta Touclap entraba por las rendijas como un animal paciente, se apoyaba en las mesas, en los vasos de metal opaco, en las botas de los que ya no se levantaban rápido. Afuera, el desierto de óxido respiraba lento, como si escuchara.

Lyria Vance se sentó de espaldas a la pared. Por costumbre, había aprendido a cubrir sus espaldas. Miraba los reflejos en las botellas abolladas, leía las sombras periféricas antes que los rostros. Llevaba la chaqueta larga, remendada en los codos, y el arma de pulso bajo el brazo izquierdo. No era nueva; nada lo era en Touclap. La empuñadura del arma ostentaba marcas. En un pueblo de frontera como aquel, todos sabían lo que eso significaba.

Pidió alcohol destilado de algas. El cantinero se lo sirvió sin preguntar. Nadie preguntaba nada en Duna Roja. Preguntar a menudo era una forma rápida de morir en la frontera.

El predicador estaba allí. No necesitó verlo para saberlo. El aire cambiaba cuando entraba a un lugar: una especie de tensión viscosa apresaba al aire, como si las palabras se prepararan para obedecerle antes de ser pronunciadas. Lyria tocó con el pulgar el pequeño talismán que llevaba en el bolsillo interno: una cápsula vieja, con una ecografía impresa en polímero barato. Clara había querido guardarla. Y por eso Lyria la había conservado.

—"No creí que vinieras."— dijo una voz a la derecha de ella.

No se giró de inmediato. Bebió su trago. El alcohol raspó lentamente su garganta, fiel y honesto.

—"Nunca creíste muchas cosas."— respondió.

Él se sentó frente a ella sin pedir permiso. Estaba más flaco, la barba descuidada, los ojos con ese brillo sucio que no era locura sino cálculo. Los cobardes siempre calculan.

Vestía una túnica clara, ridícula para el lugar, pero nadie se reía. Él se llevó la mano al artefacto que colgaba bajo la tela, a la altura del esternón: era un emisor antiguo, de los que las corporaciones habían prohibido porque servían para reordenar patrones emocionales y mentales.

—"Lyria Vance."— dijo él, sonriendo —"La hermana fiel."—

Ella por fin levantó la vista del vaso. El desierto parecía haber entrado en sus ojos.

—"No uses su nombre, o te mueres."— dijo —"No habrá otra advertencia."—

Los parroquianos se dispersaron mientras el predicador apoyaba las manos sobre la mesa. Sus dedos estaban manchados de grasa y sangre seca. Milagros cotidianos.

—“Ella me eligió.”— dijo —“Todos eligen la verdad que quieren escuchar.” —

Lyria dejó lentamente el vaso. Afuera, una ráfaga de viento sacudió las chapas. Touclap estaba terraformado a medias, un error caro que nadie pudo arreglar. El cielo tenía un tono permanente gris pálido. El paisaje no perdonaba; solo esperaba.

—“Elegir no es lo mismo que ser empujada.”— dijo ella —“Y tú no predicas. Sintonizas.”— señaló el emisor de su pecho.

Él se encogió de hombros.

—“La fe siempre fue una frecuencia que se elige.” —

Algunas cabezas se giraron nerviosas. No porque el tema despertara interés, sino por miedo. Hablar del artefacto era un delito mortal.

—“Te reconocí apenas entraste.”— dijo el predicador ufanándose  —“Caminas como alguien que ya tomó su decisión.” —

Lyria pensó en Clara colgando del cuello de una viga podrida, en su habitación de la colonia. Pensó en las mujeres que había visto explotadas, los vientres creciendo sin saber por qué. Y la mirada vacía cuando el emisor se apagaba y la fe se iba como una fiebre mal resuelta.

—“Vine por ti.”— dijo —“La recompensa está bien, pero eso no es lo principal.” —

—“Nunca lo es.”— sonrió él —“¿Vas a matarme aquí? ¿Delante de todos?” —

Lyria acarició su arma y miró alrededor. Un chico asustado limpiando vasos con un trapo mugriento. Una mujer vieja con implantes oculares, observando sin ver. Dos mineros desfallecidos después de una larga jornada en la mina.

—“No.”— dijo —“Matarte sería fácil. Pero estéril.” —

El predicador ladeó la cabeza.

—“Entonces no sabes qué hacer conmigo.” —

—“Sí lo sé.”— respondió ella —“No tienes ningún futuro.” —

Él rió con una risa corta, confiada. Buscó el emisor para activarlo.

Lyria sacó del bolsillo un pequeño bloque metálico, viejo. Un inhibidor de campo. La luz de encendido estaba activa. Era una tecnología obsoleta, ilegal e inútil para casi todo. Pero no para esto.

El predicador intentó presionar frenéticamente una y otra vez el botón del artefacto.

Lyria se levantó mientras sacaba su arma, mientras el silencio cayó sobre el salón. Algunos paisanos parpadearon, como despertando de un sueño incómodo.

—“Esta vez no va a servirte.”— dijo Lyria —“Pero mi artefacto les ayudará a ellos.” — dijo mientras los clientes del salón despertaban del letargo.

Uno se levantó. Luego otro. Las mujeres primero. No gritaban ni lloraban. Solo caminaban.

El predicador retrocedió, mientras chocaba con una mesa. Buscó su arma bajo la túnica. Lyria fue más rápida. El disparo de pulso no lo mató; quemó su mano por completo. Él cayó, convulsionando, sin voz.

Lyria se acercó mientras se agachaba para que la escuchara.

—“Clara te amó.”— dijo —“Eso fue lo único real que tuviste.” —

Le dejó la ecografía sobre el pecho.

—“Vas a vivir todavía algunos momentos.”— continuó —“Lo suficiente para recordar.” —

Simplemente se retiró. Los colonos, ya despiertos, lo arrastraron fuera, hacia el desierto. Touclap se encargaría. El planeta siempre se encargaba.

Lyria salió de la cantina mientras el sol artificial comenzaba a apagarse. El cielo se volvió del color del óxido viejo. Caminó sola mientras Duna Roja seguía respirando. Mañana habría otro predicador, otro salvador, otra mentira bien afinada.

Guardó el inhibidor, la cápsula y no miró atrás.

La frontera solo recuerda a los que no se quedaron.



FIN


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