martes, 24 de febrero de 2026

Ciencia Ficcion Dura: "Vida Después de la Muerte ( Ensayo )"

 


Ciencia Ficcion Dura - Ensayo

La Vida Después de la Muerte
por Rodriac Copen


ADVERTENCIA: al abordar la finitud sin promesas ni consuelos sobrenaturales, puede aparecer lo que podríamos llamar el vértigo de mirar el abismo sin anestesia. No leas esto si puede ser doloroso para ti. No trato de herir ni de provocar, sino de pensar con serenidad una de las preguntas más difíciles que nos acompañan como especie.



La pregunta por la vida después de la muerte es, quizá, la más antigua de todas las preguntas humanas. Mucho antes de que existieran laboratorios, telescopios o aceleradores de partículas, el ser humano ya miraba el cuerpo inerte de sus muertos y se preguntaba: ¿es esto todo? ¿Se extingue aquí la conciencia? ¿O algo —llámese alma, espíritu, energía— continúa su viaje?

A lo largo de la historia, esa inquietud ha tomado múltiples formas.

Desde la religión, las grandes tradiciones han ofrecido mapas del más allá: el juicio final del cristianismo, los ciclos de reencarnación del hinduismo y el budismo, los campos de juncos del antiguo Egipto, el Valhalla nórdico. Cada sistema construyó una arquitectura moral en torno a la idea de trascendencia. La muerte no es un final sino una transición. La esperanza de continuidad que ofrece consuelo y, al mismo tiempo, orden social.

En el plano de las creencias personales, incluso quienes no adscriben a una religión formal suelen mantener alguna noción difusa de “algo más”: energías que persisten, almas que observan, señales desde el otro lado. Es interesante notar que la espiritualidad contemporánea tiende a desinstitucionalizar el más allá, pero no a negarlo. Cambia la narrativa; pero la necesidad permanece.

El espiritismo moderno, impulsado por figuras como Allan Kardec, intentó dar un barniz sistemático y casi metodológico a la comunicación con los muertos. Más tarde, la llamada comunicación transinstrumental —popularizada por investigadores como Konstantin Raudive— afirmó captar voces del más allá en grabaciones electrónicas. Sin embargo, los análisis científicos apuntaron reiteradamente a fenómenos como la pareidolia auditiva, interferencias de radio y sesgos de interpretación. Lo que parecía una voz consciente resultó ser ruido al que el cerebro otorgaba forma.

Los llamados viajes holísticos o experiencias extracorporales han sido estudiados bajo el prisma de la neurología. Estados alterados de conciencia, hipoxia, estimulación de ciertas áreas cerebrales y sustancias psicoactivas pueden inducir percepciones vívidas de “salir del cuerpo” o atravesar túneles luminosos. Para quien lo vive tiene una intensidad absoluta, pero allí la ciencia encuentra correlatos neurobiológicos claros.

La reencarnación, por su parte, ha sido investigada en casos anecdóticos de niños que afirman recordar vidas pasadas. Aunque algunos relatos son sorprendentes, hasta ahora ninguno ha superado el escrutinio riguroso que descarte sugestión, contaminación cultural, memoria reconstruida o simple coincidencia. La hipótesis extraordinaria requiere evidencia extraordinaria dicen los científicos; pero esa evidencia no ha llegado hasta nosotros.

En tiempos recientes, el médico español Manuel Segarra ha incursionado públicamente en reflexiones sobre la vida después de la muerte, del mismo modo que décadas atrás lo hizo el periodista argentino Víctor Sueiro. Ambos abordaron el tema desde relatos personales y testimoniales que buscan abrir una puerta a la trascendencia. Sin embargo, sus planteamientos, como ocurre con muchas narrativas de experiencias cercanas a la muerte, se apoyan más en la vivencia subjetiva y en la fe que en evidencia empírica reproducible bajo condiciones científicas estrictas.

En paralelo, las ideas de comunicación con planos astrales superiores, guías extraterrestres o varillas de radiestesia que “responden” a presencias invisibles han sido sistemáticamente examinadas en condiciones controladas. El resultado, una y otra vez, señala al efecto ideomotor, al autoengaño involuntario y a la tendencia humana a encontrar patrones donde no los hay.

Desde el punto de vista científico, la conclusión es sobria: no tenemos evidencia empírica verificable de que la conciencia sobreviva a la muerte cerebral. La mente, hasta donde sabemos, emerge de la actividad del cerebro. Cuando esa actividad cesa de manera irreversible, cesa también la experiencia subjetiva. No hay datos reproducibles que indiquen lo contrario.

Y sin embargo, la humanidad continúa creyendo.

Incluso quienes aceptamos que probablemente no haya nada más allá del final seguimos alimentando imaginarios de trascendencia en la ficción, el cine y la literatura. Novelas como "Memorias de un Mundo Muerto" o "El Rescate de la Benfold" —como tantas otras obras de ciencia ficción— exploran la persistencia de la conciencia, los ecos del pasado, la supervivencia de algo intangible. No porque constituyan evidencia, sino porque constituyen deseo.

¿Por qué esa necesidad?

Tal vez la respuesta resida en nuestra arquitectura biológica. El cerebro humano está diseñado para sobrevivir. Detecta amenazas, anticipa escenarios, construye narrativas causales. La idea de la propia inexistencia es cognitivamente inasimilable: no podemos imaginar la no-experiencia desde la experiencia. Esa limitación genera angustia existencial. Frente a ella, la promesa de continuidad actúa como un amortiguador psicológico.

También existe el temor: no solo a dejar de ser, sino a que todo esfuerzo, amor o dolor carezcan de sentido último. La trascendencia ofrece una extensión del significado. Si hay algo después, entonces la historia no termina abruptamente.

Pero el universo no parece diseñarse en función de nuestras necesidades emocionales. Las estrellas mueren. Las galaxias colisionan. La entropía avanza. Todo indica que vivimos en un cosmos donde el cambio y la extinción son reglas, no excepciones.

La ciencia, en su honestidad metodológica, no afirma dogmáticamente que “no hay nada”. Afirma algo más preciso y, a la vez, más incómodo: no tenemos evidencia de que haya algo. Y mientras no exista evidencia verificable, la hipótesis de una vida posterior permanece en el terreno de la creencia, no del conocimiento.

Quizá la pregunta final no sea por qué luchar contra lo definitivo, sino por qué nos cuesta aceptarlo. Tal vez la conciencia, ese fenómeno extraordinario surgido de la materia organizada, se rebela ante la idea de su propia disolución. O quizá simplemente somos una especie que necesita historias para habitar el misterio.

La conclusión científica es clara: hasta donde alcanza nuestra comprensión actual, la muerte es el fin de la experiencia individual. Más allá de ese umbral, no hemos encontrado nada. O no podemos llegar allí... O, sencillamente, no hay nada más allá del final.

Y tal vez, paradójicamente, sea esa finitud la que vuelve tan intensa y preciosa la breve luz de estar vivos.

Sea cual fuere la verdad, inevitablemente cada uno de nosotros la descubrirá en el instante final de su propia existencia.

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