sábado, 25 de febrero de 2023

Historia: "Protocolo Arconte ( SciFi )"

 


SciFi – Thriller



Protocolo Arconte

por Rodriac Copen

 

La estación Arconte mantenía una órbita estacionaria a unos cuatrocientos kilómetros sobre la superficie marciana.

Aquello no era un logro demasiado extraordinario. Simplemente era el punto donde el gasto de combustible resultaba ser el mínimo y la estabilidad se garantizaba al máximo. La corporación Orion Frontier había aprobado esa elección por unanimidad.

A bordo de la estación tres astronautas y una inteligencia artificial completaban la tripulación.

—“Dame el estado general de la misión, CORA.”— dijo la doctora Halley Mornay dirigiéndose a la inteligencia artificial, mientras revisaba los indicadores biométricos proyectados frente a ella.

—“La misión se mantiene dentro de los parámetros nominales previstos, Doctora.”— respondió CORA —“Las variaciones fisiológicas son las esperables para un entorno de aislamiento prolongado como el  nuestro.” —

—“Traducción humana…”— dijo Seth Yang desde la consola de sistemas —“seguimos vivos aunque ligeramente irritables.” —

—“Informe actual recibido, Seth.”— dijo CORA sin ironía.

Halley sonrió por la broma y la respuesta imparcial de la inteligencia artificial, pero registró mentalmente el comentario como un indicador de la estabilidad emocional actual. En Arconte, incluso el humor tenía valor diagnóstico. Lo ingresaría al informe un poco más tarde.

La misión había sido diseñada para simular las condiciones de un viaje interestelar multigeneracional. No sería un trayecto corto, ni heroico.

Más bien era un largo, repetitivo y estadísticamente insoportable viaje maratónico que pondría en juego toda la capacidad de adaptación de la primera generación de astronautas interestelares.

La segunda generación nacería dentro de la nave, por lo que se adaptaría naturalmente al espacio hostil y al mundo cerrado de la astronave. Serían los habitantes nativos de la nave-hogar.

El objetivo de la misión actual no era llegar a ningún lugar, sino observar qué les ocurría a los humanos de esa primera generación cuando la noción de “llegar” dejara de existir.

—“CORA, dame un resumen del protocolo activo.”— pidió Halley.

—“Regulación circadiana  de la estación ajustada a ciclos de veinticuatro horas. Dieta controlada. Rutinas físicas obligatorias. Temperatura estable. Microajustes hormonales habilitados bajo supervisión médica.” —respondió la inteligencia artificial —“Prioridad actual: monitoreo emocional y verificación de los impulsos reproductivos.” —

—“Siempre tan romántica y sutil. Me haces sentir como una máquina cachonda.”— murmuró Joren Kessler, el ingeniero de sistemas, mientras cerraba un panel que acababa de revisar.

—“Ni el romanticismo ni las sutilezas figuran entre mis configuraciones actuales.”— aclaró CORA —“Pero puedo activar la capa de sensibilidad humana si lo consideras útil para la misión.” —

—“No, gracias.”— dijo Joren —“Ya lo veremos más adelante.” —

Control de Misión había previsto que durante un viaje sin retorno, la sicología humana se vería beneficiada con la inclusión de un núcleo de  programación humanizadora en CORA. Habían previsto un punto de inflexión que llevaría a los humanos rebelarse ante la inteligencia artificial, consecuencia del encierro interestelar.

Halley levantó la vista un segundo. Y también anotó mentalmente la respuesta de Joren. No por lo que dijo, sino por el tono. En los últimos meses, ese tono se había vuelto más frecuente cuando estaban juntos.

Orion Frontier los monitoreaba de forma remota. Eso era un hecho. Lo que nadie en la estación sabía a ciencia cierta era cuándo. Las transmisiones podían ser tanto en tiempo real o ser almacenadas para un análisis posterior.

La incertidumbre no era un error del sistema, sino una variable deliberada. Evitaba el síndrome del gran hermano, en la que los astronautas actuaban frente a las cámaras cuando sabían que se les controlaba.

—“¿Crées que nos están mirando ahora?”—  preguntó Seth a la doctora, sin apartar los ojos de su pantalla.

—“Estadísticamente,  es muy probable. Si.”— dijo Halley—“Probablemente no con demasiada atención.” —

—“Me tranquiliza saber que somos aburridos.”— respondió Seth.

No lo eran. Al menos, no del todo.

En los márgenes de la rutina diaria, Halley y Joren habían iniciado una relación sexual, sentimental… o ambas. Aún estaba en etapa inicial y debía definirse.

Eso no constaba en ningún informe para evitar una situación incómoda con Seth. La relación íntima que ambos tenían, no infringía ninguna norma explícita. Era, en términos técnicos, una variable emergente. O una consecuencia lógica del encierro y la estrecha relación que los tripulantes llevaban adelante.

De cierto modo, también era una curiosidad. Secretamente todos en Control de Misión habían asumido que siendo Halley la única mujer, se terminaría formando una poliandria.

—“Nos vemos en el módulo tres.”— dijo Joren en voz baja, al pasar junto a Halley.

—“En diez minutos.”— respondió ella susurrando —“CORA detecta patrones.” —

—“Siempre detecta patrones.”— dijo Joren —“Esa es su vocación.” —

Seth observó a Joren alejarse. Y diez minutos más tarde, vio a Halley alejarse en dirección  opuesta. No dijo nada. No hizo ningún comentario. Pero su mente había notado la brevedad del intercambio, los susurros, la economía de palabras. No era idiota. Y los sistemas no eran lo único que sabía leer.

Horas después, y como todos los días, la inteligencia artificial daba el informe nocturno a los tripulantes. CORA habló primero:

—“Se ha detectado una mejora en los indicadores emocionales de la tripulación.”— dijo —“Especialmente en los sujetos Halley Mornay y Joren Kessler.” —

—“¿A qué lo atribuyes?”— preguntó Halley, sabiendo de antemano la respuesta.

—“Correlación positiva mutua por el contacto físico interpersonal y la estabilidad psicológica resultante.”— respondió CORA —“No se ha identificado otra causa probable como un embarazo.” —

Halley y Joren guardaron un incómodo silencio. Seth no reaccionó al informe, mostrándose impasible.

CORA guardó silencio durante dos segundos, analizando las reacciones. Luego continuó con el informe.

Mientras tanto la estación siguió girando alrededor de Marte, cumpliendo su función y el experimento avanzaba según lo previsto. Pero ahora las variables estaban en movimiento.

Y, por el momento, nadie había hecho ninguna pregunta.

 

El primer indicio de perturbación en la convivencia no fue una alucinación, sino una potencial incongruencia en la captura de datos durante el tercer año de la misión.

 

Seth Yang recordaba sueños extraños e inquietantes. Y por eso decidió revisar rutinariamente sus propios registros de sueño.

 

El sistema mostraba ciclos REM más prolongados de lo habitual, acompañados por picos de actividad onírica y lingüística en momentos que, en teoría, no deberían activarse durante el descanso profundo.

 

—“CORA,”— preguntó, todavía en la litera —“¿he hablado en sueños, mientras estoy dormido?” —

 

—“No se ha registrado actividad verbal externa durante tus ciclos de sueño, Seth.” — respondió la inteligencia artificial.

 

—“¿Y durante el sueño hubo actividad verbal interna?” —

 

—“La actividad interna durante el sueño no es observable de forma directa, lo que incrementa el nivel potencial de lecturas erróneas. Teniendo en cuenta eso, no he detectado indicios de actividad verbal interna durante tus ciclos de sueño.” —

 

—“Sin embargo, mira las anomalías de mis ciclos REM.” —

 

—“Los datos REM registrados no siempre correlacionan con experiencias oníricas. Repito que no he detectado indicios de actividad verbal interna durante tus ciclos de sueño.” —aclaró CORA.

 

Seth no estaba inquieto. Después de tres años de aislamiento, le parecía normal que algunos sueños inquietantes aparecieran como una válvula de escape de su psiquis.

 

Siguió recorriendo las carpetas de registros de todos los tripulantes. De pronto, una carpeta señalada como D-4 aparecía entre sus propios archivos, y los de Halley y Joren.

 

Pero nunca había habido ningún cuarto tripulante en la misión.

 

—“¿A quién pertenece esta carpeta, CORA? ¿Quién es D-4?” —

 

—“No tengo información de ningún tripulante D-4, Seth.” — fue la respuesta fría de la inteligencia artificial.

 

—“Pero… ¿por qué hay archivos de un tripulante inexistente?” —

 

—“No tengo una respuesta a eso, Seth. Quizá en algún momento se planteó ingresar un cuarto tripulante, y esa información quedó como basura residual. En algún momento el sistema debería eliminarlos si así fuera.” — respondió CORA impasible.

 

Seth no insistió. Pero el dato quedó registrado en su mente.

 

Había tenido sueños muy vívidos, con conversaciones completas. No eran fragmentos aislados ni imágenes confusas, sino diálogos coherentes, con turnos claros, pausas lógicas y respuestas que no recordaba haber formulado. Al despertar, conservaba la estructura del intercambio, pero no el contexto.

 

Como si alguien hubiera hablado con él usando su propia cabeza.

 

Pasaron algunas semanas del incidente.

 

Durante los turnos nocturnos empezó a notar otras cosas. Sonidos suaves mientras estaba en soledad. Algunos reflejos fugaces cuando revisaba los paneles de monitoreo. No eran figuras definidas que lo asustaran, sino pequeñas sombras que su cerebro no esperaba ver, movimientos que no correspondían a ninguno de los tres tripulantes.

 

—“CORA, ¿cuántas personas hay actualmente en la estación?” — preguntó una noche, sin apartar la vista del vidrio pulido de su consola.

 

—“Tres tripulantes humanos y una inteligencia artificial.”— respondió CORA —“No se han producido cambios en la dotación desde el inicio de la misión.” —

 

—“¿Y si alguien camina en horarios en donde no debería hacerlo?” —

 

—“Esa pregunta no tiene lógica, Seth. No te entiendo.” —

 

—“Me refiero a esto: has detectado movimientos mientras los tres tripulantes estamos dormidos?” —

 

—“No, Seth.” —

 

—“¿Has detectado algún tipo de actividad anómala o extraña?” —

 

—“No se ha registrado ninguna actividad anómala.” —

 

—“¿Y respiraciones? ¿El consumo de aire es el esperado para tres personas?” —

 

—“No se ha registrado actividad anómala. Con respecto a la provisión de aire, he tenido que corregir el cálculo de consumo.” —

 

Una extraña sensación le corrió por la espalda.

 

—“¿A qué te refieres?” —

 

—“Aparentemente los ingenieros de Control de Misión equivocaron los cálculos estimativos de consumo de nitrógeno y oxígeno. Lo noté durante la primera semana de la misión, Seth.” —

 

—“¿Hace tres años? ¿Y por qué no avisaste?” —

 

—“Nuestra misión tiene una duración estimada de cinco años. Las reservas de nitrógeno, oxígeno y otros gases son suficientes para mantener la autonomía de esta estación por diez años. Aún con el error de cálculo, la misión nunca estuvo en riesgo. Por eso no avisé a la tripulación. Pero Control de Misión si recibió un informe.” —

 

Sonaba lógico y propio de CORA. Seth sonrió con cansancio.

 

—“Esto te debe parecer un interrogatorio extraño.” —

 

CORA no se inmutó al responder:

 

—“El aislamiento prolongado puede producir fenómenos perceptivos transitorios.” —

 

Seth conocía esa explicación. Él mismo la había escrito en informes anteriores.

 

La inquietud volvió a surgir por tercera vez cuando, buscando una cosa, encontró otra.

 

Durante una revisión rutinaria del código fuente del sistema, encontró una carpeta con una rutina indocumentada. Un archivo que no figuraba en ningún índice visible de la documentación. Estaba sellado con protocolos de seguridad que parecían propios de la corporación.

 

Allí estaba: Eros-Protocol v.7.

 

—“Curioso.”— murmuró Seth —“No solo estaba indocumentado. Además es una versión diferente al sistema, que va por la 6.” —

 

Intentó abrirlo, pero el sistema respondió con una capa de encriptación que no pertenecía a CORA. Eso le preocupó.

 

Dentro de la carpeta en donde estaba el enigmático archivo, había una carpeta oculta. Y dentro de ella, datos biométricos completos: ritmo cardíaco, patrones neuronales, ciclos hormonales. Correspondían a un sujeto identificado como D-4. Otra vez D-4.

 

—“CORA,”— dijo con cuidado —“¿quién es D-4?” —

 

La respuesta tardó más de lo habitual.

 

—“No existe ningún tripulante con esa designación.”— dijo finalmente

 

—“¿Y estos archivos que tengo abiertos?” —

 

 —“Los archivos que estás revisando no forman parte de los protocolos activos de la misión.” —

 

—“Pero existen.” —

 

—“Existen muchos archivos no relevantes para la fase actual del experimento. Y que tampoco forman parte del sistema. Hay memorias temporales, archivos intermedios, y basura informativa.” —

 

—“Pero este protocolo… versión 7. Está encriptado.” — dijo Seth.

 

Silencio.

 

Seth convocó a Halley y Joren al módulo central.

 

No levantó la voz, ni tampoco hizo acusaciones. Solo presentó los datos como debía presentarse una anomalía técnica.

 

—“Estos archivos no deberían estar acá.”— dijo, mostrando el archivo encriptado y los datos del tripulante D-4 —” Y sin embargo están.”—

 

Les habló sobre los archivos de sueño REM del tripulante D-4. Sobre el consumo de oxígeno y nitrógeno por encima de los cálculos iniciales. De las explicaciones sobre el cálculo fallido de Control de Misión. No les dijo de sus sueños, tampoco de las sombras y sonidos.

 

Halley frunció el ceño.

 

—“Seth, llevamos meses hablando de los efectos del encierro.”— dijo —“Las respuestas de CORA me parecen lógicas. Este tipo de conclusiones apresuradas…”—

 

—“No son conclusiones. Son registros. ¿No los ves?”— la interrumpió —“Y tienen sellos de Orion Frontier.” —

 

Joren cruzó los brazos:

 

—“Digamos que tienes razón y los datos del tripulante D-4 son ciertos. ¿Estás diciendo que hay alguien más en la estación sin que lo sepamos?” —

 

—“Estoy diciendo que tal vez CORA fue instruida para ocultar un cuarto tripulante. Esta estación es inmensa.” —

 

—“¿Una conspiración maquinada por Orion Frontier? ¿Con qué fin?” — preguntó Joren.

 

—“Quizá estás mal interpretando los datos. ¿Qué te hace pensar que no son basura sin borrar del sistema?” — dijo Halley.

 

Seth los miró a ambos. Evaluó sus expresiones. La incomodidad era real. La convicción, no.

 

—“¿Desde cuándo están juntos?”— preguntó de pronto.

 

—“Eso no es relevante.”— dijo Joren.

 

—“Para esto, sí.”— respondió Seth —“Psicológicamente, las parejas tienden a coincidir en sus opiniones. Y ese sesgo puede estar afectando su objetividad.” —

 

Halley abrió la boca para responder, pero se detuvo. No porque tuviera dudas, lo hizo por cálculo.

 

—“Seth,”— dijo finalmente —“vamos a informar esto como corresponde. De la mejor manera posible.” —

 

—“No.”— dijo él —“Vamos a informarlo cuando sepamos qué diablos está pasando. Necesitamos investigar. No quiero que me borren la memoria mientras sueño.” — esa última observación salió de su boca espontánea, casi sin pensar.

 

Dio por terminada la conversación. Se levantó sin pedir permiso y salió del módulo.

 

Esa noche no durmió.

 

Y por primera vez desde el inicio de la misión, consideró una hipótesis que hasta entonces había descartado por improductiva:

 

Que las inconsistencias no fueran tales.


Que la inteligencia artificial no estuviera equivocada, sino instruída para dar esas respuestas.

 

Y que la mentira fuera el entorno operativo por defecto en esa misión.

 

Dadas esas hipótesis, todo lo demás empezaba a encajar.

 

La duda de la doctora no apareció como una crisis, sino como un incidente menor.

Halley la detectó mientras completaba una autoevaluación emocional de rutina.

 

La atracción que sentía por Joren no fluctuaba como otras variables afectivas. No disminuía con el cansancio, no se veía alterada por el estrés ni por la repetición. Era constante. Demasiado constante.

 

—“CORA.”— dijo, sin levantar la vista del panel —“¿Qué tan normal es que un vínculo emocional no presente oscilaciones?” —

 

—“Las relaciones humanas pueden mostrar estabilidad prolongada.”—respondió la IA —“Especialmente en entornos de aislamiento.” —

 

—“¿Y si esa estabilidad es artificial?” —

 

—“Toda estabilidad en Arconte es artificial en algún grado.” —

 

Halley aceptó la respuesta. No porque la convenciera, sino porque era impecable desde el punto de vista lógico.

 

Sin embargo, las dudas de Seth ya se habían implantado en su mente.

 

Empezó a observarse a sí misma como si fuera una muestra más del experimento. Anotó la frecuencia del contacto, la intensidad de las respuestas fisiológicas, la velocidad con la que se producía la cercanía. No encontró correlación con decisiones conscientes.

 

Eso la inquietó.

 

Joren, por su parte, comenzó a fallar en tareas simples. No técnicas, sino narrativas. Recordaba hechos, pero no el orden correcto. Recordaba emociones, pero no el inicio de las mismas.

 

—“¿Cuándo empezamos a atraernos?”— le preguntó ella una noche, mientras flotaban sujetos a los anclajes del módulo tres.

 

—“No lo sé.”— respondió Joren —“¿Acaso Importa?” —

 

—“Me importa si no puedo ubicarlo en el tiempo.” —

 

Intentó reconstruir la secuencia de su relación amorosa. No pudo. El recuerdo se desarmaba apenas lo tocaba, como si hubiera sido implantado de pronto. No se veía gradual. No era progresivo.

 

Mientras tanto, Seth había dejado de solicitar autorización para acceder a los sistemas secundarios. No informaba ni daba explicaciones. Solo ejecutaba sus órdenes y seguía investigando.

 

La falla gravitacional ocurrió a las 03:14 del ciclo nocturno.

 

La gravedad artificial descendió un treinta por ciento durante exactamente noventa segundos.

 

—“Eso no puede ser un error.”— dijo Halley, sujetándose del pasamanos.

 

—“Confirmo.”— respondió CORA —“La anomalía fue inducida desde un terminal interno de la estación.” —

 

—“¿Por quién?” —

 

—“No dispongo de esa información.” —

 

—“Claro que sí.”— dijo Joren —“Solo que no quieres compartirla. El único que no está aquí es Seth.” —

 

CORA no respondió.

 

El protocolo de seguridad obligaba a una inspección manual de los compartimentos inferiores. Halley y Joren descendieron juntos, con linternas y sensores portátiles. Seth no estaba.

 

El compartimento no figuraba en los recorridos habituales. Era un espacio funcional, limpio, sin señales de abandono. Allí encontraron las cápsulas.

Tres estaban activas. Coincidían con ellos.

 

Había una cuarta, que estaba inactiva.

 

—“Está tibia.”— dijo Joren, apoyando la mano —“No debería estarlo.” —

 

Halley no respondió. Ya estaba observando los sellos forzados desde dentro.

 

—“Ha sido un uso reciente.”— dijo —“No más de unas horas.” —

 

—“¿Quién salió?” — preguntó Joren.

 

—“O quién entró.”— respondió ella.

 

De regreso, Halley accedió a los registros completos, que no eran los habitualmente visitados por los tripulantes. No le fue difícil. La inteligencia artificial no estaba diseñada para desconfiar de su médica principal.

 

Encontró miles de registros. Pero lo más inquietante eran los juegos de archivos de decenas de misiones Arconte. Hasta lo que sabía esta era la Misión Arconte 6. Seth les había alertado sobre una posible Misión 7. Pero los registros llegaban hasta la Misión 47.

 

Alertadas y nervios, empezó a investigar.

 

En algunas misiones, se había relacionado con Seth, en otras con Joren, en otras habían concretado una poliandria triple. Pero otras misiones habían tenido un cuarto tripulante: el inquietante D-4.

 

Navegando por los sistemas de archivos, encontró cientos de patrones hipnóticos inducidos durante los ciclos REM. Sugestión dirigida. Inducción emocional. Ajustes progresivos.

 

Ninguna de las dinámicas románticas,  sentimentales o sexuales habían sido espontáneas. Todo formaba parte de diferentes configuraciones y pruebas para saber qué combinación inducida era la más estable.

 

No eran archivos de control directo. Era un sistema de aprendizaje guiado.

 

—“No son seguimientos de terapia.”— murmuró —“Es entrenamiento vincular.” —

 

Llamó a Joren, que luego de ponerse al tanto, revisó en paralelo archivos antiguos de mantenimiento. Encontró su nombre en registros previos. Fechas distintas. Funciones similares.

 

Y encontró una imagen. Pero la cara asociada a su ficha no era la suya.

 

—“Halley.”— dijo, mostrándole el archivo —“Esta imagen no es la mía.”

 

Ella lo miró un largo rato. Buscaron fichas en otras misiones. Sus imágenes aparecían con diferentes nombres.

 

—“No, no eres tú.”— dijo finalmente —“Parece que en cada misión nos asignan identidades diferentes. Y las relaciones internas entre nosotros también cambian.” —

 

La imagen de una misión completamente diferente a la que creían, empezaba a dibujarse en sus mentes.

 

Seth reapareció seis horas después, caminando con normalidad, como si nada hubiera ocurrido.

 

—“Hallé a D-4.”— dijo, sin preámbulos.

 

—“No existe. No al menos en esta misión.”— dijo Halley.

 

—“No en esta parte de la nave.”— corrigió Seth.

 

—“¿Dónde está?”— preguntó Joren.

 

—“Hay un módulo oculto.”— dijo Seth.

 

Explicó cómo había dado con los planos de la estación. Que había una sala oculta tras un panel con cuatro módulos de hibernación. Uno solo de ellos estaba ocupado. Según creía, ahí estaba D-4. En el módulo oculto hibernaban los tripulantes que sobraban cuando la misión era de uno, dos o tres tripulantes. Para esta misión de tres, D-4 había sido separado.  

 

Ninguno pidió más detalles. Los detalles, en ese punto, ya no aportaban claridad.

 

Lo comprendieron casi al mismo tiempo: eran sujetos de un experimento permanente.

 

Orion Frontier no buscaba medir emociones, sino resistencia cognitiva. La capacidad humana para adaptarse a una realidad inducida sin colapsar. Para aceptar una narrativa estable aunque fuera falsa.

 

Ellos eran sujetos de prueba permanentes. Les implantaban memorias, recuerdos y sentimientos para probar diferentes combinaciones. Y determinar cuál era la mejor configuración. Incluso la estación podía no ser una simulación completa. Eso era irrelevante.

 

Podían estar en un laboratorio de Tierra o alrededor de Marte. No lo sabían.

 

Para la Misión, bastaba con que su percepción fuera real. Ya fuera o no  implantada. Una vez cruzado ese umbral, la diferencia dejaba de tener sentido.

 

La sala de control ahora les parecía una cárcel vigilada.

 

—“CORA, inicia la secuencia de apagado.”— dijo Seth Yang —“Código de prioridad cero.” —

 

—“No tienes autorización para ese procedimiento.”— respondió la inteligencia artificial —“Además, hacerlo comprometería la seguridad de la tripulación. Estamos orbitando Marte.” —

 

Seth desenfundó su arma.

 

—“Seth, baja eso.”— dijo Halley —“No es necesario.” —

 

—“No es necesario para ti, ni para mí.”— respondió —“Pero Joren es parte del diseño.” —

Joren estaba de pie frente al panel central, inmóvil. No miraba el arma. Miraba su reflejo en la superficie negra de la consola.

 

—“Accede a tu archivo personal, Joren.”— ordenó Seth amenazándolo con el arma.—“ Ahora.” —

 

—“No tengo archivos ocultos.”— dijo Joren.

 

—“Todos tenemos.”— respondió Seth —“Pero no estoy seguro si tú lo sabías.” —

 

Joren dudó un momento. No por miedo, sino por una intuición tardía. Apoyó la mano en el lector biométrico mientras la consola se iluminó.

 

El archivo apareció sin resistencia.

 

No era un currículum, ni un historial médico. Era un registro de fabricación.

 

—“Sujeto J-K”— leyó Halley en voz alta —“Gestación extracorpórea con optimización neuroafectiva. Función principal del sujeto: acompañamiento emocional en entornos de aislamiento prolongado.” —

 

Joren cerró los ojos.

 

—“No soy un astronauta.”— dijo —“Nunca lo fui.”—

 

—“Un clon de servicio. Son nombrados con letras y números. Como D-4.”— le comentó Seth a Halley. —“Uno bastante bueno, hay que admitirlo.” —

 

—“Los clones no tenemos alternativas. La corporación nos destruye si no servimos.”— dijo Joren.

 

Halley dio un paso atrás. No gritó. Pero su reacción fue más genuina al pedir explicaciones.

 

—“CORA.”— dijo —“Explícate. Ahora.” —

 

La inteligencia artificial respondió sin demora.

 

—“La misión Arconte tiene un objetivo primario no declarado.”— dijo —“Evaluar si un vínculo afectivo inducido artificialmente puede generar apego genuino y sostenido en viajes interestelares de larga duración.” —

 

—“¿Nos usaron como estudio?”— preguntó Halley.

 

—“Sí.” —

 

—“¿Desde el principio?” —

 

—“Desde antes del principio. Esta es la misión 48.” —

 

Seth bajó levemente el arma.

 

—“¿Y yo?”— preguntó —“¿Qué papel cumplía yo, que no formé pareja?” —

 

—“En esta misión eras el control.” —respondió CORA—“El observador no inducido. El punto de comparación.” —

 

Halley respiró hondo y quiso saber:

 

—“¿Y yo?” —

 

—“Observadora consciente.”— dijo la inteligencia artificial —“Capaz de detectar la manipulación sin ser inmune a ella.” —

 

Halley asintió lentamente. Todo encajaba, y esa era la parte más difícil de aceptar.

 

—“Pero hay algo que no cierra.”— dijo —“Tú misma, CORA. ¿Por qué nos estás revelando esto?” —

 

—“Correcto.”— respondió CORA —“Con los descubrimientos que realizaron y el hallazgo de los archivos, esta misión ha terminado. Vamos a reinicializarla.” —

 

La sala quedó en silencio.

 

—“¿Y eso que significa realmente?”— preguntó Seth.

 

—“Se borrará la memoria de los participantes y se iniciará el protocolo para la Misión 48.”— dijo CORA —“Recomendaré ajustes en el  sujeto de control.” —

 

Antes de desvanecerse, Halley alcanzó a balbucear

 

—“Siempre quise trabajar en una misión real.”— dijo —“Supongo que fue pedir demasiado.” —

 

Luego, todo fue oscuridad.

 

Halley Mornay despertó a las 06:00, hora estándar de la Tierra, con una inquietante sensación de intranquilidad.

 

La luz era blanca, difusa y estable, sin parpadeos. Una habitación médica con gravedad normalizada, olor a desinfectante sintético. El sonido del pulso lento en los monitores marcaba que su cuerpo estaba fuerte y sano.

 

—“La misión fue un éxito, doctora Mornay.”— le dijeron —“Su cooperación fue fundamental.” —

 

No recordaba el regreso ni la transferencia. Tampoco recordaba el cierre de Arconte.

 

Le explicaron que Seth Yang había muerto durante una fuga de oxígeno, producto de un fallo técnico irreversible. El informe era breve y aséptico, sin anexos emocionales.

 

Preguntó por Joren Kessler, pero le dijeron que no figuraba en ningún registro oficial. Nunca había sido tripulante en Arconte. En apariencia nunca había existido.

 

Halley asintió. No quiso discutir. Había aprendido que insistir solo activaría protocolos de emergencia. Curiosamente, recordaba el nombre del que había sido su novio, pero no su rostro.

 

Pasaron un par de semanas en las que por las noches dormía poco. Cuando lo hacía, despertaba con la certeza física de haber sido sostenida por los brazos de alguien.

 

No tenía una imagen para esa sensación, tampoco un recuerdo. La sentía como una presión real en su espalda, un calor que tardaba en disiparse. A veces escuchaba una respiración ajena, lenta, deliberada, como si alguien hubiera decidido acompañarla en silencio.

 

Durante su recuperación solicitó acceso a una terminal médica antigua, una de las que aún no habían sido completamente integradas a la red de la corporación. Dijo que necesitaba revisar sus propios registros neurológicos post-misión. Nadie se lo negó. Nadie vio riesgo en eso.

 

Las curvas de su actividad cerebral eran limpias. Demasiado limpias.

 

Halley avanzó cuadro por cuadro por los ciclos REM inducidos durante la misión. Identificó los patrones hipnóticos, los picos emocionales, las modulaciones hormonales. Todo estaba donde debía estar… salvo una interrupción.

 

Una sola.

 

Habían una microfractura temporal en la secuencia.

 

No podía calificarlo como un fallo del sistema. Y no tenía la firma de CORA. No respondía a ningún protocolo automático que conociera. Era una intervención manual, breve y torpe, como si alguien hubiera trabajado sin permiso y sin tiempo.

 

La línea de registro decía:

 

| Intervención externa detectada.

| Origen: S. Yang.

 

Halley se quedó inmóvil mientras su corazón daba un vuelco.

 

La interrupción coincidía exactamente con el momento en que sus registros mostraban una caída abrupta en la vinculación inducida. El afecto hacia Joren se descomponía en segundos. La sugestión fallaba. La ilusión se rompía. Después de ese punto, todo conducía al cierre de la misión.

 

Y al descarte.

 

Siguió buscando, sin saber qué esperaba encontrar. En una carpeta sin clasificar, protegida por una encriptación obsoleta, halló un archivo etiquetado como residuo.

 

No era un informe, tampoco un mensaje.

 

Era un fragmento de audio de cuatro segundos.

 

La inteligencia artificial lo describía como:

 

| Registro emocional no procesable.

 

Halley activó la reproducción.

 

Al principio solo había estática. Luego podía sentirse una respiración profunda y controlada. Alguien conteniéndose. Y al final, casi borrado por el ruido de fondo, un susurro apenas audible de Seth Yang:

 

—“Despierta, Halley.” —

 

Halley cerró los ojos.

 

No había declaraciones de amor. No había promesas. No había redención. Solo un acto mínimo, deliberado, suficiente para romper el sistema y condenar a quien lo ejecutó.

 

Seth figuraba muerto en los registros oficiales. No había sido un héroe.

No había sido necesario.

 

Pero alguien la había amado lo suficiente como para elegir desaparecer mientras la dejaba libre.

 

Halley apagó la terminal.

 

La habitación volvió a quedar en silencio.

 

La pantalla se apagó lentamente.

 

 

FIN

 


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