jueves, 16 de febrero de 2023

Historia: "La Huésped Del Faro ( Los Misterios de Graciela Calvert )"

 


Los Misterios de Graciela Calvert

 

La Huésped del Faro

por Rodriac Copen

 

La casa de Belakamain y Marcos Zar seguía oliendo como siempre.

 

Graciela notó el aroma de su hogar apenas cruzó la puerta: madera vieja, humedad fría. Cerró detrás de sí con dos vueltas de llave, como hacía su madre, y apoyó la espalda en la puerta unos segundos. Afuera, Ushuaia seguía siendo Ushuaia: viento bajo, cielo plomizo, ese silencio particular que no es ausencia de ruido sino una suma de cosas lejanas.

 

Había viajado sola.

 

—“Necesito unos días.”— le había dicho a Elías, su novio —“Nada grave. Trabajo, cansancio… ya sabés.” —

 

—“¿Cuántos días te vas?” —

 

—“No sé. Los que hagan falta.” —

 

Él había guardado silencio. No era la primera vez que Graciela se iba de improviso, pero esta vez parecía algo distinto. Como si hubiera algo que no le terminaba de decir.

 

Ahora, en la casa de toda su vida, dejó la valija en el pasillo y caminó hasta la ventana del living. El barrio estaba igual que siempre: casas bajas, cercos torcidos, un perro dormido bajo un auto. Todo era familiar y, sin embargo, algo no encajaba. Como si ella fuera una visitante en su propio recuerdo.

 

Se sentó en el sillón sin prender la luz.

 

El caso del Edificio Sin Piso 7 seguía ahí, latiendo. No por lo que había descubierto, sino por lo que no había podido cerrar. Y, sobre todo, por  Gabriel.

 

Gabriel no figuraba en ningún lado.

 

Ni en redes sociales, ni en registros, ni en números antiguos de teléfono. Tres noches de intimidad que la habían desarmado. Conversaciones largas, silencios compartidos, una entrega que no puede improvisarse. Después… nada.

Se sorprendió preguntándose si no había sido una invención suya. ¿Y si no había pasado nada, salvo en su cabeza?

La idea de que todo hubiera sido imaginado empezó a resultarle peligrosamente verosímil. ¿En qué momento un recuerdo deja de ser prueba y se vuelve sospecha?

 

La casa permanecía en silencio cuando Graciela marcó el número de Lorena. Afuera, el viento golpeaba las ventanas con una paciencia antigua, como si conociera el ritmo exacto para no cansarse nunca.

 

—“¿Cuándo llegaste?”— preguntó Lorena apenas atendió

 

—“Apenas hace un rato. La casa sigue en pie… y yo también.”—

 

—“Eso es un alivio doble.”— dijo Lorena —“Silvina dice que quiere verte hoy. Que vengas a cenar.”—

 

—“¿Hoy?” —

 

—“Sí. Pizza, empanadas, gente dando vueltas. Nada solemne.” —

 

Graciela miró alrededor. Las paredes parecían observarla con una atención discreta.

 

—“Me vendrá bien.”— respondió —“Decile que voy.” —

 

La casa de Silvina, sobre la calle Walanika, estaba iluminada como un faro doméstico. Música baja, risas superpuestas, el olor inequívoco de comida recién abierta de una caja de cartón. Graciela entró y enseguida la rodearon abrazos.

 

—“¡Miren quién volvió de Buenos Aires!” — dijo alguien.

 

—“No me critiques, que vengo bastante seguido.”— respondió ella, sonriendo.

 

Amigos y conocidos de toda la vida se habían reunido a pasarla bien.

 

Se sentó entre Lorena y Silvina. En la mesa habían bandejitas con empanadas, vasos de plástico, una pizza a la mitad.

 

—“Estás distinta.”— dijo Silvina, observándola —“No sé si cansada o… no sé.” —

 

—“El viaje. Estoy cansada, eso pasa.”— contestó Graciela.

 

—“Debe ser.”— opinó Lorena —“¿Cuánto te quedás?” —

 

—“Unos días. Tal vez más.” —

 

—“¿Vacaciones?”— preguntó el padre de Silvina desde el otro lado de la mesa.

 

Graciela dudó apenas un segundo.

 

—“Trabajo.”— dijo —“O algo parecido.” —

 

—“¿Otra de tus investigaciones raras?”— sonrió Silvina.

 

—“Algo así. Estoy pensando en armar un artículo para el podcast. Misterios, leyendas urbanas… me pareció buena idea usar algo de Ushuaia.” —

 

Las miradas cambiaron. No de sorpresa, sino de interés.

 

—“Entonces llegaste al lugar indicado.”— dijo Lorena, apoyando los codos en la mesa —“Acá sobran historias.” —

 

—“Sí, pero casi todas exageradas.”— dijo alguien —“Fantasmas, luces, esas cosas.” —

 

—“No todas.”— replicó Lorena —“¿Nunca escucharon lo del cementerio del Faro del Fin del Mundo?” —

 

Graciela levantó la vista.

 

—“No me acuerdo.”— dijo —“¿Qué cementerio?” —

 

—“¿Pero qué te paso? ¡Te aporteñaste! Lo contábamos en el colegio ¿No te acordás?”— explicó Lorena —“Está en la Isla de los Estados, cerca del faro original. Ahí enterraban a presos, marinos, gente que no volvía.” —

 

—“Pero eso no es una leyenda.”— dijo Silvina —“Eso pasó.” —

 

—“Si, claro. Pero lo extraño no es el cementerio.”— continuó Lorena —“Lo raro es lo que dicen que pasa alrededor.” —

 

—“Siempre dicen cosas.”— opinó alguien más —“El sur tiene fama de inventar.” —

 

Lorena negó con la cabeza.

 

—“Mi tío estuvo acompañando a unos científicos allá, en la Isla de los Estados. Juró que vieron a un fantasma de noche. No me acuerdo bien como fue.” —

 

—“¿No habrá sido un guardaparque?”— preguntó Graciela, con cuidado.

 

—“Creo que no habían guardaparques en ese momento. Si te digo algo, te miento. Pero mi tío volvió medio asustadito.” —

 

El ruido de la conversación bajó un poquito, como si alguien hubiera cerrado una ventana invisible.

 

—“¿Y el faro?”— preguntó Graciela —“¿Qué dicen del faro?” —

 

Silvina se encogió de hombros.

 

—“Luces de noche. Que parece encendido cuando no debería. Cosas así.” —

 

—“Eso pasa en todos los faros.”— dijo alguien —“Reflejos, niebla.” —

 

—“Puede ser.”— admitió Lorena —“Pero igual… hay varias historias para tu podcast.” —

 

Graciela tomó un sorbo de cerveza. Sentía una atención nueva, incómoda, como si hubiera dicho algo que no debía.

 

—“No sé.”— dijo —“El faro tiene algo. Siempre lo tuvo.” —

 

—“A vos siempre te gustaron los lugares así.”— sonrió Silvina —“Los que parecen mirar de vuelta.” —

 

Se rieron.

 

—“Si vas a hacer algo para el podcast,”— añadió Lorena —“ese lugar tiene material de sobra. Pero no es turístico, no va cualquiera. Eso ya dice algo.” —

 

—“¿Y vos irías?”— preguntó Graciela.

 

Lorena la miró unos segundos antes de responder.

 

—“No creo.” —

 

La música subió un poco. Alguien cambió el tema. La conversación derivó hacia anécdotas más livianas, pero Graciela ya no estaba del todo ahí.

 

Pensaba en la palabra cementerio. En la idea de un faro que ya no cumplía su función, pero que seguía en pie.

 

Cuando se despidió, Silvina la acompañó hasta la puerta.

 

—“¿Estás bien?”— le preguntó.

 

—“Sí. Solo… cansada.” —

 

—“Si vas a meterte en esas cosas de fantasmas,”— dijo Silvina —“avisá.” —

 

—“Siempre aviso.”— respondió Graciela, aunque no estaba segura de que fuera cierto.

 

Caminó de regreso a su casa con el viento de frente. Las luces de la calle Walanika parecían estirarse sobre el asfalto mojado. Pensó en el faro. En el cementerio. En un lugar donde la imaginación volaba en medio de la oscuridad.

 

Al llegar a casa, cerró la puerta con llave. El silencio volvió a acomodar las ideas.

 

—“Tal vez sea una buena historia.”— murmuró.

 

No había nadie para responder. Pero por primera vez desde que había llegado, Graciela tuvo la impresión de que no estaba sola.

 

Los trámites empezaron como empiezan todas las cosas que parecen simples: llamadas, oficinas. Buscando alguien que tuviera un poco de información.

 

—“Isla de los Estados.”— repitió una voz del otro lado del teléfono —“No es algo común. Y no está abierta al turismo.” —

 

Graciela sostenía el teléfono con el hombro, rodeada de papeles viejos en la mesa de la cocina. Formularios impresos, notas a mano, direcciones subrayadas.

 

—“Pero no busco turismo.”— dijo —“Es para un trabajo.”—

 

—“¿Un documental?”— preguntaron.

 

—“Una nota periodística, informativa. Para un medio de Buenos Aires. Un podcast.” — se apresuró a aclarar.

 

La mujer suspiró antes de continuar.

 

—“La isla es reserva natural protegida. Con acceso restringido. Necesita permisos especiales.” —

 

—“¿De quién?” —

 

—“De Parques Nacionales y de la Armada, que patrulla.” —

 

Graciela anotó sin mirar.

 

—“¿Y una vez que tenga los permisos?” —

 

Hubo una breve pausa.

 

—“Si se lo dan… no puede ir sola.” —

 

—“¿Cómo que no?”

 

—“Bueno, primero porque el lugar es muy inaccesible, señorita. No hay guardaparques permanentes. Y segundo no se autoriza el ingreso individual.” —

 

Graciela miró por la ventana. El cielo estaba bajo, cargado, como si Ushuaia se encorvara sobre sí misma.

 

—“¿Entonces?” —

 

—“Necesita contratar un acompañante habilitado. Operador o guía autorizado.” —

 

La llamada terminó con una lista de correos electrónicos y números internos. Graciela colgó despacio. No sentía frustración, sino otra cosa: una resistencia sorda, como si el lugar se defendiera incluso antes de ser nombrado.

 

Durante los días siguientes, su rutina se volvió administrativa. Correos que no le respondían, teléfonos que derivaban a otros teléfonos, oficinas donde nadie parecía tener la información completa.

 

—“Eso lo ve la Armada.” —

 

—“No, eso es Parques.” —

 

—Eso depende del clima… y del criterio de la guardia de turno.” —

 

Una tarde, en una oficina pequeña con olor a café, un hombre de uniforme revisó sus papeles en silencio. Tenía el pelo gris y los anteojos colgados del cuello.

 

—“¿Periodismo o Documental?”— preguntó sin levantar la vista.

 

—“Algo así. Un reportaje podcast pero con videos y fotos.” —

 

—“¿Usted sola?” —

 

—“No necesariamente. Si es necesario puedo conseguir compañía.” —

 

El hombre dejó los papeles sobre el escritorio.

 

—“No, no es por eso. Es que no es un lugar para improvisar.”— dijo —“Es complicado llegar y la isla no perdona errores. ¿Tiene su propio bote?” —

 

—“No pienso improvisar. Y no, no tengo bote” —

 

—“No se puede llegar allá con cualquier bote. Necesita un bote con cierta envergadura.” —

 

El suboficial se sacó los anteojos y la miró a los ojos por primera vez. Sus ojos eran claros, cansados.

 

—“¿Sabe cuántos pedidos como el suyo vemos por año?” —

 

—“No.” —

 

—“Muy pocos. Y casi ninguno prospera.” —

 

—“¿Por qué?” —

 

—“Porque la mayoría no entiende muy bien lo que pide.” —

 

Graciela sostuvo la mirada.

 

—“Yo quiero entenderlo.” —

 

El hombre dudó un segundo. Luego, bajó la voz.

 

—“Si insiste… para que la autoricen, necesita contratar a alguien con experiencia. Alguien habilitado.” —

 

—“Eso me dijeron.” —

 

—“No hay muchos. Porque tampoco tienen los botes de envergadura que se necesitan. No es una excursión cualquiera.” —

 

Abrió un cajón, sacó una libreta vieja y escribió un nombre.

 

—“Este hombre.”— dijo, girando el papel hacia ella —“Es un ex militar, retirado. Tiene autorización para acompañar contingentes científicos.” —

 

Graciela leyó el nombre. Decía Raúl Figueroa. Y un número.

 

—“¿Y acompaña periodistas?” —

 

—“Acompaña a gente seria. Y usted me parece seria, por eso le paso su nombre.”— respondió el suboficial—“Si él acepta, el resto se puede destrabar.” —

 

—“¿Por qué me ayuda?”—

 

El hombre se encogió de hombros.

 

—“Porque la isla no se le muestra a cualquiera. Es riesgoso llegar. Y porque… si este hombre le acompaña, la excursión tiene buenas posibilidades de salir bien. Es un tipo cuidadoso.”—

 

Guardó la libreta.

 

—“No diga que le pasé el contacto. Van a pensar que cobro una comisión.” —

 

—“No lo haré. Gracias.” —

 

—“Y una cosa más.” —

 

Graciela se detuvo en la puerta.

 

—“¿Sí?” —

 

—“Haga un lindo reportaje.” — le dijo el suboficial sonriendo.

Ella salió a la calle con el papel doblado en el bolsillo. El viento le golpeó la cara con fuerza. Caminó unas cuadras sin apuro. Esa noche, llamó al número.

 

Atendieron después del cuarto tono.

 

—“¿Sí?”

 

La voz era grave, medida.

 

—“Busco a Raúl Figueroa.”— dijo el nombre —“Me dieron este contacto en la Armada.” —

 

Hubo un breve silencio. Luego:

 

—“¿Quién?” —

 

—“Un suboficial. Dijo que usted acompaña científicos en excursiones.” —

 

—“¿Y usted organiza una expedición?” —

 

Graciela pensó unos segundos.

 

—“Lo mío es más humilde. Quiero ir al faro del Fin del Mundo. Pero me dijeron que usted puede llevarme y traerme segura.”—

 

Del otro lado, una respiración lenta.

 

—“¿A la Isla de los Estados? Porque si quiere ir al falso faro del fin del mundo, cualquiera la puede llevar.” — dijo el hombre.

 

—“Si, eso lo tengo claro. Quiero ir a la Isla de los Estados.” —

—“¿Y sabe lo que eso implica?” —

 

—“Eso estoy tratando de averiguar.” —

 

El hombre exhaló, como si sonriera sin hacerlo.

 

—“Pase mañana por el puerto. A las diez.” —

 

—“¿Para qué?” —

 

—“Para que vea el tamaño de mi bote. Y entienda mis tarifas.” —

 

—“¿Y si llegamos a un acuerdo?” —

 

—“Entonces hablaremos de permisos.” —

 

La llamada se cortó.

 

Graciela se quedó mirando el teléfono apagado. No sintió alivio ni entusiasmo. Solo una certeza incómoda: estaba por cruzar un puente invisible.

 

Afuera, el viento volvió a golpear la casa. Y por primera vez desde que había empezado con los trámites, tuvo la impresión de que alguien —o algo— ya estaba al tanto de su insistencia.

 

Después de ver el bote, Raúl Figueroa la llevó a un bar pequeño, frente al puerto. Un lugar sin pretensiones, con mesas de madera gastada y ventanas empañadas por el contraste entre el frío de afuera y el café hirviendo de adentro.

 

Se sentaron cerca de la ventana. Desde allí, Graciela observó los barcos amarrados, balanceándose con una paciencia pesada. Pensó que todos parecían cansados.

 

Raúl Figueroa no parecía un ex militar en el sentido cinematográfico del término. Era un hombre de unos sesenta años, barba corta entrecana, campera gruesa, mirada clara. Sonreía con una amabilidad sin esfuerzo.

 

—“La zona de la Isla de los Estados está azotada por vientos bravos. El mar ahí no avisa. Siempre fue así.”—

 

—“¿Siempre?”— preguntó Graciela.

 

—“Desde que hay registros.”— respondió —“Y desde antes, seguramente. Es una zona ligada al auxilio de naufragios. O lo fue. Muchas costas traicioneras.” —

 

Dijo traicioneras como quien habla de una persona.

 

—“¿Hubo muchos?”— preguntó ella.

 

—“Muchos naufragios.”— confirmó —“Y no todos con supervivientes.” —

 

El mozo dejó dos cafés. El vapor subió entre ellos como una tercera presencia.

 

—“También escuché historias, como todos.”— continuó Raúl —“Cosas que no figuran en los informes.” —

 

—“¿Qué tipo de cosas?” —

 

Raúl sonrió apenas.

 

—“Luces, presencias. En noches de tormenta sobre todo. Luces que no coinciden con el faro real. En los pueblos costeros abundan las historias de terror. Y de ánimas.” —

 

—“¿Y usted las cree?” —

 

—“Cuentos de viejas. Pero algunas no tienen explicación... hay que decirlo.” —

 

Graciela sostuvo la taza entre las manos.

 

—“¿Y usted? ¿Esto es lo que hace? Excursiones?” —

 

—“Tuve la suerte de poder comprar un buen bote, como vió antes de entrar acá. Y conozco la zona bien.”— respondió.

 

Hizo una pausa breve, como si midiera el peso de lo siguiente.

 

—“La gente del sur habla de almas de náufragos errantes. De marineros que no encontraron puerto.”— dijo el marino.

 

—“¿Y usted cree en eso?”—

 

Raúl se encogió de hombros.

 

—“¿Y las historias? ¿Las cree?” — insistió Graciela.

 

—“Yo no interpreto. Pero escucho lo que dicen los demás. Creo que el mar devuelve cosas. A veces personas. A veces historias.”—

 

Graciela no dijo nada. Afuera, una ráfaga de viento sacudió los mástiles de los botes atracados.

 

—“También se dice”— añadió Raúl —“que algunas tormentas abren entradas. A realidades que no son la nuestra. O que lo fueron.” —

 

Graciela lo miró con atención.

 

—“Habla como si hubiera estado ahí.” —

 

—“Estuve varias veces en problemas.”— respondió —“Lo suficiente como para no subestimar el lugar.”—

 

Se recostó en la silla.

 

—“Por eso tengo que ser claro.”— dijo —“No es una excursión común. Tengo un patrullero adaptado, casco reforzado, buen alcance. Pero no voy solo.” —

 

—“Me dijeron que llevaría más gente.” —

 

—“Si. Dos hombres más.”— confirmó —“Por el tamaño de la embarcación y por lo peligroso del destino. Eso no es negociable.”—

 

—“Bien.”— dijo Graciela.

 

Raúl sacó un cuaderno y lo abrió.

 

—“La travesía es de más de doscientos kilómetros. Con buen clima, unas veinticuatro horas. Si el tiempo se pone caprichoso, cuarenta y ocho. Lo mismo para volver.” —

 

—“¿Y si el clima empeora allá?”—

 

Raúl cerró el cuaderno.

 

—“Entonces se espera.” —

 

Dijo se espera como si fuera una ley natural.

 

—“Hablemos de números.”— agregó ella.

 

Lo hicieron. Sin regateos, sin dramatismo. Graciela notó que, mientras hablaban de dinero, Raúl no la miraba. Como si esa parte fuera secundaria. Cuando terminaron, él se levantó.

 

—“No hay marcha atrás por arrepentimiento. Si zarpamos, no hay devolución de dinero si decide abortar la expedición.” —

 

—“Lo suponía.” — dijo Graciela.

 

Raúl la observó unos segundos más, pero no dijo nada.

 

Se estrecharon la mano. Al salir, Graciela sintió el viento de frente, más fuerte que antes. Caminó unos pasos y miró hacia el puerto. Por un instante fugaz, tuvo la impresión de que una de las luces, a lo lejos, no estaba donde debería.

 

Parpadeó. La luz seguía ahí.

 

Y no supo por qué, pero tuvo la sensación que el viaje ya había comenzado.

  

Al día siguiente, Raúl llamó a las ocho en punto.

 

—“Mañana a primera hora.”— dijo, sin saludo previo —“El parte no anuncia tormenta, pero hay viento. Mucho.” —

 

—“¿Eso es bueno o malo?” —

 

—“Es lo que hay. Acá siempre hay viento, pero no hay tanto como para impedir zarpar.”—

 

Graciela miró la valija abierta sobre la cama.

 

—“Voy a estar.” —

 

El barco los recibió con un balanceo constante, incómodo. No era violento, pero tampoco permitía olvidar dónde estaban. Los dos marineros se movían con naturalidad, como si el oleaje fuera apenas un detalle del paisaje.

 

—“No se acostumbre.”— le dijo uno, ajustando una soga —“Hoy está de buen humor.” —

 

—“¿El mar?”— preguntó ella.

 

—“Se va a picar un poco más cuando lleguemos a destino.”— respondió el hombre, mientras miraba al horizonte.

 

El viaje se estiró más de lo esperado. No había tormenta, pero el viento empujaba desde un costado, obligando al barco a corregir rumbo una y otra vez. Graciela pasó buena parte del tiempo sentada, con la grabadora apagada, observando cómo el horizonte se deformaba lentamente.

 

—“Parece que nunca vamos a llegar.”— dijo en un momento.

 

Raúl, de pie junto al timón, no apartó la vista.

 

—“Esto no es un avión. Navegar tiene su tiempo. Es parte del lugar.” —

 

Cuando estaba llegando, fue casi un accidente visual. Una línea oscura, baja, difícil de distinguir del cielo.

 

—“Ahí está.”— dijo Raúl.

 

—“No parece… nada.” —

 

—“Eso, y el oleaje, es lo que vuelve peligrosa a esta costa.” —

 

Anclaron a una distancia prudente. El acuerdo era claro.

 

—“Unas horas.”— repitió Raúl —“Nada más.” —

 

—“Lo sé.” —

 

—“Si hay tormenta o el viento cambia, volvemos. Sin discutir.” —

 

Graciela asintió.

 

Bajaron al bote. Los marineros se quedaron a bordo, atentos, sin decir palabra. Si el oleaje aumentaba, entre los dos podrían maniobrar para alejarse sin peligro. El bote, con Graciela y Raúl, avanzó con esfuerzo entre las olas cortas. Al tocar tierra, la mujer sintió el suelo blando bajo las botas.

 

—“Cuidado con la turba.”— advirtió Raúl —“Engaña al pisar.”—

 

La caminata fue lenta. Una hora de pendientes suaves pero constantes, vegetación densa que obligaba a rodear, a medir cada paso. El viento no daba tregua.

 

—“¿Siempre es así?”— preguntó Graciela.

 

—“Siempre.”— respondió Raúl —“Incluso cuando parece que no.” —

 

El faro apareció de golpe, al final de una pequeña elevación. Sólido, discreto, casi tímido.

 

—“Lo reconstruyeron en el noventa y ocho.”— dijo Raúl.

 

Graciela sacó fotos desde distintos ángulos. Detalles de la puerta, de la estructura, del cielo plomizo detrás.

 

—“No parece un lugar abandonado”— comentó.

 

—“No lo está.”— dijo Raúl —“Solo algo… desatendido.” —

 

—“¿Cuál es la diferencia?” —

 

Raúl sonrió, pero no respondió.

 

Caminaron hacia el cementerio. Estaba a unos cientos de metros, lo suficientemente lejos como para sentirse separado, pero demasiado cerca para ignorarlo. Tenía cruces simples, restauradas, alineadas con una prolijidad que contrastaba con el entorno.

 

—“¿Eran todos presos?”— preguntó Graciela.

 

—“No.”— respondió Raúl —“Algunos si. Otros son marinos. Y otros nadie supo bien quiénes eran. De esos, no hay registros.” —

 

Graciela fotografió las cruces una por una. Luego vio el cúmulo de maderas viejas, amontonadas sin orden.

 

—“¿Eso qué es?”—

 

Raúl hizo un gesto indefinido.

 

—“Restos de las cruces originales.”— dijo —“El viento, la lluvia… ya sabe.” —

 

—“¿No las retiraron?” —

 

—“Supongo que las dejaron quedarse. Aquí pertenecen.” —

 

Graciela tomó una foto, acercándose lo suficiente para captar las vetas gastadas, los clavos oxidados.

 

—“Para documentar.”— dijo.

 

—“Claro.” —

 

El viento sopló más fuerte por un momento. Graciela tuvo la sensación de que algo, muy leve, se movía entre las cruces.

 

—“¿Escuchó eso?”— preguntó.

 

Raúl se detuvo.

 

—“El viento.”— dijo —“Siempre es el viento.” —

 

Ella guardó la cámara. Miró alrededor una vez más. El faro, el cementerio, la costa invisible más allá.

 

—“Creo que tengo lo que necesito.”— dijo finalmente.

 

Raúl asintió.

 

—“Entonces volvamos.” —

 

Se dieron media vuelta. Mientras caminaban de regreso, Graciela tuvo la extraña impresión como que el lugar los observaba retirarse, con una atención paciente.

 

No dijo nada.

 

La lluvia empezó como una insinuación, un golpeteo disperso sobre las camperas. Comieron rápido, sentados sin hablar demasiado.

 

—“No me gusta cómo está cerrando.”— dijo Raúl, mirando el cielo.

 

—“¿Tan rápido puede cambiar?”— preguntó Graciela.

 

—“Si.” — contestó, algo preocupado.

 

El viento subió de golpe. Primero un silbido, después una presión constante. La lluvia empezó algo más fuerte.

 

—“No volvemos así”— decidió Raúl —“Armamos un resguardo y esperamos un rato.” —

 

Se metieron en un matorral bajo, protegido apenas por un grupo de árboles retorcidos. Raúl empezó a tensar una lona.

 

—“Cuidado con ese árbol.”— le dijo a Graciela, señalando uno inclinado —“Está viejo. Las ramas…”—

 

No llegó a terminar la frase.

 

Un crujido seco, cercano. El viento empujó algo invisible y, de pronto, una rama gruesa se desprendió y golpeó a Raúl en la cabeza. El sonido fue opaco y definitivo. El hombre cayó de costado, sin un quejido.

 

—“¡Raúl!”— gritó Graciela, arrodillándose —“Raúl, ¿me escucha?” —

 

Nada.

 

Le temblaban las manos. Miró alrededor, como si el paisaje pudiera ofrecer una respuesta. El viento aullaba entre los árboles.

 

—“No… no.”— murmuró —“Esto no puede estar pasando.” —

 

—“¿Qué hacen aquí?” —

 

La voz la hizo girar de golpe.

 

Un hombre estaba de pie a pocos metros. Vestía un uniforme oscuro, prolijo, de corte antiguo. Gorro y botas gastadas.

 

—“Yo… “— Graciela se sintió aliviada mientras intentaba explicar —“Tenemos permisos. Hubo un accidente…”—

 

El hombre observó la escena con calma, como si evaluara algo más que sus palabras.

 

—“Este no es buen lugar para quedarse a la intemperie.”— dijo —“Menos con tormenta.” —

 

—“Él está herido.”— insistió ella —“Se golpeó la cabeza.” —

 

El hombre se acercó a Raúl. Se inclinó sin esfuerzo, lo revisó y luego lo tomó por los hombros.

 

—“No se preocupe. Se va a poner bien. Hay que llevarlo al faro.” —

 

—“¿Usted es… guardaparques?” —

 

El hombre tardó un segundo en responder.

 

—“Algo así.” —

 

—“¿Está autorizado?”— preguntó Graciela, casi sin pensar.

 

El hombre la miró, sorprendido. Luego sonrió apenas.

 

—“Hace mucho que nadie me pregunta eso.” —

 

Sin esperar respuesta, levantó a Raúl con una fuerza inesperada y comenzó a caminar. Graciela dudó un instante y lo siguió.

 

La lluvia se volvió más intensa. Llegaron a la puerta del faro. El hombre sacó una llave antigua, pesada. La cerradura cedió con un clic preciso.

Dentro, el aire era frío pero seco.

 

—“Pasaremos la noche aquí.”— dijo —“Mañana veremos.” —

 

—“¿Mañana?”— repitió Graciela —“El barco nos espera.” —

 

—“Acá, el mar y las tormentas son los que deciden.”— respondió él, cerrando la puerta.

 

Apoyaron a Raúl contra una pared. Seguía inconsciente, respirando lento. El hombre lo acomodó para que durmiera cómodamente.

 

—“¿Hace cuánto trabaja acá?”— preguntó Graciela.

 

El hombre se quitó el gorro con cuidado.

 

—“Desde antes que vinieran a restaurar.”— dijo —“Mucho antes.” —

 

—“¿Y… está solo?” —

 

—“Nunca del todo.” —

 

El viento golpeó el faro como si alguien probara la resistencia de las paredes.

 

—“Gracias.”— dijo Graciela —“Por ayudarnos.” —

 

El hombre la miró con atención.

 

—“Este lugar siempre devuelve algo,”— respondió —“No necesariamente lo que uno vino a buscar.” —

 

Graciela sintió un escalofrío. Afuera, la tormenta seguía creciendo. Dentro del faro, el tiempo parecía haberse detenido, como si la noche no tuviera apuro en pasar.

 

Raúl respiraba con regularidad, tranquilo. El hombre se arrodilló junto a él y le sostuvo la cabeza con cuidado, como si ya hubiera hecho eso muchas veces.

 

—“No te preocupes.”— le dijo a Graciela sin mirarla —“Se va a despertar con un chichón, pero bien. El golpe fue seco, pero no peligroso.” —

 

—“¿Está seguro?”— preguntó ella.

 

—“En estos lugares uno aprende a distinguirlos.” —

 

Afuera, la tormenta seguía golpeando, pero el sonido llegaba amortiguado.

 

—“Es mejor que duerma.”— dijo él —“El cuerpo sabe qué hacer.” —

 

Se sentaron. La luz era tenue, amarillenta.

 

—“Usted conoce bien esto.”— comentó Graciela —“El faro… el cementerio.” —

 

El hombre asintió.

 

—“Cada piedra tiene su lugar. Y cada lugar, su historia.” —

 

—“Hubo muchos naufragios.”—

 

—“Muchos.”— respondió —“Algunos nunca quedaron en los registros.” —

 

—“¿Y el cementerio?” —

 

—“Es pequeño.”— dijo —“Pero no hay registros de todos.”—

 

Graciela lo observó. Había algo en su forma de hablar, que le parecía una cadencia antigua, precisa.

 

—“¿Hace cuánto trabaja acá?”— preguntó.

 

El hombre sonrió apenas.

 

—“Mucho. Ya no cuento los años.”—

 

Ella no insistió. El silencio no resultaba incómodo. Escucharon el viento, el faro crujiendo como un organismo vivo.

 

—“¿Escucha eso?”— dijo él.

 

—“Es el viento.”—

 

—“A veces, sí.”—

 

Pasaron las horas así, entre frases sueltas y largos silencios. Raúl no se movió. Cuando la luz gris de la mañana entró por las ventanas, el hombre se puso de pie.

 

—“La tormenta pasó.”— dijo —“Yo debo irme.”—

 

Raúl abrió los ojos poco después, confundido.

 

—“¿Qué… pasó?”—

 

—“Se golpeó.”— dijo Graciela —“Pero ya está mejor.” —

 

El hombre le dio una llave a Graciela.

 

—“Cierre bien.”— le indicó.

 

—“Gracias.”— dijo ella —“¿Cómo es su nombre?”—

 

El hombre la miró con atención. Se lo dijo. Luego se fue.

 

Caminaron hasta el bote en silencio. Raúl estaba débil, pero consciente.

 

—“¿Quién era?”— preguntó.

 

—“Un guardaparque.”— dijo Graciela —“Creo.” —

 

—“Creí que no habían guardaparques aquí.”—

 

En Ushuaia, las autoridades los esperaban.

 

—“¿Un guardaparques?”— repitió uno —“No hay nadie asignado.”—

 

Graciela dijo el nombre. Nadie lo reconoció.

 

Buscó la llave. No estaba. Revisó una y otra vez el bolsillo interior de su campera.

 

—“Es imposible que la haya perdido.”— murmuró.

 

—“Debe ser el golpe, el cansancio.”— dijo alguien restándole importancia—“Un malentendido.” —

 

Raúl apenas recordaba voces, palabras sueltas, como oídas a través de agua.

 

Días después, en su casa, Graciela revisó las grabaciones. La voz del hombre no aparecía en ningún audio.

 

Pasó a las fotos. El cementerio. Las cruces. El cúmulo de tablas viejas.

Amplió la imagen. En una de las maderas, casi borradas por el tiempo, se distinguían dos letras: una inicial y un apellido.

 

El nombre que nadie conocía.

 

Graciela cerró la computadora despacio. Afuera, el viento soplaba como aquella noche. Y por primera vez, tuvo la certeza de que no todo lo que ayuda quiere ser encontrado.

FIN

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