Pulp Fiction
Motel Dalia Roja
por Rodriac Copen
El motel estaba ahí desde tiempos inmemoriales. Al costado de la autopista, era como un símbolo lujoso de un pasado que nadie se animaba a quitar. Tenía piscina, un pequeño parque, bonitas luces de neón, algunas palmeras y habitaciones limpias. No era nada lujoso, claro, tampoco miserable. Era un motel bonito, si no te quedabas a vacacionar demasiado tiempo.
Verónica Hale lo había heredado de su familia, a la que le había pertenecido desde siempre. Como hija única, era la propietaria y regente.
Y Luke Harper había heredado a… Verónica.
—“Apúrate con eso. ¿Qué esperas?” — dijo ella sin mirarlo—“El señor no tiene todo el día.” —
Luke levantó la vista. Verónica estaba apoyada en el mostrador, inclinada lo justo para que el cliente adinerado pudiera ver en el escote más de lo necesario.
El idiota sonreía como si el mundo fuera suyo.
—“Verónica…”— intentó protestar él.
Ella ni se dio vuelta.
—“¿Qué esperas?”— le ladró —“Toma la mochila del señor.” —
El cliente sonrió, burlesco. Luke tomó el equipaje. Pesaba algo más de lo normal.
Mientras caminaba hacia la habitación escuchó la voz de Verónica, clara, cínica y afilada:
—“Los empleados de ahora no valen la pena.” —
Luke siguió caminando mientras sentía su corazón encogerse un poco más. No le contestó a su novia, nunca lo hacía. Ya no valía la pena.
Conocía a Verónica desde la secundaria. Habían crecido juntos, se habían involucrado como novios y anhelaron cosas que nunca se cumplieron porque la vida, de algún modo, les había pasado por encima. Él había sido mecánico en una gasolinera vecina hasta que la cerraron. Y ella, naturalmente le había ofrecido trabajo en el motel.
—“Así estaremos juntos todo el tiempo.”— le había dicho —“¿No es eso lo que querías?” —
Pues no, no era exactamente eso.
De alguna manera tozuda, Luke se empecinaba en una relación que no funcionaba. Tenía un auto viejo que había heredado de su padre. Se había aferrado tanto a él que a veces se preguntaba si en verdad apreciaba al auto o le recordaba los buenos tiempos, cuando aún era un adolescente.
Algo parecido le pasaba con Verónica. Quizá seguía con ella por lo que representaba, no por lo que era.
Melissa Donovan llegó a ese pequeño mundo con la fiesta de la cosecha.
El festival de música, cerveza artesanal y concursos ridículos, era famoso en la región. El pueblo entero celebraba desde hacía mucho una riqueza que ahora era difícil de encontrar.
Para esas fechas los huéspedes solían invadir al pequeño motel. Viajantes sedientos de negocios, ocupaban las habitaciones como un pequeño enjambre de hormigas. Maquinaria agrícola, semillas, seguros, ofrecían todo lo que te puedas imaginar.
—“Solo por unas semanas.”— dijo Melissa, acomodándose la cámara —“Después me voy.” —
—“Te vendrá bien.”— dijo Luke —“Hay mucho trabajo para la fiesta de la cosecha. Quizá hasta puedas vender tus fotos.” —
Verónica la miró de arriba abajo.
—“Siempre que limpies las habitaciones primero, claro.” —
Melissa no respondió. Sonrió. Conocía a Verónica de mucho tiempo. Siempre había sido así. En la escuela le gustaba menospreciar a todos.
El motel se fue llenando de a poco. Muchos viajantes para la fiesta y demasiados amantes que buscaban refugio lejos de miradas conocidas. La clase de clientes que podía tener un motel en la carretera.
No era raro ver llegar parejas que ocultaban los rostros, escuchar risas nerviosas, y autos que entraban de noche y se iban un par de horas después.
Melissa se encargaba de limpiar las habitaciones y revisar si todo estaba bien. Si había que hacer algún arreglo, llamaba a Luke.
Hasta que, limpiando, encontró la cámara.
Era pequeña. Y estaba bien escondida.
—“Esto no está bien.”— murmuró.
Fue a buscar a Verónica. La encontró, cómo no, coqueteando.
—“Verónica, tengo que…”—
—“Ahora no.”— la cortó mientras se abrochaba el escote —“Habla con Luke. Para eso le pago.” —
—“Pero…”—
—“Es una orden simple. ¿No la escuchaste?”— dijo sin mirarla —“Estoy ocupada en asuntos importantes.” —
Melissa se fue sin decir nada.
Luke sí la escuchó. Siempre la escuchaba.
—“Vamos a ver.”— dijo.
Entraron a la habitación. Revisaron. Y encontraron más.
—“Dios…”— susurró Melissa —“¿Cuántas habrá?” —
No respondió enseguida, pero tenía sospechas. Miraba las paredes como si no las reconociera.
Miró la primer cámara y después miró a Melissa.
—“Esta no creo que sea la única habitación.”— dijo, en voz baja.
—“¿Quieres revisar otras habitaciones?”— preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
—“Un par. Nada más.” —
Entraron a la de al lado. Luke cerró la puerta, corrió la cortina y revisó detrás del espejo, bajo la repisa, dentro del detector de humo.
—“Acá.”— murmuró Melissa, señalando un punto en el techo, justo sobre la cama.
Luke maniobró un poco, luego giró con los dedos y la pequeña lente apareció, negra y muda. No dijeron nada. Pasaron a otra habitación. Y después a otra. En todas, lo mismo: cámaras diminutas, escondidas con paciencia, apuntando a la cama como un ojo enfermo.
Volvieron a ponerlas en su lugar.
—“No son solo para mirar.”— dijo Luke al final —“Alguien está sacando fotos o filmando.” —
Claro que no estaban ahí para mirar: alguien descargaba ese material, lo clasificaba y lo almacenaba.
Fueron a hablar en privado, a la habitación de Luke.
—“Es alguien de acá.”— dijo pensativo —“Del hotel.” —
Melissa tragó saliva.
Luke apoyó la mano en la pared, cansado de golpe.
—“Sí.”— dijo —“Y ahora entiendo varias cosas.” —
Melissa entendió lo que quería decir:
—“Eso explica el auto nuevo.”— dijo ella —“Y la renovación de la piscina.” —
Él asintió mientras apretaba los dientes. Los pequeños lujos, las llamadas secretas, los mensajes borrados.
—“¿Desde cuándo haces esto?”— Luke confrontó a su novia esa noche.
Verónica no se inmutó.
—“Métete en tus asuntos. Arregla ese auto viejo en el que te empeñas en tirar tus ahorros.” —
—“Esto que haces traerá problemas. A ti, y probablemente a todos.” —
—“¿Y qué te molesta?”— sonrió —“Gracias a los sobornos comes. Tú y todos.” —
—“Soy tu novio. ¿No me ibas a decir?” —
—“También eres mi empleado, no lo olvides.”— aclaró —“Si no fuera por mí, estarías mendigando en la calle.” —
—“Gracias por aclararlo. Se me había olvidado.” — Dijo Luke que no quería discutir más.
Melissa lo encontró un poco más tarde.
—“No mereces esto.” —
Luke bajó la cabeza.
—“No.” —
Se besaron. No fue pasión, quizá fue más bien un refugio.
Unos días después llegó un cliente poderoso. Vendía maquinaria agrícola.
—“Quiero mis fotos.”— dijo —“Ahora.” —
—“No. Primero hablemos de negocios.”— respondió Verónica.
Luke intentó intervenir.
—“Tal vez podríamos…”—
—“No te metas.”— lo cortó ella —“No necesito que ningún hombre me defienda.” —
Luke salió con los puños apretados. No miró atrás.
—“Te lo advierto: tienes tres días.”— dijo el cliente —“Después te va a pesar.” —
Esa misma noche Verónica salió a divertirse, buscando diversión en algunos bares de la ciudad.
Luke y Melissa se encontraron de casualidad en la piscina. Hablaron y nadaron. El sonido del agua borraba el ruido de la carretera.
Después de nadar, con el cabello húmedo y la piel enfriándose bajo el aire nocturno, Melissa se detuvo un momento y lo miró:
—“¿Subes? Tengo una botella a medio empezar.”— dijo, como si hablara del clima.
Luke dudó apenas un segundo.
—“Si, gracias. Un trago no le hace mal a nadie.” —
Adentro, la habitación olía a jabón de tocador, a perfume suave y embriagante. Melissa sirvió dos vasos.
—“Por la cosecha.”— brindó, levantando el suyo.
—“Por sobrevivirla.”— respondió Luke, chocando suavemente el vidrio.
Se sentaron en la cama. El silencio se estiró, cómodo y con alguna tensión a la vez.
—“No tenías que quedarte hoy. Podrías haber ido con Verónica.”—dijo ella, sin mirarlo.
—“Lo sé.”— contestó él —“Pero hace tiempo que elijo quedarme.” —
Melissa sonrió, comprensiva y triste.
—“Luke…”—empezó a decir, y se quedó ahí.
Él levantó la vista.
—“Dime.” —
No lo dijo. Luke simplemente se acercó. Cuando se besaron fue lento, casi cuidadoso, como si ambos estuvieran comprobando que eso era real.
—“Si quieres que pare…”— murmuró Luke.
—“No.”— susurró ella —“No pares.” —
Las palabras se acabaron pronto.
Afuera, algún auto pasó rugiendo por la autopista, pero dentro de la
habitación el tiempo se volvió lento y amable. Lo que siguió fue íntimo y
sereno, sin urgencias ni culpas inmediatas. Eran dos personas aferrándose a un
momento de verdad, sabiendo —sin decirlo— que al amanecer nada volvería a ser
igual.
Luke abrazaba a Melissa mientras ella apoyaba su cabeza contra el pecho. Miraban
hacia arriba, como si el techo pudiera abrirse en cualquier momento.
—“¿Sabes qué es lo peor de este lugar?”— dijo él, en voz baja —“Que te hace creer que no hay nada más allá de la autopista.” —
Melissa respiró hondo.
—“Siempre pensé que estaba sola.”— respondió —“Incluso cuando estaba rodeada de gente.” —
Luke apretó un poco más el abrazo. Le dio un beso en la frente.
—“Yo también. Pero ahora veo que no.” —
Hubo un silencio largo.
—“No quiero despertarme una mañana y seguir acá.”— dijo ella —“Limpiando las miserias de otros… y viviendo las nuestras.” —
—“No tienes por qué.”— contestó Luke —“Podemos irnos. Hoy. Ahora.” —
Melissa giró apenas la cabeza.
—“¿Y con qué empezamos de nuevo?” —
Luke dudó un segundo, luego habló, decidido.
—“Con el dinero de los sobornos. Ese dinero no le pertenece. Nunca fue suyo.” —
Melissa sonrió, era una sonrisa cansada, pero ilusionada.
—“Lejos de acá.”— soñó —“Donde nadie nos conozca.” —
—“Juntos.”— agregó Luke.
Ella apoyó la mano sobre el pecho de él.
—“Y acompañados.”— cerró, como si al decirlo el sueño se volviera real.
Luke cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, su pequeño infierno parecía quedar atrás, muy atrás.
Después de vestirse empacaron. Se encontraron en la oficina.
Allí abrieron la caja fuerte. Sacaron el dinero y todo lo que había de valor.
Melissa tomó una foto de los dos, abrazados.
Escribió: “No todas las personas que humillas se quedarán llorando.”
La guardó dentro.
Y se fueron.
Al otro día el cliente volvió con un matón.
Mientras los veía por la ventana, Verónica gritó:
—“¿Dónde está Luke?”— necesitaba protección urgente.
Cuando no pudo encontrarlo, gritó:
—“¡Qué tipo estúpido!” —
Entraron a la oficina. El matón la empujó contra el mostrador.
—“Dale las fotos, cariño. Una cicatriz no te quedaría bien.”— susurró.
Temerosa, Verónica abrió la caja fuerte.
Estaba vacía.
Leyó la foto.
Afuera, la autopista seguía rugiendo.
Como si nada hubiera pasado.
FIN
🔹 Ir a la Sección "Cuentos Pulp Fiction”
🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio”
🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web”
Tags:
#PulpFiction
#NoirModerno
#CrimeFiction
#RelatoNegro
#FicciónAdulta
#TriánguloAmoroso
#RelacionesTóxicas
#Infidelidad
#Manipulación
#Chantaje
#Huida
#Redención
#Motel
#Ruta
#Autopista
#EstadosUnidos
#VidaAlBorde
#NarrativaCruda
#DiálogosIntensos
#FinalAbierto
#HistoriasDeFuga
#RodriacCopen





No hay comentarios:
Publicar un comentario