Pulp Fiction
Un contrato en punto muerto
por Rodriac Copen
Lía Volt era una
sicaria efectiva y mortal, pero esa noche no mató a nadie.
Bailó.
El boliche se llamaba Óxido, parecido a una cueva de neón, decoración exagerada y una multitud de gente que sudaba como si el futuro no existiera. Lía entró sola, pidió un trago que no necesitaba y evaluó las salidas de emergencia por costumbre. Cuando se dio cuenta que no había peligro, dejó de hacerlo.
—“¿Bailas o solo miras estudiando candidatos?”— le dijo un tipo a su lado.
Tenía sonrisa fácil, una camisa no muy nueva y manos de alguien que arreglaba cosas en vez de romperlas. Le cayó bien.
—“Depende.”— respondió Lía —“¿Vos bailás o te movés por razones médicas?” —
El tipo rió.
—“Soy Matías. Tengo un taller mecánico.” —
—“Lía. Tengo problemas de actitud.” —
Bailaron. Primero mal, después mejor. Más tarde, como si el DJ les debiera plata, enganchando temas que les gustabas a los dos. Matías no preguntó demasiado. Lía tampoco. En un rincón, un hombre más bajo levantó el pulgar.
—“Ese es Raúl.”— gritó Matías —“Mi socio.” —
—“¿Siempre te supervisa?”— preguntó Lía.
—“Solo cuando cree que voy a arruinar mi vida.” —
Raúl “Chapa” Medina se acercó, sudado y sincero.
—“Hola.”— dijo —“Mala suerte. Noche de rebotes tipo dribling.” —
—“Encantada.”— dijo Lía.
Siguieron bailando hasta que la noche se cansó antes que ellos. Afuera, la ciudad respiraba vapor y promesas baratas.
—“¿Un café?”— preguntó Matías.
—“¿Ahora?”— dijo Lía —“Qué irresponsable. Me gusta.” —
Entre el café, intercambiaron teléfonos como quien firma un pacto menor. Terminaron en el departamento de Lía sin discutir demasiado la logística. A la mañana siguiente, Matías se levantó primero.
—“¿Siempre dormís tensa, como si esperaras un ataque?”— preguntó.
—“Solo los días en los que duermo con un desconocido.”—respondió ella.
Hubo otras salidas. Comidas rápidas, risas compartidas. Lía conoció mejor a Raúl: amigo fiel, torpe e incapaz de mentir sin pedir disculpas.
—“Matías es buen tipo.”— le dijo Raúl una noche —“No lo rompas.” —
—“No rompo cosas.”— dijo Lía —“Las desarmo.” —
Con el correr de los días, sin anuncio ni ceremonia, Lía archivó a Matías en una categoría privada. La de novio oficial.
No lo dijo en voz alta, porque para ella, las cosas importantes no necesitaban testigos.
Esa mañana en particular, empezó con café de máquina y abogados no muy hábiles. Pero eso, todavía no lo sabía.
Lía Volt llegó al edificio de vidrio a las nueve en punto. Detestaba la puntualidad porque era previsible, pero hoy pagaban por ella. La recibieron en una sala de reuniones tan blanca que parecía diseñada para borrar culpas.
Había cinco abogados. Todos iguales. Trajes caros, sonrisas forzadas y manos que no habían tocado nada real en su vida. Manos que operaban favores a cambio de billetes.
—“Señorita Volt.”— dijo uno —“Gracias por atendernos. Viene muy recomendada.” —
—“Estos tipos de reuniones me generan
grandes dividendos.”— respondió Lía.
Un par de ellos rieron, nerviosos. El que parecía dirigir la reunión aclaró la garganta.
—“Representamos a un conjunto de empresas automotrices.” —
—“Casi siempre es así.”— dijo Lía —“Los jefes reales no suelen dar la cara.” —
Silencio incómodo.
—“Tenemos un problema.”— continuó el jefe —“Un mecánico.” —
—“Siempre empieza así.”— dijo Lía —“Sigamos.” —
Uno de los abogados deslizó una carpeta sobre la mesa. Lía la abrió. Estaba casi vacía.
—“¿Esto es un chiste?”— preguntó.
—“No.”— dijo otro —“Es confidencial. Y tenemos pocos datos.” —
—“Casi nada.”— corrigió ella.
—“Al objetivo le dicen “Chapo”
Medina.”— dijo el jefe —“Un prodigio. Un genio.” —
El nombre le resultó familiar por algún motivo. Preguntó:
—“¿Foto?” —
—“No tenemos.” —
—“¿Edad?” —
—“No sabemos.” —
Lía cerró la carpeta, algo fastidiada.
—“¿Ustedes quieren que mate a un hombre promedio, variable e invisible?” —
—“El nombre es correcto.”— dijo uno, apurado —“Con eso, y la dirección donde encontrarlo,
alcanza.” —
Lía ladeó la cabeza.
—“Ese nombre me suena.”—
—“Es famoso en la industria automotriz.”—
dijo otro, sin convicción.
Uno de los abogados encendió una pantalla y mostró un punto en un mapa.
—“Aquí está el taller.”—
—“¿Y de eso están seguros?” —
—“Totalmente.”— dijeron todos a la
vez.
Eso nunca era buena señal.
—“¿Por qué quieren muerto a este
mecánico?”— preguntó Lía.
—“Tiene… ideas.”— dijo el jefe.
—“Ideas importantes, espero.” —
—“Revolucionarias. Inventó baterías para
autos reutilizables. Eternas.” —
Lía chasqueó la lengua.
—“Eso es una mala palabra en su diccionario.” —
Los abogados asintieron, aliviados que alguien entendiera.
—“Exacto. No quiere vender…” —
—“Y por eso me contratan.”— Lía terminó la frase.
Se levantó, guardó la carpeta en su bolso.
—“¿Alguna otra información útil?”—
—“No.”— dijo uno —“Pero confiamos en su profesionalismo.”—
Lía sonrió sin alegría.
—“Ok. Ya tienen mi cuenta. 50% de transferencia ahora. El resto al terminar. Sin dilaciones ni juegos .”—
Salió de la sala con el nombre dando vueltas en la cabeza.
“Chapo” Medina.
Sí.
Le sonaba.
Pero los trabajos no se cuestionaban. Se ejecutaban.
Y los abogados, pensó mientras bajaba en el ascensor, cuando se meten en estos trabajos, siempre la complican de un modo u otro.
Lía fue al taller para investigarlo, una tarde cualquiera, vestida de nadie en particular. Gorra, lentes, cara de “solo miro”. El cartel decía Bosch & Medina.
—“No.”— murmuró.
Pero sí. El mundo cayó sobre sus hombros. Era el taller de su novio.
—“¡Pelotudos! No era “Chapo”. Era “Chapa” Medina.” — se dijo para sí misma corrigiendo el nombre que le habían dado.
El portón estaba abierto. Adentro, Matías parecía discutir con un motor como si el auto pudiera entender razones.
—“Te digo que así no.”— decía Matías —“Este motor es caprichoso.”—
—“Los motores no son caprichosos.”— respondió una voz desde abajo —“Pero son vengativos si los tratás mal.”—
Raúl “Chapa” Medina salió de abajo del auto con la frente negra y una sonrisa franca. La vio entrando al taller.
—“Hola, piba. ¿Ahora sos cliente?”— preguntó.
—“Solo pasaba.”— dijo Lía, tragando saliva.
—“Aprovechá y tomate unos mates con nosotros. Hay facturas.”— dijo Raúl, mientras Matías se acercaba a saludarla.
Era ese Raúl. El de las facturas. El de “yo me encargo”. El ayudante. Pero lo extraño era que Lía sabía que el amigo de Matías no era el genio del taller. El inventor era su novio. Raúl “Chapa” Medina — y no “Chapo” como decían los abogados— era el tipo que alcanzaba herramientas y decía “ojo”.
—“¿Te pasa algo?”—preguntó Matías, acercándose para darle un beso.
—“Nada.”— dijo Lía rápido —“Pensaba… en los
frenos de mi auto.”—
Matías sonrió. Eso la hizo sentir peor.
—“Si le hace falta una revisión, traélo. Le pegamos una revisada con Raúl.”—
Mientras se limpiaba las manos y le pasaba un mate, el “Chapa” contestó feliz:
—“¡Va por cuenta de la casa! Con las novias no se hace plata…”—
Se quedó un rato a conversar y, después de tomarse algunos mates y comerse una factura, se despidió de los dos.
Se fue caminando despacio, pensativa y con el estómago haciendo ruidos de los nervios.
Estos tipos quieren ¿Matar a Raúl…?
Era como ejecutar al mozo por culpa del chef. Pero órdenes eran órdenes. Y el
contrato no contemplaba objeciones sentimentales.
Esa noche se puso a pensar en que trampa usar para matar a Raúl. Decidió que lo mejor para un hombre, era atraerlo con sexo. Ese siempre resultaba ser un plan infalible.
Así es que llamó al celular de Raúl. Miró la hora, era tarde: mejor
—“Che, Raúl.”— dijo con voz amable —“Matías me pidió que te ayude.”—
—“¿Con qué?”— preguntó él, inocente
total.
—“Me pidió que te consiga novia.”—
—“¿A mí?”—
—“Sí. Dice que estás muy solo.”—
—“Eso tendría que decirlo yo, che.”— aclaró Raúl —“¿Y qué? ¿Tenés alguien para presentarme?” —
—“Una amiga fácil.”— mintió Lía —“Cena íntima. Y una amiga muy… predispuesta.”—
Silencio.
—“Bueno… “— dijo Raúl —“Pero no son cosas raras ¿No?”—
Alquiló un departamento por horas. Le pasó la dirección. Preparó velas, música baja. Y una cena gourmet. Lía se vistió como para matar de un infarto a un predicador. Puso la pistola con silenciador en la mochila del baño.
Raúl llegó puntual.
—“¿Y la amiga?”— preguntó
algo tímido, mirando alrededor.
—“Se atrasó un poco.”— dijo Lía —“Vení. La esperamos juntos.” —
Se sentaron. Sirvió un par de tragos mientras hablaban cualquier cosa. Cuando terminó de servir, se sentó muy pegada a Raúl, en el sillón.
—“Raúl.”— dijo ella, cruzando las piernas generosamente —“¿Nunca pensaste en… probar algo distinto?” —
—“Sí.”— dijo él haciéndose el
desentendido —“Pizza con ananá. Pero me
arrepentí.” —
Lía se acercó más.
—“No hablo de comida.”—
—“Ah.”— dijo Raúl, incómodo —“Mirá piba…
Matías es mi amigo.”—
—“No tiene por qué enterarse.”—
—“Pero yo si me voy a enterar…”—
Lía suspiró al fallar el primer plan. Tendría que acelerar todo. Le dijo insinuante:
—“Esperáme un ratito.”— dijo —“Me voy a poner más cómoda. Para vos…”—
Fue al baño y sacó la pistola con silenciador, la miró con algo de decepción.
—“No está bueno este laburo.”— le dijo a la pistola, pero más bien a ella misma.
Volvió al comedor.
Pero la silla estaba vacía. La puerta, cerrada. Sobre la mesa, una servilleta con una nota escrita torpe:
“Perdón.
Sos muy linda. Pero no puedo ser pelotudo.
Matías es mi amigo de la vida”
Lía se quedó quieta unos segundos.
Después guardó el arma.
—“El amigo fiel.”— murmuró.
En ese momento no podía decir si estaba frustrada o aliviada. Nunca había conocido a un hombre que se negaba al sexo por amistad.
De todos modos, el trabajo era el trabajo.
Siguió a escondidas a Raúl para conocerle las rutinas. Decidió que el segundo intento de liquidarlo sería en la Pastelería San Cayetano, templo de sus visitas diarias en donde solía tomar un cortado con bombas de crema.
Lía estaba sentada en la cocina de su departamento mirando dos frascos casi idénticos. La miopía no le daba tregua. En breve, debería visitar a su oculista para cambiar los lentes. Las letras eran mínimas.
Primero leyó un frasco:
—“Veneno A tóxico triple equis.”—
Luego:
—“Laxante B efecto extra fuerte”—
Los frascos eran muy parecidos.
—“¿Por qué demonios los compro en la
misma farmacia?”— se reprochó a sí misma —“Ah, sí… los descuentos.” —
Mientras jugaba con los frascos, la llamaron los abogados para apurar el trabajo. Hubo un ligero intercambio en el que les dijo que se fueran a la mierda, que ella tenía todo en control.
Con los nervios alterados, eligió uno de los frascos. Eligió mal.
Se puso el disfraz completo de moza: una máscara de silicona fabulosa y real. Camisa blanca, delantal, para lograr una apariencia de “no existo”, difícil de identificar.
Fu a la Pastelería y entró a la cocina como parte del personal.
—“¿Sos nueva?”— preguntó
el encargado que estaba saturado de trabajo.
—“Me envió la agencia, como reemplazo.”— dijo Lía.
—“Perfecto, dale para adelante.” —
dijo aliviado de tener ayuda.
Una vez trabajando, miró como en la vitrina brillaban las bombas de crema como municiones felices.
—“Una de estas bombitas de crema va a cambiar la historia.”— susurró mientras inyectaba con cierto recelo el contenido del frasco en una de ellas—“O al menos la historia de Raúl.”—
El café estaba lleno de gente. Ruido, vapor. Jubilados peligrosamente desfachatados.
Raúl entró puntual, como siempre. Se sentó. Abrió el diario. Ella se apresuró a atenderlo con una sonrisa.
—“Café con leche y tres bombas de crema.”— dijo.
—“Excelente elección.”— dijo ella, algo tensa.
Cuando iba por el pedido y la bombita preparada, un viejo verde con boina y pulóver dudoso le toco el trasero.
—“Lindo culo, nena…”— dijo el vejete irrespetuoso.
Lía contuvo las ganas de pegarle un
puñetazo.
—“Enseguida lo atiendo, señor”— dijo entre dientes.
—“No hay problema, te espero.”— rió
el viejo mientras le contemplaba las tetas.
Lía contó hasta diez. Contar para no volarle la cabeza le pareció mejor que reaccionar.
Volvió con la bandeja. Justo entonces, otro mozo apareció corriendo.
—“¡Cuidado!”— gritó.
CLANG.
Las bandejas chocaron. Las bombas de crema volaron y se intercambiaron. Lía no pudo saber en dónde estaba la que tenía el “premio”.
—“¿Está todo bien?”— preguntó
Raúl.
—“Perfecto.”— mintió Lía, sirviéndole. Mientras tanto el otro mozo le estaba dejando la bomba equivocada al viejo baboso.
La asesina profesional no podía hacer otra cosa que esperar los acontecimientos. Esperaba que alguien cayera envenenado… pero no sabía bien quién sería .Se retiró a una mesa cercana. Miró. Esperó y sudó.
El viejo mordió la bomba de crema. Dos segundos. Tres.
—“¡UH!”— gritó el viejo, poniéndose de pie —“¡BAÑO! ¡BAÑO YA!” —
Salió corriendo como en una olimpíada. No llegó al retrete.
El café quedó en silencio. Shock total. Un silencio espeso y definitivo.
—“¡Se cagó!”— gritó alguien, que no ayudó.
Lía abrió los ojos.
—“No…”— susurró —“No otra vez no.”—
Ante el espectáculo, hubo una huida masiva de clientes.
Raúl, tratando de zafar al apocalipsis marrón, la llamó a Lía.
—“Che, están buenas hoy.”— le dijo mientras ponía cara de asquito —“Pero… ¿Me las podés envolver?”—
Antes que Lía respondiera:
—“Hoy le regalamos media docena.”— dijo el encargado, llorando.
Raúl se puso súper feliz.
—“Bueno, me voy. Gracias por la atención, chica nueva.” — le dijo a Lía que estaba de incógnito.
Ella lo saludó mientras se iba vivo, sonriente y cubierto de azúcar.
El sistema acababa de fallar otra vez.
—“Necesito anteojos.”— murmuró ella —“O buscar otro trabajo.” —
Por la noche, el celular de Lía vibró con insistencia justo cuando ella se estaba depilando frente al espejo. Tenía la cara cubierta de crema blanca y una ceja levantada en señal de amenaza.
—“Si es una venta, voy a matar a alguien.”— murmuró
Atendió. Era una videoconferencia de pantalla partida. Con tres abogados. Vestían trajes caros y se los notaba preocupados.
—“Lía, tenemos una situación urgente.”— dijo el del medio, con voz de pito —“¿Ya liquidó al objetivo? ¿Así se dice?” —
—“No todavía no lo liquidé.”— dijo ella malhumorada, mientras pasaba la maquinita por la pierna —“¿Qué pasa que están tan nerviosos?” —
—“El blanco anterior… es incorrecto.” —
—“Afortunadamente….”— dijo Lía —“sigue respirando y comiendo facturas.” —
—“Este es el verdadero objetivo.”— dijo otro, y compartió pantalla.
Hermosa foto con una sonrisa conocida. Matías aparecía con las manos manchadas de grasa… y el taller de fondo.
Lía se quedó en una pieza.
—“No…”—dijo para sí misma —“Pará.” —
Le mandaron el nombre. El teléfono. Todo.
Matías Bosch.
—“¿Algún problema?”— preguntó uno de los abogados.
Lía apagó la maquinita de depilar.
—“No. Ninguno.”— dijo —“Confirmo el nuevo objetivo.” —
Cortó.
Se miró al espejo: la cara blanca, llena de crema. Ojos fríos.
No pensó en los besos, ni los domingos que pasaban juntos. Tampoco pensó en el olor a aceite y café con leche.
Pensó a mil. En Alternativas. Rutas. Daños colaterales. Costos.
—“Logística.”— se dijo —“Esto es un problema de logística.”—
Diez minutos después, Lía, Matías y Raúl estaban sentados en el taller, uno con una cerveza, el otro con una soda, los dos muy confundidos.
—“Bueno.”— dijo Lía sin anestesia —“Me contrataron para matarlos.”—
Les contó todo. El contrato, la confusión, los dos atentados fallidos. Silencio.
—“¿Nos quieren muertos a los dos?”— preguntó Matías.
—“A vos.”— dijo ella —“A él casi, por un error administrativo.”—
Raúl tragó saliva.
—“Ah…“— dijo —“Mirá vos. Yo decía que esta semana venía rara.”— no quiso mencionar la seducción fallida.
—“La verdad, no te quería matar.
Pero un contrato es un contrato.”— aclaró Lía.
—“Gracias.”— dijo Raúl —“De verdad. Pero ¿Cómo se responde a eso?”—
Matías la miró fijo.
—“¿Y esto es por la batería que inventé?”—
—“Si no la vendés, alguien te va a liquidar. Si no soy yo, será otro. Hay millones de dólares detrás de esto.” — dijo ella.
—“¿Y ahora qué?”—
Lía apoyó las manos en la mesa.
—“Vamos a fingir que los maté.”—
—“¿Cómo?”— preguntó Raúl.
—“Muy bien.”— dijo ella —“Soy una profesional.”—
—“Pero en la cafetería…”— empezó a decir Raúl acordándose del viejo cagado antes de llegar al baño.
—“Bueno, eso fue un pequeño error por los anteojos. Los tengo que ajustar.” — dijo ella.
—“Fingimos nuestra muerte ¿Y después?”— preguntó Matías.
—“Antes tenés que venderles la patente.”— aclaró Lía.
—“¿Qué?”—
—“Pensálo Matías. Vendés y después
escapás con millones de dólares. Muchos. Con varios ceros.”— dijo Lía —“Los poderosos creen que ganaron. Ustedes desaparecen. Buscan nueva
ciudad. Ponen nuevo taller. Nuevo nombre si quieren. Vos seguís inventando. Y vos…”—
miró a Raúl —“podés seguir comiendo bombas de crema.”—
Raúl asintió con gravedad.
—“Eso último me convenció.” —
Matías dudó un segundo.
—“¿Y vos?”—
—“Yo cobro mis honorarios.”— dijo Lía —“Y sigo viva. Todos ganan. Menos los abogados, claro.”—
Raúl levantó la mano.
—“Yo acepto.”— dijo Raúl —“Además acá ya me conocen demasiado.”—
Lía lo organizó como si fuera un casamiento caro: checklist, horarios y nadie preguntando demasiado.
—“Primero cobrás.”— le dijo a Matías, sentada sobre un compresor
Las automotrices pusieron toda la mosca. Nada de pagos en cuotas ni bonos verdes con dibujitos.
—“Ya está.”— dijo él —“Nunca vi tantos ceros juntos.” —
Raúl miró el celular de Matías.
—“Eso es obsceno.”— dijo —“Yo con eso me compro una vida nueva y todavía me sobra para facturas.”—
—“Justamente.”— dijo Lía —“Vida nueva para dos. Ahora escuchen.” —
Días después, las noticias hablaban de un trágico accidente en un taller. Fotos borrosas y versiones contradictorias. Abogados satisfechos. El sistema de las automotrices respiró aliviado.
Los titulares decían:
TRÁGICO
ACCIDENTE EN TALLER INDEPENDIENTE
DOS
VÍCTIMAS, UN INVENTO QUE NO VERÁ LA LUZ
—“Qué bien escriben cuando nadie les paga por pensar”— comentó Lía.
Matías y Raúl “murieron oficialmente”. Cambiaron nombres, documentos. En otra ciudad, un taller nuevo abría sus persianas. Dos socios trabajaban tranquilos. Uno inventaba cosas mientras el otro cebaba mate y compraba facturas.
Y Lía, con un café en la mano, miró su celular. Le había llegado un mensaje de los abogados:
“Excelente trabajo.”
Ella sonrió.
—“No tienen idea.”— dijo, y apagó el teléfono.
Raúl conoció a una chica a la semana de abrir el nuevo taller.
—“Le gustan las bombas de crema.”— dijo, emocionado—“Pero las come de a una. Es responsable.” —
—“Maduraste.”— le dijo Matías.
Mientras tanto, las corporaciones anunciaron el futuro. Copiaron el diseño. Gastaron millones. Contrataron consultores, coaches emocionales y un chamán sueco.
Nada funcionó.
—“Las baterías se descalibran.”— decían los ingenieros.
—“Optimicen la experiencia.”— decían
los CEOs.
Sacaron un modelo “eco”. Baterías descartables “mejoradas”, con publicidad verde y sonrisas blancas.
Pero fue un fracaso elegante.
En la otra ciudad, sin anuncios ni influencers, un taller se ocupaba de transformar autos nafteros en eléctricos con un proceso artesanal, ajustado a mano.
Una noche, Lía manejaba por la ruta con Matías al lado.
—“¿Sabés que técnicamente estoy desempleada?”— dijo ella.
—“¿Eso es bueno o malo?”—
—“Depende.”— respondió —“¿Te molesta salir con alguien buscada por
siete multinacionales?” —
Matías sonrió.
—“Siempre es bueno tener de socia a una chica con tus habilidades.”—
—“Igual,”— agregó él —“si te llaman…”—
—“No atiendo números desconocidos.”—
dijo Lía —“Aprendí eso matando gente. Bueno... intentando.”—
—“Menos mal.”— dijo Matías —“Porque ahora sos mi problema logístico.”—
Ella lo miró.
—“Eso fue casi romántico.”—
—“No te acostumbres. Los mecánicos somos tipos duros.”—
El auto siguió avanzando, invisible para los radares, indiferente a las corporaciones y las intrigas.
Como las cosas que funcionan de verdad.
FIN
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