Resonancia Artica - Saga de Scifi & Misterio
Capítulo 2: Señal Interior
por Rodriac Copen
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A la mañana siguiente, el laboratorio de UNIS los recibió con su silencio técnico habitual, formado por el zumbido constante de los servidores y amortiguado por las paredes aislantes. Afuera, Longyearbyen seguía envuelta en una luz gris azulada que no era del todo día ni del todo noche. El Ártico nunca concedía certezas.
Erika Løvenskiold fue la primera en entrar. Se quitó los guantes lentamente. Esa mañana por algún motivo, el frío se resistía a abandonarla. Se acercó a la consola principal sin decir una palabra. Markus Hale llegó detrás, cargando dos grandes tazas de café.
—“Si esto no despierta a un muerto, al menos despierta a un geofísico.”—dijo, dejándole una taza al lado.
Erika esbozó apenas una sonrisa. Sus ojos ya estaban fijos en la pantalla.
El sistema había marcado una anomalía durante la madrugada. Un evento puntual, limpio, casi elegante en su simplicidad. A las 2:14 a.m. exactas.
—“¿Lo ves?”— preguntó ella.
Markus se inclinó sobre su hombro. El gráfico mostraba un pulso único, profundo y de bordes nítidos. No había ruido, ni cola de resonancia. No se parecía a nada que hubiera visto antes.
—“No es sísmico.”—dijo él, tras pensarlo por unos segundos—“O, si lo es, no es de los típicos que yo conozco o he visto antes.” —
Erika no respondió. Concentrada, amplió la señal, ajustó filtros, superpuso capas de referencia. Nada encajaba. No había correlación con microtemblores, ni con actividad glaciar conocida. No parecía ruido antropogénico. Era un gesto solitario en medio del registro nocturno, como un golpe seco bajo kilómetros de hielo.
Sintió un leve escalofrío, distinto al frío habitual. El hielo tenía memoria. Siempre lo había creído. Y también tenía lenguaje.
—“Es demasiado preciso.”— dijo finalmente —“No hay dispersión. No hay eco.” —
—“Lo cual es tranquilizador, si lo piensas.” — respondió Markus —“Porque significa que no estamos ante el colapso de la isla.” —
Ella lo miró de reojo.
—“¿Y qué significa entonces?” —
Markus sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario mientras trataba de pensar con lógica. Luego se apartó, caminando hacia otra estación de trabajo.
—“Significa que no sé lo suficiente como para hacer un chiste decente.” —
Eso sí le arrancó una sonrisa breve, que desapareció cuando Erika abrió el registro de la cápsula hermética que contenía a la semilla.
El contenedor aparecía estable, sin variaciones de presión ni temperatura. Todo dentro de los márgenes esperados. Hasta que ella activó la capa de microoscilaciones.
La línea, casi imperceptible, temblaba exactamente en el mismo instante del pulso. 2:14 a.m. Erika contuvo la respiración.
—“Markus...” —
Él volvió a acercarse. Sus dedos se movieron rápido, confirmando marcas temporales, cruzando relojes internos. No había margen de error. La oscilación era leve, pero estaba ahí. Medible y real.
—“Eso no debería pasar.”— dijo, esta vez sin ironía —“La cápsula está aislada de vibraciones externas. Más que mi mundo emocional.” — bromeó.
Pero ella no rió.
—“No es una vibración inducida.”— dijo Erika en voz baja —“Más bien pareciera una respuesta.” —
La palabra quedó flotando entre ellos, incómoda y cargada de implicaciones que ninguno estaba dispuesto a nombrar aún.
La coincidencia temporal eliminaba la casualidad matemática. Ahí estaba: dos sistemas independientes, reaccionando al mismo estímulo. O peor aún: uno reaccionando al otro.
Trabajaron durante horas sin notar el paso del tiempo. El café se enfrió. Afuera, la luz apenas cambió. Solicitaron datos a otros grupos de UNIS y a estaciones socias que estaban desperdigadas por el archipiélago.
Sismógrafos de alta sensibilidad. Mediciones de desplazamiento glaciar por GPS diferencial. Sensores térmicos incrustados en el hielo. Registros electromagnéticos. Lecturas atmosféricas.
Pantallas encendidas, con capas superpuestas de información y líneas de colores que no terminaban de alinearse al todo.
Markus tecleaba con rapidez, pero su mente iba más rápido aún, saltando entre hipótesis que descartaba casi al mismo ritmo. Erika, en cambio, observaba. Esperaba. Dejaba que los datos se acomodaran solos, como nieve cayendo.
—“No hay correlación con presión atmosférica.”— dijo él —“Ni con las mareas… o la actividad solar.” —
—“Míralo así.”— respondió ella, señalando otra pantalla.
Era un mapa térmico de la base del glaciar. Apenas visible, una serie de puntos mostraban incrementos mínimos de temperatura. Milésimas de grado. Nada que encendiera alarmas en un informe estándar.
Pero estaban ahí. Y estaban sincronizados.
Erika amplió la vista mientras alineaba los tiempos. Los pulsos coincidían con esas microfugas térmicas como si compartieran un reloj interno.
—“No siguen ningún modelo climático.”— dijo —“Ni dinámicas conocidas de fricción glaciar.” —
Markus frunció el ceño.
—“Es como si…”— se detuvo, buscando la palabra adecuada —“…como si el glaciar estuviera respirando. Absurdo ¿no?” —
Ella asintió lentamente.
—“Como si ventilara.”— corrigió —“Pero no como un organismo. Como una estructura que libera presión, calor o algo más.” —
Sintió esa intuición familiar, casi mística, recorrerle el cuerpo. El hielo no solo se movía. Parecía comunicarse pero no hacia afuera, sino hacia adentro.
—“Esto no parece deshielo.”— añadió —“Es regular. No digo intencional, Pero al menos es… organizado. Cíclico o regular.” —
Markus la miró en silencio. Conocía ese tono. Era el momento en que Erika dejaba de hablar como científica y empezaba a escuchar algo más profundo. Era su manera más creativa de crear hipótesis. Él confiaba en eso más de lo que admitiría jamás.
—“Genial.”— dijo al fin. Su humor seco le servía como un escudo —“El hielo tiene secretos y nosotros somos los únicos despiertos para escucharlos.” —
Erika apoyó la mano sobre la mesa del laboratorio. Bajo kilómetros de permafrost, algo estaba ocurriendo. Algo que no encajaba en los modelos conocidos ni en las certezas científicas habituales.
Y por primera vez desde que la singular semilla había llegado al laboratorio, sintió que el hielo no solo guardaba el misterio. Lo estaba exhalando.
La reunión se convocó con una rapidez inusual para los estándares de UNIS. Hubo solo una llamada directa al despacho del Director y una frase seca: —“Suban ahora.” —
Afuera, el viento barría la nieve contra los ventanales como si quisiera entrar también.
Erika y Markus caminaron por el pasillo largo del edificio principal sin hablar. El suelo vibraba apenas bajo sus botas, o tal vez era solo una ilusión nacida del cansancio. Erika llevaba una tableta contra el pecho, como si fuera algo frágil. Markus, con las manos en los bolsillos, ensayaba mentalmente explicaciones que sabía serían insuficientes.
El despacho del Director era sobrio. Madera clara, mapas geológicos de Svalbard enmarcados, una ventana amplia desde la que se veía el glaciar Larsbreen extendiéndose como una masa inmóvil y paciente. El Director Nystrom los esperaba de pie, con el gesto de quien ya ha recibido malas noticias antes de que se pronuncien.
—“Empiecen, por favor.”— dijo, sin preámbulos.
Erika habló primero. Siempre lo hacía cuando lo que había que decir no admitía adornos.
Explicó la semilla. Su germinación en condiciones imposibles. Los movimientos internos registrados, lentos, rítmicos, como si obedecieran a una lógica propia. Luego, el pulso subglacial: no sísmico, perfectamente definido, ajeno a cualquier patrón conocido. Finalmente, la vibración de la semilla, sincronizada al segundo.
Mientras hablaba, Markus proyectaba algunos gráficos en la pared: líneas limpias, superposiciones exactas, coincidencias que no dejaban margen para la duda. No exageraba, sabía que no era necesario. Los datos, por sí solos, ya eran inquietantes.
—“No tenemos una explicación coherente aún.”— admitió Erika al finalizar la exposición —“Solo correlaciones. Y una sensación persistente de… ausencia de respuesta.” —
El Director no interrumpió. Observaba las gráficas con los brazos cruzados, la mandíbula tensa. Cuando levantó la vista, había en sus ojos algo más que escepticismo académico.
—“Si esto implica una alteración profunda del permafrost…”— dijo —“no estamos hablando solo de ciencia básica. Estamos hablando de estabilidad estructural. Y puede involucrar a la isla entera.” —
El silencio que siguió fue muy meditado. Afuera, el glaciar seguía inmóvil, indiferente a las conclusiones humanas.
—“Deberíamos iniciar investigaciones inmediatas.”— continuó —“Algunos equipos en glaciares activos. Sensores. Todo lo que tengamos. ¿Qué piensan ustedes?” —
Markus asintió, pero Erika dio un paso hacia adelante en un gesto que no mostraba desafío, sino de necesidad de expresar una ¿hipótesis?
—“Hay otra posibilidad.”— dijo —“Las microfugas térmicas y los pulsos podrían no ser un fenómeno glaciar primario. Podrían estar relacionados con actividad sísmica atípica. Quizá algo que todavía no sabemos interpretar.” —
El Director la miró con atención renovada.
—“Svalbard no es volcánica.”— respondió.
—“No activamente, claro.”— concedió Erika —“Pero la región presenta actividad sísmica moderada. Tensiones tectónicas en la corteza ártica, vinculadas a procesos divergentes lejanos de la dorsal oceánica. No son eventos violentos. Suelen ser ajustes lentos y profundos.” —
Markus intervino entonces, entendiendo la hipótesis de su compañera. Se apoyó en la mesa con naturalidad para respaldar a Erika.
—“Y hay otro factor.”— añadió —“El deshielo acelerado. Cuando se reduce la masa glaciar, cambia la carga sobre la corteza. Eso genera ajustes isostáticos. Liberación de tensiones acumuladas durante siglos. Microtemblores y reacomodamientos.” —
Hizo una pausa, como si midiera sus propias palabras.
—“Pero incluso eso es… caótico. Genera ruido. Lo que estamos viendo no lo es.” —
Erika retomó, con voz baja y firme:
—“Estos pulsos son regulares. Coherentes y repetibles. No se comportan como un sistema natural desestabilizado. Se comportan con la regularidad de algo que sigue pautas… o reglas.” —
El Director se recostó en su silla, exhalando lentamente. Durante un instante pareció más viejo, como si el peso del hielo se hubiera desplazado del paisaje a sus hombros.
—“Entonces tenemos un problema.”— dijo —“Porque la geología no suele comportarse así. Me temo que necesitamos más datos.” —
Markus cruzó una mirada rápida con Erika. En ella no había triunfo, solo una calma tensa. La certeza incómoda de estar mirando en la dirección correcta, aunque el camino fuera oscuro.
—“Así es. Nada de esto explica la regularidad.”— añadió él, casi para sí mismo —“Ni la precisión. Es como una maldita sensación que… alguien o algo está marcando el ritmo.” —
El Director cerró los ojos un segundo para pensar, luego los abrió.
—“Muy bien.”— dijo —“Investigaremos ambas líneas. Glaciares y subsuelo. Pero quiero informes constantes. Y discreción absoluta, por favor.” —
Erika fue quien mencionó las minas.
No lo hizo estrepitosamente sino tranquila, casi en voz baja. Había estado reflexionando como cuando trataba de resolver un problema, como si se les hubiera escapado algo que siempre había estado allí.
—“Bajo Longyearbyen hay kilómetros de galerías.”— dijo, apoyando la yema de los dedos sobre el mapa —“Muchos túneles de carbón de principios del siglo pasado. Algunos túneles están sellados. Pero algunas minas fueron simplemente… olvidadas.” —
El Director frunció el ceño. Markus captó el gesto al instante.
—“No hablamos de turismo extremo.”— añadió él, adelantándose —“Hablamos de infraestructura real. Profunda, sucia y peligrosa, sí. Pero estable en muchos tramos. Suficiente para bajar sensores donde ningún glaciar nos deja llegar.” —
Erika no levantó la voz porque no necesitaba hacerlo. Sabía que el Director era muy racional.
—“Si los pulsos se propagan por el subsuelo,”— continuó —“las minas son cavidades artificiales dentro del sistema. Vacíos que amplifican y permiten escuchar mejor esos sonidos.” —
El Director se recostó en su silla. Sus dedos golpearon la madera una vez, dos.
—“Pero hay costos… riesgos. Y responsabilidad legal.”— enumeró —“Una expedición subterránea en pleno invierno no es exactamente una idea popular.” —
Markus respiró hondo. Pensó en Longyearbyen, en las casas apoyadas sobre pilotes clavados en permafrost que quizá ya no era tan eterno. Pensó en la isla con su equilibrio frágil, sostenida por hielo antiguo y quizá con una confianza en él… desequilibrada.
—“Si hay una inestabilidad estructural,”— dijo —“no detectarla a tiempo nos va a salir mucho más caro que cualquier expedición.” —
Erika y Markus sostuvieron la mirada del Director. No había desafío en sus ojos, sus argumentos eran sólidos.
—“La población quizá corre con riesgos que aún no podemos medir.”—añadió —“Y el hielo no avisa dos veces.” —
El silencio se alargó. Afuera, el viento golpeó la ventana como si subrayara la última frase. Finalmente, el Director asintió.
—“Está bien, pero bajo responsabilidad directa de UNIS.”— dijo —“Equipos completos. Protocolos estrictos. Y ustedes dos al frente.” —
Markus dejó escapar el aire que no sabía hasta ese momento que estaba conteniendo. Erika inclinó apenas la cabeza, como si el permiso fuera solo un paso más de algo inevitable.
Cuando la reunión terminó, Erika y Markus salieron nuevamente al pasillo.
El ruido del viento parecía más fuerte ahora, como si el edificio entero crujiera bajo una presión invisible. Caminaron juntos sin hablar. No hacía falta. Ambos sentían lo mismo: bajo el hielo antiguo de Svalbard, algo estaba ocurriendo. Pero no encajaba en los modelos ni en los manuales que conocían.
Los preparativos les ocuparon el resto del día y parte de la noche. Equipos de respiración autónoma, sensores sísmicos miniaturizados, detectores electromagnéticos, sondas térmicas. Cables, baterías, redundancias. Nada quedó librado al azar.
Erika revisaba cada elemento con una atención casi ceremonial. Markus la observaba desde la otra mesa, fingiendo concentrarse en la calibración mientras registraba cada uno de sus gestos. Cuando ella estaba así, parecía escuchar algo que él no alcanzaba a oír.
—“No es una misión rutinaria.”— dijo él, rompiendo el silencio —“Por si no lo habías notado.” —
—“Lo sé.”— respondió Erika —“Ninguna mina olvidada lo es.” —
El amanecer llegó gris, con poca niebla y clima hostil. Una luz plana se extendía sobre el paisaje, sin sombras, como si el mundo hubiera perdido profundidad. El viento arrastraba copos de nieve dura, que golpeaba los trajes térmicos como si fueran granos de arena.
Caminaron hasta la entrada de la mina sin hablar. El silencio entre ellos no era incómodo, trabajaban juntos desde hacía tiempo.
Dentro del túnel principal, el aire cambió de inmediato, aquietándose. El olor a instalaciones antiguas envolvió todo. Notaron una temperatura constante que no se parecía a la del exterior.
Dedicaron los últimos momentos a verificar los equipos. El ambiente estaba cargado de expectativas, y la intuición compartida que cruzaban un umbral. Las linternas se encendieron para cortar la oscuridad en conos estrechos, revelando paredes ennegrecidas, vetas de carbón y madera vieja.
—“Bienvenidos al pasado.”— murmuró Markus mientras echaba un vistazo general. Erika no respondió mientras terminaba sus últimos aprontes.
Markus desplegó el mapa con las indicaciones de los túneles conocidos. Iniciaron la marcha y, a medida que avanzaban paso a paso, la señal de la radio comenzó a degradarse gradualmente. Primero fue un leve siseo. Luego cortes breves e intermitentes.
—“Todavía estamos dentro del rango.”— dijo él, aunque no sonaba convencido.
Erika caminaba despacio, observando. El suelo crujía bajo sus botas. Un leve pedregullo caía de vez en cuando desde el techo, levantando pequeñas nubes de polvo fino que se pegaban a la ropa y molestaban a los ojos.
—“¿Sientes eso?”— preguntó ella desde atrás.
Markus asintió. Una leve presión en los oídos. Y una vibración casi imperceptible bajo los pies, como si el suelo respirara con un ritmo propio.
Consultaron los sensores portátiles. Las lecturas parpadeaban fuera de rango.
—“Esto no debería estar pasando aquí.”— dijo Markus, forzando una media sonrisa —“Las minas no hacen esto. Normalmente solo intentan matarte de formas aburridas.” —
Erika no respondió a la broma. Estaba concentrada observando las marcas en las paredes: flechas casi borradas, números ilegibles y talladuras en las rocas que dejaban imaginar algunas palabras. Señales que años atrás habían guiado a los mineros, eran ahora un recuerdo inútil de la vieja compañía.
—“Estamos desorientándonos.”— dijo finalmente —“Las referencias de los carteles ya no sirven.” —
Un nuevo desprendimiento cayó a pocos metros, seco y violento. El polvo volvió a llenar el aire de partículas. Markus se giró hacia ella. Por primera vez desde que entraron, la miró directamente a los ojos.
—“Iremos más cerca el uno del otro.”— dijo mientras acortaba un poco la cuerda que los unía—“Sin héroes ni adelantamientos.” —
Erika sostuvo la mirada y asintió una sola vez.
En ese instante ambos entendieron sin decirlo que en ese lugar, bajo toneladas de roca y hielo, no había espacio para la distancia. Solo podrían avanzar si confiaban el uno en el otro por completo.
Y el subsuelo, silencioso y atento, parecía estar esperando justamente eso.
Una tres horas después, Markus avanzaba guiando por delante cuando la luz de su linterna titiló débil, como un animal herido. Golpeó el cuerpo metálico contra la palma de la mano en un gesto automático, más irritado que alarmado.
—“Vamos… no me falles ahora.”— murmuró como si el aparato pudiera responderle.
La oscuridad cayó de golpe, espesa y total. Fue apenas un segundo, pero suficiente. Cuando la luz regresó, lo hizo con un parpadeo brusco… y el suelo ya no estaba donde debería.
La bota del hombre resbaló sobre grava suelta. El mundo se inclinó. Sintió la pendiente abrirse bajo él, una ausencia de suelo que no necesitó ver para comprenderla.
“Así termina”, pensó, con una calma absurda.
—“¡Markus!”— la voz de Erika llegó antes que el miedo. Ella no gritó ni corrió. Solo actuó.
Tiró de la cuerda que los unía mientras se inclinaba hacia atrás buscando aumentar su resistencia. Luego se lanzó hacia adelante precariamente y alcanzó a sujetarlo del arnés con ambas manos antes de que cayera por la inclinada pendiente. El tirón le recorrió los brazos como un latigazo, mientras sentía que le quemaba los músculos. El peso de Markus, del equipo, la inercia de la caída tirando de él. Por un instante, el equilibrio fue una ecuación imposible.
Markus reaccionó tarde, aferrándose a la roca con los dedos, raspándose los guantes. Sentía el cuerpo deslizar por una alfombra de pedregullo, suspendido entre por la fuerza de Erika, que lo anclaba al mundo con una determinación silenciosa.
—“No… te… sueltes.”— dijo ella entre dientes, sin pánico. En ese momento solo había concentración pura.
Con un esfuerzo seco y animal, Erika retrocedió un paso, luego otro. Arrastrando a Markus fuera de la pendiente, hasta que ambos cayeron de rodillas sobre terreno firme. La pendiente, pronunciada y amenazante, quedó por delante de ellos. El piso firme de la mina les pareció una bendición.
Durante unos segundos no dijeron nada. Solo respiraron. El sonido de sus inhalaciones llenó el túnel. Markus notó el temblor en sus manos. Había sentido un gran susto.
—“Eso…”— dijo al fin, con una sonrisa que no le convencía ni a él mismo —“ha estado cerca de arruinarme la semana.” —
Erika no respondió de inmediato. Lo observó detenidamente, evaluando que siguiera entero. Luego apartó la mirada.
—“No vuelvas a jugar con las lucecitas. Y mira por donde pisas.”— bromeó finalmente.
Markus asintió. Mientras volvía a ponerse de pie, miró la pendiente mientras alumbrada por fallida linterna: larga, pronunciada y llena de pedregullo. Si seguían por allí, se deslizarían como bolas de billar.
Tomaron otro pasillo. Uno secundario, más estrecho y menos evidente. El aire cambió a medida que descendían. No era frío, sino tibio. Las diferencias de temperatura generaban brisas leves que recorrían las paredes como respiración subterránea.
Llegando a una especie de cámara, que se abría hacia tres corredores, Erika lo sintió antes de verlo en los sensores. Se detuvo.
—“Aquí.”— susurró.
Markus consultó la pantalla portátil. Las lecturas se disparaban fuera de escala. Pulsos, interferencias, microvariaciones térmicas imposibles.
—“Extraño…”— dijo como tratando de resolver un misterio.
El aire se movía en una brisa leve pero sostenida. No era una corriente clara. A Erika se le antojó como que el túnel estaba exhalando. Tuvo la sensación —incómoda e irracional— que aquel lugar no estaba vacío. Evidentemente no estaba ocupado, pero… en medio de la oscuridad y la quietud, el espacio parecía estar expectante.
No lo dijo en voz alta. Pensó en lo tenebroso del entorno y en cómo estaba influyendo en su juicio y ánimo.
Instalaron los sensores con una rapidez contenida, como si demorarse fuera una falta de respeto. Cada dispositivo quedó anclado en la roca, para registrar lo que nadie había escuchado antes.
—“Listo.”— dijo Markus al terminar —“Ya estamos oficialmente en territorio desconocido.” —
Emprendieron el regreso. Olvidaron atarse mutuamente. Retrocedieron algunos cientos de metros.
Fue entonces cuando el pedregullo cayó más fuerte e intenso de lo normal. Primero un ruido seco. Luego otro. Erika se tensó. El recuerdo del borde, de la pendiente, volvió como un reflejo.
—“¿Oíste eso?”— preguntó.
Antes de que Markus pudiera responder, otro desprendimiento. Erika corrió sin pensar. El miedo fue más rápido. Y giró en una bifurcación equivocada.
Tropezó y el golpe contra la roca apagó su linterna con un chasquido final.
Oscuridad total.
El silencio la envolvió como agua helada mientras el corazón le martilló el pecho. El aire parecía acabarse. Pensó en quedarse allí, en medio de la oscuridad. En no salir.
—“¡Markus…! — llamó mientras su voz se quebraba.
No hubo una respuesta inmediata. El pánico subió, escalando rápido y brutal. Se le escapó un sollozo, luego otro. No lloraba por miedo a morir. Lloraba por la idea de estar sola en esa oscuridad sin nombre.
Entonces lo oyó.
—“¡Erika!”— su voz llegó firme, tranquilizadora y cercana. Hubo un reflejo de luz. —“Estoy aquí. Te escucho.” —
El alivio fue tan intenso que le dolió.
—“Estoy… aquí.”— respondió ella, desesperada —“No veo nada.” —
—“No te muevas.”— dijo Markus —“Voy hacia ti. Sigue hablándome.” —
La luz apareció primero, temblorosa. Luego él. Cuando la alcanzó, Erika se aferró a él con una fuerza que no reconoció como propia. Markus la rodeó entre sus brazos sin pensar, sosteniéndola como si el túnel pudiera colapsar en cualquier momento.
—“Por un momento pensé…”—murmuró ella, con la frente apoyada en su pecho —“pensé que no iba a salir.” —
—“Nunca te dejaría sola, Erika.”— dijo Markus, sin ironía, sin humor. Era una promesa, no una frase.
Se quedaron así unos segundos más de lo necesario. El contacto era simple, humano y cargado de todo lo que no se decían entre sí. Algo parecía estar a punto de cruzar una línea invisible…
Finalmente, se separaron.
—“Vamos. Continuemos.”— dijo él suavemente —“Ya tuvimos suficiente por hoy.” —
La salida apareció como una herida de luz blanca al final del pasillo. El aire exterior, cortante y limpio, les golpeó el rostro con una violencia casi amable. El viento arrastraba nieve fina y el cielo seguía siendo una plancha gris sin profundidad.
Salieron sin decir nada.
Erika fue la primera en quitarse el casco. El frío le mordió el pelo húmedo de sudor. Markus hizo lo mismo unos segundos después. Se miraron apenas, lo suficiente para confirmar que ambos seguían allí. Algo había cambiado, sí, pero no tenía nombre todavía. Y ponerlo en palabras habría sido una forma de romperlo.
El regreso a UNIS fue silencioso. El vehículo avanzaba entre bancos de nieve endurecida, las luces recortando un paisaje que parecía siempre el mismo. Erika miraba por la ventanilla sin ver. Tenía aún en el cuerpo la memoria del calor subterráneo, de la oscuridad respirando. Markus conducía con las manos firmes en el volante, concentrado en no pensar en el modo en que ella se había aferrado a él unos minutos antes.
En el laboratorio, el contraste fue brutal. Luz artificial. Pantallas. El zumbido constante de los servidores. El mundo humano reclamando su lugar. Conectaron los sensores.
Durante los primeros segundos no ocurrió nada. Luego, las líneas comenzaron a dibujarse en las pantallas: pulsos regulares, precisos, repetitivos. No sísmicos. Y demasiado limpios. Demasiado coherentes.
Erika se acercó lentamente al monitor principal. No ajustó nada. Observó.
—“No es ruido.”— dijo al fin —“Es regular. Debe tener algún origen, una intención, tal vez.” —
Markus trató de extraer alguna idea de su cerebro. Alguna explicación científica. Empezó a cruzar datos casi sin pensarlo. Sus dedos volaban sobre el teclado mientras abría archivos antiguos, registros olvidados, patrones matemáticos universales. No buscaba voces ni mensajes. Buscaba formas. Simetrías o lenguajes sin palabras a los que aferrarse para analizar.
Mientras pasaba la señal por el osciloscopio, tuvo una inspiración.
—“Esto ya lo he visto…”— murmuró tratando de recordar algo que su instinto ya le dictaba.
Erika giró la cabeza apenas.
—“¿Dónde?” —
—“Radiotelescopio Big Ear.”— respondió —“¿Recuerdas la señal WOW? Apareció por 72 segundos, generó un pico, pero nunca se repitió. Y ninguna de las hipótesis ha resultado satisfactoria. Esto me recuerda a eso. Pero acá recibimos repeticiones. Me refiero a la forma de la señal.” —
Buscó la señal WOW, mostrándole los gráficos a Erika. Imprimió el trazado de la señal. Luego le mostró la pantalla del osciloscopio para ver el trazado de la señal que recibían. Ajustó los controles del osciloscopio para igualar las dimensiones de la señal WOW que tenía impresa en el papel.
Le mostró el pico de la Señal. La comparó con la WOW original. Midió el pico, la amplitud. Ajustó los 72 segundos.
El patrón encajó exactamente. Pero al revés.
Markus sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío ártico.
—“Es una teoría loca, pero quizá no es una emisión desde este planeta.”— dijo despacio —“Tal vez es una respuesta a la señal de 1977.” —
Erika comprendió antes que él terminara la frase. Lo supo en el cuerpo, como había sabido leer el hielo durante años.
—“Entonces nuestra señal no viene del cielo.”— susurró.
—“No.”— confirmó Markus —“Viene de abajo. Y si tengo razón en esta locura, responde a algo que ya le habló antes.” —
El laboratorio quedó en silencio. Solo el leve pitido de los sensores marcando un pulso más. Y otro. Markus apoyó las manos en la mesa.
Erika observó los gráficos como si fueran una superficie viva, algo que respiraba bajo capas de datos. Dudó un segundo. Luego dijo, con una calma que no sentía:
—“Si esto es una respuesta como dices… entonces la señal WOW de 1977 estaba destinada a activar algo.” —
La pantalla parpadeó solo una vez. Pero fue suficiente.
FIN Capítulo 2
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