domingo, 26 de marzo de 2023

Historia: "El Misterio de la Mascara Perdida - Saga de Leorin y Calyra Dastel"

 


Las Aventuras de Leorin y Calyra Dastel

 

El Misterio de la Máscara Perdida

por RodriacCopen

 

El hecho de que los negocios marcharan bien era, para Leorin Dastel, una señal inequívoca del favor del universo. No del azar, ni de una coyuntura pasajera, sino de algo mucho más solemne y personal: el destino, por fin, había decidido recompensarlo por décadas de dignidad mal administrada.

—“Cuando a un Dastel le sonríe la fortuna,”— declaró, golpeando la mesa con una copa que aún no había terminado —“no es una sonrisa vulgar. Es una mueca respetuosa.” — 

Calyra lo observó desde el otro lado de la sala, sentada con una elegancia que parecía deliberadamente excesiva para un salón apenas iluminado. Sus dedos recorrían el borde de su copa con un gesto distraído, mientras su mirada analizaba a su esposo con la concentración de quien contempla un mecanismo antiguo funcionando, inexplicablemente, sin romperse.

—“¿Y a qué atribuyes esa mueca del destino?”— preguntó, con una leve inclinación de cabeza.

—“A mí, naturalmente.”— respondió Leorin sin dudar —“Y a ti, por supuesto. Desde que te casaste conmigo, todo ha ido mejor.” —

Calyra sonrió. No porque la afirmación fuera correcta, sino porque era consistente con el sujeto de estudio que era su marido.

Fue entonces cuando Leorin tuvo la idea.

La idea nació grande, solemne y peligrosa, como suelen nacer las peores.

—“¡Vacaciones!”— anunció, levantándose de un salto que terminó en un paso torpe hacia atrás —“Un viaje romántico. Solo tú y yo. Jardines. Lagunas. Piscinas.” —

—“¿Piscinas?”— repitió Calyra, arqueando apenas una ceja.

—“Grandes piscinas.”—aclaró Leorin —“De esas que respetan a un hombre.” —

Calyra tomó un sorbo de vino. Registró el entusiasmo, la postura inflada del pecho, el brillo casi infantil en los ojos de su esposo.

—“¿Y a dónde propones huir del mundo?”— preguntó.

Leorin sonrió con aire conspirativo.

—“A MendoLonga.” —

El nombre cayó entre ellos como una moneda en un pozo.

—“MendoLonga…”— repitió Calyra lentamente —“La ciudad portuaria del oeste.” —

—“La misma.”— asintió Leorin —“Carnaval perpetuo, vino generoso, máscaras, bailes… Un sitio donde un hombre puede demostrar su linaje y su pasión.” —

Calyra pensó en su pasado. Antes de conocer a Leorin, había vivido unos años allí. MendoLonga también era famosa por matrimonios sellados en una noche, embarazos no deseados y padres que huían aún con los calzones bajos y vidas destruidas antes del amanecer, promesas alcohólicas que eran negadas al día siguiente. Una ciudad de desenfreno.

—“También es famosa por las infidelidades.”— comentó.

—“¡Bah!”— descartó Leorin —“Eso les ocurre a los matrimonios débiles. Nosotros somos…”— buscó la palabra adecuada —“…inquebrantables.” —

Calyra sostuvo su mirada.

—“Naturalmente.” —

El viaje fue largo, polvoriento y acompañado de canciones que Leorin recordaba a medias. A medida que se acercaban a la costa, el aire cambiaba: más húmedo, más salino, cargado de música lejana y risas que parecían no apagarse nunca.

MendoLonga surgió ante ellos como una ciudad que se hubiera rendido al exceso y, lejos de avergonzarse, lo celebrara.

Banderines colgaban de balcones carcomidos. Estatuas antiguas lucían máscaras nuevas. Los muelles hervían de gente disfrazada: emperadores olvidados, héroes locales, villanos históricos interpretados con un entusiasmo sospechoso.

—“Mira eso.”— dijo Leorin, maravillado —“Ese hombre va vestido de Gran Almirante Thespio… aunque claramente no es tan alto.” —

—“Ni tan muerto.”— añadió Calyra.

En cada esquina había música, en cada taberna una fiesta, y en cada fiesta una promesa que nadie parecía tener intención de cumplir.

—“Aquí la gente baila como si el mañana no existiera.”— observó Leorin.

—“En MendoLonga,”— respondió Calyra —“el mañana suele pedir explicaciones.” —

Leorin rió, tomó la mano de su esposa y la apretó con fervor.

—“No importa. He traído lo mejor de mí para este viaje.” —

Calyra lo miró: el porte noble ligeramente torcido, la ropa elegante con manchas de polvo del camino, la expresión orgullosa de quien cree estar a punto de vivir una gesta romántica.

“Sí,” pensó. “Has traído exactamente eso.”

La posada los esperaba entre jardines artificiales y lagunas cuidadosamente descuidadas. A lo lejos, las risas del carnaval prometían noches largas, errores memorables y consecuencias todavía invisibles.

Calyra cruzó el umbral con paso sereno. Leorin lo hizo con un tropezón leve, apenas perceptible.

El carnaval de MendoLonga acababa de ganar un nuevo participante.

Después de acomodarse en la habitación, el almuerzo había sido, según la descripción del posadero, “una celebración de la abundancia”.

Según la experiencia real de Leorin, había sido una emboscada gastronómica.

 

—“No recuerdo haber firmado un pacto para ingerir tres animales distintos en una sola salsa.”— murmuró, recostándose en la silla —“Creo que uno de ellos todavía se mueve.” —

 

—“Es el vino local, Leorin.”— dijo Calyra con serenidad —“En exceso suele luchar por salir.” —

 

Ella apenas había probado bocado. No por prudencia, sino porque observaba a su esposo con creciente interés científico: el rubor en las mejillas, el pecho inflado por el orgullo y la peligrosa confianza que solo aparece después de una comida opípara y varias copas de licor costero.

 

—“Demos un paseo.”— anunció Leorin, poniéndose de pie con un equilibrio demasiado aproximado a la línea horizontal —“Para ayudar a la digestión.” —

 

Su esposo hablaba con la dicción de quien ha negociado largamente con el vino… y ha perdido.

 

—“Eso no es un paseo.”— señaló Calyra al ver la dirección que tomaba—“Eso es una piscina.” —

 

La piscina de la posada era amplia, de un azul sospechosamente profundo, rodeada de jardines húmedos y tumbonas ocupadas por viajeros indolentes y curiosos ociosos. En uno de los extremos se alzaba el trampolín más alto, una estructura que parecía haber sido diseñada para desafiar tanto a la gravedad como al buen juicio.

 

Los ojos de Leorin brillaron.

 

—“Ah… el agua.”— dijo con solemnidad —“Mi antiguo elemento.” —

 

—“No sabía que nadaras.”— comentó Calyra.

 

—“Como mojarra.”— y agregó —“Y floto. Como un elegante nenúfar.” —

 

Calyra se quitó lentamente su bata y dejó expuesto su hermoso cuerpo en traje de baño. La conversación en general  se apagó por un segundo. Todos giraron su cabeza para contemplarla… tal era su belleza.

 

—“Leorin…”— dijo ella, con voz suave —“no tienes que demostrar nada.” —

 

Él ya subía los escalones del trampolín.

 

—“Un hombre debe recordar quién es.”— proclamó —“Y demostrarlo ocasionalmente desde lo alto.” — el alcohol se pronunciaba por su boca.

 

—“Te amo tal como eres.”— añadió ella anticipándose a la catástrofe —“Incluso cuando estás a punto de hacer algo innecesario.” —

 

Leorin giró.

 

—“¿Lo dices en serio?” —

 

—“Inexplicablemente.”— respondió Calyra.

 

Ese fue el momento exacto del máximo orgullo que llevó a Leorin a saltar.

 

Tomó carrera. O algo parecido. Su pie resbaló. Y el mundo giró con una dignidad que él no pudo compartir. El impacto contra el agua fue soberbio.

 

Cayó despatarrado, como un saco noble arrojado por error, levantando una ola que empapó a media concurrencia. Durante un instante, solo se vieron burbujas confusas. Un brazo que emergió… y volvió a desaparecer.

 

—“¡Vaya!”— exclamó alguien —“Ese no fue un estilo conocido.” —

 

Calyra se zambulló con un movimiento limpio, preciso y hermoso.

 

Bajo el agua encontró a Leorin forcejeando con su propio traje de baño, tenía los ojos abiertos en una mezcla de extrañeza y ofensa.

 

Lo sujetó con fuerza, lo elevó y lo llevó hasta el borde.

 

—“Respira.”— ordenó.

 

—“Estoy… respirando… agua.”— balbuceó él como pudo.

 

Calyra apoyó sus labios en los de Leorin para darle aire. El contacto fue breve… y no tanto. Demasiado largo para ser un rescate.

 

Leorin abrió los ojos extasiado mientras el público contenía el aliento.

 

Calyra se separó apenas.

 

—“Ahora sí. Respira.”— dijo quedamente, mientras le acariciaba el rostro.

 

Leorin respiró. Luego sonrió… y la besó con la torpeza apasionada de un adolescente. Arrancó murmullos y aplausos espontáneos.

 

—“Estoy bien.”— declaró, poniéndose de pie de golpe —“Perfectamente bien.” —

 

—“Hace un segundo estabas ahogándote.”— señaló ella.

 

—“Era parte de la demostración.” — dijo tercamente.

 

Sin dar tiempo a réplica alguna, Leorin la alzó en brazos. Empapado, orgulloso de su mujer y temblando de una energía inexplicable, caminó hacia la posada entre vítores y risas.

 

—“¡El amor lo salvó!”— gritó alguien.

 

—“¡O el vino!”— respondió otro.

 

Mientras estaba en sus brazos, Calyra apoyó la cabeza en su hombro. Y notó que su propio pulso estaba acelerado.

 

“Interesante,” pensó. “Esto no estaba en mi protocolo.”

 

Mientras subían las escaleras rumbo a la habitación, Leorin murmuró, extasiado:

 

—“¿Ves? Te dije que el agua me devuelve la vida.” —

 

Calyra sonrió, cerrando los ojos un instante.

 

—“Así es, amado mío.”— susurró mirándole –“Eso parece.” —

 

Y por primera vez desde que lo había elegido como consorte, se preguntó, con una inquietante curiosidad casi humana, si algo en ella estaba cambiando.

La noche cayó sobre MendoLonga, como un telón cargado de lentejuelas.
Las calles se encendieron con faroles de dudosos colores, y la música brotó en cada esquina, mientras las máscaras tomaban las calles.

—“Esta ciudad no celebra el carnaval.”— dictaminó un contento Leorin mientras se ajustaba el cinturón—“Es el carnaval.”

Calyra observó su propio reflejo en un espejo manchado: su máscara era de alta nobleza, delicada, antigua, con filigranas que insinuaban linajes que nadie se atrevía a discutir. Era una máscara que abría puertas.

Leorin, en cambio, rebuscaba frenéticamente por aquí y por allá.

—“La tenía aquí.”— murmuró —“Estoy seguro de que la tenía aquí.”

—“¿La máscara noble de los Dastel?” — preguntó Calyra con aparente inocencia.

—“¡Por supuesto! La auténtica Dastel. No esta cosa…”— levantó una máscara cualquiera, tosca, popular —“que parece haber sido tallada por un zapatero borracho.”

—“Igual es encantadora…”— dijo Calyra para suavizar las cosas.

—“Es una catástrofe social.”

Ya era tarde. Y no quiso demorarse más.

En la primer taberna, el problema se presentó de inmediato.

—“Fuera.”— dijo el tabernero, señalando a Leorin —“No admitimos mendigos durante el carnaval elegante.”

—“¡Mendigo yo!”— exclamó Leorin ofendido —“¡Soy un Dastel!”

—“Claro.”— respondió el hombre —“Y yo soy el Emperador Thespio reencarnado. Fuera.”

Calyra dio un paso adelante.

—“Él está conmigo.”

El tabernero parpadeó dos veces. Miró de nuevo a Leorin.

—“¿Con eso?”

—“Con él.” corrigió Calyra sonriendo —“Es un noble. Y ha perdido su máscara”

Los murmullos comenzaron.

—“¿Quién es ella?”
—“¿Por qué una dama acompaña a un payaso…?”

—“¿Tendrá un fetiche?”

En otra taberna, un borracho le ofreció a Calyra una copa.

—“Hermosa dama, ¿qué haces acompañada por… esa tragedia vestida?”

Leorin apretó los puños.

—“Retira tu comentario o te retiraré los dientes.”

—“¡Duelo!”— gritó alguien, encantado —“¡Duelo carnavalesco!”

El contrincante era un poeta con exceso de confianza.

—“Te insultaré hasta que llores.”— anunció.

—“Haz fila.”— respondió Leorin —“En mi vida todos lo intentan a diario.”

El duelo verbal comenzó.

—“¡Eres pobre!” 

—“Temporal.”

—“¡Eres torpe!”

—“Persistente.”

 —“¡Tu linaje está en ruinas!”

 —“Pero sigue en pie. A diferencia de tu talento.”

El poeta abrió la boca… y no encontró palabras.

—“¡Victoria por asfixia retórica!”— declaró un espectador —“El mendigo habla muy bien.”

Calyra observó con atención. La habilidad lenguaraz de su marido nunca había sido torpeza.

Tal era la belleza legendaria de Calyra que de un modo u otro, muchos nobles querían conquistarla descaradamente. Los duelos continuaron.

El segundo contrincante no reía. Era alto, delgado y silencioso. Se batieron con pistolas de dardos envenenados.

—“Amor, esto ya no es un juego.”— susurró Calyra, por primera vez tensa.

—“Tranquila.”— dijo Leorin, intentando sonreír con confianza —“Lo tengo todo controlado.”

Por dentro, los dientes castañeteaban como cubiertos mal lavados.

Mientras los duelistas cargaban las armas, Calyra inadvertidamente recalibró la pistola del contrincante. Un cambio mínimo e imperceptible.

Después de contar tres pasos, se dieron vuelta y dispararon. Leorin erró, pero el rival, erró por demás.

El dardo voló directo al mastín de una dama cercana: un Mastín de Fuego, enorme, de piel curtida como cuero antiguo. El dardo rebotó en el pecho del perro, que rugió y salió disparado tras el duelista, que huyó gritando en un tono agudo y memorable.

—“¡En mi trasero no!”— aullaba mientras esquivaba las dentelladas y desaparecía en la multitud.

Ovación general.

—“¡Victoria por can!”— gritó alguien.

Calyra miró a Leorin, que celebraba pálido, sudoroso… y orgulloso.

Había hecho el ajuste y había manipulado el resultado. Para salvarle. Y sin embargo…

“¿O no?”, pensó

Por primera vez, una duda incómoda cruzó su mente. “¿Y si no era solo ella quien elegía? ¿Y si ella no tenía el control? ¿Y si, de algún modo absurdo y torpe… él también la había conquistado?”

La idea era ilógica, tal vez innecesaria.

Sonrió y tomó su brazo. No le importaba. Estaba enamorada de su galán.

Y el carnaval, como siempre, seguía su curso.

La Posada del Lirio Desollado se alzaba en la Avenida de los Antiguos Méritos, una calle donde todas las fachadas prometían glorias pasadas y en donde en cada puerta se veían dignidades en retirada, amores sin pudor o profesionales del afecto aguardando a sus clientes.

 

El edificio había sido, según una placa torcida, “Residencia de Príncipes y Amantes Memorables”. Ahora olía a cerveza agria, perfume barato y ambiciones frustradas.

 

Después de una intensa noche, Leorin Dastel descendió del carruaje con la dignidad de quien cree dominar su destino, ajustándose la capa y tocando, con gesto instintivo, la máscara que cubría su rostro.

 

—“Ahora descansaremos, amada mía.”— declaró con solemnidad —“Un refugio digno de tu linaje.” —

 

Calyra Dastel cogió la galante mano de su esposo para descender.

 

Desde dentro de la posada, la matrona-conserje, una mujer de hombros ciclópeos y cejas como cepillos de limpiar botas, alzó un dedo acusador.

 

—“¡Alto ahí, máscara desconocida!” —

 

Leorin se detuvo en seco.

 

—“¿Desconocida? Señora, aquí nos hospedamos.”—

 

—“¡Silencio!”— tronó la matrona —“Aquí solo aceptamos linajes, no mendigos. Su máscara no figura en el Registro Oficial de Narices Ilustres. Deberá probar su nobleza antes de entrar.”—

 

Leorin tragó saliva resignado.

 

—“¿Cómo… probarla?” —

 

La mujer sonrió. No fue un gesto tranquilizador.

 

—“Con los Juegos de Verificación de Linaje, por supuesto.” —

 

Un gong resonó. La clientela estalló en vítores.

 

Leorin fue empujado dentro de un barril de vino vacío junto a otros tres aspirantes a nobleza, ninguno de los cuales parecía haber sido noble jamás, ni siquiera en sueños.

 

—“¡A la señal!”— gritó la matrona.

 

Los barriles rodaron cuesta abajo. Leorin gritó, rodó, golpeó una pared, besó el empedrado y finalmente cayó en una pila de estiércol decorativo.

Desde la multitud, muy cerca del barril, Calyra le dio una patada al artefacto, corrigiendo el último giro del barril justo antes de que Leorin se precipitara a un pozo.

 

Leorin emergió cubierto de su dignidad perdida.

 

—“¡Lo hice!”— jadeó —“¡Por ti!” —

 

Calyra aplaudió suavemente, como quien observa un animal aprendiendo a no caer por el barranco.

 

El segundo desafío fue de escupitajos

 

—“¡A ver quién escupe más lejos!”— anunció la matrona.

 

Leorin escupió con noble moderación. El rival, un hombre de mandíbula prodigiosa, tomó impulso… y escupió directamente sobre los hombros de un sujeto monumental y expresión tan hostil que incluso sus pensamientos parecían gruñir.

 

El silencio fue absoluto. El hombre giró lentamente la cabeza.

 

—“Oh.”— dijo el contrincante de Leorin.

 

El hombre de cara de pocos amigos persiguió al duelista, que huyó chillando ante el aplauso general.

 

—“¡Descalificado!”— gritó la matrona.

 

Leorin asintió, muy serio.

 

—“Una tragedia evitable.” —

 

Hubo una ovación.

 

—“¡Linaje aceptado!”— declaró la matrona —“Pueden pasar a la habitación.” —

 

Al entrar, Calyra se reclinó en la cama, envuelta en telas sugerentes, observándolo con ojos tranquilos.

 

—“Has sobrevivido muchas pruebas.”— dijo.

 

—“Por ti,”— respondió él, con fervor —“haré una proeza digna de los cantares.” —

 

Se subió al armario.

 

—“Leorin…”—empezó ella.

 

Saltó. Con tan mala suerte que golpeó la lámpara del techo, que desvió su trayectoria.

 

Cayó al suelo con estrépito.

 

Bajo la cama, vio su máscara noble, intacta.

 

—“Ah.”— murmuró —“Siempre estuvo aquí.” —

 

Calyra se acercó, le curó los raspones con manos expertas, precisas, casi tiernas.

 

—“Eres fascinante.”— dijo —“Tan convencido de ser héroe.” —

 

Leorin sonrió, dolorido pero feliz.

 

—“¿Y lo soy?” —

 

Ella apagó la lámpara, sugerente.

 

—“Esta noche… sí.” —

Y mientras la posada continuaba festejando el carnaval, Calyra aceptó que, aun siendo un androide, no gobernaba todos los hilos que creía. La duda que eso despertó en ella fue inquietante, innecesaria y deliciosamente imprecisa.

Quizá fuera un síntoma de humanidad, pensó.

 

FIN


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