Viaje Salvaje: Bares y Rock
Conocí a mi novia haciendo autostop. Ella venía en un auto destartalado, pintado de rosa y amarillo, con flores por doquier y calcomanías de bandas de rock. Lo primero que leí cuando paró a mi lado, fue un cartel que decía "Se canta, pero no se llora". Bajó la ventanilla, me miró con unas gafas de sol enormes y dijo:
—"Si te llevo, no será gratis"- Dijo en tono serio
—"¿Cuánto cuesta?"— Pregunté nervioso.
—"Solo tu alma, pero acepto cuotas mensuales"- Bromeó
Así fue como terminé en el asiento del copiloto de Sabrina, una salvaje roquera explosiva que cantaba en bares de mala muerte mientras que yo, Tomás, era un estudiante de programación más cuadrado que un bloque de legos, intentando descifrar cómo había llegado a este punto en mi vida.
Sabrina tenía dos reglas para el camino:
1. El copiloto elige la música, pero si no es rock, te bajas y caminas.
2. Nunca me preguntes qué huele raro en el auto porque tampoco yo lo sé.
Mientras viajábamos por carreteras polvorientas, Sabrina cantaba a todo pulmón canciones que ella misma componía. Tenía un talento increíble, aunque algunas letras eran… poco convencionales.
—"¿'Mi amor es como una pizza fría'?"— Pregunté.
—"¡Es una metáfora profunda!"— Respondió indignada mirándome seria —"¿Qué sabes tú de pizzas o del amor?"-
Yo, que no era otra cosa que un nerd con alergia al gluten, no supe qué contestar.
Llegar a cada bar se transformaba en una aventura. Sabrina siempre lograba que la dejaran tocar, pero su estilo de negociación era… muy particular:
—"¿Tienen banda para esta noche?"- Preguntaba inocentemente.
—"Sí"- Solía ser la respuesta más frecuente de los dueños de los bares.
—"Pues ahora tienes dos"- Decía inocentemente y mostrando una carita adorablemente engañosa.
El guitarrista de su banda siempre desafinaba - por diseño, según decía ella - y su presencia magnética en el escenario nos llevaba a situaciones surrealistas. Una vez una chica grandota, con un incipiente bigote que empezaba a parecerse a un matorral, se acercó amenazante antes de un show:
—"¡Tú no puedes llamarte 'Sabrina la Salvaje"! ¡Ese es mi nombre artístico!"-
Sabrina la miró de arriba a abajo y respondió:
—"Ok, bozo-salvaje. Te reto a un duelo de guitarra para ver de quién es el nombre"-
Ganó Sabrina, por supuesto. La mujer terminó llorando. Fue hermoso.
Un día, en medio del desierto, Sabrina se quedó dormida al volante mientras escuchábamos su playlist de heavy metal a todo volumen. Yo venía medio dormido –casi siempre ronco duro mientras viajamos- Afortunadamente me despabilé y pude despertarla justo antes de que el auto terminara en una zanja.
—“Tienes que dejarme manejar alguna vez”— Le dije, aun temblando.
Sabrina accedió, pero primero tuve que demostrar mi ‘alma roquera’. Esto incluyó unas gafas de sol estilo años 80, aprender a hacer ‘cuernos’ mientras sacaba la lengua y gritar ‘¡A toda máquina!’ al arrancar.
Una vez, en medio de la nada, nos encontramos con un pequeño festival de música organizado por un grupo de hippies que tenían más de sesenta años. Sabrina estaba emocionada, y se inscribió para tocar. El problema surgió cuando los organizadores insistieron en que toda música debía estar acompañada por ‘instrumentos naturales’.
—“¿Qué diablos es eso?”— Preguntó mi chica.
—“Palos, piedras… lo que sea, menos instrumentos típicos”- Le dijo un vejete sonriendo.
Sabrina intentó improvisar una batería con un par de cocos y algunos troncos de árbol. Yo fui reclutado para armar una improvisada ‘flauta traversa’ con una caña a la que le hice algunos agujeros.
Entre risas y desastres, los números de los concursantes se ganaron el cariño del público. A nosotros nos premiaron con una corona de flores… y un saco de zanahorias. Fue lo que cenamos esa noche.
Me acuerdo de un pequeño pueblo, en donde Sabrina y yo entramos a un bar que organizaba una noche de karaoke. Sabrina estaba convencida de poder superar a cualquiera, y se le ocurrió inscribirse para cantar. Cuando subió al escenario, en un acto romántico -y algo torpe a decir verdad- me llamó para que le hiciera el coro.
El problema es que yo no puedo afinar ni por accidente. Sabrina intentaba disimular, y fue cuando un grupo de borrachos comenzó a corear “¡Autotune! ¡Autotune!”. A Sabrina le explotaron las neuronas:
—"¡Él está improvisando su propio género musical! ¡Es arte moderno, bola de ignorantes!"-
Emocionado por su efusividad, me lancé a cantar a capella una versión desafinada de "Creep" de Radiohead. Al final, fuimos ovacionados… aunque no me queda claro si fue por la valentía de Sabrina o porque los demás estaban demasiado borrachos para juzgarnos.
A medida que viajábamos, Sabrina decidió que era hora de grabar el primer disco de la banda. Yo, con mis habilidades de programación, me ofrecí a editar las canciones y subirlas a Spotify. Ella insistía en grabarlas en vivo, incluyendo los gritos del público. Lo difícil fue convencerla de que 'el tipo que pidió otra cerveza' no podía ser parte del coro.
Otra vez paramos en una estación de servicio desierta, y Sabrina encontró una máquina de karaoke viejísima. Sin dudarlo, se puso a cantar ‘Livin’ on a Prayer’ mientras yo revisaba el motor del auto. De repente, un grupo de camioneros comenzó a aplaudir. Uno de ellos gritó:
—“¡Cásate conmigo!” -
Sabrina respondió:
—“Lo siento, ya tengo copiloto”- Respondió mientras me señalaba.
No puedo negarlo. Me sonrojé. A Sabrina le pareció tan gracioso que decidió dedicarme su próxima canción.
Durante una grabación improvisada en un motel, el recepcionista llamó a la policía pensando que había una pelea. Sabrina convenció a los oficiales de unirse a los coros, y así nació la canción 'Sirenas del amor'. Literal... no bromeo.
Aunque éramos como el agua y el aceite, no tardamos en enamorarnos. Sabrina me enseñó a vivir más libremente, y yo le mostré que no todo se arregla a guitarrazos -aunque a veces ayuda-. Había momentos tiernos entre el caos, como la vez que me escribió una canción llamada "Eres mi bug favorito".
—"¿Sabes por qué te quiero, Tomás?"— Me dijo una noche bajo las estrellas.
—"¿Por mi intelecto y mi sentido del humor?"-
—"No, porque tú también hueles lo raro del auto y nunca me preguntas el por qué"-
Nuestro sueño de subir el disco a Spotify casi se descarrila cuando Sabrina perdió su guitarra en un juego de cartas con un imitador de Elvis. Pero con algo de suerte -y mi talento para hackear máquinas de karaoke-, logramos dar el concierto más memorable de todos.
El bar estaba lleno, y Sabrina brillaba en el escenario. Cuando terminó la última canción, el público pidió otra. Sabrina, sin guitarra, señaló al tipo del karaoke -yo mismo- diciéndole:
—"Pon 'My Heart Will Go On'. Vamos a hacer historia"-
Y la hicimos.
Finalmente logramos subir su disco, pero Sabrina insistió en ponerme como portada posando en calzoncillos porque "es auténtico". Algo así como la versión bizarra de la portada de NeverMind. Spotify lo aceptó, y ahí estoy yo, un auténtico divo.
Lamentablemente no entendieron el concepto de la foto y clasificaron el álbum como "Comedia Experimental".
Y así estamos. Sabrina y yo seguimos conquistando bares, danzando al compás de sus acordes de guitarra en este viaje salvaje que llamamos vida.
FIN
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