Diario de Rodriac
Fantasmas en el mundo de los vivos
por Rodriac Copen
A veces me siento un fantasma en el reino de los vivos. No de esos con sábanas y cadenas, sino uno más discreto: el que atraviesa conversaciones sin hacer ruido, el que escucha verdades a medio cocer, el que ve hilos donde otros apenas ven nudos. Y entonces me pregunto, con una mezcla de pudor y soberbia: ¿estar demasiado despierto es otra forma de soledad?
Llega un punto en que el conocimiento deja de ser luz y se vuelve peso: no porque falte verdad, sino porque sobra mundo por comprender y falta gente con quien compartirlo.
Poca gente lo sabe —y casi nadie lo notaría aunque se lo explicara—, pero mi formación académica es amplia, voraz, a ratos obsesiva: filosofía, teología, espiritualidad, análisis hasta que duelen los ojos. No lo digo como quien muestra un trofeo, sino como quien señala una vieja cicatriz. Porque el conocimiento no siempre ilumina: a veces encandila, a veces aísla. Y a veces puede aterrar al que lo posee.
Escucho hablar a las personas y me asalta una pregunta incómoda: ¿cómo hacen para vivir en un mundo que a mí, a veces, me resulta tan simple? Revolotean como pajarillos entre migas de rutina, convencidos de que eso es volar. Y yo los miro, con una ternura medio culpable, pensando que quizá también podrían volar de otra manera, imitando a las águilas. O que eligen ser peces de colores cuando podrían tratar de ser tiburones, orcas o ballenas. Lo sé: suena engreído. También suena peligroso. El ego siempre cree que trae una linterna, pero muchas veces solo trae un espejo.
La verdad es menos épica y más humana: no todos quieren volar alto. No todos soportan la presión de las alturas. Hay quien prefiere el suelo firme, el café caliente, la charla liviana, el mundo explicado en frases cortas. Y no los culpo. A veces los envidio un poco. Me gustaría seguir creyendo en dios como lo hacía en mi juventud. Pero todo lo que aprendí en la universidad de la ciencia y el conocimiento arcano me lleva a entender que la evolución es liberadora de cualquier figura de apego.
La lucidez tiene un costo. Entender demasiado rápido cansa al corazón. Ver patrones donde otros ven casualidades vuelve difícil el descanso mental. Analizarlo todo es como dormir con la luz prendida: tarde o temprano algo dentro pide oscuridad.
Y sin embargo, hay algo que me salva de convertirme definitivamente en espectro: una sola mujer en el mundo logró, sin proponérselo, hacerme sentir intelectualmente pleno... y también incómodamente pequeño. Lo bastante inteligente como para desafiarme. Lo bastante profunda como para no dejarme esconderme detrás de mis palabras. Con ella no soy fantasma. Soy carne, duda, pensamiento vivo. Y eso, créanme, no es poca cosa.
¿Qué enseña todo esto sobre la condición humana? Que no es la inteligencia lo que nos separa, sino la soberbia. Que no es la profundidad lo que aísla, sino la falta de puentes. Y que sentirse distinto no es una virtud automática: a veces es solo una herida mal curada.
¿Hay solución? Tal vez una muy simple, casi infantil, pero que surge de la misma enseñanza del que emprende el gran vuelo intelectual del conocimiento: hablar menos desde el podio y más desde la mesa. Escuchar no para detectar errores, sino para descubrir mundos que nos son ajenos y extraños. Aprender a bajar del águila para compartir el pan con los gorriones, sin despreciarlos ni envidiarlos.
¿Y qué pasa si no lo hacemos? Que el fantasma se acostumbra a la cárcel dentro de la pared. Que el orgullo se vuelve refugio y la virtud del ermitaño no es tal, sino soberbia. Que la soledad deja de doler... y ese es el verdadero peligro porque así te vuelves menos humano.
Al final, y esto lo digo sin ironía, más triste que no ser comprendido, es dejar de necesitar serlo.
Y eso ya no es lucidez. Es empezar a dejar de ser parte de este mundo.
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