CyberSun Proyecto Inmortal
Capítulo 2. Reclutamiento Fantasma
por Rodriac Copen
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Helia despertó sobresaltada, con un jadeo corto y seco, como si alguien le hubiera retirado el aire a la fuerza.
Su habitación estaba en penumbras. Un rectángulo de luz blanquecina entraba por la persiana mal cerrada. No había alarmas ni sirenas. Las primeras horas del alba transcurrían en quietud y serenidad.
Y, aun así, su cuerpo estaba tenso, como preparado para huir o atacar.
Se llevó una mano al pecho. Su corazón latía. Regular y perfecto. Se le antojaba raro y extraño. Durante toda su vida, había sido “su” corazón. Pero ahora sabía que solo era una simulación.
—“Otra vez…”— murmuró, con esa voz ronca del despertar.
Cerró los ojos unos segundos, intentando retener lo que se desvanecía. El sueño ya empezaba a romperse en fragmentos, como si fuera una copa de vidrio bajo presión.
Dos niños. No sabía quiénes eran. No tenían rostro definido cuando intentaba recordarlos con precisión, pero en el sueño eran absolutamente reales. Una nena de cabello oscuro y un varón un poco mayor, quizás siete u ocho años. Corrían. Reían. La tomaban de la mano. Jugaban con ella como si la conocieran de toda la vida. Como si fueran… familia.
Helia se incorporó lentamente en la cama.
—“No existen.”— se dijo a sí misma, casi con enojo —“No pueden existir.” —
Pero la sensación seguía ahí. Persistente e insoportable. Trató de analizarla. No era nostalgia. Tampoco tristeza. Era algo peor.
Durante el sueño había sentido amor.
Se levantó y caminó descalza hasta el pequeño lavabo del cuarto de baño. El espejo le devolvió una imagen que ya no podía mirar con inocencia: una piel perfecta, ojos atentos, una quietud antinatural incluso en reposo.
—“¿Quiénes eran esos niños?”— preguntó en voz alta, sabiendo que nadie iba a responder.
Apoyó las manos en el borde del lavamanos. Notó que no temblaban.
Eso también la irritaba.
Más tarde, en la oficina del militar, Luther Rydder cerró la puerta del cuarto y apoyó la espalda contra el metal, como si necesitara asegurarse de que nada los estaba escuchando.
Helia lo observaba desde la mesa, con los brazos cruzados. Sentía algo distinto en el cuerpo. Un silencio nuevo. Liviano.
—“Ya está”—dijo simplemente —“Está fuera del monitoreo.” —
Ella parpadeó.
—“¿Así de simple?” —
Luther negó con la cabeza.
—“Nada de lo que tenga que ver con CyberSun es simple.”— La
miró fijo —“Lo que hice fue sacarla del
canal activo. No están leyendo sus sensores ahora. Pero van a notar la caída de
la señal. Es cuestión de tiempo.” —
Helia exhaló despacio. Era extraño: no había sonido, ni señal, ni vibración… pero creía sentir la ausencia. Como si alguien hubiese dejado de mirarla de golpe. Se estaba sugestionando.
—“Es… silencioso.”— dijo —“Por primera vez.” —
—“Acostúmbrese.” — respondió él —“No va a durar.” —
Ella apretó los labios.
—“¿Qué pasará ahora?” —
Luther se enderezó, volvió a ponerse el rol militar encima como una armadura. Y después del reclutamiento, empezó a tratarla como una colega, con mayor cercanía.
—“Ahora debes desaparecer. Por un par de días.”—
—“Dos días… ¿por qué?” —
—“Es necesario. Para que yo haga algo que no debería poder hacer.”—dijo —“Reingresarte al sistema del ejército.” —
Helia frunció el ceño.
—“¿Reingresarme?” —
—“En el pasado, te sacaron de la fuerza. Te dieron de baja por fallecimiento. No puedo reingresarte como si volvieras a vivir.” — explicó Luther —“El problema es que si entro tus datos tal como están ahora… el sistema te marcará en segundos. Y CyberSun va a saber dónde estás antes de que yo termine de parpadear. Por otra parte, si no estás dentro de una estructura oficial, eres un fantasma. Y los fantasmas duran poco porque son investigados.” —
—“Entonces no entres mis datos.”— dijo ella.
Luther la miró con una mezcla de paciencia y cansancio.
—“Tengo que hacerlo. Pero voy a modificar algunos parámetros de tu ficha. Lo justo para que pases. Pero no tanto como para que levantes sospechas internas.” —
—“¿Falsificarme?” —
—“Digamos que reconstruirte.”— corrigió —“Vas a seguir siendo tú misma. Pero con información menos… detectable.” —
Helia se levantó despacio.
—“¿Y eso es legal?” —
Luther esbozó una sonrisa mecánica, sin gracia.
—“Si lo fuera, no me llevaría dos días… y tampoco debería violar cerca de dieciocho protocolos de seguridad.” —
Se quedaron en silencio un segundo.
—“¿Qué tan difícil va a ser?”— preguntó ella.
—“Mucho, pero no insalvable. Tu perfil no encaja en ningún
casillero humano estándar. Y eso le genera alarmas al sistema.” —
—“Lo siento.”— dijo Helia, sin ironía.
—“No lo hagas.”— La miró —“Tú no eres el problema. El problema es que existes y CyberSun borró tu memoria sin consentimiento.” —
Metió la mano en el bolsillo interno de su campera y sacó un dispositivo. Parecía un smartphone común, negro, sin marcas.
—“Tómalo.” —
Helia lo sostuvo. Era más pesado de lo normal.
—“¿Qué es?” —
—“Tu línea de vida.”— dijo Luther —“Tiene un canal cifrado punto a punto. Es no rastreable. No sincroniza con nada que no sea conmigo y con Liz.” —
—“¿Liz?” —
—“Una analista que trabaja conmigo. Y ahora contigo también. Confía en ella.”— luego añadió —“Y no pierdas esto. No es un teléfono. A partir de ahora es nuestro dispositivo de mayor seguridad.” —
—“¿Y si lo pierdo?” —
—“No lo hagas.” —
El tono no admitía bromas. Helia asintió y lo guardó con cuidado.
—“Entonces… dos días.” —
—“Dos días. Te enviaré las coordenadas.”— repitió él —“Después de eso, si hice todo bien, vas a existir en el sistema sin que sospechen.” —
—“¿Y si no sale bien?” —
Luther sostuvo su mirada.
—“Entonces no recibirás ningún mensaje. Y deberás dejar todo atrás. Iniciar una nueva vida en otro lugar. No tengo una respuesta para eso. No sé cuáles son los planes que tiene CyberSun contigo.” — ella entendió exactamente lo que eso significaba.
Esa noche, Helia durmió poco. Y cuando durmió, soñó. Pero no fue como los otros sueños. No hubo niños. No hubo risas lejanas ni manos pequeñas. Había un hombre. No veía su rostro. Nunca pudo verlo. Pero sentía su cuerpo cerca, el peso compartido, el calor real. Una respiración que se sincronizaba con la suya.
El contacto no era violento ni confuso. Era lento. Íntimo y natural.
Helia respondió sin pensar. Su cuerpo lo hizo sin órdenes, sin rutinas preprogramadas. La piel reaccionó. El pulso se aceleró. Una corriente tibia le recorrió el abdomen. Se sentía bien. Demasiado bien. No había culpa. No había duda. Solo una cercanía que no necesitaba explicación.
Cuando despertó, el cuarto estaba oscuro. Su cuerpo seguía reaccionando.
—“Esto no…”— susurró, incorporándose mientras el deseo se mantenía latente.
Se llevó una mano al cuello, como si pudiera encontrar ahí la respuesta.
No había recuerdos en su memoria del hombre. No habían recuerdos íntimos con él.
Y, sin embargo, lo había sentido. Real. Agradable.
Helia se quedó un momento sentada en la cama, con el corazón latiendo firme, humano, imperfecto.
—“¿Quién eres?”— preguntó al vacío.
No obtuvo respuesta.
Pero por primera vez desde que supo lo que era, comprendió algo que la inquietó más que cualquier vigilancia: su cuerpo no solo podía recordar. Podía desear. Y eso significaba que alguien, en algún momento, había sido lo suficientemente real como para dejar esa huella en ella.
A los dos días exactos, el dispositivo vibró una sola vez.
Helia lo tenía sobre la mesa, como si fuera un objeto sagrado. No lo había apagado ni un segundo. No había salido. No había hablado con nadie. Había esperado.
—“Rydder.”— dijo la voz al otro lado, seca, directa —“Ven a la oficina.” —
—“¿Dónde?” — cuando le llegó una notificación con la ubicación precisa.
Era en el centro de la ciudad. No era una base ni un complejo militar. No era nada que ella hubiera esperado.
—“¿Eso es… un edificio civil?”— preguntó.
—“Así es.”— respondió Luther del otro lado —“Sube hasta el piso doce. Oficina 12-B. Y Helia… tienes que venir sola.” —
La comunicación se cortó.
El edificio era pequeño e insignificante. Pasaba desapercibido. Un edificio de oficinas cualquiera, con gente entrando y saliendo. Ningún guardia armado. Nadie vigilando. Eso la inquietó más que un perímetro militar.
El ascensor subió lento. Cuando las puertas se abrieron, un pasillo silencioso la condujo hasta una recepción mínima. Detrás del escritorio, una mujer levantó la vista de una pantalla.
Tenía el cabello recogido sin esfuerzo, unos anteojos rectangulares y una expresión que no era amable ni hostil.
—“Helia Maren.”— dijo, sin preguntar.
—“Sí.” —
La mujer sonrió suavemente, con un gesto mínimo y calculado.
—“Llegó puntual. Eso siempre ayuda.”— se levantó—“ Soy Liz Parker. Pase, por favor.” —
Helia la siguió con una incomodidad que no supo explicar. No le había dado su nombre a nadie más que a Luther. Hasta que recordó la conversación. Liz era la analista que Luther había mencionado.
La mujer abrió la puerta de un despacho amplio, sobrio. Luther Rydder estaba de pie junto a una ventana, de espaldas, mirando la ciudad como si evaluara un campo de batalla invisible.
—“Capitán.”— anunció Liz —“Está aquí.” —
—“Gracias, Liz.” —
Luther se dio vuelta. Su expresión era distinta. Más cerrada. Más oficial.
—“Helia.” — dijo —“Bienvenida.” —
Ella lo miró, buscando algo familia, pero encontró distancia.
—“¿Esto es una prueba?”— preguntó.
—“Todo lo es.”— respondió él relajándose —“Pero hoy es especial. Hoy es tu primer día.”—
Helia arqueó una ceja.
—“Esto no parece un cuartel.” —
—“No lo es.”— intervino Liz, cerrando la puerta —“Si lo fuera, ya estaríamos muertos.” —
Helia la miró.
—“¿Muertos?” —
Liz se encogió de hombros.
—“O desaparecidos. Depende de quién firme la orden.” —
Luther carraspeó.
—“No seamos tan dramáticos. Asustarás a Helia. Siéntate, por favor.” —
Helia obedeció. Liz tomó asiento también, con una tablet apoyada en las piernas.
—“Antes de seguir,”— dijo Luther —“necesito que entiendas dónde estás parada. Y con quiénes.” —
Señaló a Liz.
—“Ella es Liz Parker. Oficialmente, secretaria administrativa de este edificio. En la práctica, analista de inteligencia especializada en encriptación avanzada.” —
—“Arquitectura de sistemas cerrados.”— aclaró Liz —“Y persistencia de datos no autorizados.” —
Helia parpadeó.
—“Eso suena… ilegal.” —
—“Lo es.”— respondieron ambos al mismo tiempo.
Luther continuó:
—“Tú, Liz y yo formamos una unidad nueva. Experimental. No tenemos
nombre oficial. Sin insignias. Y sin presupuesto visible.” —
—“Respondemos directamente al Secretario de Estado de los Estados Unidos”— añadió Liz —“No al Pentágono, ni a la CIA o al FBI.” —
—“¿Y eso es bueno o malo?”— preguntó Helia.
Luther la miró fijo.
—“Es frágil, pero necesario. Nuestras investigaciones son muy confidenciales.” —
Liz se inclinó hacia adelante para explicar mejor.
—“No tenemos peso político. Ni respaldo institucional. No existimos en los organigramas.” —
—“Y si alguna agencia nos detecta haciendo contrainteligencia dentro de las propias fuerzas armadas,”— continuó Luther —“asumirán que somos una amenaza interna... y que lo hacemos por cuenta propia.” —
—“Y cuando eso pasa…”— dijo Liz —“el sistema no investiga. Limpia.” —
Helia tragó saliva.
—“¿Limpia cómo?” —
Luther no esquivó la pregunta.
—“Los tres seremos borrados. Así de importante es nuestra investigación.”—
Silencio.
Helia apoyó las manos sobre sus rodillas. No temblaban.
—“¿Y por qué harían eso?” —
—“Porque no les gusta que alguien espíe desde adentro.”—respondió Liz—“Y mucho menos agentes que no pueden ser clasificados.” —
Helia sostuvo la mirada de Luther.
—“¿Esto que me ofreces es protección… o exposición?” —
—“Ambas”— dijo él —“Pero es la única forma de mantenerte viva sin esconderte para siempre.” —
Liz la observó con atención, como si la estuviera midiendo por dentro.
—“Somos honestos, Helia.”— dijo —“Esto no es un refugio. Es un área de riesgo. Pero tu antes estabas en la mira. Y Luther te ha sacado de ella.” —
—“Cualquiera de nosotros puede ser exterminado.”— añadió Luther —“Pero para eso deben detectarnos primero.” —
Helia respiró hondo.
—“Entonces…”— dijo —“¿qué esperan de mí?” —
Luther sonrió apenas. No había humor en el gesto.
—“Que aprendas rápido.” —
Liz cerró la tablet con un clic suave.
—“Y que no confíes en nadie por reflejo.”— agregó —“Ni siquiera en nosotros, hasta asegurarte que no actuamos bajo presión.” —
Helia sintió, por primera vez, algo parecido a un vértigo excitante.
No estaba huyendo ni escondiéndose. La estaban reclutando.
Y el precio era claro desde el principio: existir sin permiso.
Liz fue la primera en levantarse.
—“Tengo llamadas que devolver,”— dijo, ya con la tablet bajo el brazo —“y asegurar cosas que no deberían existir.” —
Miró a Helia apenas un segundo más de lo necesario. No fue una mirada cálida ni hostil. Fue más bien clínica.
La puerta se cerró con un clic suave, definitivo.
Rydder y Helia quedaron solos.
El silencio cambió de densidad. Luther no se sentó. Caminó hasta el escritorio, activó un jammer para inhibir comunicaciones y recién entonces habló.
—“Conseguí tus archivos de memoria.” —
Helia sintió un nudo en el estómago.
—“¿Mis… recuerdos?” —
—“Los originales.”— asintió —“Los que tenías al momento de morir.” —
Ella sostuvo su mirada, sin parpadear.
—“Creí que ya no existían.” —
—“Pero ahora tienes opciones. No debería poder hacer esto…”— explicó él —“si el sistema lo detecta… nos borran a los tres.” —
Helia no se inmutó.
—“¿Liz sabe?” —
—“Sabe que los tengo. Pero no sabe qué contienen.”— Fue directo —“Yo tampoco los leí.” —
Eso la sorprendió.
—“¿Por qué no?” —
Luther apoyó las manos sobre el escritorio.
—“Porque no nos corresponde. Tú no eres un archivo, eres una persona. Y porque si cruzamos esa línea… no hay vuelta atrás.” —
Helia tragó saliva.
—“¿Qué se hace con esa información?” —
Luther activó la pantalla. Aparecieron bloques de datos, patrones neuronales, fechas, sellos.
—“Puedo reimplantártelos y devolverte tus memorias. Es simple, técnicamente. Tienes interfaces ocultas en el pecho.”— señaló con dos dedos, sin tocarla —“Se conectan con este dispositivo. En un par de minutos recuperarías todo lo que recordabas antes de morir.” —
—“¿Todo?” —
—“Todo.” —
El peso de esa palabra cayó sobre ella.
—“Pero…”— continuó Luther —“tienes que entender algo antes.” —
Helia levantó la vista.
—“Hace doce años que tu cuerpo murió. Hay personas para las que eres un recuerdo. Padres. Amigos. Tal vez… esposo. Hijos.” —
Ella sintió un frío súbito.
—“Si te reimplanto esos recuerdos,”— dijo él —“no deberías interferir con sus vidas. Para ellos, tu vida terminó. Volver sería… una invasión innecesaria.” —
—“¿Y si yo quiero volver?”— preguntó ella, en voz baja.
Luther no respondió de inmediato.
—“El dolor no viene del proceso.”— dijo al fin —“Viene de lo que podrías encontrar.” —
Helia apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—“Desde que ese médico me dijo que soy un bioandroide… sueño con personas.”— levantó la vista —“Una familia. Rostros nítidos. Voces. No son difusos. Son… muy precisos.” —
Luther frunció el ceño.
—“¿Estás segura?” —
—“Sí.”— respiró hondo —“Creo que mi cerebro está intentando recuperar lo que le sacaron. Y me lo devuelve como puede.” —
Silencio.
—“Por eso es necesario que tú decidas.”— dijo él —“Nadie tiene derecho a empujarte.” —
Se enderezó, como si se colocara una distancia invisible entre los dos.
—“Y otra cosa. Esto no debería hacerlo yo. Debería delegarlo.” —
—“¿En Liz?” —
—“Sí.”— fue honesto —“Pero esta unidad es demasiado pequeña. Y no quiero cargarla con esa responsabilidad.” —
Helia lo observó con atención.
Había algo rígido en su postura. Un esfuerzo evidente por marcar un límite.
—“Está bien.”— dijo —“Entiendo.” —
Y lo entendía. Entendía que él estaba hablando como jefe. Como oficial. Como alguien que necesitaba mantener el control.
Eso la tranquilizó. Y, al mismo tiempo, una pregunta se coló sin permiso: ¿Luther se sentía atraído por Liz? La descartó de inmediato. Era absurdo pensar en eso. No tenía sentido. No era el momento.
Luther se dirigió a la puerta.
—“Voy a dejarte sola un momento.”— dijo —“Piénsalo. No hay apuro… aunque el tiempo nunca está de nuestro lado.” —
La puerta se cerró. Helia quedó sola con la pantalla encendida. Allí estaba su pasado.
Las dudas la asaltaron todas juntas. El miedo. El dolor anticipado. La posibilidad de descubrir una vida que ya no podía tocar.
¿Y si pedí que me borraran la memoria por una razón?
¿Y si no puedo
soportarlo?
Se llevó una mano al pecho, justo donde Luther había señalado. Pensó en los sueños. En los niños. En esa familia borrosa que insistía en aparecer.
—“Necesito saber.”— susurró.
No para volver. Ni para reclamar nada. Sino para entender quién había sido. Y por qué, en algún punto, había aceptado desaparecer.
Se enderezó. La decisión estaba tomada.
Unos minutos después la puerta se abrió sin anuncio.
Luther regresó con el mismo paso controlado con el que se había ido, pero Helia notó algo distinto en su mirada: decisión. No urgencia. Decisión.
—“¿Ya lo pensaste?”— preguntó, sin rodeos.
Helia se puso de pie.
—“Hagámoslo.” —
Él asintió una sola vez.
—“Bien. Entonces escuchame con atención.” —
Activó el panel lateral del despacho. El vidrio se oscureció. El zumbido del campo de privacidad volvió a envolverlos.
—“El proceso es sencillo. Nada invasivo.”— dijo —“Todos los bio androides tienen una interfaz neural inalámbrica integrada. No vamos a abrir nada. No es necesario tocarte.” —
—“Eso es un alivio.”— respondió ella, tensa.
Luther esbozó una sonrisa breve.
—“Los recuerdos no están acá.”— continuó —“Permanecen intactos en el sistema de las Fuerzas Armadas, con un nivel de seguridad secreta. Lo único que voy a hacer es autorizar el enlace.” —
Se acercó a la consola y proyectó un esquema tridimensional del cuerpo de Helia. En el pecho, apareció una marca luminosa.
—“Cuando conectemos,”— explicó —“el sistema va a buscar la clave dentro de tí. No es una contraseña. Es una firma interna. Si no hay deterioro, va a transferir los archivos encriptados de memoria.” —
—“¿Y después?” —
—“Después no voy a poder hacer nada.”— dijo —“Se van a desencriptar solos. Desde adentro. Cuando coincidan contigo.” —
Helia respiró hondo.
—“¿Y si no coinciden?” —
Luther la miró con seriedad.
—“Entonces nada va a pasar. El sistema detiene la transferencia y nadie se entera.” —
Ella sostuvo su mirada.
—“¿Y si sí coinciden?” —
—“Depende de cada persona. Algunos se duermen un par de segundos. Otros se sienten confundidos unos segundos. Luego, vas a recordar quién eras. Y todo tu pasado.” —
Silencio.
Helia se sentó en la silla que él le indicó.
—“Cuando quieras.”— dijo ella.
Luther activó la secuencia.
—“Conectando interfaz… ahora.” —
Helia sintió primero un cosquilleo en el pecho. Luego una presión sorda detrás de los ojos.
—“¿Estás bien?”— preguntó él.
—“Sí…”— respondió —“Creo.” —
El mundo pareció desplazarse medio centímetro fuera de eje. Las paredes se estiraron. Los sonidos se superpusieron. Durante un segundo no supo dónde estaba ni quién era.
Vio una mesa. Una cocina bañada de sol. Dos risas infantiles. Se llevó una mano a la cabeza.
—“Helia.”— dijo Luther, firme —“Mírame. El proceso sigue activo. Los archivos se están desencriptando.” —
Ella asintió, aunque no estaba segura de estar mirándolo. Las imágenes llegaron en avalancha. Un hombre. Su voz. Su olor. Sus manos.
El amor. No la idea, sino las experiencias. Un anillo en el dedo. Dos niños pequeños corriendo hacia ella, gritando “mamá”. Las noches cansadas. Las mañanas felices. El miedo. La elección. La muerte. Su mundo volvió de golpe.
Helia inhaló profundamente y se llevó ambas manos al pecho. No era por la interfaz.
—“Yo…”— susurró sin terminar ninguna frase.
Luther se acercó un paso.
—“¿Terminó?” —
Ella levantó la vista. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba.
—“Sí.” —
El sistema emitió un tono suave. La computadora mostró una frase: “Transferencia completada.”
—“Pedí que me borraran.”— dijo ella, con una claridad devastadora —“Yo lo pedí.” —
Luther no dijo nada.
—“Estaba casada.”— continuó —“Con el amor de mi vida. Teníamos dos hijos. Chicos. Muy chicos.” —
Cerró los ojos un segundo.
—“Cuando supe que podían traerme de vuelta… así,”— abrió las manos, señalándose —“entendí que no podía permitirlo. No para ellos.” —
—“¿Por qué?”— preguntó Luther, en voz baja.
—“Porque un cuerpo robótico no es una madre.”— Lo miró —“Porque si me veían así… no iban a poder soltarme nunca.” —
Tragó saliva.
—“Quise que él siguiera con su vida. Que se volviera a casar. Que los chicos tuvieran una madre real. No un recuerdo caminando.” —
El silencio pesaba.
—“Mis padres… “— añadió —“eran viejos. No podía condenarlos a entender algo así. Preferí que me lloraran… a que me vieran convertida en esto.” —
Luther bajó la mirada.
—“Fue una decisión consciente.”— dijo ella —“No me borraron. Yo quise irme.” —
Un segundo pasó. Otro.
—“Gracias por no leerlos.”— dijo Helia.
Él levantó la vista.
—“No hacía falta.”— Hizo una pausa —“Ahora se entiende por qué tus sueños eran tan claros.” —
Helia asintió.
—“Nunca dejaron de estar ahí.” —
Se quedó sentada, respirando despacio, con una calma extraña. No era alivio ni dolor puro. El sentimiento era de aceptación.
Se levantó. El pasado estaba
completo. Cerrado. Había perdido una vida.
Había elegido perderla. Y ahora sabía exactamente por qué.
Luther apagó la consola.
—“Ya fue suficiente por hoy.”— dijo, tomando su abrigo —“Ven. Te llevaré a tu casa.” —
Ella lo siguió sin discutir. Caminaba bien. Demasiado bien para alguien que acababa de recuperar una vida entera.
La casa de Helia era sobria. Ordenada. Funcional. No había recuerdos a la vista. Ninguna foto. Ningún objeto que delatara apego.
—“Siéntate. Descansa.”— le dijo
Helia se dejó caer en el sillón, rígida, con las manos juntas. Luther buscó la cocina. El sonido del agua hirviendo llenó el silencio incómodo.
—“Te hice algo de té.”— anunció —“ No arregla nada, pero ayuda a que no empeore.” —
Ella asintió.
—“Gracias.” —
Se lo alcanzó. Helia lo sostuvo sin beber.
—“No tienes que decir nada.”— agregó él —“Solo… quédate en paz.” —
Pasaron unos segundos.
—“¿Siempre es así?”— preguntó ella, de pronto —“¿Recordar?” —
Luther se apoyó contra la mesada.
—“Siempre es peor cuando queda alguien atrás.” —
Helia apretó la taza.
—“No puedo dejar de verlos.” —
—“No tienes que hacerlo. Hoy puedes relajarte.” —
Bebió un sorbo pequeño.
—“¿Por qué yo?”— preguntó —“¿Por qué tú y Liz arriesgan todo por alguien como yo?” —
Luther suspiró. Era evidente que no pensaba decirlo tan pronto, pero ya no tenía sentido ocultarlo.
—“El gobierno tiene un contrato con CyberSun,“— dijo —“ que opera con fondos del Estado. Pero creemos que está usando parte de esos recursos para generar programas propios que le darán dinero y poder.” —
Hizo una pausa y luego continuó:
—“Oficialmente, su contrato es exclusivo con las Fuerzas Armadas. Que básicamente es una segunda oportunidad para los caídos. Nada más.” —
—“Pero no es eso lo que hacen.” —
—“No.”— Fue seco —“Están ampliando el modelo de resurrección para el área civil y corporativa. Van a vender las resurrecciones de cerebros al que tenga los recursos para comprarla. Y eso es inaceptable.” —
Helia lo miró.
—“¿Y yo encajo dónde?” —
La explicación de Luther fue algo larga:
—“La idea era generar resurrecciones y venderlas a los que puedan pagarlas, pero la premisa es que las personas no sean conscientes de ello. Para que continúen su vida como si nada les hubiera pasado.
Todos los bio androides saben que lo son. Pero tú fuiste uno de los resucitados con las condiciones óptimas para el experimento de CyberSun, porque pediste ser borrada. Y para eso, te declararon muerta. Por eso nadie te iba a reclamar.
Cuando llegaste a mi despacho, y te investigué, nuestras sospechas se confirmaron. Y tu perfil previo en el ejército me mostró que tienes las habilidades para trabajar en inteligencia y contrainteligencia.
Tu ficha militar previa a tu muerte… me convenció. Fuiste eficiente. Ética. Tomaste decisiones difíciles sin perder humanidad.
Lo demás, ya lo sabes. Y ahora estamos aquí.” —
Ella soltó una risa breve, amarga.
—“Irónico.” —
—“No tanto.” —
Luther se sentó frente a ella.
—“Incorporarte es un riesgo enorme. Para mí. Para Liz. Para ti.”— No suavizó nada —“Si esto sale mal, no habrán juicios públicos. No tendremos defensa. Prisión de por vida… o algo peor. Pero la pregunta es ¡podemos dejar de hacerlo? Creemos que hay otros casos parecidos a ti. Esto tiene que parar. Las personas tienen derecho a saber quiénes son.” —
Helia levantó la vista.
—“¿Y si morimos?” —
—“No vamos a ser revividos.”— La frase cayó como un bloque —“No existimos oficialmente.” —
Silencio.
—“Liz desconfía de ti.”— añadió —“Y no puedo culparla. Incorporar a alguien sin conocerlo, leyendo solo un registro militar… es jugarse la integridad de todos.” —
Helia asintió.
—“Lo entiendo.” —
—“No tienes que agradarle.”— dijo —“Tienes que ser sólida, íntegra.” —
Ella apoyó la espalda en el sillón.
—“No sé si hoy puedo serlo.” —
—“Hoy no te pido nada.” —
Se levantó.
—“Descansa. Ven mañana a la oficina.”— Se detuvo un segundo —“No estás sola, Helia. Pero este camino… no perdona errores.” —
Ella lo miró.
—“Gracias por traerme.” —
Luther tomó su abrigo.
—“No fue un favor.” —
Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.
—“Duerme.” —
La puerta se cerró. Helia se quedó ahí, con la taza tibia entre las manos. Había recuperado su pasado, pero había perdido el derecho a volver.
Y ahora, por primera vez desde que
murió, tenía algo nuevo que proteger:
la verdad.
Helia volvió a la oficina a la mañana siguiente con el cuerpo tenso y la mente en guardia. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, algo dentro de ella se acomodaba mal, como un recuerdo mal acomodado en el rincón de su mente.
No tenía imágenes claras. Las sensaciones eran confusas. El reflejo era de una vida que sabía que había sido suya, pero que ahora se le presentaba como un eco deformado.
El edificio seguía pareciendo demasiado civil para lo que ocultaba. Al llegar, Luther ya estaba dentro de la sala de reuniones.
Liz Parker estaba sentada frente a una tablet, los dedos quietos, como si hubiera decidido no tocar nada hasta que fuera estrictamente necesario.
—“Buen día, Helia.”— dijo Luther, con una voz que pretendía sonar normal.
—“Buen día.”— respondió ella—“Lista para trabajar.” —
Liz alzó la vista apenas un segundo. Sus ojos la recorrieron como si estuviera validando un archivo. Luego volvió a la pantalla.
Luther cerró la puerta y apoyó ambas palmas sobre la mesa.
—“Bien. Vamos a ir directo al punto. Porque lo que voy a decirles no entra en ningún manual… “—
Liz levantó una ceja.
—“Eso suena alentador.” —
—“La inteligencia militar empezó a murmurar.”— continuó Luther —“Nada oficial. Nada escrito. Pero cuando los generales susurran, las cosas suelen reacomodarse.” —
Helia inclinó la cabeza.
—“¿Sobre qué murmuran?” —
Luther activó el proyector. No apareció un logo, ni un título. Solo una línea de texto, blanca sobre negro.
LA MUERTE NO SERÁ UN LÍMITE.
Helia sintió un golpe seco en el pecho.
—“Eso es todo lo que se pude leer.”— dijo Luther —“Proyecto OMEGA. Ultra clasificado. Hay archivos fragmentados, otros borrados, algunos reescritos. Como si alguien quisiera que nadie armara el rompecabezas completo.” —
Liz apoyó los codos en la mesa.
—“OMEGA no figura en ningún índice que yo haya visto.”— dijo —“Y eso incluye cosas que oficialmente no existen.” —
—“Exacto.”— respondió Luther —“Pero el patrón es claro. Bioandroides. Cuerpos sintéticos capaces de soportar el cerebro, mantenerlo con vida y sostener una conciencia humana completa… Hasta donde sabemos, CiberSun está probando hacerlo sin que esa conciencia sepa que es un bioandroide.” —
—“Y ahí entras tu, Helia.” — dijo Luther
Helia sostuvo la mirada.
Liz continuó:
—“Fuiste una prueba. Una evaluación funcional. Un caso de éxito… hasta que algo salió mal.” —
Luther intervino:
—“Helia, creemos que tu reimplantación no fue un procedimiento estándar. Fue un test. Querían ver si una conciencia reconstruida podía operar sin fisuras dentro de un cuerpo que no envejece, no enferma y no muere… salvo que lo destruyan.” —
Ella se apoyó contra el respaldo
de la silla.
Liz exhaló despacio.
—“Si CyberSun está detrás de OMEGA, como creemos, ”— dijo —“no vamos a encontrar pruebas siguiendo el camino legal. Sus contratos llegan a nivel presidencial. Están blindados. Auditorías falsas, jueces comprados, servidores que se autodestruyen.” —
—“¿Qué propones?”— preguntó Luther.
Liz levantó la vista.
—“Infiltrar a alguien dentro de la empresa.” —
Helia sintió que el estómago se le contraía.
—“No debemos olvidar esto:” — agregó Luther—“nosotros no existimos oficialmente. El Secretario de Estado nos protege… pero su paraguas es débil. Si caemos, no hay rescate. No habrá tribunal. Y definitivamente no habrán segundas oportunidades.” —
Helia pensó en la frase del proyector. La
muerte no será un límite.
Para ellos sí lo era.
Mientras Liz hablaba de protocolos y riesgos, Helia la observó de reojo. Notó la forma en que Liz miraba a Luther cuando creía que nadie la veía. Un segundo de más. Una tensión mínima en la mandíbula. Algo no dicho.
Sintió una punzada incómoda.
¿Celos?
La idea le resultó absurda… y sin embargo familiar. Recordó —o creyó hacerlo— la sensación de desconfianza hacia otras mujeres. Compañeras de trabajo de su esposo. Risas que no le pertenecían. Miradas que duraban demasiado.
Parpadeó. Sacudió la cabeza.
—“¿Estás bien?”— preguntó Luther.
—“Sí.”— mintió —“Solo… procesando.” —
Liz la observó con atención renovada. No parecía ser hostilidad abierta. Quizá algo más peligroso: evaluación constante.
—“Si vamos a hacer esto,”— dijo Liz —“necesitamos saber que no eres una bomba emocional.” —
Helia la miró fijo.
—“Mi foja de servicios, la que habla de las operaciones encubiertas para el ejército es impecable. Además… morí una vez.”— respondió —“Perdí mi vida, mi cuerpo y mis recuerdos. Si eso no me convierte en alguien estable bajo presión, nada lo hará.” —
Luther dejó escapar una breve risa seca.
—“Bienvenida al infierno del contraespionaje.”— dijo —“Mañana empezamos a trabajar en serio.” —
La reunión terminó sin ceremonias, ni apretones de manos.
Mientras salían de la sala, Helia no pudo sacarse una pregunta de la cabeza: no sabía si la desconfianza de Liz nacía del peligro… o de algo mucho más humano que ninguna reimplantación había logrado borrar.
Después de aquella reunión, en su departamento, Helia notó que algo se reordenó dentro de si misma.
La verdad ya no era un concepto abstracto. Tenía peso, textura, temperatura. La acompañaba a cada paso, como una sombra demasiado pegada al cuerpo. Saber que había sido un experimento, una pieza de evaluación para un proyecto que desafiaba incluso a la muerte, la dejó flotando en una realidad que ya no terminaba de reconocer como propia. Y en medio de ese derrumbe silencioso, Luther se había convertido en un ancla segura.
No porque lo buscara ni lo pretendiera. Simplemente ocurrió. Desde ese día, la dinámica entre ambos había cambiado. O eso creía. No hubieron palabras explícitas, promesas, ni gestos grandilocuentes. Hubo algo más incómodo: respeto. Tensión. Prudencia extrema.
—“¿Dormiste algo?”—le preguntó Luther una mañana, al verla entrar a la oficina con el rostro rígido.
—“Lo suficiente para no colapsar.”— respondió ella.
—“Eso no es dormir.” —
—“Es sobrevivir.”— corrigió Helia, dejando su abrigo sobre la silla.
Luther la observó un segundo de más.
—“Podemos frenar, si lo necesitas.” —
Ella negó con la cabeza.
—“Si freno, pienso. Y si pienso demasiado, empiezo a preguntarme qué parte de mí es real.” —
Él no respondió enseguida. Se limitó a asentir, como si entendiera mejor de lo que quería admitir.
Ese era el punto. Con Luther no necesitaba explicarse. Él no intentaba consolarla, ni decirle que todo iba a estar bien. No ofrecía frases vacías. Solo estaba ahí. Presente. Firme y real.
Y eso, para alguien que ya no confiaba ni en su propio cuerpo, valía demasiado. A veces hablaban poco. Compartían informes, análisis, silencios prolongados frente a las pantallas apagadas. Otras veces, Luther le explicaba procedimientos con una calma espartana, midiendo cada palabra como si temiera romper algo frágil dentro de ella.
—“No tienes que demostrar nada.”— le dijo una tarde —“Ya pasaste por más de lo que cualquier soldado vivo podría soportar.” —
—“Eso es lo irónico.”— respondió Helia —“No estoy muerta… pero tampoco me siento viva del todo.” —
Luther esbozó una sonrisa mínima, triste.
—“Bienvenida a la zona gris.” —
Helia empezó a notar que, cuando él estaba cerca, su propio ruido interno bajaba. Los recuerdos de su vida anterior, su esposo, la casa, la rutina, aparecían como un sueño mal recordado. Sabía que habían existido. Sabía que habían sido importantes. Pero no dolían. No como deberían.
Era como mirar una foto de alguien que una vez fue ella… pero ya no lo era. Y eso la inquietaba. La culpa empezó a filtrarse cuando empezó a sentir otra cosa.
No fue inmediato ni consciente. Empezó apenas como un detalle. La forma en que Luther la miraba cuando creía que ella no lo notaba. La manera en que se colocaba ligeramente delante de ella en los pasillos, como si su cuerpo recordara viejos reflejos de protección. El tono más bajo de su voz cuando le hablaba directamente.
Helia se sorprendió pensando en él fuera de la oficina. Y se detestó por eso.
Tenías un esposo, se repetía una y otra vez.
Pero esa idea no le traía lágrimas ni angustia. Venía como a la distancia, como un recuerdo heredado, pero no vivido.
Una noche se durmió mientras revisaba datos hasta tarde.
En el sueño, ella rompió el silencio:
—“Luther… ¿alguna vez te preguntaste si estamos cruzando una línea?” —
Él levantó la vista del monitor.
—“Todo el tiempo.” —
—“Pero no estoy hablando de OMEGA.” —
El silencio se tensó.
—“Ya lo sé.”— dijo él, finalmente.
Helia sostuvo su mirada. No hubo deseo explícito. Ni promesas. Solo una intuición peligrosa. Una posibilidad flotando entre ambos.
—“No quiero confundir las cosas.”— dijo ella —“No sé si lo que siento es cercanía… o agradecimiento… o miedo a quedarme sola en todo esto.” —
Luther se puso de pie despacio.
—“Entonces no lo nombres.”— respondió —“Lo que no se nombra, todavía se puede controlar.” —
Ella asintió, aunque no estaba segura de que eso fuera cierto. Cuando él se alejó, Helia se quedó mirando la pantalla sin verla realmente. Sabía que estaba caminando por un borde afilado. Que acercarse demasiado a su superior era una mala idea.
Se despertó con una sensación de desasociego. Miró al lado derecho de la cama. Estaba vacío. Sabía que había sido un sueño, pero se decepcionó profundamente al ver que Luther no estaba acostado a su lado.
En un mundo donde la muerte ya no era un límite, Luther era lo único que todavía la hacía sentir real.
FIN Capítulo 2
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