sábado, 18 de marzo de 2023

Historia: "La Casa del Último Suspiro ( Terror Soft - Pulp )"

 


Terror Soft - Pulp

 

La Casa del Último Suspiro

por Rodriac Copen


Marla llegó a la casa Dunmore para supervisar las reparaciones básicas.

La recibieron dos obreros locales. Marty era un hombre de edad media, robusto, de gruesos bigotes y su compañero Lenny, un joven que contrastaba por su cuerpo flaco, sumamente supersticioso.

Mientras inspeccionan la cocina, Marty comentó:

—“Mire, señora, la casa es fuerte, pero está… ¿cómo decirlo?”—

Lenny lo interrumpió, nervioso:

—“Cargada. Está cargada.”—

Marla frunció el ceño.

—“¿Cargada de qué? ¿Humedad? ¿Polvo?”—

—“De historias.”— contestó Lenny bajando la voz —“La última dueña murió aquí. No fue nada lindo.”—

Marty le dio un codazo a su compañero.

—“No le metas ideas raras. Son casas viejas, hacen ruidos. Nada más.”—

Marla sonríó, tratando de verse despreocupada, aunque por dentro no pudo dejar de sentir un escalofrío.

—“Tranquilos, muchachos. Solo necesito que me arreglen la estufa y sellar las ventanas. Quiero que este lugar se convierta en mi… hogar.”—

Ambos hombres se miraron entre ellos, aunque no con dudas técnicas, sino más bien con algo de temor.

Marty murmuró dubitativo:

—“Bueno… veremos qué podemos hacer. Pero no trabajamos después del anochecer. Acá no.”—

Los dolores de cabeza empezaron pasada la primer semana de la mudanza.

Marla, cansada de despertarse con una punzada aguda en la cabeza, visitó al doctor Garrigan, un médico rural de modales algo bruscos.

—“Los analgésicos no me hacen nada, doctor.”— dijo ella mientras él revisaba una radiografía.

—“¿Vive cerca de la fábrica?”— preguntó él distraído. La fábrica local de cerámicas era una fuente de ruido inquietante para el pueblo.

—“No, en la casa Dunmore.”—

El doctor se volvió hacia ella, intrigado.

—“¿La Dunmore?”—

—“Sí, ¿por qué?”—

—“Por nada. Estuvo mucho tiempo vacía.”— dijo —“Mire, su presión está normal, no hay signos neurológicos extraños. La radiografía está bien. Probablemente sea estrés por la mudanza.”—

—“Doctor, no creo estar estresada. Si… algo cansada. O agotada. Me siento como si algo me hubiera quitado las fuerzas.”—

—“La mente hace cosas raras cuando uno vive solo.”— respondió él, quitándole importancia al asunto. Tomó una cajita del cajón de su escritorio y se lo dio a Marla:

—“Tome esto. Dos por día. Si sigue igual, vuelva.”—

Ella tomó los remedios, pero a pesar de todo, salió insatisfecha. En su interior, sentía que algo no encaja, que algo no estaba bien del todo.

Pero en definitiva, ¿quién era ella para cuestionar al Doctor?

Las primeras apariciones del fantasma no fueron claras. Por las noches vio algunas sombras fugaces por el rabillo del ojo, que no pudo identificar. ¿Un ratón tal vez? Otras veces fueron reflejos, un perfume antiguo que aparecía donde ella jamás había rociado nada.

En una ocasión, mientras se cepilla los dientes para ir a dormir, le pareció ver por el espejo, una figura masculina parada detrás suyo. Se giró rápidamente. No había nada.

Y los dolores empeoraron.

La idea de una presencia le fue ganando poco a poco. Empezó a hablarle al aire, tímidamente al principio:

—“Sé que estás ahí… ¿Puedes decirme algo? ¿Qué es lo que quieres?”—

Silencio. Siempre le respondía el silencio.

Desesperada por respuestas, antes de volverse loca Marla contactó a Elina Varenski, una investigadora paranormal que trabajaba sola y que cargaba una colección de amuletos, grabadoras y una actitud firme que decía “he visto demasiado”.

Elina entró a la casa Dunmore sin miedo, con seguridad.

—“Este lugar parece tener un eco.”— dijo, apenas cruzó el umbral.

—“¿Eco?”— Preguntó Marla, incrédula.

—“Como una energía repetida. Como si una intención hubiera quedado atrapada, rebotando entre las paredes.”— explicó la médium.

Instaló una grabadora en el comedor y se bajaron las luces.

—“Vamos a hacer una sesión corta. Pregunte lo que quiera. No piense demasiado. Déjelo fluir.”—

Marla respiró hondo.

—“¿Hay alguien aquí conmigo?”—

Silencio.

Elina esperó un par de minutos. Luego revisó la grabadora. Rebobinó y reprodujo.

Del dispositivo surgió estática, que fue interrumpida por un sonido tenue, como si fuera un susurro bajo el agua.

—“…aah…”—

Marla se llevó la mano a la boca.

—“¿Escuchaste eso?”—

—“Sí.”— dijo Elina —“Pero es muy débil. Parece como si fuera… una dolencia. O una urgencia. Si es el espíritu, intenta decirte algo, pero no puede.”

—“Yo siento que me mira.”— confesó Marla —“Que… no sé cómo explicarlo… que le importa mi presencia. Como que no quiere darme sustos.”—

Elina levantó una ceja.

—“Debería tener cuidado. Lo que parece afecto, a veces puede ser solo necesidad.”—

Marla bajó la vista, incómoda.

En esa sesión no hubo nada definitivo.

Imitando a Elina, las noches siguientes Marla intentó comunicarse sola. Preparó una libreta, una vela y una grabadora vieja.

En la primer sesión en solitario, dijo:

—“Estoy escuchando. ¿Quieres decirme algo?”—

Se sintió como un suave sonido en la pared. El caserón era viejo y de madera. No pudo estar segura de nada. Preguntó:

—“¿Eso es un sí? ¿Un no?”—

Nada.

Siguió intentando noche tras noche.

En la cuarta sesión, preguntó:

—“¿Te pasa algo? ¿Necesitas ayuda?”—

Un susurro apenas audible, como un sollozo. Fue como el sonido de una brisa entre las cortinas.

Ella lloró, sin entender muy bien por qué.

Otra noche:

—“¿Quieres que me vaya de la casa?”—

Una corriente helada atravesó la habitación. No muy segura, contestó:

—“Eso lo tomaré como un no”—dijo, temblando.

Siguió preguntando:

—“Por favor… me estás destruyendo la cabeza… ¿qué intentas decirme?”—

La luz parpadeó por una fracción de segundo. Un objeto cayó en la cocina.

Ella corrió rápidamente a ver. No había nadie.

Esa misma noche, más que miedo, sintió una ternura extraña. Una especie de cercanía imposible que le llamaba. Por algún motivo, sintió que tanto ella como el fantasma estaban solos en el mismo abismo.

Un día, Marla despertó recostada en la mesa de la cocina. No recordaba haberse dormido. El fantasma estaba ahí, nítido, triste, hermoso de un modo angustiante y doloroso.

—“Estaba tratando de comunicarme contigo.”— dijo él.

Ella tembló con cierto temor, pero no retrocedió.

—“Ahora puedo verte… y escucharte.”— respondió —“¿Qué querías decirme?”—

El fantasma se acercó, casi tocándola.

—“Quería decirte… que la casa es peligrosa. Que te estabas intoxicando con monóxido de carbono.”—

Marla negó, confundida:

—“Eso no tiene sentido… yo… yo…”— se puso de pie.

Su voz se quebró al mirar sus manos.

Estaban traslúcidas.

Miró la estufa apagada. La ventana sellada, sin ventilación.

Pudo verse a sí misma en la silla, junto a la mesa.

Su respiración desapareció en un hilo.

El fantasma la miró con infinita compasión.

—“Marla… ya estás muerta.”—

Ella retrocedió un paso.

—“Puedo verte… ¿Por qué puedo hablarte?”—

—“Porque eres como yo.”— susurró él.

Un silencio profundo inundó la casa.

Y por primera vez, Marla no sintió dolor… sino una extraña, oscura y dulce compañía.

 

FIN




🔹 Ir a la Sección "Pulp Fiction"

🔹 Ir a la Sección "Suspenso & Espionaje" 

🔹 Ir a la Sección “Mapa del Sitio” 

🔹 Ir a la Sección “Novedades de Esta Web” 




   




🏷️ Tags:

#TerrorPsicológico
#RomanceOscuro
#Pulp
#Fantasmas
#RelatosCortos
#Suspenso
#HorrorDoméstico
#MisterioSobrenatural
#CasaEmbrujada
#FantasíaOscura
#RodriacCopen
#MicrorrelatosTerror
#TerrorSoft



No hay comentarios:

Publicar un comentario