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miércoles, 22 de julio de 2026

Diario de Rodriac: "¿Todavía sirven las redes sociales?"

 


📝 Diario de Rodriac

👁️
¿Todavía sirven las redes sociales?

por Rodriac Copen



Durante años nos dijeron que las redes sociales eran el lugar donde teníamos que estar. Y tenían razón... hasta cierto punto.


Quien trabaja profesionalmente en Internet sabe que plataformas como Facebook, Instagram o X parecen morir una vez por año. Cada temporada aparece alguien anunciando su funeral definitivo. Sin embargo, ahí siguen, respirando. Tal vez con menos glamour, pero con una extraordinaria capacidad para reunir personas.

Porque, nos guste o no, las redes tienen algo que una página web jamás tendrá por sí sola: conversación. O, si queremos llamarlo por su nombre moderno, engagement.

El problema es que también reúnen otra cosa.

La conversación suele venir acompañada por una curiosa fauna digital que parece despertarse cada vez que ocurre un gran acontecimiento mundial. Lo vimos recientemente: basta un evento deportivo, una discusión política o un tema mínimamente sensible para que aparezcan miles de especialistas internacionales en opinar sobre la vida ajena... sin que nadie se los haya pedido.

Si administras una cuenta desde hace años, seguramente ya conoces a esos personajes.

El trol profesional.
 El indignado de tiempo completo.
 El experto en todo.
 El juez supremo de Internet.


Y, por supuesto, ese individuo que cree que un comentario hiriente constituye un brillante ejercicio intelectual.

Uno termina descubriendo que el anonimato, o la distancia de una pantalla, hace que personas perfectamente normales escriban cosas que jamás dirían frente a una taza de café. O cara a cara.

Durante el último Mundial me ocurrió algo curioso.

Sin publicar prácticamente nada sobre fútbol ni sobre los resultados, recibí una cantidad sorprendente de agresiones gratuitas. Ninguna discusión previa. Ninguna provocación. Simplemente aparecieron porque soy argentino.

No contesto estúpidos, pero mi botón de "Bloquear" trabajó más horas que yo.

Entre cincuenta y sesenta cuentas terminaron fuera de mi lista de contactos. Algunas pertenecían incluso a personas vinculadas al mundo de la escritura, donde uno esperaría encontrar un poco más de serenidad que en una tribuna deportiva.

Fue una buena lección.

No sobre esas personas.

La lección fue sobre las redes.

Las plataformas tienen una enorme capacidad para amplificar lo mejor del ser humano... pero también lo peor y más bizarro. Premian la reacción inmediata, el comentario impulsivo y la polémica permanente. La calma, en cambio, rara vez se vuelve viral.

Y ahí es donde, creo, muchos escritores cometemos un error estratégico.

Confundimos el escenario con la casa.

Las redes sociales son excelentes para difundir nuestro trabajo, conversar con lectores y mantener presencia pública. Pero no deberían convertirse en el lugar donde construimos nuestra carrera.

Las plataformas cambian algoritmos cuando quieren.

Reducen el alcance de los post.
 Modifican las reglas.
 Hoy muestran tu contenido; mañana deciden que ya no sirve.


Y nosotros seguimos actuando como si nuestra oficina estuviera alquilada dentro de un edificio cuyo dueño puede cambiar la cerradura en cualquier momento.

Por eso hace tiempo decidí que mi centro de operaciones no serían las redes sociales.

Mi casa es mi sitio web.

Allí están mis artículos, mis novelas, mis proyectos y mis lectores. Las redes cumplen otra función: son caminos que llevan hasta esa casa. No la casa en sí.

Quizá esa sea la verdadera pregunta que deberíamos hacernos los escritores modernos.

Si no nos leen... ¿No estaremos construyendo mal nuestra comunidad propia?

Tal vez... ¿Estamos dedicando años de trabajo a fortalecer plataformas que nunca nos darán el control de los lectores?

Las redes sociales siguen siendo herramientas extraordinarias.

Pero conviene recordar una diferencia fundamental.

Las herramientas se usan.
 La casa se construye.


Y una carrera literaria merece tener cimientos un poco más sólidos que un algoritmo de moda.






 

 

 

 

 

 

 

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viernes, 17 de julio de 2026

Diario de Rodriac: "Los Dioses Malignos del Fútbol"

 


👁️ Diario de Rodriac

😆
Los Dioses Malignos del Fútbol
por Rodriac Copen


Está terminando el Mundial de Fútbol 2026.

Y lo he disfrutado muchísimo.

A esta altura de mi vida uno empieza a hacer cuentas curiosas. Ya no calcula cuánto falta para el próximo viernes, sino para el próximo Mundial. El de 2030 queda bastante lejos y, siendo sinceros, uno nunca sabe si llegará. Lo digo con una sonrisa, no buscando compasión. Todos tenemos fecha de vencimiento; algunos simplemente leemos la letra chica antes que otros.

Y, francamente, tampoco sería un mal balance.

He vivido varias vidas dentro de una sola. No conseguí eso que las revistas llaman éxito, pero sí muchas cosas que eran importantes para mí. Si el alma realmente aterriza en este planeta con una lista de tareas, sospecho que ya fui tachando la mayoría.

A veces incluso me siento un poco como Roy Batty, el replicante de Blade Runner, cuando pronuncia aquel inolvidable "He visto cosas que vosotros no creeríais...".

Solo que yo no vi naves en llamas más allá de Orión.

Vi discusiones sobre si un lateral era o no era lateral durante tres días seguidos.

No sé qué es más extraordinario.

Hay, sin embargo, una cosa que nunca he logrado comprender del ser humano.

El odio.

No el folclore futbolero. Ese existe desde que el primer cavernícola le gritó "¡tronco!" al de la tribu de enfrente después de errarle a un mamut.

Hablo del odio auténtico.

Ese que desea el fracaso ajeno como si de ello dependiera la propia felicidad.

Durante este Mundial vi cantidades industriales de ese sentimiento.

Contra Argentina.
 Contra México.
 Contra Francia.
 Contra España.
 Contra Brasil.
Contra Paraguay.
 Contra cualquiera que estuviera jugando ese día.


Lo curioso es que el destinatario cambiaba constantemente... pero el odio permanecía exactamente igual.

Entonces comprendí algo: muchos no aman a su selección.

Simplemente necesitan odiar al otro.

Las redes sociales tienen esa extraña capacidad de convertir un partido de fútbol en una guerra santa entre personas que jamás se conocerán.

Uno imagina que detrás de cada comentario furioso hay un estratega militar defendiendo la civilización occidental.

Y luego recuerda que probablemente se trate de alguien escribiendo desde el baño mientras caga, con un celular al 8 % de batería.

Eso te lleva bastante bien de vuelta a la perspectiva original.

Durante estas semanas bloqueé más personas que en varios años.

No porque criticaran a Argentina. Eso es parte del juego y el folclore.

Las bloqueé porque descubrí que disfrutaban odiando.

Y uno, con el paso de los años, aprende que el tiempo es demasiado valioso como para compartirlo con profesionales del resentimiento.

La vida ya trae suficientes problemas como para invitar voluntariamente a algunos más al muro de Facebook.

Así que hice limpieza. No por patriotismo, sino por higiene mental.

Curiosamente, mientras las redes parecían incendiarse, el Mundial seguía regalando imágenes maravillosas: abrazos entre jugadores de países rivales, niños con camisetas mezcladas, hinchas ayudándose entre sí y millones de personas disfrutando simplemente... de un juego.

Supongo que internet funciona como esos espejos de feria.

No refleja la realidad. La deforma.

Y quizá esa sea la enseñanza que me deja este Mundial: los dioses malignos del fútbol no viven en los estadios.

Viven en algunos algoritmos... y en algunas almas que necesitan convertir cualquier alegría ajena en un motivo para enfadarse.

Por suerte, el botón "Bloquear" existe.

Y, aunque no soluciona los problemas del mundo, hace que el mío sea un lugar bastante más agradable.

Después de todo, si Roy Batty pudo marcharse satisfecho después de haber visto cosas increíbles...

Yo también puedo hacerlo, habiendo visto un gran Mundial...

...y unos cuantos odiadores menos en mi lista de contactos.





 

 

 

 

 

 

 

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miércoles, 15 de julio de 2026

Curiosidades Históricas: "La Economía de la Atención"

 


💥 Curiosidades Históricas

👁️
La Economía de la Atención

por Rodriac Copen



Recientemente el actor James Franco presentó un video en donde filmó a un supuesto alien. Muchos lo tomaron como una broma y lo usaron para burlarse del actor

Pero hoy no me referiré solamente a ese caso, sino a un fenómeno extraño y bizarro de las reedes sociales: ¿Cuál puede ser el motivo que impulsa a una persona a hacer el ridículo para tener visualizaciones o clicks? ¿Por qué motivo muchos usuarios de redes sociales eligen "quemar" su imagen en busca del vellocino de oro de la viralización? 

¿Ego? ¿Desequilibrio? ¿O qué?



Del Prestigio al Espectáculo

Esta es una pregunta interesante porque toca un fenómeno bastante común: ¿por qué una persona con prestigio se expone públicamente a algo que puede dañar su credibilidad?

En el caso de James Franco, conviene separar los hechos de las interpretaciones.

Hasta donde se sabe, no existe evidencia sólida de que James Franco haya filmado un extraterrestre auténtico. Lo que circuló fueron videos y publicaciones en redes sociales que muchos interpretaron como una supuesta prueba de un alienígena, pero nunca fueron confirmados y es muy posible que hayan sido una broma, una pieza artística o simplemente una publicación sacada de contexto.

Entonces, ¿qué puede llevar a una celebridad caída en desgracia a hacer algo así?

Hay varias posibilidades, y no necesariamente implican problemas psicológicos de algún tipo.

1. Performance artística

James Franco siempre ha tenido un perfil bastante peculiar. Además de actor, ha trabajado como artista conceptual, escritor, director y profesor universitario. Gran parte de su carrera consiste en jugar con la frontera entre realidad y ficción.

Para un artista así, generar confusión puede ser parte de la obra.


2. Marketing

Vivimos en una economía de la atención.

Una publicación extraña puede generar millones de reproducciones en pocas horas.

Muchas campañas de películas, libros o proyectos personales utilizan ese mecanismo.


3. Diversión

Algunas celebridades simplemente disfrutan del absurdo.

Saben que internet exagerará cualquier cosa.

Hay actores que deliberadamente publican contenido extraño para entretenerse viendo las reacciones de sus seguidores.


4. Interés genuino

También existe otra posibilidad: que la persona realmente encuentre fascinante el tema OVNI.

Eso no significa que crea cualquier cosa.

Hay científicos, militares y escritores muy respetados interesados en el fenómeno.


5. Necesidad de atención

No puede descartarse.

Cuando una carrera pierde protagonismo, algunas figuras buscan mantenerse presentes mediante polémicas.

No digo que sea el caso de Franco, pero ocurre con frecuencia.




¿Por qué alguien acepta "quemarse" de ese modo?

Aquí aparece un fenómeno psicológico interesante.

La mayoría de nosotros protegemos nuestra reputación porque vivimos de la aprobación de nuestro entorno.

Pero algunas personas obtienen beneficios mayores al romper esa regla.

Pueden pensar:

"Que hablen bien o mal, pero que hablen."
✔ "Prefiero parecer raro antes que aburrido."
✔ "Generar controversia mantiene viva mi imagen."


En la era de las redes sociales, la atención es un recurso económico.



Un fenómeno más amplio

Esto no ocurre solo con actores.

También lo vemos en:

✔ Personas que afirman haber canalizado entidades espirituales o extraterrestres
✔ Personas que afirman poder comunicarse con los muertos
✔ Científicos que hacen declaraciones provocadoras como Avi Loeb
✔ Políticos que lanzan teorías extravagantes y controversiales
✔ Influencers que fingen sucesos paranormales.

No siempre creen en lo que dicen, porque a veces están construyendo un personaje.

El problemas es que mucha gente cree realmente en esos bulos.



Dos Mundos y Diferentes Modos de Existir

Tengo la fuerte impresión que la vida discurre de forma dicotómica: la vida fuera de las redes sociales, en donde el mundo sigue siendo igual que siempre

El problema se presenta en la vida digital, que discurre por el mundo de internet y las redes sociales, en donde todo está alocado. 

La popularidad a cualquier costo, la necesidad de viralización y validación, la extrema necesidad de auto satisfacer el ego propio constituyen un elemento desequilibrante en el mundo digital.



La dicotomía actual

Actualmente la humanidad no vive una sola vida pública, sino dos ecosistemas con reglas muy distintas.

  • La vida física sigue estando gobernada por mecanismos que han cambiado poco en miles de años. Las relaciones se construyen lentamente, la reputación tarda en consolidarse, la confianza requiere tiempo y las consecuencias de nuestros actos suelen ser duraderas. En un barrio, una universidad o un trabajo, uno no puede reinventarse cada semana.
  • Pero la vida digital, en cambio, especialmente en las redes sociales, funciona con una lógica completamente diferente. Allí el recurso escaso no es la confianza, sino la atención. Y la atención se obtiene mediante algoritmos que premian aquello que provoca una reacción inmediata: sorpresa, indignación, humor, miedo, escándalo o emoción intensa.


Por eso también internet parece más estable que las redes, y creo que hay una distinción importante.

  • El internet "clásico" —como sitios web, blogs, foros especializados, bibliotecas digitales, repositorios académicos— se parece mucho más al mundo físico. Un buen artículo puede seguir siendo leído diez años después. Un blog puede crecer lentamente durante una década. El contenido permanece y suele encontrarse porque alguien lo busca.
  • Las redes sociales, en cambio, se parecen más a una plaza donde millones de personas gritan al mismo tiempo. El contenido vale mientras genera interacción. A las pocas horas ya fue reemplazado por otra cosa. La permanencia importa menos que el impacto inmediato.


Eso modifica incluso la conducta humana.

  • Antes alguien podía preguntarse: "¿Esto que voy a decir es cierto?"
  • Pero ahora muchas veces la pregunta es: "¿Esto hará que la gente reaccione?"


Y son preguntas muy diferentes.

También cambia la percepción del éxito. En la vida cotidiana, el reconocimiento suele venir de personas que realmente te conocen. En las redes, puede provenir de miles de desconocidos que olvidarán tu publicación al día siguiente. Esa diferencia psicológica es enorme.

Y hay otra idea que me parece interesante. No todo internet está "enloquecido". 

De hecho, muchas comunidades técnicas, científicas, literarias o de aficionados siguen funcionando con normas bastante racionales. Lo que parece haber adquirido una dinámica propia son las plataformas cuyo modelo de negocio depende de maximizar el tiempo de permanencia y la interacción. Si una plataforma gana dinero cuando el usuario permanece conectado, tiene incentivos para mostrar aquello que lo mantiene mirando la pantalla, y eso no siempre coincide con lo más verdadero o lo más valioso.

Curiosamente, mi propia experiencia como autor parece ilustrar esa diferencia. Un artículo bien posicionado en un blog puede seguir recibiendo visitas desde buscadores durante meses o años. En cambio, una publicación en una red social suele vivir unas pocas horas antes de desaparecer del flujo algorítmico. 

Son dos economías distintas: una basada en la acumulación de conocimiento y otra en el consumo instantáneo de atención.

No creo que esta dicotomía sea permanente. Quiero creer que esta locura en algún momento terminará. 

Tal vez es posible que estemos viviendo una etapa de transición. La imprenta también produjo una explosión de panfletos, rumores y textos sensacionalistas antes de que surgieran normas editoriales más maduras. Quizá las redes sociales atraviesen un proceso similar, aunque todavía no sabemos qué forma adoptará.

En ese sentido, una imagen parece útil: internet es una ciudad; las redes sociales son sus avenidas más ruidosas. Si uno solo camina por esas avenidas, da la impresión de que toda la ciudad es un caos. Pero basta desviarse hacia una biblioteca, un archivo, un blog especializado o un foro temático para descubrir que sigue existiendo un internet mucho más pausado, parecido al mundo que conocíamos antes de la era del algoritmo.

Un mundo más sólido y real, que esta "picadora de carne" que son las redes sociales.



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jueves, 26 de marzo de 2026

Diario de Rodriac: "Exclusión en el Mundo Consumista"

 


Diario de Rodriac

Exclusión en el Mundo Consumista
por Rodriac Copen


Ayer leí una prosa hermosa de una amiga (al final de la nota verás sus referencias).

Una de esas meditaciones que despiertan algo, aunque sea apenas un murmullo.

Y, de manera inesperada, también hablé con un amigo sobre Louise Brooks.

Sobre su vida luminosa y trágica, sobre su caída en un mundo que no perdona, sobre cómo tuvo que sobrevivir en un tiempo donde lo que hoy llamamos libertad era, en verdad, necesidad disfrazada.

De cómo el deseo —esa vieja pulsión humana— sigue vendiéndose ahora bajo nuevas etiquetas de empoderamiento que no siempre cuentan toda la historia.

Hace apenas unos días escribí sobre el precio de la dignidad

Tal vez porque noto que, mientras todos hablan de oportunidades, la mayoría cae por las rendijas invisibles del sistema.

Hubo un tiempo en que las redes sociales eran una plaza.

Uno entraba como quien cruza la puerta de una casa amiga, esperando conversación, compañía, alguna chispa de pensamiento ajeno.

Hoy caminamos sobre sus ruinas: muros todavía erguidos, pero vacíos por dentro.

Esa sensación es como volver a una casa donde uno fue feliz.

Todo está ahí, pero ya no queda nadie.

La conversación auténtica se evaporó.

El desacuerdo —tan fértil antes— ya no existe.

Todo es consumo: imágenes, frases recortadas, cuerpos excitantes, consignas.

Un desfile que pasa sin tocarnos.

Las redes fueron plazas. Ahora son vitrinas.

Pasillos.

Coreografías de gente mirando en silencio.

Como en el distrito rojo de Ámsterdam: cuerpos enmarcados en ventanas, pares de ojos que observan sin hablar.

El algoritmo marca el compás: tic, tic.

Y prioriza lo instantáneo, lo superficial, lo que brilla un segundo y después se hunde.

Moldea la interacción con una paciencia de máquina, limando cualquier gesto humano que no sirva al espectáculo.

Y mientras tanto, una libertad ruidosa, teatral, vaga por el mundo vestida de eslogan económico, prometiendo salvación en forma de dólares, como si la humanidad pudiera comprarse con dólares o euros.

Pero cualquiera que mire con un poco de hondura —apenas un poco— puede convertir el acto mecánico de scrollear en un diagnóstico silencioso: estamos viviendo en un mundo excluyente que se disfraza de abierto.

Un mundo que celebra oportunidades mientras esconde a los viejos, a los rotos, a los que ya no encajan.

Los deja allí: los mancos, los cojos, los invisibles, los que caminan la trastienda de la vida sin hacer ruido.

Y cuando uno nota eso, cuando ve que todo “está bien” sólo para los que pueden verse, es entonces cuando comprende que ha quedado fuera de su propia época.

Que esta no es su tierra.

Que esta no es su gente.

Ese hueco, esa distancia, es la forma más exacta de la soledad.


FIN




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