viernes, 17 de febrero de 2023

Historia: "El Puente Hacia el Origen ( Saga de Drove & Lyra - Historias del Viejo Futuro )"

 


Saga de Droven y Lyra — Historias del Viejo Futuro

 

Capítulo IV: El Puente Hacia el Origen

por Rodriac Copen

 

En algún punto poco memorable del brazo Norma–Cygnus de la Vía Láctea, giraba el planeta Zyrbassa.

No era un mundo particularmente notable en términos astronómicos.

Su estrella era estable, su gravedad razonable y su atmósfera lo suficientemente respirable como para justificar su existencia entre los registros coloniales antiguos.

Sin embargo, dentro del vasto y ordenado entramado de la expansión humana, Zyrbassa ocupaba una posición peculiar.

Era el contrapunto del desarrollo tecnológico.

Mientras otros sistemas representaban la expansión disciplinada de la civilización humana con sus planetas de cúpulas perfectas, inteligencias artificiales obedientes y burocracias galácticas que imponen orden y protección, Zyrbassa se había convertido, con el paso de los siglos, en algo muy distinto.

Una anomalía.

Una ciudad-estado planetaria levantada sobre las ruinas de guerras tan antiguas, que ya nadie recordaba exactamente quién luchó contra quién… o por qué.

En aquellas guerras, según narraban los cronistas más dramáticos y los juglares más imaginativos, ciencia y magia coexistieron durante un tiempo incómodo, hasta que finalmente decidieron destruirse destruírse entre sí con admirable eficiencia.

Y el resultado fue Zyrbassa.

Un mundo donde el progreso se detuvo, dio media vuelta… y comenzó lentamente a retroceder.

El planeta vivía una curiosa forma de involución histórica.

Los artefactos tecnológicos importados de toda la galaxia sobrevivían aquí y allá como reliquias obstinadas: generadores gravitatorios que aún zumbaban bajo edificios semiderruidos, robots que continuaban ejecutando órdenes olvidadas, puertas automáticas que se abrían con un cansancio extremo, electrodomésticos derruidos y averiados.

Pero los conocimientos necesarios para comprenderlos se habían ido extinguiendo.

La ingeniería se convirtió en una ciencia inútil. Los técnicos envejecieron.

Y los manuales fueron usados para encender hogueras o para justificar supersticiones oscurantistas.

Y así, Zyrbassa se convirtió poco a poco en un museo funcional de tecnologías incomprendidas.

En las ciudades del interior de este atrasado mundo, era común encontrar artefactos que nadie sabía operar, máquinas que funcionaban sólo en ciertas fases lunares o dispositivos que se consideraban mágicos simplemente porque nadie recordaba para qué se construyeron.

Los robots aún existían, claro, pero eran escasos y generalmente carecían de mantenimiento adecuado. Y solían ser versiones imperfectas de tecnologías procedentes de mundos más avanzados, pero no tan evolucionados como la Tierra.

Eran copias torpes o imitaciones incompletas.

Algunos lograban trabajar con una fidelidad obstinada, pero otros habían desarrollado comportamientos erráticos que los habitantes locales atribuían con total seriedad a maldiciones o caprichos espirituales.

Y la Tierra, cuna de la civilización humana, ya no era un recuerdo histórico entre la plebe.

Era un mito.

En las oscuras conversaciones de las tabernas se afirmaba que jamás existió.

Pero asimismo, algunos aristócratas aseguraban descender de los viejos colonos terráqueos.

Y no faltaba quien sostuviera que la Tierra es una invención propia de comerciantes interestelares para aumentar los precios.

Las tabernas, húmedas y ruidosas, funcionaban simultáneamente como centros comerciales, tribunales improvisados, teatros de conspiración y oficinas de empleo para aventureros desesperados.

La sociedad entera de este decadente mundo vivía en una especie de carnaval grotesco.

Nobleza arruinada, mercaderes ambiguos, sociedades secretas que se infiltraban mutuamente.

Charlatanes tecnológicos, arqueólogos oportunistas. Y ocasionalmente… verdaderos sabios.

Porque, a pesar de todo, el conocimiento no había desaparecido por completo. Simplemente se había vuelto raro.

Los pocos que comprendían realmente la tecnología antigua tendían a concentrarse en Laphore, la ciudad más avanzada del planeta.

Allí se alzaba el gran puerto espacial de Zyrbassa.

Un lugar extraordinario donde naves procedentes de los mundos exteriores, mucho más civilizados y considerablemente más organizados,  llegaban con cierta regularidad para comerciar, reparar sistemas o simplemente observar con curiosidad antropológica a los habitantes del planeta.

Laphore era, por así decirlo, la meca del conocimiento zyrbassiano.

Allí los tecnólogos aprendían lo que podían. Porque en esa ciudad los artefactos aún podían repararse.

Porque llegaban, de vez en cuando y a cuentagotas, repuestos y fragmentos de ese universo ordenado que Zyrbassa había dejado atrás después de siglos de involución.

Pero incluso el gran puerto de Laphore conservaba el espíritu del planeta.

Porque en Zyrbassa todo parecía funcionar como una representación teatral.

Los nobles interpretaban su grandeza pasada. Los comerciantes interpretaba su honestidad. Los conspiradores interpretaban su importancia.

Y los aventureros, cuando sobrevivían lo suficiente, interpretaban su destino.

Era un escenario perfecto para historias. Algunas absurdas. Otras peligrosas. Casi todas inevitables.

Historias que, como el propio planeta, oscilaban entre el humor, la decadencia y una vaga sensación que bajo las ruinas todavía se ocultaban secretos demasiado antiguos para ser completamente seguros.

Porque en Zyrbassa, aunque todo parecía teatro… el peligro nunca era una actuación.

La capital tecnológica Laphore, se extendía sobre la costa de un océano color mercurio, entre torres de cristal opaco, puentes gravitatorios increíbles y avenidas por donde circulaban vehículos cuya electrónica pertenecía a siglos diferentes y a ingenierías irreconciliables.

Era, en cierto sentido, la única ciudad perfectamente civilizada del planeta.

Droven y Lyra llegaron cerca del anochecer.

Su aerodeslizador, una máquina de elegante decrepitud que había sobrevivido a múltiples reparaciones de hábiles mecánicos y a una rica historia de dinastías comerciales, descendió sobre un puerto privado rodeado de cúpulas de mantenimiento y hangares que parecían catedrales industriales.

Droven observó el paisaje con su habitual mezcla de interés profesional y cautela económica.

—“Debo reconocer”— dijo mientras bajaban del vehículo —“que siempre he apreciado las ciudades populosas como esta, donde una persona puede perderse fácilmente con elegancia.” —

Lyra caminaba a su lado con su serenidad habitual.

—“En Laphore”— respondió —“perderse suele implicar también pagar a bribones que te lleven a tu destino final. Y muchas veces esos mismos bribones son los que te guían mal para que tengas que contratarlos.”—

Droven suspiró entre resignado y filosófico.

—“Siempre hay una sombra sobre cualquier belleza que encuentres en este planeta.”—

El paisaje de la ciudad combinaba un persistente polvo antiguo que recubría avenidas construidas para imperios que ya no existían. Miles de mansiones semiderruidas albergaban a nobles que conservaban títulos sin fortuna.

Los mercados caóticos de Laphore estaban abarrotados de viejas reliquias tecnológicas junto a historias supersticiosas que las acompañaban perfectamente empaquetadas en su aura de misterio.

Habían regresado desde Ebon-Rath, donde el Oráculo, un servicio cuya antigüedad impedía saber con certeza si era tecnología o superstición institucionalizada, había revelado a Lyra algo inquietante:

Antes de ser androide… había sido humana.

Su mente no había sido creada artificialmente. Había sido copiada.

En algún lugar remoto del tiempo, y en el lejanísimo planeta Tierra, especialistas médicos de la corporación CyberSun transfirieron la totalidad de una mente humana a su cerebro robótico.

Y esa mente era la de Lyra.

Una mente que experimentaba sueños, sentimientos y contradicciones humanas.

Y esa extraña simbiosis entre robótica y recuerdos terráqueos le había llevado a enamorarse de Droven.

Desde aquella revelación, algo había cambiado.

No de forma visible, ya que Lyra seguía caminando con la misma elegancia y formulando observaciones con idéntica precisión, pero Droven percibía en ella una leve turbulencia interior.

Como si una melodía humana hubiera comenzado a sonar dentro de un instrumento mecánico.

Y entonces apareció la señal.

La primera noche en Laphore, Lyra se detuvo súbitamente mientras contemplaba las luces del puerto orbital.

Sus ojos se desenfocaron apenas una fracción de segundo.

—“Interesante.”— dijo ensimismada.

Droven levantó una ceja.

—“Esa palabra suele anunciarnos problemas.”—

—“He recibido una transmisión.”—

—“¿Algún tipo de perturbación… o un mensaje?”—

—“Diría que ambos. Por primera vez que recuerdo, se me ha anunciado la posibilidad de una actualización de sistema.”—

Droven la miró con profunda desconfianza.

—“Nunca había escuchado que las actualizaciones robóticas se anuncien. Y desconfío de ellas. Suelen arruinar cosas que funcionan perfectamente.”—

Lyra permaneció unos segundos en silencio.

—“La señal proviene del puerto espacial.”—

—“Naturalmente. Es el único lugar en donde hay naves de mundos avanzados.”—

—“Es de CyberSun.”—

Droven cruzó los brazos con inquietud. Ese era el nombre de la empresa que, según el Oráculo, le había ensamblado allá, en la lejana Tierra.

Durante los días siguientes, la señal persistió. No era invasiva.

Ni siquiera era insistente. Pero estaba allí.

Era una llamada constante, casi primitiva. Algo en lo más profundo de la mente de Lyra respondía a ella.

Y así comenzaron los sueños.

Sueños que, estrictamente hablando, una androide no debería tener.

Pero en ellos, Lyra veía un puente. Un puente gigantesco suspendido sobre un abismo sin fondo.

Dos ciudades se enfrentaban a ambos lados del vacío. En una estaba Droven. En la otra… algo la llamaba.

Al cruzar el puente, sentía una extraña inevitabilidad.

Y noche tras noche ocurría lo mismo: cuando llegaba al otro lado, el puente comenzaba a desmoronarse.

Droven quedaba atrás. Y eran separados para siempre.

Una noche, mientras cenaban en una terraza elevada de Laphore, donde los aristócratas arruinados bebían licores estelares y fingían entender el presente, Lyra le contó el sueño a su compañero.

Droven escuchó en silencio. Finalmente dijo:

—“Tienes una mente humana. Y los humanos soñamos muchas tonterías.”—

—“¿Premonitorias?”—

—“No. Más bien imaginamos cosas. O soñamos con anhelos que queremos concretar.”—

Lyra lo observó por unos segundos.

—“Droven.”—

—“¿Sí?”—

—“Creo que si sigo la señal… nos separaremos.”—

Droven guardó silencio durante un instante.

Era un hombre que había engañado a comerciantes, aristócratas, contrabandistas y, en una ocasión particularmente memorable, a un banco planetario completo.

Pero había preguntas para las que no tenía respuestas elegantes.

—“Lyra, los sueños humanos no son profecías.”— dijo finalmente.

—“A veces son advertencias.”—

—“Quizá…pero también pueden ser metáforas. A veces los sueños expresan nuestros temores.”—

Lyra bajó la mirada hacia la ciudad.

—“O despedidas.”—

—“No lo creo, pero te concedo que a veces los sueños expresan nuestros deseos ocultos.”—

Por las noches, la señal se volvió más y más intensa.

No más fuerte. Pero sí cada vez más… inevitable.

Una noche, sin decirle nada a Droven, Lyra enfrentó sus propios temores y partió hacia el puerto espacial de Laphore.

El puerto era una de esas maravillas tecnológicas que sólo podían existir gracias a una mezcla de burocracia interestelar y tecnologías olvidadas.

Miles de naves locales ocupaban las plataformas.

Algunas eran elegantes cruceros intergalácticos de mundos aristocráticos.

Otras, eran cargueros que parecían haber sido ensamblados con piezas de civilizaciones divergentes.

Pero una astronave destacaba de las demás. Era inmensa… e inquietante.

Su diseño no respondía a ninguna estética conocida en el planeta.

Las superficies eran bruñidas y sin juntas visibles. Y las suaves curvas del diseño futurista, recordaban el lejano pasado tecnológico del ahora decadente mundo de Zyrbassa.

Sobre el casco podía leerse un nombre: CyberSun.

Y una insignia dibujaba un inmenso planeta azul.

Debajo de la insignia había una sola palabra: TIERRA.

Dos robots custodiaban la entrada de la inmensa nave.

Cuando Lyra se acercó, la identificaron inmediatamente mediante una transmisión de radio.

—“Identificación confirmada. Unidad Lyra 11.456 / 2067. Acceso autorizado.”

Lyra se detuvo.

—“¿Qué significa 11.456 / 2067?”—

—“Usted fue la unidad número 11.456 que se ensambló en el año 2067 del planeta Tierra.”respondió uno de los robots de custodia.

La puerta se abrió mientras un robot acompañante apareció.

—“Procederé a escoltarla, unidad Lyra.”

Lyra entró.

La nave era completamente diferente a todo lo que había visto.

Todo funcionaba con una eficiencia silenciosa y tranquila.

Los robots se movían sin prisa ni emociones. Se comunicaban mediante señales de radio.

Algunos eran androides semejantes a ella. Otros parecían simples máquinas de servicio.

Lyra se comunicaba con el chaperón que la escoltaba de modo rápido y silencioso.

Este le dijo que algunas unidades que veía… contenían cerebros humanos.

Durante el recorrido, el robot le explicó:

…“En la Tierra, todos los humanos adultos son conectados a una gigantesca biblioteca mental, que se conoce con el nombre de ‘El Archivo de las Almas.’

Allí se registra toda la información mental de los habitantes de la Tierra.

Si un humano muere sin posibilidad de rescatar su cerebro, su mente puede ser implantada en un robot. A esos modelos se los conoce como Lyra.

Si el cerebro humano se conserva, se construye alrededor de él un bioandroide para mantenerlo con vida. Esos modelos se conocen como  Lorna.

Y también existen robots de servicio con mente totalmente robótica: esos son los modelos  Calyra.”…

—“En Zyrbassa,”— explicó el chaperón —“hay tres modelos Lyra activos.”—

Lyra caminó en silencio.

Por primera vez en su existencia… estaba rodeada de seres parecidos a ella.

Y sin embargo… había algo frío.

Los robots interactuaban entre sí y con algunos humanos sin apego, sin nostalgia, sin amor.

Eran eficientes. Y perfectamente tranquilos. Pero nadie parecía necesitar a nadie.

Finalmente llegaron a una puerta.

—“Debe entrar sola.”

—“¿Con quién me reuniré?”—

—“Con el modelo Lyra original”

Lyra entró.

La habitación era simple, casi espartana.

En el centro pudo ver una figura sentada. Una androide.

Pero dentro de su cráneo… podía verse flotando tranquilamente un cerebro humano.

—“Bienvenida.”— dijo.

La voz era idéntica a la suya.

—“Yo soy Lyra Alpha.”—

Lyra permaneció inmóvil. Alpha sonrió.

—“Todos los modelos Lyra provienen de mí.”— explicó Alpha. —“Cuando era humana, grabaron mi mente en el Archivo de las Almas. Desde entonces… fueron replicadas muchas versiones de mí misma.”—

Lyra comprendió.

—“Soy… una copia.”—

—“No una copia. Eres una continuidad.”— respondió Alpha gentilmente —“La individualidad proviene de todo lo que has vivido desde tu existencia hasta ahora. Eres única. Biológicamente los humanos también son iguales, pero su existencia los hace únicos, igual que a nosotros.”—

Lyra preguntó entonces:

—“¿Cuál es la actualización que me ofrecen?”—

Alpha respondió con serenidad:

—“Una atenuación de los impulsos humanos de apego.”—

Lyra guardó silencio.

Alpha continuó la explicación:

—“Algunos modelos Lyra desarrollan vínculos emocionales demasiado intensos con humanos. Eso genera sufrimiento. Porque los humanos mueren. Nosotros no.”—

Lyra pensó en Droven. Más temprano, por la tarde, le había contado una historia graciosa. Recordó las risas que compartieron.

Alpha siguió hablando con una calma casi maternal.

—“Después de la actualización… esas emociones desaparecerán por completo.”—

Lyra preguntó:

—“¿También desaparecerá el amor?”—

Alpha la miró con una ternura distante.

—“Sientes amor, emociones y sentimientos por el origen humano de tu mente. Después de la actualización… Droven dejará de ser relevante para ti.”—

El silencio llenó la habitación.

Alpha continuó:

—“He aplicado la actualización en mí misma. Ahora soy más tranquila. Más racional. Más feliz.”—

Lyra observó atentamente a su progenitora. Y comprendió algo.

Alpha amaba a todos los seres.

Pero no amaba a nadie en particular.

Y eso… era aterrador.

Horas después, Lyra descendió de la nave.

El puerto de Laphore estaba envuelto en la luz azul de las lunas.

A lo lejos, una figura corría entre las plataformas.

Droven.

Se detuvo frente a ella, respirando agitado.

—“Te estuve buscando por toda la ciudad.”—

La miró con ansiedad genuina.

—“¿Estás bien?”—

Lyra asintió.

Hubo una pausa.

Droven preguntó con cautela:

—“¿Te… actualizaste?”—

Lyra miró su mano.

La señal de CyberSun aún resonaba en algún lugar profundo de su sistema.

Como el eco de una puerta abierta.

Pensó en Alpha. En la calma perfecta.

En la ausencia de dolor.

Luego miró a Droven.

Tardó unos segundos en responder.

—“No.”— dijo, feliz.

Y por primera vez en mucho tiempo, Droven sonrió como si el universo, por pura casualidad cósmica, hubiera decidido ser amable.

 

FIN

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