Scifi – Saga Astronave Calypso
Amartizaje Singular
por Rodriac Copen
Capítulo 1: Accidente
Brenda Ivanova abrió lentamente sus ojos mientras el brillo de la luz circundante se los
lastimaba obligándola a realizar un gesto de dolor. No tenía forma de saber
cuánto tiempo había perdido la conciencia. Aún con la confusión llenando sus
pensamientos, la fuerza de su entrenamiento militar le obligó a verificar el
estado de su traje.
Tras una revisión ligera de los parámetros
más importantes que aparecían en la visera de su casco, procedió a buscar fugas
o fisuras en el traje que pusieran en peligro su supervivencia. Todo parecía
estar bien.
Algunos golpes le dificultaban los
movimientos respiratorios, pero cuando se detuvo a verificar puntualmente, no
habían costillas ni huesos rotos. Sólo golpes.
La cabina estaba extrañamente quieta y en
silencio. Durante el descenso la actividad había sido frenética. Vagamente
recordaba algunos trozos de la conversación nerviosa con la Calypso antes del corte de las
comunicaciones.
Algo había salido tremendamente mal con la
lanzadera durante el descenso.
Inició un chequeo rápido de la consola de la PolarDark, la nave de descenso. Quería
verificar si era capaz de volver a levantar vuelo, aunque lo dudaba. Con un
insulto por lo bajo, intentó activar los programas de autochequeo, pero algunos
sistemas se negaban a correr.
No habían fugas atmosféricas y la
presurización de la cabina era la correcta, con una buena saturación de oxígeno
y nitrógeno. Se quitó el casco mientras el cabello rubio de su melena se
desplegó por la espalda. Inspiró una buena bocanada de aire mientras cerraba
los ojos intentando disfrutar del momento y prepararse emocionalmente para lo
que vendría. Intuía que sólo obtendría informes parciales de los sistemas.
El traje le ajustaba y la presión de las
correas de seguridad, ahora inútiles con la nave inmóvil, le incomodaban. Se
liberó de los cinturones de sujeción presionando el botón de fijación que tenía
en el centro de su pecho y al momento las correas se contrajeron, liberándola
para poder erguirse de su asiento. Llenó los pulmones de aire y se estiró un
poco para liberar tensiones.
Con cierta vacilación producto de la
conmoción y de los dolores de su cuerpo, se irguió lentamente en la cabina para
dar un vistazo general. Todo pintaba bien, al menos al primer vistazo. Se
acercó a una de las escotillas laterales para obtener una vista del exterior,
pero aún no era posible divisar muchos detalles. El colosal golpe contra la
superficie marciana había levantado bastante polvo como para hacer poco
probable la visualización de algún detalle del paisaje. El polvo suspendido
formaba una nube y no permitía ver demasiado lejos.
Al parecer, había estado desvanecida sólo
algunos minutos. En otro caso, el polvo debería haberse asentado sobre el suelo
marciano. Sonrió irónicamente. Su cerebro no dejaba de ser analítico. Siempre
pensando, calculando y sacando conclusiones.
El sistema de localización no funcionaba. No
sabía si las comunicaciones con la nave se mantenían por los canales auxiliares
o el colapso era total. Lo averiguaría enseguida. Ahora tenía otras
prioridades.
Un poco más tranquila, intentó revisar a su
compañero, que se encontraba en el asiento de comando de la PolarDark.
Richard Darren estaba
inconsciente y volcado hacia la derecha. El impacto parecía haberle lastimado
lo suficiente como para que aún no despertara. Estaba retenido en su lugar de
piloto por las correas de sujeción de la butaca de mando. Pero al parecer eso
no había evitado que la conmoción le hubiera afectado. Empezaba a mostrar
signos de un lento recuperar.
Ivanova liberó al
piloto de las correas de su asiento, le quitó el casco para controlar el pulso
carotídeo, verificó la respiración y se aseguró de mejorar la posición de su
cabeza para facilitarle la recuperación. Le dejó tranquilo mientras despertaba.
No habían muchas precisiones sobre el lugar
en el que se encontraban al momento de golpear el suelo. Deberían verificarlo
de alguna manera si querían ser rescatados o si decidían partir a la
subestación de servicio, que era su destino original.
La integridad de la nave parecía estar bien,
lo que alejaría algo la emergencia del suministro de oxígeno y nitrógeno para
respirar. Si podían usar la presurización de la cabina, no dependerían
exclusivamente de los trajes individuales ni de los tanques de repuesto.
Ivanova calculaba mentalmente que
deberían estar en alguna región entre Ascraeus Mons y Olympus Mons,
tal vez habían caído cerca de Jovis
Tholus. El descenso había sido demasiado rápido como para buscar
referencias visuales.
Si mal no recordaba, debían estar en una zona
que podría ser de alrededor de un millar de kilómetros cuadrados. Menuda
mierda. Si no contaban con algún sistema de localización rápida
estarían fregados con Darrel.
Mientras su compañero se quejaba levemente de
sus golpes mientras despertaba, intentó volver a mirar por las escotillas o el
parabrisas en un intento de encontrar alguna evidencia geológica como Poynting, el cráter que se encontraba
cerca de Ascraeus o Jovis Tholus, a mitad de camino entre
los dos inmensos volcanes. No pudo ver nada.
Darren terminó de
despertar y haciendo un gesto de estar despabilándose mientras abría sobredimensionadamente
los ojos, se dirigió a la teniente:
-”Vaya que tremendo aterrizaje. ¿Estás bien, Ivanonva”-
-”Algo adolorida, Rick, pero estoy bien. No estoy tan
segura de la nave.”-
Rick Darren comenzó a
manipular los controles de la consola mientras respondía:
-”Veré si puedo encender los controles auxiliares”- Hizo un gesto de disconformidad -”No hay sistema de localización y la comunicación no puede ser
activada desde este programa. Intentaré con el sistema de emergencia”- Se
dirigió al panel trasero de la cabina, y tomando un desarmador torx quitó los
tornillos para retirar la tapa de protección.
Al quitar la tapa, soltó una maldición:
-”¡Demonios! ¡La placa de comunicaciones está
carbonizada!”-
Ivanova se acercó
sin decir nada y ubicándose a su lado, observó con preocupada atención. En la
placa electrónica se veían signos de un polvillo fino de color oscuro.
Algunas piezas tenían un típico color marrón
casi negro y diversos signos de calor que había moldeado en formas extrañas el
silicio de los encapsulados, el hollín de un color parduzco era el típico de la electrónica
quemada.
-”¡Mierda!”- le dijo Darren a Ivanova – “No sé cuántas
horas puede tomarme reparar este panel”- miró a los ojos de la teniente - “¡Tendremos que revisar las reservas de aire
respirable!”-
- “Ok. Que no cunda el pánico”- Respondió la teniente imperturbable. –“Vayamos paso a paso, Rick. Enfoquemos la
atención en un análisis y veremos que posibilidades se nos presentan.”-
Si algo caracterizaba a Ivanova era la fría determinación para resolver problemas. Darren no había tenido muchas misiones
conjuntas con la experimentada teniente, pero sólo la voz ajustada y tranquila
sirvió para que la frustración del piloto comenzara a amainar.
- “Sí, está bien, teniente” – respondió – “Tiene
usted razón. Una cabeza tranquila piensa mejor.”-
- “Creo, Rick, que debemos contar con la tripulación de
la Calypso. Seguramente están al tanto del problema y sin dudarlo, la
computadora CIO2 debe estar evaluando nuestras
posibilidades.”-
La misión, apenas iniciada ya no pintaba para
nada bien.
En algún lugar de la llanura que se extendía
allá afuera, estaba la subestación Amundsen,
muy cerca del volcán Jovis Tholus.
Allí encontrarían muchos recursos valiosos que ahora necesitaban urgentemente.
El problema según lo veían Brenda y Rick, es que no podían saber exactamente ni la dirección del volcán
ni podían verle a pesar de sus impresionantes 2,900 metros.
La subestación Amundsen era ahora sinónimo de supervivencia. Pero la gran pregunta
era si tendrían aire respirable suficiente para llegar a su salvación.
Capítulo 2: Diagnóstico
Los dos tripulantes se dedicaron con
intensidad a determinar el exacto funcionamiento de la Lanzadera. Darren abrió la tapa del acceso
inferior, que se encontraba en el medio de la cabina, y a través de la
escalerilla descendió para llegar a los circuitos electrónicos que contenían
las placas de los sistemas de navegación.
Ivanova prosiguió
con la revisación del panel trasero que contenía la placa de comunicaciones
achicharrada. Siguió destapando hasta dejar visibles el conjunto de circuitos,
placas, componentes y cables que formaban parte del sistema de comunicaciones
de la PolarDark. Revisó
concienzudamente panel por panel mientras consultaba el manual del sistema y
cada tanto medía con instrumental electrónico la integridad de algún circuito.
Después de un par de horas, ambos tripulantes
tenían un panorama sólido de lo que estaba ocurriendo con la Lanzadera que había partido desde la Calypso, su nave nodriza que giraba en
órbita estacionaria alrededor de Marte.
Darren subió la
escalerilla para encontrarse con la teniente y sentándose frente a frente en
una pequeña mesita, comenzaron a exponer la situación y analizar las
expectativas:
-“Bueno, teniente… lo más grave que encontré abajo es que
al parecer el cortocircuito del panel trasero de comunicaciones de alguna
manera afectó también al sistema de navegación de abajo.”- Señaló la bodega inferior. -”No me preocupan tanto las comunicaciones. Sobre todo porque tenemos
repuestos y el manual nos ayudará a reparar rudimentariamente la placa para
ponerla a trabajar en modo de emergencia”-
-”Al menos un punto positivo para nosotros.”- Sonrió levemente Brenda.
-”El problema es el sistema de navegación. Está dañado
críticamente. Y no tenemos repuestos disponibles dentro de la lanzadera.”- Darrel
terminó su informe con una mueca extraña en su rostro, que podía tomarse como
un gesto de contradicción.
-”Ok. Estamos en un problema, pero estudiemos las
alternativas.”- Dijo la teniente Ivanova y continuó -”Mientras
estemos en la cabina el aire respirable no será un problema. Mientras estabas
abajo revisé el sistema de reciclaje y funciona bien junto con los filtros. La
acumulación de CO2 no nos afectará a menos que nuestra estadía sea mayor a los quince días… y no creo que
eso suceda”-
-”Yo tampoco lo creo, Teniente. Es más, me atrevo a decir
que las tareas de búsqueda y rescate ya deben haber comenzado en la Calypso. La
nave giraba en órbita estacionaria cuando iniciamos el descenso y debe seguir
allí mismo. Ya deben haber enviado sondas para detectarnos.”- Opinó optimista el piloto.
-”Esto segura que es así, Rick. Pero demos ser
realistas”- Observó Brenda suavemente mientras
continuaba. -”Estamos en un área de
alrededor de 1.000 kilómetros cuadrados y no emitimos ninguna señal. No hay
comunicaciones ni baliza de localización. No será fácil encontrarnos. Somos una
aguja en un pajar.”-
-”A eso se suma el sistema de navegación que no puede
posicionarnos. Nosotros tampoco podemos saber en dónde estamos”- Aportó Darren
amargamente.
-”Así es. Aún en el caso de poder navegar, no sabemos
hacia dónde ir. ”-Razonó la teniente.
-”Nuestra prioridad es reparar el sistema de
comunicaciones primero.”-Casi lo
dijeron al unísono.
Si conseguían comunicarse con la Calypso, se podían usar las sondas
exploratorias y a la misma Calypso
para determinar la posición actual de la nave y sus tripulantes.
La intensidad de la señal emitida desde la PolarDark podía ser analizada por la nave
nodriza y por las cuatro sondas exploratorias.
Esas cinco intensidades de la señal recibidas
permitirían a la computadora CIO2, a
través de un análisis trigonométrico, detectar la posición de la lanzadera PolarDark. Era tan simple como
implementar un seudosistema GPS
entre las cuatro sondas y la nave principal.
Una vez determinado el origen de la señal, la
propia CIO2 podía trazar un curso
para, desde la lanzadera, programar el LandRover
y, desde la superficie del planeta, seguir el curso hasta la estación Amundsen, que se encontraba a unos
cinco kilómetros del volcán Jovis Tholus
y tenía los repuestos necesarios para recomponer el sistema de navegación.
Así es lo que razonaban los astronautas, y el
por qué tomaron la decisión de reparar primero las comunicaciones como
prioridad.
El único problema preocupante de ambos
compañeros, era determinar si tendrían suficientes tanques de oxígeno para un
viaje hasta ahora inciertamente largo. La lanzadera contaba con un sistema de
purificación y reciclado del aire, pero el LandRover
carecía de cabina y el o los tripulantes debían llevar tanques autónomos para
abastecer sus trajes.
Lamentablemente el vehículo estaba preparado
para misiones locales y no se había planificado para viajes largos como el que
necesitaban afrontar ahora.
Deberían contar cuidadosamente los tanques de
repuesto y determinar si eran suficientes para llegar al destino de la misión.
La nave insignia, que actualmente orbitaba
alrededor de Marte, llevaba varios
vehículos para actividades exteriores o vehículos EVA, que
contaban con blindaje de protección y provisión de aire autónoma. Pero no
estaban diseñados para un descenso planetario. La tripulación de la nave no
tenía otro vehículo para ayudarlos.
La Calypso contaba sólo con la PolarDark para descender en cualquier
planeta, pero ahora esta magnífica maquina híbrida entre nave y avión reposaba
inútil sobre la superficie marciana, muda y sin posibilidades de volar.
Brenda y Darrel pusieron manos a la obra.
Sobre una mesa de trabajo desplegaron los instrumentos de medición, las lupas y
las estaciones de soldado. Encendieron las luces de las lentes de aumento.
Tomaron las bolsas de
repuestos electrónicos de los gabinetes que estaban codificadas cuidadosamente
y abrieron los manuales técnicos de reparación con las indicaciones.
Finalmente se
repartieron las placas y procedieron a analizar componente por componente. No
era la primera vez que reparaban componentes electrónicos en sus carreras
militares y no sería la última si de ellos dependiera.
Después de unas
treinta horas, y tras una veintena de intentos, consiguieron los primeros
resultados.
Pudieron emitir una
señal radial que la Calypso
respondió de inmediato. Siguiendo las instrucciones de la Inteligencia Artificial de la computadora CIO2, terminaron de componer
la comunicación.
Las sondas estaban
rastreando incansablemente desde el accidente la gran llanura comprendida entre
los volcanes Olympus y Ascraeus. Enviaban imágenes de alta
resolución que eran analizadas para buscar la figura de la lanzadera. El
trabajo no era fácil, teniendo en cuenta que debían cubrir alrededor de mil
doscientos kilómetros cuadrados.
Con la llegada de la
señal desde la superficie del planeta, CIO2
orientó las cuatro sondas exploratorias con instrucciones de recibir la señal e
informar la potencia de la misma. En unos breves segundos, la computadora
calculó la ubicación aproximada de los viajeros y envió las sondas para
determinar su localización exacta.
La telemetría
organizada por la CIO2 determinó que
la PolarDark se encontraba al
noroeste del Ascareus, a unos 550
kilómetros de la estación Amundsen. De inmediato se enviaron los datos necesarios para
programar automáticamente al LandRover.
Quedaba lo más difícil:
determinar quién emprendería el riesgoso viaje hasta la estación para buscar
los repuestos.
Capítulo 3: Travesía
El Land
Rover se desplazaba sobre un suelo pedregoso e irregular. No era para nada
un viaje confortable.
Darrel y Brenda habían calculado que el viaje de
500 kilómetros le llevaría unos tres días y medio al vehículo, teniendo en
cuenta que se movía solamente a seis kilómetros por hora. Pero el viaje se
alargaría en caso de detenerse durante la noche marciana.
En el planeta rojo los días duran 25 horas,
así es que tenían la ventaja de un poco más de tiempo de luz. Según la zona que
atravesara el vehículo, quizá alguna noche se podría viajar para acelerar la
llegada. El problema principal era el aire respirable.
Según todos los cálculos, llevaban tanques de
repuesto para proveer aire durante un
máximo de seis días a una sola persona. No podían hacer más. No habían más tanques
disponibles en la lanzadera. Eso no dejaba otra opción que viajar como mínimo
una noche para no agotar la provisión de aire antes de llegar.
Si el Land
Rover se averiaba, quedaba atascado, volcaba o quedaba inutilizado,
equivalía a la muerte del tripulante.
Y allí estaba ella, como no podía ser de otra
manera. Brenda se había negado a que
Darrel corriera el riesgo. Pero lo
suyo no era heroísmo, estaba segura de llegar a tiempo.
En esta misión este viaje era crucial.
Si por algún motivo no tenía éxito, no había
otra estrategia disponible. Ni habrían recursos mágicos disponibles. La Calypso no podía ayudarles porque no
contaba con otra nave.
La tripulación en órbita les había comunicado
que en caso de fallar y no poder retornar de la subestación Amundsen con los repuestos, ninguna
nave de la Federación podría llegar
a tiempo antes de que en la lanzadera colapsara el sistema de depuración de
aire.
Si el viaje fallaba, el tripulante que
quedara en la lanzadera se asfixiaría en los próximos 12 o 15 días.
Ivanova había emprendido
este viaje porque si la alternativa era morir, prefería hacerlo mientras
intentaba algo diferente a fallecer agónicamente en la nave sin ninguna otra
alternativa. No quería morir inmovilizada, atrapada en una lata que se
convertiría en su ataúd.
Le dolía el cuerpo del esfuerzo. La
vibración, la lentitud del viaje, el sol que le cocinaba dentro del equipo y el
casco que parecía un horno. Sólo debía girar un poco y sería un spiedo. Se rió
irónicamente ante la imagen de un microhondas con ella girando dentro. Aún
conservaba algo de su humor.
El viaje se estaba tornando agotador. El
equipo autónomo no estaba previsto para misiones que fueran mayores a algunas
horas. No podía ingerir más que líquidos a través de conectar cartuchos al
exterior de la pechera del traje. Esos recipientes contenían en su interior una
provisión de agua o jugos líquidos que le permitían hidratarse sorbiendo en el
interior del casco una cánula de ingestión.
Pero después de tres días sin alimentos,
comenzó a notar cierta debilidad y no
pudo evitar la sensación de miedo. Marte
no le daría ninguna oportunidad. Si se desmayaba y se desplomaba, el Land Rover continuaría su viaje
programado sin detenerse. Y quedaría definitivamente sola para morir en la
llanura del suelo marciano.
Se aseguró con las correas del asiento, que
no eran muy seguras y utilizó un presillo de seguridad, que en condiciones
normales no era utilizado. Normalmente el Land
Rover operaba con un control de conductor vivo, que desactivaba
automáticamente la tracción e inmovilizaba al vehículo cuando no había ningún
ser humano en los controles. Este seguro también servía para desvanecimientos o
caídas accidentales.
Pero esas medidas de protección se
desactivaban cuando se programaba una ruta automática porque el dispositivo
operaba a través de un programa robótico y sin intervención humana. Era un
sistema muy útil cuando se necesitaba trasladar de un lugar a otro materiales y
no se quería o no se podía asignar un controlador humano para operar el
vehículo.
Brenda se sentía
como una pionera. Quizá, pensaba para sí misma, los primeros astronautas habían
pasado por lo mismo. Allá lejos, siglos atrás cuando el hombre llegó por
primera vez a la luna, en ese lejano 1969, seguramente habían experimentado el
miedo que ella sentía.
Experimentar algo nuevo y desconocido era
parte de su trabajo rutinario. De algún modo el impulso primario de su instinto
le llevaba fuertemente adelante. Todo lo que estaba pasando era aterrador, y no
recordaba muchas ocasiones en donde la línea de vida y muerte, de éxito o
fracaso estuviera tan delimitada como ahora.
Estaba descubriendo una nueva faceta hasta
ahora oculta de su personalidad. Agotada, sin comer por tres días y
deshidratada, bajo el sol marciano que caía implacable, añoraba las verdes
praderas de la tierra, con los árboles protectores que podían brindarle un
descanso del sol.
Recordaba así, en un estado de peligrosa
somnolencia, los inigualables paisajes de la tierra. Empezó a recordar. ¿Cuántas
personas geniales habían cruzado su camino? A lo largo de su vida había
disfrutado de momentos increíbles, experimentado estados de alegría y paz y
ahora, en medio de una aventura que
pocos humanos podían siquiera imaginar, estaba viajando sola en el
desierto marciano. Sola, sin recursos y librada a su suerte en un juego que no
podía permitirse perder.
Súbitamente sus propios pensamientos
empezaron a llevarla a un estado de cuasi euforia. Como tantas veces le había
pasado en la milicia, estaba ahora en el punto exacto de un salto de fe. Un
salto al vacío que estaba destinado a cambiar su vida de un modo definitivo.
No hay nada como la soledad del espacio para
reflexionar. Estaba segura que ser astronauta no era un buen destino para
cualquiera. A lo largo de su carrera en las Fuerzas Armadas de ¿veinte años ya? Había ido mutando de ser una
frágil muchachita con ideales débiles a la mujer determinada que era hoy en
día.
Una mujer compleja, a cargo de una inmensa
nave de servicio, con vidas a cargo. Su evolución hasta hoy le había permitido crecer, cambiar, ajustar sus
preferencias. Había conocido nuevas culturas y cientos de personas. Muchos de
esos momentos, serían únicos en su vida. Quizá por ello respetaba tanto a la
vida. Porque cada instante pasado, cada imagen, cada sensación en su mente era
irrepetible. No había forma de clonar a Brenda
Ivanova ni toda la carga de momentos que le habían dado forma a su yo.
Era curioso cómo una vida militar,
normalmente asociada a las armas, a la violencia y de algún modo a la muerte,
le había terminado modelando dentro de sí un inmenso respeto a cualquier forma
de vida.
De algún modo, pensar en todo ello le hacía
aferrarse al Land Rover con todas
sus fuerzas y le ayudaban a mantenerse despierta. Tenía una extraña sensación
que todas esas pruebas que se le iban presentando era una forma de crecer, de
conocer nuevos límite inimaginados, y que eso era, en definitiva la vida. Una
gran prueba en la que para graduarse había que atravesar todos los obstáculos,
todas las pruebas que se presentaban.
Estaba corriendo un enorme peligro. Lejos de
sus amigos, sola y sin más recursos que ella misma, el desierto marciano no era
más que un concepto, una sensación que si bien era espeluznante, no era otra
cosa que un gran reto.
Lo curioso de todo es que no se sentía
particularmente sola en esta cruzada personal. Le acompañaban sus seres
queridos, los amores que le habían llevado justamente a ser lo que era hoy. No
recordaba quién le había mencionado una frase significativa en su vida: “Nunca estás solo cuando te rodeas de amor.
El amor es una fuerza poderosa que hace que retengas dentro de ti a los que
amas.”. Al recordar la frase, no pudo evitar que sus ojos se
llenaran de lágrimas.
Estaba enfrascada en esos pensamientos cuando
un sonido espectral le hizo sentir nuevamente un miedo casi visceral: la
alarma del oxígeno comenzó a sonar. Sólo quedaba un tanque de repuesto.
Capítulo 4: Anochecer
Después de un largo día de viaje, al cabo de
algunas horas, notó que se estaba haciendo de noche rápidamente. Ivanova debía evaluar la conveniencia
de continuar o detenerse a descansar. Continuar de noche podía contribuir a
tener algún accidente que pudiera complicar más el panorama que tenía por
delante.
La decisión era importante. Pero no había
alternativa. Sólo quedaba un tanque para respirar y ya estaba conectado a su
traje. No habían más repuestos. Si iba a descansar, no podía hacerlo por toda
la noche porque en la mañana estaría muerta.
Sabía que seguir durante la noche aumentaría
el gasto de las reservas energéticas del Land
Rover para iluminar el camino. Además estaba la necesidad de usar el
cobertor térmico. El clima marciano, carente de una atmósfera lo
suficientemente densa pasaba de un extremo al otro. Los días podían llegar a
unos muy confortables 20ºC, pero durante la noche la temperatura descendía a
valores que fácilmente llegaban a los -50ºC.
Esas temperaturas eran imposibles de soportar
para los astronautas enfundados en un equipo frágil que no estaba preparado
para ayudarlos en la esterilidad del espacio exterior, mucho menos aún en el
polvoriento suelo de Marte. Apenas
estaban diseñados para proveerles de oxígeno y poco más.
Usar el cobertor en las otras noches le había
retrasado en el viaje. No podía recargar las baterías del vehículo sin
desplegar los paneles solares. Y no podían desplegarse mientras el vehículo
circulaba. El tiempo urgía. Y en definitiva no sabía si las baterías iban a
aguantar hasta llegar a la subestación Amundsen.
Brenda comenzó a
desplegar el cobertor térmico y lo conectó a la interface energética, lo que
consumiría aún más las reservas de suministro eléctrico de la batería. Se
arrebujó lo mejor que pudo para evitar congelarse durante la noche.
Estaba exhausta. Por la mañana, probablemente
la energía de reserva sería insuficiente y, si no había llegado a destino,
probablemente debería cargar las reservas haciendo uso de los paneles solares,
que si bien eran eficaces, útiles y totalmente autónomos, eran extremadamente
lentos para recargar las baterías. Pero no había forma de calcular el
aprovisionamiento de aire respirable.
Deteniendo el Rover de exploración, finalmente tomó la decisión de acampar
temporalmente. Ahorraría energía todo lo que pudiera. Intentó evitar mirar los
indicadores de su reserva de oxígeno, consciente que su cerebro encendería una
alarma invisible que traspasaría todos sus razonamientos. Si algo había
aprendido de todas las situaciones extremas que había atravesado durante su
vida de astronauta, era que las alarmas de su instinto jamás se aplacarían aún
con los mejores razonamientos.
Romper el vehículo o caer en alguna pendiente
o precipicio eran riesgos extremadamente presentes que no estaba dispuesta a
afrontar para responder a su desesperación. Descansaría un par de horas para
poder vigilar atentamente el camino mientras travesaba la oscuridad marciana.
Estoicamente, apagó el motor mientras intentaba tranquilizarse.
La noche empezaba a cerrarse. La oscuridad
caía como un telón que opacaba el perímetro de su visión. Apenas contaba con
una linterna de potencia media y decidió apagarla para usarla solamente cuando
sus demonios internos le dominaran en el éxtasis del terror que significaba
estar en una llanura desconocida, sola, sin armas y… con el oxígeno agotándose.
La imagen del cielo nocturno era magnífica.
Podía ver la Vía Láctea en todo su esplendor y la vista le llenaba de una
sensación de ser pequeña y frágil. Se sintió sola.
Era curioso cómo el cerebro le jugaba sucio.
Sabía bien que no había nadie ni nada en el planeta. Le rodeaban millones de
kilómetros de soledad. Aparte de Darrel
y ella misma, no había seres vivos en Marte.
No lo habitaban demonios. No había ningún E.T.
con el cual toparse. Pero así y todo, la oscuridad, la soledad y la alarma de
oxígeno le sumergían en pensamientos angustiosos.
Le solicitó a Darrel que mantuviera los micrófonos abiertos para hablar de tanto
en tanto. Al diablo con el consumo de energía, por lo menos sentir algún ruido
o la suave voz de Rick mientras trabajaba
en la lanzadera le servirían de consuelo y para bajar el estrés. No quería
estar sola con sus temores. La comunicación abierta le daría una lejana
sensación de compañía.
Pensó en tratar de dormir aunque fueran
algunos minutos. Ajustó el control en su pulsera para activar el cronómetro y
lo fijó en cuenta regresiva a partir de dos horas. Internamente dudaba mucho de
dormir, pero acomodó el asiento del vehículo reclinando el respaldar y se
recostó lo mejor que pudo.
Recostada y a punto de intentar relajarse, de
alguna manera Brenda viajó en el
tiempo, para llegar a los años de su ingenua juventud, cuando vivía en Yasnogorsk, en la meseta central de su
querida madre Rusia.
Casi podía ver el edificio del apartamento en
donde vivía con su familia. Un pequeño complejo de cinco pisos con paredes en
tonos marrones. Recordó la sonrisa de su madre mientras cocinaba y bromeaba con
ella y sus hermanos. De su madre,
Ivanova había heredado el humor y el optimismo. De su padre había obtenido
la tozudez y determinación de un trabajador de la fundición de aluminio. La
herencia genética seguía siendo un misterio, aún después de tantos siglos haber
desentrañado el genoma de los humanos.
Había una sensación de calidez, tranquilidad
y serenidad que le invadía al recordar su juventud. Le alejaba del miedo y la
incertidumbre. Sintió una confortable sensación de seguridad. Ver de nuevo a
sus padres y a su hogar le hacía pensar que todo iría bien, que todo se
solucionaría.
Apagó la linterna y se propuso, en esos
minutos antes de dormir, buscar esos
recuerdos hermosos que atesoraba y le daban la fuerza interior que le
caracterizaba, y que tanto necesitaba ahora.
Se encontró mirando su edificio junto a sus
mejores amigas de la infancia, Anya
y Elena. Era un día cálido y apacible
del verano. Los árboles estaban verdes y se mecían plácidamente mientras la
brisa agitaba las hojas. Elena señalaba la ventana de su cuarto, en el primer
piso del edificio. En la fachada del piso deberían verse tres ventanas. La del
medio era la de Elena, pero la
frondosidad de las hojas de un pequeño árbol, brotado en todo su esplendor,
impedía verla.
La pecosa Anya decía riendo que nunca podía llamar su atención tirando
piedras a la ventana de su cuarto por culpa de ese arbolito. Sólo podía hacerlo
en invierno, mientras que en verano, debía llamarla usando el portero o bajar
hasta tocar su puerta. Anya vivía en
el tercer piso y su ventana estaba a la izquierda.
Brenda vivía en el
quinto. Sonrió al pensar que hasta allá no llegaban las piedras de sus amigas.
Por alguna razón especial, recordó la extensa
vegetación que ocupaba los jardines de los edificios. No tenían cuidadores. No
existían los porteros en los suburbios de Yasnogorsk.
Ese era un barrio de obreros y trabajadores sin pretensiones extravagantes.
Sólo buscaban trabajar, dar de comer a sus
familias y ser felices a su manera. Había amado con todo su corazón a sus
padres. Y le había dolido mucho tener que partir para seguir sus sueños.
Los pensamientos le llevaron un poco más
adelante en el tiempo. Con apenas diecinueve años, estaba recostada sobre un
edredón junto a Nikolay. Era un
hermoso día de primavera y se había escapado con su novio a un día de campo.
Conversaban alegremente a las orillas del río Osyotr.
El sol brillaba espléndido en el cielo azul.
La hierba crecida cubría ambas orillas mientras los arbustos sobresalían.
Recordaba la risa que le provocaban las bromas de Nikolay, que tenía un fino y delicado humor. Se complementaban muy
bien y terminó preguntándose por qué habían terminado. No lo recordaba.
Se recordaba acostada boca arriba, mientras
cruzaba las manos a la altura de su obligo. Con su joven pareja miraban el
cielo del atardecer y dibujaban figuras con las manos que contrastaban con el
cielo.
Era increíble que esos momentos
perduraran durante años en su mente. ¡Cuántas
horas y minutos habían pasado desde entonces! Parecía recordarlos como
si hubieran pasado apenas unos días. Era evidente que esas vistas y esos
momentos habían sido invaluables para ella y su cerebro se había empeñado en
guardarlos como un tesoro invaluable.
Hoy esos recuerdos llegaban para acunarla en
medio del desierto marciano, en una muda y tenebrosa lucha por la
supervivencia. La feroz naturaleza de los planetas y las estrellas, una vez más
le desafiaban en un reto que ganaría… o pagaría con la vida.
Agotada, casi sin advertirlo, cerró sus ojos
y se durmió de inmediato.
Capítulo 5: Amundsen
La alarma de oxígeno sonaba estrictamente
cada cinco minutos.
Las reservas de aire estaban agotándose
rápidamente mientras el Land Rover
seguía viajando imperturbable al drama interior que estaba viviendo su
pasajera.
A Brenda
le gustaba leer libros clásicos. No fue ninguna sorpresa para ella recordar en
ese momento algunos pasajes de un viejo libro que había leído hacía unos años,
escrito por un autor llamado Julio Verne.
No podía recordar el título, pero sí a uno de los protagonistas, que se llamaba
Clawbonny y cuya profesión era la de
médico.
En el libro, este doctor relataba las
aventuras de una tripulación de aventureros que alrededor de mil ochocientos
sesenta, intentaban llegar al Polo Norte
embarcando en una magnífica nave llamada Forward.
Desafortunadamente, un motín le impide al
capitán de la expedición mantener el control de la nave. Pero lejos de
rendirse, un puñado de intrépidos marineros continuaron el viaje para llegar a
su destino.
El libro
relataba las angustias y aventuras de estos aventureros que, guiados por el más
puro espíritu de los grandes exploradores del siglo XIX, emprendían
extraordinarias expediciones que exigían de muchas maneras a sus fuerzas y sus
espíritus.
Estas
aventuras estaban ambientadas en una de las épocas más notables en la
exploración de los Polos terrestres. Una época de grandes descubrimientos y de
numerosas catástrofes humanas.
Así como
estos protagonistas, se sentía ahora la teniente rusa. Atravesada de calamidades
y angustias, su extrema debilidad le había llevado al límite de sus fuerzas.
Sin probar alimentos sólidos en los últimos días, apenas unas horas antes se
había agotado la provisión de líquidos.
El último
tramo del viaje, lleno de pedregullo y pequeñas rocas, le hacían al vehículo
muy difícil seguir una línea recta. Fácilmente Brenda podía haber pedido un informe radial a Rick para saber exactamente su posición, pero no quiso hacerlo.
Llegaría bien
a destino o se asfixiaría antes de llegar. ¿Para qué saberlo de antemano?
De todos
modos las comunicaciones eran intermitentes. Le separaban de la lanzadera
alrededor de 500 kilómetros y si la señal no era reenviada por alguna de las
cuatro sondas de la Calypso, se
perdía la comunicación.
Marte no se
comportaba como la Tierra y por eso
la señal no rebotaba en las capas atmosféricas. Se perdía al espacio profundo.
Comenzó a
levantarse un viento que dificultó la visualización en la llanura por el polvo
en suspensión. Esta jornada había sido particularmente larga. Observando el
paisaje marciano, la perspectiva de las piedras en el paisaje le hacía jugar
mentalmente con las formas. La pareidolia le jugaba una mala pasada.
Trataba de
tener confianza en que no aparecieran mayores peligros. Tenía temores respecto
al viento. Esperaba que no aumentara su intensidad porque no contaba con
escudos protectores.
El débil
traje que llevaba no era apto para el exterior. Se usaba en las naves como un
sistema de protección ante la despresurización y la falta de aire respirable, pero
no era eficaz para proteger la integridad de los astronautas.
Luchó contra
sus dudas, como habrían luchado seguramente aquellos exploradores del Polo Norte. Mucha de las tradiciones
militares que le inculcaron en la Academia coincidían con esos bravos marineros
que equipados frágilmente y con medios limitados, superaban todos los
obstáculos mientras vencían a sus demonios internos.
No podía
menos que sentirse identificada con ellos. Y no era casualidad o broma del
destino que su salvación estuviera representada por la Subestación Amundsen.
Roald Amundsen fue el
explorador noruego que dirigió la expedición a la Antártida que alcanzó por primera vez el Polo Sur.
Ahora pasaba por un paisaje completamente
cubierto de rocas. El vehículo comenzó a aminorar su marcha mientras el terreno
se hacía más escarpado y empinado. Había una colina medianamente larga que se
extendía lejos a derecha e izquierda. No había otra alternativa que treparla.
La alarma de oxígeno prácticamente sonaba a
cada minuto mientras la voz metálica del casco le enviaba mensajes de
emergencia.
El corazón de Brenda palpitaba en el pecho y una poderosa sensación de angustia
le aprisionaba la garganta. No tenía comunicación con la Lanzadera. Empezó a
sentir lentamente cómo el aire de su casco bajaba la presión de ingreso.
Apretó sus manos cerrándolas con fuerza
contra los apoya-brazos del Land Rover.
Pensó que no quería morir sin al menos saludar por última vez a Darren y lamentó la falta de
comunicaciones.
De repente el vehículo llegó a la cima de la
colina.
A unos cien metros cuesta abajo, la cúpula de
aluminio de la Subestación Amundsen
le daba la bienvenida.
FIN

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