Drama Psicológico
Cartas en el
Altillo
de Rodriac Copen
—"Creo que
Ina ya está lista para un profesor particular."—
dijo Henry mientras revisaba
exámenes en la mesa del comedor.
Lorina
secó un plato y apoyó el paño sobre la mesada.
—"¿Tan
pronto? Tiene ocho años."—
—"Nunca es
demasiado temprano para aprender inglés."—
respondió él sin levantar la vista —"Le
pedí a un colega que venga. Lewis Aronson. Muy capaz, muy correcto."—
Lorina arqueó
una ceja.
—"¿A
domicilio?"—
—"Sí. Conversé
con él. Y me dijo que podría venir los martes y jueves. Es joven, entusiasta.
Los chicos lo adoran."—
Esa noche, cuando se acostaron, la mujer sintió algo parecido a un
presentimiento. Y lo ignoró, como se ignora algo sin importancia.
Lorina
siempre recordaba el día en que había conocido a Henry, con una mezcla de vergüenza y nostalgia. Él tenía cuarenta y
dos años, dictaba Literatura Comparada en la universidad. Y sobre todo, hablaba
con una seguridad que a ella, con veintisiete, impaciente y todavía buscándose,
le pareció magnética.
—"Lo que
falta hoy en día"— decía Henry mientras movía su copa de vino —"es disciplina. Las personas se cansan demasiado rápido de las
cosas. Incluso del amor."—
En ese entonces, a Lorina
le deslumbraba esa certeza que venía de la experiencia. Esa forma de declarar
el mundo como si ya fuera un mapa que se conocía de memoria.
Pero con el tiempo, entendió que esa misma “certeza” funcionaba como
un muro.
El matrimonio no había sido infeliz... al menos al principio.
Henry
llegaba tarde de la universidad, dejaba los libros sobre la mesa, se aflojaba
el nudo de la corbata y la besaba en la frente.
—“¿Cómo estuvo tu
día, Lorina?"—
Pero no esperaba realmente una respuesta. Y ella lo sabía.
—"Bien."—
respondía invariablemente —"Todo
estuvo bien."—
Y así pasaron los primeros años de la pareja.
Cuando Ina era pequeña,
la casa parecía uniforme, ordenada, como a Henry
le gustaba. Lorina, sin pensarlo
demasiado, se acomodó a esa rutina.
Pero con el tiempo, la incomodidad creció y, después de todo,
empezó a mostrar algunas costuras.
Henry
tenía ideas claras —a veces demasiado claras— sobre los roles familiares.
Para él, una madre debía estar en casa. Y un padre, sostener la
estructura.
Claro que no lo decía en tono autoritario, sino como quien explica
un axioma de valor incalculable.
Una noche, mientras cenaban, Lorina
intentó romper la quietud.
—"Pensé que
podría volver a estudiar."— dijo,
acomodándose el cabello detrás de la oreja —"Tal
vez diseño gráfico. Puedo hacerlo a distancia..."—
Henry
levantó la vista del plato.
—"¿Para
qué?"— preguntó sin ironía, como si realmente no
viera la necesidad.
—"Porque...
extraño hacer algo para mí."— respondió ella,
sintiendo que su voz se encogía ante la mirada de su marido. —"No sé, sería lindo volver a aprender
algo nuevo."—
Henry
tomó un sorbo de vino antes de contestar.
—"Lorina,
estás agotada con la casa y con Ina. No tiene sentido cargarte con algo más.
Además, ¿para qué estudiar algo que no vas a usar? Tienes un rol insustituible
aquí."—
La conversación terminó ahí. Sin peleas, sin gritos.
Pero lo que hubo fue algo un poco peor que eso: un silencio acomodado.
Esa clase de silencio que se instala en una pareja como un medio de
incomunicarse entre los dos.
Esa noche, mientras él dormía plácidamente, Lorina permaneció despierta, mirando el techo, con la sensación
precisa de que había renunciado a una parte de sí misma sin siquiera debatirlo
abiertamente.
Los años siguieron puliendo esas pequeñas e inevitables
diferencias.
Con el tiempo, Henry se
volvió más académico, más rígido.
Y Lorina, más inquieta,
más intuitiva, más necesitada de aire y renovación.
Lo que antes la fascinaba —la
seguridad, la estructura, la formalidad— ahora comenzaba asfixiarle
lentamente.
Ella amaba a su hija Ina,
así como a la idea de una familia estable, pero sentía que el mundo afuera
vibraba con una intensidad que ella ya no podía alcanzar.
Y Henry... simplemente
no lo veía.
—"¿Estás
bien?"— preguntó él una mañana mientras doblaba el
diario.
Era una pregunta correcta, rutinaria pero con un tono
imperceptiblemente incorrecto.
—"Sí, Henry.
Estoy bien."— respondió ella, como siempre.
Pero no lo estaba.
Lo sabía cada vez que se sorprendía mirando por la ventana sin
motivo. Cada vez que se descubría imaginando conversaciones que no existían.
Cada vez que deseaba que alguien —quien fuera— le preguntara algo
más profundo que “¿cómo estuvo tu día?”.
Su vida estaba ordenada. Pero no se podía decir que estaba viva.
Y ahí, exactamente ahí, es donde las historias empiezan a moverse
hacia un punto del que ya no hay retorno.
Lewis
llegó puntual. Treinta años, una sonrisa tranquila, cuadernos gastados y un
saco que parecía demasiado liviano para el frío típico de un incipiente
invierno.
—"Buenas
tardes."— dijo al entrar —"Usted debe ser Lorina. Encantado."—
A la mujer la voz le sonó cálida, casi musical.
Ina,
la pequeña alumna, lo recibió con una comprensible timidez inicial, pero a la
media hora ya estaban riéndose de las vocales en inglés.
Al terminar esa primer clase, Lewis
se despidió. Pero, antes de cruzar la puerta, se giró hacia Lorina.
—"Tienen
ustedes una casa muy acogedora."—
—"Gracias.
Es... es humilde y convencional."—
—"No, no lo
es. Es luminosa. Creo que usted la hace así."—
respondió él gentilmente. Y se fue.
Esa noche, a Lorina le
costó mucho dormir. La palabra “luminosa”
le volvía a la cabeza una y otra vez.
Fueron pasando las semanas. Y las clases fueron sucediéndose una
tras otra.
Ina
progresó. Henry estaba satisfecho.
Y Lorina... poco a poco
empezó a esperar con inquietud los martes y jueves, como espera un respiro
refrescante para sus rutinas.
Un día, mientras Ina y
el profesor estaban en un recreo, la mujer preparaba un té. Lewis entró a la cocina.
—"¿Puedo
ayudar?"—
—"No, no
hace falta."— dijo ella ligeramente perturbada.
Dejó la taza en su mano un segundo más de lo necesario.
Él la miró. Con una mirada que fue demasiado larga para ser
inocente.
—"Lorina..."—
empezó.
—"No... no
digas nada."— susurró ella con un suspiro.
Y desde esa noche, dejaron de fingir que no sabían lo que estaba
pasando.
La relación entre ellos fue un murmullo refrescante debajo de la
rutina densa y aplastante. Aprovechaban los breves instantes que podían entre
las clases.
—"No puedo
quedarme mucho tiempo."— decía Lewis, quitándose apenas el saco.
—"Lo
sé."— contestaba ella, acercándose —"Pero con un poco alcanza."—
Cuando Ina cumplió
nueve años, Lorina descubrió que
estaba embarazada.
No dijo nada. Henry ni
siquiera sospechó. Lewis simplemente
no preguntó.
Pero cuando Alice
nació, con esos ojos oscuros tan parecidos a los de él, Lorina sintió un vértigo nuevo: la culpa de amar demasiado y no
poder disfrutar con libertad.
Los años siguieron mientras Lorina
envejeció poco a poco. A Henry el
tiempo no le tuvo mucha piedad.
Lewis,
el antiguo profesor de Ina siguió
entrando y saliendo del hogar, como si fuera parte de la misma arquitectura de
la casa.
Cuando Alice cumplió
once, Henry sugirió:
—"Tal vez
Lewis podría enseñarle inglés también."—
Lorina
sintió una vieja punzada al corazón que le dejó helada, pero sonrió.
—"Sí... sí,
podría ser."—
Lewis aceptó
sin preguntar. Cada clase era una contradicción viviente: el hombre que era su
amante enseñándole al fruto de ese amor oculto.
Alice
cumplió quince.
La casa empezó a cargarse de electricidad estática: discusiones
que no empezaban nunca pero siempre quedaban suspendidas en el aire.
—"No
entiendo por qué te pones así."— decía Henry.
—"Porque
tú... tú sabes."— respondía una Lorina frustrada.
—"No sé nada
que no quiera saber."— respondía él, más rígido que nunca.
Alice
observaba. Aprendía a leer silencios, miradas evitadas, y respiraciones tensas.
Una noche, como tantas otras, escuchó gritos desde el pasillo.
—"¡Henry,
basta!"—
—"¿Basta
qué? ¡No puedo hacer como si no hubiera pasado nada!"—
—"Te pedí
que no volvieras a ese capítulo..."—
—"¿Y tú qué
has hecho en todos estos años?"—
Alice
retrocedió dos pasos. Algo grave se venía gestando entre sus padres desde hacía
tiempo. Y estaba eclosionando.
Su corazón golpeaba como si le hubieran abierto el pecho.
Dos días después, a Ina
y Alice les dieron la noticia:
—"Nos vamos
a divorciar."— anunció un Henry frustrado y sin emoción.
Alice
sintió que alguien apagaba una luz muy antigua dentro de ella.
Durante una tarde lluviosa, mientras Lorina firmaba los papeles del divorcio, Alice subió al altillo para buscar viejos recuerdos de familia.
Allí encontró una caja, escondida en medio del caos.
Dentro de ella, viejas cartas amarillas, con la letra firme y
reconocible de un hombre.
“L.”
“Pienso en ti cada martes.”
“Me preocupa lo que estamos haciendo, pero no puedo dejar de
verte.”
Alice
sintió un nudo caliente en la garganta.
Sacó otra carta. Esta tenía la letra de su madre, Lorina. Nunca se había enviado. Y
estaba fechada el año de su nacimiento:
“Si alguna vez algo sale mal... debemos recordar que esta niña
nacerá del amor. Ojalá pudiéramos decirlo en voz alta.”
Alice
dejó caer el papel.
—"No...
no..."—
Se cubrió la boca, respirando entrecortado.
Gritó sin hacer sonido. Y lloró como si tuviera diez años.
Bajó de ático corriendo.
No quiso escuchar explicaciones.
Y huyó de la casa para vagar un par de horas.
El cielo estaba gris cuando llegó a la casa de su profesor de
inglés.
Golpeó la puerta mientras temblaba.
Lewis abrió.
—"Alice..."—
susurró, sorprendido, pero no tanto como debería.
Ella no dijo nada.
Él se hizo a un lado mientras abría la puerta, invitándola a
pasar.
Antes de entrar, Alice vio
por detrás de él.
Un movimiento que dejó ver a una persona.
Era Lorina, su madre.
Estaba llorando.
—"Alice..."—
dijo, con los ojos rojos —"Tenía
que hablar con él. Tenía que avisarle..."—
Alice
retrocedió.
—"¿Avisarle...
por qué?"— era una pregunta inútil. Ya sabía la
respuesta.
—"Hija, él
no lo sabía. Solo hoy se lo dije..."—
Lewis
levantó una mano, intentando controlar sus emociones.
—"Alice...
nunca lo supe. Tienes que creerme..."—
—"¿Nunca le
dijiste...?" — Alice
dejó la frase sin terminar.
Nadie pronunció palabra.
Lorina bajó
la mirada.
Lewis
la sostuvo unos segundos y luego dijo:
—"Nunca
nadie quiso hacerte daño. Ni a ti, ni a Ina, ni a Henry. Pero lo que pasó...
pasó. Con tu madre fuimos cobardes... todos estos años."—
Alice
temblaba cuando miró primero a su madre. Luego miró a Lewis, como buscando un rostro que la contuviera.
—"¿Soy tu
hija?"— preguntó finalmente.
Lewis
respiró hondo.
—"Lorina no
lo sabe con certeza. Pero cree que sí. Yo me acabo de enterar. Pero si yo no
soy tu padre... igual te quise desde el primer día."—
Hubo un silencio.
Una gota de lluvia cayó sobre el escalón mientras Alice daba un paso atrás.
Luego dió otro.
—"No... no
puedo... es demasiado pronto."— murmuró.
Y se fue caminando bajo la llovizna.
Lorina
salió al umbral y se abrazó con Lewis.
Quedaron detenidos en la puerta, observando la figura de Alice que se alejaba.
—"¿Crees que
volverá?"— susurró Lorina.
Lewis
apretó los puños.
—"No lo sé. Tal
vez. Depende de si puede perdonarnos."—
—"¿Y si no
puede?"—
—"Tendremos
que vivir con eso."—
La lluvia empezó a arreciar mientras la calle se volvía un borrón
de luces palpitantes.
Alice
siguió caminando, cada vez más pequeña. Cada vez más distante.
FIN

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