Humor
El Plomero
Accidental
por Rodriac
Copen
A Tito Mansilla le
gustaba caminar por los shoppings por la misma razón que a algunos hombres les
gusta jugar a la ruleta: porque en ambos casos uno puede perder la dignidad, la
billetera o algunos dientes... y aun así volver al día siguiente.
Aquella tarde avanzaba por el pasillo central de un centro
comercial de Puerto Madero con las
manos en los bolsillos, el mentón apenas levantado y la expresión de quien no
había pagado el alquiler en varios meses.
Las luces de la galería se reflejaban en el mármol impecable y en su peinado,
que tenía más fijador que convicciones.
Fue entonces cuando la vio.
Una mujer caminando a unos veinte metros, sola, elegante, con un
vestido oscuro que parecía diseñado por alguien que sabía alborotar la
tranquilidad masculina. El cabello le caía sobre los hombros en ondas sensuales
y agresivas. Los tacos resaltaban unas hermosas pantorrillas, mientras resonaban
contra el piso con la autoridad de una jueza que ya conocía el veredicto de
culpable.
Tito
frenó en seco.
—“No... no… no...”—
murmuró, llevándose una mano al pecho—“Ya
estoy en el paraíso.”—
Para ese entonces Tito ya se había enamorado de una cajera, una
promotora de fiambres y una decoradora de vidrieras mientras la veía vestir un
maniquí en Flores. Y en todos esos casos, los testigos le vieron la misma expresión:
la mirada de un hombre a punto de tomar una pésima decisión con la absoluta
convicción del enamoramiento pasajero.
Así Tito empezó a
seguirla.
Primero desde una distancia prudente.
Una vez envalentonado, a distancia ridícula.
La mujer al principio, miraba vidrieras sin prestarle mucha atención,
mientras Tito improvisaba los
diversos rituales urbanos requeridos para encarar un levante épico, que se
agregaría a su colección de amoríos inverosímiles.
—“Disculpame...
¿vos caminás así natural o tus caderas ensayan en casa para enloquecerme?”—
Ni una mirada.
Tito
sonrió, y como un soldado en combate, siguió con su misión y objetivo.
—“Perfecto...
personalidad difícil. Me gustan los desafíos que aumentan las probabilidades de
renuncia.”—
Ella siguió avanzando.
Tito
aceleró el cortejo como guacamayo enamorado.
—“Perdón... si
sos modelo decímelo ahora, así me ahorro la humillación de parecer un tipo
común.”—
Nada.
La mujer, al parecer indiferente como diosa escuchando a un
versero, entró a una tienda de perfumes.
Tito, desesperado ya, entró detrás.
Un vendedor galante, los observó con la experiencia de un
documentalista que ya filmó a varios depredadores.
—“¿Busca algo,
señor?” —
—“Sí.”—
dijo Tito sin apartar la vista de
ella —“Reciprocidad emocional... pero si
no tenés, mostráme algún perfume con un toque de vainilla.”—
La mujer soltó una sonrisa apenas visible.
Tito
lo vio. Y ese gesto mínimo, que fue un microscópico temblor en la comisura de esos
labios sensuales y deseados, fue la luz indicadora de que había empezado el
cortejo mayor.
Para Tito, el gesto
equivalía a un contrato firmado.
Mientras la dama salía, la siguió con la energía renovada de un
diputado consultando encuestas favorables.
Y la alcanzó cerca de una cafetería.
—“Listo.
Sonreíste. Técnicamente ya tenemos historia.”—
le dijo.
Por primera vez, la mujer se detuvo. Y girando lentamente, lo
miró.
Tito
sintió que durante dos segundos su autoestima subió tanto que podría haber
visto el Obelisco desde adentro de un shopping.
Ella arqueó una ceja.
—“¿Siempre sos
así de insistente?”—
Tito se acomodó la campera.
—“No... a veces
soy peor, pero hoy vine livianito.”— respondió
desafiante
Ella lo estudió unos segundos.
Después sonrió con una mezcla peligrosa de diversión y cálculo.
—“Cinco minutos.
Un café. Y después desaparecés.”—
Tito
apoyó una mano sobre el pecho.
—“Claro que si,
diosa. Con cinco minutos ni Napoleón haría logrado lo que yo.”—
Se sentaron junto a una ventana, mientras ella pedía un espresso.
Tito pidió un capuccino doble porque sentía que la espuma le daba
aspecto intelectual.
—“Me llamo
Verónica.”— dijo ella, cruzando las piernas con una
naturalidad que hizo que Tito olvidara
durante dos segundos su propio apellido—“Verónica
Salvatierra.”—
Tito
sonrió.
—“Tito Mansilla.
Encantador profesional… y profesor de la vida.”—
Verónica soltó
una risa breve.
—“Y antes de que
sigas imaginando cosas... estoy casada.”—
Tito
apoyó la taza y mientras respondía meneando la cabeza, dijo:
—“Bueno... casada
no significa feliz. También hay gente con gimnasio pago y jamás fue.”—
Verónica
lo miró divertida mientras se reía.
—“Mi marido se
llama Osvaldo Salvatierra.”—
Mientras aclaraba los detalles, el tono de su voz había cambiado
apenas… pero lo suficiente.
—“Ajá...”—
dijo Tito, todavía sonriendo —“¿Y a qué se dedica el señor Osvaldo?”—
Verónica
revolvió el café con una lentitud inquietantemente sensual.
—“Es cobrador en
una empresa de cigarrillos.”—
—“Bueno, nada
grave...”—
—“Anda armado. Es
un ex militar.”—
Tito
pestañeó leve y fugaz. Pensó que Verónica
lo estaba “probando”.
—“...¿Armado tipo
‘usa campera de cuero’ o armado tipo ‘balística forense’?”—
Verónica
levantó la vista.
—“Revólver. Y calibre
grueso.”—
Tito
dejó la taza demasiado rápido y se salpicó la mano.
—“Ah.”—
—“Lo lleva porque
ya intentaron asaltarlo varias veces.”—
—“Bueno... eso
pasa.”—
—“Y ya se tiroteó
tres veces.”—
Tito
quedó inmóvil, como una estatua construida con gel capilar y malas decisiones.
Verónica
dio un sorbo.
—“Una vez le pegó
a la rueda de una moto a treinta metros.”—
Tito
tragó saliva.
—“Treinta metros...
asombroso.”—
—“Con la mano
izquierda.”—
Silencio.
Finalmente Tito sonrió
otra vez, aunque ahora con la naturalidad de un hombre firmando un testamento.
En ese juego se conocían los riesgos.
—“Bueno... mirá
qué casualidad.”—
—“¿Qué cosa?”—
—“Que justo
hoy... empecé a valorar muchísimo la amistad.”—
Lo que Tito no sabía,
era que Verónica Salvatierra tenía
una virtud peligrosa: podía proponer una estupidez con el mismo tono con el que
otras mujeres pedían azúcar.
Y lo hizo dos días después de ese café, mientras hablaban por
teléfono y Verónica le pasaba
algunas fotitos… algo comprometidas.
—“Mi marido
mañana viaja a Olavarría.”—
Tito
estaba acostado en su sillón, mirando las fotos de la diosa. Y mientras se
perdía entre las peligrosas curvas de sus piernas, se incorporó de golpe,
interesado.
—“Ajá...”—
—“Sale temprano
¿sabés? Y vuelve de noche… muy tarde. Voy a estar muy solita…”—
Silencio.
—“Verónica...”—
—“Sí.”—
—“Estoy tratando
de decidir si esto es una invitación... o una causa penal.”—
Ella soltó una pequeña risa.
—“Vení a casa a
las once.”—
Tito
se puso de pie, acomodándose la ropa, aunque Verónica no podía verlo.
—“Mirá que yo
para estas cosas soy muy profesional.”—
—“Lo sé.”—
—“¿Qué sabés?”—
—“Que mentís con
mucha confianza.”—
Y cortó con una risa cristalina.
Tito
pasó el resto de la noche preparando ropa, perfume y una sonrisa que parecía
diseñada por un publicista sin escrúpulos.
A la mañana siguiente, Osvaldo
Salvatierra salió antes de las siete.
Botas pesadas, campera de cuero. Y cara de hombre que desayunaba tostadas
quemadas con café negro.
Verónica
lo acompañó hasta la puerta.
—“Volvé temprano.”—
Osvaldo
se acomodó el arma bajo la campera.
—“Si hay buen
clima, vuelvo de noche.”—
—“Cuidate.”—
—“Siempre.”—
Le dio un beso breve, bajó las escaleras y se perdió en la calle
con la elegancia de una heladera industrial.
A las once en punto, Tito
tocó timbre.
Verónica
abrió la puerta.
Y Tito dejó de respirar
durante unos dos segundos y medio.
Ella llevaba un deshabillé liviano, el pelo apenas húmedo y una
expresión de absoluta tranquilidad, como si invitar hombres ajenos mientras su
marido armado estaba a algunos kilómetros, fuera parte de su rutina skincare.
Tito
se acomodó la camisa.
—“Bueno... yo
sabía que valía la pena insistir, pero esto es el premio a la perseverancia.”—
Verónica
sonrió y se apartó.
—“Pasá, Casanova.”—
Entraron al living, y se dieron un beso.
Tito
apenas había tenido tiempo de admirar el sillón, las cortinas y la peligrosa
falta de sentido común de ambos... cuando un trueno sacudió las ventanas.
Después otro. Y otro más.
La lluvia empezó a golpear el vidrio con la delicadeza de un
cobrador resentido.
Tito miró
hacia afuera.
—“Lindo clima
para tomar malas decisiones.”—
En ese mismo instante se oyó el ruido de una llave entrando por la
cerradura.
Los dos se congelaron.
Tito
parpadeó.
—“¡ Mi marido ¡”—
Susurró con urgencia Verónica.
La puerta se abrió. Y
apareció Osvaldo.
Empapado. Gigante.
Con la cara de un hombre que había discutido con la tormenta... y
la tormenta no había pedido disculpas.
Hubo un silencio tan incómodo, que hasta el reloj de pared dejó de
funcionar.
Osvaldo
miró a Verónica en desabillé. Después
a Tito. Y otra vez a Verónica.
—“...¿Qué carajo
es esto?”— bufó como un toro furibundo…
Verónica,
sin pestañear y lívida, dio un paso al frente.
—“Nada.” —
Osvaldo
entrecerró los ojos.
—“¿Cómo que nada”
¿Estás semidesnuda!”—
Miró a Tito.
—“Y este pelotudo
parece presentador de televisión en mi living.”—
Tito
levantó una mano.
—“Primero...
gracias por notar el peinado.”—
Verónica
habló rápido.
—“Me iba a bañar.”
—
—“¿Y?”—
—“Se rompió una
cañería.”—
Osvaldo
giró lentamente hacia Tito.
—“¿Una qué?”—
—“Una cañería.”—
repitió Verónica un poco más tranquila mientras inventaba una mentira —“Él es un plomero nuevo. Lo llamé urgente.
Vino haciéndome un favor después de mucho insistir.”—
Tito
la miró.
Después miró a Osvaldo.
Después volvió a mirarla.
—“...¿Me tomás
por pelotudo?”—
Verónica
le clavó a Tito una mirada asesina.
Tito
entendió. Y sonrió.
—“Sí, claro. Tito
Mansilla. Plomería integral, pérdidas, filtraciones... y crisis matrimoniales,
aparentemente.” — intentó bromear.
Osvaldo
no se movió.
—“¿Y tus
herramientas, plomero?”—
Tito
pestañeó.
—“...¿Cómo..?”—
balbuceó tembloroso.
—“Las
herramientas, plomero.” — Osvaldo
dejó caer el bolso al piso.
Y avanzó.
La primera piña pasó tan cerca de Tito que le despeinó el ego.
—“¡Pará, campeón!
¡Yo arreglo pérdidas, no hago boxeo!” —
La segunda le pegó en el hombro y lo hizo caer sobre una mesa
ratona, que murió con un crujido digno.
—“¡La concha de
la decoración!”— gritó Tito desde el suelo.
Osvaldo fue
por él.
Tito
esquivó mientras una lámpara se caía. Un florero explotó.
Mientras los dos intercambiaban golpes, insultos y muebles, Verónica salió corriendo al baño.
Agarró un martillo y mirando la cañería, dijo:
—“¡Tengo que
salir de esta…!”—
*CLANG*
Un golpe. *CRACK* Otro.
Al tercero, el caño reventó.
Un chorro de agua salió disparado con furia. Verónica regresó corriendo.
—“¡Paren! ¡Paren
los dos!”—
Osvaldo
tenía a Tito del cuello.
—“¿Qué pasa?”—
Verónica
señaló el pasillo.
—“¡El baño se
está inundando!”—
Hubo un silencio. Los hombres miraron hacia el fondo.
Y un segundo después, una ola de agua apareció avanzando por el
pasillo como si el departamento hubiera decidido independizarse de la
ingeniería civil.
Tito,
todavía agarrado del cuello, tragó saliva.
—“Bueno...”—
Miró a Osvaldo.
—“Ahora sí...
técnicamente me necesitan.” —
Los tres corrieron por el pasillo.
Bueno... “corrieron” es una forma optimista de describir a Osvaldo, que se desplazaba con la
sutileza de un camión de mudanzas, a Verónica,
que avanzaba descalza sin perder la dignidad, y a Tito, que iba detrás con la expresión de un hombre que había
improvisado demasiado lejos.
Cuando llegaron al baño, la escena tenía algo de tragedia griega
financiada por una ferretería.
El agua salía de la pared con una violencia casi personal.
No parecía una pérdida. Era más una inundación.
Un chorro salía directo del caño roto, rebotaba contra el espejo y
convertía el baño en una mezcla entre spa, crimen doméstico y parque acuático
sindicalizado.
Osvaldo
quedó inmóvil. Parpadeó.
Después miró a Tito.
Y por primera vez desde que se conocieron, bajó un poco la voz.
—“...Che.”—
Tito,
con un ojo empezando a ponerse violeta, levantó una ceja.
—“¿Qué?”—
Osvaldo
carraspeó, incómodo.
—“Disculpá.”—
Tito
lo miró fijo.
—“¿Cómo?”—
—“Que... capaz me
precipité.”—
Tito
se acomodó la camisa mojada con dignidad teatral.
—“¿Capaz?”—
Osvaldo suspiró.
—“Bueno... sí, me
precipité.”—
Tito asintió
lentamente, como un cirujano aceptando disculpas de un paciente que lo había
golpeado con una silla.
—“Está bien. Son
cosas que pasan. El prejuicio es la humedad del alma.”—
Osvaldo
no entendió una sola palabra, pero asintió igual.
Tito
se aclaró la garganta.
—“Bueno… Yo
después les paso el presupuesto.”—
Y se dio vuelta dispuesto a salir.
Pero Osvaldo le apoyó
una mano en el hombro.
Una mano que pesaba aproximadamente lo mismo que una bicicleta.
—“No.”—
Tito
se congeló aterrado.
—“...¿No?”—
—“No te podés ir
dejando esto así.”—
Tito
sonrió nervioso.
—“Pero... no
tengo las herramientas.”—
Osvaldo
negó con la cabeza.
—“No. Lo arreglás
ahora. Te pago lo que pidas.”—
Se agachó, abrió un armario y sacó una caja metálica de
herramientas que parecía haber sobrevivido a tres guerras civiles.
La dejó en el piso con un golpe seco.
—“Usá lo que
necesites.”—
Tito
miró la caja. Después el baño y la rotura.
Después a Verónica, que
sonreía con una inocencia tan falsa que hasta los azulejos parecían indignados.
—“...Te voy a
matar”— le murmuró entre dientes.
—“Después, si
querés.”— respondió ella bajito.
Tito
abrió la caja, que tenía de todo.
Llaves inglesas. Pinzas. Destornilladores. Cinta aisladora.
Terrajas. Y un nivel de albañil que parecía insultarlo.
—“Bueno...”—
dijo Tito, remangándose con falsa autoridad —“Lo importante en estos casos es mantener la calma.” —
Se arrodilló frente al caño y metió mano para girar una válvula. El
agua salió con el doble de presión.
—“...Eso no era.”—
Osvaldo
frunció el ceño, con dudas.
—“¿Seguro que sos
plomero?”—
Tito
sonrió, mojado hasta el alma.
—“Claro que sí. Pero
soy innovador.”—
Probó otra llave. Un caño vibró y en la pared se sintió un *crack*. Otra línea de agua empezó a
correr a borbotones.
Verónica
abrió los ojos.
—“Ay, no...”—
Tito
empezó a transpirar.
—“Bueno... eso
tampoco era.”—
A los cinco minutos, media casa estaba inundada.
Las alfombras flotaban. Un zapato de Osvaldo pasó navegando rumbo a la cocina.
El perro del vecino ladraba desde el balcón como relatando el
desastre. Y Tito, completamente
empapado, seguía forcejeando con la instalación.
—“¡Dame luz!”—
Tito imploró al cielo.
Verónica,
sin pensar, lo tomó literal y enchufó una lámpara portátil.
Tito giró
justo en el momento en que el cable tocó el agua. Durante un segundo, todo el
baño se iluminó.
Tito
se arqueó:
—"¡¡AAAAAAAAAHHHH!!"—
Un fogonazo… un estallido. Y el olor indudable del pelo quemado.
Cuando el “plomero” cayó
de espaldas, tenía el pelo apuntando en tres direcciones diferentes. Y la cara
manchada de yeso.
Una expresión de hombre de fe que había visto a Dios... y Dios se
había reído.
Osvaldo
lo miró… muy despacio. Y entrecerrando los ojos.
Entonces algo hizo clic en su cabeza. Miró a Tito despatarrado. A la
semidesnuda Verónica en el deshabillé
transparente.
Y miró otra vez a Tito.
—“...Pará.”—
dijo cerrando los labios en un gesto de ira —“Vos no sos plomero.” —
Tito se
quedó quieto. Verónica estaba
aterrada.
Osvaldo
empezó a respirar más fuerte.
—“¡VOS NO SOS
PLOMERO!”—
Y ahí Tito tomó la
decisión más sabia de toda su carrera sentimental.
No habló más. Porque eso no se solucionaba con chamuyo. Corrió
como nunca lo había hecho.
Salió del baño. Resbaló mientras se llevaba puesto un perchero. Atravesó
el living. Y como pudo, abrió una ventana.
—“¡TITO!”—
gritó Verónica.
—“¡Fue un gusto, diosa!”—
Y saltó hacia el jardín, rebotando en un arbusto.
Aterrizó en la vereda empapado, chamuscado, cubierto de yeso y con
la dignidad sostenida por pura costumbre.
Mientras corría rengueando por la calle...
Verónica
se asomó por la ventana y gritó:
—“¡Tito!... ¡Te
olvidaste el presupuesto!”—
Tito,
sin dejar de correr, levantó una mano.
—“¡TE LO COBRA EL
SEGURO, REINA!”—
En ese momento Osvaldo
apareció detrás de ella... con una llave inglesa inmensa.
Y un segundo después saltó también al jardín.
—“¡¡MANSILLAAAAAA!!”—
gritaba furioso blandiendo la llave.
Y Tito, corriendo bajo
la lluvia, sonrió con la soberbia intacta.
—“Sí...”—
se dijo a sí mismo.
Escupió un poco de agua.
—“Definitivamente
me extrañan.” —
FIN

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