jueves, 26 de marzo de 2026

Diario de Rodriac: "Exclusión en el Mundo Consumista"

 


Diario de Rodriac

Exclusión en el Mundo Consumista
por Rodriac Copen


Ayer leí una prosa hermosa de una amiga (al final de la nota verás sus referencias).

Una de esas meditaciones que despiertan algo, aunque sea apenas un murmullo.

Y, de manera inesperada, también hablé con un amigo sobre Louise Brooks.

Sobre su vida luminosa y trágica, sobre su caída en un mundo que no perdona, sobre cómo tuvo que sobrevivir en un tiempo donde lo que hoy llamamos libertad era, en verdad, necesidad disfrazada.

De cómo el deseo —esa vieja pulsión humana— sigue vendiéndose ahora bajo nuevas etiquetas de empoderamiento que no siempre cuentan toda la historia.

Hace apenas unos días escribí sobre el precio de la dignidad

Tal vez porque noto que, mientras todos hablan de oportunidades, la mayoría cae por las rendijas invisibles del sistema.

Hubo un tiempo en que las redes sociales eran una plaza.

Uno entraba como quien cruza la puerta de una casa amiga, esperando conversación, compañía, alguna chispa de pensamiento ajeno.

Hoy caminamos sobre sus ruinas: muros todavía erguidos, pero vacíos por dentro.

Esa sensación es como volver a una casa donde uno fue feliz.

Todo está ahí, pero ya no queda nadie.

La conversación auténtica se evaporó.

El desacuerdo —tan fértil antes— ya no existe.

Todo es consumo: imágenes, frases recortadas, cuerpos excitantes, consignas.

Un desfile que pasa sin tocarnos.

Las redes fueron plazas. Ahora son vitrinas.

Pasillos.

Coreografías de gente mirando en silencio.

Como en el distrito rojo de Ámsterdam: cuerpos enmarcados en ventanas, pares de ojos que observan sin hablar.

El algoritmo marca el compás: tic, tic.

Y prioriza lo instantáneo, lo superficial, lo que brilla un segundo y después se hunde.

Moldea la interacción con una paciencia de máquina, limando cualquier gesto humano que no sirva al espectáculo.

Y mientras tanto, una libertad ruidosa, teatral, vaga por el mundo vestida de eslogan económico, prometiendo salvación en forma de dólares, como si la humanidad pudiera comprarse con dólares o euros.

Pero cualquiera que mire con un poco de hondura —apenas un poco— puede convertir el acto mecánico de scrollear en un diagnóstico silencioso: estamos viviendo en un mundo excluyente que se disfraza de abierto.

Un mundo que celebra oportunidades mientras esconde a los viejos, a los rotos, a los que ya no encajan.

Los deja allí: los mancos, los cojos, los invisibles, los que caminan la trastienda de la vida sin hacer ruido.

Y cuando uno nota eso, cuando ve que todo “está bien” sólo para los que pueden verse, es entonces cuando comprende que ha quedado fuera de su propia época.

Que esta no es su tierra.

Que esta no es su gente.

Ese hueco, esa distancia, es la forma más exacta de la soledad.


FIN




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