SciFi Emocional
Antes de la Lluvia
por Rodriac Copen
La tormenta llegó desde el oeste con mucho viento,
llenando el cielo como lo haría una mancha negra deslizándose lentamente sobre
las llanuras.
Daniel Vega
observó el radar portátil apoyado sobre el capó de la camioneta mientras el
viento le agitaba la campera impermeable. A lo lejos, el cielo parecía rasgarse
en silencios eléctricos. Luces que prendían y apagaban entre las nubes
mostraban las descargas eléctricas que todavía no tocaban tierra.
El aire ya tenía ese olor metálico parecido al ozono
que precede a los rayos.
—“No deberíamos seguir acá.”— gritó uno de los técnicos —“La celda se está
cerrando demasiado rápido.”—
Daniel
levantó la vista. En un espectáculo deslumbrante, las nubes giraban lentamente
sobre ellos. Hermosas, y al mismo tiempo, terribles.
—“Cinco minutos más.”— dijo —“Solo quiero terminar la medición.”—
El técnico negó con la cabeza.
—“Estás loco ¿lo sabías?”—
Daniel
sonrió apenas.
—“Eso dicen de todos los meteorólogos.”—
Entonces ocurrió el desastre. No escuchó el trueno.
Simplemente vio la luz.
Una explosión blanca cayó a menos de veinte metros de
él. El campo entero vibró como si el aire hubiese sido golpeado por una mano
gigantesca. Daniel sintió que algo caliente atravesaba su cabeza y el
mundo desapareció bajo un zumbido insoportable.
Cuando despertó, estaba tirado sobre barro mojado. Y
el pitido había comenzado. Nunca volvió a detenerse.
Las migrañas aparecieron semanas después del
incidente. Luego apareció el insomnio.
Le siguieron los episodios de percepción extraña.
De un modo inexplicable, Daniel podía sentir
cuando una tormenta se aproximaba. Incluso antes que los satélites. A veces
despertaba en mitad de la noche convencido de escuchar voces escondidas detrás
del ruido eléctrico de los transformadores urbanos.
Los médicos hablaron de estrés postraumático. Otros
evaluaron epilepsia.
O daño neurológico. Pero nada terminaba de explicar
completamente lo que le ocurría.
Hasta que terminó consultando en el Instituto Helix
por recomendación de algún conocido.
El edificio estaba literalmente entre dos estructuras
de hormigón y vidrio oscuro en las afueras de la ciudad. Era un lugar
silencioso donde la gente caminaba hablando en voz baja, como si fuera una
biblioteca, y el conocimiento necesitara susurros para existir.
La doctora Mirek lo recibió en una oficina
iluminada por pantallas azules.
—“Su caso es sumamente... particular.”—
—“En mi experiencia, esa frase suele significar malas
noticias.”—
La doctora hizo un mohín, tratando de no asentir a esa
observación.
—“En realidad, significa que no entendemos muy bien qué
ocurre dentro de tu cerebro para mantener esas secuelas.”—
Ella deslizó unas imágenes sobre la mesa. Incluía
resonancias, mapas neuronales y patrones extraños que intentaban llegar a
alguna conclusión.
—“Pero esto no es todo lo que tenemos. Queremos
proponerte participar en un estudio experimental.”—
Daniel soltó
una risa cansada.
—“¿Experimental... cuánto?”—
La doctora dudó un instante antes de responder.
—“Mucho… pero es un método no invasivo.”—
La máquina parecía un equipo construido para abrir
agujeros en la realidad. Se veía como una máquina del infierno.
Anillos superconductores, bobinas gigantescas.
Conductos criogénicos cubiertos de vapor. Todo vibraba con un zumbido grave que
Daniel sentía directamente en los huesos.
—“¿Esto sigue siendo un equipo de resonancia
magnética?”—preguntó.
Un técnico levantó la vista.
—“Más o menos trabajan con los mismo principios, pero
este equipo es más potente.”—
—“Eso tranquiliza muchísimo.”—
Lo acostaron dentro de la estructura mientras las
luces disminuían gradualmente.
Cuando todo estuvo preparado, una voz habló desde los
altavoces:
—“Iniciando secuencia de pulsos.”—
Y el estudio empezó. Mientras tanto, en el exterior
las condiciones climáticas cambiaban. A cientos de kilómetros sobre la Tierra,
una tormenta geomagnética golpeó la magnetosfera del planeta.
Las pantallas de los equipos médicos comenzaron a
parpadear. Sonaron algunas alarmas mientras luces rojas intermitentes
interrumpían la tranquilidad de los técnicos que operaban el equipo.
—“¡Tenemos fluctuación de campo!”—
—“¡Apaguen el sistema!”—
Los avisos llegaron demasiado tarde. Daniel,
completamente inmovilizado por las correas de sujeción que le sostenían en
posición, sintió que algo atravesaba su mente.
No era dolor. O al menos no se sentía como tal
exactamente. Era como si una puerta hubiera sido arrancada de golpe y una
sensación de aturdimiento le llegara de repente. Y detrás de esa puerta… habían
voces confusas, distantes. Que en medio de la sensación de sopor que tenía,
parecían llegarle por miles.
Como si el universo entero estuviera respirando sobre
él. Perdió la conciencia.
Despertó tres días después. Mientras volvía lentamente
a la lucidez, le pareció que el zumbido que sentía en los oídos ( que los
médicos llamaban tinnitus ), era un poco peor.
Por la noche se dio cuenta que el insomnio también
había empeorado.
Pasaron los días, y algunas noches tenía la sensación
que escuchaba palabras completas que le eran susurradas. Prestó atención, pero
finalmente no eran sonidos, más bien eran ideas o pensamientos. Como si fueran
mensajes telepáticos.
Por supuesto, al principio creyó que estaba perdiendo
la cordura.
Pasaron un par de semanas. Y cuando estaba lo
suficientemente repuesto para volver a su trabajo, la fortuna pareció probarlo.
Esas ideas o pensamientos que le llegaban, de alguna
manera inexplicable, le permitieron predecir una tormenta solar antes que los observatorios
orbitales advirtieran a los sistemas meteorológicos.
En medio de la tormenta de ideas que le agobiaba,
quienquiera que fuese el que estaba contactando con él o, mas precisamente con
su mente, le dijo que los mensajes de advertencia provenían de algo que
interpreto como la “Confederación Galáctica”.
-Esos mensajes le facilitaron describir la posibilidad
de un terremoto submarino horas antes de que ocurriera.
Publicó en internet coordenadas climáticas de
tormentas imposibles de conocer con tanta anticipación.
Igualmente, la gente empezó a burlarse de él.
“EL
HOMBRE DEL CLIMA QUE HABLA CON ESPÍRITUS DE ALIENS”.
La viralización de los titulares lo destruyó rápida y
sistemáticamente.
Finalmente, cansado de las burlas y el descrédito, Daniel
abandonó el instituto, así como su antigua carrera.
Terminó trabajando en una pequeña cadena rural de
televisión en la ciudad de Blackwater.
Todas las noches aparecía frente a un mapa digital
anunciando lluvias, vientos y temperaturas para pueblos que casi nadie
recordaba.
Mientras tanto, las voces seguían llegando.
—“Tus congéneres no están escuchando.”—
La voz, como lo hacía habitualmente, apareció dentro
de su mente mientras Daniel fumaba solo, en la parte trasera del estudio
de grabación del canal.
—“Ya lo noté.”—
respondió mentalmente.
Se había vuelto precavido. Si admitía abiertamente la
llegada de esos mensajes, la gente lo miraba con desconfianza.
Para ese entonces, las comunicaciones eran algo a lo
que se había habituado. Y Daniel sabía que la mayor parte de los
mensajes provenían directamente del comandante de la Confederación, llamado Solveig.
Recibió un mensaje insistente:
—“La degradación atmosférica está acelerándose.”—
Daniel cerró
los ojos para concentrarse mejor en la respuesta.
—“Lo sé.”—
—“Tu especie no parece reaccionar ante advertencias
abstractas.”— dijo Solveig.
—“Debes entender… la humanidad tampoco reacciona muy
bien ante las amenazas reales. Casi siempre suele reaccionar después de las
catástrofes. Para eso sí somos buenos.”—
El comandante Solveig pareció comprender el
cansancio en su voz.
—“Estamos evaluando enviar a una observadora.”—
Daniel soltó
una risa amarga y escéptica.
—“Claro. ¿Y también crees que no van a pensar que está
loca?”—
A millones de kilómetros de la Tierra, la Confederación
Galáctica discutía el destino del planeta de los humanos.
La mayoría de los miembros del Consejo rechazó
intervenir directamente.
—“Toda especie conocida tiene libertad de acción y
elección.”—
—“La especie humana ya eligió su camino.”—
—“Las civilizaciones poseen el derecho a destruirse si
ese es su destino.”—
—“No podemos alterar los procesos evolutivos de las
civilizaciones.”—
Pero el comandante Solveig no quiso rendirse
fácilmente. Discretamente y manteniendo un bajo perfil, intentó encontrar
voluntarios para una posible misión secreta en la Tierra.
El plan era que un agente de la Confederación llegara
al primitivo planeta de los humanos e intentara encontrar los medios que le
permitieran al terrícola Daniel Vega convencer a sus congéneres.
Trató de convencer individualmente a decenas de
agentes, pero todos ellos se alineaban filosóficamente con los miembros del Consejo.
Pero una mujer de nombre Tayet, con la cual
compartía el mismo origen planetario, permaneció en silencio observando las
imágenes del planeta azul mientras Solveig le explicaba la importancia
de esa misión.
Las imágenes mostraban filmaciones actuales de la Tierra.
Océanos. Nubes. Tormentas. Vida abundante.
Eso movió un antiguo instinto dentro de ella. La
memoria nostálgica de lo que había sido su propio mundo alguna vez. Y entendió
la obstinación del comandante Solveig por intentar salvar la Tierra.
Tanto a su comandante como a la misma Tayet, la
Tierra les recordaba su planeta natal. Antes del calor. Antes de la
pérdida de los mares. Antes del aire seco y de la tierra desértica.
Antes de que su especie olvidara cómo traer hijos al
mundo sin laboratorios.
—“Ya tienes a tu voluntaria.”— dijo finalmente.
El corazón de Solveig casi dió un salto de
alegría. El comandante se quedó inmóvil por un par de segundos. Y la observó
largamente. De todos modos debía asegurarse que no solo entendiera la
importancia de su misión secreta, sino de los peligros que podía acarrearle
infiltrarse en la sociedad humana.
—“¿Por qué aceptas esta misión?¿Cuáles son tus
motivos?”—
Tayet tardó
en responder.
—“Porque todavía su planeta está vivo. Aún tiene
posibilidades de salvarse.”—
La mujer llamada Tayet llegó a las afueras de
la ciudad de Blackwater una noche lluviosa. La silenciosa nave descendió
sin incidentes, ni sin ser detectada por los humanos, a un par de kilómetros de
las primeras casas.
Le habían provisto de ropa humana sencilla. Lucía su
abundante cabellera oscura y unos ojos tranquilos.
Ya lista para descender, el comandante Solveig le
agradeció su valentía. Y dada la ferocidad de los homo sapiens de ese planeta,
le pidió que evitara cuidadosamente identificarse como extraterrestre. Incluso
ante Daniel Vega.
El equipo le facilitó todo lo necesario para
infiltrase como una más del planeta. Al verla, nadie habría imaginado que no
pertenecía a la Tierra. En base a todo lo que habían estudiado
telepáticamente del planeta, y gracias a los pensamientos de Daniel, Tayet
se había preparado concienzudamente para la misión.
Con el nombre humano de Liv Keller, lo primero
que hizo fue conseguir un alojamiento. Luego se presentó en el canal donde
trabajaba Daniel. Como tapadera, se hizo pasar como camarógrafo
freelance.
Durante la entrevista, el director apenas levantó la
vista.
—“¿Sabes manejar estos tipos de cámara?”— preguntó mientras señalaba los equipos.
—“Sí.”—
—“Perfecto. Empiezas mañana. No llegues tarde.”—
En el estudio de grabación conoció a Daniel Vega.
Él estaba solo en un escritorio, revisando mapas meteorológicos. Tenía ojeras
profundas. Y en el mueble habían un par de tazas de café vacías.
Lo primero que notó en su contacto fue una tristeza
silenciosa, casi adherida a su cuerpo.
—“¿Eres la nueva?”— preguntó mientras le miraba brevemente.
—“Sí.”—
—“¿Como te llamas?”—
Ella dudó apenas. Y estuvo a punto de darle su nombre
real porque todavía no había naturalizado su nombre terrestre.
—“Liv. Liv Keller.”—
Daniel asintió.
—“Bueno, Liv… bienvenida al peor canal de televisión del
hemisferio occidental.”—
Los días empezaron lentamente a transformarse en
semanas.
Liv
observaba a los humanos como una antropóloga observa criaturas extrañas. Las
contradicciones terminaban por desconcertarle.
La gente solía destruir las cosas que amaba. Mentían
constantemente. Se lastimaban entre sí, a veces gratuitamente y sin sentido.
Pero también: era una raza que reía, cantaba, ayudaba a desconocidos. Lloraban
por los animales. Abrazaban a personas sabiendo que algún día iban a morir.
Eso último la perturbaba profundamente.
Una noche encontró a Daniel mirando la lluvia
desde el estacionamiento del canal, mientras se empapaba. Se acercó a él.
—“¿Te gusta la lluvia?”— preguntó Liv.
—“Antes sí.”—
—“¿Y ahora?”—
Daniel sonrió
amargamente.
—“Ahora me recuerda todo lo que estamos perdiendo.”—
Ella observó las gotas golpeando el asfalto. En su
planeta, la lluvia había desaparecido siglos atrás.
—“En mi ciudad”—
mintió —“llueve muy poco.”—
Daniel
sonrió.
—“Entonces todavía no sabes lo hermoso que huele una
tormenta en estas praderas.”—
Ella lo miró en silencio. Y por primera vez sintió
algo parecido a la tristeza.
Con el tiempo, Liv comenzó a enamorarse de él.
No de manera repentina. Ni humana. Fue un proceso lento y minucioso. A medida
que le conocía, el sentimiento fue como una grieta en su alma, expandiéndose
poco a poco.
Se hicieron muy amigos, Y supo que Daniel seguía
intentando advertir al mundo. Publicaba mensajes en sus redes sociales. Datos
en su web. Las predicciones que el comandante Solveig le enviaba
telepáticamente. Hacía todo lo humanamente posible para convencer al mundo.
Pero nadie le escuchaba seriamente.
Una madrugada, después de llegar de una entrevista
particularmente humillante, él se quedó sentado solo en el sillón.
—“Tal vez tienen razón. Y realmente estoy loco .”— dijo.
Liv permaneció a su lado. Para ese entonces, él ya le
había confesado lo de las transmisiones telepáticas.
—“No. No lo estás.”—
—“No quiero ser grosero, pero ¿cómo puedes estar tan
segura?”—
Ella lo observó largamente. “Porque yo también
escucho las estrellas” , pensó. Pero no podía decirlo. En cambio
respondió:
—“Porque las personas que están locas no siguen
intentando salvar a otros.”—
Daniel bajó
la mirada. Por primera vez en mucho tiempo, alguien parecía verlo de verdad.
Los meses pasaron. El clima a nivel mundial empeoró.
Habían muchas ciudades inundadas. Tormentas permanentes que arrasaban las
costas. Huracanes y tornados que azotaban ciudades. Innumerables incendios
forestales visibles desde las órbitas bajas del planeta.
Entonces llegó la respuesta final de la Confederación.
Llegaron a la conclusión que la humanidad no cambiaría. Y el comandante Solveig
decidió terminar la misión de Tayet.
Le enviaron un mensaje telepático para encontrarse en
mismo lugar en donde le habían dejado al arribar a la Tierra.
El comandante descendió en silencio en las primeras
sombras de la noche. Estaban cerca de un bosque. Y podían sentir el olor a la
humedad. El campo se veía cubierto de una niebla quieta y sugerente.
Liv caminó
lentamente para encontrase con Solveig.
Él la observó. Y luego miró su vientre. Comprendió
inmediatamente.
—“Veo que tomaste una decisión.”—
Ella asintió.
—“Sí.”—
—“Sabes que este planeta colapsará.”—
—“Lo sé, comandante.”—
—“Todavía puedes regresar con nosotros.”—
La mujer que pretendía ser Liv miró hacia el
horizonte oscuro.
En algún lugar distante, las luces de Blackwater parpadeaban
bajo la lluvia.
—“No quiero regresar.”— unas lágrimas corrieron por sus mejillas.
El comandante de la Confederación Galáctica
permaneció en silencio por unos segundos.
Luego dijo:
—“Ese niño será terrícola. Y telépata. Quizá él pueda
convencerlos.”—
Liv solo
atinó a acariciar su vientre. Solveig, antes de partir dijo:
—“Si alguna vez estás en peligro… enviaremos una nave
para ti, para el niño… y también para él. Solo tienes que pedírmelo.”—
Liv sonrió
en agradecimiento. Eso significaba mucho más de lo que parecía.
Entonces comenzó a llover. El comandante levantó
lentamente la vista hacia el cielo. Las gotas golpearon su rostro. Y durante un
instante, algo parecido al dolor apareció en sus ojos.
—“¿Lo recuerdas?”— preguntó suavemente —“Nuestro planeta también olía así... antes que
comenzara el colapso.”—
Liv cerró
los ojos. Sí. Lo recordaba.
La última lluvia llegó un par de meses después.
Tóxica. Lenta y persistente.
En la televisión, las noticias mostraban imágenes de
una ciudad costera parcialmente inundada mientras los periodistas hablaban de
evacuaciones y contaminación atmosférica.
Daniel apagó
el sonido. El departamento permaneció en silencio. Liv estaba sentada
junto a la ventana observando la lluvia caer sobre la ciudad de Blackwater.
Él se acercó lentamente. Apoyó una mano sobre el
vientre de ella.
El niño pareció responder al contacto de su padre. Se
movió apenas. Y Daniel, extrañado, sintió un mensaje de amor que venía
de su hijo.
Afuera, el mundo continuaba desmoronándose. Pero
dentro de aquella habitación pequeña todavía existía algo cálido. Algo real. La
mujer llamada Liv apoyó su mano sobre la de él, mientras ambos sentían
los suaves movimientos del vientre.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
Daniel
observó la lluvia detrás del vidrio. Y luego la miró a ella.
—“Sí.”—
—“Yo también.”—
Permanecieron así un largo rato.
Dos seres de mundos distintos.
Escuchando juntos el sonido de la lluvia antes del
final.
FIN

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