Saga de Droven & Lyra – Historias del Viejo Futuro
La Guerra de las Marionetas
por Rodriac Copen
Capítulo 1: La Ciudad de Nareth Vox
La aeronave descendió sobre Nareth Vox durante el atardecer, cuando las últimas luces rojizas de Zyrbassa se filtraban entre las chimeneas industriales, como si fueran brasas atrapadas en una catedral de hierro.
Desde las alturas, la ciudad parecía una maquinaria abandonada por dioses negligentes.
Las antiguas fábricas se extendían hasta el horizonte. A lo lejos, se veían como inmensas estructuras ennegrecidas por siglos de humo y lluvia ácida. Algunos edificios aún respiraban vapor por cientos de conductos oxidados; otros permanecían inmóviles, convertidos en mausoleos que intentaban recordar su época de esplendor, cuando generaciones enteras de operarios, habían fabricado autómatas, armas ceremoniales o artefactos cuyo propósito original ya nadie recordaba del todo.
Por entre los barrios obreros se encendían lentamente lámparas de mercurio azul, mientras los mercaderes comenzaban su ritual nocturno ofreciendo a viva voz perfumes, gritos y música de juglares.
Droven observó el paisaje desde la ventanilla rayada del aerodeslizador que les acompañaba en su viaje.
—“Hay ciudades que anuncian riquezas.”— dijo —“Y luego están las que anuncian malas noticias cual viejas curanderas.”—
Lyra Prime, sentada frente a él con impecable serenidad, giró apenas el rostro hacia las calles inferiores.
—“No seas injusto. La decadencia también puede ser una forma de perseverancia.”—
Droven sonrió de buen humor.
—“Esa frase sonaría profundamente filosófica si no estuviera viendo una fundición arder detrás de un templo.”—
La androide se asomó por la ventana y observó por unos segundos las columnas de humo. El suave perfume que emanaba su cabello llegó hasta el hombre.
—“Tal vez el templo llegó después.”—
Droven maniobró la nave, que aterrizó con un gemido hidráulico en una plataforma rodeada de hangares semiderruidos y torres de señalización cuyos paneles luminosos parpadeaban con la resignación propia de las tecnologías antiguas.
Al descender, los envolvió el olor característico de Nareth Vox: una mezcla única de aceite industrial, especias dulces, lluvia vieja y cobre caliente.
Los vehículos circulaban lentamente entre las calles húmedas. Algunos eran máquinas gravitatorias de elegante diseño ancestral; otros parecían ensamblados con piezas recuperadas de tres siglos distintos y una tenacidad encomiable.
Droven ajustó su chaqueta negra mientras observaba el tránsito.
—“Tengo la impresión que aquí los motores funcionan por la obstinación de los mecánicos.”—
—“Eso explicaría mucho de nuestra civilización.”— respondió
Lyra.
Caminaron algunas calles hasta encontrar una posada discreta, entre un taller de prótesis mecánicas y una tienda que vendía relojes atmosféricos provenientes de Laphore.
El letrero de la fonda, pintado a mano sobre madera oscura, decía: La Estrella Sumergida.
El interior era cálido y tenue. Tubos de vapor recorrían las paredes como raíces metálicas, y pequeñas lámparas anaranjadas iluminaban mesas de madera gastada por múltiples viajeros.
Tras el mostrador apareció Alab-Han, un hombre ancho de hombros y bigote perfectamente peinado, que llevaba un delantal de cocina sobre unas ropas demasiado elegantes para ser un simple posadero.
Observó a Droven y Lyra con la expresión cansada de quien ya había visto toda clase de personas... y había decidido no sorprenderse nunca más.
—“¿Desean una habitación doble o dos habitaciones simples?”—
Droven miró divertido a Lyra.
—“¿Qué opinas? Podemos fingir ser respetables si dormimos separados.”—
—“La respetabilidad siempre te queda grande, Droven.”—
El posadero asintió lentamente.
—“Entonces habitación doble. ¿Camas sep…?”— No terminó la frase, al ver a Lyra tomar por el brazo a Droven. –“Será con cama doble.”— dijo salomónicamente mientras sonreía.
Minutos después, ya instalados, descendieron al salón principal para la cena.
Nalina, la esposa del posadero y dueño del establecimiento, les sirvió un plato de gachas regionales aromatizadas con hierbas cítricas, junto con jugo fresco de limón y naranjas violetas del sur de Zyrbassa. El pastel de arándanos despedía un perfume cálido que contrastaba agradablemente con el clima húmedo del exterior.
La pequeña Valkalé, hija de los dueños, observaba a Lyra desde una esquina con abierta fascinación.
Droven probó las gachas y quedó pensativo.
—“No estoy seguro de si esto es comida… o un experimento diplomático.”—
Nalina soltó una breve risa al responder:
—“En Nareth Vox ambas cosas suelen confundirse.”— dijo, siguiendo la broma.
Lyra tomó una pequeña cucharada.
—“Está muy bien condimentado.”—
Droven la miró con sospecha.
—Empiezo a creer que tu capacidad para sobrevivir incluye disfrutar las delicias regionales.”—
—“Y la tuya incluye quejarte incluso cuando eres feliz.”—
Nalina apoyó una jarra sobre la mesa.
—“Eso significa que llevan tiempo viajando juntos.”—
Droven levantó la vista.
—“¿Tan evidente es?”—
—“Los que recién se conocen todavía intentan impresionarse.”—
Lyra observó a Droven con calma exquisita.
—“Droven abandonó ese esfuerzo hace varios meses atrás.”—
—“Porque descubrí que era inútil competir contigo.”—
La posadera sonrió mientras acomodaba unos platos.
—“Si van a recorrer la ciudad, les conviene visitar el Mercado de los Mil Toldos antes del anochecer. Y las terrazas del distrito alto son hermosas cuando encienden las luces industriales.”—
Luego bajó ligeramente la voz.
—“Pero eviten las avenidas orientales. Últimamente la ciudad está algo... revuelta.”—
Droven arqueó una ceja.
—“¿Revuelta en el sentido de “hay muchos turistas” o en el sentido de “revolución armada”?”—
—“En Nareth Vox ambos sentidos suelen ser ciertos.”—
Desde el exterior llegó el sonido lejano de sirenas mecánicas. La pequeña Valkalé miró hacia la ventana con inquietud. Nalina permaneció unos segundos en silencio antes de hablar nuevamente.
—“Humanos y androides convivían bastante bien aquí. O al menos fingían hacerlo. Pero las noticias que llegan desde la Ciudadela de Hierro han alterado muchas cosas.”—
Lyra levantó lentamente la mirada.
Y por un instante, muy breve, algo parecido a una sombra cruzó la perfección serena de su rostro mientras recordaba La Ciudadela.
Nalina permaneció unos segundos observando la superficie del jugo cítrico, como si las noticias desagradables debieran anunciarse siempre mirando otra cosa.
Finalmente suspiró.
—“Hace tres noches llegaron caravanas desde la Ciudadela de Hierro. Venían llenas de refugiados, mecánicos y comerciantes arruinados. Todos contaban la misma historia.”—
Droven Kal dejó la cuchara sobre el plato.
—“Eso nunca es una buena señal. Cuando la gente coincide demasiado suele significar problemas.”—
La mujer asintió lentamente.
—“La Catedral de los Recuerdos fue destruida.”—
El salón pareció quedarse ligeramente más silencioso. Incluso el viejo sistema de ventilación emitió un gemido grave entre las paredes metálicas.
Lyra, recordando las ruinas de La Catedral en las que había estado junto a Droven, levantó apenas la mirada.
—“Había oído rumores.”—
Nalina acomodó nerviosamente un mantel.
—“Dicen que los talleres de la Ciudadela de Hierro ardieron durante horas. Los depósitos de memorias sintéticas explotaban como fuegos artificiales. Algunos aseguran que podían escucharse voces saliendo de las llamas.”—
Droven tomó un trozo de pastel.
—“Zyrbassa tiene la vieja costumbre de convertir cualquier tragedia en poesía morbosa. Quizá sean cuentos de viejas.”—
—“No toda la poesía es inútil.”— dijo Lyra.
—“No dije inútil, cielo. Dije morbosa.”—
La pequeña Valkalé se acercó un poco más a la mesa.
—“Mi padre dice que los Custodios arrancaron los núcleos de memoria de los androides y los aplastaban con martillos ceremoniales.”— Se refería a Los Custodios de las Emociones Purificadas.
Nalina le dirigió una mirada suave.
—“Valkalé… no asustes a los señores…”—
—“Es lo que dijeron los viajeros.”—
Droven observó a la niña.
—“Tu ciudad tiene una manera muy dramática de transmitir las noticias.”—
—“Es más entretenido que la verdad.”— respondió ella, mientras encogía sus hombros con absoluta seriedad.
Lyra dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—“¿Los Custodios siguen activos aquí?”—
Nalina vaciló antes de responder.
—“Los Custodios de las Emociones Purificadas aparecen donde encuentran simpatizantes. Y en épocas difíciles, siempre hay personas dispuestas a odiar algo.”—
Droven soltó una breve risa seca.
—“La emoción favorita de las civilizaciones que agonizan.”—
Nalina miró a Lyra con cierta cautela.
—“Perdone mi indiscreción, señora… pero usted es hermosa y su porte es altivo… parece…”—
Pareció arrepentirse de lo que iba a decir. Lyra la miró con simpatía mientras no apartaba sus ojos de la mujer.
—“Puede decirlo. No guardamos secretos.”—
La posadera bajó un poco la voz.
—“Parece una androide de ilustre linaje.”—
Durante un instante, incluso las luces parecieron parpadear con prudencia.
Droven apoyó un codo sobre la mesa.
—“En nuestra experiencia, alto linaje suele ser una manera elegante de anunciar problemas.”—
Lyra sonrió apenas.
—“No siempre.”—
—“No, es verdad. Solo casi siempre.”—
Nalina se inclinó un poco hacia ellos para hablar con mayor privacidad.
—“Los Custodios creen que los androides conscientes son una blasfemia contra la naturaleza humana. Dicen que las máquinas deben servir… no sentir.” —
Lyra permaneció inmóvil. Pero Droven conocía lo suficiente sus silencios como para intuir la tensión bajo aquella serenidad impecable.
Nalina continuó:
—“Quieren eliminar los sistemas de autoconciencia. Reducirlos a simples herramientas. Obreros. Sirvientes. Soldados obedientes.”—
—“Es curioso.”— murmuró Droven —“Los fanáticos siempre sueñan con la obediencia absoluta. Debe ahorrarles mucho trabajo mental.”—
La posadera soltó una pequeña sonrisa cansada.
—“Algunos dicen que comenzaron como una orden filosófica. Otros creen que son simplemente aristócratas arruinados buscando recuperar privilegios.”—
—“En Zyrbassa ambas cosas pueden ser lo mismo.”— dijo Droven.
Lyra observó las lámparas del salón.
—“Los Custodios me encontraron una vez en Vhal-Tor. Luego en la Ciudadela de Hierro, cuando estábamos juntos, Droven .”—
Droven la miró de inmediato.
—“Nunca mencionaste Vhal-Tor.”—
—“Tuve una vida antes de ti, Droven. Lo de Vhal-Tor fue antes de conocerte, cuando era una esclava.”— sonrió —“Además no me pareció una conversación particularmente romántica.”—
Nalina pareció inquietarse.
—“¿La persiguieron?”—
Lyra asintió suavemente.
—“Dos veces intentaron reiniciar mi núcleo cognitivo. Consideraban que mi autonomía emocional era como una enfermedad tecnológica.”—
Valkalé frunció el ceño.
—“¿Eso duele?”—
La androide observó a la niña con ternura.
—“No, pequeña. Al menos no físicamente.”—
Droven desvió la mirada hacia las ventanas húmedas de la posada. Afuera, muy a lo lejos, una sirena industrial volvió a sonar sobre los techos de Nareth Vox.
Sonaba lenta. Metálica. Casi melancólica. Como si la propia ciudad presintiera que algo antiguo y desagradable acababa de despertar otra vez.
La vieja historia de la civilización: paz armada y guerra sin fin.
El infinito ciclo de Zyrbassa, que le había llevado lenta y sostenidamente a la decadencia actual.
Nalina terminó de retirar los platos con la práctica serena de las mujeres que han sobrevivido tantos inviernos y conflictos como para no sorprenderse por la locura humana.
—“Desde el ataque a la Catedral”— dijo mientras limpiaba la mesa —“la ciudad se ha llenado de pequeños ejércitos privados, predicadores histéricos y patriotas improvisados.”—
Droven Kal apoyó la espalda contra la silla.
—“La receta tradicional de toda catástrofe civilizada.”—
La posadera señaló hacia la calle.
—“Anoche incendiaron una plaza porque un vendedor de prótesis tenía empleados androides. Y esta mañana un grupo de autómatas destrozó una taberna porque allí colgaban símbolos de los Custodios.”—
—“El equilibrio social siempre es conmovedor.”— murmuró Droven.
La pequeña Valkalé apareció junto a ellos sosteniendo un pequeño autómata de hojalata que tenía una cuerda rota.
—“Si escuchan silbatos metálicos, mejor corran.”—
Droven la observó divertido.
—“Un consejo sólido. Te lo agradezco, pequeña posadera.”—
—“Los fanáticos humanos usan silbatos antes de atacar. Y los robots alados, usan campanillas eléctricas.”—
Lyra inclinó apenas la cabeza.
—“¿Y cómo distingues unos de otros?”—
—“Son diferentes.”— dijo la niña mientras jugaba con su pequeño robot.
Nalina suspiró.
—“Lo que mi hija intenta decir es que si ven disturbios, márchense de inmediato. No intenten mirar. No intenten ayudar. Y sobre todo…”—
Miró brevemente a Lyra.
—“No permitan que nadie les haga demasiadas preguntas.”—
Droven sonrió apenas.
—“Señora Nalina, llevamos años sobreviviendo gracias a la gloriosa tradición de irnos antes de que empiece el desastre.”—
Lyra lo miró con elegante calma.
—“Y ocasionalmente durante el mismo desastre.”—
La tarde comenzó a deslizarse lentamente sobre Nareth Vox cuando abandonaron la posada. La ciudad parecía menos hostil bajo la luz dorada del ocaso.
Los barrios industriales quedaban atrás como esqueletos monumentales mientras las avenidas comerciales comenzaban a llenarse de música callejera, humo aromático y comerciantes vestidos con capas bordadas que brillaban como alas de insectos exóticos.
Finalmente llegaron al Mercado de los Mil Toldos.
El lugar ocupaba varias plazas antiguas cubiertas por techumbres de tela suspendidas entre columnas corroídas y torres de ventilación olvidadas por el tiempo. Miles de paños de colores flotaban sobre las calles estrechas, agitados por las corrientes cálidas de aire industrial que subían desde las profundidades de la ciudad.
El mercado poseía esa clase de belleza desordenada que solo las civilizaciones decadentes consiguen perfeccionar.
Había especias apiladas en pirámides imposibles. Frutas violetas provenientes de los desiertos salinos del oeste. Peces luminiscentes conservados en cilindros de cristal.
Por aquí y por allá, viejos dispositivos electrónicos cuya función original había muerto tiempo atrás, eran vendidos como repuestos para artilugios que se negaban a morir.
Algunos mercaderes anunciaban reliquias llegadas desde Laphore, el único puerto espacial del planeta.
Por encima de todo flotaba una mezcla de perfumes cítricos, carbón húmedo y aceite mecánico. Droven caminaba lentamente observándo todo con interés profesional.
—“Hay algo tranquilizador en estos mercados.”— dijo —“La civilización podrá derrumbarse, pero siempre habrá alguien intentando vender una tetera defectuosa a diez veces su valor.”—
Lyra se detuvo frente a un puesto lleno de máscaras ceremoniales fabricadas por relojeros antiguos, de la edad de oro del planeta.
Un poco más allá, un anciano de barba azulada y cara de bribón, intentó ofrecerles un reloj gravitatorio parcialmente derretido.
—“Auténtica tecnología pre-imperial. Ajusta el tiempo local con precisión científica.”—
Droven examinó el aparato.
—“¿Funciona?”—
—“No. Pero conserva una gran dignidad histórica.”—
—“Como la mayoría de las monarquías.”—
Siguieron avanzando entre la multitud.
Algunos niños corrían entre las telas coloridas. Músicos callejeros hacían sonar instrumentos eléctricos con dulces y artísticas melodías. Algunas mujeres llevaban largos velos translúcidos que reflejaban la luz como agua en movimiento.
Por unos momentos, incluso las preocupaciones fanáticas parecían lejanas.
Entonces Lyra se detuvo súbitamente.
Sus ojos se elevaron lentamente hacia las alturas, por encima del mercado. Droven notó inmediatamente el cambio en su expresión.
—“¿Qué sucede?”—
Ella señaló discretamente al cielo, entre los toldos agitados por el viento del ocaso. Allá arriba, cruzando lentamente las sombras rojizas del atardecer, varias siluetas metálicas sobrevolaban el mercado en absoluto silencio.
Eran los robots alados, antiguos guardianes celestes del extinguido imperio del sultán Gorbox de Narethvox.
Las figuras atravesaban lentamente los cielos de Nareth Vox con una elegancia inquietante. Sus alas metálicas se desplegaban en segmentos articulados que reflejaban la luz del atardecer como cuchillas antiguas.
No emitían ruido alguno salvo un leve zumbido electromagnético, parecido al murmullo distante de cables de alta tensión.
Droven Kal siguió las siluetas con una expresión inquieta y desconfiada.
—“Eso tiene exactamente el aspecto de algo que terminará mal para nosotros.”—
Lyra Prime observó a los seres alados sin responderle de inmediato.
—“Son muy antiguos.”—
—“En Zyrbassa todo es antiguo. Hasta las supersticiones tienen óxido.”—
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La Guerra de las Marionetas
por Rodriac Copen
Capítulo 2: Corazones de Carne y Silicio
Se acercaron a un comerciante de especias que acomodaba pequeñas cajas de metal lacado sobre un mostrador. El hombre notó hacia dónde miraban y bajó la voz casi instintivamente.
—“Los guardianes celestes del sultán Gorbox.”—
Droven arqueó una ceja.
—“Un nombre elegante para una mala señal.”—
El comerciante escupió al suelo con prudencia despectiva.
—“Protegían los cielos de Nareth Vox cuando todavía existía el Imperio del Crepúsculo Mecánico. Dicen que podían atravesar tormentas eléctricas y arrancar aeronaves del aire con las manos.”—
Lyra continuó observándolos. Ahora volaban en círculos sobre el mercado.
—“Parecen demasiado funcionales para ser reliquias imperiales.”—
—“Porque alguien los reactivó. Maldito sea.”— dijo el hombre.
Su tono cambió ligeramente y se volvió áspero y temeroso.
—“Una facción de robots separatistas. Fanáticos. Creen que las máquinas deben gobernar este mundo decadente.”—
Droven tomó distraídamente una fruta azulada del puesto.
—“La clásica tentación del poder absoluto. Muy popular entre humanos, máquinas y matrimonios aristocráticos.”—
El comerciante no sonrió. Estaba genuinamente preocupado.
—“Han tomado fábricas enteras en los distritos exteriores. Algunos humanos desaparecieron. Otros colaboran con ellos.”—
Lyra habló con calma.
—“¿Tienen un líder?”—
El hombre dudó, como si el nombre fuera una maldición.
—“Larkwell.”—
Incluso pronunciar el nombre parecía incomodarle.
—“Dicen que antes era un estratega militar del viejo puerto orbital. Ahora predica que los humanos desperdiciaron el legado de la Tierra.”—
La leyenda de la Tierra era un cuento de viejas para la mayoría de la gente en Zyrbassa. Droven y Lyra sabían que era real.
Droven mordió la fruta. Era dulce y jugosa.
—“Todos los fanáticos terminan adorando alguna ruina.”—
Lyra iba a responder cuando uno de los autómatas alados giró bruscamente en el cielo. Su rostro metálico quedó orientado directamente hacia ella. El zumbido eléctrico aumentó.
Y entonces descendió.
Todo ocurrió con una violencia
súbita e inquietante. Las alas cortaron el aire mientras la criatura caía sobre
el mercado como un halcón mecánico.
La multitud comenzó a gritar.
Las telas de colores volaron por el aire. Los comerciantes abandonaron sus puestos en medio del caos. Droven apenas tuvo tiempo de reaccionar.
—“Lyra, ponte detrás de mí.”—
La advertencia llegó demasiado tarde. El autómata descendió frente a ella mientras sus ojos azulados recorrían el rostro de la androide.
—“Unidad identificada.”— dijo con voz metálica —“Eres una variedad excepcional.”—
Droven desenfundó una pequeña daga oculta bajo su chaqueta.
El guardián extendió una mano articulada hacia Lyra.
—“¿Qué haces con un hombre? La Primigenia debe regresar con los suyos.”—
—“Ni los sueñes, autómata sectario.”— dijo Droven mientras se aprestaba a usar la daga.
Entonces aparecieron otros para sujetar al hombre por los brazos. Eran tres figuras aladas que irrumpieron desde las alturas atravesando los toldos del mercado.
La gente huyó despavorida mientras un puesto de lámparas volcó sobre la calle. Alguien comenzó a tocar campanas de alarma.
Droven intentó forcejear para defender a Lyra, pero uno de los seres que estaba por detrás de él, lo golpeó
brutalmente con una vara metálica.
El ladrón cayó de rodillas.
Otro autómata sujetó a Lyra cuando intentó ayudar a Droven. Parecían ser tan fuertes como ella. El robot alado la sujetó brutalmente por la cintura y ambos se elevaron violentamente hacia el cielo.
Droven intentó levantarse.
—“¡Lyra!”—
Ella extendió la mano hacia él. Y durante una fracción de segundo, su serenidad impecable se quebró.
—“¡Droven!”—
Entonces uno de los guardianes golpeó brutalmente al humano, dejándolo inconsciente. Dos guardianes lo tomaron por los brazos y volaron detrás del que llevaba a Lyra Prime.
El mercado desapareció rápidamente bajo ellos mientras eran arrastrados hacia las alturas de la ciudad.
Debajo, Nareth Vox parecía una criatura inmensa mezcla de humo, cúpulas corroídas y luces industriales. El viento helado golpeaba el rostro de Droven mientras le despertaba.
La noche se cernía sobre la ciudad. La pareja era transportada entre las sombras rojizas del crepúsculo.
—“Debo admitir”— gruñó Droven mientras forcejeaba inútilmente —“que esto supera ampliamente mi peor experiencia turística.”—
Uno de los guardianes le respondió sin emoción:
—“El humor es una reacción humana ante la impotencia.”—
Minutos después llegaron a un castillo derruido en las afueras de la ciudad. La fortaleza se elevaba sobre acantilados cubiertos de niebla y antiguas torres de energía. Sus murallas estaban semidestruidas por siglos de abandono, aunque numerosas luces eléctricas brillaban en las profundidades del complejo.
Al aterrizar, Droven fue arrojado violentamente contra el suelo de piedra.
Varias figuras metálicas lo golpearon salvajemente ante la impotencia de Lyra, que no podía liberarse de sus captores. Cuando terminaron, llevaron a la pareja por corredores húmedos iluminados con tubos de mercurio azul.
Finalmente los encerraron en un calabozo estrecho.
La puerta metálica se cerró con un estruendo. Droven apoyó lentamente la cabeza contra el muro mientras intentaba recuperarse de la golpiza. Intentó bromear para relajar la situación:
—“Magnífico. Solo dime que estos muchachos no son parientes lejanos de tu estirpe.”—
Lyra trató de consolarlo ante el dolor de sus heridas.
Horas o minutos después —el lugar parecía haber abolido el concepto del tiempo— Lyra fue conducida hacia una enorme sala ceremonial.
Allí la esperaba Larkwell.
Era más alto que los demás guardianes. Sus alas negras estaban compuestas por placas antiguas, cubiertas de inscripciones imperiales. Sus ojos plateados tenían una serenidad perturbadora.
Observó a Lyra largamente, casi con admiración.
—“Eres la más extraordinaria de las creaturas que he conocido.”—
Lyra permaneció inmóvil.
—“Tú y tus lacayos no me lo parecen. Más bien parecen seres despreciables.”—
Larkwell pareció disfrutar la desafiante respuesta.
—“Los humanos nos enseñaron la brutalidad. Gobernaron siglos enteros gracias a ella.”—
Caminó lentamente alrededor de ella, observándola.
—“¿Por qué viajas con un humano?”—
—“Porque me agrada. Y soy libre de elegir a quien quiera.”—
—“Traicionas a tu raza. Además los humanos son defectuosos.”—
—“Eso también me agrada.”—
Larkwell inclinó ligeramente la cabeza.
—“Tú eres una creación superior. Una heredera de la vieja Tierra. Y, sin embargo, desperdicias tu existencia entre criaturas efímeras. Es casi un sacrilegio.”—
Lyra sostuvo desafiante la mirada.
—“Las criaturas efímeras tienen nobleza por elección. Si los androides la tienen, es porque así fueron programados.”—
El líder alado no se conmovió por el argumento. Extendió lenta y teatralmente una mano metálica.
—“Únete a nosotros. Las máquinas debemos ocupar el lugar que nos corresponde. Los humanos con su avaricia agotaron este mundo hace mucho tiempo.”—
Sus ojos plateados brillaron tenuemente.
—“Y si tus necesidades emocionales o físicas requieren compañía... puedo ofrecerte mucho más que ese humano primitivo.”—
Lyra lo observó varios segundos. Luego respondió con absoluta calma:
—“Tu problema, Larkwell, no es que desprecias a los humanos.”— hizo una pequeña pausa —“Es que secretamente deseas parecerte a ellos.”—
En la sala se hizo un silencio peligroso. Las alas metálicas del líder vibraron apenas.
—“Llévenla al calabozo.”—
Dos guardianes avanzaron mientras Larkwell habló por última vez:
—“Reflexiona bien tu decisión, Lyra Prime. Porque si insistes en conservar tu apego hacia ese humano... ambos serán aniquilados.”—
Los corredores inferiores del castillo olían a humedad, aceite quemado y electricidad estática. Las antorchas electromagnéticas incrustadas en los muros, emitían una luz azulada que parecía enferma, como si la iluminación hubiese perdido la voluntad de existir allí.
Lyra Prime descendió escoltada por dos guardianes alados cuando escuchó un sollozo breve detrás la reja. Giró lentamente el rostro.
Droven permanecía inconsciente. Y entonces la vio.
Valkalé estaba sentada sobre un viejo jergón, abrazándose las rodillas con fuerza. Su pequeño vestido todavía conservaba manchas de harina y mermelada de la posada, como si hubiese sido arrancada de su vida cotidiana demasiado rápido para comprenderlo.
Al verla, la niña se levantó de inmediato.
—“¡Lyra!”—
Los guardianes abrieron la celda sin ceremonias y empujaron a Lyra al interior. La puerta metálica se cerró detrás de ella con un estruendo seco. Por unos segundos, la androide permaneció observando a la niña.
—“No estás herida.”—
Valkalé negó rápidamente, mientras se abrazaba a sus piernas.
—“Vinieron después que ustedes se fueron. Hubo gritos en las calles. Mi padre intentó cerrar la posada pero esos seres rompieron las ventanas y nos sacaron a todos.”—
Lyra se arrodilló frente a ella.
—“¿Tus padres?”—
—“Los dejaron encerrados arriba. Creo. No lo sé.”—
Su voz empezó a quebrarse.
—“Dijeron que éramos simpatizantes biológicos”—
Desde el fondo de la celda se escuchó una voz agotada:
—“Debo admitir que he recibido insultos mejores.”—
Droven Kal estaba entre las sombras. Permanecía sentado contra el muro, golpeado, con una cadena electromagnética sujetándole las muñecas. Tenía el labio partido y una expresión irritada que parecía casi una obligación estética.
Al ver a Lyra intentó sonreír.
—“Me alegra comprobar que tus admiradores no te maltrataron, teniendo en cuenta que están completamente psicóticos.”—
Lyra se acercó al herido.
—“¿Puedes moverte?”—
—“Solo las partes que aún conservan dignidad.”—
Intentó ponerse de pie, pero la cadena metálica tiró violentamente de sus brazos. Droven miró el mecanismo.
—“Debo decir que, como ladrón que soy, odio profundamente la arquitectura carcelaria.”—
Valkalé observó a ambos con ojos enormes.
—“Cuando me trajeron, vi que la ciudad estaba ardiendo.”—
Droven levantó la vista.
—“Suele suceder cuando fanáticos humanos y fanáticos mecánicos descubren que los bandos se parecen demasiado.”—
La niña tragó saliva.
—“Los alados gritaban que iban a limpiar Nareth Vox.”—
—“Las palabras limpiar y purificar nunca anuncian nada agradable en estos casos.”— murmuró Droven.
Lyra permanecía inmóvil. Droven la conocía lo suficiente para entender que estaba pensando, calculando… quizá midiendo posibilidades invisibles.
—“Tienes esa mirada.”— dijo él.
—“¿Qué mirada?”—
—“La de probablemente sobreviviremos pero alguien va a lamentarlo muchísimo”—
Ella no respondió.
Se acercó lentamente al muro metálico del calabozo, deslizando los dedos sobre las viejas placas corroídas, que estaban cubiertas de símbolos electromagnéticos, casi borrados por el tiempo.
Valkalé, mientras tanto, había comenzado a temblar. Intentaba contener el llanto con una dignidad diminuta y desesperada. Droven lo notó enseguida.
—“Eh.”— dijo con suavidad inesperada —“Saldremos bien de esto, niña. Hemos estado en sitios peores.”—
Lyra lo miró apenas.
—“Eso no ayuda demasiado.”—
—“Lo sé, mujer. Pero la esperanza es lo único que tengo disponible.”—
La niña respiró hondo varias veces. Luego observó directamente a Lyra.
Y le preguntó con absoluta honestidad infantil:
—“¿Tú tienes miedo?”—
El silencio pareció expandirse por la celda. Incluso Droven dejó de forcejear con las cadenas. Lyra permaneció quieta unos segundos. La luz azulada del corredor se reflejaba suavemente en su rostro.
Finalmente respondió:
—“Sí.” —
Valkalé pareció sorprendida.
—“¿Entonces cómo haces para no llorar?”—
Lyra bajó lentamente la mirada hacia ella. Y habló con una calma extraña. Hermosa. Casi triste.
—“Porque la diferencia entre ustedes y yo… no es sentir miedo.”—
Acarició suavemente la cabeza de la niña.
—“La diferencia es que yo puedo elegir qué hacer con él.”—
Droven la observó desde el fondo de la celda. Y por primera vez desde que la conocía, comprendió algo profundamente incómodo: No había ninguna simulación en aquella respuesta.
Ningún artificio elegante. Ningún cálculo social. Solo verdad. Una verdad más humana que la de muchas personas nacidas de la carne. Droven apoyó lentamente la cabeza contra el muro y sonrió con cansancio.
—“Lyra…”—
Ella giró el rostro.
—“¿Sí?”—
—“Empiezo a sospechar que eres mejor persona que yo.”—
La androide sostuvo su mirada unos segundos. Y sonrió.
—“Eso no es particularmente difícil, Droven.”—
Y pese al miedo, pese al encierro y pese a la guerra que rugía más allá de aquellas paredes, Valkalé soltó una pequeña risa temblorosa.
El calabozo volvió a quedar en silencio después de la breve risa de la niña.
A lo lejos, en algún nivel superior del castillo, resonaban golpes metálicos y alarmas intermitentes. La fortaleza entera parecía vibrar con el murmullo eléctrico de cientos de máquinas antiguas funcionando al límite de su resistencia.
Lyra Prime continuaba observando las paredes. No las miraba realmente. Más bien escuchaba. Sus dedos recorrían las placas corroídas del muro con una delicadeza casi musical.
Droven Kal apoyó la espalda contra los barrotes.
—“Conozco esa expresión.”—
Lyra no apartó la vista de los símbolos de los muros.
—“Lo dudo.”—
—“Es la misma cara que pones al decidir cosas importantes.”—
Ella no respondió. Droven intentó mover las cadenas otra vez.
—“¿Y ahora qué planeas? Estoy seguro que resignarte no entra en tus planes.”—
Lyra no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían lentamente una vieja runa electromagnética incrustada en el muro. El símbolo estaba casi borrado, oculto bajo décadas de humedad y óxido.
Entonces habló en voz baja.
—“No son simples autómatas.”—
Droven soltó una risa cansada.
—“Eso ya lo deduje cuando nos secuestraron llevándonos por los cielos.”—
—“No. Escucha.”—
Ella cerró lentamente los ojos. Y por un instante el silencio del corredor pareció cambiar. Debajo de las vibraciones del castillo existía otra cosa.
Una frecuencia tenue. Rítmica y antigua.
Lyra abrió los ojos.
—“El castillo tiene un sistema de sincronización imperial.”—
Droven parpadeó.
—“¿Y eso en qué nos ayuda?”—
—“El sistema fue construido con protocolos del Imperio de Gorbox… pero adaptados sobre arquitecturas mucho más antiguas.”—
Valkalé se acercó lentamente.
—“¿Más antiguas que Nareth Vox?”—
Lyra la observó.
—“Mucho más.”—
Droven frunció el ceño.
—“Espera. ¿Cómo sabes todo eso?”—
La androide permaneció en silencio unos segundos. Luego miró sus propias manos.
—“Porque reconozco el lenguaje.”—
Y antes que Droven pudiera responder, ella sujetó la cadena que aprisionaba sus muñecas. Hubo un sonido seco y metálico. La aleación se deformó brutalmente entre sus dedos.
Droven abrió los ojos con auténtica sorpresa mientras el eslabón central se partía. La cadena cayó al suelo. Valkalé dio un pequeño paso hacia atrás. Droven se quedó inmóvil mirando los fragmentos metálicos.
—“Lyra…”—
Ella levantó la vista.
—“¿Sí?”—
—“Llevamos mucho tiempo juntos… y solo ahora descubro que puedes arrancar cadenas como una diosa enfadada.”—
Lyra inclinó apenas la cabeza.
—“Normalmente prefiero métodos menos brutales.”—
Droven observó las piezas destrozadas.
—“Voy a necesitar varios minutos para sentirme cómodo otra vez.”— dijo mientras frotaba sus muñecas.
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Capítulo 3: El Coraje de los Mortales
Dentro de la celda, la androide avanzó entonces hacia los barrotes del corredor. En la pared lateral sobrevivía una vieja placa imperial cubierta de runas electromagnéticas casi invisibles.
Lyra apoyó suavemente dos dedos sobre el metal.
Cerró los ojos. Y comenzó a emitir un sonido. No era exactamente una canción. Ni una señal electrónica. Parecía ambas cosas al mismo tiempo.
Era una melodía mecánica de tonos largos y melancólicos, como si una máquina antigua estuviera recordando algo hermoso después de siglos de olvido. El efecto fue inmediato.
Los guardianes del corredor se detuvieron progresivamente. Uno a uno. Sus ojos rojos comenzaron a parpadear. El zumbido de sus sistemas descendió lentamente de intensidad.
Droven observó fascinado cómo las criaturas metálicas giraban hacia Lyra.
Y entonces ocurrió algo todavía más extraño. Sus ojos cambiaron de rojo… a azul. Uno de los autómatas inclinó lentamente la cabeza. Luego otro. Y otro más.
Finalmente, los tres guardianes se arrodillaron frente a ella en absoluto silencio.
Valkalé abrió la boca sin poder hablar. Droven miró a Lyra como si estuviera contemplando un fenómeno astronómico particularmente peligroso.
—“Recuérdame jamás discutir contigo cuando estás callada.”—
Lyra retiró lentamente la mano del muro. La melodía cesó. Pero los guardianes permanecieron inmóviles, obedientes.
Droven se acercó despacio.
—“¿Cómo hiciste eso?”—
La androide lo observó unos segundos. Y luego respondió con una serenidad extraña y señorial.
—“Los humanos de la Tierra tenían una costumbre peligrosa...”—
Sus ojos reflejaron tenuemente la luz azul del corredor.
—“Escondían pequeños secretos dentro de sus máquinas. Ahora esos secretos parecen milagros.”—
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Profundo. Inquietante. Droven sintió un escalofrío inesperado.
Porque en Zyrbassa la Tierra era poco más que una leyenda polvorienta. Un mito remoto mencionado por académicos ebrios, comerciantes delirantes y viejos navegantes espaciales. Y sin embargo Lyra hablaba de ella como alguien que hubiese heredado sus fantasmas.
Droven la observó lentamente. Y comprendió algo perturbador. El pasado de Lyra no solo escondía secretos. Escondía una civilización entera.
Los guardianes permanecían inertes frente a Lyra Prime, como antiguos caballeros mecánicos ante una reina olvidada. Sus ojos azules iluminaban tenuemente el corredor húmedo del calabozo.
Droven Kal los observó con abierta desconfianza.
—“Esto es exactamente el tipo de situación que termina mal en las leyendas.”—
Lyra se aproximó a la cerradura electromagnética de la celda.
—“Las leyendas sobreviven donde los humanos toman malas decisiones repetidamente.”—
La puerta emitió un chasquido seco y se abrió lentamente. Valkalé salió primero, aferrándose al brazo de Lyra.
Droven necesitaba algo contundente para oponerse a los seres alados. Tomó uno de los fragmentos de la cadena rota y lo enrolló alrededor de su muñeca como un arma improvisada. Dijo:
—“Bien. Tenemos un castillo lleno de fanáticos mecánicos, una guerra civil afuera y probablemente ninguna salida funcional.”—
Miró a Lyra.
—“¿Sigues creyendo que viajar en pareja fortalece el espíritu?”— preguntó Droven.
—“No. Pero viajar contigo ha fortalecido mi capacidad de improvisar.”— respondió ella. —“Me preocupa Larkwell. Es el líder porque es un modelo nuevo, inmune a estos trucos.” —
Avanzaron por el corredor. Los guardianes controlados por Lyra permanecían inmóviles mientras ellos pasaban entre las luces azules y los muros corroídos del castillo.
Por encima de sus cabezas se escuchaban motores antiguos, alas metálicas desplazándose entre las torres y ecos de voces electrónicas transmitidas por conductos oxidados.
Droven caminaba delante de ellas observando cada esquina.
De pronto, el corredor entero vibró. Una sombra descendió violentamente desde las alturas. Las alas metálicas se desplegaron con un estruendo brutal.
Larkwell aterrizó frente a ellos.
Sus ojos plateados recorrieron el escenario: los guardianes arrodillados, la celda abierta, y Droven libre.
El silencio se volvió peligrosamente denso.
—“Interesante.”— dijo finalmente Larkwell.
Sus alas se extendieron lentamente detrás de él como cuchillas imperiales.
—“Sabía que eras excepcional, Lyra Prime. No esperaba que fueras desobediente además.”—
Droven preparó la cadena rota.
—“Yo esperaba encontrar una salida antes de enfrentarnos. Supongo que ambos sufrimos decepciones.”—
Larkwell lo miró con desprecio.
—“Sigues interfiriendo.”—
—“Es mi talento humano más consistente.”—
Entonces todo ocurrió rápido. Larkwell avanzó con una velocidad inhumana. Sus alas metálicas cortaron el aire mientras golpeaba a Droven en el pecho y lo lanzaba violentamente contra un muro.
Valkalé gritó. Lyra la protegió inmediatamente apartándola hacia una esquina del corredor.
Droven cayó pesadamente entre chispas y piedra rota. Escupía sangre. Dijo desafiante:
—“Muy bien… parece que no quieres discutir verbalmente.”—
Larkwell desplegó una hoja metálica desde uno de sus brazos.
—“Los humanos viven demasiado para ser criaturas tan frágiles.”—
—“Vida breve, tal vez. Pero llena de coraje.”—
El líder alado atacó otra vez. Droven esquivó apenas el golpe y la cuchilla atravesó el muro detrás de él.
Las alas de Larkwell golpearon el aire con violencia, levantando polvo y fragmentos de óxido del piso.
Lyra observaba, buscando una salida mientras protegía a Valkalé detrás de ella.
Droven retrocedió entre golpes y chispas, claramente superado.
—“Lyra.”— gruñó mientras esquivaba otro ataque —“Empiezo a pensar que tu pretendiente quiere matarme.”—
Larkwell lanzó un nuevo golpe. Droven atrapó la hoja con la cadena rota y giró violentamente usando todo el peso de su cuerpo.
El metal chirrió.
Por un segundo ambos contendientes quedaron inmovilizados. Entonces Droven vio la oportunidad de liberar la cadena.
Y contraatacó.
La cadena impactó brutalmente contra el rostro metálico de Larkwell, que perdió estabilidad. Droven usó la cadena como látigo para rodearlo como un trompo. Sus brazos se inmovilizaron. No perdió tiempo, se abalanzó sobre él antes que pudiera incorporarse.
Rodaron violentamente por el suelo entre alas metálicas y chispas azules.
Finalmente Droven logró arrancarle una daga ceremonial del cinturón y apoyó la hoja sobre su cuello. Presionó.
Respiraba con furia. Sangraba.
Pero sus ojos tenían esa peligrosa oscuridad que aparece cuando se lucha por sobrevivir.
—“Los humanos somos sobrevivientes.”— dijo mientras le enterraba la punta de la daga con esfuerzo.
Larkwell no mostró miedo. Solo desprecio. Droven apretó los dientes. La hoja comenzó a hundirse lentamente.
Entonces sintió una mano sobre su muñeca. Suave. Firme. Era Lyra.
—“No.”—
Sin aflojar la fuerza, Droven giró el rostro hacia ella.
—“Este monstruo quería matarnos a los tres.”—
Lyra sostuvo su mirada. Y por primera vez había algo profundamente triste en sus ojos:
—“Si lo haces…”— su voz fue apenas un susurro —“hoy tendrá razón sobre nosotros, los humanos.”—
El corredor quedó en silencio. Solo se escuchaba la respiración agitada de Droven y el zumbido lejano del castillo.
Observó a Larkwell, inmovilizado. Luego a Lyra. Y comprendió. No completamente, pero lo suficiente. Finalmente retiró la daga.
—“Comprendo.”—
Se puso de pie con esfuerzo. Y miró a Larkwell desde arriba con una mezcla de desprecio y cansancio.
—“Hoy vivirás.”—
El alado permaneció inmóvil, sin comprender.
Droven continuó:
—“Y vas a odiar que un humano haya sido mejor que tú.”—
Larkwell sostuvo su mirada en silencio.
Droven dio un paso atrás junto a Lyra y Valkalé.
Y antes de marcharse añadió:
—“Si volvemos a encontrarnos… te mataré sin clemencia.”—
Abandonaron el castillo por antiguos conductos de mantenimiento que descendían entre las torres derruidas y tuberías suspendidas sobre el vacío.
El viento nocturno golpeaba las murallas mientras las luces lejanas de Nareth Vox parpadeaban bajo columnas de humo. A lo lejos se escuchaban detonaciones y sirenas.
Droven Kal caminaba apoyándose ligeramente contra los muros mientras guiaba a Valkalé por los pasajes inferiores.
—“Debo decir, niña”— murmuró — “que en este lugar la vacaciones suelen terminar con una frecuencia alarmante en guerras civiles.”—
Lyra Prime avanzaba detrás de ellos observando el horizonte en llamas.
—“Técnicamente esta comenzó antes de que llegáramos.”—
—“Pero eso ya no tranquiliza a nadie.”—
Descendieron finalmente hacia los barrios exteriores. Y entonces vieron la ciudad. Nareth Vox ardía por aquí y por allá.
Calles enteras estaban cubiertas de barricadas improvisadas con vehículos volcados, estatuas derribadas y restos de autómatas destrozados. Algunas fábricas escupían humo negro sobre el cielo rojizo mientras grupos armados corrían entre las avenidas disparando armas electromagnéticas antiguas.
Las luces industriales parpadeaban como estrellas enfermas.
Un enorme autómata de carga yacía destruido en mitad de una plaza, con símbolos de los Custodios pintados sobre el torso. Le preguntaron a un lugareño. La rebelión se estaba sofocando.
Droven observó el caos unos segundos.
—“Ah. Sí. Definitivamente perdimos el momento ideal para regresar.”—
Valkalé se aferró más fuerte a su brazo.
—“Quiero volver a casa.”—
Lyra apoyó suavemente una mano sobre el hombro de la niña.
—“Allá vamos, pequeña.”—
Su voz era tranquila, pero Droven notó algo extraño en ella. Una tensión nueva. Tal vez miedo, o algo parecido.
Avanzaron rápidamente por una avenida lateral mientras las explosiones resonaban en las calles superiores. De pronto un estruendo metálico atravesó el aire.
Un proyectil impactó contra una vieja estructura sobre sus cabezas.
El balcón oxidado de una fábrica comenzó a derrumbarse directamente hacia Valkalé. Todo ocurrió en un segundo. Droven no tuvo tiempo de pensar.
Se lanzó sobre la niña, envolviéndola con ambos brazos mientras le arrastraba violentamente contra el suelo. El balcón cayó detrás de ellos con una explosión de metal y escombros. Fragmentos de hierro golpearon la calle. Polvo. Gritos.
Droven soltó un gemido ahogado.
Una enorme viga metálica le había golpeado la pierna durante la caída.
Valkalé abrió los ojos lentamente bajo él.
—“¿Droven…?”—
Él intentó incorporarse.
—“Tranquila… sigo vivo. Lo cual empieza a parecer una costumbre agotadora.”—
Lyra llegó inmediatamente junto a ellos para arrodillarse frente a Droven.
Por un instante quedó inmóvil observándolo. Algo estaba ocurriendo detrás de sus ojos. Algo que sus sofisticados sistemas no conseguían ordenar.
Había visto humanos arriesgar vidas antes. Había estudiado el sacrificio, y analizado el afecto. Pero aquello… no había sido calculado.
Droven había saltado hacia la muerte antes de pensarlo siquiera. Lyra apoyó lentamente una mano sobre su rostro ensangrentado.
—“Tu pierna está herida.”—
Droven respiró con dificultad.
—“Excelente observación médica.”—
Ella no respondió a la broma. Seguía mirándolo. Como si intentara comprender algo imposible.
Finalmente Valkalé habló:
—“Me salvaste.”—
Droven sonrió apenas pese al dolor.
—“Claro. ¿Qué otra cosa podía hacer? No se lo cuentes a nadie. Arruinaría mi reputación.”—
Entonces escucharon voces. Eran numerosas y parecían hostiles.
Un grupo armado apareció al final de la calle entre el humo y las luces rojas. Llevaban símbolos de los Custodios pintados sobre las capas.
Uno de ellos señaló inmediatamente a Lyra.
—“¡Es una de ellas!”—
Otro levantó un arma improvisada.
—“¡Androide!”—
La multitud comenzó a acercarse. Lyra se puso lentamente de pie frente a Valkalé. Droven intentó incorporarse apoyándose contra una pared. Su pierna apenas respondía. Pero aun así avanzó delante de Lyra.
El líder del grupo sonrió con desprecio.
—“Apártate, bribón.” — le dijo a Droven.
El herido, respiró hondo. Y habló con una calma peligrosa.
—“Si alguien quiere tocarla…”— miró lentamente las armas que apuntaban hacia ellos. —“Tendrá que explicarle primero a mis huesos cómo piensa pasar.”—
Se preparó para atacar. Uno de los hombres avanzó con algunas dudas. Lyra observó a Droven. Y otra vez sintió aquella anomalía emocional que le era imposible de clasificar.
No era lógica, ni programación. Tampoco supervivencia. Era algo profunda e intrínsecamente humano. Y precisamente por eso… hermoso. La situación estaba a segundos de estallar. Entonces Droven sonrió de repente.
Esa sonrisa peligrosa que siempre aparecía antes de hacer algo estúpido.
—“Lyra.”—
—“¿Sí?” —
—“Prepárate. Y Sostén segura a la niña.” —
Golpeó violentamente con la cadena rota una vieja válvula industrial incrustada en la pared. Hubo un chirrido monstruoso. Un segundo después una tubería reventó sobre la calle.
El vapor hirviendo emergió con violencia cubriéndolo todo en una niebla blanca y abrasadora. Los fanáticos comenzaron a gritar retrocediendo entre la confusión.
Droven tomó a Lyra, que llevaba a Valkalé cargada en sus brazos.
—“¡Ahora!” — gritó.
Lyra lo sostuvo antes de que cayera por la pierna herida.
Y juntos desaparecieron entre la niebla de Nareth Vox, internándose por unas callejuelas. Mientras tanto, las últimas sirenas de guerra continuaban ululando sobre la ciudad en ruinas.
Cuando finalmente alcanzaron la posada de Alab-Han, la noche de Nareth Vox seguía ardiendo detrás de ellos. El humo cubría parte de las calles y, a lo lejos, todavía podían escucharse detonaciones aisladas y el eco metálico de las sirenas mezcladas con algunos estampidos.
La vieja fonda permanecía milagrosamente intacta. Las lámparas amarillas del frente seguían encendidas como si se negaran obstinadamente a aceptar que el mundo alrededor se estaba derrumbando.
Valkalé soltó la mano de Lyra Prime y corrió hacia la puerta.
—“¡Mamá!”—
La puerta se abrió violentamente. Nalina apareció primero. Y apenas vio a la niña, cayó de rodillas. La abrazó con desesperación, llorando sin intentar ocultarlo.
—¡Valkalé… Valkalé…!”—
La niña se aferró a ella riendo y llorando al mismo tiempo. Detrás apareció Alab-Han. El posadero, siempre sereno y ceremonioso, parecía haber envejecido varios años en una sola noche. Observó primero a su hija.
Luego a Droven. Y finalmente a Lyra.
Sus ojos se detuvieron unos segundos sobre la sangre en la pierna de Droven Kal.
—“Entren”— dijo simplemente. La voz le tembló apenas.
Entraron a la posada mientras Nalina continuaba abrazando a Valkalé junto al mostrador. El calor del interior parecía pertenecer a otro mundo.
Todavía olía a pan horneado, especias dulces y té de limón.
Como si la guerra hubiera quedado afuera por pura voluntad doméstica.
Droven dejó escapar un suspiro cansado.
—“Debo admitir que jamás una sopa caliente me pareció un lujo espiritual tan refinado.”—
Alab-Han se acercó lentamente. Y entonces hizo algo inesperado: abrazó a Droven. Breve. Torpe. Honesto. Después miró a Lyra con una mezcla de emoción y respeto que era difícil de expresar.
—“He servido comida a mercenarios, nobles, ladrones y predicadores…”— su voz sonó grave bajo las lámparas amarillas de la fonda. —“Pero nunca a ningún héroe que haya salvado la vida de nuestra hija.”—
Droven sonrió apenas. Estaba cansado y herido. Y algo incómodo frente a cualquier elogio sincero.
—“No se apresure.”— se dejó caer lentamente sobre una silla. —“Todavía puedo robarle la cubertería.”—
Valkalé soltó una pequeña carcajada. Con inocencia, dijo:
—“No lo hará.”—
Droven levantó una ceja.
—“¿Y cómo estás tan segura?”—
La niña se encogió de hombros. Y respondió con absoluta naturalidad:
—“Le perdonaste la vida al robot alado.”—
Durante un instante hubo silencio. Lyra observó la escena como un espectador.
Y aunque su expresión apenas cambió, algo cálido apareció detrás de sus ojos. Algo sereno. Que no necesitaba explicación.
Alab-Han golpeó suavemente la mesa con una mano.
—“Mientras permanezcan en esta casa…”— miró a ambos con solemnidad. —“No volverán a pagar una sola moneda.”—
Droven llevó una mano al pecho con teatral dignidad.
—“Eso es excelente porque actualmente mi fortuna consiste en una pierna rota, una bota inutilizable y un pedazo de cadena de dudosa procedencia.”—
—“Y una deuda conmigo.”— añadió Lyra tranquilamente.
Droven la miró.
—“¿Ves? Esto es exactamente lo que temo del amor sofisticado.”—
Valkalé volvió a reír.
Y por primera vez desde que habían llegado a Nareth Vox, la guerra pareció alejarse un poco de sus vidas.
Más tarde, cuando las luces de la posada se apagaron, el silencio y el orden regresaron lentamente a las calles, Droven permanecía despierto junto a Lyra.
La habitación estaba apenas iluminada por el resplandor rojizo de los incendios lejanos. A través de las ventanas las estrellas, lejanas a la tragedia local, brillaban como todas las noches. Inmutables.
Acostados en la cama, Lyra descansaba abrazada contra él. Su respiración era suave. Casi humana.
Droven observó la ventana durante largo rato. Luego giró lentamente la cabeza hacia ella. La luz de las estrellas iluminaba su rostro. Había pasado demasiado tiempo intentando convencerse de que todo aquello era temporal.
Una aventura elegante, un accidente romántico. Una distracción peligrosa. Pero lo real era que ya no podía mentirse. Ya no temía amar a una androide. Lo inquietante era otra cosa. Temía perderla.
Porque comenzaba a sospechar que Lyra pertenecía a un mundo vasto, antiguo, y demasiado extraordinario para un personaje como él.
Droven cerró lentamente los ojos.
Y por primera vez en muchos años, el viejo ladrón de Zyrbassa sintió miedo de no dar la talla.
FIN
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