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viernes, 14 de agosto de 2026

Cuento: "La Sombra de Aurelia ( SciFi RetroFuturista Novela por Capitulos )"

 



SciFi RetroFuturista - Novela por Capítulos

🎯 La Sombra de Aurelia
por Rodriac Copen 


📌 Sinopsis:

Dos siglos de guerra están a punto de terminar. Pero la paz tendrá un precio.

En el planeta Nydara, el conquistador Kael I de Aurelia está a punto de conseguir lo que ningún gobernante ha logrado en doscientos años: poner fin a la Guerra de los Magiares y unificar un mundo dividido.

Para negociar con su principal enemigo llega a la corte de Aurelia una delegación del Ducado de Kaor.

Entre sus integrantes está Isabelle de Montferrand, una joven traductora inteligente, hermosa y ambiciosa. Kael se siente atraído por ella.

Su esposa, la reina Marguerite, comprende inmediatamente el peligro. Porque Isabelle no ha llegado a Aurelia solamente para traducir palabras. Ha llegado para aprender el idioma del poder.

Lo que comienza como una fascinación entre un rey y una enviada oficial pronto se transforma en una peligrosa partida de seducción, espionaje, conspiraciones y ambiciones políticas.

Mientras dos reinos intentan negociar la paz, Isabelle irá descubriendo que su influencia sobre Kael puede ser mucho mayor de lo que imaginaba. Y quizá termine convirtiéndose en algo más que su amante.

Quizá termine convirtiéndose en la mujer que gobierna detrás del trono.

Una novela de ciencia ficción retrofuturista con palacios inspirados en las cortes europeas de los siglos XVII y XVIII, tecnología avanzada, ducados enfrentados. Espionaje, romance, intriga política, guerra y traiciones.

Y una mujer dispuesta a descubrir hasta dónde puede llegar su poder.

¿Hasta dónde puede llegar Isabelle cuando descubre que el hombre más poderoso de Nydara está dispuesto a escucharla?

 

✔ 20.192 palabras aproximadamente ( 12 capítulos )
✔ 1 hora y 40 minutos de lectura aproximada 


 

 

  

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lunes, 18 de mayo de 2026

Cuento: "La Guerra de las Marionetas - Saga de Droven & Lyra ( Capítulo 5 )"

 


Saga de Droven & Lyra – Historias del Viejo Futuro ( SciFi )

Capitulo 5. La Guerra de las Marionetas

por
Rodriac Copen


Sinopsis:

En la decadente ciudad industrial de Nareth Vox, donde humanos y androides conviven al borde de una guerra civil, el ladrón errante Droven Kal y la misteriosa androide Lyra Prime quedan atrapados en un conflicto mucho más antiguo de lo que imaginaban.

Mientras sectas humanas fanáticas persiguen a las inteligencias artificiales conscientes, una facción de autómatas rebeldes liderada por el implacable Larkwell busca liberar a las máquinas del dominio humano. Pero cuando Lyra demuestra poseer secretos vinculados a la legendaria Tierra y a tecnologías olvidadas por siglos, ambos bandos comienzan a verla como la clave de una nueva era.

Entre ciudades de hierro, castillos en ruinas y cielos surcados por guardianes mecánicos, Droven y Lyra deberán sobrevivir a una guerra donde la verdadera pregunta no es quién merece gobernar… sino qué significa realmente ser humano


✔ Aproximadamente 7.400 palabras.
✔ Tiempo estimado de lectura: 40 minutos ( 3 Capítulos ).

 

 

 

 

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lunes, 14 de agosto de 2023

Historia: "La Sombra de Aurelia ( SciFi RetroFuturista Novela por Capitulos )"

 


La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen

 


Capítulo 1: La Guerra de los Magiares y Aurelia


En Nydara, la guerra había durado tanto que nadie recordaba con certeza cómo había comenzado.

Los historiadores discutían fechas, tratados, asesinatos y viejos mapas almacenados en archivos históricos. Los sacerdotes de las antiguas casas aristocráticas hablaban de agravios heredados y el resarcimiento que requerían las viejas costumbres. Los militares preferían hablar de fronteras, bajas y cantidad de oponentes.

Pero en las aldeas, en los campos de cultivo y en las ciudades amuralladas por siglos de arquitectura y tecnología, la gente utilizaba una palabra mucho más sencilla: la guerra.

Nydara pertenecía al sistema de Eltanin, en una región remota de la galaxia NGC 1365, dentro del Cúmulo de Fornax. Para sus habitantes, sin embargo, aquellos nombres astronómicos pertenecían a una historia tan antigua como la Tierra.

Los primeros colonos habían llegado siglos atrás.

Eran humanos.

Habían cruzado el vacío interestelar en naves generacionales y transportes de colonización que, para las generaciones posteriores, se habían convertido casi en objetos legendarios. La mayoría de aquellos primeros grupos procedía de Europa Central, y entre ellos predominaban los colonos de origen húngaro.

Habían llevado consigo algo más difícil de transportar que máquinas, semillas o embriones animales. Habían llevado su memoria.

Conservaron sus lenguas, costumbres, apellidos, músicas, ceremonias. Incluso sus recetas, sus leyendas y, sobre todo, una particular concepción del poder.

Con el paso de los siglos, Nydara había desarrollado una civilización extraordinaria.

Los palacios se alzaban sobre antiguas colinas, pero sus cimientos estaban construidos con materiales capaces de soportar terremotos y cambios climáticos extremos. Los jardines aristocráticos se extendían alrededor de fuentes cuyos chorros de agua podían ser controlados mediante campos gravitatorios. Las carrozas ceremoniales habían sido reemplazadas por vehículos antigravitatorios silenciosos, aunque seguían teniendo formas inspiradas en los antiguos carruajes europeos.

Los nobles vestían chaquetas largas, vestidos de gala, capas y uniformes inspirados en épocas que en la Tierra habían desaparecido hacía siglos. Pero las telas podían regular la temperatura corporal, detectar toxinas y proyectar discretamente información sobre su superficie.

En los salones de los palacios, los invitados conversaban bajo enormes lámparas de cristal inteligente mientras pequeños drones de vigilancia flotaban cerca de los techos, casi invisibles.

Curiosamente, la modernidad de Nydara no había destruido el pasado.

Lo había convertido en tradición.

El planeta estaba dividido en ducados, principados y reinos, cada uno gobernado por una casa aristocrática. Las antiguas instituciones democráticas de los primeros colonos habían desaparecido progresivamente, sustituidas por un sistema de lealtades, vasallajes, matrimonios, alianzas comerciales y juramentos hereditarios.

Y durante más de dos siglos, aquel sistema había estado en una guerra larga, lenta y desgastante.

La llamaron Guerra de los Magiares.

El nombre había nacido como una referencia histórica a los primeros colonos húngaros que habían poblado Nydara. Con el tiempo se convirtió en algo mucho más grande: una denominación para una guerra que había enfrentado generaciones enteras.

Padres contra hijos. Ducados contra ducados.

Casas aristocráticas contra otras casas aristocráticas.

Territorios que reclamaban independencia contra soberanos que pretendían imponer unidad.

Dos siglos de combates habían transformado las fronteras tantas veces que algunos mapas oficiales mostraban diferentes versiones de Nydara según el año de consulta.

Las armas habían evolucionado. Pero los hombres no.

Los primeros ejércitos habían utilizado proyectiles cinéticos y vehículos blindados. Los últimos empleaban rifles de energía, drones autónomos, escudos personales, artillería orbital y sistemas de inteligencia artificial capaces de calcular una batalla en segundos.

Pero seguían muriendo hombres y mujeres. Seguían  incrementándose los números de las viudas y los huérfanos.

Seguían naciendo niños que aprendían a reconocer el sonido de una alarma antes que el de una campana.

Y, después de doscientos años, parecía que la guerra no tenía intención de terminar.

Hasta que apareció Aurelia.

. . . 


El Palacio de Veyron dominaba la capital de Aurelia desde lo alto de una meseta.

Era una construcción gigantesca de piedra blanca y cristal inteligente, coronada por cúpulas oscuras y torres ornamentales. Desde lejos parecía un palacio de la Europa antigua.

De cerca, las diferencias eran evidentes.

En las galerías flotaban paneles holográficos transparentes.

Los jardines estaban atravesados por senderos suspendidos sobre el suelo.

Las fuentes proyectaban figuras luminosas que representaban a antiguos reyes.

Y sobre las torres, pequeños drones patrullaban permanentemente el cielo.

Aquella mañana, sin embargo, nadie parecía interesado en la belleza del palacio.

En la sala del Consejo de Guerra, doce personas permanecían alrededor de una larga mesa de cristal negro.

En el extremo norte estaba sentado Kael I.

Tenía cuarenta y cuatro años y una presencia difícil de ignorar. Medía casi un metro noventa y su complexión atlética revelaba que, a pesar de los privilegios de su posición, no había abandonado completamente la disciplina militar.

Sus ojos gris acero permanecían fijos en el mapa holográfico que flotaba sobre la mesa.

Su cabello castaño oscuro comenzaba a encanecer en las sienes.

Una cicatriz cruzaba la piel sobre su ceja derecha.

Había recibido aquella herida muchos años atrás, cuando todavía era un comandante de campo.

En el mapa aparecía Nydara.

Una sucesión de territorios iluminados indicaba las regiones bajo control de Aurelia.

Eran muchas. Demasiadas para que sus enemigos las ignoraran.

Pero todavía no eran suficientes.

Kael extendió una mano.

El mapa cambió, y la zona oriental del planeta apareció ampliada: Kaor.

El nombre quedó suspendido en el aire. Nadie respondió.

Kaor era el último gran obstáculo para la unificación de Nydara.

Su gobernante era Ferdinand, duque de Kaor.

A diferencia de otros nobles que habían perdido territorios, soldados y recursos durante las campañas de Aurelia, Ferdinand había conseguido conservar prácticamente intacto su dominio.

No sólo eso.

Había conseguido unir bajo una misma alianza a varios de los ducados que todavía se negaban a aceptar la autoridad de Kael.

La alianza había recibido el nombre de Liga de Veyr.

—“¿Cuántos soldados tienen?”— preguntó Kael.

El general Armand Verek respondió:

—“Ciento veinte mil efectivos activos. Cerca de trescientos mil reservistas.”—

—“¿Y nosotros?”—

—“Doscientos ochenta mil activos, Señor.”—

Kael levantó la mirada.

—“Entonces no sufrimos grandes bajas en la última campaña.”—

—“Así es, Señor. Somos superiores. Al menos en números.”—

El silencio que siguió fue breve, pero significativo.

—“¿Qué quieres decirme?”—

El general hizo aparecer otra serie de datos.

—“La geografía favorece a Kaor. Sus principales ciudades están protegidas por sistemas defensivos de última generación. Además, Ferdinand ha adquirido tecnología militar a tres ducados neutrales.”—

—“¿Tecnología de qué clase?”—

—“Drones autónomos de combate. Escudos de fase. Sistemas de interferencia cifrada.”—

Kael observó el mapa.

—“¿Cuánto tiempo tardaríamos en derrotarlos?”—

El general dudó.

—“No lo sabemos. Las simulaciones varían según la tecnología involucrada.”—

Kael comprendió la respuesta.

Sabía que podían ganar. Pero el precio sería enorme.

La guerra llevaba doscientos años alimentándose de victorias que habían dejado más muertos que paz.

Kael se levantó, mientras la sala guardaba silencio.

—“Quiero una reunión con Ferdinand.”—

El general Verek lo miró sorprendido.

—“¿Personalmente o en Holograma?”—

—“Personalmente.”—

—“Majestad, me temo que Ferdinand no aceptará una rendición.”—

Kael se volvió hacia él.

—“No he hablado de rendición.”—

—“Entonces, ¿qué piensa ofrecerle?”—

Kael hizo un gesto vago, señalando el mapa.

—“Una tregua.”—

Nadie respondió, porque la palabra parecía extraña en aquella sala.

Una tregua. No una ofensiva, ni una anexión. Tampoco un ultimátum.

Una tregua.

—“Después de doscientos años de lucha,”— dijo Kael lentamente —“quizá sea hora de descubrir si nuestros enemigos realmente quieren la paz… o seguir combatiendo.”—





La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 2:  El Embajador y la Traductora


El Ducado de Kaor se extendía por una región montañosa cubierta de bosques, lagos y antiguas ciudades.

Su capital, Montreval, conservaba intacta la apariencia de una ciudad aristocrática.

Los edificios tenían fachadas de piedra, columnas, balcones y grandes ventanales.

Por encima de ellos circulaban vehículos antigravitatorios. Los tranvías eléctricos recorrían las avenidas.

Drones diplomáticos cruzaban el cielo llevando mensajes cifrados.

Y en las residencias nobles, servidores artificiales caminaban silenciosamente entre salones donde los retratos familiares tenían ojos electrónicos capaces de registrar a los visitantes.

El Palacio de Montferrand era uno de ellos.

En una de sus salas privadas, Isabelle de Montferrand analizaba un informe diplomático.

Tenía treinta y un años.

Su piel clara tenía un tono cálido que contrastaba con sus ojos avellana, atravesados por pequeños reflejos dorados. El cabello castaño oscuro, con reflejos cobrizos, caía sobre sus hombros.

Un pequeño lunar debajo de la mandíbula izquierda era quizá la única imperfección visible en un rostro que muchos consideraban extraordinariamente hermoso.

Pero Isabelle había aprendido hacía tiempo que la belleza era una herramienta peligrosa.

Podía conseguir una conversación. Pero no podía ganar una negociación.

Aquello requería otra clase de inteligencia.

—“¿Todavía estás trabajando?”— La voz de Gaspard llegó desde la puerta.

Isabelle levantó la vista.

Su esposo tenía treinta y ocho años, era delgado y medía aproximadamente un metro ochenta y dos. Sus ojos marrón oscuro contrastaban con el cabello castaño medio y una barba corta cuidadosamente recortada.

Gaspard de Montferrand era el embajador de Kaor.

Y aquella noche parecía más cansado que de costumbre.

—“Así es. En el informe de Aurelia.”— dijo ella.

—“Entiendo. Ya lo he leído.”—

—“Entonces sabes que es preocupante.”—

—“No más preocupante que ayer.”— dijo Gaspard mientras entraba a la habitación.

El hombre se detuvo junto a la ventana para observar al exterior. Desde allí podía contemplar una parte de Montreval.

Las luces de la ciudad brillaban bajo una lluvia fina.

—“Kael ha pedido una tregua.”— dijo Gaspard sin preámbulos.

—“¿Una tregua?”— Isabelle dejó el informe sobre la mesa.

—“Sí.”—

—“¿ Por qué no un tratado?”—

—“No lo sé. Apenas soy un diplomático. Quizá necesitemos entenderlo desde la posición militar.”—

—“Está buscando algo.”— Isabelle se levantó.

—“Claro. Siempre quiere algo.”— Gaspard sonrió. No era un gesto de alegría.

—“¿Qué sabemos de él?”—

Gaspard giró la cabeza para observarla mientras contestaba:

—“Kael es inteligente. No es cruel por placer. Tampoco es un fanático. Ha cometido errores, pero suele aprender de ellos.”—

—“¿Y qué crees que quiere realmente?”— Isabelle caminó hasta la ventana.

Gaspard tardó unos segundos antes de responder:

—“Su intención siempre fue unificar Nydara.”—

—“Entonces no quiere una tregua.”— Isabelle contempló las luces de Montreval.

—“No. Hay algo detrás.”—

Isabelle seguía frente a la mesa, con el informe de Aurelia abierto ante ella.

Varias páginas flotaban sobre la superficie de cristal, proyectadas por el sistema de lectura del despacho. Cifras, movimientos de tropas y registros de suministros aparecían y desaparecían mientras ella avanzaba de un documento a otro.

—“¿Qué te preocupa exactamente?”— preguntó Gaspard al observar su expresión.

Isabelle no respondió de inmediato. Dijo:

—“Esto.”— con un gesto, la mujer amplió una de las tablas y se las mostró.

Gaspard se acercó para observar los detalles.

—“Los movimientos de las tropas del sector occidental.”— dijo el embajador al reconocer el esquema.

—“Sí.”—

—“Ya los hemos analizado.”—

—“Pero no con esta información. La tregua es nueva.”— Isabelle señaló una serie de desplazamientos registrados durante los últimos meses. —“Mira las unidades que Aurelia declara oficialmente.”—

Gaspard las observó.

—“Son las mismas cifras que tenemos nosotros. Las cifras oficiales. ¿Que quieres decir?”—

Isabelle levantó la mirada para explicarle:

—“Creo que sus fuerzas son mucho mayores que las que declara.”—

—“¿Los sabes o lo sospechas?”— Gaspard frunció el ceño al preguntarle.

—“Es una sospecha.”— respondió ella.

—“¿Basada en qué?”— insistió Gaspard.

Isabelle cerró una de las ventanas holográficas y abrió otra.

—“En los suministros.”— aparecieron registros de producción, transporte y consumo energético. —“Aurelia está comprando combustible, componentes para drones y celdas de energía en cantidades que no corresponden al soporte requerido para el tamaño de sus ejércitos declarados.”—

Gaspard permaneció en silencio. Isabelle continuó:

—“También están aumentando la producción de sistemas médicos de campaña.”—

—“Eso podría indicar que esperan una ofensiva. O que simplemente están reponiendo reservas.”— dijo él.

—“Después de doscientos años de guerra, nadie repone reservas de esta manera sin una razón.”— Isabelle defendió su idea.

—“¿Y qué relación tiene esto con la tregua?”— preguntó Gaspard mientras poyaba las manos sobre la mesa.

Isabelle apagó los informes. Hizo un silencio breve antes de responderle:

—“Creo que la tregua puede ser una evaluación.”—

—“¿Una evaluación de qué?”— Gaspard la miró intrigado. Había ganado su atención.

Isabelle se levantó lentamente mientras explicaba:

—“Kael no necesita una tregua para hablar de paz. Si realmente quisiera negociar un tratado, podría enviar diplomáticos. Podría proponer condiciones. Podría ofrecer concesiones.”—

—“Y, sin embargo, ha pedido una reunión.”— dijo Gaspard

—“Precisamente es lo que me inquieta.”— Isabelle caminó hacia la ventana mientras explicaba su punto de vista.

—“Me parece que quiere medirnos. Saber cuántos soldados tenemos. Qué tan rápido podemos movilizarlos. Qué sistemas defensivos poseemos. Quiénes están realmente dispuestos a combatir. Qué ducados permanecen fieles a la Liga de Veyr y cuáles podrían abandonarnos si la guerra continúa.”— señaló la mujer.

Gaspard se quedó pensativo.

—“Eso también lo puede averiguar mediante sus servicios de inteligencia.”—

—“Los informes no siempre dicen la verdad. Pero los hombres sí.”— dijo Isabelle.

Gaspard la miró durante unos segundos.

—“Explícame esa jugada.”— le pidió.

Isabelle se volvió hacia él.

—“Si aceptamos inmediatamente la tregua, Kael puede interpretar nuestra decisión como una señal de debilidad.”—

—“Estás viendo una trampa donde quizá no la haya.”— Gaspard respondió dejando escapar una pequeña sonrisa.

—“Y tú estás viendo una negociación que quizá detone un ataque fulminante. ”—

—“No sería la primera vez que un soberano intenta obtener algo mediante un tratado en lugar de perder hombres y recursos.”— dijo él.

—“No. Pero esta es la primer vez que Aurelia ha estado tan cerca de unificar Nydara.”— Isabelle cruzó los brazos.

Aquella frase hizo desaparecer la sonrisa de Gaspard.

Isabelle continuó:

—“Kael ha conquistado casi todo el continente. Ha derrotado ducados que durante generaciones parecían intocables. Ahora sólo quedan unos pocos territorios importantes fuera de su control.”—

—“Entonces, según tú, Kael nos propone una tregua para calcular nuestras fuerzas y después decidir si atacarnos.”— Gaspard caminó lentamente alrededor de la mesa mientras pensaba en la idea.

—“Es una posibilidad.”— admitió ella.

—“¿Y por qué no atacar directamente?”— preguntó Gaspard.

—“Porque quizá todavía no sabe cuánto le costaría.”— Gaspard se detuvo mientras Isabelle señalaba un sector del mapa holográfico. —“Una ofensiva contra Kaor no sería como conquistar un pequeño ducado. Somos el núcleo de la Liga de Veyr. Si Aurelia nos ataca, los demás territorios podrían movilizarse.”—

—“O podrían rendirse.”— razonó el embajador.

—“También es posible.”— admitió ella.

—“Entonces la incertidumbre existe en ambos sentidos.”— dijo Gaspard.

—“Sí.”— dijo Isabelle mientras asentía con la cabeza.

Gaspard observó el mapa pensativo. Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio. Finalmente, él habló.

—“Creo que es un análisis demasiado complicado e improbable.”—

Isabelle levantó una ceja.

—“¿Eso piensas?”—

—“Sí.”— dijo Gaspard mientras apagaba el mapa.

—“Kael no necesita conocer nuestra fuerza. Ya sabe que Kaor es fuerte. Todos lo saben.”— dijo Isabelle

—“Entonces, ¿qué busca?”— preguntó él.

—“Evitar una guerra que quizá no pueda ganar al precio que está dispuesto a pagar. Podría pensar que le dejaría muy debilitado.”— dijo Isabelle.

Gaspard tomó el informe mientras su esposa insistía en el planteo:

—“Míralo así: desde su posición, ha ganado durante años. Pero cada victoria cuesta soldados, recursos, tiempo y estabilidad. La conquista no es gratuita.”—

—“Eso no significa que quiera la paz.”— Gaspard respondió mientras volvía a dejar el informe sobre la mesa.

—“No he dicho que quiera la paz. Creo que quiere algo que pueda obtener sin tener que pagar por ello con sangre.”— dijo Isabelle con convicción.

—“Entonces ¿Que busca? ¿Una concesión? ¿Una ventaja?”— preguntó él

—“Tal vez.”—

Gaspard caminó hacia la ventana mientras preguntaba:

—“¿Y entonces?”—

—“Quizá Kael ha calculado cuánto le costaría conquistar Kaor. Tal vez las cifras no le gustan. Entonces intenta conseguir mediante un tratado aquello que no quiere conquistar mediante una guerra.”— Isabelle dejó que Gaspard lo pensara por un momento. Luego continuó —“Quizá busca territorio, tributos, control comercial.”—

—“Posiblemente.”— concedió Gaspard.

—“Reconocimiento de la autoridad de Aurelia sobre determinados ducados.”—

Gaspard se volvió para decir:

—“Eso sería más importante.”—

Isabelle asintió lentamente mientra decía:

—“Y mucho menos costoso que una campaña militar.”—

Gaspard tomó una copa de la mesa, aunque no bebió. Sabía que Kael era un conquistador, pero no necesariamente del tipo que quisiera conquistar todo sin importarle las muertes. Por otra parte Isabelle, había estudiado históricamente al reino de Aurelia, y en definitiva, conocía en profundidad la historia y las motivaciones de Kael. Ambos temas habían sido parte de su especialización como traductora.

—“¿Y si estamos equivocados los dos?”— Isabelle sonrió ligeramente.

—“Entonces tendremos un problema.”— Gaspard la miró. Estaba pensando en como aconsejar al duque.

—“No.”— Isabelle volvió a mirar el mapa apagado —“Entonces tendremos dos problemas.”—

—“¿Cuáles?”— quiso saber Gaspard.

Ella respondió sin apartar los ojos del cristal:

—“Si tú tienes razón, Kael quiere comprarnos o sobornarnos.”— hizo una pausa antes de seguir —“Y si yo tengo razón, quiere medir cuánto le costaría destruirnos.”—

La expresión de Gaspard se volvió seria. Dijo:

—“En ambos casos tendremos que sentarnos frente a él. Y escucharlo.”—

—“Así es.”—

—“Entonces quizá la tregua no sea una mala idea.”— dijo Gaspard

—“Por lo pronto no debemos confundir una invitación a conversar con una promesa de paz.”— opinó Isabelle.

Gaspard sostuvo su mirada durante unos instantes.

—“En eso estamos de acuerdo.”— asintió el embajador.

Isabelle volvió a sus documentos.

Aquella noche, mientras los informes de Aurelia seguían flotando sobre la mesa, ninguno de los dos pudo saber cuál de las dos posibilidades era más peligrosa.

Que Kael quisiera negociar. O que realmente quisiera saber cuánto costaría destruirlos.

 



 

La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 3: El Duque Ferdinand y Valerie


El duque Ferdinand recibió oficialmente al embajador de Aurelia con la propuesta de la tregua. En resumen, Kael I le solicitaba el envío de representantes para negociar una tregua. Los representantes y Kael se reunirían en Aurelia para llegar a un acuerdo.

El duque tenía cuarenta y tres años, una constitución fuerte y una presencia que contrastaba con la elegancia fría de muchos aristócratas de la corte.

Sus ojos azul grisáceo parecían más claros bajo la luz de los ventanales.

El cabello rubio oscuro comenzaba a mostrar algunas canas y llevaba una barba corta.

Ferdinand escuchó el mensaje de Kael sin interrumpir.

Cuando terminó, apagó el holograma.

—“¿Qué opinas?”— le preguntó a la duquesa.

Valerie de Beumont permanecía junto a una de las columnas de la sala.

Tenía treinta y cinco años, piel clara, ojos azul verdoso y cabello rubio ceniza, largo y ondulado.

La duquesa de Kaor era una mujer acostumbrada a observar y pensar detenidamente antes de hablar.

—“Quiere ganar tiempo”—dijo.

—“¿Para qué?”—

—“Para reorganizar sus fuerzas.”—

Ferdinand asintió.

—“Es posible.”—

Valerie caminó hacia la mesa.

—“Pero también puede estar cansado.”—

Ferdinand la miró intrigado.

—“Kael no me parece un hombre cansado.”—

—“Los hombres cansados no siempre lo parecen.”—

Ferdinand permaneció pensativo.

Durante unos instantes sólo se escuchó la lluvia contra los cristales.

—“¿Tú aceptarías una reunión?”—

Valerie lo observó.

—“Sí.”—

—“¿Por qué?”—

—“La tregua puede ser una trampa. Pero no estoy segura que podamos ganarle a Aurelia. Al menos rápidamente. Una tregua nos da la oportunidad de pensar alternativas.”—

Ferdinand sonrió mientras asentía. Había tomado una decisión.

—“Aceptaremos.”— le dijo al embajador de Aurelia.

La noticia recorrió Nydara en cuestión de horas.

Los sistemas de comunicación transmitieron el anuncio a todos los ducados.

Durante doscientos años, Aurelia y los territorios rebeldes habían hablado mediante cañones, drones y campos de batalla.

Ahora sus gobernantes iban a sentarse frente a frente.

La guerra no había terminado. Ni siquiera estaba cerca de terminar.

Pero por primera vez en generaciones, dos hombres que habían heredado un conflicto antiguo estaban a punto de preguntarse si era posible dejar de heredarlo.

Y en Kaor, sin que ninguno de ellos pudiera imaginarlo todavía, una mujer comenzaba a ocupar un lugar en aquella historia.

Isabelle de Montferrand hasta ese momento era solamente la esposa del embajador. Y su nombramiento en la corte llevaba demasiado tiempo detenido.

Su expediente había pasado por las manos de secretarios, funcionarios, consejeros y miembros del Consejo Ducal. Había sido revisado, archivado, recuperado y vuelto a archivar con una eficacia burocrática que habría resultado admirable si no fuera porque, después de meses, todavía no existía una firma al pie del documento.

El motivo era sencillo. El duque Ferdinand tenía asuntos más importantes que tratar antes de su nombramiento.

O, al menos, asuntos que consideraba más importantes.

Claro que Isabelle no estaba de acuerdo con eso.

Aquella mañana, sentada frente a una de las ventanas del Palacio de Montferrand, repasaba por tercera vez el informe que había preparado para justificar su nombramiento.

No necesitaba demostrar que conocía las lenguas de Nydara, porque eso ya estaba suficientemente documentado.

Hablaba el idioma oficial de Kaor, dominaba las variantes dialectales de los ducados orientales y podía mantener una conversación formal en la lengua de Aurelia sin necesidad de asistencia electrónica.

Pero Isabelle sabía que aquello no era lo más importante.

Una traducción podía ser correcta y, al mismo tiempo, ser políticamente desastrosa.

Una palabra podía significar respeto en un ducado y sumisión en otro. Una fórmula ceremonial podía interpretarse como una declaración de alianza. Un silencio podía ser más ofensivo que un insulto.

Y una frase mal traducida delante de dos soberanos podía provocar una guerra.

Isabelle conocía esas diferencias porque había estudiado durante años la historia de los ducados. Había leído tratados antiguos, correspondencia diplomática, memorias de embajadores y registros militares.

También había estudiado a Kael.

No al hombre, sino al gobernante. Había seguido sus campañas, sus reformas administrativas y las decisiones que habían permitido a Aurelia incorporar territorios que durante generaciones habían resistido cualquier intento de unificación. Aquel rey se había erigido en una leyenda dentro del planeta y había convertido a la corona de Aurelia en una potencia militar sin igual.

Kael I era una leyenda militar. Pero eso no era lo que más interesaba a Isabelle.

Lo que la fascinaba era su manera de ejercer el poder. Kael no parecía necesitar demostrar constantemente que lo poseía. Lo utilizaba. Era un medio para él.

Esa diferencia le resultaba profundamente interesante.

Y, aunque jamás lo había confesado a Gaspard, existía en ella una admiración silenciosa por aquel hombre al que nunca había visto personalmente.

Una admiración que procuraba mantener bajo control. Porque admirar a un enemigo era peligroso. Y admirar a un soberano podía serlo todavía más.

Isabelle cerró el expediente.

La noticia de la tregua entre Aurelia y Kaor había cambiado completamente la situación.

Gaspard tendría que viajar. Ferdinand necesitaría enviar una delegación.

Y alguien tendría que traducir las conversaciones. Isabelle sonrió con malicia.

Por primera vez en meses, el retraso de su nombramiento parecía una ventaja. Sólo necesitaba que alguien se lo explicara al duque. Y sabía exactamente quién podía hacerlo.

Valerie de Beumont recibió a Isabelle aquella misma tarde.

La duquesa la esperaba en una galería cubierta de cristal, que daba a los jardines interiores del palacio. Vestía un traje azul oscuro de corte sencillo, confeccionado con un tejido inteligente que cambiaba ligeramente de tonalidad con la intensidad de la luz.

Su cabello rubio ceniza caía en ondas sobre sus hombros.

—“Debería haber imaginado que vendrías”— dijo Valerie, en tono alegre.

Isabelle sonrió.

—“¿Por qué?”— preguntó inocentemente.

—“Porque cuando necesitas algo siempre apareces con esa expresión.”—

—“¿Qué expresión?”—

Valerie la miró durante unos segundos. Eran amigas de confianza desde hacía mucho años.

—“La de una mujer que ya ha tomado una decisión y sólo necesita convencer a los demás de que también fue idea suya.”— dijo burlonamente la duquesa.

Isabelle soltó una pequeña risa.

—“Te he echado de menos.”—

—“Eso no ha respondido a mi pregunta.”— dijo Valerie.

—“No he venido a responder preguntas.”—

—“Entonces sí has venido a pedir algo.”— dijo la duquesa mientras reía.

Isabelle se sentó frente a ella.

—“Mi nombramiento.”—

Valerie inclinó ligeramente la cabeza.

—“Pensé que estaba aprobado.”—

—“Está aprobado en todas partes excepto donde importa.”— dijo Isabelle.

—“Ferdinand.”— asintió Valerie.

—“Así es. El duque.”—

La duquesa tomó una copa de agua y la sostuvo entre los dedos.

—“¿Y por qué ahora?”—

Isabelle no necesitó fingir con su amiga.

—“Porque el duque va a enviar a Gaspard a Aurelia.”—

—“Entiendo.”—

—”Y necesitará un traductor oficial.”—

—“Pero Gaspard habla bastante bien la lengua de Aurelia.”—

—“Habla. Traduce.”— dijo Isabelle

Valerie esperó.

—“Pero yo conozco todos los significados. Las dobles intenciones. Hay una diferencia.”— hizo una pausa —“Y en un tratado, en diplomacia, a veces esa diferencia cuesta vidas.”—

La duquesa dejó la copa sobre la mesa.

Isabelle continuó:

—“No se trata sólo de traducir palabras. Se trata de conocer las fórmulas diplomáticas, las referencias históricas, los títulos, las expresiones que pueden interpretarse de manera equivocada. Conozco los dialectos de los territorios de la Liga. Conozco la historia de Aurelia. He estudiado sus protocolos.”—

Valerie sonrió.

—“También has estudiado a Kael.”—

Isabelle sostuvo su mirada.

—“Como corresponde a cualquier diplomática.”—

—“No he dicho lo contrario.”—

Hubo un breve silencio.

Valerie conocía a Isabelle desde antes de su matrimonio con Gaspard. Habían compartido estudios, viajes y algunas temporadas en la corte. Sabía reconocer cuándo Isabelle ocultaba algo.

Pero también sabía cuándo una ambición era legítima.

—“¿Quieres acompañar a tu esposo?”—

—“Quiero formar parte de la delegación.”—

—“No es exactamente lo mismo.”—

—“No.”—

Isabelle se inclinó ligeramente hacia adelante.

—“Quiero estar allí.”—

Valerie comprendió. No era una petición improvisada. Isabelle llevaba tiempo esperando una oportunidad. Y su nombramiento no sería una imposición de privilegio alguno. Estaba muy preparada.

Y la tregua acababa de proporcionarle una oportunidad.

—“¿Por qué?”—

La pregunta fue formulada con suavidad. Valerie ahora actuaba como una duquesa que indagaba a una amiga. Y valoraba esa amistad.

Isabelle tardó unos segundos en contestar.

—“Porque una negociación como ésta puede decidir el futuro de Nydara. De Kaor. Y de todos nosotros.”—

Valerie no apartó los ojos de ella.

—“Eso es lo que dirías ante el Consejo.”—

—“Es verdad.”—

—“Pero no es toda la verdad.”—

Isabelle sonrió.

—“No.”—

Valerie esperó.

—“También quiero ver cómo piensa Kael.”—

La expresión de la duquesa cambió apenas.

—“¿Cómo piensa?”—

—“Sí.”—

—“¿Por qué?”—

Isabelle miró hacia los jardines.

—“Porque ha hecho algo que ningún gobernante anterior consiguió.”—

—“¿Conquistar medio planeta?”— preguntó Valerie.

—“No.”— Isabelle volvió la cabeza. —“Conseguir que medio planeta piense que puede destruirnos a todos.”—

Valerie guardó silencio.

Aquella respuesta le gustó menos de lo que esperaba. Porque demostraba que Isabelle no estaba fascinada solamente por el poder. Estaba intentando comprenderlo. Y conocía la ambición de su amiga.

—“Ten cuidado”— dijo la duquesa.

—“¿Con qué?”—

—“Con los hombres que saben utilizar el poder.”—

Isabelle sonrió ligeramente.

—“Tendré cuidado.”—

—“No me refiero a Kael. Me refiero a todo lo que ocurre alrededor de un hombre como él. El poder atrae ambiciones, y algunas ambiciones son más peligrosas que cualquier ejército. “—

La sonrisa de Isabelle desapareció. Valerie tomó nuevamente la copa.

La conversación terminó poco después.

Cuando Isabelle abandonó la galería, no tenía todavía un nombramiento oficial. Pero tenía algo más importante, la promesa de Valerie de hablar personalmente con Ferdinand.

Aquella noche, Isabelle regresó al Palacio de Montferrand y encontró a Gaspard revisando documentos de la futura delegación.

—“¿Y bien?”— preguntó él.

Isabelle dejó los guantes sobre una mesa.

—“Valerie hablará con Ferdinand.”—

Gaspard levantó la mirada.

—“¿Eso significa que viajarás?”—

—“Significa que existe una posibilidad.”—

—“Ya es más de lo que teníamos esta mañana.”—

Isabelle se acercó a la mesa.

Sobre ella apareció un mapa holográfico de Aurelia. El centro del reino brillaba con una luz tenue. En medio del mapa se encontraba el Palacio de Veyron.

Ese era el corazón político de Nydara.

Gaspard observó a su esposa.

—“No deberías entusiasmarte demasiado.”—

—“No estoy entusiasmada. Estoy preparada.”—

Gaspard sonrió.

Isabelle contempló nuevamente el mapa.

Durante años había estudiado aquel lugar desde la distancia. Había leído sobre sus salones, sus ceremonias, sus alianzas y sus conflictos. Ahora podía tener la oportunidad de entrar allí.

No como visitante. Ni como esposa de un embajador. Sino como una profesional cuya presencia podía resultar necesaria.

Y frente a ella estaría Kael I.

El hombre que había cambiado el equilibrio de Nydara. El soberano que había derrotado a sus enemigos durante años. El hombre cuya capacidad para ejercer el poder había despertado en ella una curiosidad que prefería no examinar demasiado.

Isabelle extendió un dedo y amplió la imagen del Palacio de Veyron.

—“Quiero estar allí.”—

Gaspard la observó durante unos segundos.

—“Entonces procura que Ferdinand firme antes de que Kael cambie de opinión.”—

Isabelle sonrió.

—“No pienso dejarle esa posibilidad.”—

 

 


La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 4: El Palacio de Veyron

 

El Palacio de Veyron apareció ante ellos al final de la avenida ceremonial.

Isabelle había visto aquella fachada cientos de veces en imágenes históricas, pero ninguna le había hecho justicia.

El edificio se extendía sobre una colina artificial, rodeado de jardines geométricos y largas galerías de cristal. Sus columnas de piedra clara sostenían balcones ornamentados, mientras, entre las torres, flotaban discretamente pequeñas plataformas de vigilancia.

No había soldados apostados en cada esquina. No eran necesarios, porque drones negros, casi invisibles, patrullaban los jardines y las avenidas. Los sistemas defensivos del palacio estaban integrados en la arquitectura.

Veyron no parecía una fortaleza, y precisamente por eso resultaba más intimidante.

El vehículo antigravitatorio de la delegación de Kaor avanzó lentamente por la avenida.

Gaspard permanecía sentado frente a Isabelle.

Vestía el uniforme diplomático de Kaor: chaqueta oscura de corte aristocrático, cuello alto y una banda plateada que identificaba su rango. A su lado reposaba el estuche que contenía los documentos oficiales.

Isabelle llevaba un vestido de color marfil, sobrio para una audiencia real, confeccionado con una tela que reflejaba suavemente la luz. El cabello castaño oscuro, con sus discretos reflejos cobrizos, estaba recogido parcialmente. El pequeño lunar debajo de la mandíbula izquierda quedaba visible.

Gaspard observó por la ventana.

—“¿Estás nerviosa?”—

—“No.”—

—“Mientes bastante mal para ser oficialmente una diplomática.”—

Isabelle volvió la cabeza.

—“Estoy concentrada.”—

—“Bien. Eso sí puedo creerlo.”—

El vehículo comenzó a descender, y a través del cristal pudieron contemplar los jardines de Veyron.

Fuentes de agua suspendida flotaban sobre estanques circulares. Árboles cuidadosamente podados rodeaban esculturas de antiguos monarcas. Pequeños drones de mantenimiento trabajaban entre los arbustos sin producir prácticamente ningún sonido.

Isabelle observó todo aquello con asombro y en silencio.

Había estudiado el palacio, pero estudiarlo no era lo mismo que estar allí.

Aquella era la residencia del hombre que había conseguido lo que ningún soberano de Nydara había logrado en dos siglos.

Kael I había conquistado medio planeta y ahora, imprevistamente, buscaba una tregua.

El vehículo se detuvo, y después de un par de segundos, la puerta se abrió. Un funcionario de protocolo les esperaba junto a la plataforma.

—“Embajador de Kaor.”— saludó el funcionario con una pequeña reverencia.

Gaspard descendió primero. Isabelle lo siguió.

La pequeña delegación estaba formada por seis personas. Dos asesores, tres funcionarios diplomáticos y ella.

Nada más.

Habían decidido deliberadamente evitar una demostración de fuerza. La orden de Ferdinand era que la tregua debía comenzar como una conversación, no como una amenaza.

El grupo fue conducido para la audiencia al gran Salón de los Fundadores.

Era una estancia enorme, con un techo abovedado y paredes cubiertas por retratos holográficos de los antiguos gobernantes de Aurelia.

En el centro había una larga alfombra roja. Al fondo, sobre una plataforma ligeramente elevada, estaban Kael y Marguerite.

El rey Kael I permanecía de pie.

A sus cuarenta y cuatro años, su presencia era imponente. Medía cerca de un metro ochenta y ocho y mantenía una postura que revelaba años de disciplina militar.

Su cabello castaño oscuro mostraba algunas canas en las sienes.

Sus ojos gris acero recorrieron a la delegación. La cicatriz sobre su ceja derecha era visible incluso desde cierta distancia. A su lado estaba la reina consorte, Marguerite Valenz.

De fría belleza, la reina contaba con treinta y nueve años, un porte elegante y una presencia sin igual. Su piel clara contrastaba con el cabello negro, largo y perfectamente cuidado. Sus ojos verde oscuro parecían observar la sala con una atención que no dejaba nada al azar.

Gaspard avanzó mientras hacía una inclinación respetuosa.

—“Majestad.”—

Kael respondió con un gesto de bienvenida.

—“Embajador Gaspard de Monferrand”—

—“En nombre de Su Alteza Ferdinand, duque de Kaor, agradezco vuestra disposición para recibir esta delegación.”—

—“Agradezco que hayáis venido.”—

Gaspard abrió el estuche. Un pequeño dispositivo proyectó sobre el aire el sello oficial de Kaor. Un haz luminoso salió del anillo del embajador para completar el diseño del sello.

—“Traemos la confirmación formal de la disposición de nuestro duque para iniciar conversaciones destinadas a establecer una tregua entre Aurelia y la Liga de Veyr.”—

Kael observó el documento.

—“Una tregua.”—

—“Como primer paso hacia un acuerdo más amplio.”—

Kael tomó el dispositivo.

—“La paz es una palabra ambiciosa. Que la buena voluntad nos guíe en estas negociaciones.”—

Gaspard sostuvo su mirada.

—“Después de doscientos años de guerra, Majestad, quizá haya llegado el momento de utilizar palabras ambiciosas.”—

Por primera vez, Kael sonrió ligeramente.

—“Que así sea.”—

Isabelle permanecía unos pasos detrás de su esposo. Hasta ese momento había hablado solo cuando fue estrictamente necesario.

La audiencia estaba desarrollándose en la lengua diplomática común, pero Kael cambió de pronto al dialecto magiar de Aurelia.

—“¿Y quién será la responsable de interpretar nuestras conversaciones?”— dijo con una sonrisa amable en el rostro.

Gaspard miró hacia atrás.

—“Mi esposa, Majestad. La  traductora oficial de Kaor.”—

Isabelle dio un paso adelante y dijo:

—“Isabelle de Montferrand, Su Majestad.”—

Kael la miró. Fue apenas un instante, pero Isabelle lo notó.

Los ojos del rey recorrieron su rostro con una atención ligeramente superior a la necesaria.

—“Me dicen que hablas muy bien nuestra lengua.”—

—“Desde hace muchos años.”—

—“¿Dónde la aprendiste?”—

—“En Kaor. Y durante mis estudios en los ducados orientales.”—

Kael cambió nuevamente de registro. Y pronunció una frase en una variante dialectal bastante menos utilizada.

Isabelle respondió sin vacilar.

La expresión del soberano cambió ligeramente.

—“Muy bien. Interesante en verdad. Me siento halagado.”— dijo Kael I

—“Es una variante antigua de la región de Szar.”—

Kael asintió.

—“Pocos fuera de Aurelia la reconocerían.”—

—“Pocos se han tomado el trabajo de estudiarla, Majestad.”—

La respuesta provocó una leve sonrisa en el rostro del rey.

—“Entonces Ferdinand ha escogido a la traductora correcta para estas conversaciones.”—

Isabelle hizo una pequeña inclinación.

—“Eso espero, Majestad.”—

Kael volvió su atención hacia Gaspard.

—“¿Cuántos días permaneceréis en Veyron? ¿Tenéis órdenes al respecto?”—

—“Los que sean necesarios para establecer las bases de una negociación.”—

—“Será un placer brindarles nuestra hospitalidad.”—

Gaspard volvió a inclinarse.

—“Agradecemos vuestra disposición, Majestad.”—

Kael hizo un gesto.

—“Veyron es vuestra casa mientras duren las conversaciones.”—

—“Sois muy generoso.”—

—“La hospitalidad es el primer paso para lograr las concesiones diplomáticas, embajador ¿No lo cree así?”—

Gaspard sonrió.

—“Naturalmente.”—

La reina Marguerite no había hablado, pero había observado atentamente. La manera en que Kael había pronunciado aquella última frase. Y había observado cómo sus ojos regresaron a Isabelle antes de volver a Gaspard.

La reina conocía a su esposo desde hacía años, y sabía distinguir la diferencia sutil entre curiosidad y atracción. Y aquella forma de mirar no era simple curiosidad.

No todavía. Pero era suficiente para alertarla.

Marguerite desvió la atención del rey hacia la joven traductora.

Porque había observado algo más: la forma en que Isabelle observaba a Kael. La estudió detenidamente. La traductora no parecía ser consciente de haber provocado nada. O quizá lo era... y simplemente sabía ocultarlo.

La audiencia continuó.

Gaspard explicó las intenciones de Ferdinand, habló de la situación de la Liga de Veyr y presentó oficialmente la documentación.

Kael respondió con cautela. Sus palabras fueron correctas y los gestos impecables.

Todo parecía transcurrir exactamente como debía. Pero Marguerite ya no escuchaba únicamente la conversación. Estaba estudiando a su marido.

Kael hizo una pregunta. Isabelle tradujo. Él respondió. Isabelle volvió a traducir.

Nada extraordinario, o que pudiera señalarse como una falta.

Sin embargo, cuando Isabelle terminó de hablar, Kael mantuvo los ojos sobre ella un segundo más de lo necesario.

Marguerite lo vio. Y comprendió que la tregua acababa de introducir en Veyron algo que no figuraba en ninguno de los documentos de Kaor.

Una mujer. Inteligente. Una mujer que conocía la lengua de Aurelia.

Una mujer que había llegado al corazón del poder precisamente cuando su esposo estaba dispuesto a negociar el futuro del reino.

Estaba acostumbrada a las mujeres que miraban a Kael. Algunas deseaban al hombre; otras, el poder que lo rodeaba. No le preocupaban. Había aprendido hacía mucho tiempo que el poder atraía admiración, deseo y oportunismo con la misma facilidad con que atraía enemigos.

Isabelle, sin embargo, no lo había mirado como aquellas mujeres.

La joven parecía interesada en comprender a Kael, no en impresionarlo.

Y aquello fue lo que inquietó a Marguerite.

Porque el deseo podía rechazarse. Y la ambición podía vigilarse.

Pero una mujer capaz de comprender verdaderamente a un hombre poderoso podía terminar ocupando un lugar al que ninguna otra hubiera conseguido llegar.

Marguerite no sintió celos. Todavía no.

Sintió algo más incómodo: una advertencia.

 


La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 5: La Habitación Segura

 

El mayordomo aguardó hasta que el último miembro de la delegación hubo entrado en sus habitaciones.

—“Si necesitan cualquier cosa, sólo tienen que solicitarlo.”—

Gaspard inclinó la cabeza.

—“Gracias.”—

El hombre hizo una reverencia impecable y abandonó la estancia. La puerta se cerró.

Isabelle esperó un segundo.

—“Gaspard, creo que deberíamos...”—

Él levantó una mano, sin decir nada.

La expresión de su rostro había cambiado.

Gaspard introdujo su mano en el interior de la chaqueta y extrajo un pequeño dispositivo metálico, apenas mayor que una moneda.

Lo colocó sobre una mesa.

Presionó un botón. Una luz roja apareció en el centro.

Isabelle lo observó.

—“¿Qué es?”—

Gaspard levantó un dedo para pedirle silencio.

El dispositivo emitió un sonido apenas perceptible. a luz roja parpadeó.

Después cambió a verde.

—“Ahora podemos hablar.”—

Isabelle bajó la voz.

—“¿Están escuchándonos?”—

—“Probablemente. Tal vez nos filman. O las dos cosas.”—

—“¿Cómo lo sabes?”—

—“Es lo que haríamos nosotros con los huéspedes diplomáticos. Asumo que es igual en el Palacio de Veyron.”—

Gaspard tomó el pequeño aparato.

—“Esto es un interceptor de frecuencias. Cuando está activado, genera una zona de interferencia que inutiliza los sistemas de grabación que dependan de señales inalámbricas dentro de la habitación.”—

Isabelle miró alrededor.

—“¿Cámaras?”—

—“Audio, cámaras y sensores de transmisión. Los sistemas internos del palacio no pueden enviar información mientras el dispositivo esté funcionando.”—

—“¿Y si tienen sistemas que no dependan de frecuencias?”—

Gaspard sonrió.

—“Entonces esperamos que no los hayan instalado.”—

Isabelle volvió a mirar el aparato.

—“¿Por qué no me habías hablado de esto antes?”—

—“Porque esta es tu primer misión diplomática. No hemos tenido tiempo de entrenarte. Tu nombramiento fue rápido.”—

—“Ah...”—

Gaspard guardó silencio unos instantes.

—“Necesitas aprender algunas cosas antes de empezar a trabajar oficialmente.”—

—“¿Como desconfiar de las paredes?”—

—“Como desconfiar de todo lo que parece demasiado cómodo.”—

Isabelle observó la habitación.

Era difícil imaginar un lugar menos amenazante.

El dormitorio ocupaba casi la mitad de la suite. Había una cama amplia, una pared de cristal inteligente y un balcón desde el que podía contemplarse parte de los jardines de Veyron.

El baño privado parecía más grande que algunos apartamentos de Montreval.

Mármol sintético, bañera de inmersión, duchas de presión regulable y un sistema médico capaz de analizar el estado fisiológico de cualquier persona en cuestión de segundos.

La suite se comunicaba con las habitaciones de los demás miembros de la delegación mediante una sala de estar común.

Había sillones, escritorios y una mesa central donde podían reunirse para trabajar.

Todo era impecable.

Todo parecía diseñado para hacer olvidar que se encontraban en territorio enemigo.

—“Otra cosa”— dijo Gaspard.

Isabelle se volvió.

—“No utilizaremos ningún sistema de comunicación del palacio.”—

—“¿Ni siquiera los canales diplomáticos?”—

—“Para asuntos oficiales, sí. Para todo lo demás, no.”—

—“¿Cómo nos comunicaremos con Kaor?”—

—“Uno de nuestros asesores se encargará.”—

—“¿Quién?”—

—“Francoise.”—

Isabelle conocía el nombre.

—“El asesor de seguridad.”—

—“Sí. Lleva un comunicador cifrado.”—

—“¿Con quién puede hablar?”—

—“Directamente con Valerie.”—

Isabelle asintió.

—“¿Y Ferdinand?”—

—“Valerie informará al duque.”—

Gaspard guardó nuevamente el interceptor.

—“Ésta es tu primera misión. Prefiero enseñarte estas cosas ahora y no después de que alguien haya tenido la oportunidad de utilizarlas contra nosotros.”—

Isabelle sonrió.

—“Empiezas a parecer un hombre paranoico.”—

—“Estoy acostumbrado. Como embajador.”—

—“Eso no es una respuesta.”—

—“En Kaor quizá no. Aquí, sí.”—

Una hora más tarde, Isabelle salía del baño. Había dejado que el agua caliente borrara por unos minutos el cansancio del viaje.

La habitación estaba iluminada con una luz tenue.

Gaspard se encontraba sentado frente a uno de los escritorios, leyendo documentos.

Levantó la mirada.

—“La recepción de esta noche será a las nueve.”—

Isabelle se detuvo.

—“¿Qué recepción?”—

—“La fiesta de bienvenida. Se acostumbra.”—

—“¿Fiesta?”—

—“Kael y Marguerite agasajarán a la delegación.”—

Isabelle caminó hacia el vestidor.

—“No me habías dicho nada.”—

—“No sabía que te interesaría particularmente.”—

—“Por supuesto que me interesa.”—

Gaspard volvió al documento.

—“No te preocupes. Será algo sencillo… protocolar.”—

—“¿Sencillo?”—

—“Saludamos a los soberanos, conversamos, bebemos algo y regresamos a dormir.”—

Isabelle abrió el armario.

—“Eso parece exactamente lo que haría un embajador.”—

—“Porque soy embajador.”—

Ella no respondió. Le habían ordenado las prendar por colores. Vestidos formales, trajes diplomáticos, vestimenta de gala.

Isabelle pasó los dedos por varias telas.

Aquella noche tendría una oportunidad que probablemente no volvería a repetirse.

No se trataba de una simple negociación. Al menos no oficialmente. Estaría en la misma sala que Kael. Probablemente a pocos metros.

Podría observarlo sin la distancia de una audiencia formal. Y él... podría observarla a ella.

Isabelle eligió finalmente un vestido de gala de líneas elegantes, sobrias y cuidadosamente ajustado a su figura. No era escandaloso porque en definitiva no necesitaba serlo. Si quería destacar, no sería por sus formas, sino por sus maneras.

Lo observó cuidadosamente. El corte resaltaba su silueta sin convertirla en el centro evidente de atención. La tela tenía un brillo discreto que cambiaba ligeramente cuando recibía la luz.

Isabelle contempló su reflejo.

Se soltó el cabello. Los mechones castaños, atravesados por reflejos cobrizos, cayeron sobre sus hombros. Luego volvió a recoger una parte. Decidió que debía lograr el equilibrio perfecto: demasiado elaborado parecería intencionado, demasiado sencillo sería desperdiciar la ocasión. Seguramente habría  muchas mujeres atractivas en esa recepción.

Tras varias pruebas, encontró el equilibrio que buscaba.

Gaspard apareció detrás de ella.

—“¿No ibas a ponerte algo sencillo?”—

Isabelle se volvió.

—“Esto es sencillo.”—

Gaspard la contempló durante unos segundos.

—“Claro.”—

Ella sonrió.

—“¿Qué?”—

—“Nada.”—

—“Estás pensando algo.”—

—“Estoy pensando que el embajador de Kaor debería sentirse orgulloso de que su esposa lo acompañe.”—

—“Eso espero.”—

Gaspard regresó a sus documentos.

Isabelle esperó unos instantes. Luego preguntó, con la mayor naturalidad que pudo reunir:

—“¿De qué suelen hablar Kael y Marguerite en estas recepciones?”—

Gaspard levantó la mirada.

—“¿Te preocupa quedarte sin tema de conversación?”—

—“No quiero cometer un error diplomático.”—

—“Bien.”—

Gaspard dejó los documentos.

—“Kael suele interesarse en cuestiones militares, naturalmente. Pero no conviene hablar demasiado de la guerra.”—

—“¿Qué más?”—

—“Historia. Política territorial. Tecnología aplicada a la administración. Infraestructura. Desarrollo. Educación, salud, bienestar.”—

Isabelle escuchaba atentamente.

—“¿Y la reina?”—

—“Marguerite es diferente.”—

—“¿En qué sentido?”—

—“Es muy buena conversando sobre cualquier tema que toques. Si dirige la charla, lo hace hablando de las artes, la arquitectura, la historia de las antiguas casas de Nydara. También tiene bastante interés por la educación y por la conservación cultural.”—

Isabelle asintió.

—“No son improvisados. No tocarán ningún tema delicado. Hablarán de nuestra cultura. De Montreval. De los jardines de la capital. De nuestra música.”—

—“¿Y de la Liga de Veyr?”—

Gaspard sonrió.

—“No hablarán de eso, pero si alguien saca el tema, déjamelo a mí.”—

—“¿Sabes si la reina Marguerite habla otros dialectos de Aurelia, además del oficial?”—

—“Creo que no. Pero no te preocupes, la reina no suele probar a sus agasajados como lo hizo Kael contigo. Solo te hablará en el dialecto oficial.”—

Isabelle fingió aceptar la indicación de buena. Pero había memorizado cada palabra.

Historia, política, tecnología, arquitectura, cultura.

Kael. Marguerite. No necesitaba más.

Gaspard volvió a sus documentos sin sospechar nada.

Isabelle se acercó nuevamente al espejo. Se colocó un pequeño adorno en el cabello. Había pasado años estudiando los idiomas de Nydara.

Meses esperando su nombramiento. Semanas preparándose para aquella misión.

Y ahora estaba a punto de encontrarse con el hombre que había transformado el mapa político del planeta, Kael I de Aurelia.

La leyenda militar. El conquistador. El soberano que había conseguido someter ducados que habían resistido durante generaciones.

Isabelle sabía que aquella noche tenía que comportarse como una traductora.

Como una diplomática. Como la esposa del embajador. Pero, en algún lugar detrás de aquella disciplina, existía otra intención.

Quería hablar con él. Quería descubrir si el hombre era realmente tan inteligente como parecía en los informes. Quería saber qué había detrás de aquellos ojos gris acero.

Y, sobre todo, quería averiguar por qué un hombre que había conquistado casi todo Nydara había decidido detenerse precisamente ante Kaor.

La idea se le ocurrió mientras terminaba de arreglarse.

Durante la audiencia, Kael había cambiado deliberadamente al dialecto antiguo con el que quiso poner a prueba sus conocimientos. Isabelle había respondido sin vacilar. Por unos segundos, ambos habían compartido un idioma que los demás miembros de la delegación apenas comprendían.

Podía utilizarlo, pero no para decir nada comprometedor. No todavía. Simplemente para establecer entre ambos una pequeña complicidad.

Una frase que Kael reconociera como una continuación de aquel intercambio.

Pero había un problema.

Isabelle se volvió hacia el espejo y dijo susurrando en voz baja:

—“Marguerite.”—

No sabía cuánto conocía la reina sobre los dialectos de Aurelia.

Gaspard tampoco había podido asegurárselo. Sabía que Marguerite dominaba la lengua oficial del reino y que había recibido una educación excepcional, pero desconocía si hablaba aquella variante antigua o si simplemente la comprendía.

Y esa diferencia podía resultar decisiva.

Si Isabelle decía algo demasiado personal y la reina lo entendía, podía quedar expuesta.

Peor aún: tal vez Marguerite podía comprenderlo perfectamente y fingir que no lo había hecho. Aquello sería todavía más peligroso. Isabelle no era experta, pero conocía lo suficiente a la diplomacia para evitar confundir silencio con ignorancia.

Necesitaba una frase que sólo Kael pudiera interpretar como una señal de complicidad, pero que, en boca de cualquier otra persona, pareciera perfectamente inocente.

Pensó unos segundos.

Una observación sobre la ciudad. Un comentario sobre el palacio. Algo relacionado con la lengua. Nada que pudiera ser interpretado como una insinuación.

Nada que permitiera a Marguerite convertir una frase inocente en una acusación.

Sonrió. Ya tenía una idea. Si Kael recordaba aquella conversación de la audiencia, comprendería inmediatamente que había elegido deliberadamente el mismo dialecto.

Para los demás, sería simplemente una cortesía. Para él, quizá significaría algo más. Y eso era exactamente lo que Isabelle quería.

No necesitaba que Kael supiera que estaba intentando acercarse a él. Sólo necesitaba que creyera que aquella conversación pertenecía, aunque fuera por unos instantes, únicamente a los dos.

Después de terminar de arreglarse, Isabelle apagó la luz del vestidor.

—“¿Estamos listos?”— preguntó Gaspard.

Ella se volvió.

—“Completamente.”—

Y mientras abandonaban la habitación, Isabelle todavía no sabía que aquella noche no sólo iba a conocer al hombre que había estudiado durante años.

Iba a entrar, por primera vez, en el mundo donde el poder dejaba de ser una palabra escrita en los libros y adquiría un rostro.



La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 6: El Hombre Detrás de la Corona

La recepción había comenzado hacía más de una hora.

El gran salón de Veyron estaba iluminado por cientos de lámparas suspendidas que parecían pequeñas estrellas atrapadas bajo la cúpula. Una orquesta de cámara ocupaba el extremo oriental de la estancia. Sus instrumentos eran modernos, pero habían sido diseñados para reproducir la sonoridad de los antiguos conjuntos de cuerda de la Tierra.

Los invitados conversaban bajo las luces doradas: diplomáticos, aristócratas, oficiales, consejeros. Hombres y mujeres que llevaban décadas esperando que la guerra terminara y otros que habían hecho fortuna gracias a ella.

Gaspard se acercó a la pareja real acompañado de Isabelle.

—“Majestades.”—

Kael volvió el rostro.

—“Embajador.”—

Marguerite, de una belleza exquisita, sonrió con la cortesía exacta que exigía la ocasión.

—“Espero que nuestros aposentos sean de vuestro agrado.”—

—“Más de lo que merecemos, Majestad.”—

—“Eso no lo diga jamás delante de los administradores del palacio. Podrían empezar a cobrar por ello.”—

Gaspard soltó una breve risa.

—“Procuraré guardar el secreto.”—

La conversación continuó por senderos inofensivos. Hablaron sobre el viaje, el clima. La arquitectura de Veyron y los magníficos jardines. Nada que pudiera interpretarse como una negociación.

Isabelle permanecía junto a su esposo. Pero observaba a Kael. No de manera evidente, claro. Había aprendido a estudiar a las personas a través de la paciente observación.

En los informes militares y diplomáticos, Kael era descripto como una figura casi inhumana: estratega, comandante, conquistador.

En los discursos de Aurelia que había leído y en los videos que había observado, era el soberano que había devuelto la unidad a un planeta dividido.

Para sus enemigos, era el hombre que había enterrado generaciones bajo sus campañas. Pero allí, bajo las luces del salón, Isabelle vio algo que no aparecía en ningún informe.

La faceta humana que nadie había descripto. Y el cansancio, que no era evidente a primera vista.

Un observador distraído jamás lo habría advertido. Kael mantenía la espalda recta, sonreía atentamente y respondía a cada interlocutor con la seguridad de quien había nacido para gobernar.

Pero sus ojos parecían más pesados que durante la audiencia. De vez en cuando dejaba escapar una respiración lenta antes de incorporarse nuevamente a la conversación.

Isabelle conocía su historia. Sabía cuántas campañas había dirigido personalmente, cuántos tratados había roto, cuántos enemigos había derrotado. Y cuántos hombres había enviado a morir.

De pronto, comprendió algo que hasta entonces sólo había sospechado: Kael no parecía disfrutar de la guerra. La soportaba como una carga que había heredado de sus antecesores. Y eso era muy diferente a lo que el mundo creía saber de él.

Un hombre podía amar el poder y, al mismo tiempo, estar agotado por el precio que debía pagar para conservarlo.

Isabelle lo contempló mientras hablaba con un aristócrata de Aurelia. Aquel hombre era, para todo el planeta Nydara, el soberano fuerte. El que nunca podía dudar, el que debía decidir.

El hombre que ordenaba el siguiente movimiento, el que no podía mostrar cansancio porque todo un reino dependía de su voluntad.

Pero ¿dónde descansaba un hombre así?

Isabelle pensó en ello.

Si Kael continuaba la guerra, quizá necesitaría otros veinte años para conquistar los últimos territorios de Nydara. Veinte años de campañas, de soldados muertos, de viudas. Veinte años de enemigos. Y, al final, tendría un planeta unido bajo su bandera.

Pero quizá ya no tendría nada dentro de él que pudiera disfrutarlo.

La idea la inquietó. Y también la atrajo. Porque por primera vez, no vio al conquistador. Vio al hombre que había detrás de la corona.

Entonces recordó la frase que había preparado.

Esperó, porque no debía parecer calculada. Aguardó a que Gaspard terminara de hablar sobre las rutas comerciales entre Kaor y Aurelia.

Kael volvió la mirada por un momento hacia Isabelle. Y ella aprovechó el momento.

—“Majestad, he estado pensando en aquella variante del lenguaje de Aurelia que utilizó esta mañana.”—

Kael pareció interesado.

—“¿Sí?”—

—“Creo que eligió deliberadamente una lengua que casi nadie en esta sala comprende.”—

Durante un instante, el ruido del salón pareció alejarse. Kael sostuvo su mirada.

—“¿Y qué le hace pensar que fue deliberado?”—

Isabelle dejó pasar apenas un segundo.

—“Porque me han dicho que un hombre como usted no suele hacer nada por casualidad.”—

Los ojos de Kael cambiaron. No fue una sonrisa completa, fue algo más pequeño. Más privado. Isabelle se dio cuenta que el halago había encontrado su destino.

—“¿Eso le han dicho?”—

—“Lo he leído en suficientes informes como para considerarlo una opinión razonable.”—

—“Los informes militares suelen exagerar.”—

—“Suelen equivocarse, es cierto. Pero no siempre.”—

Kael soltó una breve risa. Gaspard sonrió, creyendo que la conversación era simplemente una muestra del talento diplomático de su esposa.

Marguerite no sonrió abiertamente. Ella era muy observadora y Había algo que no se le escapaba. No era la frase. Era la forma en que Isabelle había esperado el momento exacto para pronunciarla.

La manera en que había sostenido la mirada de Kael. La ligera inclinación de su cabeza. Y, sobre todo, la reacción de su esposo.

Marguerite conocía a Kael. Conocía mujeres que lo admiraban. Conocía las que deseaban al soberano. Y a las que intentaban acercarse a él porque detrás de sus ojos veían el poder de Aurelia.

Pero lo que había visto no era exactamente igual. Isabelle estaba jugando, y lo hacía con inteligencia.

Marguerite desvió la mirada hacia Gaspard.

El embajador parecía completamente ajeno a lo que estaba sucediendo. Eso podía seer casi tranquilizador. Pero la reina conocía demasiado bien las ambiciones para subestimarlas.

Todavía no sentía celos, pero había reconocido un peligro.

Las mujeres que buscaban a Kael podían ser controladas. Pero aquella mujer había comprendido cómo acercarse a él.

La fiesta continuó. Y los invitados comenzaron a desplazarse entre los distintos salones y terrazas interiores. El rey recibió a varios nobles, habló con dos generales y mantuvo una larga conversación con los representantes de una casa comercial de Aurelia.

Isabelle lo observaba de vez en cuando. No quería acercarse demasiado pronto. Había aprendido que la espera también podía ser una forma de estrategia.

Marguerite se encontraba al otro extremo del salón conversando con Gaspard y varios miembros de la delegación de Kaor.

Era el momento.

Kael terminó de hablar con un grupo de invitados y se dirigió hacia una de las galerías laterales. Isabelle dejó su copa sobre una mesa. Esperó unos segundos para coordinar el encuentro.

Y después caminó en la misma dirección. No demasiado rápido, ni demasiado despacio.

Cuando llegó a la galería, Kael estaba contemplando los jardines a través de los enormes ventanales.

Isabelle se detuvo a cierta distancia.

—“Majestad.”—

Kael se volvió.

—“Madame de Montferrand.”—

No había nadie cerca. La música llegaba amortiguada desde el salón.

—“¿Disfruta de la fiesta?”— preguntó él, galante.

—“Más de lo que esperaba.”—

—“Eso me alegra. ¿Y como va su primer experiencia en diplomacia?”— dijo Kael mientras la observaba.

Isabelle miró hacia los jardines.

—“Estoy descubriendo que una corte puede ser más interesante cuando nadie habla de política.”—

—“Entonces estas conversaciones probablemente le decepcionarán.”—

—“No necesariamente.”—

Kael sonrió.

—“Entonces ¿De qué le gustaría hablar?”—

Isabelle pudo haber hablado de la tregua, de las condiciones. De Kaor, de la Liga de Veyr. Había cientos de asuntos que un diplomático podía discutir.

Pero no lo hizo. Siguió su intuición.

—“De la paz.”—

Kael levantó ligeramente las cejas.

—“Pero eso sigue siendo política, madame.”—

Isabelle se volvió hacia él mientras decía:

—“No necesariamente. La paz no es un tratado, Majestad. El tratado es sólo el papel.”—

Kael permaneció callado y pensativo por un momento. Luego preguntó:

—“¿Entonces qué es?”—

—“La paz nace de la buena voluntad de los hombres. Es la posibilidad de que un hombre pueda regresar a su casa sin preguntarse a quién tendrá que enviar a morir mañana.”—

Kael la miró fijamente. Isabelle continuó:

—“Para todos significa poder reconstruir sus ciudades. Renacer. Para Aurelia y Kaor significa dejar de perder hombres.”—

—“Aurelia no está perdiendo la guerra.”—

—“No he dicho eso, majestad.”—

Kael apartó la mirada. Isabelle comprendió de inmediato que había tocado un punto sensible. No debía insistir.

—“Sólo digo que ganar y vivir con la victoria no son necesariamente la misma cosa, majestad.”—

El soberano permaneció en silencio. Durante unos segundos pareció olvidarse de que estaba hablando con la esposa de un embajador.

—“¿Y que piensa de mí?”—

—“No le conozco lo suficiente para pensar nada de usted.”—

Kael sonrió débilmente.

—“Una respuesta prudente.”—

—“Soy traductora. Mi trabajo consiste en no atribuir significados que no están allí.”—

—“Y, sin embargo, hace unos minutos me dijo que sabía que no hacía nada por casualidad.”—

Isabelle sonrió.

—“He dicho que me lo habían dicho. No le estaba juzgando.”—

Kael volvió a reír. Pero esta vez la risa fue distinta, más relajada.

—“¿Sabe qué es lo peor de la guerra?”—

Isabelle negó con la cabeza. Kael giró para contemplar los jardines.

—“Que después de varios años, llega un momento en que todos olvidan por qué empezaron a luchar.”—

Ella esperó mientras él continuaba:

—“Al principio existen razones. Fronteras. Familias. Traiciones. Territorios. Después de unos años sólo quedan muertos que vengar.”—

Isabelle lo observó. Era la primera vez que veía una grieta en aquella imagen del conquistador. No era una debilidad, sino algo más humano.

—“Quizá por eso una tregua sea importante.”— dijo Isabelle.

Kael la miró mientras terminaba la idea:

—“Quizá todavía quede tiempo para que nuestros pueblos recuerden cómo vivir sin la guerra, majestad.”—

El silencio entre ambos se hizo largo, pero de cercanía. Kael bajó ligeramente la voz.

—“Habla usted como si creyera que la paz es posible, madame.”—

—“Creo que siempre es posible cuando los corazones son nobles, majestad.”—

—“¿Y cree en la nobleza de todas las partes, Isabelle?”— era la primera vez que le llamaba por su nombre.

—“Si, majestad. Creo que tanto usted como el duque Ferdinand son leales. Y entre personas leales siempre existe buena voluntad.”—

Isabelle sostuvo su mirada. Kael no respondió. Parecía estudiar su temperamento.

La traductora supo entonces que algo había cambiado. El rey había esperado encontrar en ella a una traductora inteligente, quizá una diplomática hábil.

En cambio había encontrado a alguien que parecía comprender lo que casi nadie se atrevía a decirle. Que la victoria sobre sangre derramada podía ser otra forma de derrota.

Y que detrás de la soberanía el compromiso por la paz no era debilidad.

Por primera vez en mucho tiempo, un enemigo parecía estar hablando con ese hombre con lealtad.

Desde el salón llegó una ráfaga de música. Isabelle hizo una pequeña reverencia.

—“No debería robarle más tiempo, Majestad.”—

Kael la detuvo con una frase.

—“Isabelle.”—

Ella se volvió. De alguna manera la mujer se conmovió al sentir que le llamaba por su nombre.

—“Sí, Majestad.”—

Kael la observó durante un instante. Luego dijo:

—“Me alegra que haya venido a Aurelia.”—

Isabelle sonrió.

—“A mí también.”—

Y regresó al salón.

Kael permaneció unos segundos junto al ventanal.

No habían hablado de tratados ni de territorios. No habían hablado de ejércitos. Y, sin embargo, aquella conversación le había parecido más importante que muchas de las reuniones celebradas durante los últimos meses.

Desde el otro extremo de la sala, Marguerite observó a Isabelle regresar junto a Gaspard. Después miró a su esposo.

Kael seguía en la galería.

La reina no necesitó preguntarle qué había ocurrido, pero por la expresión de su rostro, lo sabía.

Aquella noche la reina consorte comprendió que la mujer de Kaor no había venido a Veyron solamente para traducir palabras. Había empezado a traducir a Kael mismo.

Y eso la volvía muy peligrosa.



La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 7: El Precio de una Sospecha

 

La fiesta terminó después de medianoche.

Cuando los últimos invitados abandonaron los salones de Veyron, Marguerite permaneció unos minutos más junto a una de las ventanas del gran salón.

Desde allí podía ver las luces de los jardines suspendidas sobre los senderos y, más allá, las torres de la residencia real recortadas contra el cielo oscuro de Aurelia.

Había observado a Isabelle toda la noche. No había cometido ningún error evidente.

Y precisamente por eso resultaba peligrosa.

La joven no había hecho nada que pudiera ser utilizado contra ella. Había hablado con Kael, había sonreído, había demostrado inteligencia y había conseguido algo mucho más importante que una concesión diplomática.

Había conseguido que Kael quisiera volver a verla.

Marguerite conocía suficientemente bien a su esposo para saberlo. Y no pensaba esperar a descubrir hasta dónde podía llegar aquello.

Dos días después, uno de los consejeros reales solicitó una audiencia privada con Kael.

Era un hombre de confianza de Marguerite, miembro del Consejo de Aurelia y propietario de una de las familias más antiguas del reino.

El segundo apareció esa misma tarde. Ambos utilizaron argumentos distintos.

Pero los dos llegaron a la misma conclusión.

—“La traductora de Kaor ha jugado sus cartas de modo inteligente.”— dijo el primer consejero —“Y ha conseguido acercarse a Su Majestad con una facilidad que debería preocuparnos.”—

Kael levantó los ojos de los documentos.

—“¿Insinúas que es una espía?”—

—“No afirmo que lo sea.”—

—“Pero lo sugieres.”—

—“Sugiero mantener a nuestros enemigos cerca para poder controlarlos, Majestad. Pero recordando que son nuestros enemigos.”—

Luego de eso, el consejero guardó silencio.

—“Kaor necesita la paz.”— continuó Kael —“Para eso ha enviado a un embajador.”—

—“Y a una supuesta esposa. No digo que no lo sea, pero es muy atractiva, por cierto.”—

—“Y que además es la traductora oficial de la delegación.”—

—“Una traductora que conoce nuestras lenguas, nuestra historia y nuestros sistemas administrativos.”—

Kael apoyó las manos sobre el escritorio.

—“Eso se llama competencia profesional.”—

El hombre respiró lentamente.

—“Majestad, sólo le pido que no permita que una mujer inteligente confunda sus objetivos durante las conversaciones usando una posición de influencia.”—

Kael no respondió.

La conversación terminó poco después. La segunda advertencia fue algo más directa.

—“Isabelle de Montferrand no ha hecho nada ilegal o impropio.”— dijo el otro consejero —“Pero su comportamiento merece vigilancia.”—

—“Todos están bajo vigilancia y control ¿Por qué te preocupa la traductora especialmente?”—

—“Porque parece saber exactamente cómo llamar vuestra atención.”—

Kael lo miró con frialdad.

—“¿Acaso eso es un delito o genera sospecha?”—

—“No.”—

—“Entonces no tenemos nada que discutir.”—

El consejero se retiró.

Kael permaneció solo. Sabía perfectamente de dónde procedían aquellas advertencias. Y sabía que no eran casuales.

Aquella misma noche habló con Marguerite.

La encontró en uno de los pequeños salones privados del palacio, leyendo informes mientras una pantalla holográfica proyectaba sobre la mesa mapas de las zonas fronterizas.

—“Dos de tus consejeros han hablado conmigo sobre Isabelle de Montferrand.”—

Marguerite no levantó inmediatamente la mirada.

—“¿Ah, sí?”—

—“Dicen que podría ser una espía.”—

—“Podría. No sería nada extraño ¿O sí?”—

Kael frunció el ceño.

—“No me parece probable.”—

—“No he dicho que lo sea. Pero las precauciones nunca están de más.”—

—“Entonces ¿qué quieres que haga?”—

Marguerite cerró el informe.

—“Que tengas cuidado.”—

Kael se acercó.

—“¿Por qué?”—

Marguerite sostuvo su mirada.

—“¡Oh, vamos, Kael! ¿Me crees ingenua? No es una golfa cualquiera. Esa mujer no se conformará con  tu cama. Es evidente que busca algo más importante que eso.”—

El silencio fue cortante. Kael terminó sonriendo. No porque la idea le hubiera resultado graciosa, sino porque le parecía absurda.

—“¿Isabelle? ¿La traductora?”—

—“No te hagas el desentendido. Sabes que sí.”—

—“Marguerite, apenas la conocemos.”—

—“Precisamente a ella, admito no conocerla. Pero te conozco a ti. Y la facilidad con que las damiselas pueden entrar a tus sábanas.”—

Kael negó con la cabeza, molesto con la situación.

—“No voy a convertir a cada persona que se acerca a mí en una amenaza.”—

—“No te pido eso. Solo te pido control sobre tus impulsos.”—

—“Pues parece que te estás entrometiendo sin que nadie lo haya pedido.”—

Marguerite lo observó durante unos segundos.

—“Te estoy pidiendo que recuerdes quién eres y lo que representas.”—

Kael tomó el informe que ella había dejado sobre la mesa.

—“Lo recuerdo todos los días.”—

—“Entonces recuerda también que todos los que quieren algo de ti saben que eres hombre antes que rey.”—

Kael dejó el documento.

—“Y tú pareces haber olvidado que yo sé distinguir entre una mujer que quiere poder y una mujer que simplemente sabe hablar conmigo.”—

Marguerite no respondió.

Pero cuando Kael abandonó la habitación, su expresión había cambiado.

No estaba celosa. Ese tiempo había pasado hacía ya mucho. Más bien estaba preocupada. Y, por primera vez, tenía la sensación de que su advertencia había llegado demasiado tarde.

. . .


Las negociaciones continuaron.

Durante los días siguientes, el Palacio de Veyron se transformó en un complejo diplomático. Las reuniones se sucedían desde las primeras horas de la mañana.

Delegados de Kaor, juristas de Aurelia. Expertos militares, economistas y hasta historiadores.

Y por supuesto, ingenieros encargados de estudiar las futuras fronteras.

Los mapas de Nydara aparecían sobre las mesas como grandes superficies luminosas, mostrando territorios, corredores de tránsito, centros industriales y líneas de suministro.

La guerra llevaba más de dos siglos. Y sabían que la paz no podía resolverse en una tarde. Cada palabra podía cambiar el destino de miles de personas.

La delegación de Kaor mantenía comunicación constante con Valerie de Beumont. La duquesa seguía las conversaciones desde Kaor y enviaba instrucciones mediante los canales seguros.

Gaspard recibía las directrices. Analizaba, negociaba, respondía. Isabelle traducía y daba sentido a las frases e intenciones.

Pero algo había cambiado. Durante una de las primeras reuniones formales, Kael sorprendió a todos con una solicitud:

—“Madame de Montferrand se sentará con nosotros.”—

Gaspard levantó ligeramente la cabeza.

—“Majestad, mi esposa cumple funciones de traducción.”—

—“Lo sé, pero como enviada de los duques de Kaor, su presencia y capacidad nos garantizará evitar malos entendidos.”—

Isabelle permaneció inmóvil mientras Kael I continuaba:

—”Y, por lo que me consta, goza de su confianza.”—

Gaspard no quiso contradecirlo para evitar futuros incidentes diplomáticos.

—“Naturalmente. Si así lo desea, Majeestad.”—

Isabelle tomó asiento en la mesa de negociaciones, concretándose así el primer cambio.

El segundo llegó un par de días después.

Una cuestión relacionada con los corredores comerciales de la frontera provocó un desacuerdo entre ambas delegaciones. Gaspard estaba preparando una respuesta cuando Kael miró a Isabelle para preguntarle:

—“¿Cuál es su opinión?”—

El embajador se quedó inmóvil. Isabelle, sorprendida, intentó explicar:

—“Majestad, mi función...”—

—“No le he preguntado cuál es su función.”—

Los diplomáticos quedaron en silencio. Isabelle miró los mapas y después de unos segundos, dijo:

—“Creo que ambas partes están interpretando el corredor como una cuestión territorial.”—

Kael la observó intrigado.

—“¿Acaso no lo es?”—

—“No exclusivamente.”—

Señaló una zona del mapa.

—“Para Kaor representa un acceso económico. Pero para Aurelia representa seguridad militar. Si ambas partes siguen hablando de soberanía, no se podrá llegar a un acuerdo.”—

Uno de los juristas de Aurelia intervino.

—“¿Qué propone?”—

—“Que se considere la creación de un corredor administrado conjuntamente.”—

Gaspard la miró. Y pensó que era una idea razonable. Pero esa postura no había sido consultada con los duques.

Kael sonrió ligeramente al decir:

—“Continúe, por favor.”—

Y continuó. Aquella tarde, Isabelle comprendió que su posición dentro de la delegación había cambiado.

Ya no era simplemente la mujer que traducía documentos. Kael quería escuchar sus ideas. Y ella sabía perfectamente cómo utilizar esa oportunidad.

. . .


Las reuniones privadas comenzaron poco después.

Siempre existía una justificación razonable: un documento que necesitaba traducción precisa, una cláusula cuya interpretación podía alterar el sentido del tratado. Un informe técnico. O una expresión antigua de la legislación aurelia.

Kael encontraba razones para buscar su intervención. Isabelle accedía de muy buena gana.

La primera vez que un asistente real acudió a buscarla, Gaspard estaba revisando documentos.

—“Su Majestad solicita la presencia de Madame de Montferrand.”—

Gaspard levantó la vista.

—“¿Ahora?”—

—“Así me instruyeron. Inmediatamente.”—

Isabelle cerró el documento que estaba leyendo.

—“¿De qué se trata?”—

—“Tengo entendido que son un conjunto de documentos antiguos.”—

Gaspard asintió.

—“Ve. Pero no comprometas ninguna postura actual o futura.”—

Ella salió. La reunión duró casi dos horas. Cuando regresó, Gaspard seguía trabajando.

—“¿Qué documentos eran?”—

Isabelle dejó algunos papeles sobre la mesa.

—“Una serie de disposiciones jurídicas de Aurelia.”—

Gaspard tomó uno, y los examinó.

—“Esto parece bastante sencillo.”—

Isabelle sonrió.

—“Eso es parte de lo que me dejaron copiar. Los otros documentos eran más complejos. La traducción jurídica no suele ser sencilla.”—

Él embajador no insistió.

La segunda reunión tuvo lugar dos días después. La tercera, al día siguiente. Y después comenzaron a aparecer otras. Algunas tenían una justificación evidente.

Otras no.

Y Kael cada vez parecía encontrar más motivos para hablar con ella. Isabelle sabía perfectamente que varias de aquellas traducciones podían esperar.

Pero no se quejaba. Y tampoco preguntaba demasiado. Había dejado de fingir ante sí misma que aquellas reuniones eran únicamente diplomáticas.

Le gustaba estar con Kael. Le seducía el poder y su inteligencia. El modo de trabajar la ironía.

En esas reuniones dejaba de ser el soberano durante algunos minutos y hablaba como un hombre que llevaba demasiado tiempo sin poder confiar en nadie.

Y, sobre todo, le gustaba que él la escuchara. No se sentía una mujer admirada. Se sentía una mujer importante. Y la diferencia era enorme.

A raíz de esos requerimiento extraordinarios, Isabelle también comenzó a comunicarse con la duquesa Valerie con mayor frecuencia.

En uno de aquellos mensajes cifrados, la duquesa preguntó:

—“¿Cómo avanzan las conversaciones?”—

Isabelle respondió:

—“Kael está dispuesto a escuchar soluciones que antes habría rechazado.”—

—“¿Y eso?”—

—“Las reuniones privadas están ayudando.”—

Valerie permaneció en silencio durante unos segundos.

—“¿Reuniones privadas?”—

Isabelle sonrió ante el comunicador.

—“Para analizar documentos.”—

No era exactamente una mentira.

—“¿Y cuántas veces necesita analizar los documentos para quitarse las dudas?”—

Isabelle no respondió inmediatamente.

—“El trabajo es lento, pero estamos avanzando.”—

Valerie comprendió que había algo más, pero no insistió. Todavía.

Isabelle continuó hablando.

—“Creo que la firma de una tregua o un tratado de paz definitivo es posible. Kael está considerando seriamente algunas propuestas de Kaor.”—

La duquesa escuchó, y terminó diciendo:

—“Sigue informándome.”—

—“Lo haré.”—

La comunicación terminó.

Isabelle permaneció unos segundos mirando el aparato. Había descubierto algo nuevo. Que podía aumentar su importancia. Y para eso no necesitaba inventar acontecimientos.

Sólo debía presentarlos de manera que Valerie comprendiera que su presencia cerca de Kael era útil para la misión.

Y, mientras más útil pareciera, más libertad tendría.

Pero Valerie tenía demasiada experiencia en las intrigas palaciegas para no comprender lo que estaba sucediendo.

Una tarde solicitó una comunicación privada con Gaspard.

Cuando el embajador apareció en la pantalla, la duquesa estaba sola.

—“Gaspard, necesito hablar contigo como amigo.”—

Él adoptó una expresión seria.

—“Te escucho.”—

Valerie dudó apenas una fracción de segundo.

—“No quiero incomodarte, pero es necesario.”—

—“Entonces ya me has incomodado.”—

Ella casi sonrió.

—“Es Isabelle.”—

Gaspard se quedó inmóvil.

—“¿Qué ocurre?”—

—“Creo que debes tener cuidado con la información que compartes con ella.”—

—“¿Por qué?”—

Valerie bajó la voz.

—“Sospecho que está teniendo un amorío con Kael.”—

El rostro de Gaspard perdió toda expresión. Y durante varios segundos no dijo nada.

—“Eso es una acusación grave.”—

—“No te estoy acusando a ti. Pero muchas cosas de Isabelle me indican esa posibilidad.”— dijo vagamente.

—“Es grave lo que estás sugiriendo.”— repitió Gaspard. Estaba profundamente conmovido.

—“Estoy tratando de proteger la misión… y protegerte como amigo.”—

Gaspard apartó la mirada.

—“Isabelle es mi esposa.”—

—“Lo sé. Y también es mi amiga.”—

—“Y confío en ella.”—

—“También lo sé, pero sé de lo que Isabelle es capaz. Y esto en particular, no te lo mereces.”—

Valerie hizo una pausa.

—“Si lo que creo es cierto, y está involucrada con Kael, ha dejado de ser objetiva.”—

Gaspard respiró lentamente. Sintió que la sangre le subía al rostro. Una parte de él quiso rechazar inmediatamente aquella idea.

Pero otra, más racional, recordó detalles que hasta entonces había preferido ignorar. Los horarios, las reuniones imprevistas, las ausencias. Y algunas respuestas evasivas.

—“¿Qué te hace pensar eso?”—

Valerie lo miró con cautela.

—“No soy ciega. Y sé desde hace tiempo de la admiración que ella siente por Kael. Ayudé a su nombramiento porque pensé que sería útil, pero nunca imaginé que su admiración la llevaría hasta el dormitorio del rey.”—

Gaspard cerró los ojos un instante.

Después comenzó a reconstruir los últimos días. Isabelle había cambiado pero no de una manera evidente. No había discutido con él, ni se había vuelto hostil.

Simplemente se había vuelto distante, más fría. Las conversaciones que antes compartían habían disminuido. Llegaba tarde a la habitación y a veces desaparecía durante horas con juntas imprevistas.

Cuando preguntaba dónde había estado, siempre existía una explicación: una  reunión urgente. Un documento. Una traducción urgente. Siempre era un asunto de protocolo.

Y Kael también desaparecía a veces en esas mismas circunstancias. No siempre. pero con demasiada frecuencia. Gaspard ya antes había estado en misiones diplomáticas con el rey. Y ese comportamiento no era habitual.

Gaspard recordó la noche de la fiesta de bienvenida. Ahora se daba cuenta que fue un coqueteo disfrazado de ingenio. Recordó la forma en que ambos habían sonreído. Como cómplices de un chiste privado.

En aquel momento había pensado que sólo era una conversación diplomática. Ahora la recordaba de otra manera.

—“¿Gaspard?”—

Él abrió los ojos.

—“Estoy aquí, duquesa.”—

—“No hagas nada impulsivo.”—

—“No pensaba hacerlo. Tengo en claro mis lealtades, Valerie.”

—“Eso lo sé. Pero conozco tu carácter.”—

Gaspard soltó una risa seca.

—“No haré nada que afecte a la negociación. Ten por seguro que responderé a tu lealtad con la mía.”—

Valerie bajó la mirada.

—“Hubiera preferido no tener que decir nada.”—

—“Lo entiendo… amiga mía. Y te agradezco la advertencia.”—

La comunicación terminó.

Gaspard permaneció sentado frente a la pantalla apagada.

Durante unos minutos no hizo nada.

Después miró el reloj. Isabelle todavía no había regresado. Por primera vez desde que habían llegado a Aurelia, Gaspard no pensó en la guerra, ni en el tratado. Ni en el duque Ferdinand.

Pensó en la duquesa Valerie, que a pesar de ser amiga de Isabelle, le había respondido con lealtad ante el problema.

Pensó en su esposa.

Y comenzó a preguntarse cuánto de lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos había decidido no ver.




La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 8: La Sombra de la Reina

 

Marguerite había llegado a una conclusión que no le gustaba: no podía separar a Isabelle de Kael mediante argumentos racionales. Y tampoco podía hacerlo mediante protocolos porque era parte de la delegación diplomática.

Cada intento de limitar el acceso de la traductora terminaba produciendo el efecto contrario. Kael encontraba una nueva razón para convocarla, y cada reunión privada aumentaba la confianza entre ambos.

Marguerite había intentado advertirle. Había utilizado a sus consejeros. Y había cuestionado la lealtad de Isabelle.

Pero nada de eso había funcionado.

Entonces, sabiendo exactamente lo que estaba pasando, decidió que necesitaba pruebas que mostraran exactamente qué estaba ocurriendo entre el rey Kael y la extranjera.

Fue una decisión peligrosa. Porque para hacerlo tendría que cruzar una frontera que ninguna reina consorte debía cruzar.

Comenzó por las comunicaciones. Uno de sus consejeros más fieles consiguió acceso a determinados sistemas de vigilancia interna del palacio. Después llegaron los pequeños drones, que eran casi invisibles.

Del tamaño de un insecto, podían desplazarse silenciosamente por los corredores y permanecer inmóviles durante horas.

Marguerite ordenó que siguieran principalmente a Isabelle. Pero en realidad también vigilaban a Kael.

Quería saber dónde estaban, con quién hablaban, cuánto tiempo permanecían juntos. Qué hacían y decían. No tardó en obtener respuestas.

Las imágenes mostraban a Isabelle entrando repetidamente en las dependencias privadas del rey. No todas las reuniones comenzaban con documentos.

Y casi todos esos “encuentros” terminaban en las sábanas.

Marguerite comprendió entonces que sus sospechas habían sido ciertas. Pero la certeza no le produjo alivio, sino miedo.

Porque aquello ya no era una rivalidad cortesana. Era una amenaza para su matrimonio, para su posición y, potencialmente, para la estabilidad del reino.

Uno de sus consejeros intentó hacerla entrar en razón.

—“Majestad, deberíamos detenernos aquí.”—

Marguerite no apartó los ojos de la pantalla.

—“¿Por qué lo dices?”—

—“Porque si el rey descubre que estamos vigilándolo...”—

—“No lo descubrirá.”—

—“Pero si lo hace, Madame, no importará que usted sea la reina.”—

Marguerite lo miró y el hombre bajó considerablemente la voz.

—“Podría considerarlo alta traición.”—

La palabra quedó suspendida entre ambos: alta traición. Marguerite comprendía perfectamente lo que significaba. Podía perder el título, la libertad y la vida.

—“Entonces tendremos que ser sumamente cuidadosos.”— dijo.

. . .


El siguiente paso fue todavía más arriesgado. Marguerite recurrió a un orfebre de confianza.

El hombre recibió una instrucción peculiar: reproducir una de las condecoraciones ceremoniales que Kael llevaba habitualmente sobre el pecho. La réplica debía ser perfecta en peso, acabado y material. Incluso debía replicar las pequeñas imperfecciones del original.

Dentro de ella se ocultaría una cámara microscópica.

El resultado fue prácticamente indistinguible. Marguerite comenzó a observar a Kael desde otra perspectiva. Ya no necesitaba que los drones estuvieran presentes.

El propio rey llevaba consigo el instrumento de su vigilancia. Y las imágenes que recibió siguieron confirmando el amorío.

Isabelle y Kael habían dejado de fingir ante sí mismos que aquello era solamente una relación diplomática.

Marguerite observó una de las grabaciones. Después otra. Y finalmente apagó la pantalla, porque no quiso volver a mirar.

No necesitaba más pruebas, pero sí necesitaba una estrategia. Porque no podía mostrar aquellas imágenes. Su consejero fue tajante:

—“Si las hace públicas, Majestad, el rey descubrirá inmediatamente cómo las obtuvo. De inmediato preguntará quién colocó los dispositivos.”—

Marguerte permaneció callada.

—“Y cuando descubra que lo hemos estado vigilando… nos ejecutará.”—

—“Entonces no las difundiremos.”—

—“¿Qué hará con ellas?”—

Marguerite observó el dispositivo que contenía las grabaciones.

—“Encontraré a alguien que tenga algo que perder con estas pruebas.”—

 

. . . 

 

Los rumores comenzaron a expandirse poco a poco.

En los corredores del Palacio de Veyron empezó a escucharse el nombre de Isabelle acompañado de palabras cada vez menos discretas: ambiciosa, intrigante. Adúltera.

Algunos llegaron más lejos.

Pero Marguerite no necesitaba destruirla públicamente. Necesitaba destruir su posición dentro de la delegación. Y sabía cuál era el punto más débil: Gaspard.

Una tarde, mientras Isabelle se encontraba en una de sus habituales reuniones privadas con Kael, Marguerite envió una invitación al embajador.

—“Necesito hablar con usted a solas.”—

Gaspard acudió.

La reina lo recibió en un salón privado, sin asistentes ni personal de servicio. Tampoco habían guardias dentro de la habitación.

Marguerite señaló una silla.

—“Embajador.”—

—“Majestad.”—

Gaspard se sentó, mientras la reina eligió permanecer de pie.

—“Embajador, lamentablemente, tenemos un problema común.”—

Gaspard frunció el ceño.

—“¿Cuál, Majestad?”—

Marguerite colocó un pequeño dispositivo sobre la mesa mientras le respondía:

—“Su esposa, Isabelle.”—

Gaspard la miró asombrado.

—“¿Isabelle?”—

—“Sí.”— dijo la reina mientras le invitaba a activar el dispositivo.

Gaspard activó la grabación. Al principio no comprendió, porque se veía a Isabelle entrar en la habitación de Kael, pero la reina le pidió paciencia.

Después de medio minuto, su rostro quedó completamente descompuesto.

La grabación había terminado. Y durante unos segundos nadie habló.

—“¿De dónde ha obtenido esto?”— preguntó Gaspard tratando de no perder la compostura.

Marguerite no respondió.

—“Majestad, le he preguntado de dónde...”—

—“Eso no es lo que importa… ¿o si?”—

Gaspard levantó la mirada.

—“Tiene razón.”— admitió el embajador.

—“Lo importante es que es auténtico.”— dijo la reina.

El embajador volvió a mirar la pantalla, ahora apagada.

—“¿Por qué me lo ha mostrado? ¿Qué quiere de mí?”—

—“Que comprenda que su esposa está comprometiendo toda la misión diplomática. Y ya no es de confiar para su delegación.”—

Gaspard apretó la mandíbula.

—“Y yo debería… ¿hacer qué?”—

—“Le estoy dando la posibilidad de impedir que la misión de paz fracase. Y tal vez de evitar que esto destruya su carrera.”—

El silencio fue largo. Luego, Marguerite habló con más suavidad.

—“No quiero perjudicarlo, Gaspard. Le conozco de hace tiempo. Pero tampoco quiero una crisis entre Kaor y Aurelia.”—

Aquello era cierto, aunque no fuera toda la verdad.

—“¿Qué espera que haga?”—

—“Que la retire de la delegación.”—

Gaspard se levantó.

—“Hablaré con ella, Majestad.”—

Marguerite asintió.

—“Es lo mejor para todos.”—

Cuando el embajador salió, la reina permaneció sola.

Había conseguido exactamente lo que quería. O al menos, eso creyó.

 

. . .

 

La puerta de la habitación se cerró con violencia. Isabelle se volvió.

—“¿Qué ocurre?”—

Gaspard arrojó el dispositivo sobre la mesa.

Ella lo miró. Después de un par de minutos, miró a su esposo.

No necesitó preguntar. Y ni siquiera intentó defenderse.

—“¿Dónde lo conseguiste?”—

—“Eso no es importante.”—

—“Sí importa.”—

—“¿Cuántas veces?”—

Isabelle guardó silencio.

—“Te estoy preguntando cuántas veces te has revolcado con él.”—

Ella bajó la mirada. Y Gaspard comprendió la respuesta.

—“Dios mío… y en plenas negociaciones.”—

Se pasó una mano por el rostro.

—“Soy el embajador de Kaor. Tu esposo. Y resulta que todo el palacio sabe que estás acostándote con el único hombre al que no puedo enfrentar. No tienes dignidad, lealtad. Ni honor.”—

—“No todos lo saben...”—

—“¿Eso es lo que vas a decirme? ¿Acaso crees que es menos cruel para mí que lo sepan pocas personas en el palacio? ¡Eres una desvergonzada!”

—“Gaspard...”—

—“¡No!”—

La palabra resonó en la habitación. Isabelle retrocedió un paso, avergonzada.

—“¿Sabes lo que significa esto para mí?”—

—“Sí...”—

—“¡No, no lo sabes!”—

Gaspard señaló el dispositivo.

—“Ese hombre es el enemigo político de nuestro ducado. Tú eras mi esposa. Y mientras yo paso horas negociando con sus ministros, tú estás en sus habitaciones, revolcándote mientras tienes sexo.”—

—“Kael quiere la paz.”—

—“¡Claro... y así la estás negociando!”—

Isabelle no respondió. Gaspard respiró con dificultad. Y cerró los ojos.

Aquello parecía dolerle desde el fondo de su alma.

—“Ya no puedo confiar en ti.”—

—“Eso no significa que haya traicionado a Kaor.”—

—“¿No?”— dijo Gaspard.

Isabelle bajó la cabeza mientras el embajador continuaba:

—“¿Entonces qué estás haciendo?”—

Ella respondió sin titubear:

—“Consiguiendo algo que tú no has conseguido.”—

Gaspard la miró incrédulo.

—“¿Qué? ¿La paz?”— el embajador soltó una risa amarga. —“¿Te has convencido de que estás haciendo esto por Kaor?”—

—“Lo estoy haciendo.”—

—“Te has dejado seducir por él, o tal vez te has enamorado.”—

Isabelle permaneció en silencio.

—“Y ahora quieres convencerme que tu sexo es una estrategia diplomática.”—

—“No he dicho eso.”—

—“No. Has dicho algo peor.”—

Gaspard señaló la puerta.

—“No voy a ser el hombre que todos miran mientras mi esposa se acuesta con el rey.”—

Abrió la puerta. En el corredor estaban los otros miembros de la delegación. Habían oído los gritos.

Gaspard se detuvo.

—“Vuelvan a sus habitaciones, por favor. Es un momento privado.”—

Los hombres obedecieron.

Él cerró la puerta y respiró profundamente.

Isabelle permaneció sola.

Y comprendió por primera vez que nunca podría recuperar su matrimonio. Esperó unos minutos. Y después activó el comunicador seguro.

Valerie apareció en la pantalla.

—“Isabelle.”— dijo la duquesa.

—“Tenemos un problema.”—

—“¿Qué ha ocurrido?”—

—“Marguerite me está vigilando.”—

Valerie frunció el ceño.

—“¿Estás segura?”—

—“Controla las comunicaciones. Ha instalado dispositivos de vigilancia. Tiene un video mío acostada con Kael.”—

Valerie guardó silencio.

—“¿Y Gaspard?”—

—“Está fuera de sí.”—

—“¿Qué le dijiste?”—

—“La verdad.”—

—“¿Y qué verdad es ésa?”—

Isabelle respiró profundamente.

—“Que Kael está dispuesto a negociar.”—

Valerie comprendió inmediatamente.

—“Isabelle… tienes que abandonar la delegación inmediatamente.”—

—“Si conseguimos un tratado favorable, Kaor podría obtener más de lo que jamás habría conseguido mediante la guerra. Puedo hacerlo.”—

—“No. Abandona las negociaciones ahora.”—

—“No voy a abandonar Aurelia, Valerie.”—

Valerie cerró los ojos.

—“Te lo advierto. Cuida muy bien lo que dices.”—

—“Haz que Ferdinand me nombre embajadora en lugar de Gaspard.”—

—“¿Qué? ¿Estás loca?”—

—“Gaspard no puede continuar.”—

—“Isabelle, esto es una locura.”

—“No. Estoy segura que Kael romperá las negociaciones si yo no estoy.”—

La idea de nombrar a Isabelle como embajadora extraordinaria no fue aceptada ni por Valerie ni por Ferdinand.

Valerie comprendió enseguida que aquello podía convertirse en una crisis diplomática. Gaspard seguía siendo, oficialmente, el embajador acreditado ante Aurelia, y sustituirlo en plena negociación podía interpretarse como una humillación pública o, peor aún, como una maniobra interna de Kaor.

—“No puedes simplemente ocupar su lugar.”— le advirtió Valerie —“Hay protocolos, credenciales y un gobierno entero detrás de esta delegación.”—

Isabelle permaneció firme.

—“Entonces tendremos que explicar las razones.”—

—“¿Y qué explicación propones?”—

Isabelle hizo una pausa antes de responder.

—“Que si me retiran de la mesa, Kael abandonará las negociaciones.”—

Valerie la observó en silencio.

—“¿Estás segura de eso?”—

—“Completamente.”—

—“Eso es una afirmación muy peligrosa.”—

—“No si es cierta.”—

Valerie decidió comprobarlo.

A través de los contactos que Kaor había establecido dentro de la corte de Aurelia, hizo llegar discretamente la pregunta que nadie quería formular directamente: qué ocurriría si Isabelle de Montferrand abandonaba la delegación.

La respuesta llegó poco después.

Los representantes de Kael habían hecho saber que el rey consideraba indispensable la presencia de Isabelle en las conversaciones. Si ella abandonaba Aurelia, las negociaciones quedarían suspendidas.

Valerie leyó el informe dos veces.

Después apoyó lentamente las manos sobre el escritorio. Aquello ya no era una cuestión matrimonial. Tampoco una simple irregularidad diplomática.

Isabelle había conseguido convertirse en una pieza que el propio rey de Aurelia consideraba necesaria.

—“Está bien.”— dijo finalmente la duquesa. —“Cuando vuelvas a Kaor serás severamente castigada. Por ahora, trataremos de solucionar esta crisis.”—

Isabelle levantó la mirada.

—“¿Entonces?”—

—“Gaspard regresará a Kaor.”—

Hubo un breve silencio.

—“¿Y yo?”—

Valerie suspiró. Su facciones no estaban distendidas.

—“Tú permanecerás.”—

Isabelle no ocultó su satisfacción.

—“Pero dejas de ser la traductora oficial. Serás una secretaria de bajo nivel.”—

Isabelle sonrió ligeramente.

—“Eso no me importa.”—

Valerie la estudió con una mezcla de preocupación e ira.

—“Me lo imagino. Nunca pensé que terminarías comportándote como una ramera.”—

La solución fue cuidadosamente presentada para evitar una ruptura diplomática grave. Uno de los miembros de la comitiva, un funcionario con experiencia suficiente para asumir formalmente la representación de Kaor, fue nombrado embajador provisional. Gaspard no tuvo alternativa, y recibió la orden de regresar inmediatamente al ducado.

Su situación personal había hecho imposible que continuara encabezando la misión.

La noticia se transmitió al Palacio de Veyron con todas las formalidades necesarias. Kael aceptó la modificación sin ocultar su alivio.

Para Isabelle, aquello era más importante que cualquier título. Había llegado a Aurelia como la esposa de un embajador. Había sido la traductora oficial. Luego había conseguido sentarse a la mesa de negociaciones.

Ahora ni siquiera necesitaba conservar un cargo oficial para permanecer allí. Porque había descubierto algo mucho más poderoso.

Kael la quería cerca.

Y mientras el rey de Aurelia estuviera dispuesto a arriesgar una negociación de paz de dos siglos para mantenerla a su lado, Isabelle comprendió que acababa de adquirir algo que ninguna credencial diplomática podía concederle: la atención absoluta del hombre que podía decidir el futuro de Nydara.



La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 9: La Regencia

 

Marguerite terminó comprendiendo que ho había forma de hacer que Isabelle se marchara lejos de Aurelia.

Había intentado desacreditarla, aislarla. Había intentado utilizar a Gaspard. Incluso había conseguido que buena parte de la corte comenzara a murmurar sobre la relación entre la embajadora y el rey.

Pero ninguna de las intrigas palaciegas había servido.

Peor aún: cuanto más intentaba apartarla, más indispensable parecía volverse Isabelle para Kael. La reina llegó entonces a una conclusión que la horrorizó incluso a ella misma.

Si no podía expulsarla del poder, tendría que buscar la forma de eliminarla. Y debería hacerlo de manera tal que nadie pudiera relacionar el crimen con Aurelia o con ella misma.

 

. . .

 

El mensaje llegó a Isabelle poco después de medianoche. Como de costumbre, era una nota breve.

Había sido enviado mediante el canal privado que Kael utilizaba para concretar sus encuentros amorosos y privados.

Ven a mis habitaciones. Necesito hablar contigo antes de la sesión de mañana. No le avises a nadie.

Isabelle reconoció inmediatamente el código personal de Kael. Y por eso no sospechó.

Se vistió rápidamente y salió de sus habitaciones.

El Palacio de Veyron estaba casi completamente a oscuras. Las lámparas de los corredores habían reducido su intensidad nocturna y los jardines exteriores aparecían como manchas negras detrás de los grandes ventanales.

Isabelle caminó hacia las dependencias privadas del rey.

No sabía que, varios corredores más adelante, un hombre la esperaba. Llevaba el uniforme gris del personal de mantenimiento.

Lo que no se veía, era que además, llevaba un arma de energía compacta escondida bajo la chaqueta. Y también portaba consigo algunos objetos destinados a incriminar a Kaor.

Un emblema militar, una tarjeta de acceso duplicada. Y un pequeño comunicador con códigos del ducado. Todo eso debía quedar junto al cuerpo de Isabelle, una vez concretado el atentado.

La muerte de la traductora de Kaor debía parecer una operación clandestina orquestada por Ferdinand para destruir las negociaciones.

El asesino esperaba encontrarla sola, pero había cometido un error: no sabía que Kael había cambiado de planes.

Isabelle abrió la puerta del dormitorio con su tarjeta privada. Entró y dijo:

—“¿Majestad?”—

No recibió respuesta. Avanzó unos pasos, pensando que quizá Kael le hacía una broma con alguno de sus juegos.

Pero entonces escuchó la puerta cerrarse detrás de ella. Se volvió inquieta. El hombre de uniforme que había visto en el pasillo, estaba allí.

—“¿Quién es usted?”—

Sin pronunciar palabra, el desconocido sacó el arma.  Isabelle apenas tuvo tiempo de reaccionar mientras un destello atravesaba la habitación.

Antes de que el hombre pudiera disparar nuevamente, otra puerta se abrió violentamente.

—“¡Alto!”—

Kael apareció. El asesino giró el arma por instinto. Y el disparo, originalmente destinado a Isabelle, alcanzó al rey.

Kael cayó contra una mesa herido y tambaleando.

Se oyó el grito de Isabelle:

—“¡Kael!”—

El atacante comprendió de inmediato que todo había salido mal, e intentó huir.

Kael, malherido, consiguió levantar su propia arma y disparó tan rápido como pudo. Pero el hombre había escapado por una puerta lateral, desapareciendo en los oscuros corredores del palacio antes que llegaran los guardias reales.

Cuando los soldados entraron, encontraron al rey ensangrentado y a Isabelle arrodillada junto a él.

—“¡Médicos!”— ordenó a los gritos uno de los guardias.

Kael intentó incorporarse.

—“No puedo...”— dijo entrecortado.

Isabelle sostuvo su cabeza contra su pecho y le dijo suavemente:

—“No te muevas.”—

—“El asesino...”— dijo el rey, jadeando.

—“Se ha escapado.”— respondió murmurando Isabelle.

Kael la miró. Su rostro había perdido color.

—“Era para ti...”—

—“Majestad...”— balbuceó la mujer.

—“No era para mí, querida.”—

Isabelle sintió que aquellas palabras contenían algo más que la reacción de miedo. Kael estaba pensando mientras estaba herido. Incluso mientras la mancha de sangre empapaba su uniforme.

—“Querían matarte a ti.”— repitió el rey.

—“Tal vez, pero no sabemos quién.”—

Kael apretó los dientes.

—“Kaor.”—

Isabelle lo miró incrédula.

—“¿Kaor?”—

—“Alguien de allí quiere destruir las negociaciones.”—

Los médicos llegaron corriendo. Mientras preparaban al rey para trasladarlo al centro médico del palacio, Kael tomó la mano de Isabelle y le dijo:

—“No confío en nadie.”—

Ella se inclinó hacia él.

—“Puedes confiar en mí.”—

Kael la miró durante unos segundos. Y después pronunció algo que Isabelle jamás olvidaría:

—“Eso es precisamente lo que estoy empezando a hacer.”—

 

. . .

 

La noticia del atentado recorrió Veyron antes del amanecer.

El rey había sobrevivido, pero sus heridas eran graves. La ciudad despertó bajo un estado de alarma.

Las fuerzas de seguridad cerraron las principales entradas del palacio. Los sistemas de vigilancia fueron revisados. Se interrogaron funcionarios, guardias y miembros de la delegación de Kaor.

Pero el asesino había desaparecido. Y las pruebas encontradas en la habitación parecían señalar directamente al ducado de Kaor.

Ferdinand protestó inmediatamente.

Isabelle sabía que aquello podía convertirse fácilmente en una guerra. Y también sabía que, en ese momento, Kael estaba lo suficientemente vulnerable para confundir una conspiración imaginada en una amenaza real.

Ella sospechaba que todo podía provenir de Margerite, tratando de evitar su influencia creciente sobre el rey. Pero no podía probarlo.

Fue entonces cuando comprendió que se había abierto ante ella una puerta que jamás había esperado encontrar.

Kael iba a ser trasladado al centro médico real, decidió acompañarlo en el vehículo sanitario.

Mientras viajaban, el rey la llamó.

—“Isabelle.”—

—“Estoy aquí.”—

—“Si me ocurre algo...”—

—“No digas eso.”—

—“Escúchame.”—

Ella guardó silencio.

—“Marguerite también puede estar implicada.”—

Isabelle fingió sorpresa.

—“¿La reina?”—

—“No sé si ordenó el atentado.”— Kael respiró con dificultad. —“Pero ha estado actuando contra ti desde hace semanas. Y ahora alguien intentó matarte dentro de mis habitaciones.”—

Isabelle comprendió que había llegado el momento.

—“Majestad. Kael, entonces debes proteger la Corona.”—

—“¿Cómo?”—

—“Nómbrame regente.”—

Kael la observó. Por primera vez, incluso él pareció sorprendido.

—“¿Tú?”—

—“Mientras te recuperas.”—

—“No eres de Aurelia.”—

—“Puedo renunciar a mi ciudadanía. Y adoptar la de Aurelia.”—

Kael guardó silencio.

—“Necesito a alguien en quien confiar.”— dijo finalmente.

Isabelle sostuvo su mirada.

—“Entonces confía en mí.”—

Inmediatamente llegados al centro médico real, los médicos trabajaron sobre sus heridas. El nombramiento se produjo esa misma noche, cuando los efectos de la anestesia se fueron.

No hubo ceremonia, música ni proclamación pública. Solamente unos pocos testigos de la absoluta confianza del rey.

Kael, todavía debilitado, ratificó formalmente la delegación extraordinaria de las funciones de la Corona en Isabelle de Montferrand mientras durara su incapacidad.

La fórmula jurídica fue deliberadamente ambigua, y por tiempo indeterminado.

Suficiente para permitir que la autoridad permaneciera vigente hasta que el monarca pudiera reasumir personalmente sus funciones.

Isabelle renunció inmediatamente a su condición de representante de Kaor.

La decisión siguiente fue todavía más radical: por decreto real se le otorgó la ciudadanía de Aurelia.

En cuestión de horas dejó de ser una enviada extranjera. Ahora era una ciudadana de Aurelia. Y regente de la Corona.

La mujer que había llegado a Veyron como traductora acababa de convertirse en la persona que gobernaría Aurelia mientras su rey permaneciera hospitalizado.

Marguerite recibió la noticia en sus aposentos. No gritó ni se indignó. Simplemente permaneció sentada durante varios minutos.

Después comprendió que había perdido completamente.

. . . 


La reciente regente aún mascullaba intrigas para apropiarse con el poder . Y sabía que aún quedaba una última pieza que podía destruirla: el matrimonio de Kael con la reina consorte.

Se había rodeado de un par de asesores de confianza. A través de ellos, empezó a investigar. Después de un par de días y, con un panorama más claro, Isabelle visitó a Kael en la habitación médica.

El rey estaba conectado a los sistemas de soporte biológico. Su rostro parecía mucho más cansado que unos días atrás.

—“Marguerite no te es fiel”— dijo Isabelle sin titubeos.

Kael abrió los ojos.

—“¿Qué estás diciendo?”—

—“Que tiene amantes. Y uno de ellos está dispuesto a hablar.”—

Kael la observó fijamente.

—“¿Cómo lo sabes?”—

—“Porque lo he encontrado. He investigado el atentado. Y he encontrado algunas cosas.”—

Isabelle había conseguido localizar a uno de los consejeros más próximos a la reina. El hombre aceptó declarar no tanto por lealtad, sino por miedo a las represalias.

Cuando Kael recibió su testimonio, permaneció largo rato en silencio.

—“¿Desde cuándo?”—

La respuesta fue reveladora. Varios años. No había sido una aventura reciente. Había existido durante buena parte de su matrimonio.

Kael cerró los ojos.

—“La falta de lealtad no puede personarse.”—

Isabelle no respondió. Porque sabía que aquella conclusión lee beneficiaría.

La decisión fue rápida.

Isabelle, actuando como regente, ordenó que Marguerite abandonara Aurelia.

La orden no pasó por Kael. Y la reina consorte recibió unas horas para preparar sus pertenencias.

Cuando comprendió que Isabelle había actuado sin consultar al rey, intentó enfrentarse a ella.

—“No tienes derecho.”—

Isabelle permaneció inmóvil.

—“Tengo la autoridad delegada de la Corona.”—

—“¡Eres una extranjera!”—

—“Ya no.”—

Marguerite comprendió entonces la verdadera dimensión de la transformación. Isabelle no quería ser la amante del rey. No había buscado ser la traductora. Y probablemente no le había interesado nunca ser la esposa de un embajador.

Todo eso había sido un medio. Y ahora, era la mujer que tenía el poder de expulsarla de su propio reino.

—“Algún día”— dijo Marguerite —“Kael comprenderá lo que eres.”—

Isabelle la miró.

—“Tal vez. O tal vez no.”—

La reina salió de Aurelia. Y pidió asilo en Kaor.

Ferdinand, atrapado entre la diplomacia y la necesidad de proteger a una antigua soberana, terminó concediéndoselo. Marguerite abandonó así el territorio que había considerado suyo.

Durante los días siguientes, Kael permaneció hospitalizado.

La herida había sido grave, pero los sistemas médicos de Aurelia permitían mantenerlo con vida y acelerar lentamente la recuperación de los tejidos dañados.

Isabelle permanecía cerca. Pero ya no entraba como amante, ni como embajadora. Entraba como regente.

Pero algunas noches, cuando los médicos abandonaban la habitación y las luces del centro médico descendían hasta adquirir una tonalidad azulada, Kael buscaba su mano.

Una noche la encontró.

—“Es extraño.”— murmuró.

—“¿Qué cosa?”—

—“Toda mi vida he tenido hombres armados protegiéndome.”—

Isabelle sonrió débilmente.

—“Ahora tienes una regente. Y todo un reino te protege.”—

Kael negó lentamente con la cabeza.

—“No.”— dijo el rey al mirarla —“Ahora tengo a alguien en quien puedo confiar.”—

Isabelle no respondió.

Por primera vez desde que había llegado a Aurelia, no necesitaba decir nada.

Kael cerró los ojos. Y mientras el hombre que había conquistado casi todo Nydara descansaba bajo los cuidados de los médicos, Isabelle permaneció sentada junto a él.

Afuera, un imperio esperaba sus órdenes. Por primera vez en su vida, Kael se sentía seguro bajo las manos protectoras de otra persona.

Y aquella persona era precisamente la mujer que había llegado a su corte mientras todos pensaban que solamente ayudaría a negociar la paz.




La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 10: La Sombra del Trono

 

La convalecencia de Kael había cambiado el centro de gravedad del reino.

Durante los primeros días, Isabelle había considerado su nombramiento como regente una responsabilidad provisional. Una solución de emergencia destinada a mantener el funcionamiento de Aurelia mientras el soberano recuperaba la salud.

Pronto comprendió que el poder provisional tenía una característica peligrosa: tenía una base débil que se desequilibraba fácil por las intrigas palaciegas, y exigía constantemente negociar con prebendas de todo tipo.

Desde la residencia real, Isabelle comenzó a recibir informes de los ministros, partes militares y despachos de las provincias. Los documentos que antes llegaban a Kael pasaban ahora por sus manos. Los asuntos que requerían la firma de la corona llevaban su nombre acompañado de una fórmula que, al principio, le resultaba extraña.

Isabelle de Montferrand, Regente de Aurelia.


Con los días, terminó por dejar de resultarle extraña. Una mañana ordenó preparar una comunicación para Kaor.

—“Quiero hablar directamente con la duquesa Valerie.”—

El asesor que permanecía frente a ella inclinó la cabeza.

—“¿Sobre las negociaciones?”—

—“Sobre la paz.”—

—“¿Y qué posición adoptará Aurelia?”—

Isabelle levantó los ojos.

—“La que resulte posible según la conversación. ¿Quién eres tú para cuestionarme?”—

Era obvio que la regente no tenía ninguna posición tomada al respecto. El hombre respondió sin ofenderse:

—“Solo es para instruir al personal, Madame.”—

Horas después, la imagen holográfica de Valerie de Beumont apareció sobre la mesa de comunicaciones. Su cabello rubio ceniza caía en ondas sobre los hombros y sus ojos azul verdoso conservaban aquella expresión prudente que Isabelle conocía desde hacía años.

—“Regente.”— saludó fríamente Valerie.

—“Duquesa.”—“

—“¿Cómo se encuentra el rey?”—

Isabelle hizo una pausa.

—“Vivo. Pero todavía débil.”—

La condición del rey había empeorado. Una infección generalizada había obligado a los médicos a mantenerlo bajo sedación.

—“Quiero que hablemos de la tregua.”— continuó Isabelle —“Creo que existe una posibilidad real de concretarla.”—

Valerie la observó con atención.

—“¿Que propones?”—

—“Empecemos con las condiciones que puedan ser aceptadas por ambas partes.”—

Era una respuesta diplomática. Y excesivamente vaga.

Valerie lo advirtió. Y pensó que tal vez la estabilidad de Aurelia no era la que Isabelle esperaba. Que tal vez necesitaba un acieerto palpable para su regencia.

Lo que no sabía era que, en otras conversaciones, Isabelle ya había comenzado a elaborar con Ferdinand las líneas fundamentales de un acuerdo que podía poner fin a más de dos siglos de guerra.

. . .


En Kaor, Marguerite Valenz había dejado de comportarse como una mujer derrotada.

El exilio no le había quitado la dignidad. Al contrario.

Vestida de negro, con el cabello oscuro recogido y una serenidad casi glacial, había conseguido instalarse en una de las residencias de la casa de Beumont como si aquella situación fuese simplemente otra partida política pasajera.

Una tarde pidió hablar a solas con Valerie.

—“Sé que eran amigas, pebes tener cuidado con Isabelle.”—

Valerie permaneció en silencio.

—“¿Por qué?”—

Marguerite sonrió mientras hizo un gesto vago e indefinido.

—“Porque con ella, nada es lo que parece.”—

—“Eso podría decirse de cualquiera que haya sobrevivido a una corte.”—

—“No. Isabelle es diferente. No tiene límites. No conoce la ética. Ni la lealtad.”—

Valerie cruzó las manos sobre el regazo, dejándola continuar.

Marguerite bajó la voz.

—“Es una trepadora. Una mujer inteligente, sí. Manipuladora. Pero también una traidora. Ha descubierto que puede utilizar a Kael y no se detendrá mientras tenga algo que ganar.”—

—“¿Qué crees que quiere?”—

Marguerite sostuvo su mirada.

—“Ya tiene el trono de Aurelia. Cuando lo consolide, vendrá por el tuyo.”—

Valerie frunció el ceño.

—“Kael está vivo.”—

—“Por ahora.”—

La frase quedó suspendida como una advertencia.

—“Creo que Isabelle hará todo lo necesario para que Kael no vuelva a gobernar. Y no se detendrá ante nada.”—

Valerie no respondió.

Pero aquella noche transmitió la conversación a Ferdinand. El duque ya tenía su propia visión de Isabelle.

Y no se horrorizó con lo que Valerie le dijo.

. . .


En Aurelia, mientras tanto, el rey seguía encerrado entre paredes blancas, sensores médicos, con el murmullo constante de los equipos de soporte vital.

La herida del atentado había comenzado a cicatrizar. Pero la infección, sin embargo, había debilitado sus pulmones. Kael solo podía hablar durante unos minutos antes de quedarse sin aliento.

Una tarde recibió la visita de Isabelle.

Ella entró en la habitación y se acercó lentamente a la cama.

—“¿Cómo van las negociaciones de paz?”— preguntó Kael con cansancio.

Isabelle tomó asiento mieentras respondía:

—“Kaor está dispuesto a negociar.”—

—“Eso es bueno.”—

—“Ferdinand también.”—

Kael cerró los ojos.

—“Entonces quizá finalmente podamos terminar esto.”—

Isabelle lo observó.

Aquel hombre que había conquistado ducados, derrotado ejércitos y obligado a medio planeta a pronunciar su nombre con temor, apenas podía incorporarse sin ayuda.

—“Sí.”— dijo ella, algo lejana —“Quizá podamos.”—

Kael abrió los ojos.

—“Cuando salga de aquí quiero firmarlo personalmente.”—

Isabelle sostuvo su mirada.

—“Por supuesto. Cuando te recuperes.”—

No le dijo que las cláusulas más importantes ya estaban siendo discutidas sin él.

Las negociaciones avanzaron lentamente. Ferdinand quería garantías territoriales que evitaran una invasión. Isabelle quería algo más.

Quería que el tratado reconociera la autonomía política de Kaor, redujera la presencia militar de Aurelia en determinados territorios y estableciera una estructura permanente de representación entre ambos poderes.

No estaba negociando solamente el final de la guerra. Estaba construyendo el mundo que existiría después de ella.

Y cuanto más avanzaban las conversaciones, más cómodo se sentía Ferdinand tratando directamente con la regente.

Isabelle sabía escuchar. Sabía cuándo ceder. Y, sobre todo, sabía qué podía ofrecer.

Algunos hombres que habían jurado lealtad a Kael descubrieron que la regente también sabía recompensar la lealtad con los mismos métodos que conquistaron al rey.

Así la corte comenzó a dividirse. Unos la llamaban salvadora. Otros, usurpadora. Isabelle aprendió a no escuchar a ninguno de los bandos.

Había descubierto algo más importante: que el poder no siempre necesitaba proclamarse. A veces bastaba con que todos supieran dónde encontrarlo.

Finalmente, después de semanas de negociaciones, llegó el acuerdo.

La Guerra de los Magiares terminó con una ceremonia que habría parecido imposible apenas unos meses antes.

Los representantes de Aurelia y Kaor firmaron el tratado bajo una bóveda de cristal inteligente que proyectaba sobre ellos los símbolos históricos de ambos territorios.

Cuando Isabelle estampó su firma como regente, las campanas del palacio comenzaron a sonar.

Durante horas, las ciudades celebraron. Pero no todos celebraron el accionar de la regente. Porque en Aurelia empezaron a circular otras preguntas.

¿Por qué una mujer de Kaor gobernaba mientras el rey permanecía enfermo? ¿Por qué el tratado concedía tanto poder a los ducados? ¿Por qué Kael no aparecía públicamente? ¿Por qué Isabelle estaba siempre presente?

La respuesta de Isabelle fue sencilla: necesitaba devolverle al reino una imagen de continuidad.

Y encontró la solución en Marguerite.

—“Hay que rehacer la continuidad sucesoria.”—le dijo a Kael.

Él la miró desde la cama.

—“¿Qué quieres decir?”—

—“Tu matrimonio. Debe terminar.”—

Hubo un largo silencio.

—“Marguerite fue mi esposa durante muchos años.”—

—“Y ahora está con tus enemigos. En Kaor.”—

—“No puedo simplemente repudiarla.”—

—“No te estoy pidiendo que la humilles.”—

Isabelle se acercó.

—“Te estoy pidiendo que cierres una etapa.”—

Kael permaneció callado. Aquella noche firmó la disolución del matrimonio.

Poco después, Aurelia anunció un nuevo enlace. Kael I, rey de Aurelia, contraería matrimonio con la regente Isabelle de Montferrand. La antigua traductora de Kaor se convirtió en reina consorte.

Y por decisión de la Corona, quedó reconocida como primera heredera en caso de ausencia de descendencia.

La noticia recorrió Nydara.

Isabelle había llegado a Aurelia como esposa de un embajador. Ahora llevaba una corona.

. . .


Dos meses después, Kael seguía sin recuperar completamente sus fuerzas.

Los médicos hablaban de secuelas pulmonares. Él insistía en trabajar. Isabelle insistía en que descansara.

Una noche, cuando el rey volvió a ser internado por una neumonía bilateral, Isabelle acudió al hospital. La encontró dormido. Se sentó junto a él. Durante unos minutos permaneció en silencio.

Kael abrió los ojos.

—“¿Isabelle?”—

—“Estoy aquí.”—

El rey intentó sonreír.

—“Siempre estás aquí.”—

Ella tomó su mano.

—“Porque soy tu esposa.”—

Kael cerró nuevamente los ojos y respiró con dificultad.

—“Eres la única persona en quien confío.”—

Isabelle apretó sus dedos.

—“Duerme.”—

Kael obedeció.

Horas después, los monitores comenzaron a emitir un sonido continuo. Los médicos entraron corriendo, mientras la reina fue obligada a abandonar la habitación.

Y poco después de la medianoche, Kael I de Aurelia murió.

No había llegado ni a los cuarenta y cuatro años. Durante unos minutos, nadie en el palacio se atrevió a hablar.

Después comenzaron los rumores. En los corredores de Veyron, entre copas de vino y puertas cerradas, apareció la primera versión.  Luego otra. Y finalmente una tercera, más peligrosa que las anteriores.

Decían que Kael no había muerto de una infección. Decían que Isabelle había esperado el momento adecuado. Que la mujer que había llegado a Aurelia hablando el idioma del rey había terminado hablando también el lenguaje del poder.

Y que, cuando Kael dejó de serle útil, Isabelle había encontrado la manera de silenciarlo.

La nueva reina escuchó los rumores desde la cima del poder.

No respondió. Todavía no lo haría. Porque por primera vez comprendió que había conseguido exactamente aquello que siempre había deseado.

El poder.

Y también comprendió algo que nadie le había enseñado: el poder obtenido demasiado deprisa siempre exige una explicación.



La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 11: La Reina de las Sospechas

 

La muerte de Kael no había dejado un vacío. Había dejado varias preguntas sin respuesta.

Y en Aurelia, en un momento de inestabilidad política, las preguntas podían ser más peligrosas que los ejércitos.

Durante los primeros días del luto, Isabelle permaneció en el Palacio de Veyron rodeada de ministros, oficiales y miembros de la corte que inclinaban la cabeza ante ella con una mezcla de respeto y temor.

Nadie se atrevía a acusarla públicamente. Al menos todavía.

Pero tampoco nadie parecía dispuesto a olvidar la rapidez con la que aquella mujer había pasado de ser la traductora de Kaor a amante del rey, de amante a regente y de regente a reina.

La ciudad comenzó a hablar. Y al principio fueron murmullos.

Después aparecieron pequeños adhesivos clandestinos en las columnas de los edificios públicos, en los transportes urbanos y hasta en las puertas laterales del palacio.

Una imagen estilizada de Isabelle, con una corona sobre la cabeza y una mancha oscura sobre el pecho.

Y debajo, una sola palabra: ASESINA.

Los agentes de seguridad los retiraban durante la noche. Pero a la mañana siguiente aparecían otros.

Isabelle ordenó detener a los responsables. Pero no pudieron encontrar a ninguno. Aquello la irritó más que la propia acusación.

Una tarde, mientras observaba desde una galería cómo los jardineros retiraban una de aquellas imágenes de un muro, uno de sus consejeros se aproximó.

—“Majestad.”—

Isabelle no se volvió.

—“¿Cuántos?”—

—“Cientos de ellos por la ciudad.”—

—“¿Y?”—

—“Creemos que hay una red detrás.”—

Isabelle contempló el jardín.

Las plantas ornamentales se movían suavemente bajo la iluminación artificial de los árboles. Más allá, pequeños drones de mantenimiento flotaban entre las esculturas.

—“Tenemos que averiguar quién realizó el atentado inicial que terminó con la vida del rey.”—

El consejero guardó silencio.

—“Majestad, los médicos...”—

—“No he preguntado qué dicen los médicos.”—

Entonces se volvió.

—“He preguntado quién organizó el atentado que terminó por matar a Kael.”—

La investigación comenzó de nuevo. Los archivos del atentado fueron recuperados y los registros de seguridad, revisados.

Las grabaciones del palacio, fueron reconstruidas mediante los sistemas que la inteligencia de Veyron había almacenado en servidores aislados.

Durante días, los investigadores examinaron miles de horas de imágenes detalladas. Hasta que encontraron algo: un hombre.

Había entrado en una de las zonas restringidas del palacio poco antes de la muerte de Kael. No pertenecía al personal habitual.

Su identidad había sido alterada mediante una autorización electrónica falsa.

—“¿Quién es?”— preguntó Isabelle.

El jefe de seguridad colocó una imagen holográfica sobre la mesa.

—“Estamos intentando averiguarlo.”—

—“No.”—

Isabelle señaló el rostro.

—“Ya no están intentando averiguarlo.”— levantó la mirada —“Lo van a hacer.”—

El hombre fue detenido dos noches después.

Lo llevaron a una instalación de seguridad situada debajo del palacio. Allí comenzó el interrogatorio. Y después, la tortura.

Cuando terminaron, el detenido apenas podía mantenerse sentado.

Uno de los agentes se incorporó. Le preguntó violentamente:

—“¿Quién te envió?”—

El detenido no respondió.

—“¿Fue Marguerite? ¿Alguien de la corte?”—

El hombre hizo silencio. El agente golpeó la mesa.

—“¡Contesta!”—

El hombre levantó lentamente la cabeza.

—“Kaor...”—

El agente entrecerró los ojos.

—“¿Marguerite?”—

—“Kaor...”—

Después dejó de hablar. Y murió.

Le informaron a Isabelle.

—“Creemos que fue Margerite, Majestad.”—

Ella lo miró.

—“¿Creen?”—

El hombre vaciló.

—“Puede haber confesado solamente para detener el dolor.”—

Isabelle permaneció inmóvil.

—“¿Lo comprobaron? ¿Podemos estar seguros?”—

—“No tuvimos tiempo, Majestad.”—

—“¿Por qué?”—

El agente bajó los ojos.

—“Murió súbitamente. No pudimos resucitarlo.”—

La habitación quedó en silencio.

Isabelle fue hasta la sala de tortura. Observó durante unos segundos el cuerpo cubierto por una manta.

No había obtenido una respuesta, tal como lo quería. Pero había obtenido algo mucho más peligroso: una sospecha.

Y decidió, para beneficio propio, convertirla en certeza.

 

. . .

 

Marguerite seguía refugiada en Kaor.

Isabelle ordenó enviar agentes encubiertos. No enviaba diplomáticos, investigadores ni agentes. Eran sicarios.

Y la orden era sencilla: Marguerite debía morir.

Uno de sus consejeros se atrevió a plantear la pregunta que nadie más había querido formular.

—“Majestad... ¿y si la reina Marguerite no fue responsable?”—

Isabelle levantó lentamente la mirada. La decisión ya estaba tomada:

—“Entonces habrá muerto una mujer inocente.”—

El consejero guardó silencio mientras Isabelle continuaba:

—“Pero si fue responsable, tendremos a nuestro culpable.”—

Nadie se atrevió a formular más preguntas.

 

. . .

 

El atentado ocurrió tres días después.

Marguerite caminaba por una galería exterior de la residencia donde Kaor le había permitido alojarse cuando uno de los paneles decorativos explotó.

El impacto la arrojó contra una columna. Dos de sus acompañantes murieron. Marguerite quedó gravemente herida.

Los sistemas médicos de emergencia lograron estabilizarla antes de que perdiera demasiada sangre.

Cuando Gaspard recibió la noticia, fue uno de los primeros en llegar.

La encontró consciente, aunque apenas podía hablar.

—“¿Que pasó?”— preguntó ella.

Gaspard la observó.

Durante meses había sido el hombre humillado por la infidelidad de su esposa, el embajador desplazado, la figura incómoda de una negociación que había terminado demasiado cerca del dormitorio real.

Pero Marguerite nunca lo había tratado como un objeto de burla.

Quizá por eso, ahora en el momeento más duro de la reina, Gaspard no pudo marcharse.

—“Isabelle quiere matarte.”—respondió.

Marguerite cerró los ojos.

—“Isabelle.”—

Gaspard no respondió. No era necesario.

 

. . .

 

El atentado cambió todos los status.

Hasta aquel momento, Aurelia y Kaor habían conseguido mantener una frágil paz. Ahora, Kaor exigía explicaciones.

Ferdinand ordenó reforzar las fronteras. Las unidades militares comenzaron a movilizarse. En Aurelia, Isabelle sostuvo que el ataque había sido una operación preventiva contra una conspiradora.

En Kaor, Ferdinand lo calificó de intento de asesinato patrocinado por la Corona de Aurelia.

En los salones de ambos reeinos comenzó a circular una pregunta mucho más inquietante. ¿Había ordenado Isabelle matar a Marguerite?

Algunos respondían que sí. Otros recordaban que Marguerite había intentado destruir a Isabelle primero. Y habían quienes simplemente, observaban los acontecimientos y esperaban.

Porque había una diferencia entre sospechar que una reina era culpable y demostrarlo. Y aquella diferencia comenzaba a convertirse en el abismo sobre el que se sostenía el nuevo reino de Aurelia.

Después de años de estabilidad política y gubernamental, con Isabelle gobernando Aurelia había entrado rápidamente en una peligrosa curva ascendente de intrigas y rumores palaciegos que solo desestabilizaban a la corona.

Mientras tanto, en la residencia de Gaspard en el ducado de Kaor, Marguerite se recuperaba lentamente de sus heridas.

El embajador había decidido permanecer cerca de ella. No por amor todavía. Por lealtad.

El embajador comprendía algo que Isabelle había olvidado: que en una corte donde todos buscaban poder, a veces la única forma de conservar la dignidad era proteger a quien ya no podía protegerse a sí mismo.

La Guerra de los Magiares había terminado. Pero la paz apenas había durado unos meses. Y ahora los dos reinos comenzaban a prepararse para una nueva guerra.

Esta vez no sería por los territorios. Batallarían por una reina.



La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 12: Una Paz Irreversible

 

El atentado contra Marguerite había colocado a Nydara nuevamente al borde de la guerra.

En Kaor, las tropas habían comenzado a desplazarse hacia las fronteras. Aún no se habían producido combates ni escaramuzas, pero bastaba observar los movimientos militares para comprender que la paz firmada meses atrás podía desaparecer en cuestión de días.

Isabelle sabía bien que su posición era mucho más frágil de lo que aparentaba.

Aurelia seguía siendo el reino más poderoso del planeta, pero el poder de su corona dependía ahora de una mujer que buena parte de la aristocracia consideraba extranjera y que muchos sospechaban responsable de la muerte de Kael.

Necesitaba que el poderoso ducado de Kaor la protegiera. Su antigua nación.

Para eso envió una misión diplomática.

El mensaje dirigido al duque Ferdinand era breve:

 

La paz debe sobrevivir a quienes la firmaron.

 

Ferdinand lo leyó dos veces antes de dejarlo sobre la mesa.

—“Quiere que vaya a Aurelia.”— dijo.

Valerie estaba junto a la ventana.

—“No. Es una trampa.”—

Ferdinand levantó una ceja.

—“¿Prefieres la guerra?”—

—“Quiere que creas que necesita que vayas.”—

El duque permaneció pensativo.

—“¿Y qué diferencia hay?”—

Valerie se volvió hacia él.

—“La diferencia es que si vas a Aurelia, Isabelle puede encerrarte en un palacio y hacer contigo lo que hizo con Kael.”—

Ferdinand guardó silencio.

—“Ya no es la mujer que conocimos.”— continuó Valerie —“Es peligrosa.”—

—“Siempre lo fue. Solo que ahora no tiene que ocultarse.”—

—“Sí. Pero antes el ocultarse le ponía límites.”—

Ferdinand tomó nuevamente el mensaje.

—“¿Y ahora?”—

Valerie lo miró fijamente.

—“Ahora tiene una corona. No vayas personalmente. Envíale un contrincante fabuloso.”—

La decisión de enviar a Gaspard fue tomada esa misma noche.

El antiguo embajador había regresado a Kaor después de los acontecimientos de Aurelia convertido en un hombre distinto. Había perdido una esposa, una posición y buena parte de las ilusiones que había depositado en la diplomacia.

El engaño de Isabelle lo había roto por dentro. Pero también le había endurecido.

Y conservaba algo que Ferdinand necesitaba.

Experiencia. Y Lealtad.

—“Quiero que vayas.”— le dijo el duque.

Gaspard permaneció en silencio.

—“Por supuesto, tendrás que tratar con Isabelle.”—

Aquello produjo un cambio casi imperceptible en su rostro.

—“Lo sé.”—

—“Y no será sencillo.”—

—“No espero que lo sea, duque mío.”—

Ferdinand se acercó y puso su mano derecha en el hombro de Gaspard.

—“No vas como el marido abandonado. Me vas a representar. Y nadie puede igualar tu lealtad.”—

Gaspard sostuvo su mirada.

—“Serviré a Kaor con lealtad.”—

Ferdinand lo estudió por un segundo. Luego dijo:

—“Y recuerda algo. Aurelia necesita esta negociación mucho más que nosotros. Haz que lo sientan.”—

Gaspard comprendió.

Por primera vez desde que había conocido a la verdadera Isabelle, él tendría la ventaja.

—“Así será, Majestad.”—

 

. . .

 

La delegación llegó a Aurelia tres días después.

Gaspard no llevaba la antigua insignia diplomática que había utilizado durante su primera misión.

Llevaba la de Kaor. Y había recibido instrucciones precisas del duque Ferdinand. No concedería nada. No aceptaría ninguna modificación territorial. No comprometería tropas.

No firmaría ningún acuerdo sin autorización. Y, sobre todo, no permitiría que Isabelle transformara la negociación en una cuestión personal.

Cuando la comitiva fue recibida en el palacio, Gaspard mantuvo una cortesía impecable. Distante.

Isabelle lo comprendió inmediatamente. La mujer que había conocido a aquel hombre ya no existía para él.

—“Embajador.”— saludó.

—“Majestad.”—

No hubo ningún gesto de familiaridad. Ni una mirada prolongada. Ni siquiera el recuerdo de que habían compartido una vida.

Isabelle sintió el golpe, pero no lo mostró.

—“Espero que podamos encontrar una solución a esta crisis.”—

Gaspard inclinó ligeramente la cabeza.

—“Eso depende de las condiciones de Kaor.”—

La primera reunión duró poco.

Isabelle propuso que Ferdinand acudiera a Aurelia. Gaspard rechazó la propuesta.

—“El duque recibirá a Su Majestad en Kaor.”—

Isabelle lo miró.

—“Soy la reina de Aurelia.”—

—“Y Ferdinand es el duque de Kaor.”—

—“No puedo abandonar el reino en estas circunstancias.”—

—“Ferdinand no vendrá con la actual inestabilidad política. No habrá reunión.”—

El silencio que siguió fue incómodo.

Isabelle sabía que Gaspard tenía razón. Y tenía la ventaja.

Sin  el apoyo de Kaor, su posición internacional era demasiado débil.

Y una guerra contra Ferdinand podía convertirse rápidamente en una guerra civil dentro de Aurelia. Así, correría en riesgo su propia cabeza.

Finalmente, después de mucho dialogar, respondió:

—“Acepto. Está bien. Acudiré a Kaor.”—

 

. . .

 

La llegada de Isabelle a Kaor fue muy diferente a la época en la que gozaba de los favores de los duques. Cuando tenía una vida segura junto a Gaspard.

Ya no era la vieja traductora. Era reina. Y  tampoco fue recibida como se recibiría una amiga.

Ferdinand y Valerie la esperaron en la escalinata principal.

Valerie llevaba un vestido de ceremonia azul oscuro, con discretos elementos luminosos bordados en las mangas. Ferdinand vestía el uniforme diplomático de gala como duque de Kaor.

Isabelle descendió del vehículo antigravitatorio. Durante unos segundos, las dos mujeres se miraron. Habían sido amigas.

Ahora eran dos soberanas separadas por una guerra que todavía no había comenzado.

—“Majestad.”— dijo Valerie.

—“Duquesa.”—

Se estrecharon las manos.

 

. . .

 

Los documentos preliminares fueron firmados esa misma tarde.

Aún no constituían un tratado de paz, eran simplemente el compromiso formal de iniciar conversaciones.

Pero ambos sabían que aquel documento podía evitar continuar con la guerra de doscieentos años. Después de la ceremonia, Isabelle pidió hablar con Ferdinand a solas.

El duque aceptó.

Antes de entrar en la sala privada, Valerie le recordó:

—“Recuerda quién es.”—

Ferdinand sonrió sin humor.

—“No lo he olvidado.”—

—“Es una víbora.”—

—“Lo sé, querida.”—

Valerie bajó la voz.

—“No confíes en nada de lo que diga.”—

Ferdinand miró hacia la puerta.

—“Valerie, lo único que sale de la boca de Isabelle son mentiras.”—

La duquesa soltó su brazo.

—“Entonces procura que las tuyas sean mejores.”—

La sala privada estaba iluminada por una pared de cristal que mostraba los jardines de la residencia.

Isabelle esperaba junto a una mesa. Cuando Ferdinand entró, ella señaló una silla.

—“Gracias por aceptar hablar conmigo.”—

—“No estoy aquí para conversar. Voy a escuchar.”—

—“No.”— Isabelle sonrió. —“Estás aquí para negociar.”—

Ferdinand se sentó. Y dijo:

—“Solo los que tienen algo que perder negocian, Isabelle.”—

Ella tomó asiento frente a él.

Durante unos instantes la reina de Aurelia no habló.

—“La paz entre Aurelia y Kaor fue un acontecimiento histórico.”— dijo Isabelle finalmente.

—“Y por tus acciones casi duró menos que la tinta con la que fue firmada.”—

—“Lo acepto. Créeme que si.”— dijo Isabelle que se inclinó ligeramente hacia delante. —“Aurelia y Kaor han firmado la paz. Pero la paz no sobrevivirá a nuestra generación si no la hacemos irreversible.”—

Ferdinand la observó.

—“¿Cómo?”—

Isabelle sostuvo su mirada.

—“Un matrimonio.”—

El duque frunció ligeramente el ceño.

—“¿Entre los descendientes de las dos coronas?”—

Isabelle negó lentamente con la cabeza.

—“No.”— Hizo una pausa y aclaró —“Entre nosotros.”—

Ferdinand permaneció inmóvil.

Por primera vez desde que había entrado en la habitación, Isabelle no parecía estar negociando. Parecía estar arriesgándolo todo.

—“¿Tú y yo?”—

—“Sí. Eso haría de Aurelia y Kaor una nueva y poderosa nación.”—

Ferdinand dejó escapar una breve respiración.

—“¿Y Valerie?”—

Isabelle lo observó durante unos segundos.

—“Valerie comprenderá.”—

El duque apartó la mirada.

—“¿Eso crees?”—

—“La duquesa siempre ha comprendido las necesidades de Kaor.”—

Ferdinand volvió a mirarla.

Isabelle extendió lentamente la mano sobre la mesa. Sus dedos descansaron sobre los de él. No hubo sonrisas ni una seducción evidente.

Solo una pregunta silenciosa.

Ferdinand no retiró la mano. Y por primera vez desde que había comenzado aquella negociación, comprendió que Isabelle no estaba buscando simplemente un tratado.

Estaba buscando algo mucho más difícil de conseguir: una nueva legitimidad.

FIN


 

  

 

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