Capítulo 1: La Guerra de los Magiares y Aurelia
En Nydara, la guerra había durado tanto que nadie
recordaba con certeza cómo había comenzado.
Los historiadores discutían fechas, tratados, asesinatos y
viejos mapas almacenados en archivos históricos. Los sacerdotes de las antiguas
casas aristocráticas hablaban de agravios heredados y el resarcimiento que
requerían las viejas costumbres. Los militares preferían hablar de fronteras,
bajas y cantidad de oponentes.
Pero en las aldeas, en los campos de cultivo y en las ciudades
amuralladas por siglos de arquitectura y tecnología, la gente utilizaba una
palabra mucho más sencilla: la guerra.
Nydara pertenecía
al sistema de Eltanin, en una región remota de la galaxia NGC 1365,
dentro del Cúmulo de Fornax. Para sus habitantes, sin embargo, aquellos
nombres astronómicos pertenecían a una historia tan antigua como la Tierra.
Los primeros colonos habían llegado siglos atrás.
Eran humanos.
Habían cruzado el vacío interestelar en naves generacionales y
transportes de colonización que, para las generaciones posteriores, se habían
convertido casi en objetos legendarios. La mayoría de aquellos primeros grupos
procedía de Europa Central, y entre ellos predominaban los colonos de
origen húngaro.
Habían llevado consigo algo más difícil de transportar que
máquinas, semillas o embriones animales. Habían llevado su memoria.
Conservaron sus lenguas, costumbres, apellidos, músicas,
ceremonias. Incluso sus recetas, sus leyendas y, sobre todo, una particular
concepción del poder.
Con el paso de los siglos, Nydara había desarrollado una
civilización extraordinaria.
Los palacios se alzaban sobre antiguas colinas, pero sus cimientos
estaban construidos con materiales capaces de soportar terremotos y cambios
climáticos extremos. Los jardines aristocráticos se extendían alrededor de
fuentes cuyos chorros de agua podían ser controlados mediante campos
gravitatorios. Las carrozas ceremoniales habían sido reemplazadas por vehículos
antigravitatorios silenciosos, aunque seguían teniendo formas inspiradas en los
antiguos carruajes europeos.
Los nobles vestían chaquetas largas, vestidos de gala, capas y
uniformes inspirados en épocas que en la Tierra habían desaparecido
hacía siglos. Pero las telas podían regular la temperatura corporal, detectar
toxinas y proyectar discretamente información sobre su superficie.
En los salones de los palacios, los invitados conversaban bajo
enormes lámparas de cristal inteligente mientras pequeños drones de vigilancia
flotaban cerca de los techos, casi invisibles.
Curiosamente, la modernidad de Nydara no había destruido
el pasado.
Lo había convertido en tradición.
El planeta estaba dividido en ducados, principados y reinos,
cada uno gobernado por una casa aristocrática. Las antiguas instituciones
democráticas de los primeros colonos habían desaparecido progresivamente,
sustituidas por un sistema de lealtades, vasallajes, matrimonios, alianzas
comerciales y juramentos hereditarios.
Y durante más de dos siglos, aquel sistema había estado en una
guerra larga, lenta y desgastante.
La llamaron Guerra de los Magiares.
El nombre había nacido como una referencia histórica a los
primeros colonos húngaros que habían poblado Nydara. Con el tiempo se
convirtió en algo mucho más grande: una denominación para una guerra que había
enfrentado generaciones enteras.
Padres contra hijos. Ducados contra ducados.
Casas aristocráticas contra otras casas aristocráticas.
Territorios que reclamaban independencia contra soberanos que
pretendían imponer unidad.
Dos siglos de combates habían transformado las fronteras tantas
veces que algunos mapas oficiales mostraban diferentes versiones de Nydara
según el año de consulta.
Las armas habían evolucionado. Pero los hombres no.
Los primeros ejércitos habían utilizado proyectiles cinéticos y
vehículos blindados. Los últimos empleaban rifles de energía, drones autónomos,
escudos personales, artillería orbital y sistemas de inteligencia artificial
capaces de calcular una batalla en segundos.
Pero seguían muriendo hombres y mujeres. Seguían incrementándose los números de las viudas y
los huérfanos.
Seguían naciendo niños que aprendían a reconocer el sonido de
una alarma antes que el de una campana.
Y, después de doscientos años, parecía que la guerra no tenía
intención de terminar.
Hasta que apareció Aurelia.
. . .
El Palacio de Veyron dominaba la capital de Aurelia
desde lo alto de una meseta.
Era una construcción gigantesca de piedra blanca y cristal
inteligente, coronada por cúpulas oscuras y torres ornamentales. Desde lejos
parecía un palacio de la Europa antigua.
De cerca, las diferencias eran evidentes.
En las galerías flotaban paneles holográficos transparentes.
Los jardines estaban atravesados por senderos suspendidos sobre
el suelo.
Las fuentes proyectaban figuras luminosas que representaban a
antiguos reyes.
Y sobre las torres, pequeños drones patrullaban permanentemente
el cielo.
Aquella mañana, sin embargo, nadie parecía interesado en la
belleza del palacio.
En la sala del Consejo de Guerra, doce personas
permanecían alrededor de una larga mesa de cristal negro.
En el extremo norte estaba sentado Kael I.
Tenía cuarenta y cuatro años y una presencia difícil de ignorar.
Medía casi un metro noventa y su complexión atlética revelaba que, a pesar de
los privilegios de su posición, no había abandonado completamente la disciplina
militar.
Sus ojos gris acero permanecían fijos en el mapa holográfico que
flotaba sobre la mesa.
Su cabello castaño oscuro comenzaba a encanecer en las sienes.
Una cicatriz cruzaba la piel sobre su ceja derecha.
Había recibido aquella herida muchos años atrás, cuando todavía
era un comandante de campo.
En el mapa aparecía Nydara.
Una sucesión de territorios iluminados indicaba las regiones
bajo control de Aurelia.
Eran muchas. Demasiadas para que sus enemigos las ignoraran.
Pero todavía no eran suficientes.
Kael extendió
una mano.
El mapa cambió, y la zona oriental del planeta apareció
ampliada: Kaor.
El nombre quedó suspendido en el aire. Nadie respondió.
Kaor era el
último gran obstáculo para la unificación de Nydara.
Su gobernante era Ferdinand, duque de Kaor.
A diferencia de otros nobles que habían perdido territorios,
soldados y recursos durante las campañas de Aurelia, Ferdinand
había conseguido conservar prácticamente intacto su dominio.
No sólo eso.
Había conseguido unir bajo una misma alianza a varios de los
ducados que todavía se negaban a aceptar la autoridad de Kael.
La alianza había recibido el nombre de Liga
de Veyr.
—“¿Cuántos soldados tienen?”— preguntó Kael.
El general Armand Verek respondió:
—“Ciento veinte mil efectivos activos. Cerca de trescientos mil
reservistas.”—
—“¿Y nosotros?”—
—“Doscientos ochenta mil activos, Señor.”—
Kael levantó
la mirada.
—“Entonces no sufrimos grandes bajas en la última campaña.”—
—“Así es, Señor. Somos superiores. Al menos en números.”—
El silencio que siguió fue breve, pero significativo.
—“¿Qué quieres decirme?”—
El general hizo aparecer otra serie de datos.
—“La geografía favorece a Kaor. Sus principales ciudades están
protegidas por sistemas defensivos de última generación. Además, Ferdinand ha
adquirido tecnología militar a tres ducados neutrales.”—
—“¿Tecnología de qué clase?”—
—“Drones autónomos de combate. Escudos de fase. Sistemas de
interferencia cifrada.”—
Kael observó
el mapa.
—“¿Cuánto tiempo tardaríamos en derrotarlos?”—
El general dudó.
—“No lo sabemos. Las simulaciones varían según la tecnología
involucrada.”—
Kael
comprendió la respuesta.
Sabía que podían ganar. Pero el precio sería enorme.
La guerra llevaba doscientos años alimentándose de victorias que
habían dejado más muertos que paz.
Kael se
levantó, mientras la sala guardaba silencio.
—“Quiero una reunión con Ferdinand.”—
El general Verek lo miró sorprendido.
—“¿Personalmente o en Holograma?”—
—“Personalmente.”—
—“Majestad, me temo que Ferdinand no aceptará una rendición.”—
Kael se
volvió hacia él.
—“No he hablado de rendición.”—
—“Entonces, ¿qué piensa ofrecerle?”—
Kael hizo un
gesto vago, señalando el mapa.
—“Una tregua.”—
Nadie respondió, porque la palabra parecía extraña en aquella
sala.
Una tregua. No una ofensiva, ni una anexión. Tampoco un
ultimátum.
Una tregua.
—“Después de doscientos
años de lucha,”— dijo Kael lentamente —“quizá sea hora de descubrir si nuestros
enemigos realmente quieren la paz… o seguir combatiendo.”—
Capítulo 2:
El Embajador y la Traductora
El Ducado de Kaor se extendía por una región montañosa
cubierta de bosques, lagos y antiguas ciudades.
Su capital, Montreval, conservaba intacta la apariencia
de una ciudad aristocrática.
Los edificios tenían fachadas de piedra, columnas, balcones y
grandes ventanales.
Por encima de ellos circulaban vehículos antigravitatorios. Los
tranvías eléctricos recorrían las avenidas.
Drones diplomáticos cruzaban el cielo llevando mensajes
cifrados.
Y en las residencias nobles, servidores artificiales caminaban
silenciosamente entre salones donde los retratos familiares tenían ojos
electrónicos capaces de registrar a los visitantes.
El Palacio de Montferrand era uno de ellos.
En una de sus salas privadas, Isabelle de Montferrand
analizaba un informe diplomático.
Tenía treinta y un años.
Su piel clara tenía un tono cálido que contrastaba con sus ojos
avellana, atravesados por pequeños reflejos dorados. El cabello castaño oscuro,
con reflejos cobrizos, caía sobre sus hombros.
Un pequeño lunar debajo de la mandíbula izquierda era quizá la
única imperfección visible en un rostro que muchos consideraban
extraordinariamente hermoso.
Pero Isabelle había aprendido hacía tiempo que la belleza
era una herramienta peligrosa.
Podía conseguir una conversación. Pero no podía ganar una
negociación.
Aquello requería otra clase de inteligencia.
—“¿Todavía estás trabajando?”— La voz de Gaspard llegó desde la puerta.
Isabelle levantó
la vista.
Su esposo tenía treinta y ocho años, era delgado y medía
aproximadamente un metro ochenta y dos. Sus ojos marrón oscuro contrastaban con
el cabello castaño medio y una barba corta cuidadosamente recortada.
Gaspard de Montferrand era el embajador de Kaor.
Y aquella noche parecía más cansado que de costumbre.
—“Así es. En el informe de Aurelia.”— dijo ella.
—“Entiendo. Ya lo he leído.”—
—“Entonces sabes que es preocupante.”—
—“No más preocupante que ayer.”— dijo Gaspard mientras entraba a la habitación.
El hombre se detuvo junto a la ventana para observar al
exterior. Desde allí podía contemplar una parte de Montreval.
Las luces de la ciudad brillaban bajo una lluvia fina.
—“Kael ha pedido una tregua.”— dijo Gaspard sin preámbulos.
—“¿Una tregua?”— Isabelle dejó el informe sobre la mesa.
—“Sí.”—
—“¿ Por qué no un tratado?”—
—“No lo sé. Apenas soy un diplomático. Quizá necesitemos
entenderlo desde la posición militar.”—
—“Está buscando algo.”— Isabelle se levantó.
—“Claro. Siempre quiere algo.”— Gaspard sonrió. No era un gesto de alegría.
—“¿Qué sabemos de él?”—
Gaspard giró la
cabeza para observarla mientras contestaba:
—“Kael es inteligente. No es cruel por placer. Tampoco es un
fanático. Ha cometido errores, pero suele aprender de ellos.”—
—“¿Y qué crees que quiere realmente?”— Isabelle caminó hasta la ventana.
Gaspard tardó
unos segundos antes de responder:
—“Su intención siempre fue unificar Nydara.”—
—“Entonces no quiere una tregua.”— Isabelle contempló las luces de Montreval.
—“No. Hay algo detrás.”—
Isabelle seguía
frente a la mesa, con el informe de Aurelia abierto ante ella.
Varias páginas flotaban sobre la superficie de cristal,
proyectadas por el sistema de lectura del despacho. Cifras, movimientos de
tropas y registros de suministros aparecían y desaparecían mientras ella
avanzaba de un documento a otro.
—“¿Qué te preocupa exactamente?”— preguntó Gaspard al observar su expresión.
Isabelle no
respondió de inmediato. Dijo:
—“Esto.”— con un
gesto, la mujer amplió una de las tablas y se las mostró.
Gaspard se
acercó para observar los detalles.
—“Los movimientos de las tropas del sector occidental.”— dijo el embajador al reconocer el esquema.
—“Sí.”—
—“Ya los hemos analizado.”—
—“Pero no con esta información. La tregua es nueva.”— Isabelle señaló una serie de desplazamientos
registrados durante los últimos meses. —“Mira las unidades que Aurelia
declara oficialmente.”—
Gaspard las
observó.
—“Son las mismas cifras que tenemos nosotros. Las cifras
oficiales. ¿Que quieres decir?”—
Isabelle levantó
la mirada para explicarle:
—“Creo que sus fuerzas son mucho mayores que las que declara.”—
—“¿Los sabes o lo sospechas?”— Gaspard frunció el ceño al preguntarle.
—“Es una sospecha.”— respondió ella.
—“¿Basada en qué?”—
insistió Gaspard.
Isabelle cerró
una de las ventanas holográficas y abrió otra.
—“En los suministros.”— aparecieron registros de producción, transporte y consumo
energético. —“Aurelia está comprando combustible, componentes para drones y
celdas de energía en cantidades que no corresponden al soporte requerido para
el tamaño de sus ejércitos declarados.”—
Gaspard
permaneció en silencio. Isabelle continuó:
—“También están aumentando la producción de sistemas médicos
de campaña.”—
—“Eso podría indicar que esperan una ofensiva. O que simplemente
están reponiendo reservas.”— dijo él.
—“Después de doscientos años de guerra, nadie repone reservas de
esta manera sin una razón.”— Isabelle defendió su idea.
—“¿Y qué relación tiene esto con la tregua?”— preguntó Gaspard mientras poyaba las
manos sobre la mesa.
Isabelle apagó
los informes. Hizo un silencio breve antes de responderle:
—“Creo que la tregua puede ser una evaluación.”—
—“¿Una evaluación de qué?”— Gaspard la miró intrigado. Había ganado su atención.
Isabelle se
levantó lentamente mientras explicaba:
—“Kael no necesita una tregua para hablar de paz. Si realmente
quisiera negociar un tratado, podría enviar diplomáticos. Podría proponer
condiciones. Podría ofrecer concesiones.”—
—“Y, sin embargo, ha pedido una reunión.”— dijo Gaspard
—“Precisamente es lo que me inquieta.”— Isabelle caminó hacia la ventana mientras explicaba
su punto de vista.
—“Me parece que quiere medirnos. Saber cuántos soldados tenemos.
Qué tan rápido podemos movilizarlos. Qué sistemas defensivos poseemos. Quiénes
están realmente dispuestos a combatir. Qué ducados permanecen fieles a la Liga
de Veyr y cuáles podrían abandonarnos si la guerra continúa.”— señaló la mujer.
Gaspard se
quedó pensativo.
—“Eso también lo puede averiguar mediante sus servicios de
inteligencia.”—
—“Los informes no siempre dicen la verdad. Pero los hombres
sí.”— dijo Isabelle.
Gaspard la miró
durante unos segundos.
—“Explícame esa jugada.”— le pidió.
Isabelle se
volvió hacia él.
—“Si aceptamos inmediatamente la tregua, Kael puede interpretar
nuestra decisión como una señal de debilidad.”—
—“Estás viendo una trampa donde quizá no la haya.”— Gaspard respondió dejando escapar una pequeña
sonrisa.
—“Y tú estás viendo una negociación que quizá detone un ataque
fulminante. ”—
—“No sería la primera vez que un soberano intenta obtener algo
mediante un tratado en lugar de perder hombres y recursos.”— dijo él.
—“No. Pero esta es la primer vez que Aurelia ha estado tan cerca
de unificar Nydara.”— Isabelle cruzó
los brazos.
Aquella frase hizo desaparecer la sonrisa de Gaspard.
Isabelle
continuó:
—“Kael ha conquistado casi todo el continente. Ha derrotado
ducados que durante generaciones parecían intocables. Ahora sólo quedan unos
pocos territorios importantes fuera de su control.”—
—“Entonces, según tú, Kael nos propone una tregua para calcular
nuestras fuerzas y después decidir si atacarnos.”— Gaspard caminó lentamente alrededor de la mesa
mientras pensaba en la idea.
—“Es una posibilidad.”— admitió ella.
—“¿Y por qué no atacar directamente?”— preguntó Gaspard.
—“Porque quizá todavía no sabe cuánto le costaría.”— Gaspard se detuvo mientras Isabelle señalaba
un sector del mapa holográfico. —“Una ofensiva contra Kaor no sería como
conquistar un pequeño ducado. Somos el núcleo de la Liga de Veyr. Si Aurelia
nos ataca, los demás territorios podrían movilizarse.”—
—“O podrían rendirse.”— razonó el embajador.
—“También es posible.”— admitió ella.
—“Entonces la incertidumbre existe en ambos sentidos.”— dijo Gaspard.
—“Sí.”— dijo
Isabelle mientras asentía con la cabeza.
Gaspard observó
el mapa pensativo. Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio.
Finalmente, él habló.
—“Creo que es un análisis demasiado complicado e improbable.”—
Isabelle levantó
una ceja.
—“¿Eso piensas?”—
—“Sí.”— dijo Gaspard
mientras apagaba el mapa.
—“Kael no necesita conocer nuestra fuerza. Ya sabe que Kaor es
fuerte. Todos lo saben.”— dijo Isabelle
—“Entonces, ¿qué busca?”— preguntó él.
—“Evitar una guerra que quizá no pueda ganar al precio que está
dispuesto a pagar. Podría pensar que le dejaría muy debilitado.”— dijo Isabelle.
Gaspard tomó el
informe mientras su esposa insistía en el planteo:
—“Míralo así: desde su posición, ha ganado durante años. Pero
cada victoria cuesta soldados, recursos, tiempo y estabilidad. La conquista no
es gratuita.”—
—“Eso no significa que quiera la paz.”— Gaspard respondió mientras volvía a dejar el
informe sobre la mesa.
—“No he dicho que quiera la paz. Creo que quiere algo que pueda
obtener sin tener que pagar por ello con sangre.”— dijo Isabelle con convicción.
—“Entonces ¿Que busca? ¿Una concesión? ¿Una ventaja?”— preguntó él
—“Tal vez.”—
Gaspard caminó
hacia la ventana mientras preguntaba:
—“¿Y entonces?”—
—“Quizá Kael ha calculado cuánto le costaría conquistar Kaor.
Tal vez las cifras no le gustan. Entonces intenta conseguir mediante un tratado
aquello que no quiere conquistar mediante una guerra.”— Isabelle dejó que Gaspard lo pensara por un
momento. Luego continuó —“Quizá busca territorio, tributos, control
comercial.”—
—“Posiblemente.”—
concedió Gaspard.
—“Reconocimiento de la autoridad de Aurelia sobre determinados
ducados.”—
Gaspard se
volvió para decir:
—“Eso sería más importante.”—
Isabelle asintió
lentamente mientra decía:
—“Y mucho menos costoso que una campaña militar.”—
Gaspard tomó
una copa de la mesa, aunque no bebió. Sabía que Kael era un
conquistador, pero no necesariamente del tipo que quisiera conquistar todo sin
importarle las muertes. Por otra parte Isabelle, había estudiado
históricamente al reino de Aurelia, y en definitiva, conocía en
profundidad la historia y las motivaciones de Kael. Ambos temas habían
sido parte de su especialización como traductora.
—“¿Y si estamos equivocados los dos?”— Isabelle sonrió ligeramente.
—“Entonces tendremos un problema.”— Gaspard la miró. Estaba pensando en como aconsejar al
duque.
—“No.”— Isabelle volvió
a mirar el mapa apagado —“Entonces tendremos dos problemas.”—
—“¿Cuáles?”— quiso
saber Gaspard.
Ella respondió sin apartar los ojos del cristal:
—“Si tú tienes razón, Kael quiere comprarnos o sobornarnos.”— hizo una pausa antes de seguir —“Y si
yo tengo razón, quiere medir cuánto le costaría destruirnos.”—
La expresión de Gaspard se volvió seria. Dijo:
—“En ambos casos tendremos que sentarnos frente a él. Y
escucharlo.”—
—“Así es.”—
—“Entonces quizá la tregua no sea una mala idea.”— dijo Gaspard
—“Por lo pronto no debemos confundir una invitación a conversar
con una promesa de paz.”— opinó
Isabelle.
Gaspard sostuvo
su mirada durante unos instantes.
—“En eso estamos de acuerdo.”— asintió el embajador.
Isabelle volvió a sus documentos.
Aquella noche, mientras los informes de Aurelia seguían
flotando sobre la mesa, ninguno de los dos pudo saber cuál de las dos
posibilidades era más peligrosa.
Que Kael quisiera negociar. O que realmente quisiera
saber cuánto costaría destruirlos.
Capítulo 3: El Duque Ferdinand y Valerie
El duque Ferdinand recibió oficialmente al embajador de Aurelia
con la propuesta de la tregua. En resumen, Kael I le solicitaba el envío
de representantes para negociar una tregua. Los representantes y Kael se
reunirían en Aurelia para llegar a un acuerdo.
El duque tenía cuarenta y tres años, una constitución fuerte y
una presencia que contrastaba con la elegancia fría de muchos aristócratas de
la corte.
Sus ojos azul grisáceo parecían más claros bajo la luz de los
ventanales.
El cabello rubio oscuro comenzaba a mostrar algunas canas y
llevaba una barba corta.
Ferdinand escuchó
el mensaje de Kael sin interrumpir.
Cuando terminó, apagó el holograma.
—“¿Qué opinas?”— le
preguntó a la duquesa.
Valerie de Beumont permanecía
junto a una de las columnas de la sala.
Tenía treinta y cinco años, piel clara, ojos azul verdoso y
cabello rubio ceniza, largo y ondulado.
La duquesa de Kaor era una mujer acostumbrada a observar
y pensar detenidamente antes de hablar.
—“Quiere ganar tiempo”—dijo.
—“¿Para qué?”—
—“Para reorganizar sus fuerzas.”—
Ferdinand
asintió.
—“Es posible.”—
Valerie caminó
hacia la mesa.
—“Pero también puede estar cansado.”—
Ferdinand la miró
intrigado.
—“Kael no me parece un hombre cansado.”—
—“Los hombres cansados no siempre lo parecen.”—
Ferdinand permaneció
pensativo.
Durante unos instantes sólo se escuchó la lluvia contra los
cristales.
—“¿Tú aceptarías una reunión?”—
Valerie lo
observó.
—“Sí.”—
—“¿Por qué?”—
—“La tregua puede ser una trampa. Pero no estoy segura que
podamos ganarle a Aurelia. Al menos rápidamente. Una tregua nos da la
oportunidad de pensar alternativas.”—
Ferdinand sonrió
mientras asentía. Había tomado una decisión.
—“Aceptaremos.”—
le dijo al embajador de Aurelia.
La noticia recorrió Nydara en cuestión de horas.
Los sistemas de comunicación transmitieron el anuncio a todos
los ducados.
Durante doscientos años, Aurelia y los territorios
rebeldes habían hablado mediante cañones, drones y campos de batalla.
Ahora sus gobernantes iban a sentarse frente a frente.
La guerra no había terminado. Ni siquiera estaba cerca de
terminar.
Pero por primera vez en generaciones, dos hombres que habían
heredado un conflicto antiguo estaban a punto de preguntarse si era posible
dejar de heredarlo.
Y en Kaor, sin que ninguno de ellos pudiera imaginarlo
todavía, una mujer comenzaba a ocupar un lugar en aquella historia.
Isabelle de Montferrand hasta ese momento era solamente la esposa del embajador. Y su
nombramiento en la corte llevaba demasiado tiempo detenido.
Su expediente había pasado por las manos de secretarios,
funcionarios, consejeros y miembros del Consejo Ducal. Había sido
revisado, archivado, recuperado y vuelto a archivar con una eficacia
burocrática que habría resultado admirable si no fuera porque, después de
meses, todavía no existía una firma al pie del documento.
El motivo era sencillo. El duque Ferdinand tenía asuntos
más importantes que tratar antes de su nombramiento.
O, al menos, asuntos que consideraba más importantes.
Claro que Isabelle no estaba de acuerdo con eso.
Aquella mañana, sentada frente a una de las ventanas del Palacio
de Montferrand, repasaba por tercera vez el informe que había preparado
para justificar su nombramiento.
No necesitaba demostrar que conocía las lenguas de Nydara,
porque eso ya estaba suficientemente documentado.
Hablaba el idioma oficial de Kaor, dominaba las variantes
dialectales de los ducados orientales y podía mantener una conversación formal
en la lengua de Aurelia sin necesidad de asistencia electrónica.
Pero Isabelle sabía que aquello no era lo más importante.
Una traducción podía ser correcta y, al mismo tiempo, ser
políticamente desastrosa.
Una palabra podía significar respeto en un ducado y sumisión en
otro. Una fórmula ceremonial podía interpretarse como una declaración de
alianza. Un silencio podía ser más ofensivo que un insulto.
Y una frase mal traducida delante de dos soberanos podía
provocar una guerra.
Isabelle conocía
esas diferencias porque había estudiado durante años la historia de los
ducados. Había leído tratados antiguos, correspondencia diplomática, memorias
de embajadores y registros militares.
También había estudiado a Kael.
No al hombre, sino al gobernante. Había seguido sus campañas,
sus reformas administrativas y las decisiones que habían permitido a Aurelia
incorporar territorios que durante generaciones habían resistido cualquier
intento de unificación. Aquel rey se había erigido en una leyenda dentro del
planeta y había convertido a la corona de Aurelia en una potencia
militar sin igual.
Kael I era una
leyenda militar. Pero eso no era lo que más interesaba a Isabelle.
Lo que la fascinaba era su manera de ejercer el poder. Kael
no parecía necesitar demostrar constantemente que lo poseía. Lo utilizaba. Era
un medio para él.
Esa diferencia le resultaba profundamente interesante.
Y, aunque jamás lo había confesado a Gaspard, existía en
ella una admiración silenciosa por aquel hombre al que nunca había visto
personalmente.
Una admiración que procuraba mantener bajo control. Porque
admirar a un enemigo era peligroso. Y admirar a un soberano podía serlo todavía
más.
Isabelle cerró
el expediente.
La noticia de la tregua entre Aurelia y Kaor había
cambiado completamente la situación.
Gaspard tendría
que viajar. Ferdinand necesitaría enviar una delegación.
Y alguien tendría que traducir las conversaciones. Isabelle
sonrió con malicia.
Por primera vez en meses, el retraso de su nombramiento parecía
una ventaja. Sólo necesitaba que alguien se lo explicara al duque. Y sabía
exactamente quién podía hacerlo.
Valerie de Beumont
recibió a Isabelle aquella misma tarde.
La duquesa la esperaba en una galería cubierta de cristal, que
daba a los jardines interiores del palacio. Vestía un traje azul oscuro de
corte sencillo, confeccionado con un tejido inteligente que cambiaba
ligeramente de tonalidad con la intensidad de la luz.
Su cabello rubio ceniza caía en ondas sobre sus hombros.
—“Debería haber imaginado que vendrías”— dijo Valerie, en tono alegre.
Isabelle sonrió.
—“¿Por qué?”— preguntó
inocentemente.
—“Porque cuando necesitas algo siempre apareces con esa
expresión.”—
—“¿Qué expresión?”—
Valerie la miró
durante unos segundos. Eran amigas de confianza desde hacía mucho años.
—“La de una mujer que ya ha tomado una decisión y sólo necesita convencer
a los demás de que también fue idea suya.”— dijo burlonamente la duquesa.
Isabelle soltó
una pequeña risa.
—“Te he echado de menos.”—
—“Eso no ha respondido a mi pregunta.”— dijo Valerie.
—“No he venido a responder preguntas.”—
—“Entonces sí has venido a pedir algo.”— dijo la duquesa mientras reía.
Isabelle se
sentó frente a ella.
—“Mi nombramiento.”—
Valerie inclinó
ligeramente la cabeza.
—“Pensé que estaba aprobado.”—
—“Está aprobado en todas partes excepto donde importa.”— dijo Isabelle.
—“Ferdinand.”— asintió
Valerie.
—“Así es. El duque.”—
La duquesa tomó una copa de agua y la sostuvo entre los dedos.
—“¿Y por qué ahora?”—
Isabelle no
necesitó fingir con su amiga.
—“Porque el duque va a enviar a Gaspard a Aurelia.”—
—“Entiendo.”—
—”Y necesitará un traductor oficial.”—
—“Pero Gaspard habla bastante bien la lengua de Aurelia.”—
—“Habla. Traduce.”— dijo Isabelle
Valerie esperó.
—“Pero yo conozco todos los significados. Las dobles
intenciones. Hay una diferencia.”— hizo una pausa —“Y en un tratado, en diplomacia, a veces esa
diferencia cuesta vidas.”—
La duquesa dejó la copa sobre la mesa.
Isabelle
continuó:
—“No se trata sólo de traducir palabras. Se trata de conocer las
fórmulas diplomáticas, las referencias históricas, los títulos, las expresiones
que pueden interpretarse de manera equivocada. Conozco los dialectos de los
territorios de la Liga. Conozco la historia de Aurelia. He estudiado sus
protocolos.”—
Valerie sonrió.
—“También has estudiado a Kael.”—
Isabelle sostuvo
su mirada.
—“Como corresponde a cualquier diplomática.”—
—“No he dicho lo contrario.”—
Hubo un breve silencio.
Valerie conocía
a Isabelle desde antes de su matrimonio con Gaspard. Habían
compartido estudios, viajes y algunas temporadas en la corte. Sabía reconocer
cuándo Isabelle ocultaba algo.
Pero también sabía cuándo una ambición era legítima.
—“¿Quieres acompañar a tu esposo?”—
—“Quiero formar parte de la delegación.”—
—“No es exactamente lo mismo.”—
—“No.”—
Isabelle se
inclinó ligeramente hacia adelante.
—“Quiero estar allí.”—
Valerie
comprendió. No era una petición improvisada. Isabelle llevaba tiempo
esperando una oportunidad. Y su nombramiento no sería una imposición de
privilegio alguno. Estaba muy preparada.
Y la tregua acababa de proporcionarle una oportunidad.
—“¿Por qué?”—
La pregunta fue formulada con suavidad. Valerie ahora
actuaba como una duquesa que indagaba a una amiga. Y valoraba esa amistad.
Isabelle tardó
unos segundos en contestar.
—“Porque una negociación como ésta puede decidir el futuro de
Nydara. De Kaor. Y de todos nosotros.”—
Valerie no
apartó los ojos de ella.
—“Eso es lo que dirías ante el Consejo.”—
—“Es verdad.”—
—“Pero no es toda la verdad.”—
Isabelle sonrió.
—“No.”—
Valerie esperó.
—“También quiero ver cómo piensa Kael.”—
La expresión de la duquesa cambió apenas.
—“¿Cómo piensa?”—
—“Sí.”—
—“¿Por qué?”—
Isabelle miró
hacia los jardines.
—“Porque ha hecho algo que ningún gobernante anterior
consiguió.”—
—“¿Conquistar medio planeta?”— preguntó Valerie.
—“No.”— Isabelle
volvió la cabeza. —“Conseguir que medio planeta piense que puede
destruirnos a todos.”—
Valerie guardó
silencio.
Aquella respuesta le gustó menos de lo que esperaba. Porque
demostraba que Isabelle no estaba fascinada solamente por el poder.
Estaba intentando comprenderlo. Y conocía la ambición de su amiga.
—“Ten cuidado”—
dijo la duquesa.
—“¿Con qué?”—
—“Con los hombres que saben utilizar el poder.”—
Isabelle sonrió
ligeramente.
—“Tendré cuidado.”—
—“No me refiero a Kael. Me refiero a todo lo que ocurre
alrededor de un hombre como él. El poder atrae ambiciones, y algunas ambiciones
son más peligrosas que cualquier ejército. “—
La sonrisa de Isabelle desapareció. Valerie tomó
nuevamente la copa.
La conversación terminó poco después.
Cuando Isabelle abandonó la galería, no tenía todavía un
nombramiento oficial. Pero tenía algo más importante, la promesa de Valerie
de hablar personalmente con Ferdinand.
Aquella noche, Isabelle regresó al Palacio de
Montferrand y encontró a Gaspard revisando documentos de la futura
delegación.
—“¿Y bien?”—
preguntó él.
Isabelle dejó los guantes sobre una mesa.
—“Valerie hablará con Ferdinand.”—
Gaspard levantó
la mirada.
—“¿Eso significa que viajarás?”—
—“Significa que existe una posibilidad.”—
—“Ya es más de lo que teníamos esta mañana.”—
Isabelle se acercó
a la mesa.
Sobre ella apareció un mapa holográfico de Aurelia. El
centro del reino brillaba con una luz tenue. En medio del mapa se encontraba el
Palacio de Veyron.
Ese era el corazón político de Nydara.
Gaspard observó
a su esposa.
—“No deberías entusiasmarte demasiado.”—
—“No estoy entusiasmada. Estoy preparada.”—
Gaspard sonrió.
Isabelle
contempló nuevamente el mapa.
Durante años había estudiado aquel lugar desde la distancia.
Había leído sobre sus salones, sus ceremonias, sus alianzas y sus conflictos.
Ahora podía tener la oportunidad de entrar allí.
No como visitante. Ni como esposa de un embajador. Sino como una
profesional cuya presencia podía resultar necesaria.
Y frente a ella estaría Kael I.
El hombre que había cambiado el equilibrio de Nydara. El
soberano que había derrotado a sus enemigos durante años. El hombre cuya
capacidad para ejercer el poder había despertado en ella una curiosidad que
prefería no examinar demasiado.
Isabelle extendió
un dedo y amplió la imagen del Palacio de Veyron.
—“Quiero estar allí.”—
Gaspard la
observó durante unos segundos.
—“Entonces procura que Ferdinand firme antes de que Kael cambie
de opinión.”—
Isabelle sonrió.
—“No pienso dejarle esa posibilidad.”—
Capítulo 4: El Palacio de Veyron
El Palacio de Veyron apareció ante ellos al final de la
avenida ceremonial.
Isabelle había
visto aquella fachada cientos de veces en imágenes históricas, pero ninguna le
había hecho justicia.
El edificio se extendía sobre una colina artificial, rodeado de
jardines geométricos y largas galerías de cristal. Sus columnas de piedra clara
sostenían balcones ornamentados, mientras, entre las torres, flotaban
discretamente pequeñas plataformas de vigilancia.
No había soldados apostados en cada esquina. No eran necesarios,
porque drones negros, casi invisibles, patrullaban los jardines y las avenidas.
Los sistemas defensivos del palacio estaban integrados en la arquitectura.
Veyron no
parecía una fortaleza, y precisamente por eso resultaba más intimidante.
El vehículo antigravitatorio de la delegación de Kaor avanzó
lentamente por la avenida.
Gaspard
permanecía sentado frente a Isabelle.
Vestía el uniforme diplomático de Kaor: chaqueta oscura
de corte aristocrático, cuello alto y una banda plateada que identificaba su
rango. A su lado reposaba el estuche que contenía los documentos oficiales.
Isabelle llevaba
un vestido de color marfil, sobrio para una audiencia real, confeccionado con
una tela que reflejaba suavemente la luz. El cabello castaño oscuro, con sus
discretos reflejos cobrizos, estaba recogido parcialmente. El pequeño lunar
debajo de la mandíbula izquierda quedaba visible.
Gaspard observó
por la ventana.
—“¿Estás nerviosa?”—
—“No.”—
—“Mientes bastante mal para ser oficialmente una diplomática.”—
Isabelle volvió
la cabeza.
—“Estoy concentrada.”—
—“Bien. Eso sí puedo creerlo.”—
El vehículo comenzó a descender, y a través del cristal pudieron
contemplar los jardines de Veyron.
Fuentes de agua suspendida flotaban sobre estanques circulares.
Árboles cuidadosamente podados rodeaban esculturas de antiguos monarcas.
Pequeños drones de mantenimiento trabajaban entre los arbustos sin producir
prácticamente ningún sonido.
Isabelle observó
todo aquello con asombro y en silencio.
Había estudiado el palacio, pero estudiarlo no era lo mismo que
estar allí.
Aquella era la residencia del hombre que había conseguido lo que
ningún soberano de Nydara había logrado en dos siglos.
Kael I había
conquistado medio planeta y ahora, imprevistamente, buscaba una tregua.
El vehículo se detuvo, y después de un par de segundos, la
puerta se abrió. Un funcionario de protocolo les esperaba junto a la
plataforma.
—“Embajador de Kaor.”— saludó el funcionario con una pequeña reverencia.
Gaspard
descendió primero. Isabelle lo siguió.
La pequeña delegación estaba formada por seis personas. Dos
asesores, tres funcionarios diplomáticos y ella.
Nada más.
Habían decidido deliberadamente evitar una demostración de
fuerza. La orden de Ferdinand era que la tregua debía comenzar como una
conversación, no como una amenaza.
El grupo fue conducido para la audiencia al gran Salón de los
Fundadores.
Era una estancia enorme, con un techo abovedado y paredes
cubiertas por retratos holográficos de los antiguos gobernantes de Aurelia.
En el centro había una larga alfombra roja. Al fondo, sobre una
plataforma ligeramente elevada, estaban Kael y Marguerite.
El rey Kael I permanecía de pie.
A sus cuarenta y cuatro años, su presencia era imponente. Medía
cerca de un metro ochenta y ocho y mantenía una postura que revelaba años de
disciplina militar.
Su cabello castaño oscuro mostraba algunas canas en las sienes.
Sus ojos gris acero recorrieron a la delegación. La cicatriz
sobre su ceja derecha era visible incluso desde cierta distancia. A su lado
estaba la reina consorte, Marguerite Valenz.
De fría belleza, la reina contaba con treinta y nueve años, un
porte elegante y una presencia sin igual. Su piel clara contrastaba con el
cabello negro, largo y perfectamente cuidado. Sus ojos verde oscuro parecían
observar la sala con una atención que no dejaba nada al azar.
Gaspard avanzó
mientras hacía una inclinación respetuosa.
—“Majestad.”—
Kael respondió
con un gesto de bienvenida.
—“Embajador Gaspard de Monferrand”—
—“En nombre de Su Alteza Ferdinand, duque de Kaor, agradezco
vuestra disposición para recibir esta delegación.”—
—“Agradezco que hayáis venido.”—
Gaspard abrió
el estuche. Un pequeño dispositivo proyectó sobre el aire el sello oficial de Kaor.
Un haz luminoso salió del anillo del embajador para completar el diseño del
sello.
—“Traemos la confirmación formal de la disposición de nuestro
duque para iniciar conversaciones destinadas a establecer una tregua entre
Aurelia y la Liga de Veyr.”—
Kael observó
el documento.
—“Una tregua.”—
—“Como primer paso hacia un acuerdo más amplio.”—
Kael tomó el
dispositivo.
—“La paz es una palabra ambiciosa. Que la buena voluntad nos
guíe en estas negociaciones.”—
Gaspard sostuvo
su mirada.
—“Después de doscientos años de guerra, Majestad, quizá haya
llegado el momento de utilizar palabras ambiciosas.”—
Por primera vez, Kael sonrió ligeramente.
—“Que así sea.”—
Isabelle
permanecía unos pasos detrás de su esposo. Hasta ese momento había hablado solo
cuando fue estrictamente necesario.
La audiencia estaba desarrollándose en la lengua diplomática
común, pero Kael cambió de pronto al dialecto magiar de Aurelia.
—“¿Y quién será la responsable de interpretar nuestras
conversaciones?”— dijo
con una sonrisa amable en el rostro.
Gaspard miró
hacia atrás.
—“Mi esposa, Majestad. La
traductora oficial de Kaor.”—
Isabelle dio un
paso adelante y dijo:
—“Isabelle de Montferrand, Su Majestad.”—
Kael la
miró. Fue apenas un instante, pero Isabelle lo notó.
Los ojos del rey recorrieron su rostro con una atención
ligeramente superior a la necesaria.
—“Me dicen que hablas muy bien nuestra lengua.”—
—“Desde hace muchos años.”—
—“¿Dónde la aprendiste?”—
—“En Kaor. Y durante mis estudios en los ducados orientales.”—
Kael cambió
nuevamente de registro. Y pronunció una frase en una variante dialectal
bastante menos utilizada.
Isabelle
respondió sin vacilar.
La expresión del soberano cambió ligeramente.
—“Muy bien. Interesante en verdad. Me siento halagado.”— dijo Kael I
—“Es una variante antigua de la región de Szar.”—
Kael asintió.
—“Pocos fuera de Aurelia la reconocerían.”—
—“Pocos se han tomado el trabajo de estudiarla, Majestad.”—
La respuesta provocó una leve sonrisa en el rostro del rey.
—“Entonces Ferdinand ha escogido a la traductora correcta para
estas conversaciones.”—
Isabelle hizo
una pequeña inclinación.
—“Eso espero, Majestad.”—
Kael volvió
su atención hacia Gaspard.
—“¿Cuántos días permaneceréis en Veyron? ¿Tenéis órdenes al
respecto?”—
—“Los que sean necesarios para establecer las bases de una
negociación.”—
—“Será un placer brindarles nuestra hospitalidad.”—
Gaspard volvió a
inclinarse.
—“Agradecemos vuestra disposición, Majestad.”—
Kael hizo un
gesto.
—“Veyron es vuestra casa mientras duren las conversaciones.”—
—“Sois muy generoso.”—
—“La hospitalidad es el primer paso para lograr las concesiones
diplomáticas, embajador ¿No lo cree así?”—
Gaspard sonrió.
—“Naturalmente.”—
La reina Marguerite no había hablado, pero había
observado atentamente. La manera en que Kael había pronunciado aquella
última frase. Y había observado cómo sus ojos regresaron a Isabelle antes
de volver a Gaspard.
La reina conocía a su esposo desde hacía años, y sabía
distinguir la diferencia sutil entre curiosidad y atracción. Y aquella forma de
mirar no era simple curiosidad.
No todavía. Pero era suficiente para alertarla.
Marguerite desvió
la atención del rey hacia la joven traductora.
Porque había observado algo más: la forma en que Isabelle
observaba a Kael. La estudió detenidamente. La traductora no parecía ser
consciente de haber provocado nada. O quizá lo era... y simplemente sabía ocultarlo.
La audiencia continuó.
Gaspard explicó
las intenciones de Ferdinand, habló de la situación de la Liga de
Veyr y presentó oficialmente la documentación.
Kael
respondió con cautela. Sus palabras fueron correctas y los gestos impecables.
Todo parecía transcurrir exactamente como debía. Pero Marguerite
ya no escuchaba únicamente la conversación. Estaba estudiando a su marido.
Kael hizo
una pregunta. Isabelle tradujo. Él respondió. Isabelle volvió a
traducir.
Nada extraordinario, o que pudiera señalarse como una falta.
Sin embargo, cuando Isabelle terminó de hablar, Kael
mantuvo los ojos sobre ella un segundo más de lo necesario.
Marguerite lo vio.
Y comprendió que la tregua acababa de introducir en Veyron algo que no
figuraba en ninguno de los documentos de Kaor.
Una mujer. Inteligente. Una mujer que conocía la lengua de Aurelia.
Una mujer que había llegado al corazón del poder precisamente
cuando su esposo estaba dispuesto a negociar el futuro del reino.
Estaba acostumbrada a las mujeres que miraban a Kael.
Algunas deseaban al hombre; otras, el poder que lo rodeaba. No le preocupaban.
Había aprendido hacía mucho tiempo que el poder atraía admiración, deseo y
oportunismo con la misma facilidad con que atraía enemigos.
Isabelle, sin
embargo, no lo había mirado como aquellas mujeres.
La joven parecía interesada en comprender a Kael, no en
impresionarlo.
Y aquello fue lo que inquietó a Marguerite.
Porque el deseo podía rechazarse. Y la ambición podía vigilarse.
Pero una mujer capaz de comprender verdaderamente a un hombre
poderoso podía terminar ocupando un lugar al que ninguna otra hubiera
conseguido llegar.
Marguerite no
sintió celos. Todavía no.
Sintió algo más incómodo: una
advertencia.
Capítulo 5: La Habitación Segura
El mayordomo aguardó hasta que el último miembro de la
delegación hubo entrado en sus habitaciones.
—“Si necesitan cualquier cosa, sólo tienen que solicitarlo.”—
Gaspard inclinó
la cabeza.
—“Gracias.”—
El hombre hizo una reverencia impecable y abandonó la estancia.
La puerta se cerró.
Isabelle esperó
un segundo.
—“Gaspard, creo que deberíamos...”—
Él levantó una mano, sin decir nada.
La expresión de su rostro había cambiado.
Gaspard
introdujo su mano en el interior de la chaqueta y extrajo un pequeño
dispositivo metálico, apenas mayor que una moneda.
Lo colocó sobre una mesa.
Presionó un botón. Una luz roja apareció en el centro.
Isabelle lo
observó.
—“¿Qué es?”—
Gaspard levantó
un dedo para pedirle silencio.
El dispositivo emitió un sonido apenas perceptible. a luz roja
parpadeó.
Después cambió a verde.
—“Ahora podemos hablar.”—
Isabelle bajó la
voz.
—“¿Están escuchándonos?”—
—“Probablemente. Tal vez nos filman. O las dos cosas.”—
—“¿Cómo lo sabes?”—
—“Es lo que haríamos nosotros con los huéspedes diplomáticos.
Asumo que es igual en el Palacio de Veyron.”—
Gaspard tomó el
pequeño aparato.
—“Esto es un interceptor de frecuencias. Cuando está activado, genera
una zona de interferencia que inutiliza los sistemas de grabación que dependan
de señales inalámbricas dentro de la habitación.”—
Isabelle miró
alrededor.
—“¿Cámaras?”—
—“Audio, cámaras y sensores de transmisión. Los sistemas
internos del palacio no pueden enviar información mientras el dispositivo esté
funcionando.”—
—“¿Y si tienen sistemas que no dependan de frecuencias?”—
Gaspard sonrió.
—“Entonces esperamos que no los hayan instalado.”—
Isabelle volvió
a mirar el aparato.
—“¿Por qué no me habías hablado de esto antes?”—
—“Porque esta es tu primer misión diplomática. No hemos tenido
tiempo de entrenarte. Tu nombramiento fue rápido.”—
—“Ah...”—
Gaspard guardó
silencio unos instantes.
—“Necesitas aprender algunas cosas antes de empezar a trabajar
oficialmente.”—
—“¿Como desconfiar de las paredes?”—
—“Como desconfiar de todo lo que parece demasiado cómodo.”—
Isabelle observó
la habitación.
Era difícil imaginar un lugar menos amenazante.
El dormitorio ocupaba casi la mitad de la suite. Había una cama
amplia, una pared de cristal inteligente y un balcón desde el que podía
contemplarse parte de los jardines de Veyron.
El baño privado parecía más grande que algunos apartamentos de Montreval.
Mármol sintético, bañera de inmersión, duchas de presión
regulable y un sistema médico capaz de analizar el estado fisiológico de
cualquier persona en cuestión de segundos.
La suite se comunicaba con las habitaciones de los demás
miembros de la delegación mediante una sala de estar común.
Había sillones, escritorios y una mesa central donde podían
reunirse para trabajar.
Todo era impecable.
Todo parecía diseñado para hacer olvidar que se encontraban en
territorio enemigo.
—“Otra cosa”— dijo Gaspard.
Isabelle se
volvió.
—“No utilizaremos ningún sistema de comunicación del palacio.”—
—“¿Ni siquiera los canales diplomáticos?”—
—“Para asuntos oficiales, sí. Para todo lo demás, no.”—
—“¿Cómo nos comunicaremos con Kaor?”—
—“Uno de nuestros asesores se encargará.”—
—“¿Quién?”—
—“Francoise.”—
Isabelle conocía
el nombre.
—“El asesor de seguridad.”—
—“Sí. Lleva un comunicador cifrado.”—
—“¿Con quién puede hablar?”—
—“Directamente con Valerie.”—
Isabelle
asintió.
—“¿Y Ferdinand?”—
—“Valerie informará al duque.”—
Gaspard guardó
nuevamente el interceptor.
—“Ésta es tu primera misión. Prefiero enseñarte estas cosas
ahora y no después de que alguien haya tenido la oportunidad de utilizarlas
contra nosotros.”—
Isabelle sonrió.
—“Empiezas a parecer un hombre paranoico.”—
—“Estoy acostumbrado. Como embajador.”—
—“Eso no es una respuesta.”—
—“En Kaor quizá no. Aquí, sí.”—
Una hora más tarde, Isabelle salía del baño. Había dejado
que el agua caliente borrara por unos minutos el cansancio del viaje.
La habitación estaba iluminada con una luz tenue.
Gaspard se
encontraba sentado frente a uno de los escritorios, leyendo documentos.
Levantó la mirada.
—“La recepción de esta noche será a las nueve.”—
Isabelle se
detuvo.
—“¿Qué recepción?”—
—“La fiesta de bienvenida. Se acostumbra.”—
—“¿Fiesta?”—
—“Kael y Marguerite agasajarán a la delegación.”—
Isabelle caminó
hacia el vestidor.
—“No me habías dicho nada.”—
—“No sabía que te interesaría particularmente.”—
—“Por supuesto que me interesa.”—
Gaspard volvió
al documento.
—“No te preocupes. Será algo sencillo… protocolar.”—
—“¿Sencillo?”—
—“Saludamos a los soberanos, conversamos, bebemos algo y
regresamos a dormir.”—
Isabelle abrió
el armario.
—“Eso parece exactamente lo que haría un embajador.”—
—“Porque soy embajador.”—
Ella no respondió. Le habían ordenado las prendar por colores.
Vestidos formales, trajes diplomáticos, vestimenta de gala.
Isabelle pasó los
dedos por varias telas.
Aquella noche tendría una oportunidad que probablemente no
volvería a repetirse.
No se trataba de una simple negociación. Al menos no
oficialmente. Estaría en la misma sala que Kael. Probablemente a pocos
metros.
Podría observarlo sin la distancia de una audiencia formal. Y
él... podría observarla a ella.
Isabelle eligió
finalmente un vestido de gala de líneas elegantes, sobrias y cuidadosamente
ajustado a su figura. No era escandaloso porque en definitiva no necesitaba
serlo. Si quería destacar, no sería por sus formas, sino por sus maneras.
Lo observó cuidadosamente. El corte resaltaba su silueta sin
convertirla en el centro evidente de atención. La tela tenía un brillo discreto
que cambiaba ligeramente cuando recibía la luz.
Isabelle
contempló su reflejo.
Se soltó el cabello. Los mechones castaños, atravesados por
reflejos cobrizos, cayeron sobre sus hombros. Luego volvió a recoger una parte.
Decidió que debía lograr el equilibrio perfecto: demasiado elaborado parecería
intencionado, demasiado sencillo sería desperdiciar la ocasión. Seguramente
habría muchas mujeres atractivas en esa
recepción.
Tras varias pruebas, encontró el equilibrio que buscaba.
Gaspard apareció
detrás de ella.
—“¿No ibas a ponerte algo sencillo?”—
Isabelle se
volvió.
—“Esto es sencillo.”—
Gaspard la
contempló durante unos segundos.
—“Claro.”—
Ella sonrió.
—“¿Qué?”—
—“Nada.”—
—“Estás pensando algo.”—
—“Estoy pensando que el embajador de Kaor debería sentirse
orgulloso de que su esposa lo acompañe.”—
—“Eso espero.”—
Gaspard regresó
a sus documentos.
Isabelle esperó
unos instantes. Luego preguntó, con la mayor naturalidad que pudo reunir:
—“¿De qué suelen hablar Kael y Marguerite en estas
recepciones?”—
Gaspard levantó
la mirada.
—“¿Te preocupa quedarte sin tema de conversación?”—
—“No quiero cometer un error diplomático.”—
—“Bien.”—
Gaspard dejó
los documentos.
—“Kael suele interesarse en cuestiones militares, naturalmente.
Pero no conviene hablar demasiado de la guerra.”—
—“¿Qué más?”—
—“Historia. Política territorial. Tecnología aplicada a la
administración. Infraestructura. Desarrollo. Educación, salud, bienestar.”—
Isabelle escuchaba
atentamente.
—“¿Y la reina?”—
—“Marguerite es diferente.”—
—“¿En qué sentido?”—
—“Es muy buena conversando sobre cualquier tema que toques. Si
dirige la charla, lo hace hablando de las artes, la arquitectura, la historia
de las antiguas casas de Nydara. También tiene bastante interés por la
educación y por la conservación cultural.”—
Isabelle
asintió.
—“No son improvisados. No tocarán ningún tema delicado. Hablarán
de nuestra cultura. De Montreval. De los jardines de la capital. De nuestra
música.”—
—“¿Y de la Liga de Veyr?”—
Gaspard sonrió.
—“No hablarán de eso, pero si alguien saca el tema, déjamelo a
mí.”—
—“¿Sabes si la reina Marguerite habla otros dialectos de
Aurelia, además del oficial?”—
—“Creo que no. Pero no te preocupes, la reina no suele probar a
sus agasajados como lo hizo Kael contigo. Solo te hablará en el dialecto
oficial.”—
Isabelle fingió
aceptar la indicación de buena. Pero había memorizado cada palabra.
Historia, política, tecnología, arquitectura, cultura.
Kael. Marguerite.
No necesitaba más.
Gaspard volvió a
sus documentos sin sospechar nada.
Isabelle se
acercó nuevamente al espejo. Se colocó un pequeño adorno en el cabello. Había
pasado años estudiando los idiomas de Nydara.
Meses esperando su nombramiento. Semanas preparándose para
aquella misión.
Y ahora estaba a punto de encontrarse con el hombre que había
transformado el mapa político del planeta, Kael I de Aurelia.
La leyenda militar. El conquistador. El soberano que había
conseguido someter ducados que habían resistido durante generaciones.
Isabelle sabía
que aquella noche tenía que comportarse como una traductora.
Como una diplomática. Como la esposa del embajador. Pero, en
algún lugar detrás de aquella disciplina, existía otra intención.
Quería hablar con él. Quería descubrir si el hombre era
realmente tan inteligente como parecía en los informes. Quería saber qué había
detrás de aquellos ojos gris acero.
Y, sobre todo, quería averiguar por qué un hombre que había
conquistado casi todo Nydara había decidido detenerse precisamente ante Kaor.
La idea se le ocurrió mientras terminaba de arreglarse.
Durante la audiencia, Kael había cambiado deliberadamente
al dialecto antiguo con el que quiso poner a prueba sus conocimientos. Isabelle
había respondido sin vacilar. Por unos segundos, ambos habían compartido un
idioma que los demás miembros de la delegación apenas comprendían.
Podía utilizarlo, pero no para decir nada comprometedor. No
todavía. Simplemente para establecer entre ambos una pequeña complicidad.
Una frase que Kael reconociera como una continuación de
aquel intercambio.
Pero había un problema.
Isabelle se
volvió hacia el espejo y dijo susurrando en voz baja:
—“Marguerite.”—
No sabía cuánto conocía la reina sobre los dialectos de Aurelia.
Gaspard tampoco
había podido asegurárselo. Sabía que Marguerite dominaba la lengua
oficial del reino y que había recibido una educación excepcional, pero
desconocía si hablaba aquella variante antigua o si simplemente la comprendía.
Y esa diferencia podía resultar decisiva.
Si Isabelle decía algo demasiado personal y la reina lo
entendía, podía quedar expuesta.
Peor aún: tal vez Marguerite podía comprenderlo
perfectamente y fingir que no lo había hecho. Aquello sería todavía más
peligroso. Isabelle no era experta, pero conocía lo suficiente a la
diplomacia para evitar confundir silencio con ignorancia.
Necesitaba una frase que sólo Kael pudiera interpretar
como una señal de complicidad, pero que, en boca de cualquier otra persona,
pareciera perfectamente inocente.
Pensó unos segundos.
Una observación sobre la ciudad. Un comentario sobre el palacio.
Algo relacionado con la lengua. Nada que pudiera ser interpretado como una
insinuación.
Nada que permitiera a Marguerite convertir una frase
inocente en una acusación.
Sonrió. Ya tenía una idea. Si Kael recordaba aquella
conversación de la audiencia, comprendería inmediatamente que había elegido
deliberadamente el mismo dialecto.
Para los demás, sería simplemente una cortesía. Para él, quizá
significaría algo más. Y eso era exactamente lo que Isabelle quería.
No necesitaba que Kael supiera que estaba intentando
acercarse a él. Sólo necesitaba que creyera que aquella conversación
pertenecía, aunque fuera por unos instantes, únicamente a los dos.
Después de terminar de arreglarse, Isabelle apagó la luz
del vestidor.
—“¿Estamos listos?”— preguntó Gaspard.
Ella se volvió.
—“Completamente.”—
Y mientras abandonaban la habitación, Isabelle todavía no
sabía que aquella noche no sólo iba a conocer al hombre que había estudiado
durante años.
Iba a entrar, por primera vez, en el mundo donde el poder dejaba
de ser una palabra escrita en los libros y adquiría un rostro.
Capítulo 6: El Hombre Detrás de la Corona
La recepción había comenzado hacía más de una hora.
El gran salón de Veyron estaba iluminado por cientos de
lámparas suspendidas que parecían pequeñas estrellas atrapadas bajo la cúpula.
Una orquesta de cámara ocupaba el extremo oriental de la estancia. Sus
instrumentos eran modernos, pero habían sido diseñados para reproducir la
sonoridad de los antiguos conjuntos de cuerda de la Tierra.
Los invitados conversaban bajo las luces doradas: diplomáticos,
aristócratas, oficiales, consejeros. Hombres y mujeres que llevaban décadas
esperando que la guerra terminara y otros que habían hecho fortuna gracias a
ella.
Gaspard se
acercó a la pareja real acompañado de Isabelle.
—“Majestades.”—
Kael volvió
el rostro.
—“Embajador.”—
Marguerite, de una
belleza exquisita, sonrió con la cortesía exacta que exigía la ocasión.
—“Espero que nuestros aposentos sean de vuestro agrado.”—
—“Más de lo que merecemos, Majestad.”—
—“Eso no lo diga jamás delante de los administradores del
palacio. Podrían empezar a cobrar por ello.”—
Gaspard soltó
una breve risa.
—“Procuraré guardar el secreto.”—
La conversación continuó por senderos inofensivos. Hablaron
sobre el viaje, el clima. La arquitectura de Veyron y los magníficos jardines.
Nada que pudiera interpretarse como una negociación.
Isabelle
permanecía junto a su esposo. Pero observaba a Kael. No de manera
evidente, claro. Había aprendido a estudiar a las personas a través de la
paciente observación.
En los informes militares y diplomáticos, Kael era
descripto como una figura casi inhumana: estratega, comandante, conquistador.
En los discursos de Aurelia que había leído y en los
videos que había observado, era el soberano que había devuelto la unidad a un
planeta dividido.
Para sus enemigos, era el hombre que había enterrado
generaciones bajo sus campañas. Pero allí, bajo las luces del salón, Isabelle
vio algo que no aparecía en ningún informe.
La faceta humana que nadie había descripto. Y el cansancio, que
no era evidente a primera vista.
Un observador distraído jamás lo habría advertido. Kael
mantenía la espalda recta, sonreía atentamente y respondía a cada interlocutor
con la seguridad de quien había nacido para gobernar.
Pero sus ojos parecían más pesados que durante la audiencia. De
vez en cuando dejaba escapar una respiración lenta antes de incorporarse
nuevamente a la conversación.
Isabelle conocía
su historia. Sabía cuántas campañas había dirigido personalmente, cuántos
tratados había roto, cuántos enemigos había derrotado. Y cuántos hombres había
enviado a morir.
De pronto, comprendió algo que hasta entonces sólo había
sospechado: Kael no parecía disfrutar de la guerra. La soportaba como
una carga que había heredado de sus antecesores. Y eso era muy diferente a lo
que el mundo creía saber de él.
Un hombre podía amar el poder y, al mismo tiempo, estar agotado
por el precio que debía pagar para conservarlo.
Isabelle lo
contempló mientras hablaba con un aristócrata de Aurelia. Aquel hombre
era, para todo el planeta Nydara, el soberano fuerte. El que nunca podía
dudar, el que debía decidir.
El hombre que ordenaba el siguiente movimiento, el que no podía
mostrar cansancio porque todo un reino dependía de su voluntad.
Pero ¿dónde descansaba un hombre así?
Isabelle pensó en ello.
Si Kael continuaba la guerra, quizá necesitaría otros
veinte años para conquistar los últimos territorios de Nydara. Veinte
años de campañas, de soldados muertos, de viudas. Veinte años de enemigos. Y,
al final, tendría un planeta unido bajo su bandera.
Pero quizá ya no tendría nada dentro de él que pudiera
disfrutarlo.
La idea la inquietó. Y también la atrajo. Porque por primera
vez, no vio al conquistador. Vio al hombre que había detrás de la corona.
Entonces recordó la frase que había preparado.
Esperó, porque no debía parecer calculada. Aguardó a que Gaspard
terminara de hablar sobre las rutas comerciales entre Kaor y Aurelia.
Kael volvió
la mirada por un momento hacia Isabelle. Y ella aprovechó el momento.
—“Majestad, he estado pensando en aquella variante del lenguaje
de Aurelia que utilizó esta mañana.”—
Kael pareció
interesado.
—“¿Sí?”—
—“Creo que eligió deliberadamente una lengua que casi nadie en
esta sala comprende.”—
Durante un instante, el ruido del salón pareció alejarse. Kael
sostuvo su mirada.
—“¿Y qué le hace pensar que fue deliberado?”—
Isabelle dejó pasar apenas un segundo.
—“Porque me han dicho que un hombre como usted no suele hacer
nada por casualidad.”—
Los ojos de Kael cambiaron. No fue una sonrisa completa,
fue algo más pequeño. Más privado. Isabelle se dio cuenta que el halago
había encontrado su destino.
—“¿Eso le han dicho?”—
—“Lo he leído en suficientes informes como para considerarlo una
opinión razonable.”—
—“Los informes militares suelen exagerar.”—
—“Suelen equivocarse, es cierto. Pero no siempre.”—
Kael soltó
una breve risa. Gaspard sonrió, creyendo que la conversación era
simplemente una muestra del talento diplomático de su esposa.
Marguerite no
sonrió abiertamente. Ella era muy observadora y Había algo que no se le
escapaba. No era la frase. Era la forma en que Isabelle había esperado
el momento exacto para pronunciarla.
La manera en que había sostenido la mirada de Kael. La
ligera inclinación de su cabeza. Y, sobre todo, la reacción de su esposo.
Marguerite conocía
a Kael. Conocía mujeres que lo admiraban. Conocía las que deseaban al
soberano. Y a las que intentaban acercarse a él porque detrás de sus ojos veían
el poder de Aurelia.
Pero lo que había visto no era exactamente igual. Isabelle
estaba jugando, y lo hacía con inteligencia.
Marguerite desvió
la mirada hacia Gaspard.
El embajador parecía completamente ajeno a lo que estaba
sucediendo. Eso podía seer casi tranquilizador. Pero la reina conocía demasiado
bien las ambiciones para subestimarlas.
Todavía no sentía celos, pero había reconocido un peligro.
Las mujeres que buscaban a Kael podían ser controladas.
Pero aquella mujer había comprendido cómo acercarse a él.
La fiesta continuó. Y los invitados comenzaron a desplazarse
entre los distintos salones y terrazas interiores. El rey recibió a varios
nobles, habló con dos generales y mantuvo una larga conversación con los
representantes de una casa comercial de Aurelia.
Isabelle lo observaba de vez en cuando. No quería acercarse
demasiado pronto. Había aprendido que la espera también podía ser una forma de
estrategia.
Marguerite se
encontraba al otro extremo del salón conversando con Gaspard y varios
miembros de la delegación de Kaor.
Era el momento.
Kael terminó
de hablar con un grupo de invitados y se dirigió hacia una de las galerías
laterales. Isabelle dejó su copa sobre una mesa. Esperó unos segundos
para coordinar el encuentro.
Y después caminó en la misma dirección. No demasiado rápido, ni
demasiado despacio.
Cuando llegó a la galería, Kael estaba contemplando los
jardines a través de los enormes ventanales.
Isabelle se
detuvo a cierta distancia.
—“Majestad.”—
Kael se
volvió.
—“Madame de Montferrand.”—
No había nadie cerca. La música llegaba amortiguada desde el
salón.
—“¿Disfruta de la fiesta?”— preguntó él, galante.
—“Más de lo que esperaba.”—
—“Eso me alegra. ¿Y como va su primer experiencia en
diplomacia?”— dijo Kael mientras
la observaba.
Isabelle miró
hacia los jardines.
—“Estoy descubriendo que una corte puede ser más interesante
cuando nadie habla de política.”—
—“Entonces estas conversaciones probablemente le
decepcionarán.”—
—“No necesariamente.”—
Kael sonrió.
—“Entonces ¿De qué le gustaría hablar?”—
Isabelle pudo
haber hablado de la tregua, de las condiciones. De Kaor, de la Liga
de Veyr. Había cientos de asuntos que un diplomático podía discutir.
Pero no lo hizo. Siguió su intuición.
—“De la paz.”—
Kael levantó
ligeramente las cejas.
—“Pero eso sigue siendo política, madame.”—
Isabelle se
volvió hacia él mientras decía:
—“No necesariamente. La paz no es un tratado, Majestad. El
tratado es sólo el papel.”—
Kael
permaneció callado y pensativo por un momento. Luego preguntó:
—“¿Entonces qué es?”—
—“La paz nace de la buena voluntad de los hombres. Es la
posibilidad de que un hombre pueda regresar a su casa sin preguntarse a quién
tendrá que enviar a morir mañana.”—
Kael la miró
fijamente. Isabelle continuó:
—“Para todos significa poder reconstruir sus ciudades. Renacer.
Para Aurelia y Kaor significa dejar de perder hombres.”—
—“Aurelia no está perdiendo la guerra.”—
—“No he dicho eso, majestad.”—
Kael apartó
la mirada. Isabelle comprendió de inmediato que había tocado un punto
sensible. No debía insistir.
—“Sólo digo que ganar y vivir con la victoria no son
necesariamente la misma cosa, majestad.”—
El soberano permaneció en silencio. Durante unos segundos
pareció olvidarse de que estaba hablando con la esposa de un embajador.
—“¿Y que piensa de mí?”—
—“No le conozco lo suficiente para pensar nada de usted.”—
Kael sonrió
débilmente.
—“Una respuesta prudente.”—
—“Soy traductora. Mi trabajo consiste en no atribuir
significados que no están allí.”—
—“Y, sin embargo, hace unos minutos me dijo que sabía que no
hacía nada por casualidad.”—
Isabelle sonrió.
—“He dicho que me lo habían dicho. No le estaba juzgando.”—
Kael volvió a
reír. Pero esta vez la risa fue distinta, más relajada.
—“¿Sabe qué es lo peor de la guerra?”—
Isabelle negó
con la cabeza. Kael giró para contemplar los jardines.
—“Que después de varios años, llega un momento en que todos
olvidan por qué empezaron a luchar.”—
Ella esperó mientras él continuaba:
—“Al principio existen razones. Fronteras. Familias. Traiciones.
Territorios. Después de unos años sólo quedan muertos que vengar.”—
Isabelle lo
observó. Era la primera vez que veía una grieta en aquella imagen del
conquistador. No era una debilidad, sino algo más humano.
—“Quizá por eso una tregua sea importante.”— dijo Isabelle.
Kael la miró
mientras terminaba la idea:
—“Quizá todavía quede tiempo para que nuestros pueblos recuerden
cómo vivir sin la guerra, majestad.”—
El silencio entre ambos se hizo largo, pero de cercanía. Kael
bajó ligeramente la voz.
—“Habla usted como si creyera que la paz es posible, madame.”—
—“Creo que siempre es posible cuando los corazones son nobles,
majestad.”—
—“¿Y cree en la nobleza de todas las partes, Isabelle?”— era la primera vez que le llamaba por su
nombre.
—“Si, majestad. Creo que tanto usted como el duque Ferdinand son
leales. Y entre personas leales siempre existe buena voluntad.”—
Isabelle sostuvo
su mirada. Kael no respondió. Parecía estudiar su temperamento.
La traductora supo entonces que algo había cambiado. El rey
había esperado encontrar en ella a una traductora inteligente, quizá una
diplomática hábil.
En cambio había encontrado a alguien que parecía comprender lo
que casi nadie se atrevía a decirle. Que la victoria sobre sangre derramada
podía ser otra forma de derrota.
Y que detrás de la soberanía el compromiso por la paz no era
debilidad.
Por primera vez en mucho tiempo, un enemigo parecía estar
hablando con ese hombre con lealtad.
Desde el salón llegó una ráfaga de música. Isabelle hizo
una pequeña reverencia.
—“No debería robarle más tiempo, Majestad.”—
Kael la
detuvo con una frase.
—“Isabelle.”—
Ella se volvió. De alguna manera la mujer se conmovió al sentir
que le llamaba por su nombre.
—“Sí, Majestad.”—
Kael la
observó durante un instante. Luego dijo:
—“Me alegra que haya venido a Aurelia.”—
Isabelle sonrió.
—“A mí también.”—
Y regresó al salón.
Kael permaneció
unos segundos junto al ventanal.
No habían hablado de tratados ni de territorios. No habían
hablado de ejércitos. Y, sin embargo, aquella conversación le había parecido
más importante que muchas de las reuniones celebradas durante los últimos
meses.
Desde el otro extremo de la sala, Marguerite observó a Isabelle
regresar junto a Gaspard. Después miró a su esposo.
Kael seguía
en la galería.
La reina no necesitó preguntarle qué había ocurrido, pero por la
expresión de su rostro, lo sabía.
Aquella noche la reina consorte comprendió que la mujer de Kaor
no había venido a Veyron solamente para traducir palabras. Había
empezado a traducir a Kael mismo.
Y eso la volvía muy peligrosa.
Capítulo 7: El Precio de una Sospecha
La fiesta terminó después de medianoche.
Cuando los últimos invitados abandonaron los salones de Veyron,
Marguerite permaneció unos minutos más junto a una de las ventanas del
gran salón.
Desde allí podía ver las luces de los jardines suspendidas sobre
los senderos y, más allá, las torres de la residencia real recortadas contra el
cielo oscuro de Aurelia.
Había observado a Isabelle toda la noche. No había
cometido ningún error evidente.
Y precisamente por eso resultaba peligrosa.
La joven no había hecho nada que pudiera ser utilizado contra
ella. Había hablado con Kael, había sonreído, había demostrado
inteligencia y había conseguido algo mucho más importante que una concesión
diplomática.
Había conseguido que Kael quisiera volver a verla.
Marguerite conocía
suficientemente bien a su esposo para saberlo. Y no pensaba esperar a descubrir
hasta dónde podía llegar aquello.
Dos días después, uno de los consejeros reales solicitó una
audiencia privada con Kael.
Era un hombre de confianza de Marguerite, miembro del Consejo
de Aurelia y propietario de una de las familias más antiguas del reino.
El segundo apareció esa misma tarde. Ambos utilizaron argumentos
distintos.
Pero los dos llegaron a la misma conclusión.
—“La traductora de Kaor ha jugado sus cartas de modo
inteligente.”— dijo el primer
consejero —“Y ha conseguido acercarse a Su Majestad con una facilidad que
debería preocuparnos.”—
Kael levantó
los ojos de los documentos.
—“¿Insinúas que es una espía?”—
—“No afirmo que lo sea.”—
—“Pero lo sugieres.”—
—“Sugiero mantener a nuestros enemigos cerca para poder
controlarlos, Majestad. Pero recordando que son nuestros enemigos.”—
Luego de eso, el consejero guardó silencio.
—“Kaor necesita la paz.”— continuó Kael —“Para eso ha enviado a un embajador.”—
—“Y a una supuesta esposa. No digo que no lo sea, pero es muy
atractiva, por cierto.”—
—“Y que además es la traductora oficial de la delegación.”—
—“Una traductora que conoce nuestras lenguas, nuestra historia y
nuestros sistemas administrativos.”—
Kael apoyó
las manos sobre el escritorio.
—“Eso se llama competencia profesional.”—
El hombre respiró lentamente.
—“Majestad, sólo le pido que no permita que una mujer
inteligente confunda sus objetivos durante las conversaciones usando una
posición de influencia.”—
Kael no
respondió.
La conversación terminó poco después. La segunda advertencia fue
algo más directa.
—“Isabelle de Montferrand no ha hecho nada ilegal o impropio.”— dijo el otro consejero —“Pero su
comportamiento merece vigilancia.”—
—“Todos están bajo vigilancia y control ¿Por qué te preocupa la
traductora especialmente?”—
—“Porque parece saber exactamente cómo llamar vuestra
atención.”—
Kael lo miró
con frialdad.
—“¿Acaso eso es un delito o genera sospecha?”—
—“No.”—
—“Entonces no tenemos nada que discutir.”—
El consejero se retiró.
Kael permaneció
solo. Sabía perfectamente de dónde procedían aquellas advertencias. Y sabía que
no eran casuales.
Aquella misma noche habló con Marguerite.
La encontró en uno de los pequeños salones privados del palacio,
leyendo informes mientras una pantalla holográfica proyectaba sobre la mesa
mapas de las zonas fronterizas.
—“Dos de tus consejeros han hablado conmigo sobre Isabelle de
Montferrand.”—
Marguerite no
levantó inmediatamente la mirada.
—“¿Ah, sí?”—
—“Dicen que podría ser una espía.”—
—“Podría. No sería nada extraño ¿O sí?”—
Kael frunció
el ceño.
—“No me parece probable.”—
—“No he dicho que lo sea. Pero las precauciones nunca están de
más.”—
—“Entonces ¿qué quieres que haga?”—
Marguerite cerró el
informe.
—“Que tengas cuidado.”—
Kael se
acercó.
—“¿Por qué?”—
Marguerite sostuvo su mirada.
—“¡Oh, vamos, Kael! ¿Me crees ingenua? No es una golfa
cualquiera. Esa mujer no se conformará con
tu cama. Es evidente que busca algo más importante que eso.”—
El silencio fue cortante. Kael terminó sonriendo. No
porque la idea le hubiera resultado graciosa, sino porque le parecía absurda.
—“¿Isabelle? ¿La traductora?”—
—“No te hagas el desentendido. Sabes que sí.”—
—“Marguerite, apenas la conocemos.”—
—“Precisamente a ella, admito no conocerla. Pero te conozco a
ti. Y la facilidad con que las damiselas pueden entrar a tus sábanas.”—
Kael negó
con la cabeza, molesto con la situación.
—“No voy a convertir a cada persona que se acerca a mí en una
amenaza.”—
—“No te pido eso. Solo te pido control sobre tus impulsos.”—
—“Pues parece que te estás entrometiendo sin que nadie lo haya
pedido.”—
Marguerite lo
observó durante unos segundos.
—“Te estoy pidiendo que recuerdes quién eres y lo que
representas.”—
Kael tomó el
informe que ella había dejado sobre la mesa.
—“Lo recuerdo todos los días.”—
—“Entonces recuerda también que todos los que quieren algo de ti
saben que eres hombre antes que rey.”—
Kael dejó el
documento.
—“Y tú pareces haber olvidado que yo sé distinguir entre una
mujer que quiere poder y una mujer que simplemente sabe hablar conmigo.”—
Marguerite no
respondió.
Pero cuando Kael abandonó la habitación, su expresión había
cambiado.
No estaba celosa. Ese tiempo había pasado hacía ya mucho. Más
bien estaba preocupada. Y, por primera vez, tenía la sensación de que su
advertencia había llegado demasiado tarde.
. . .
Las negociaciones continuaron.
Durante los días siguientes, el Palacio de Veyron se
transformó en un complejo diplomático. Las reuniones se sucedían desde las
primeras horas de la mañana.
Delegados de Kaor, juristas de Aurelia. Expertos militares,
economistas y hasta historiadores.
Y por supuesto, ingenieros encargados de estudiar las futuras
fronteras.
Los mapas de Nydara aparecían sobre las mesas como
grandes superficies luminosas, mostrando territorios, corredores de tránsito,
centros industriales y líneas de suministro.
La guerra llevaba más de dos siglos. Y sabían que la paz no
podía resolverse en una tarde. Cada palabra podía cambiar el destino de miles
de personas.
La delegación de Kaor mantenía comunicación constante con
Valerie de Beumont. La duquesa seguía las conversaciones desde Kaor
y enviaba instrucciones mediante los canales seguros.
Gaspard recibía las directrices. Analizaba, negociaba,
respondía. Isabelle traducía y daba sentido a las frases e intenciones.
Pero algo había cambiado. Durante una de las primeras reuniones
formales, Kael sorprendió a todos con una solicitud:
—“Madame de Montferrand se sentará con nosotros.”—
Gaspard levantó
ligeramente la cabeza.
—“Majestad, mi esposa cumple funciones de traducción.”—
—“Lo sé, pero como enviada de los duques de Kaor, su presencia y
capacidad nos garantizará evitar malos entendidos.”—
Isabelle
permaneció inmóvil mientras Kael I continuaba:
—”Y, por lo que me consta, goza de su confianza.”—
Gaspard no quiso
contradecirlo para evitar futuros incidentes diplomáticos.
—“Naturalmente. Si así lo desea, Majeestad.”—
Isabelle tomó
asiento en la mesa de negociaciones, concretándose así el primer cambio.
El segundo llegó un par de días después.
Una cuestión relacionada con los corredores comerciales de la
frontera provocó un desacuerdo entre ambas delegaciones. Gaspard estaba
preparando una respuesta cuando Kael miró a Isabelle para
preguntarle:
—“¿Cuál es su opinión?”—
El embajador se quedó inmóvil. Isabelle, sorprendida,
intentó explicar:
—“Majestad, mi función...”—
—“No le he preguntado cuál es su función.”—
Los diplomáticos quedaron en silencio. Isabelle miró los
mapas y después de unos segundos, dijo:
—“Creo que ambas partes están interpretando el corredor como una
cuestión territorial.”—
Kael la
observó intrigado.
—“¿Acaso no lo es?”—
—“No exclusivamente.”—
Señaló una zona del mapa.
—“Para Kaor representa un acceso económico. Pero para Aurelia
representa seguridad militar. Si ambas partes siguen hablando de soberanía, no
se podrá llegar a un acuerdo.”—
Uno de los juristas de Aurelia intervino.
—“¿Qué propone?”—
—“Que se considere la creación de un corredor administrado
conjuntamente.”—
Gaspard la
miró. Y pensó que era una idea razonable. Pero esa postura no había sido
consultada con los duques.
Kael sonrió
ligeramente al decir:
—“Continúe, por favor.”—
Y continuó. Aquella tarde, Isabelle comprendió que su
posición dentro de la delegación había cambiado.
Ya no era simplemente la mujer que traducía documentos. Kael quería
escuchar sus ideas. Y ella sabía perfectamente cómo utilizar esa oportunidad.
. . .
Las reuniones privadas comenzaron poco después.
Siempre existía una justificación razonable: un documento que
necesitaba traducción precisa, una cláusula cuya interpretación podía alterar
el sentido del tratado. Un informe técnico. O una expresión antigua de la
legislación aurelia.
Kael encontraba
razones para buscar su intervención. Isabelle accedía de muy buena gana.
La primera vez que un asistente real acudió a buscarla, Gaspard
estaba revisando documentos.
—“Su Majestad solicita la presencia de Madame de Montferrand.”—
Gaspard levantó
la vista.
—“¿Ahora?”—
—“Así me instruyeron. Inmediatamente.”—
Isabelle cerró el
documento que estaba leyendo.
—“¿De qué se trata?”—
—“Tengo entendido que son un conjunto de documentos antiguos.”—
Gaspard
asintió.
—“Ve. Pero no comprometas ninguna postura actual o futura.”—
Ella salió. La reunión duró casi dos horas. Cuando regresó, Gaspard
seguía trabajando.
—“¿Qué documentos eran?”—
Isabelle dejó algunos papeles sobre la mesa.
—“Una serie de disposiciones jurídicas de Aurelia.”—
Gaspard tomó
uno, y los examinó.
—“Esto parece bastante sencillo.”—
Isabelle sonrió.
—“Eso es parte de lo que me dejaron copiar. Los otros documentos
eran más complejos. La traducción jurídica no suele ser sencilla.”—
Él embajador no insistió.
La segunda reunión tuvo lugar dos días después. La tercera, al
día siguiente. Y después comenzaron a aparecer otras. Algunas tenían una
justificación evidente.
Otras no.
Y Kael cada vez parecía encontrar más motivos para hablar
con ella. Isabelle sabía perfectamente que varias de aquellas
traducciones podían esperar.
Pero no se quejaba. Y tampoco preguntaba demasiado. Había dejado
de fingir ante sí misma que aquellas reuniones eran únicamente diplomáticas.
Le gustaba estar con Kael. Le seducía el poder y su
inteligencia. El modo de trabajar la ironía.
En esas reuniones dejaba de ser el soberano durante algunos
minutos y hablaba como un hombre que llevaba demasiado tiempo sin poder confiar
en nadie.
Y, sobre todo, le gustaba que él la escuchara. No se sentía una
mujer admirada. Se sentía una mujer importante. Y la diferencia era enorme.
A raíz de esos requerimiento extraordinarios, Isabelle
también comenzó a comunicarse con la duquesa Valerie con mayor
frecuencia.
En uno de aquellos mensajes cifrados, la duquesa preguntó:
—“¿Cómo avanzan las conversaciones?”—
Isabelle
respondió:
—“Kael está dispuesto a escuchar soluciones que antes habría
rechazado.”—
—“¿Y eso?”—
—“Las reuniones privadas están ayudando.”—
Valerie
permaneció en silencio durante unos segundos.
—“¿Reuniones privadas?”—
Isabelle sonrió
ante el comunicador.
—“Para analizar documentos.”—
No era exactamente una mentira.
—“¿Y cuántas veces necesita analizar los documentos para
quitarse las dudas?”—
Isabelle no
respondió inmediatamente.
—“El trabajo es lento, pero estamos avanzando.”—
Valerie comprendió
que había algo más, pero no insistió. Todavía.
Isabelle
continuó hablando.
—“Creo que la firma de una tregua o un tratado de paz definitivo
es posible. Kael está considerando seriamente algunas propuestas de Kaor.”—
La duquesa escuchó, y terminó diciendo:
—“Sigue informándome.”—
—“Lo haré.”—
La comunicación terminó.
Isabelle
permaneció unos segundos mirando el aparato. Había descubierto algo nuevo. Que
podía aumentar su importancia. Y para eso no necesitaba inventar
acontecimientos.
Sólo debía presentarlos de manera que Valerie comprendiera
que su presencia cerca de Kael era útil para la misión.
Y, mientras más útil pareciera, más libertad tendría.
Pero Valerie tenía demasiada experiencia en las intrigas
palaciegas para no comprender lo que estaba sucediendo.
Una tarde solicitó una comunicación privada con Gaspard.
Cuando el embajador apareció en la pantalla, la duquesa estaba
sola.
—“Gaspard, necesito hablar contigo como amigo.”—
Él adoptó una expresión seria.
—“Te escucho.”—
Valerie dudó
apenas una fracción de segundo.
—“No quiero incomodarte, pero es necesario.”—
—“Entonces ya me has incomodado.”—
Ella casi sonrió.
—“Es Isabelle.”—
Gaspard se
quedó inmóvil.
—“¿Qué ocurre?”—
—“Creo que debes tener cuidado con la información que compartes
con ella.”—
—“¿Por qué?”—
Valerie bajó la
voz.
—“Sospecho que está teniendo un amorío con Kael.”—
El rostro de Gaspard perdió toda expresión. Y durante
varios segundos no dijo nada.
—“Eso es una acusación grave.”—
—“No te estoy acusando a ti. Pero muchas cosas de Isabelle me
indican esa posibilidad.”— dijo
vagamente.
—“Es grave lo que estás sugiriendo.”— repitió Gaspard. Estaba
profundamente conmovido.
—“Estoy tratando de proteger la misión… y protegerte como
amigo.”—
Gaspard apartó
la mirada.
—“Isabelle es mi esposa.”—
—“Lo sé. Y también es mi amiga.”—
—“Y confío en ella.”—
—“También lo sé, pero sé de lo que Isabelle es capaz. Y esto en
particular, no te lo mereces.”—
Valerie hizo
una pausa.
—“Si lo que creo es cierto, y está involucrada con Kael, ha
dejado de ser objetiva.”—
Gaspard respiró
lentamente. Sintió que la sangre le subía al rostro. Una parte de él quiso
rechazar inmediatamente aquella idea.
Pero otra, más racional, recordó detalles que hasta entonces
había preferido ignorar. Los horarios, las reuniones imprevistas, las
ausencias. Y algunas respuestas evasivas.
—“¿Qué te hace pensar eso?”—
Valerie lo miró
con cautela.
—“No soy ciega. Y sé desde hace tiempo de la admiración que ella
siente por Kael. Ayudé a su nombramiento porque pensé que sería útil, pero
nunca imaginé que su admiración la llevaría hasta el dormitorio del rey.”—
Gaspard cerró
los ojos un instante.
Después comenzó a reconstruir los últimos días. Isabelle había
cambiado pero no de una manera evidente. No había discutido con él, ni se había
vuelto hostil.
Simplemente se había vuelto distante, más fría. Las
conversaciones que antes compartían habían disminuido. Llegaba tarde a la
habitación y a veces desaparecía durante horas con juntas imprevistas.
Cuando preguntaba dónde había estado, siempre existía una
explicación: una reunión urgente. Un
documento. Una traducción urgente. Siempre era un asunto de protocolo.
Y Kael también desaparecía a veces en esas mismas
circunstancias. No siempre. pero con demasiada frecuencia. Gaspard ya
antes había estado en misiones diplomáticas con el rey. Y ese comportamiento no
era habitual.
Gaspard recordó
la noche de la fiesta de bienvenida. Ahora se daba cuenta que fue un coqueteo
disfrazado de ingenio. Recordó la forma en que ambos habían sonreído. Como
cómplices de un chiste privado.
En aquel momento había pensado que sólo era una conversación
diplomática. Ahora la recordaba de otra manera.
—“¿Gaspard?”—
Él abrió los ojos.
—“Estoy aquí, duquesa.”—
—“No hagas nada impulsivo.”—
—“No pensaba hacerlo. Tengo en claro mis lealtades, Valerie.”
—“Eso lo sé. Pero conozco tu carácter.”—
Gaspard soltó
una risa seca.
—“No haré nada que afecte a la negociación. Ten por seguro que
responderé a tu lealtad con la mía.”—
Valerie bajó la
mirada.
—“Hubiera preferido no tener que decir nada.”—
—“Lo entiendo… amiga mía. Y te agradezco la advertencia.”—
La comunicación terminó.
Gaspard
permaneció sentado frente a la pantalla apagada.
Durante unos minutos no hizo nada.
Después miró el reloj. Isabelle todavía no había
regresado. Por primera vez desde que habían llegado a Aurelia, Gaspard no
pensó en la guerra, ni en el tratado. Ni en el duque Ferdinand.
Pensó en la duquesa Valerie, que a pesar de ser amiga de Isabelle,
le había respondido con lealtad ante el problema.
Pensó en su esposa.
Y comenzó a preguntarse cuánto de lo que estaba ocurriendo
frente a sus ojos había decidido no ver.
Capítulo 8: La Sombra de la Reina
Marguerite había
llegado a una conclusión que no le gustaba: no podía separar a Isabelle
de Kael mediante argumentos racionales. Y tampoco podía hacerlo mediante
protocolos porque era parte de la delegación diplomática.
Cada intento de limitar el acceso de la traductora terminaba
produciendo el efecto contrario. Kael encontraba una nueva razón para
convocarla, y cada reunión privada aumentaba la confianza entre ambos.
Marguerite había
intentado advertirle. Había utilizado a sus consejeros. Y había cuestionado la
lealtad de Isabelle.
Pero nada de eso había funcionado.
Entonces, sabiendo exactamente lo que estaba pasando, decidió
que necesitaba pruebas que mostraran exactamente qué estaba ocurriendo entre el
rey Kael y la extranjera.
Fue una decisión peligrosa. Porque para hacerlo tendría que
cruzar una frontera que ninguna reina consorte debía cruzar.
Comenzó por las comunicaciones. Uno de sus consejeros más fieles
consiguió acceso a determinados sistemas de vigilancia interna del palacio.
Después llegaron los pequeños drones, que eran casi invisibles.
Del tamaño de un insecto, podían desplazarse silenciosamente por
los corredores y permanecer inmóviles durante horas.
Marguerite ordenó
que siguieran principalmente a Isabelle. Pero en realidad también
vigilaban a Kael.
Quería saber dónde estaban, con quién hablaban, cuánto tiempo
permanecían juntos. Qué hacían y decían. No tardó en obtener respuestas.
Las imágenes mostraban a Isabelle entrando repetidamente
en las dependencias privadas del rey. No todas las reuniones comenzaban con
documentos.
Y casi todos esos “encuentros” terminaban en las sábanas.
Marguerite
comprendió entonces que sus sospechas habían sido ciertas. Pero la certeza no
le produjo alivio, sino miedo.
Porque aquello ya no era una rivalidad cortesana. Era una
amenaza para su matrimonio, para su posición y, potencialmente, para la
estabilidad del reino.
Uno de sus consejeros intentó hacerla entrar en razón.
—“Majestad, deberíamos detenernos aquí.”—
Marguerite no
apartó los ojos de la pantalla.
—“¿Por qué lo dices?”—
—“Porque si el rey descubre que estamos vigilándolo...”—
—“No lo descubrirá.”—
—“Pero si lo hace, Madame, no importará que usted sea la
reina.”—
Marguerite lo miró
y el hombre bajó considerablemente la voz.
—“Podría considerarlo alta traición.”—
La palabra quedó suspendida entre ambos: alta traición. Marguerite
comprendía perfectamente lo que significaba. Podía perder el título, la
libertad y la vida.
—“Entonces tendremos que ser sumamente cuidadosos.”— dijo.
. . .
El siguiente paso fue todavía más arriesgado. Marguerite
recurrió a un orfebre de confianza.
El hombre recibió una instrucción peculiar: reproducir una de
las condecoraciones ceremoniales que Kael llevaba habitualmente sobre el
pecho. La réplica debía ser perfecta en peso, acabado y material. Incluso debía
replicar las pequeñas imperfecciones del original.
Dentro de ella se ocultaría una cámara microscópica.
El resultado fue prácticamente indistinguible. Marguerite comenzó
a observar a Kael desde otra perspectiva. Ya no necesitaba que los
drones estuvieran presentes.
El propio rey llevaba consigo el instrumento de su vigilancia. Y
las imágenes que recibió siguieron confirmando el amorío.
Isabelle y Kael
habían dejado de fingir ante sí mismos que aquello era solamente una
relación diplomática.
Marguerite observó
una de las grabaciones. Después otra. Y finalmente apagó la pantalla, porque no
quiso volver a mirar.
No necesitaba más pruebas, pero sí necesitaba una estrategia. Porque
no podía mostrar aquellas imágenes. Su consejero fue tajante:
—“Si las hace públicas, Majestad, el rey descubrirá
inmediatamente cómo las obtuvo. De inmediato preguntará quién colocó los
dispositivos.”—
Marguerte
permaneció callada.
—“Y cuando descubra que lo hemos estado vigilando… nos
ejecutará.”—
—“Entonces no las difundiremos.”—
—“¿Qué hará con ellas?”—
Marguerite observó
el dispositivo que contenía las grabaciones.
—“Encontraré a alguien que tenga algo que perder con estas
pruebas.”—
. . .
Los rumores comenzaron a expandirse poco a poco.
En los corredores del Palacio de Veyron empezó a
escucharse el nombre de Isabelle acompañado de palabras cada vez menos
discretas: ambiciosa, intrigante. Adúltera.
Algunos llegaron más lejos.
Pero Marguerite no necesitaba destruirla públicamente.
Necesitaba destruir su posición dentro de la delegación. Y sabía cuál era el
punto más débil: Gaspard.
Una tarde, mientras Isabelle se encontraba en una de sus
habituales reuniones privadas con Kael, Marguerite envió una
invitación al embajador.
—“Necesito hablar con usted a solas.”—
Gaspard acudió.
La reina lo recibió en un salón privado, sin asistentes ni
personal de servicio. Tampoco habían guardias dentro de la habitación.
Marguerite señaló
una silla.
—“Embajador.”—
—“Majestad.”—
Gaspard se
sentó, mientras la reina eligió permanecer de pie.
—“Embajador, lamentablemente, tenemos un problema común.”—
Gaspard frunció
el ceño.
—“¿Cuál, Majestad?”—
Marguerite colocó
un pequeño dispositivo sobre la mesa mientras le respondía:
—“Su esposa, Isabelle.”—
Gaspard la miró
asombrado.
—“¿Isabelle?”—
—“Sí.”— dijo la
reina mientras le invitaba a activar el dispositivo.
Gaspard activó
la grabación. Al principio no comprendió, porque se veía a Isabelle
entrar en la habitación de Kael, pero la reina le pidió paciencia.
Después de medio minuto, su rostro quedó completamente
descompuesto.
La grabación había terminado. Y durante unos segundos nadie
habló.
—“¿De dónde ha obtenido esto?”— preguntó Gaspard tratando de no perder la compostura.
Marguerite no
respondió.
—“Majestad, le he preguntado de dónde...”—
—“Eso no es lo que importa… ¿o si?”—
Gaspard levantó
la mirada.
—“Tiene razón.”—
admitió el embajador.
—“Lo importante es que es auténtico.”— dijo la reina.
El embajador volvió a mirar la pantalla, ahora apagada.
—“¿Por qué me lo ha mostrado? ¿Qué quiere de mí?”—
—“Que comprenda que su esposa está comprometiendo toda la misión
diplomática. Y ya no es de confiar para su delegación.”—
Gaspard apretó
la mandíbula.
—“Y yo debería… ¿hacer qué?”—
—“Le estoy dando la posibilidad de impedir que la misión de paz
fracase. Y tal vez de evitar que esto destruya su carrera.”—
El silencio fue largo. Luego, Marguerite habló con más
suavidad.
—“No quiero perjudicarlo, Gaspard. Le conozco de hace tiempo.
Pero tampoco quiero una crisis entre Kaor y Aurelia.”—
Aquello era cierto, aunque no fuera toda la verdad.
—“¿Qué espera que haga?”—
—“Que la retire de la delegación.”—
Gaspard se
levantó.
—“Hablaré con ella, Majestad.”—
Marguerite
asintió.
—“Es lo mejor para todos.”—
Cuando el embajador salió, la reina permaneció sola.
Había conseguido exactamente lo que quería. O al menos, eso
creyó.
. . .
La puerta de la habitación se cerró con violencia. Isabelle se
volvió.
—“¿Qué ocurre?”—
Gaspard arrojó
el dispositivo sobre la mesa.
Ella lo miró. Después de un par de minutos, miró a su esposo.
No necesitó preguntar. Y ni siquiera intentó defenderse.
—“¿Dónde lo conseguiste?”—
—“Eso no es importante.”—
—“Sí importa.”—
—“¿Cuántas veces?”—
Isabelle guardó
silencio.
—“Te estoy preguntando cuántas veces te has revolcado con él.”—
Ella bajó la mirada. Y Gaspard comprendió la respuesta.
—“Dios mío… y en plenas negociaciones.”—
Se pasó una mano por el rostro.
—“Soy el embajador de Kaor. Tu esposo. Y resulta que todo el
palacio sabe que estás acostándote con el único hombre al que no puedo
enfrentar. No tienes dignidad, lealtad. Ni honor.”—
—“No todos lo saben...”—
—“¿Eso es lo que vas a decirme? ¿Acaso crees que es menos cruel
para mí que lo sepan pocas personas en el palacio? ¡Eres una desvergonzada!”
—“Gaspard...”—
—“¡No!”—
La palabra resonó en la habitación. Isabelle retrocedió
un paso, avergonzada.
—“¿Sabes lo que significa esto para mí?”—
—“Sí...”—
—“¡No, no lo sabes!”—
Gaspard señaló
el dispositivo.
—“Ese hombre es el enemigo político de nuestro ducado. Tú eras
mi esposa. Y mientras yo paso horas negociando con sus ministros, tú estás en
sus habitaciones, revolcándote mientras tienes sexo.”—
—“Kael quiere la paz.”—
—“¡Claro... y así la estás negociando!”—
Isabelle no
respondió. Gaspard respiró con dificultad. Y cerró los ojos.
Aquello parecía dolerle desde el fondo de su alma.
—“Ya no puedo confiar en ti.”—
—“Eso no significa que haya traicionado a Kaor.”—
—“¿No?”— dijo
Gaspard.
Isabelle bajó la
cabeza mientras el embajador continuaba:
—“¿Entonces qué estás haciendo?”—
Ella respondió sin titubear:
—“Consiguiendo algo que tú no has conseguido.”—
Gaspard la miró
incrédulo.
—“¿Qué? ¿La paz?”—
el embajador soltó una risa amarga. —“¿Te has convencido de que estás
haciendo esto por Kaor?”—
—“Lo estoy haciendo.”—
—“Te has dejado seducir por él, o tal vez te has enamorado.”—
Isabelle
permaneció en silencio.
—“Y ahora quieres convencerme que tu sexo es una estrategia
diplomática.”—
—“No he dicho eso.”—
—“No. Has dicho algo peor.”—
Gaspard señaló
la puerta.
—“No voy a ser el hombre que todos miran mientras mi esposa se
acuesta con el rey.”—
Abrió la puerta. En el corredor estaban los otros miembros de la
delegación. Habían oído los gritos.
Gaspard se
detuvo.
—“Vuelvan a sus habitaciones, por favor. Es un momento
privado.”—
Los hombres obedecieron.
Él cerró la puerta y respiró profundamente.
Isabelle
permaneció sola.
Y comprendió por primera vez que nunca podría recuperar su
matrimonio. Esperó unos minutos. Y después activó el comunicador seguro.
Valerie
apareció en la pantalla.
—“Isabelle.”— dijo la
duquesa.
—“Tenemos un problema.”—
—“¿Qué ha ocurrido?”—
—“Marguerite me está vigilando.”—
Valerie frunció
el ceño.
—“¿Estás segura?”—
—“Controla las comunicaciones. Ha instalado dispositivos de
vigilancia. Tiene un video mío acostada con Kael.”—
Valerie guardó
silencio.
—“¿Y Gaspard?”—
—“Está fuera de sí.”—
—“¿Qué le dijiste?”—
—“La verdad.”—
—“¿Y qué verdad es ésa?”—
Isabelle respiró
profundamente.
—“Que Kael está dispuesto a negociar.”—
Valerie
comprendió inmediatamente.
—“Isabelle… tienes que abandonar la delegación inmediatamente.”—
—“Si conseguimos un tratado favorable, Kaor podría obtener más
de lo que jamás habría conseguido mediante la guerra. Puedo hacerlo.”—
—“No. Abandona las negociaciones ahora.”—
—“No voy a abandonar Aurelia, Valerie.”—
Valerie cerró
los ojos.
—“Te lo advierto. Cuida muy bien lo que dices.”—
—“Haz que Ferdinand me nombre embajadora en lugar de Gaspard.”—
—“¿Qué? ¿Estás loca?”—
—“Gaspard no puede continuar.”—
—“Isabelle, esto es una locura.”
—“No. Estoy segura que Kael romperá las negociaciones si yo no
estoy.”—
La idea de nombrar a Isabelle como embajadora
extraordinaria no fue aceptada ni por Valerie ni por Ferdinand.
Valerie
comprendió enseguida que aquello podía convertirse en una crisis diplomática. Gaspard
seguía siendo, oficialmente, el embajador acreditado ante Aurelia, y
sustituirlo en plena negociación podía interpretarse como una humillación
pública o, peor aún, como una maniobra interna de Kaor.
—“No puedes simplemente ocupar su lugar.”— le advirtió Valerie —“Hay
protocolos, credenciales y un gobierno entero detrás de esta delegación.”—
Isabelle
permaneció firme.
—“Entonces tendremos que explicar las razones.”—
—“¿Y qué explicación propones?”—
Isabelle hizo
una pausa antes de responder.
—“Que si me retiran de la mesa, Kael abandonará las
negociaciones.”—
Valerie la
observó en silencio.
—“¿Estás segura de eso?”—
—“Completamente.”—
—“Eso es una afirmación muy peligrosa.”—
—“No si es cierta.”—
Valerie decidió
comprobarlo.
A través de los contactos que Kaor había establecido
dentro de la corte de Aurelia, hizo llegar discretamente la pregunta que
nadie quería formular directamente: qué ocurriría si Isabelle de Montferrand
abandonaba la delegación.
La respuesta llegó poco después.
Los representantes de Kael habían hecho saber que el rey
consideraba indispensable la presencia de Isabelle en las
conversaciones. Si ella abandonaba Aurelia, las negociaciones quedarían
suspendidas.
Valerie leyó el
informe dos veces.
Después apoyó lentamente las manos sobre el escritorio. Aquello
ya no era una cuestión matrimonial. Tampoco una simple irregularidad
diplomática.
Isabelle había
conseguido convertirse en una pieza que el propio rey de Aurelia consideraba
necesaria.
—“Está bien.”— dijo
finalmente la duquesa. —“Cuando vuelvas a Kaor serás severamente castigada.
Por ahora, trataremos de solucionar esta crisis.”—
Isabelle levantó
la mirada.
—“¿Entonces?”—
—“Gaspard regresará a Kaor.”—
Hubo un breve silencio.
—“¿Y yo?”—
Valerie
suspiró. Su facciones no estaban distendidas.
—“Tú permanecerás.”—
Isabelle no
ocultó su satisfacción.
—“Pero dejas de ser la traductora oficial. Serás una secretaria
de bajo nivel.”—
Isabelle sonrió
ligeramente.
—“Eso no me importa.”—
Valerie la
estudió con una mezcla de preocupación e ira.
—“Me lo imagino. Nunca pensé que terminarías comportándote como
una ramera.”—
La solución fue cuidadosamente presentada para evitar una
ruptura diplomática grave. Uno de los miembros de la comitiva, un funcionario
con experiencia suficiente para asumir formalmente la representación de Kaor,
fue nombrado embajador provisional. Gaspard no tuvo alternativa, y
recibió la orden de regresar inmediatamente al ducado.
Su situación personal había hecho imposible que continuara
encabezando la misión.
La noticia se transmitió al Palacio de Veyron con todas
las formalidades necesarias. Kael aceptó la modificación sin ocultar su
alivio.
Para Isabelle, aquello era más importante que cualquier
título. Había llegado a Aurelia como la esposa de un embajador. Había
sido la traductora oficial. Luego había conseguido sentarse a la mesa de
negociaciones.
Ahora ni siquiera necesitaba conservar un cargo oficial para
permanecer allí. Porque había descubierto algo mucho más poderoso.
Kael la quería cerca.
Y mientras el rey de Aurelia estuviera dispuesto a
arriesgar una negociación de paz de dos siglos para mantenerla a su lado, Isabelle
comprendió que acababa de adquirir algo que ninguna credencial diplomática
podía concederle: la atención absoluta del hombre que podía
decidir el futuro de Nydara.
Capítulo 9: La Regencia
Marguerite terminó
comprendiendo que ho había forma de hacer que Isabelle se marchara lejos
de Aurelia.
Había intentado desacreditarla, aislarla. Había intentado
utilizar a Gaspard. Incluso había conseguido que buena parte de la corte
comenzara a murmurar sobre la relación entre la embajadora y el rey.
Pero ninguna de las intrigas palaciegas había servido.
Peor aún: cuanto más intentaba apartarla, más indispensable
parecía volverse Isabelle para Kael. La reina llegó entonces a una
conclusión que la horrorizó incluso a ella misma.
Si no podía expulsarla del poder, tendría que buscar la forma de
eliminarla. Y debería hacerlo de manera tal que nadie pudiera relacionar el
crimen con Aurelia o con ella misma.
. . .
El mensaje llegó a Isabelle poco después de medianoche. Como
de costumbre, era una nota breve.
Había sido enviado mediante el canal privado que Kael
utilizaba para concretar sus encuentros amorosos y privados.
Ven a mis habitaciones. Necesito hablar contigo antes de la
sesión de mañana. No le avises a nadie.
Isabelle reconoció
inmediatamente el código personal de Kael. Y por eso no sospechó.
Se vistió rápidamente y salió de sus habitaciones.
El Palacio de Veyron estaba casi completamente a oscuras.
Las lámparas de los corredores habían reducido su intensidad nocturna y los
jardines exteriores aparecían como manchas negras detrás de los grandes
ventanales.
Isabelle caminó
hacia las dependencias privadas del rey.
No sabía que, varios corredores más adelante, un hombre la
esperaba. Llevaba el uniforme gris del personal de mantenimiento.
Lo que no se veía, era que además, llevaba un arma de energía
compacta escondida bajo la chaqueta. Y también portaba consigo algunos objetos
destinados a incriminar a Kaor.
Un emblema militar, una tarjeta de acceso duplicada. Y un pequeño
comunicador con códigos del ducado. Todo eso debía quedar junto al cuerpo de Isabelle,
una vez concretado el atentado.
La muerte de la traductora de Kaor debía parecer una
operación clandestina orquestada por Ferdinand para destruir las
negociaciones.
El asesino esperaba encontrarla sola, pero había cometido un
error: no sabía que Kael había cambiado de planes.
Isabelle abrió la
puerta del dormitorio con su tarjeta privada. Entró y dijo:
—“¿Majestad?”—
No recibió respuesta. Avanzó unos pasos, pensando que quizá Kael
le hacía una broma con alguno de sus juegos.
Pero entonces escuchó la puerta cerrarse detrás de ella. Se
volvió inquieta. El hombre de uniforme que había visto en el pasillo, estaba
allí.
—“¿Quién es usted?”—
Sin pronunciar palabra, el desconocido sacó el arma. Isabelle apenas tuvo tiempo de
reaccionar mientras un destello atravesaba la habitación.
Antes de que el hombre pudiera disparar nuevamente, otra puerta
se abrió violentamente.
—“¡Alto!”—
Kael apareció.
El asesino giró el arma por instinto. Y el disparo, originalmente destinado a Isabelle,
alcanzó al rey.
Kael cayó
contra una mesa herido y tambaleando.
Se oyó el grito de Isabelle:
—“¡Kael!”—
El atacante comprendió de inmediato que todo había salido mal, e
intentó huir.
Kael, malherido,
consiguió levantar su propia arma y disparó tan rápido como pudo. Pero el
hombre había escapado por una puerta lateral, desapareciendo en los oscuros
corredores del palacio antes que llegaran los guardias reales.
Cuando los soldados entraron, encontraron al rey ensangrentado y
a Isabelle arrodillada junto a él.
—“¡Médicos!”— ordenó
a los gritos uno de los guardias.
Kael intentó
incorporarse.
—“No puedo...”— dijo
entrecortado.
Isabelle sostuvo
su cabeza contra su pecho y le dijo suavemente:
—“No te muevas.”—
—“El asesino...”— dijo
el rey, jadeando.
—“Se ha escapado.”—
respondió murmurando Isabelle.
Kael la
miró. Su rostro había perdido color.
—“Era para ti...”—
—“Majestad...”— balbuceó
la mujer.
—“No era para mí, querida.”—
Isabelle sintió
que aquellas palabras contenían algo más que la reacción de miedo. Kael
estaba pensando mientras estaba herido. Incluso mientras la mancha de sangre
empapaba su uniforme.
—“Querían matarte a ti.”— repitió el rey.
—“Tal vez, pero no sabemos quién.”—
Kael apretó
los dientes.
—“Kaor.”—
Isabelle lo miró
incrédula.
—“¿Kaor?”—
—“Alguien de allí quiere destruir las negociaciones.”—
Los médicos llegaron corriendo. Mientras preparaban al rey para
trasladarlo al centro médico del palacio, Kael tomó la mano de Isabelle
y le dijo:
—“No confío en nadie.”—
Ella se inclinó hacia él.
—“Puedes confiar en mí.”—
Kael la miró
durante unos segundos. Y después pronunció algo que Isabelle jamás
olvidaría:
—“Eso es precisamente lo que estoy empezando a hacer.”—
. . .
La noticia del atentado recorrió Veyron antes del
amanecer.
El rey había sobrevivido, pero sus heridas eran graves. La
ciudad despertó bajo un estado de alarma.
Las fuerzas de seguridad cerraron las principales entradas del
palacio. Los sistemas de vigilancia fueron revisados. Se interrogaron
funcionarios, guardias y miembros de la delegación de Kaor.
Pero el asesino había desaparecido. Y las pruebas encontradas en
la habitación parecían señalar directamente al ducado de Kaor.
Ferdinand
protestó inmediatamente.
Isabelle sabía
que aquello podía convertirse fácilmente en una guerra. Y también sabía que, en
ese momento, Kael estaba lo suficientemente vulnerable para confundir
una conspiración imaginada en una amenaza real.
Ella sospechaba que todo podía provenir de Margerite,
tratando de evitar su influencia creciente sobre el rey. Pero no podía
probarlo.
Fue entonces cuando comprendió que se había abierto ante ella
una puerta que jamás había esperado encontrar.
Kael iba a
ser trasladado al centro médico real, decidió acompañarlo en el vehículo
sanitario.
Mientras viajaban, el rey la llamó.
—“Isabelle.”—
—“Estoy aquí.”—
—“Si me ocurre algo...”—
—“No digas eso.”—
—“Escúchame.”—
Ella guardó silencio.
—“Marguerite también puede estar implicada.”—
Isabelle fingió
sorpresa.
—“¿La reina?”—
—“No sé si ordenó el atentado.”— Kael respiró con dificultad. —“Pero ha estado
actuando contra ti desde hace semanas. Y ahora alguien intentó matarte dentro
de mis habitaciones.”—
Isabelle
comprendió que había llegado el momento.
—“Majestad. Kael, entonces debes proteger la Corona.”—
—“¿Cómo?”—
—“Nómbrame regente.”—
Kael la
observó. Por primera vez, incluso él pareció sorprendido.
—“¿Tú?”—
—“Mientras te recuperas.”—
—“No eres de Aurelia.”—
—“Puedo renunciar a mi ciudadanía. Y adoptar la de Aurelia.”—
Kael guardó
silencio.
—“Necesito a alguien en quien confiar.”— dijo finalmente.
Isabelle sostuvo
su mirada.
—“Entonces confía en mí.”—
Inmediatamente llegados al centro médico real, los médicos
trabajaron sobre sus heridas. El nombramiento se produjo esa misma noche,
cuando los efectos de la anestesia se fueron.
No hubo ceremonia, música ni proclamación pública. Solamente
unos pocos testigos de la absoluta confianza del rey.
Kael,
todavía debilitado, ratificó formalmente la delegación extraordinaria de las
funciones de la Corona en Isabelle de Montferrand mientras durara su
incapacidad.
La fórmula jurídica fue deliberadamente ambigua, y por tiempo indeterminado.
Suficiente para permitir que la autoridad permaneciera vigente
hasta que el monarca pudiera reasumir personalmente sus funciones.
Isabelle
renunció inmediatamente a su condición de representante de Kaor.
La decisión siguiente fue todavía más radical: por decreto real
se le otorgó la ciudadanía de Aurelia.
En cuestión de horas dejó de ser una enviada extranjera. Ahora
era una ciudadana de Aurelia. Y regente de la Corona.
La mujer que había llegado a Veyron como traductora
acababa de convertirse en la persona que gobernaría Aurelia mientras su
rey permaneciera hospitalizado.
Marguerite recibió
la noticia en sus aposentos. No gritó ni se indignó. Simplemente permaneció
sentada durante varios minutos.
Después comprendió que había perdido completamente.
. . .
La reciente regente aún mascullaba intrigas para apropiarse con
el poder . Y sabía que aún quedaba una última pieza que podía destruirla: el
matrimonio de Kael con la reina consorte.
Se había rodeado de un par de asesores de confianza. A través de
ellos, empezó a investigar. Después de un par de días y, con un panorama más
claro, Isabelle visitó a Kael en la habitación médica.
El rey estaba conectado a los sistemas de soporte biológico. Su
rostro parecía mucho más cansado que unos días atrás.
—“Marguerite no te es fiel”— dijo Isabelle sin titubeos.
Kael abrió
los ojos.
—“¿Qué estás diciendo?”—
—“Que tiene amantes. Y uno de ellos está dispuesto a hablar.”—
Kael la
observó fijamente.
—“¿Cómo lo sabes?”—
—“Porque lo he encontrado. He investigado el atentado. Y he
encontrado algunas cosas.”—
Isabelle había
conseguido localizar a uno de los consejeros más próximos a la reina. El hombre
aceptó declarar no tanto por lealtad, sino por miedo a las represalias.
Cuando Kael recibió su testimonio, permaneció largo rato
en silencio.
—“¿Desde cuándo?”—
La respuesta fue reveladora. Varios años. No había sido una
aventura reciente. Había existido durante buena parte de su matrimonio.
Kael cerró
los ojos.
—“La falta de lealtad no puede personarse.”—
Isabelle no
respondió. Porque sabía que aquella conclusión lee beneficiaría.
La decisión fue rápida.
Isabelle,
actuando como regente, ordenó que Marguerite abandonara Aurelia.
La orden no pasó por Kael. Y la reina consorte recibió
unas horas para preparar sus pertenencias.
Cuando comprendió que Isabelle había actuado sin consultar al
rey, intentó enfrentarse a ella.
—“No tienes derecho.”—
Isabelle
permaneció inmóvil.
—“Tengo la autoridad delegada de la Corona.”—
—“¡Eres una extranjera!”—
—“Ya no.”—
Marguerite
comprendió entonces la verdadera dimensión de la transformación. Isabelle
no quería ser la amante del rey. No había buscado ser la traductora. Y
probablemente no le había interesado nunca ser la esposa de un embajador.
Todo eso había sido un medio. Y ahora, era la mujer que tenía el
poder de expulsarla de su propio reino.
—“Algún día”— dijo Marguerite
—“Kael comprenderá lo que eres.”—
Isabelle la
miró.
—“Tal vez. O tal vez no.”—
La reina salió de Aurelia. Y pidió asilo en Kaor.
Ferdinand,
atrapado entre la diplomacia y la necesidad de proteger a una antigua soberana,
terminó concediéndoselo. Marguerite abandonó así el territorio que había
considerado suyo.
Durante los días siguientes, Kael permaneció
hospitalizado.
La herida había sido grave, pero los sistemas médicos de Aurelia
permitían mantenerlo con vida y acelerar lentamente la recuperación de los
tejidos dañados.
Isabelle permanecía
cerca. Pero ya no entraba como amante, ni como embajadora. Entraba como
regente.
Pero algunas noches, cuando los médicos abandonaban la
habitación y las luces del centro médico descendían hasta adquirir una
tonalidad azulada, Kael buscaba su mano.
Una noche la encontró.
—“Es extraño.”—
murmuró.
—“¿Qué cosa?”—
—“Toda mi vida he tenido hombres armados protegiéndome.”—
Isabelle sonrió
débilmente.
—“Ahora tienes una regente. Y todo un reino te protege.”—
Kael negó
lentamente con la cabeza.
—“No.”— dijo el
rey al mirarla —“Ahora tengo a alguien en quien puedo confiar.”—
Isabelle no
respondió.
Por primera vez desde que había llegado a Aurelia, no
necesitaba decir nada.
Kael cerró
los ojos. Y mientras el hombre que había conquistado casi todo Nydara
descansaba bajo los cuidados de los médicos, Isabelle permaneció sentada
junto a él.
Afuera, un imperio esperaba sus órdenes. Por primera vez en su
vida, Kael se sentía seguro bajo las manos protectoras de otra persona.
Y aquella persona era precisamente la mujer que había llegado a
su corte mientras todos pensaban que solamente ayudaría a negociar la paz.
Capítulo 10: La Sombra del Trono
La convalecencia de Kael había cambiado el centro de
gravedad del reino.
Durante los primeros días, Isabelle había considerado su
nombramiento como regente una responsabilidad provisional. Una solución de
emergencia destinada a mantener el funcionamiento de Aurelia mientras el
soberano recuperaba la salud.
Pronto comprendió que el poder provisional tenía una
característica peligrosa: tenía una base débil que se desequilibraba fácil por
las intrigas palaciegas, y exigía constantemente negociar con prebendas de todo
tipo.
Desde la residencia real, Isabelle comenzó a recibir
informes de los ministros, partes militares y despachos de las provincias. Los
documentos que antes llegaban a Kael pasaban ahora por sus manos. Los
asuntos que requerían la firma de la corona llevaban su nombre acompañado de
una fórmula que, al principio, le resultaba extraña.
Isabelle de Montferrand, Regente de
Aurelia.
Con los días, terminó por dejar de resultarle extraña. Una
mañana ordenó preparar una comunicación para Kaor.
—“Quiero hablar directamente con la duquesa Valerie.”—
El asesor que permanecía frente a ella inclinó la cabeza.
—“¿Sobre las negociaciones?”—
—“Sobre la paz.”—
—“¿Y qué posición adoptará Aurelia?”—
Isabelle levantó
los ojos.
—“La que resulte posible según la conversación. ¿Quién eres tú
para cuestionarme?”—
Era obvio que la regente no tenía ninguna posición tomada al
respecto. El hombre respondió sin ofenderse:
—“Solo es para instruir al personal, Madame.”—
Horas después, la imagen holográfica de Valerie de Beumont
apareció sobre la mesa de comunicaciones. Su cabello rubio ceniza caía en ondas
sobre los hombros y sus ojos azul verdoso conservaban aquella expresión
prudente que Isabelle conocía desde hacía años.
—“Regente.”— saludó
fríamente Valerie.
—“Duquesa.”—“
—“¿Cómo se encuentra el rey?”—
Isabelle hizo
una pausa.
—“Vivo. Pero todavía débil.”—
La condición del rey había empeorado. Una infección generalizada
había obligado a los médicos a mantenerlo bajo sedación.
—“Quiero que hablemos de la tregua.”— continuó Isabelle —“Creo que
existe una posibilidad real de concretarla.”—
Valerie la
observó con atención.
—“¿Que propones?”—
—“Empecemos con las condiciones que puedan ser aceptadas por
ambas partes.”—
Era una respuesta diplomática. Y excesivamente vaga.
Valerie lo advirtió.
Y pensó que tal vez la estabilidad de Aurelia no era la que Isabelle esperaba.
Que tal vez necesitaba un acieerto palpable para su regencia.
Lo que no sabía era que, en otras conversaciones, Isabelle
ya había comenzado a elaborar con Ferdinand las líneas fundamentales de
un acuerdo que podía poner fin a más de dos siglos de guerra.
. . .
En Kaor, Marguerite Valenz había dejado de
comportarse como una mujer derrotada.
El exilio no le había quitado la dignidad. Al contrario.
Vestida de negro, con el cabello oscuro recogido y una serenidad
casi glacial, había conseguido instalarse en una de las residencias de la casa
de Beumont como si aquella situación fuese simplemente otra partida
política pasajera.
Una tarde pidió hablar a solas con Valerie.
—“Sé que eran amigas, pebes tener cuidado con Isabelle.”—
Valerie
permaneció en silencio.
—“¿Por qué?”—
Marguerite sonrió
mientras hizo un gesto vago e indefinido.
—“Porque con ella, nada es lo que parece.”—
—“Eso podría decirse de cualquiera que haya sobrevivido a una
corte.”—
—“No. Isabelle es diferente. No tiene límites. No conoce la
ética. Ni la lealtad.”—
Valerie cruzó
las manos sobre el regazo, dejándola continuar.
Marguerite bajó la
voz.
—“Es una trepadora. Una mujer inteligente, sí. Manipuladora.
Pero también una traidora. Ha descubierto que puede utilizar a Kael y no se
detendrá mientras tenga algo que ganar.”—
—“¿Qué crees que quiere?”—
Marguerite sostuvo
su mirada.
—“Ya tiene el trono de Aurelia. Cuando lo consolide, vendrá por
el tuyo.”—
Valerie frunció
el ceño.
—“Kael está vivo.”—
—“Por ahora.”—
La frase quedó suspendida como una advertencia.
—“Creo que Isabelle hará todo lo necesario para que Kael no
vuelva a gobernar. Y no se detendrá ante nada.”—
Valerie no
respondió.
Pero aquella noche transmitió la conversación a Ferdinand.
El duque ya tenía su propia visión de Isabelle.
Y no se horrorizó con lo que Valerie le dijo.
. . .
En Aurelia, mientras tanto, el rey seguía encerrado entre
paredes blancas, sensores médicos, con el murmullo constante de los equipos de
soporte vital.
La herida del atentado había comenzado a cicatrizar. Pero la
infección, sin embargo, había debilitado sus pulmones. Kael solo podía
hablar durante unos minutos antes de quedarse sin aliento.
Una tarde recibió la visita de Isabelle.
Ella entró en la habitación y se acercó lentamente a la cama.
—“¿Cómo van las negociaciones de paz?”— preguntó Kael con cansancio.
Isabelle tomó asiento mieentras respondía:
—“Kaor está dispuesto a negociar.”—
—“Eso es bueno.”—
—“Ferdinand también.”—
Kael cerró
los ojos.
—“Entonces quizá finalmente podamos terminar esto.”—
Isabelle lo
observó.
Aquel hombre que había conquistado ducados, derrotado ejércitos
y obligado a medio planeta a pronunciar su nombre con temor, apenas podía
incorporarse sin ayuda.
—“Sí.”— dijo
ella, algo lejana —“Quizá podamos.”—
Kael abrió
los ojos.
—“Cuando salga de aquí quiero firmarlo personalmente.”—
Isabelle sostuvo
su mirada.
—“Por supuesto. Cuando te recuperes.”—
No le dijo que las cláusulas más importantes ya estaban siendo
discutidas sin él.
Las negociaciones avanzaron lentamente. Ferdinand quería
garantías territoriales que evitaran una invasión. Isabelle quería algo
más.
Quería que el tratado reconociera la autonomía política de Kaor,
redujera la presencia militar de Aurelia en determinados territorios y
estableciera una estructura permanente de representación entre ambos poderes.
No estaba negociando solamente el final de la guerra. Estaba
construyendo el mundo que existiría después de ella.
Y cuanto más avanzaban las conversaciones, más cómodo se sentía Ferdinand
tratando directamente con la regente.
Isabelle sabía
escuchar. Sabía cuándo ceder. Y, sobre todo, sabía qué podía ofrecer.
Algunos hombres que habían jurado lealtad a Kael
descubrieron que la regente también sabía recompensar la lealtad con los mismos
métodos que conquistaron al rey.
Así la corte comenzó a dividirse. Unos la llamaban salvadora.
Otros, usurpadora. Isabelle aprendió a no escuchar a ninguno de los
bandos.
Había descubierto algo más importante: que el poder no siempre
necesitaba proclamarse. A veces bastaba con que todos supieran dónde
encontrarlo.
Finalmente, después de semanas de negociaciones, llegó el
acuerdo.
La Guerra de los Magiares terminó con una ceremonia que
habría parecido imposible apenas unos meses antes.
Los representantes de Aurelia y Kaor firmaron el
tratado bajo una bóveda de cristal inteligente que proyectaba sobre ellos los
símbolos históricos de ambos territorios.
Cuando Isabelle estampó su firma como regente, las
campanas del palacio comenzaron a sonar.
Durante horas, las ciudades celebraron. Pero no todos celebraron
el accionar de la regente. Porque en Aurelia empezaron a circular otras
preguntas.
¿Por qué una mujer de Kaor gobernaba mientras el rey permanecía
enfermo? ¿Por qué el tratado concedía tanto poder a los ducados? ¿Por qué Kael
no aparecía públicamente? ¿Por qué Isabelle estaba siempre presente?
La respuesta de Isabelle fue sencilla: necesitaba
devolverle al reino una imagen de continuidad.
Y encontró la solución en Marguerite.
—“Hay que rehacer la continuidad sucesoria.”—le dijo a Kael.
Él la miró desde la cama.
—“¿Qué quieres decir?”—
—“Tu matrimonio. Debe terminar.”—
Hubo un largo silencio.
—“Marguerite fue mi esposa durante muchos años.”—
—“Y ahora está con tus enemigos. En Kaor.”—
—“No puedo simplemente repudiarla.”—
—“No te estoy pidiendo que la humilles.”—
Isabelle se
acercó.
—“Te estoy pidiendo que cierres una etapa.”—
Kael permaneció
callado. Aquella noche firmó la disolución del matrimonio.
Poco después, Aurelia anunció un nuevo enlace. Kael I,
rey de Aurelia, contraería matrimonio con la regente Isabelle de
Montferrand. La antigua traductora de Kaor se convirtió en reina
consorte.
Y por decisión de la Corona, quedó reconocida como primera
heredera en caso de ausencia de descendencia.
La noticia recorrió Nydara.
Isabelle había
llegado a Aurelia como esposa de un embajador. Ahora llevaba una corona.
. . .
Dos meses después, Kael seguía sin recuperar
completamente sus fuerzas.
Los médicos hablaban de secuelas pulmonares. Él insistía en
trabajar. Isabelle insistía en que descansara.
Una noche, cuando el rey volvió a ser internado por una neumonía
bilateral, Isabelle acudió al hospital. La encontró dormido. Se sentó
junto a él. Durante unos minutos permaneció en silencio.
Kael abrió
los ojos.
—“¿Isabelle?”—
—“Estoy aquí.”—
El rey intentó sonreír.
—“Siempre estás aquí.”—
Ella tomó su mano.
—“Porque soy tu esposa.”—
Kael cerró
nuevamente los ojos y respiró con dificultad.
—“Eres la única persona en quien confío.”—
Isabelle apretó
sus dedos.
—“Duerme.”—
Kael
obedeció.
Horas después, los monitores comenzaron a emitir un sonido
continuo. Los médicos entraron corriendo, mientras la reina fue obligada a
abandonar la habitación.
Y poco después de la medianoche, Kael I de Aurelia
murió.
No había llegado ni a los cuarenta y cuatro años. Durante unos
minutos, nadie en el palacio se atrevió a hablar.
Después comenzaron los rumores. En los corredores de Veyron,
entre copas de vino y puertas cerradas, apareció la primera versión. Luego otra. Y finalmente una tercera, más
peligrosa que las anteriores.
Decían que Kael no había muerto de una infección. Decían
que Isabelle había esperado el momento adecuado. Que la mujer que había
llegado a Aurelia hablando el idioma del rey había terminado hablando
también el lenguaje del poder.
Y que, cuando Kael dejó de serle útil, Isabelle
había encontrado la manera de silenciarlo.
La nueva reina escuchó los rumores desde la cima del poder.
No respondió. Todavía no lo haría. Porque por primera vez
comprendió que había conseguido exactamente aquello que siempre había deseado.
El poder.
Y también comprendió algo que nadie le había enseñado: el poder obtenido demasiado deprisa siempre exige una
explicación.
Capítulo 11: La Reina de las Sospechas
La muerte de Kael no había dejado un vacío. Había dejado
varias preguntas sin respuesta.
Y en Aurelia, en un momento de inestabilidad política,
las preguntas podían ser más peligrosas que los ejércitos.
Durante los primeros días del luto, Isabelle permaneció
en el Palacio de Veyron rodeada de ministros, oficiales y miembros de la
corte que inclinaban la cabeza ante ella con una mezcla de respeto y temor.
Nadie se atrevía a acusarla públicamente. Al menos todavía.
Pero tampoco nadie parecía dispuesto a olvidar la rapidez con la
que aquella mujer había pasado de ser la traductora de Kaor a amante del
rey, de amante a regente y de regente a reina.
La ciudad comenzó a hablar. Y al principio fueron murmullos.
Después aparecieron pequeños adhesivos clandestinos en las
columnas de los edificios públicos, en los transportes urbanos y hasta en las
puertas laterales del palacio.
Una imagen estilizada de Isabelle, con una corona sobre
la cabeza y una mancha oscura sobre el pecho.
Y debajo, una sola palabra: ASESINA.
Los agentes de seguridad los retiraban durante la noche. Pero a
la mañana siguiente aparecían otros.
Isabelle ordenó
detener a los responsables. Pero no pudieron encontrar a ninguno. Aquello la
irritó más que la propia acusación.
Una tarde, mientras observaba desde una galería cómo los
jardineros retiraban una de aquellas imágenes de un muro, uno de sus consejeros
se aproximó.
—“Majestad.”—
Isabelle no se
volvió.
—“¿Cuántos?”—
—“Cientos de ellos por la ciudad.”—
—“¿Y?”—
—“Creemos que hay una red detrás.”—
Isabelle
contempló el jardín.
Las plantas ornamentales se movían suavemente bajo la
iluminación artificial de los árboles. Más allá, pequeños drones de
mantenimiento flotaban entre las esculturas.
—“Tenemos que averiguar quién realizó el atentado inicial que
terminó con la vida del rey.”—
El consejero guardó silencio.
—“Majestad, los médicos...”—
—“No he preguntado qué dicen los médicos.”—
Entonces se volvió.
—“He preguntado quién organizó el atentado que terminó por matar
a Kael.”—
La investigación comenzó de nuevo. Los archivos del atentado
fueron recuperados y los registros de seguridad, revisados.
Las grabaciones del palacio, fueron reconstruidas mediante los
sistemas que la inteligencia de Veyron había almacenado en servidores
aislados.
Durante días, los investigadores examinaron miles de horas de
imágenes detalladas. Hasta que encontraron algo: un hombre.
Había entrado en una de las zonas restringidas del palacio poco
antes de la muerte de Kael. No pertenecía al personal habitual.
Su identidad había sido alterada mediante una autorización
electrónica falsa.
—“¿Quién es?”—
preguntó Isabelle.
El jefe de seguridad colocó una imagen holográfica sobre la
mesa.
—“Estamos intentando averiguarlo.”—
—“No.”—
Isabelle señaló
el rostro.
—“Ya no están intentando averiguarlo.”— levantó la mirada —“Lo van a hacer.”—
El hombre fue detenido dos noches después.
Lo llevaron a una instalación de seguridad situada debajo del
palacio. Allí comenzó el interrogatorio. Y después, la tortura.
Cuando terminaron, el detenido apenas podía mantenerse sentado.
Uno de los agentes se incorporó. Le preguntó violentamente:
—“¿Quién te envió?”—
El detenido no respondió.
—“¿Fue Marguerite? ¿Alguien de la corte?”—
El hombre hizo silencio. El agente golpeó la mesa.
—“¡Contesta!”—
El hombre levantó lentamente la cabeza.
—“Kaor...”—
El agente entrecerró los ojos.
—“¿Marguerite?”—
—“Kaor...”—
Después dejó de hablar. Y murió.
Le informaron a Isabelle.
—“Creemos que fue Margerite, Majestad.”—
Ella lo miró.
—“¿Creen?”—
El hombre vaciló.
—“Puede haber confesado solamente para detener el dolor.”—
Isabelle
permaneció inmóvil.
—“¿Lo comprobaron? ¿Podemos estar seguros?”—
—“No tuvimos tiempo, Majestad.”—
—“¿Por qué?”—
El agente bajó los ojos.
—“Murió súbitamente. No pudimos resucitarlo.”—
La habitación quedó en silencio.
Isabelle fue
hasta la sala de tortura. Observó durante unos segundos el cuerpo cubierto por
una manta.
No había obtenido una respuesta, tal como lo quería. Pero había
obtenido algo mucho más peligroso: una sospecha.
Y decidió, para beneficio propio, convertirla en certeza.
. . .
Marguerite seguía
refugiada en Kaor.
Isabelle ordenó
enviar agentes encubiertos. No enviaba diplomáticos, investigadores ni agentes.
Eran sicarios.
Y la orden era sencilla: Marguerite debía morir.
Uno de sus consejeros se atrevió a plantear la pregunta que
nadie más había querido formular.
—“Majestad... ¿y si la reina Marguerite no fue responsable?”—
Isabelle levantó
lentamente la mirada. La decisión ya estaba tomada:
—“Entonces habrá muerto una mujer inocente.”—
El consejero guardó silencio mientras Isabelle continuaba:
—“Pero si fue responsable, tendremos a nuestro culpable.”—
Nadie se atrevió a formular más preguntas.
. . .
El atentado ocurrió tres días después.
Marguerite
caminaba por una galería exterior de la residencia donde Kaor le había
permitido alojarse cuando uno de los paneles decorativos explotó.
El impacto la arrojó contra una columna. Dos de sus acompañantes
murieron. Marguerite quedó gravemente herida.
Los sistemas médicos de emergencia lograron estabilizarla antes
de que perdiera demasiada sangre.
Cuando Gaspard recibió la noticia, fue uno de los
primeros en llegar.
La encontró consciente, aunque apenas podía hablar.
—“¿Que pasó?”— preguntó
ella.
Gaspard la
observó.
Durante meses había sido el hombre humillado por la infidelidad
de su esposa, el embajador desplazado, la figura incómoda de una negociación
que había terminado demasiado cerca del dormitorio real.
Pero Marguerite nunca lo había tratado como un objeto de
burla.
Quizá por eso, ahora en el momeento más duro de la reina, Gaspard
no pudo marcharse.
—“Isabelle quiere matarte.”—respondió.
Marguerite cerró
los ojos.
—“Isabelle.”—
Gaspard no
respondió. No era necesario.
. . .
El atentado cambió todos los status.
Hasta aquel momento, Aurelia y Kaor habían
conseguido mantener una frágil paz. Ahora, Kaor exigía explicaciones.
Ferdinand ordenó
reforzar las fronteras. Las unidades militares comenzaron a movilizarse. En Aurelia,
Isabelle sostuvo que el ataque había sido una operación preventiva
contra una conspiradora.
En Kaor, Ferdinand lo calificó de intento de
asesinato patrocinado por la Corona de Aurelia.
En los salones de ambos reeinos comenzó a circular una pregunta
mucho más inquietante. ¿Había ordenado Isabelle matar a Marguerite?
Algunos respondían que sí. Otros recordaban que Marguerite
había intentado destruir a Isabelle primero. Y habían quienes
simplemente, observaban los acontecimientos y esperaban.
Porque había una diferencia entre sospechar que una reina era
culpable y demostrarlo. Y aquella diferencia comenzaba a convertirse en el
abismo sobre el que se sostenía el nuevo reino de Aurelia.
Después de años de estabilidad política y gubernamental, con Isabelle
gobernando Aurelia había entrado rápidamente en una peligrosa curva
ascendente de intrigas y rumores palaciegos que solo desestabilizaban a la
corona.
Mientras tanto, en la residencia de Gaspard en el ducado
de Kaor, Marguerite se recuperaba lentamente de sus heridas.
El embajador había decidido permanecer cerca de ella. No por
amor todavía. Por lealtad.
El embajador comprendía algo que Isabelle había olvidado:
que en una corte donde todos buscaban poder, a veces la única forma de
conservar la dignidad era proteger a quien ya no podía protegerse a sí mismo.
La Guerra de los Magiares había terminado. Pero la paz
apenas había durado unos meses. Y ahora los dos reinos comenzaban a prepararse
para una nueva guerra.
Esta vez no sería por los territorios. Batallarían por una reina.
Capítulo 12: Una Paz Irreversible
El atentado contra Marguerite había colocado a Nydara
nuevamente al borde de la guerra.
En Kaor, las tropas habían comenzado a desplazarse hacia
las fronteras. Aún no se habían producido combates ni escaramuzas, pero bastaba
observar los movimientos militares para comprender que la paz firmada meses
atrás podía desaparecer en cuestión de días.
Isabelle sabía
bien que su posición era mucho más frágil de lo que aparentaba.
Aurelia seguía
siendo el reino más poderoso del planeta, pero el poder de su corona dependía
ahora de una mujer que buena parte de la aristocracia consideraba extranjera y
que muchos sospechaban responsable de la muerte de Kael.
Necesitaba que el poderoso ducado de Kaor la protegiera.
Su antigua nación.
Para eso envió una misión diplomática.
El mensaje dirigido al duque Ferdinand era breve:
La paz debe sobrevivir a quienes la
firmaron.
Ferdinand lo leyó
dos veces antes de dejarlo sobre la mesa.
—“Quiere que vaya a Aurelia.”— dijo.
Valerie estaba
junto a la ventana.
—“No. Es una trampa.”—
Ferdinand levantó
una ceja.
—“¿Prefieres la guerra?”—
—“Quiere que creas que necesita que vayas.”—
El duque permaneció pensativo.
—“¿Y qué diferencia hay?”—
Valerie se
volvió hacia él.
—“La diferencia es que si vas a Aurelia, Isabelle puede
encerrarte en un palacio y hacer contigo lo que hizo con Kael.”—
Ferdinand guardó silencio.
—“Ya no es la mujer que conocimos.”— continuó Valerie —“Es peligrosa.”—
—“Siempre lo fue. Solo que ahora no tiene que ocultarse.”—
—“Sí. Pero antes el ocultarse le ponía límites.”—
Ferdinand tomó
nuevamente el mensaje.
—“¿Y ahora?”—
Valerie lo miró
fijamente.
—“Ahora tiene una corona. No vayas personalmente. Envíale un
contrincante fabuloso.”—
La decisión de enviar a Gaspard fue tomada esa misma
noche.
El antiguo embajador había regresado a Kaor después de
los acontecimientos de Aurelia convertido en un hombre distinto. Había
perdido una esposa, una posición y buena parte de las ilusiones que había
depositado en la diplomacia.
El engaño de Isabelle lo había roto por dentro. Pero
también le había endurecido.
Y conservaba algo que Ferdinand necesitaba.
Experiencia. Y Lealtad.
—“Quiero que vayas.”— le dijo el duque.
Gaspard
permaneció en silencio.
—“Por supuesto, tendrás que tratar con Isabelle.”—
Aquello produjo un cambio casi imperceptible en su rostro.
—“Lo sé.”—
—“Y no será sencillo.”—
—“No espero que lo sea, duque mío.”—
Ferdinand se
acercó y puso su mano derecha en el hombro de Gaspard.
—“No vas como el marido abandonado. Me vas a representar. Y
nadie puede igualar tu lealtad.”—
Gaspard sostuvo
su mirada.
—“Serviré a Kaor con lealtad.”—
Ferdinand lo
estudió por un segundo. Luego dijo:
—“Y recuerda algo. Aurelia necesita esta negociación mucho más
que nosotros. Haz que lo sientan.”—
Gaspard comprendió.
Por primera vez desde que había conocido a la verdadera Isabelle,
él tendría la ventaja.
—“Así será, Majestad.”—
. . .
La delegación llegó a Aurelia tres días después.
Gaspard no
llevaba la antigua insignia diplomática que había utilizado durante su primera
misión.
Llevaba la de Kaor. Y había recibido instrucciones precisas del
duque Ferdinand. No concedería nada. No aceptaría ninguna modificación
territorial. No comprometería tropas.
No firmaría ningún acuerdo sin autorización. Y, sobre todo, no
permitiría que Isabelle transformara la negociación en una cuestión
personal.
Cuando la comitiva fue recibida en el palacio, Gaspard
mantuvo una cortesía impecable. Distante.
Isabelle lo
comprendió inmediatamente. La mujer que había conocido a aquel hombre ya no existía
para él.
—“Embajador.”— saludó.
—“Majestad.”—
No hubo ningún gesto de familiaridad. Ni una mirada prolongada.
Ni siquiera el recuerdo de que habían compartido una vida.
Isabelle sintió
el golpe, pero no lo mostró.
—“Espero que podamos encontrar una solución a esta crisis.”—
Gaspard inclinó
ligeramente la cabeza.
—“Eso depende de las condiciones de Kaor.”—
La primera reunión duró poco.
Isabelle propuso
que Ferdinand acudiera a Aurelia. Gaspard rechazó la
propuesta.
—“El duque recibirá a Su Majestad en Kaor.”—
Isabelle lo
miró.
—“Soy la reina de Aurelia.”—
—“Y Ferdinand es el duque de Kaor.”—
—“No puedo abandonar el reino en estas circunstancias.”—
—“Ferdinand no vendrá con la actual inestabilidad política. No
habrá reunión.”—
El silencio que siguió fue incómodo.
Isabelle sabía
que Gaspard tenía razón. Y tenía la ventaja.
Sin el apoyo de Kaor,
su posición internacional era demasiado débil.
Y una guerra contra Ferdinand podía convertirse
rápidamente en una guerra civil dentro de Aurelia. Así, correría en riesgo
su propia cabeza.
Finalmente, después de mucho dialogar, respondió:
—“Acepto. Está bien. Acudiré a Kaor.”—
. . .
La llegada de Isabelle a Kaor fue muy diferente a
la época en la que gozaba de los favores de los duques. Cuando tenía una vida
segura junto a Gaspard.
Ya no era la vieja traductora. Era reina. Y tampoco fue recibida como se recibiría una
amiga.
Ferdinand y Valerie
la esperaron en la escalinata principal.
Valerie llevaba
un vestido de ceremonia azul oscuro, con discretos elementos luminosos bordados
en las mangas. Ferdinand vestía el uniforme diplomático de gala como
duque de Kaor.
Isabelle
descendió del vehículo antigravitatorio. Durante unos segundos, las dos mujeres
se miraron. Habían sido amigas.
Ahora eran dos soberanas separadas por una guerra que todavía no
había comenzado.
—“Majestad.”— dijo Valerie.
—“Duquesa.”—
Se estrecharon las manos.
. . .
Los documentos preliminares fueron firmados esa misma tarde.
Aún no constituían un tratado de paz, eran simplemente el
compromiso formal de iniciar conversaciones.
Pero ambos sabían que aquel documento podía evitar continuar con
la guerra de doscieentos años. Después de la ceremonia, Isabelle pidió
hablar con Ferdinand a solas.
El duque aceptó.
Antes de entrar en la sala privada, Valerie le recordó:
—“Recuerda quién es.”—
Ferdinand sonrió
sin humor.
—“No lo he olvidado.”—
—“Es una víbora.”—
—“Lo sé, querida.”—
Valerie bajó la
voz.
—“No confíes en nada de lo que diga.”—
Ferdinand miró
hacia la puerta.
—“Valerie, lo único que sale de la boca de Isabelle son
mentiras.”—
La duquesa soltó su brazo.
—“Entonces procura que las tuyas sean mejores.”—
La sala privada estaba iluminada por una pared de cristal que
mostraba los jardines de la residencia.
Isabelle
esperaba junto a una mesa. Cuando Ferdinand entró, ella señaló una
silla.
—“Gracias por aceptar hablar conmigo.”—
—“No estoy aquí para conversar. Voy a escuchar.”—
—“No.”— Isabelle
sonrió. —“Estás aquí para negociar.”—
Ferdinand se
sentó. Y dijo:
—“Solo los que tienen algo que perder negocian, Isabelle.”—
Ella tomó asiento frente a él.
Durante unos instantes la reina de Aurelia no habló.
—“La paz entre Aurelia y Kaor fue un acontecimiento histórico.”— dijo Isabelle finalmente.
—“Y por tus acciones casi duró menos que la tinta con la que fue
firmada.”—
—“Lo acepto. Créeme que si.”— dijo Isabelle que se
inclinó ligeramente hacia delante. —“Aurelia y Kaor han firmado la paz. Pero
la paz no sobrevivirá a nuestra generación si no la hacemos irreversible.”—
Ferdinand la
observó.
—“¿Cómo?”—
Isabelle sostuvo
su mirada.
—“Un matrimonio.”—
El duque frunció ligeramente el ceño.
—“¿Entre los descendientes de las dos coronas?”—
Isabelle negó
lentamente con la cabeza.
—“No.”— Hizo una
pausa y aclaró —“Entre nosotros.”—
Ferdinand
permaneció inmóvil.
Por primera vez desde que había entrado en la habitación, Isabelle
no parecía estar negociando. Parecía estar arriesgándolo todo.
—“¿Tú y yo?”—
—“Sí. Eso haría de Aurelia y Kaor una nueva y poderosa nación.”—
Ferdinand dejó
escapar una breve respiración.
—“¿Y Valerie?”—
Isabelle lo
observó durante unos segundos.
—“Valerie comprenderá.”—
El duque apartó la mirada.
—“¿Eso crees?”—
—“La duquesa siempre ha comprendido las necesidades de Kaor.”—
Ferdinand volvió a
mirarla.
Isabelle
extendió lentamente la mano sobre la mesa. Sus dedos descansaron sobre los de
él. No hubo sonrisas ni una seducción evidente.
Solo una pregunta silenciosa.
Ferdinand no
retiró la mano. Y por primera vez desde que había comenzado aquella
negociación, comprendió que Isabelle no estaba buscando simplemente un
tratado.
Estaba buscando algo mucho más difícil de conseguir: una nueva legitimidad.
FIN

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