sábado, 18 de febrero de 2023

Historia: "Señales en la Oscuridad ( SciFi - Thriller )"

 



SciFi – Thriller

Señales en la Oscuridad
por Rodriac Copen



La base de investigación no tenía ventanas. A varias decenas de metros debajo de los hielos, una pequeña colonia de investigadores y astronautas trabajaban en un aislamiento casi total en Europa, la luna de Júpiter.

Capas de hielo comprimido, kilómetros de presión y oscuridad, por encima de sus cabezas, no daba la impresión de ser un refugio hospitalario. La sensación era de una sepultura muy sofisticada.

Afuera, la superficie era un desierto blanco y letal, con temperaturas capaces de quebrar materiales antes que huesos. Nadie salía “a despejarse”. Nadie podía olvidar dónde estaba.

Maritza Wieller revisaba líneas de código como quien revisa signos vitales.

Sin apuro ni emociones visibles. El sistema de distribución energética dependía de la estación orbital: un generador que enviaba energía mediante láser, preciso como un bisturí. Si fallaba, la base se apagaba. No había margen para errores.

En la consola secundaria, una notificación intermitente perturbó la silenciosa paz del ambiente de trabajo. Era una alerta de la capa de comunicaciones.

—“Dejaste algo en mi camarote.”— La voz de Darian Solvek se sintió, baja, confidencial, sin formalidades.

Maritza no respondió de inmediato. Miró el reloj de misión. Luego dijo:

—“No vuelvas a usar este canal.”—

Y cortó. Pensó que su esposo Andrei no había notado nada.

A unos metros, el coronel Andrei Salitzev no levantó la vista para alterar su rutina. Tampoco dijo nada. Tenía la costumbre de no decir nada cuando ya había entendido toda la situación.

Robusto, metódico, con una ética sin fisuras. Creía en el deber como otros creen en la gravedad. Sostenía las cosas en su lugar.

Darian no.

Darian era brillante en ráfagas. Irregular. Eficaz cuando quería. Tenía acceso a las comunicaciones y un historial que no encajaba con su puesto.

Había comprado una mansión en la Tierra con dinero que nadie había explicado del todo. Ahora las corporaciones estaban interesadas en Europa. En lo que hubiera debajo del hielo, en las profundidades de su océano.

Las sondas enviaban datos desde kilómetros de profundidad: patrones químicos, variaciones térmicas, respuestas que no parecían ruido. Los hallazgos aún no habían sido clasificados.

Pero las formas de vida encontradas en el océano de Europa eran muy prometedoras. Y de confirmarse, varias empresas estarían interesadas en financiar estudios a largo plazo a cambio de explotar las posibles riquezas bajo el hielo.

La falla llegó sin previo aviso. Una caída en la potencia recibida. Luego otra. El haz láser empezó a desviarse. La estación orbital no estaba apuntando donde debía.

—“Creemos que fue un impacto de micrometeorito.”— dijo el comandante —“Es la explicación más probable.”—

Maritza no respondió. Trató de encontrar algún tipo de solución que, a través de la reescritura del código, solucionara el problema. Abrió los  registros. Pero encontró huecos. Líneas borradas. Secuencias de código que no coincidían con las estructuras del sistema.

Se había reescrito el código. Pero no con los protocolos que habría seguido un operador entrenado.

Como si un aprendiz lo hubiera hecho torpemente. Sin líneas de comentarios, sin copias de respaldo. Sin advertencias a los administradores.

Buscó a su esposo Andrei en un pasillo sin cámaras.

—“Hace un par de día me dijiste que pensabas cortar la energía.”— dijo ella.

—“No. Dije que lo estaba evaluando.”—

—“La estación ha desalineado al láser.”—

—“Me doy por enterado. Pero no fui yo.”—

Su esposo no alzó la voz. No evitó la confrontación. Y sostuvo la mirada.

—“Podría ser Darian.”— dijo Andrei —“Tiene acceso. Y quizá motivos. Ya conoces su historia.”—

Su esposo no confiaba en Darian por lo de la mansión, y cuando Maritza lo defendió, a Andrei se le encendieron las alarmas y sospechó  que la relación entre ellos no fue solo un encuentro sexual aislado.

Maritza volvió a la sala de sistemas para continuar investigando.

Correlacionó los registros que tenía. Y encontró una traza: una orden de cambio en el ángulo de la antena de la estación. Provenía de la misma base. Con un override de seguridad.

Ese nivel de acceso era limitado.

Pensó en Andrei. Y también en Darian.

Su amante tenía acceso a las comunicaciones y la capacidad de haber manipulado las terminales arruinando el código. ¿Pero por qué lo haría? ¿Quizá alguien le pagó para sabotear la misión?

Ninguno encajaba del todo como para acusarlos. Pero ambos encajaban lo suficiente como para sospechar.

—“¿Estás buscando algo en particular?”— dijo Darian burlonamente desde la puerta.

—“Inconsistencias.”—

—“De esas, siempre hay algunas.”—

—“No como estas.”—

Darian apoyó el hombro en el marco. Sonrió sin convicción.

—“Si piensas como los otros, que vendí la misión, deberías decírmelo claro.”—

—“Estoy investigando.”— dijo algo molesta Maritza —“Todavía.”—

Él asintió. Y no preguntó más.

El comandante tomó la decisión. La alineación del láser de la estación no podía corregirse desde la base. Había que ir y corregir localmente.

Los elegidos fueron Maritza, Andrei y Darian.

Usarían la lanzadera que les permitía moverse rápidamente entre la luna y la estación orbital. Debían apurarse, sobre todo porque la ventana de tiempo se estaba cerrando. La base no tenía reservas energéticas suficientes como para subsistir más que algunas horas.

Los tripulantes se subieron sin hablar demasiado. No había nada útil que pudieran decirse. La desconfianza entre ellos no necesitaba palabras. El esposo, su mujer y el amante. No era un ambiente precisamente colaborativo.

El acople con la estación fue limpio. Pero ingresar al interior no fue sencillo.

La oscuridad era total. Habían numerosos sistemas muertos. Solo las luces de los cascos estaban encendidas. Ingresaron lentamente hasta llegar al puente.

—“Energía auxiliar.”— ordenó Maritza.

Los comandos por voz funcionaban. La estación respondió con un latido débil. Se vieron paneles encendiéndose uno a uno. La estación orbital parecía un cuerpo volviendo en sí lenta y pacientemente.

Maritza accedió al núcleo de control principal. Los registros borrados no estaban del todo eliminados. Había una sombra, un rastro que podía seguirse a través del complejo sistema.

Encontró un mensaje.

Y el origen era de la base en Europa.

Imposible.

Lo abrió. Y lo que encontró no era un archivo de texto simple. Era una instrucción que generaba un ajuste fino en el ángulo de la antena de transmisión.

—“Esto no lo mandamos nosotros”— dijo.

—“No.”— dijo Andrei.

—“No.”— corroboró Darian.

—“Pero alguien lo hizo.”—

—“¿Quién?”— preguntó Darian.

Maritza no respondió. Observó el código alrededor. No era estático. Variaba. Se reordenaba en algunos segmentos. El sistema no había reorganizado los programas por errores. Había cambios en las órdenes.

—“Esto no está fallando… está ajustándose.”— dijo.

Silencio.

Pero había otro problema.

—“La antena. Tendremos que moverla manualmente.”— agregó —“Desde el exterior.”—

Darian se colocó el casco.

—“Voy yo. Estoy más capacitado que ustedes.”—

Nadie discutió.

La esclusa se abrió con un suave suspiro. El vacío recibió a Darian sin ceremonia. La superficie de la estación era una sombra contra la negrura del exterior. Europa, debajo de todo, se veía como un ojo blanco.

—“Tengo a la antena en el campo visual.”— dijo por radio —“Voy a corregir y ajustar la dirección.”—

Maritza seguía atentamente cada paso. La telemetría se mostraba estable.

La tensión del cable de vida era normal.

No hubo ninguna advertencia.

El tirón fue seco. Preciso.

Como si algo del otro lado hubiera calculado la tensión exacta.

Bastante brusco.

—“¿Qué fue eso?”— dijo Darian a través de la radio.

El cable de seguridad se soltó. Y por un segundo no hubo nada que le retuviera a salvo.

Reaccionó lo más rápido que pudo. Después de unos momentos, se sintió un golpe. Darian alcanzó a aferrarse a una saliente de la estación.

Con esfuerzo, reenganchó el cable con manos torpes a causa del esfuerzo.

—“Ese tirón no fue mecánico.”— dijo jadeando, mientras se recuperaba.

Maritza miró a Andrei.

Él la miró de vuelta. Ante la duda de su mujer, dijo:

—“Sabes que no fui yo. Estaba aquí, contigo.”—

—“La sujeción fue restablecida.”— dijo Darian por la radio —“Sigo con la tarea.”—

Maritza volvió al sistema. Profundizó lo mejor que pudo la investigación. Encontró la orden original. Provenía de la Base, en Europa. Era un override de seguridad con firma de autenticación válida.

—“Solo seguridad puede hacer esto.”— dijo con mirada acusatoria.

—“Así debería ser, sí.”— dijo Andrei.

—“Entonces fuiste tú.” —

—“No. Mira las fechas y las horas. No pude haber sido yo.”—

—“Pero no fue un accidente.”—

Hubo un breve silencio.

—“¿Qué esperas que te diga? Ese experimento…”— dijo Andrei —“lo que están haciendo ahí abajo… no es investigación.”—

Andrei nunca discutía protocolos. Los ejecutaba.

Pero había cosas que ni el protocolo podía justificar.

—“No tienes autoridad para decidir eso.”—

—“No, no la tengo. Pero puedo tener una opinión. Y alguien debería detenerlos.”—

—“No tienes derecho a hacerlo.”—

—“Sabes que no soy el único que piensa así.” —

Las sondas enviaron un nuevo paquete de datos. Maritza lo abrió sin querer. Los patrones no eran aleatorios. Parecían respuestas a estímulos. A la energía que se enviaba a Europa.

—“La señal…”— murmuró —“Alguien está respondiendo.”—

—“No lo sé.”— dijo Andrei mirando las pantallas —“Parece que están consumiendo energía, no respondiendo.”—

—“No sabemos qué es.”—

—“Pero sabemos suficiente como para entender que hay formas de vida en el océano.”—

Darian, que escuchaba a través de la comunicación abierta, habló desde el exterior:

—“Entonces tus intenciones no eran frenar el experimento… querías destruirlo.”—

Andrei no contestó. Maritza, igual que Darian, lo entendió de ese modo:

—“Desalineaste la antena.”— dijo —“Para cortar la energía y abortar el experimento.”—

—“Para cortar la alimentación.” — corrigió Andrei.

—“Sin autorización.”—

—“Tuve que hacerlo a tiempo.”—

—“¿A tiempo de qué?” —

—“¿No te das cuenta? A tiempo, antes que crezca.”—

Maritza sintió algo que no supo nombrar. No era miedo ni culpa. Era como una separación que crecía entre ellos.

—“¿Y las anomalías en el código?”— preguntó ella.

—“No son mías. Ni de él.” — dijo Andrei refiriéndose a Darian.

—“¿De quién entonces?”—

—“Aún no lo entiendes ¿Verdad? De abajo, del océano.”—

El silencio se cargó de tensión.

—“Voy a terminar el ajuste.”— dijo Darian desde el exterior —“Esto se está volviendo una discusión filosófica con un cable flojo.” —

El sistema marcó una caída en el ambiente de soporte del traje.

—“¿Qué hiciste?”— dijo Maritza acusando a su esposo.

—“No fui yo. ¿Acaso no te das cuenta?”— dijo Andrei.

La escotilla exterior empezó a moverse.

—“Está intentando cerrarse.”— dijo Maritza.

—“Se activó el protocolo de seguridad.”— dijo Andrei mientras señalaba las luces de emergencia.

—“No con alguien afuera.”—

—“Puede hacerse en caso de emergencia.”— dijo Andrei.

Maritza dudó un segundo.

Miró a Andrei. De cierto modo, ella sabía que él no había hecho nada.

Él sostuvo la mirada.

No había odio. Pero había llegado a una conclusión.

—“Ya elegiste. Elegiste acusarme.”— dijo Andrei con una sonrisa.

Maritza canceló el cierre. Reforzó el soporte y abrió manualmente la escotilla.

Darian entró arrastrándose, respirando en ráfagas.

Andrei se movió hacia el panel central.

—“Se va a sobrecargar el sistema.”— dijo —“Voy a cortar el suministro de energía de la antena. Definitivamente.”—

—“No.”— dijo Maritza.

—“No es para salvarnos a nosotros.”— dijo él —“Es para salvarlos a ellos.”—

Darian se incorporó. Más rápido de lo que parecía posible.

—“Siempre hay alguno que cree en milagros.”— dijo —“Y siempre termina dificultando los resultados.”—

Andrei no lo miró. Activó la secuencia.

Maritza bloqueó una parte. Darian otra. El sistema respondió con una latencia extraña, como si evaluara la situación.

—“No puedes ganar con esto.”— dijo Maritza.

—“No necesito ganar.”— dijo Andrei —“Solo necesito detenerlo.”—

Abrió la esclusa.  El aire empezó a escapar.

Darian avanzó. Andrei lo empujó, pero no lo suficiente como para expulsarlo. Fue extraño, porque era el doble de fuerte.

Maritza empezó a ser succionada. Darian la sujetó fuerte y cerró el compartimiento de emergencia con un golpe seco.

Andrei quedó del otro lado.

Hubo un instante de quietud.

No se movió. Miró a Maritza por última vez.

La puerta se selló.

Y el vacío hizo el resto.

El láser volvió a alinearse con la base y la energía fluyó sin obstáculos.

En la base, los sistemas recuperaron su ritmo. Las luces dejaron de parpadear.

Las sondas enviaron nuevos datos, ahora diferentes. Más complejos.

Y el código siguió cambiando. A pesar que Andrei estaba muerto.

Maritza observó extrañada las pantallas. Darian estaba a su lado.

—“Cuando esto se confirme,”— dijo él —“las inversiones van a ser enormes. Vamos a estar en la primera línea.”—

Maritza escuchó sin mirarlo.

Pensó en Andrei. En su silencio. Ético, siempre cumpliendo el deber. En su decisión final, o su falta de resistencia.

Pensó en el código que se modificaba… y en el océano.

—“Tenía razón.”— dijo pensando en él.

Darian sonrió levemente.

—“No. Es ciencia.”— dijo— “Pero siempre se puede obtener algo que valga la pena. Es buen dinero.”—

Maritza cerró los ojos un segundo.

Abrió el canal de información.

—“No sabemos si encontramos vida…”— dijo.

Dudó.

—“O si ella nos encontró primero.”—

Cortó.

El código en la pantalla, volvió a cambiar.

 
FIN



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