jueves, 23 de marzo de 2023

Humor - Comedia: "El Plomero Accidental"

 


Humor

 

El Plomero Accidental

por Rodriac Copen

 

A Tito Mansilla le gustaba caminar por los shoppings por la misma razón que a algunos hombres les gusta jugar a la ruleta: porque en ambos casos uno puede perder la dignidad, la billetera o algunos dientes... y aun así volver al día siguiente.

Aquella tarde avanzaba por el pasillo central de un centro comercial de Puerto Madero con las manos en los bolsillos, el mentón apenas levantado y la expresión de quien no había pagado el alquiler en varios  meses. Las luces de la galería se reflejaban en el mármol impecable y en su peinado, que tenía más fijador que convicciones.

Fue entonces cuando la vio.

Una mujer caminando a unos veinte metros, sola, elegante, con un vestido oscuro que parecía diseñado por alguien que sabía alborotar la tranquilidad masculina. El cabello le caía sobre los hombros en ondas sensuales y agresivas. Los tacos resaltaban unas hermosas pantorrillas, mientras resonaban contra el piso con la autoridad de una jueza que ya conocía el veredicto de culpable.

Tito frenó en seco.

—“No... no… no...”— murmuró, llevándose una mano al pecho—“Ya estoy en el paraíso.”—

Para ese entonces Tito ya se había enamorado de una cajera, una promotora de fiambres y una decoradora de vidrieras mientras la veía vestir un maniquí en Flores. Y en todos esos casos, los testigos le vieron la misma expresión: la mirada de un hombre a punto de tomar una pésima decisión con la absoluta convicción del enamoramiento pasajero.

Así Tito empezó a seguirla.

Primero desde una distancia prudente.

Una vez envalentonado, a distancia ridícula.

La mujer al principio, miraba vidrieras sin prestarle mucha atención, mientras Tito improvisaba los diversos rituales urbanos requeridos para encarar un levante épico, que se agregaría a su colección de amoríos inverosímiles.

—“Disculpame... ¿vos caminás así natural o tus caderas ensayan en  casa para enloquecerme?”—

Ni una mirada.

Tito sonrió, y como un soldado en combate, siguió con su misión y objetivo.

—“Perfecto... personalidad difícil. Me gustan los desafíos que aumentan las probabilidades de renuncia.”—

Ella siguió avanzando.

Tito aceleró el cortejo como guacamayo enamorado.

—“Perdón... si sos modelo decímelo ahora, así me ahorro la humillación de parecer un tipo común.”—

Nada.

La mujer, al parecer indiferente como diosa escuchando a un versero, entró a una tienda de perfumes.

Tito, desesperado ya, entró detrás.

Un vendedor galante, los observó con la experiencia de un documentalista que ya filmó a varios depredadores.

—“¿Busca algo, señor?” —

—“Sí.”— dijo Tito sin apartar la vista de ella —“Reciprocidad emocional... pero si no tenés, mostráme algún perfume con un toque de vainilla.”—

La mujer soltó una sonrisa apenas visible.

Tito lo vio. Y ese gesto mínimo, que fue un microscópico temblor en la comisura de esos labios sensuales y deseados, fue la luz indicadora de que había empezado el cortejo mayor.

Para Tito, el gesto equivalía a un contrato firmado.

Mientras la dama salía, la siguió con la energía renovada de un diputado consultando encuestas favorables.

Y la alcanzó cerca de una cafetería.

—“Listo. Sonreíste. Técnicamente ya tenemos historia.”— le dijo.

Por primera vez, la mujer se detuvo. Y girando lentamente, lo miró.

Tito sintió que durante dos segundos su autoestima subió tanto que podría haber visto el Obelisco desde adentro de un shopping.

Ella arqueó una ceja.

—“¿Siempre sos así de insistente?”—

Tito se acomodó la campera.

—“No... a veces soy peor, pero hoy vine livianito.”— respondió desafiante

Ella lo estudió unos segundos.

Después sonrió con una mezcla peligrosa de diversión y cálculo.

—“Cinco minutos. Un café. Y después desaparecés.”—

Tito apoyó una mano sobre el pecho.

—“Claro que si, diosa. Con cinco minutos ni Napoleón haría logrado lo que yo.”—

Se sentaron junto a una ventana, mientras ella pedía un espresso.

Tito pidió un capuccino doble porque sentía que la espuma le daba aspecto intelectual.

—“Me llamo Verónica.”— dijo ella, cruzando las piernas con una naturalidad que hizo que Tito olvidara durante dos segundos su propio apellido—“Verónica Salvatierra.”—

Tito sonrió.

—“Tito Mansilla. Encantador profesional… y profesor de la vida.”—

Verónica soltó una risa breve.

—“Y antes de que sigas imaginando cosas... estoy casada.”—

Tito apoyó la taza y mientras respondía meneando la cabeza, dijo:

—“Bueno... casada no significa feliz. También hay gente con gimnasio pago y jamás fue.”—

Verónica lo miró divertida mientras se reía.

—“Mi marido se llama Osvaldo Salvatierra.”—

Mientras aclaraba los detalles, el tono de su voz había cambiado apenas… pero lo suficiente.

—“Ajá...”— dijo Tito, todavía sonriendo —“¿Y a qué se dedica el señor Osvaldo?”—

Verónica revolvió el café con una lentitud inquietantemente sensual.

—“Es cobrador en una empresa de cigarrillos.”—

—“Bueno, nada grave...”—

—“Anda armado. Es un ex militar.”—

Tito pestañeó leve y fugaz. Pensó que Verónica lo estaba “probando”.

—“...¿Armado tipo ‘usa campera de cuero’ o armado tipo ‘balística forense’?”—

Verónica levantó la vista.

—“Revólver. Y calibre grueso.”—

Tito dejó la taza demasiado rápido y se salpicó la mano.

—“Ah.”—

—“Lo lleva porque ya intentaron asaltarlo varias veces.”—

—“Bueno... eso pasa.”—

—“Y ya se tiroteó tres veces.”—

Tito quedó inmóvil, como una estatua construida con gel capilar y malas decisiones.

Verónica dio un sorbo.

—“Una vez le pegó a la rueda de una moto a treinta metros.”—

Tito tragó saliva.

—“Treinta metros... asombroso.”—

—“Con la mano izquierda.”—

Silencio.

Finalmente Tito sonrió otra vez, aunque ahora con la naturalidad de un hombre firmando un testamento. En ese juego se conocían los riesgos.

—“Bueno... mirá qué casualidad.”—

—“¿Qué cosa?”—

—“Que justo hoy... empecé a valorar muchísimo la amistad.”—

Lo que Tito no sabía, era que Verónica Salvatierra tenía una virtud peligrosa: podía proponer una estupidez con el mismo tono con el que otras mujeres pedían azúcar.

Y lo hizo dos días después de ese café, mientras hablaban por teléfono y Verónica le pasaba algunas fotitos… algo comprometidas.

—“Mi marido mañana viaja a Olavarría.”—

Tito estaba acostado en su sillón, mirando las fotos de la diosa. Y mientras se perdía entre las peligrosas curvas de sus piernas, se incorporó de golpe, interesado.

—“Ajá...”—

—“Sale temprano ¿sabés? Y vuelve de noche… muy tarde. Voy a estar muy solita…”

Silencio.

—“Verónica...”—

—“Sí.”—

—“Estoy tratando de decidir si esto es una invitación... o una causa penal.”—

Ella soltó una pequeña risa.

—“Vení a casa a las once.”—

Tito se puso de pie, acomodándose la ropa, aunque Verónica no podía verlo.

—“Mirá que yo para estas cosas soy muy profesional.”—

—“Lo sé.”—

—“¿Qué sabés?”—

—“Que mentís con mucha confianza.”—

Y cortó con una risa cristalina.

Tito pasó el resto de la noche preparando ropa, perfume y una sonrisa que parecía diseñada por un publicista sin escrúpulos.

A la mañana siguiente, Osvaldo Salvatierra salió antes de las siete.

Botas pesadas, campera de cuero. Y cara de hombre que desayunaba tostadas quemadas con café negro.

Verónica lo acompañó hasta la puerta.

—“Volvé temprano.”—

Osvaldo se acomodó el arma bajo la campera.

—“Si hay buen clima, vuelvo de noche.”—

—“Cuidate.”—

—“Siempre.”—

Le dio un beso breve, bajó las escaleras y se perdió en la calle con la elegancia de una heladera industrial.

A las once en punto, Tito tocó timbre.

Verónica abrió la puerta.

Y Tito dejó de respirar durante unos dos segundos y medio.

Ella llevaba un deshabillé liviano, el pelo apenas húmedo y una expresión de absoluta tranquilidad, como si invitar hombres ajenos mientras su marido armado estaba a algunos kilómetros, fuera parte de su rutina skincare.

Tito se acomodó la camisa.

—“Bueno... yo sabía que valía la pena insistir, pero esto es el premio a la perseverancia.”

Verónica sonrió y se apartó.

—“Pasá, Casanova.”—

Entraron al living, y se dieron un beso.

Tito apenas había tenido tiempo de admirar el sillón, las cortinas y la peligrosa falta de sentido común de ambos... cuando un trueno sacudió las ventanas.

Después otro. Y otro más.

La lluvia empezó a golpear el vidrio con la delicadeza de un cobrador resentido.

Tito miró hacia afuera.

—“Lindo clima para tomar malas decisiones.”—

En ese mismo instante se oyó el ruido de una llave entrando por la cerradura.

Los dos se congelaron.

Tito parpadeó.

—“¡ Mi marido ¡”— Susurró con urgencia Verónica.

La puerta se abrió.  Y apareció Osvaldo.

Empapado. Gigante.

Con la cara de un hombre que había discutido con la tormenta... y la tormenta no había pedido disculpas.

Hubo un silencio tan incómodo, que hasta el reloj de pared dejó de funcionar.

Osvaldo miró a Verónica en desabillé. Después a Tito. Y otra vez a Verónica.

—“...¿Qué carajo es esto?”— bufó como un toro furibundo…

Verónica, sin pestañear y lívida, dio un paso al frente.

—“Nada.” —

Osvaldo entrecerró los ojos.

—“¿Cómo que nada” ¿Estás semidesnuda!”—

Miró a Tito.

—“Y este pelotudo parece presentador de televisión en mi living.”—

Tito levantó una mano.

—“Primero... gracias por notar el peinado.”—

Verónica habló rápido.

—“Me iba a bañar.” —

—“¿Y?”—

—“Se rompió una cañería.”—

Osvaldo giró lentamente hacia Tito.

—“¿Una qué?”

—“Una cañería.”— repitió Verónica un poco más tranquila mientras inventaba una mentira —“Él es un plomero nuevo. Lo llamé urgente. Vino haciéndome un favor después de mucho insistir.”—

Tito la miró.

Después miró a Osvaldo.

Después volvió a mirarla.

—“...¿Me tomás por pelotudo?”—

Verónica le clavó a Tito una mirada asesina.

Tito entendió. Y sonrió.

—“Sí, claro. Tito Mansilla. Plomería integral, pérdidas, filtraciones... y crisis matrimoniales, aparentemente.” — intentó bromear.

Osvaldo no se movió.

—“¿Y tus herramientas, plomero?”—

Tito pestañeó.

—“...¿Cómo..?”— balbuceó tembloroso.

—“Las herramientas, plomero.” — Osvaldo dejó caer el bolso al piso.

Y avanzó.

La primera piña pasó tan cerca de Tito que le despeinó el ego.

—“¡Pará, campeón! ¡Yo arreglo pérdidas, no hago boxeo!” —

La segunda le pegó en el hombro y lo hizo caer sobre una mesa ratona, que murió con un crujido digno.

—“¡La concha de la decoración!”— gritó Tito desde el suelo.

Osvaldo fue por él.

Tito esquivó mientras una lámpara se caía. Un florero explotó.

Mientras los dos intercambiaban golpes, insultos y muebles, Verónica salió corriendo al baño.

Agarró un martillo y mirando la cañería, dijo:

—“¡Tengo que salir de esta…!”—

*CLANG*  Un golpe. *CRACK* Otro.

Al tercero, el caño reventó.

Un chorro de agua salió disparado con furia. Verónica regresó corriendo.

—“¡Paren! ¡Paren los dos!”—

Osvaldo tenía a Tito del cuello.

—“¿Qué pasa?”—

Verónica señaló el pasillo.

—“¡El baño se está inundando!”—

Hubo un silencio. Los hombres miraron hacia el fondo.

Y un segundo después, una ola de agua apareció avanzando por el pasillo como si el departamento hubiera decidido independizarse de la ingeniería civil.

Tito, todavía agarrado del cuello, tragó saliva.

—“Bueno...”—

Miró a Osvaldo.

—“Ahora sí... técnicamente me necesitan.” —

Los tres corrieron por el pasillo.

Bueno... “corrieron” es una forma optimista de describir a Osvaldo, que se desplazaba con la sutileza de un camión de mudanzas, a Verónica, que avanzaba descalza sin perder la dignidad, y a Tito, que iba detrás con la expresión de un hombre que había improvisado demasiado lejos.

Cuando llegaron al baño, la escena tenía algo de tragedia griega financiada por una ferretería.

El agua salía de la pared con una violencia casi personal.

No parecía una pérdida. Era más una inundación.

Un chorro salía directo del caño roto, rebotaba contra el espejo y convertía el baño en una mezcla entre spa, crimen doméstico y parque acuático sindicalizado.

Osvaldo quedó inmóvil. Parpadeó.

Después miró a Tito.

Y por primera vez desde que se conocieron, bajó un poco la voz.

—“...Che.”—

Tito, con un ojo empezando a ponerse violeta, levantó una ceja.

—“¿Qué?”—

Osvaldo carraspeó, incómodo.

—“Disculpá.”—

Tito lo miró fijo.

—“¿Cómo?”—

—“Que... capaz me precipité.”—

Tito se acomodó la camisa mojada con dignidad teatral.

—“¿Capaz?”—

Osvaldo suspiró.

—“Bueno... sí, me precipité.”—

Tito asintió lentamente, como un cirujano aceptando disculpas de un paciente que lo había golpeado con una silla.

—“Está bien. Son cosas que pasan. El prejuicio es la humedad del alma.”—

Osvaldo no entendió una sola palabra, pero asintió igual.

Tito se aclaró la garganta.

—“Bueno… Yo después les paso el presupuesto.”—

Y se dio vuelta dispuesto a salir.

Pero Osvaldo le apoyó una mano en el hombro.

Una mano que pesaba aproximadamente lo mismo que una bicicleta.

—“No.”—

Tito se congeló aterrado.

—“...¿No?”—

—“No te podés ir dejando esto así.”—

Tito sonrió nervioso.

—“Pero... no tengo las herramientas.”—

Osvaldo negó con la cabeza.

—“No. Lo arreglás ahora. Te pago lo que pidas.”—

Se agachó, abrió un armario y sacó una caja metálica de herramientas que parecía haber sobrevivido a tres guerras civiles.

La dejó en el piso con un golpe seco.

—“Usá lo que necesites.”—

Tito miró la caja. Después el baño y la rotura.

Después a Verónica, que sonreía con una inocencia tan falsa que hasta los azulejos parecían indignados.

—“...Te voy a matar”— le murmuró entre dientes.

—“Después, si querés.”— respondió ella bajito.

Tito abrió la caja, que tenía de todo.

Llaves inglesas. Pinzas. Destornilladores. Cinta aisladora. Terrajas. Y un nivel de albañil que parecía insultarlo.

—“Bueno...”— dijo Tito, remangándose con falsa autoridad —“Lo importante en estos casos es mantener la calma.” —

Se arrodilló frente al caño y metió mano para girar una válvula. El agua salió con el doble de presión.

—“...Eso no era.”—

Osvaldo frunció el ceño, con dudas.

—“¿Seguro que sos plomero?”—

Tito sonrió, mojado hasta el alma.

—“Claro que sí. Pero soy innovador.”—

Probó otra llave. Un caño vibró y en la pared se sintió un *crack*. Otra línea de agua empezó a correr a borbotones.

Verónica abrió los ojos.

—“Ay, no...”—

Tito empezó a transpirar.

—“Bueno... eso tampoco era.”—

A los cinco minutos, media casa estaba inundada.

Las alfombras flotaban. Un zapato de Osvaldo pasó navegando rumbo a la cocina.

El perro del vecino ladraba desde el balcón como relatando el desastre. Y Tito, completamente empapado, seguía forcejeando con la instalación.

—“¡Dame luz!”— Tito imploró al cielo.

Verónica, sin pensar, lo tomó literal y enchufó una lámpara portátil.

Tito giró justo en el momento en que el cable tocó el agua. Durante un segundo, todo el baño se iluminó.

Tito se arqueó:

—"¡¡AAAAAAAAAHHHH!!"

Un fogonazo… un estallido. Y el olor indudable del pelo quemado.

Cuando el “plomero” cayó de espaldas, tenía el pelo apuntando en tres direcciones diferentes. Y la cara manchada de yeso.

Una expresión de hombre de fe que había visto a Dios... y Dios se había reído.

Osvaldo lo miró… muy despacio. Y entrecerrando los ojos.

Entonces algo hizo clic en su cabeza. Miró a Tito despatarrado.  A la semidesnuda Verónica en el deshabillé transparente.

Y miró otra vez a Tito.

—“...Pará.”— dijo cerrando los labios en un gesto de ira —“Vos no sos plomero.”

Tito se quedó quieto. Verónica estaba aterrada.

Osvaldo empezó a respirar más fuerte.

—“¡VOS NO SOS PLOMERO!”—

Y ahí Tito tomó la decisión más sabia de toda su carrera sentimental.

No habló más. Porque eso no se solucionaba con chamuyo. Corrió como nunca lo había hecho.

Salió del baño. Resbaló mientras se llevaba puesto un perchero. Atravesó el living. Y como pudo, abrió una ventana.

—“¡TITO!”— gritó Verónica.

—“¡Fue un gusto, diosa!”—

Y saltó hacia el jardín, rebotando en un arbusto.

Aterrizó en la vereda empapado, chamuscado, cubierto de yeso y con la dignidad sostenida por pura costumbre.

Mientras corría rengueando por la calle...

Verónica se asomó por la ventana y gritó:

—“¡Tito!... ¡Te olvidaste el presupuesto!”—

Tito, sin dejar de correr, levantó una mano.

—“¡TE LO COBRA EL SEGURO, REINA!”—

En ese momento Osvaldo apareció detrás de ella... con una llave inglesa inmensa.

Y un segundo después saltó también al jardín.

—“¡¡MANSILLAAAAAA!!”— gritaba furioso blandiendo la llave.

Y Tito, corriendo bajo la lluvia, sonrió con la soberbia intacta.

—“Sí...”— se dijo a sí mismo.

Escupió un poco de agua.

—“Definitivamente me extrañan.” —

 

FIN






 

 

 

 

 

 


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