Relato Noir - Romance Oscuro Trágico
Venderse Caro
por Rodriac Copen
El cabaret abría a las diez, pero Albert Santoro estaba allí desde las ocho.
Le gustaba el lugar vacío, cuando todavía no olía a perfume barato ni a whisky derramado. Con las luces apagadas, el escenario parecía silencioso y tranquilo. A las diez en punto encendían las lámparas rojas y la tranquilidad se retiraba.
Albert trabajaba como seguridad. Seguridad era una palabra elegante para lo que hacía: echar borrachos, intimidar clientes atrasados, recordarles a las chicas quién pagaba el alquiler y, de vez en cuando, entregar sobres o cajas de terciopelo a nombre de Bruno Valdéz.
Bruno era el dueño del cabaret. También era dueño de la noche de la ciudad. Drogas, prostíbulos, préstamos, favores. Tenía un segundo al mando, llamado Marcelo Ibarra, un hombre silencioso que sonreía poco y observaba mucho. Todos sabían que, cuando Bruno cayera, Ibarra ocuparía la silla sin cambiar el tapizado.
Albert no era un hombre importante. Pero era útil. Y en ese mundo, ser útil era sobrevivir... y tener trabajo.
A veces le llevaba flores a alguna de las coristas.
—“De parte del señor Valdéz.”— decía, apoyando el ramo en el camarín.
Las chicas entendían el mensaje. Algunas aceptaban la invitación con rapidez. Otras tardaban un poco más. Pero en ese mundo todas, de un modo u otro, terminaban aceptando.
Después de un tiempo, algunas terminaban trabajando en los prostíbulos del patrón. Allí el dinero era mayor y la salida más pequeña. Las que no querían, o no tenían suerte, desaparecían sin dejar rastros.
Albert recibía premios por su discreción. Sobres gruesos. De propinas generosas. El alcahueteo pagaba bien en ese submundo podrido de la noche.
En ocasiones, si veía a una chica entusiasmada, él trataba acelerar el proceso, de inclinar la balanza a cambio de algún favor.
—“Podría presentarte a Bruno.”— susurraba —“Al jefe no le gusta perder el tiempo.”—
Algunas pagaban esa gestión con agradecimientos físicos. Pero Albert nunca se consideró un explotador. Según el, era una cuestión de negocios consensuados. Decía que solo facilitaba los encuentros. Pero en el fondo, sabía que eso era una mentira.
Lara Renaud llegó con su valija un martes lluvioso. Tenía condiciones. Y la contrataron de inmediato.
Subió al escenario con un vestido plateado que parecía prestado y una mirada que ya había perdido la inocencia. Se notaba la ambición en esos ojos que podían hipnotizar a cualquiera.
Albert la observó desde la barra, mientras tomaba una cerveza.
Cuando terminó el número, fue hasta su camarín.
—“Bailas mejor que las otras.”— dijo mientras se apoyaba en el marco de la puerta.
—“Eso espero.”— respondió ella, secándose el sudor con una toalla —“No vine a quedarme entre el reparto.”—
—“¿Y a qué viniste?”—
—“A hacer dinero. Mucho. Y rápido.”—
Albert sonrió. Le gustó su franqueza.
Empezaron a salir. Algunas copas después del cierre, caminatas breves mientras le acompañaba por las calles húmedas de la madrugada.
Lara le hablaba de departamentos céntricos con balcón y autos importados.
—“No pienso envejecer aquí.”— decía —“No nací para seguir siendo corista a los cincuenta años.”—
Albert no le prometió nada. No podía.
Así, poco a poco, el matón del cabaret comenzó una relación con esa hermosa y bella bailarina.
Compartieron tragos, algunas comidas y algunos encuentros fortuitos después del trabajo.
Pasaron algunas semanas. Bruno Valdéz apareció un viernes por la noche con un traje gris impecable y uno de sus perfumes más caro. Todos en el cabaret se tensaron como un animal que reconoce al dueño del establo.
Desde su mesa observaba el escenario sin ningún disimulo. Cuando Lara salió a bailar, Bruno dejó de hablar.
Albert lo notó de inmediato.
Al terminar el número, Bruno lo llamó con un gesto.
—“¿Quién es la nueva?”—
—“Se llama Lara Renaud.”— respondió Albert impasible.
Bruno deslizó un fajo de billetes sobre la mesa.
—“Preséntamela.”—
Albert sintió el peso del dinero antes de tocarlo. Era mucho.
Estuvo a punto de decirle a Bruno que Lara que era su chica.
Pero no lo dijo.
Sabía lo que ocurría cuando Bruno se cansaba de alguien. La vida de lujo que les daba a las chicas siempre tenía cláusulas de rescisión. Si una mujer se negaba a trabajar en los prostíbulos, podía terminar desapareciendo.
Aun así, tomó el dinero.
Nunca le habían gustado las propinas grandes. Albert decía que siempre traían problemas.
Después de un momento, respondió:
—“Claro, señor.”—
Esa noche, después del espectáculo, llevó a Lara hasta la mesa principal.
—“Bruno Valdéz.”— anunció presentando a su jefe.
Bruno besó la mano de la joven como si ya la hubiera conquistado.
—“Encantado.”—
Lara lo miró como si ya estuviera calculando su premio. Estaba fascinada.
—“Ten cuidado.”— le dijo Albert unos días después, en un intermedio, en el camarín.
—“¿De qué?”— preguntó ella, mientras se probaba un collar nuevo.
—“De Bruno. No es bueno con las chicas.”—
Lara soltó una risa breve. Lo miró algo despectiva.
—“¿Y tú sí lo eres?”— dijo mostrándole el collar.
Albert no contestó.
—“No esperaba quedarme con un pobretón como tú, Albert.”— continuó ella —“Nos acostamos un par de veces ¿Y qué? Esta es mi oportunidad. No seas ridículo.”—
—“Te va a usar. Y después te va a desechar.”— le advirtió él.
—“En este mundo todos usan a todos.”—
Esa frase le dolió más que cualquier insulto.
—“Yo no soy como él.”—
—“No… claro. Tú solo me llevaste a su mesa. Y sabías que tendría que abrirme de piernas. ¿O no?”—
La conversación terminó allí.
Bruno hizo de Lara su mujer ocasional. Ella dejó el escenario y se mudó a un departamento pagado por el patrón.
Ropa nueva, joyas, fiestas privadas. Durante un tiempo, parecía que Lara había ganado.
El jefe la llevaba a todos lados, mientras Lara se comportaba como la nueva esposa de Bruno.
Poco a poco comenzaron las ausencias de Lara durante las frecuentes visitas del jefe al cabaret.
Albert la vio una noche en un restaurante. Bruno cenaba con unos clientes. Lara estaba a su lado, su aspecto había desmejorado. Tenía los ojos opacos.
Cuando la mujer fue al baño, Albert aprovechó para acercarse a ella.
—“Estoy bien.”— dijo ella antes de que él preguntara.
Mentía. Se le notaba un leve temblor en el pulso.
En otra ocasión la vio en una fiesta, borracha o drogada, no había forma de saberlo.
Intentó hacer un pequeño escándalo por alguna tontería, pero Bruno, antes de que la cosa escalara a mayores, le abofeteó el rostro sin piedad. Avergonzada, abandonó la sala.
Pasaron algunos meses.
Un día apareció en el callejón trasero del cabaret. Temblaba.
—“Ayúdame.”— susurró.
Albert la sostuvo por los hombros.
—“¿Qué te hizo?”—
—“Nada que yo no haya aceptado.”— respondió, pero las lágrimas la desmentían —“Pensé que podía controlarlo. Pensé que podía dejarlo cuando quisiera. No puedo. No puedo dejar la droga. Me va a matar.”—
Albert la llevó a un hotel barato.
En la habitación, cuando la desnudó, vio los moretones.
—“Te golpea.”—
—“A veces. No seas dramático.”— Lena trató de sonreír.
—“Voy a sacarte de allí.”—
Ella lo miró con una mezcla de esperanza y derrota.
—“Ya es tarde. Y tengo que disculparme. Me lo advertiste, pero no te creí.”—
Dos días después, la noticia corrió con un susurro a media voz.
Lara había muerto por una sobredosis.
Albert nunca creyó en los accidentes. En ese mundo torcido, nada era accidental.
Fue directo a la oficina de Bruno.
El mafioso lo recibió con una copa en la mano.
—“¿Qué quieres, Santoro?”—
Albert cerró la puerta.
—“Quiero saber de qué murió Lara.”—
Bruno sonrió.
—“Ya sabes. Las mujeres se rompen. Algunas antes, otras después.”—
—“Jefe no juegues conmigo.”— dijo amenazante.
—“¿Por qué te interesa tanto?”—
Albert sacó el arma. Repitió:
—“No juegues conmigo.”—
Al ver el arma, Bruno se enojó.
—“¿Qué haces? ¿Estás loco? ¡No era más que una zorra! ¡Y me cansé de ella!” —
Bruno apoyó la copa y levantó las manos con lentitud teatral.
—“Se volvió un problema. No quiso trabajar en el prostíbulo. Creyó que era especial.”— Hizo una pausa —“Le di más de lo que merecía.”—
—“La mataste.”—
—“Claro ¿Que esperabas? Últimamente era un verdadero desastre ¿Por qué tanto alboroto?”—
Albert sintió que algo se desencajaba, como una pieza que terminó por quebrarse dentro de él.
Disparó.
Bruno cayó de costado, sorprendido de morir sin fanfarria.
Albert lo miró en el suelo.
Sabía que nada cambiaría. Marcelo Ibarra ocuparía la silla. El negocio seguiría. Las luces del cabaret no se apagarían.
Escuchó pasos en las escaleras.
Lentos. Seguros. Ibarra no perdía tiempo.
Albert recargó el arma. Se colocó detrás del escritorio.
Sabía que no saldría vivo. No era una ilusión heroica. Era simple matemática.
Pensó en el momento exacto en que tomó el fajo de billetes para entregar a Lena a ese lobo. En cómo se había quedado callado. En cómo la había llevado hasta esa mesa.
Nunca le habían gustado las propinas grandes. Siempre traían problemas.
La puerta se abrió de una patada.
Albert disparó primero. Si iban a matarlo, tendrían que pagarlo caro.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba cobrando.
Estaba pagando.
FIN
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