👁️ Saga
Mara Vale ( SciFi Noir )
⭐Balance
Atmosférico
por
Rodriac
Copen
La
lluvia caía despacio sobre los techos de los edificios del anillo
inferior. En otros lugares del planeta la lluvia renovaba los
espacios, limpiaba las impurezas y traía un aliento vivificador a
los habitantes.
Nada
de eso era cierto en el sector Sigma del complejo Argos.
Las gotas sucias de hollín no limpiaban nada. Solo repartían la
suciedad llevándola de un lugar a otro.
En
aquella ciudad orbital, el aire, el agua y todos los servicios
esenciales tenían precio. Y la calidad del aire dependía de quién
podía pagar más.
Casi
siempre los que menos pagaban tenía mayores dificultades para
respirar.
Lila
estaba terminando de maquillarse frente al espejo roto de su camerino
cuando el comunicador vibró.
—“¿Lila?”—
una voz conocida se sintió del otro lado de la línea.
—“Ya
sabes como es. Depende de cuánto me pagues, Viktor.”—
La
voz masculina respondió con educación.
—“Claro,
solo quiero pasar unas horas contigo.”—
Lila
no pudo evitar sonreír. Siempre tenía ese toque entre sus clientes
favoritos.
—“Conoces
la tarifa Entonces… ¿En tu departamento?”— dijo
mientras elegía un modelo nuevo de corpiño.
Hubo
un breve silencio del otro lado.
—“Mmm…
no… preferiría que nos encontráramos en un hotel.”—
Lila
sonrió comprensiva.
—“¿Hoy
tu novia te está controlando?”—
—“No,
no es por eso.”—
—“¿Entonces?”—
—“Te
cuento en el hotel.”—
—“Estás
raro, Viktor.”—
Del
otro lado se escuchó una carcajada.
—“Jaja…
no, nena. Solo te estoy cuidando.”—
No
preguntó más. La mitad de sus clientes ocultaban matrimonios,
novias o amantes. La otra mitad ocultaba gustos que podían parecer
extraños.
Terminó
de vestirse con unas medias ajustadas y ligas. Sabía que a Viktor
le gustaban las ligas… y algunas transparencias.
Un
poco más tarde, tomó un taxi.
El
hotel era tan impersonal como todos los que usaban las prostitutas
como ella. Luces cálidas diseñadas que daban un ambiente de
intimidad, algunos muebles sintéticos y ventanas que proyectaban un
falso cielo estrellado.
Horas
después, Viktor y ella permanecían desnudos y recostados,
respirando lentamente.
Lila
observó al hombre.
No
parecía nervioso, solo se lo veía algo cansado.
—“Ahora
sí puedes decirme por qué no querías llevarme a tu casa.”—
Él
soltó una risa breve.
—“Sabes
que vivo en el distrito treinta y dos.”—
Ella
asintió.
—“¿Y?”—
—“Cuando
haces deporte allí... te falta el aire.”—
Lila
creyó que bromeaba, pero él no sonrió.
—“Cuando
tienes sexo también.”—
La
expresión de ella cambió.
—“¿Hablas
en serio?”—
—“Completamente.”—
Se
incorporó a medias para mirar la lluvia detrás del vidrio.
—“La
empresa distribuidora de aire dice que bajó la calidad del aire a
niveles que están dentro de los parámetros legales. Ahora hay
tarifas diferentes para aire de mala y buen calidad.”—
—“¿Y
pueden hacerlo?”—
—“Claro
que si, querida. Trabajo reparando filtros industriales. Sé
reconocer cuándo el aire viene rebajado.”—
Guardó
silencio unos segundos.
—“Creo
que Atmos Systems está enviando aire de peor calidad a los barrios
pobres como el mío para vender mezclas de mejor calidad a los
sectores ricos.”—
Lila
no respondió enseguida, pero tomó su cartera y extrajo de ella una
tarjeta digital. Se la pasó a Viktor.
—“Conozco
a alguien.”—
—“¿Un
periodista?”—
—“Peor.”—
—“¿Policía?”—
—“Algo
muchísimo mejor.”—
Le
señaló la tarjeta.
—“Se
llama Mara Vale. Si acepta el trabajo... empezará a hacer preguntas
hasta saber qué está pasando...”—
Dos
días después llamaron a la puerta del pequeño departamento de
Mara.
Era
una mujer agotada, con aspecto fatigado y ojeras de varios días.
Estaba acompañada de un niño de unos diez años, que estaba
conectado a un pequeño respirador portátil. Ambas mujeres se habían
hablado por comunicador previamente.
—“Entren.”—
les dijo Mara.
La
madre dejó sobre la mesa un sobre con dinero mientras explicaba:
—“Lo
juntamos entre la gente de nuestro barrio.”—
Mara
lo empujó, devolviéndolo de nuevo a la mujer.
—“Primero
cuénteme qué ocurre.”—
La
mujer respiró hondo. Mientras comenzó a explicar:
—“Desde
hace un tiempo, los niños más chicos empezaron con tos. No podían
calmarse con nada. Después vinieron las internaciones. Ahora algunos
ya no pueden correr. Y los adultos también tienen dificultades para
respirar cuando se agitan o hacen deporte.”—
El
niño levantó la vista. Llevaba una mascarilla transparente. Le
preguntó a Mara:
—“¿Vas
a arreglarlo?”—
Mara
lo observó unos segundos.
—“No
lo sé, chico.”—
El
niño hizo una pausa para recuperar el aire.
—“Entonces…
¿para qué nos hiciste venir?”—
Mara
observó con atención los tubos de oxígeno y la máscara. Después
dio un vistazo a las manos, demasiado pequeñas que trataban de
sostener al respirador.
—“Porque
alguien decidió que esto era aceptable.”—
El
niño asintió como si aquella respuesta fuera suficiente. Tal vez
porque los adultos ya no prometían milagros.
Un
par de días más tarde, cuando empezó a averiguar, Atmos Systems
parecía ser una empresa impecable.
Pasillos
impecables, mucho cristal y recepcionistas multilingües de aspecto
pulcro.
El
aspecto de las oficinas era de un silencio tan perfecto que resultaba
ligeramente perturbador.
Mara
intentó hablar con empleados, técnicos y supervisores. Pero no
obtuvo ninguna respuesta útil. Todos respondían de la misma forma,
como si las respuestas fueran previamente ensayadas por cada uno de
ellos:
—“No
sé.”—
—“No
puedo ayudar.”—
—“Debería
preguntarla a la oficina de prensa.”—
Ni
seducción provocativa, ni sobornos lograban obtener algún
resultado. Aquello empezaba a oler peor que el aire del barrio.
Ninguna empresa era tan impoluta.
Esa
noche Lila apareció en su casa con una sonrisa.
—“Creo
que encontré una puerta por la que podrás pasar.”—
dijo riéndose.
—“¿Cuál?”—
—“Los
ejecutivos.”— dijo Lila haciendo un mohín.
—“¿Qué
hay con ellos?”—
—“No
hablan con periodistas ni con policías. Pero hablan muchísimo con
putas de lujo. Hay una agencia exclusiva de escorts en el edificio.”—
Mara
dejó el vaso sobre la mesa.
—“Así
es que les gustan las mujeres… Eso explica el aspecto de las
recepcionistas… y el perfume caro en la recepción.”—
—“Hay
una agencia muy discreta un par de pisos más abajo. Trabajan
con casi todos los ejecutivos de Atmos Systems.”— dijo Lila
triunfal.
—“Pero
y eso… ¿de qué me sirve?”— preguntó
Mara.
Lila
se entusiasmó al responder:
—“Aceptan
chicas nuevas si cumplen ciertos requisitos. Y tú das exactamente el
perfil.”—
—“¿Y
eso es un cumplido?”—
—“No.
Eso es una oportunidad. ¿No es eso lo que buscas?”—
Mara
se presentó. Y tuvo que modelar en ropa interior para el catálogo
interno de la agencia. La incorporaron a la página, y luego de un
par de días, tuvo suerte.
Un
ejecutivo de Atmos System llamado Thomas pidió verla.
Se
conocieron por video llamada. Y no era el tipo de cliente que Mara
esperaba encontrar en una agencia de escorts. Había imaginado algún
tipo de viejo pervertido o de gustos lascivos.
Pero
el hombre resultó ser muy normal, indistinguible de cualquier otro.
No intentaba impresionarla, tampoco hablaba de dinero. Y le gustaba
cocinar.
Era
un hombre soltero. Y quedaron en encontrarse en su casa. Le envió un
taxi, y al recibirla con una sonrisa, le mostró su departamento, en
donde destacaba un viejo tocadiscos restaurado.
Cuando
ella lo miró con atención, Thomas le dijo que gustaba de
poner discos antiguos de jazz mientras preparaba la cena.
—“Tiene
más de cien años. Costó mucho conseguirlo en esas condiciones.”—
—“¿Todavía
funciona?”—
—“Claro
que si.”— respondió
orgulloso. —“A veces hace pequeños ruidos,
pero sigue girando.”—
Mara
sonrió por la respuesta. Era un gesto raro en ella, pero el tipo le
caía bien.
Hablaron
durante horas, tocando temas como la música, ciudades, comida. Nunca
hablaron del trabajo.
Cuando
estaban terminando, la empleada doméstica apareció para retirar los
platos. Thomas le agradeció el servicio y se la
presentó a Mara. La muchacha respondió sonriendo.
Y
Mara Vale registró cuidadosamente ese detalle. Thomas trataba
a la chica con respeto. Eso complicaba las cosas.
Después
de la cena, tomaron un café. Y luego, hicieron el amor.
Durante
el segundo encuentro, y antes de despedirse, Thomas le entregó
un paquete.
—“¿Qué
es?”— preguntó una Mara
sorprendida.
—“Un
disco de jazz. Y un tocadiscos portátil… para que puedas
escucharlo. Noté la otra noche que te gustó.”—
Ella
levantó una ceja.
—“¿Siempre
haces regalos a mujeres desconocidas?”—
—“No.
Solo a las que realmente saben escuchar.”—
Por
primera vez en mucho tiempo, Mara sintió una punzada incómoda
en su corazón. Se había prometido que con Thomas sólo sería
sexo. Pero sintió un golpe de nostalgia.
Los
encuentros de cenas y sábanas entre ellos continuaron, tanto que
Thomas comenzó a confiar un poco más en Mara Vale.
En
general, hablaba poco del trabajo. Pero cuando lo hacía, dejaba
entrever la existencia de pequeñas grietas en el paraíso que
parecía habitar.
—“Las
empresas siempre sacan ventaja si nadie las controla.”—
—“Nadie
debería confiar en las corporaciones.”—
Una
noche en la que había bebido de más, después de hacer el amor se
quedó profundamente dormido.
Mara
esperó un rato para asegurarse. Luego, desnuda se paseó por la
habitación en busca de información. Abrió discretamente un cajón
y encontró una credencial biométrica de respaldo.
La
observó detenidamente, mientras evaluaba duplicarla o quedársela
para acceder a los archivos de la empresa.
Y
gracias a esa credencial, aquella noche cruzó una puerta que Thomas
jamás imaginó que existía. Se quedó con el ejecutivo hasta el
amanecer.
La
credencial le sirvió para acceder a los servidores de Atmos
Systems, que
estaban llenos de informes. Literalmente miles o decenas de miles.
Mara
buscó información
entre mares de documentos.
No encontró nada, hasta
que abrió una carpeta destinada a las empresas de seguros.
El título decía: Balance
Atmosférico Trimestral.
Dentro
había tablas, gráficos y porcentajes. Algunas columnas parecían
haber sido escritas por alguien incapaz de recordar que existían los
seres humanos.
Varios
títulos llamaron su atención: Mortalidad
aceptable. Coste de indemnización. Riesgo reputacional. Índice de
reemplazo poblacional.
Mara
sintió un vacío en el estómago, porque había visto ese lenguaje
antes. Era la jerga que se usaba en su propia empresa. El lenguaje no
hablaba de personas. Solo tenía en cuenta lo que llamaban pérdidas
asumibles.
Eran
informes de números que analizaban fríamente si las consecuencias
de sus acciones como enfermedades o muertes, podían compensarse con
las tasas de seguros.
Como
aquella autorización que había firmado años atrás. Siguió
leyendo. Pudo ver que Atmos Systems reducía deliberadamente
la concentración de oxígeno en determinados sectores de la ciudad
para mejorar la calidad del aire de los sectores más ricos, que
podían pagar una tasa más alta por el servicio.
Los
seguros cubrían las enfermedades y las eventuales muertes. Las
indemnizaciones resultaban más baratas que mejorar la calidad del
aire. Era matemáticamente rentable.
Abrió
el historial de las
votaciones.
Y
Thomas
aparecía varias veces votando
en contra.
Luego… Aprobado
por unanimidad.
Buscó
el acta de
la aprobación, que decía literalmente: "Se
recuerda al señor Thomas Rainer que la continuidad de su plan
previsional ejecutivo depende de la cooperación con la política
corporativa."
Mara
cerró lentamente los ojos. Podía imaginar la escena tal cual le
había pasado a ella misma. Él también había firmado bajo una
enorme presión. Como ella.
Antes
de tomar cualquier decisión, planeó cuidadosamente cada paso.
Teniendo en cuenta la cantidad de vidas que podía afectar cualquier
acción, consideró cada una de las alternativas.
Finalmente
decidió que no colocaría explosivos. Publicar documentos o hablar
con periodistas tampoco eran posibilidades reales. La cantidad de
dinero que operaba la corporación era tan elevada que podría
comprar voluntades a nivel político y en los medios.
Con
el acceso privilegiado que tenía, podía alterar el comportamiento
de la planta productora y alterar el flujo logístico de las mezclas
de aire prácticamente a su voluntad. Y con la posibilidad de
eliminar cualquier rastro de manipulación u orden de distribución.
Programó
que la mezclas de mejor calidad y con mayor concentración de oxígeno
comenzaran a enviarse automáticamente al distrito treinta y dos.
Y
las mezclas degradadas… cambiaron de destinatarios. Fueron
redirigidas a los departamentos privados de los directivos.
Excepto
uno. Thomas nunca apareció en esa lista.
Pasaron
varios meses.
Mara
y Lila bebían en un viejo bar mientras un saxofón sonaba
desde un parlante en la esquina del bar.
En
una pantalla apareció un informativo.
"Cinco
ejecutivos de Atmos Systems solicitan licencias médicas tras
desarrollar afecciones respiratorias crónicas."
Lila
soltó una carcajada mientras decía:
—“Qué
raro.”—
—“Así
es. Muchísimo.”— dijo Mara mientras brindaba
por la noticia.
—“¿Crees
que será contagioso?”—
Mara
negó con la cabeza mientras respondía:
—“No.
Solo es aire de mala calidad, nada más.”— bebió un sorbo de
cerveza.
En
la pantalla apareció Thomas, el subtítulo del graf decía
que había renunciado. El periodista le preguntaba por qué
abandonaba una carrera tan prometedora en la compañía.
Él
respondió simplemente:
—“Hay
lugares donde uno deja de respirar mucho antes de enfermarse.”—
Lila
miró a Mara.
—“No
lo incluiste.”—
—“No.
No lo hice.”—
—“¿Por
qué?”—
Mara
tardó varios segundos antes de responder. Después observó la
lluvia cargada de cenizas que pegaba sobre los cristales de las
ventanas en el bar.
—“Porque
él ya estaba pasándola muy mal.”—
Aquella
noche regresó sola a su departamento. Sacó el viejo tocadiscos de
la caja. Y colocó el disco que Thomas le había regalado.
Colocó
el disco. Y poco a poco, el sonido de un saxofón triste llenó la
habitación.
A
través de la ventana, las luces se reflejaban sobre las calles
mojadas. En algún lugar del distrito treinta y dos, unos chicos
volvían a correr sin quedarse sin aire.
Y
en algún rascacielos corporativo, otros hombres comenzaban a
comprender cuánto pesaba cada respiración.
La
ciudad seguía igual.
Solo
habían cambiado algunos detalles insignificantes.
FIN

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