sábado, 22 de julio de 2023

Historia: "Thyra de Hrafnir ( Navegantes de la Frontera )"

 



🔥 Saga "Navegantes de la Frontera"

Thyra de Hrafnir

por Rodriac Copen



Las últimas carrozas funerarias acababan de abandonar los jardines de la mansión Utgard.

Desde la ventana de su habitación, Thyra contempló cómo la lluvia comenzaba a borrar las huellas que los cientos de invitados habían dejado sobre el camino de piedra. El cielo gris parecía empeñado en acompañar el luto de la familia.

Ya no quedaba ningún invitado. Solo la servidumbre.

Y el silencio.

La inmensa casa en donde había sido feliz, había dejado de tener dueño.

Sobre la mesa descansaba un pequeño cilindro metálico. Thyra lo tomó con delicadeza y lo abrió. Un haz de luz azul proyectó el antiguo documento holográfico.

Contrato de Vasallaje Nº 7-441-K

Firmado dieciséis años atrás.

Lo observó pensativa durante algunos segundos.

Luego, resignada a su destino, dejó escapar una sonrisa triste.

—“Dieciséis años...”— susurró para si.

Nunca imaginó que aquel contrato cambiaría por completo su existencia.

Desde los primeros siglos de la expansión humana por la galaxia, los contratos habían adquirido una importancia casi sagrada.

En los cientos de mundos controlados por la Federación, la palabra escrita tenía más valor que un ejército.

Existían contratos comerciales, matrimoniales, militares, científicos, robóticos, coloniales y de explotación minera. Otros regulaban la cesión temporal de inteligencias artificiales, los derechos sobre descubrimientos arqueológicos o incluso la administración de ciudades enteras.

Pero había una categoría mucho más antigua y que respondía a las viejísimas tradiciones de los primeros colonos.

Los contratos de vasallaje.

Aunque la Federación y el Gobierno de la Tierra jamás los habían promovido, tampoco los habían prohibido del todo.

Demasiados mundos exteriores los consideraban como una antigua tradición ancestral.

Mientras ambas partes firmaran libremente y el acuerdo respetara los límites establecidos por la Administración Central de Sardis, aquellos pactos seguían siendo legales.

En esencia, el vasallaje consistía en una subordinación voluntaria.

El vasallo aceptaba quedar bajo la protección y autoridad del contratante durante un tiempo determinado.

A cambio recibía una compensación económica que, en muchos casos, bastaba para asegurar el resto de su vida.

Habían distintos tipos de vasallajes: laborales, militares, robóticos, mineros, sexuales, gestacionales, educativos, domésticos.

Y decenas de variantes híbridas que ocupaban miles de páginas en los registros jurídicos de la Gobernación de Sardis.

Para muchos ciudadanos de mundos pobres, aquellos contratos representaban la única posibilidad real de abandonar la miseria.

Para otros… eran una manera elegante de someterse a la esclavitud.

Thyra conocía muy bien aquella diferencia, siendo como era una nativa del planeta Hrafnir.

Su familia descendía de una antigua casa noble que, caída en desgracia, había perdido casi todas sus propiedades generación tras generación.

Lograron conservar el apellido, los modales y la educación. Pero no habían tenido éxito con el dinero.

Al cumplir veinte años comprendió que ningún miembro de la familia podría reconstruir la fortuna familiar trabajando por cuenta propia.

Fue entonces cuando apareció la propuesta.

El Barón de Utgard necesitaba una mujer culta, sana y de excelente linaje para garantizar la continuidad de su propia casa.

No buscaba una esposa, solo necesitaba una madre gestacional para su heredero. Y muchas referencias de la alta sociedad le hablaron de su estirpe. Pobre, pero con un linaje sin manchas y una cultura impecable.

Después de llegar a un acuerdo, se había elaborado un contrato extraordinariamente preciso. Thyra concebiría un hijo con el Barón. Lo criaría durante doce años.

Y asumiría su formación mientras se comprometía a enseñarle idiomas, historia, etiqueta, estrategia y... defensa personal.

Cuando el niño alcanzara la edad suficiente, deberían entregarlo oficialmente a la Casa Utgard en el planeta Trebinguen, del cual venía la estirpe del Barón.

Después de eso, quedaría libre, sin deudas ni obligaciones. Y con una fortuna imposible de imaginar para una familia como la suya.

Thyra recordó perfectamente el día en que firmó en presencia de su amado y ahora fallecido Barón.

Recordó el miedo, pero también la esperanza. Jamás imaginó que terminaría enamorándose del hombre que sería su señor.

Una suave voz interrumpió sus pensamientos.

—“¿Mi señora?”—

Era Ingrid, la doncella que llevaba más de veinte años sirviendo a la familia.

—“Pasa.”—

La mujer abrió lentamente la puerta.

—“El pequeño Orchild por fin se ha dormido.”—

Thyra respiró aliviada.

—“Ha llorado todo el día.”—

—“Extrañará mucho a su padre.”—

Thyra bajó la mirada.

—“Yo también.”—

Ingrid permaneció unos segundos en silencio. Conocía demasiado bien los secretos de aquella casa. Y sabía distinguir el dolor auténtico del ceremonial.

—“¿Ha pensado qué hará ahora?”—

Thyra levantó el documento holográfico.

—“El contrato que firmé hace tantos años, sigue vigente.”—

Ingrid asintió.

—“Todavía faltan unos meses para que Orchild cumpla los doce.”—

—“Exactamente ciento diecinueve días.”—
dijo Thyra.

—“ Y después deberá entregarlo en Trebinguen.”—

—“Sí.”—


La doncella dudó antes de continuar.

—“¿Cree que la familia permitirá que lleguen vivos?”

Thyra no respondió, pero sus músculos se tensaron suavemente.

Cerró lentamente el documento. Sobre la cubierta todavía brillaba el sello personal del Barón. Entonces abrió un cajón del escritorio.

Dentro descansaban una pistola de pulsos, un pequeño cuchillo de combate y una tarjeta de acceso a un depósito blindado.

Y recordó las palabras de su amado Barón.

"Nunca subestimes la codicia de un noble, Thyra."

"El día que yo falte, intentarán matar a nuestro hijo antes de que reclame su herencia."

"Y también irán por ti."

Él mismo había insistido en enseñarle a disparar.

A luchar, a conducir cualquier tipo de vehículo. A sobrevivir.

Durante años una ingenua Thyra había pensado que el Barón exageraba. Pero ahora comprendía que simplemente había previsto lo inevitable.

—“Deberíamos marcharnos cuanto antes.”— dijo Thyra.

Ingrid palideció al preguntar:

—“¿Tan grave es?”—

—“El Barón fue asesinado en medio de una fiesta, y rodeado de quinientos invitados. Si pudieron llegar hasta él… probablemente lo intentarán también con Orchild.”—
terminó la frase con un suspiro.

La doncella permaneció unos segundos inmóvil. Luego le habló casi en un susurro.

—“Tal vez... conozca a alguien.”—

Thyra levantó la vista.

—“¿Alguien?”—

—“Hace unos meses llegaron algunos comerciantes desde Leriteax. Hablaban de un hombre de confianza.”—

—“¿Un mercenario?”—


—“No exactamente. Decían que fue soldado de la Federación. Y aseguraron que en el ejército combatió a los piratas durante años.”—

Thyra sonrió apenas.

—“No veo como eso puede ayudarme. O a Orchild.”—

—“Hay algo en lo que todos coinciden, mi señora.”—

—“¿Qué cosa?”—


—“Decían que si alguien puede atravesar medio cuadrante con un pasajero al que todos quieren matar… ese es Tyrgard de Leriteax.”—

La lluvia golpeó con fuerza los ventanales.

Thyra volvió la mirada hacia la oscuridad del jardín.

Por primera vez desde la muerte del Barón, sintió que tenía un rumbo que seguir.

Encontrar a aquel capitán. Y confiar en que las leyendas, por una vez, fueran ciertas.


FIN


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