lunes, 14 de agosto de 2023

Historia: "La Sombra de Aurelia ( SciFi RetroFuturista Novela por Capitulos )"

 


La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen

 


Capítulo 1: La Guerra de los Magiares y Aurelia


En Nydara, la guerra había durado tanto que nadie recordaba con certeza cómo había comenzado.

Los historiadores discutían fechas, tratados, asesinatos y viejos mapas almacenados en archivos históricos. Los sacerdotes de las antiguas casas aristocráticas hablaban de agravios heredados y el resarcimiento que requerían las viejas costumbres. Los militares preferían hablar de fronteras, bajas y cantidad de oponentes.

Pero en las aldeas, en los campos de cultivo y en las ciudades amuralladas por siglos de arquitectura y tecnología, la gente utilizaba una palabra mucho más sencilla: la guerra.

Nydara pertenecía al sistema de Eltanin, en una región remota de la galaxia NGC 1365, dentro del Cúmulo de Fornax. Para sus habitantes, sin embargo, aquellos nombres astronómicos pertenecían a una historia tan antigua como la Tierra.

Los primeros colonos habían llegado siglos atrás.

Eran humanos.

Habían cruzado el vacío interestelar en naves generacionales y transportes de colonización que, para las generaciones posteriores, se habían convertido casi en objetos legendarios. La mayoría de aquellos primeros grupos procedía de Europa Central, y entre ellos predominaban los colonos de origen húngaro.

Habían llevado consigo algo más difícil de transportar que máquinas, semillas o embriones animales. Habían llevado su memoria.

Conservaron sus lenguas, costumbres, apellidos, músicas, ceremonias. Incluso sus recetas, sus leyendas y, sobre todo, una particular concepción del poder.

Con el paso de los siglos, Nydara había desarrollado una civilización extraordinaria.

Los palacios se alzaban sobre antiguas colinas, pero sus cimientos estaban construidos con materiales capaces de soportar terremotos y cambios climáticos extremos. Los jardines aristocráticos se extendían alrededor de fuentes cuyos chorros de agua podían ser controlados mediante campos gravitatorios. Las carrozas ceremoniales habían sido reemplazadas por vehículos antigravitatorios silenciosos, aunque seguían teniendo formas inspiradas en los antiguos carruajes europeos.

Los nobles vestían chaquetas largas, vestidos de gala, capas y uniformes inspirados en épocas que en la Tierra habían desaparecido hacía siglos. Pero las telas podían regular la temperatura corporal, detectar toxinas y proyectar discretamente información sobre su superficie.

En los salones de los palacios, los invitados conversaban bajo enormes lámparas de cristal inteligente mientras pequeños drones de vigilancia flotaban cerca de los techos, casi invisibles.

Curiosamente, la modernidad de Nydara no había destruido el pasado.

Lo había convertido en tradición.

El planeta estaba dividido en ducados, principados y reinos, cada uno gobernado por una casa aristocrática. Las antiguas instituciones democráticas de los primeros colonos habían desaparecido progresivamente, sustituidas por un sistema de lealtades, vasallajes, matrimonios, alianzas comerciales y juramentos hereditarios.

Y durante más de dos siglos, aquel sistema había estado en una guerra larga, lenta y desgastante.

La llamaron Guerra de los Magiares.

El nombre había nacido como una referencia histórica a los primeros colonos húngaros que habían poblado Nydara. Con el tiempo se convirtió en algo mucho más grande: una denominación para una guerra que había enfrentado generaciones enteras.

Padres contra hijos. Ducados contra ducados.

Casas aristocráticas contra otras casas aristocráticas.

Territorios que reclamaban independencia contra soberanos que pretendían imponer unidad.

Dos siglos de combates habían transformado las fronteras tantas veces que algunos mapas oficiales mostraban diferentes versiones de Nydara según el año de consulta.

Las armas habían evolucionado. Pero los hombres no.

Los primeros ejércitos habían utilizado proyectiles cinéticos y vehículos blindados. Los últimos empleaban rifles de energía, drones autónomos, escudos personales, artillería orbital y sistemas de inteligencia artificial capaces de calcular una batalla en segundos.

Pero seguían muriendo hombres y mujeres. Seguían  incrementándose los números de las viudas y los huérfanos.

Seguían naciendo niños que aprendían a reconocer el sonido de una alarma antes que el de una campana.

Y, después de doscientos años, parecía que la guerra no tenía intención de terminar.

Hasta que apareció Aurelia.

----- 

El Palacio de Veyron dominaba la capital de Aurelia desde lo alto de una meseta.

Era una construcción gigantesca de piedra blanca y cristal inteligente, coronada por cúpulas oscuras y torres ornamentales. Desde lejos parecía un palacio de la Europa antigua.

De cerca, las diferencias eran evidentes.

En las galerías flotaban paneles holográficos transparentes.

Los jardines estaban atravesados por senderos suspendidos sobre el suelo.

Las fuentes proyectaban figuras luminosas que representaban a antiguos reyes.

Y sobre las torres, pequeños drones patrullaban permanentemente el cielo.

Aquella mañana, sin embargo, nadie parecía interesado en la belleza del palacio.

En la sala del Consejo de Guerra, doce personas permanecían alrededor de una larga mesa de cristal negro.

En el extremo norte estaba sentado Kael I.

Tenía cuarenta y cuatro años y una presencia difícil de ignorar. Medía casi un metro noventa y su complexión atlética revelaba que, a pesar de los privilegios de su posición, no había abandonado completamente la disciplina militar.

Sus ojos gris acero permanecían fijos en el mapa holográfico que flotaba sobre la mesa.

Su cabello castaño oscuro comenzaba a encanecer en las sienes.

Una cicatriz cruzaba la piel sobre su ceja derecha.

Había recibido aquella herida muchos años atrás, cuando todavía era un comandante de campo.

En el mapa aparecía Nydara.

Una sucesión de territorios iluminados indicaba las regiones bajo control de Aurelia.

Eran muchas. Demasiadas para que sus enemigos las ignoraran.

Pero todavía no eran suficientes.

Kael extendió una mano.

El mapa cambió, y la zona oriental del planeta apareció ampliada: Kaor.

El nombre quedó suspendido en el aire. Nadie respondió.

Kaor era el último gran obstáculo para la unificación de Nydara.

Su gobernante era Ferdinand, duque de Kaor.

A diferencia de otros nobles que habían perdido territorios, soldados y recursos durante las campañas de Aurelia, Ferdinand había conseguido conservar prácticamente intacto su dominio.

No sólo eso.

Había conseguido unir bajo una misma alianza a varios de los ducados que todavía se negaban a aceptar la autoridad de Kael.

La alianza había recibido el nombre de Liga de Veyr.

—“¿Cuántos soldados tienen?”— preguntó Kael.

El general Armand Verek respondió:

—“Ciento veinte mil efectivos activos. Cerca de trescientos mil reservistas.”—

—“¿Y nosotros?”—

—“Doscientos ochenta mil activos, Señor.”—

Kael levantó la mirada.

—“Entonces no sufrimos grandes bajas en la última campaña.”—

—“Así es, Señor. Somos superiores. Al menos en números.”—

El silencio que siguió fue breve, pero significativo.

—“¿Qué quieres decirme?”—

El general hizo aparecer otra serie de datos.

—“La geografía favorece a Kaor. Sus principales ciudades están protegidas por sistemas defensivos de última generación. Además, Ferdinand ha adquirido tecnología militar a tres ducados neutrales.”—

—“¿Tecnología de qué clase?”—

—“Drones autónomos de combate. Escudos de fase. Sistemas de interferencia cifrada.”—

Kael observó el mapa.

—“¿Cuánto tiempo tardaríamos en derrotarlos?”—

El general dudó.

—“No lo sabemos. Las simulaciones varían según la tecnología involucrada.”—

Kael comprendió la respuesta.

Sabía que podían ganar. Pero el precio sería enorme.

La guerra llevaba doscientos años alimentándose de victorias que habían dejado más muertos que paz.

Kael se levantó, mientras la sala guardaba silencio.

—“Quiero una reunión con Ferdinand.”—

El general Verek lo miró sorprendido.

—“¿Personalmente o en Holograma?”—

—“Personalmente.”—

—“Majestad, me temo que Ferdinand no aceptará una rendición.”—

Kael se volvió hacia él.

—“No he hablado de rendición.”—

—“Entonces, ¿qué piensa ofrecerle?”—

Kael hizo un gesto vago, señalando el mapa.

—“Una tregua.”—

Nadie respondió, porque la palabra parecía extraña en aquella sala.

Una tregua. No una ofensiva, ni una anexión. Tampoco un ultimátum.

Una tregua.

—“Después de doscientos años de lucha,”— dijo Kael lentamente —“quizá sea hora de descubrir si nuestros enemigos realmente quieren la paz… o seguir combatiendo.”—





La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 2:  El Embajador y la Traductora


El Ducado de Kaor se extendía por una región montañosa cubierta de bosques, lagos y antiguas ciudades.

Su capital, Montreval, conservaba intacta la apariencia de una ciudad aristocrática.

Los edificios tenían fachadas de piedra, columnas, balcones y grandes ventanales.

Por encima de ellos circulaban vehículos antigravitatorios. Los tranvías eléctricos recorrían las avenidas.

Drones diplomáticos cruzaban el cielo llevando mensajes cifrados.

Y en las residencias nobles, servidores artificiales caminaban silenciosamente entre salones donde los retratos familiares tenían ojos electrónicos capaces de registrar a los visitantes.

El Palacio de Montferrand era uno de ellos.

En una de sus salas privadas, Isabelle de Montferrand analizaba un informe diplomático.

Tenía treinta y un años.

Su piel clara tenía un tono cálido que contrastaba con sus ojos avellana, atravesados por pequeños reflejos dorados. El cabello castaño oscuro, con reflejos cobrizos, caía sobre sus hombros.

Un pequeño lunar debajo de la mandíbula izquierda era quizá la única imperfección visible en un rostro que muchos consideraban extraordinariamente hermoso.

Pero Isabelle había aprendido hacía tiempo que la belleza era una herramienta peligrosa.

Podía conseguir una conversación. Pero no podía ganar una negociación.

Aquello requería otra clase de inteligencia.

—“¿Todavía estás trabajando?”— La voz de Gaspard llegó desde la puerta.

Isabelle levantó la vista.

Su esposo tenía treinta y ocho años, era delgado y medía aproximadamente un metro ochenta y dos. Sus ojos marrón oscuro contrastaban con el cabello castaño medio y una barba corta cuidadosamente recortada.

Gaspard de Montferrand era el embajador de Kaor.

Y aquella noche parecía más cansado que de costumbre.

—“Así es. En el informe de Aurelia.”— dijo ella.

—“Entiendo. Ya lo he leído.”—

—“Entonces sabes que es preocupante.”—

—“No más preocupante que ayer.”— dijo Gaspard mientras entraba a la habitación.

El hombre se detuvo junto a la ventana para observar al exterior. Desde allí podía contemplar una parte de Montreval.

Las luces de la ciudad brillaban bajo una lluvia fina.

—“Kael ha pedido una tregua.”— dijo Gaspard sin preámbulos.

—“¿Una tregua?”— Isabelle dejó el informe sobre la mesa.

—“Sí.”—

—“¿ Por qué no un tratado?”—

—“No lo sé. Apenas soy un diplomático. Quizá necesitemos entenderlo desde la posición militar.”—

—“Está buscando algo.”— Isabelle se levantó.

—“Claro. Siempre quiere algo.”— Gaspard sonrió. No era un gesto de alegría.

—“¿Qué sabemos de él?”—

Gaspard giró la cabeza para observarla mientras contestaba:

—“Kael es inteligente. No es cruel por placer. Tampoco es un fanático. Ha cometido errores, pero suele aprender de ellos.”—

—“¿Y qué crees que quiere realmente?”— Isabelle caminó hasta la ventana.

Gaspard tardó unos segundos antes de responder:

—“Su intención siempre fue unificar Nydara.”—

—“Entonces no quiere una tregua.”— Isabelle contempló las luces de Montreval.

—“No. Hay algo detrás.”—

Isabelle seguía frente a la mesa, con el informe de Aurelia abierto ante ella.

Varias páginas flotaban sobre la superficie de cristal, proyectadas por el sistema de lectura del despacho. Cifras, movimientos de tropas y registros de suministros aparecían y desaparecían mientras ella avanzaba de un documento a otro.

—“¿Qué te preocupa exactamente?”— preguntó Gaspard al observar su expresión.

Isabelle no respondió de inmediato. Dijo:

—“Esto.”— con un gesto, la mujer amplió una de las tablas y se las mostró.

Gaspard se acercó para observar los detalles.

—“Los movimientos de las tropas del sector occidental.”— dijo el embajador al reconocer el esquema.

—“Sí.”—

—“Ya los hemos analizado.”—

—“Pero no con esta información. La tregua es nueva.”— Isabelle señaló una serie de desplazamientos registrados durante los últimos meses. —“Mira las unidades que Aurelia declara oficialmente.”—

Gaspard las observó.

—“Son las mismas cifras que tenemos nosotros. Las cifras oficiales. ¿Que quieres decir?”—

Isabelle levantó la mirada para explicarle:

—“Creo que sus fuerzas son mucho mayores que las que declara.”—

—“¿Los sabes o lo sospechas?”— Gaspard frunció el ceño al preguntarle.

—“Es una sospecha.”— respondió ella.

—“¿Basada en qué?”— insistió Gaspard.

Isabelle cerró una de las ventanas holográficas y abrió otra.

—“En los suministros.”— aparecieron registros de producción, transporte y consumo energético. —“Aurelia está comprando combustible, componentes para drones y celdas de energía en cantidades que no corresponden al soporte requerido para el tamaño de sus ejércitos declarados.”—

Gaspard permaneció en silencio. Isabelle continuó:

“También están aumentando la producción de sistemas médicos de campaña.”—

—“Eso podría indicar que esperan una ofensiva. O que simplemente están reponiendo reservas.”— dijo él.

—“Después de doscientos años de guerra, nadie repone reservas de esta manera sin una razón.”— Isabelle defendió su idea.

—“¿Y qué relación tiene esto con la tregua?”— preguntó Gaspard mientras poyaba las manos sobre la mesa.

Isabelle apagó los informes. Hizo un silencio breve antes de responderle:

—“Creo que la tregua puede ser una evaluación.”—

—“¿Una evaluación de qué?”— Gaspard la miró intrigado. Había ganado su atención.

Isabelle se levantó lentamente mientras explicaba:

—“Kael no necesita una tregua para hablar de paz. Si realmente quisiera negociar un tratado, podría enviar diplomáticos. Podría proponer condiciones. Podría ofrecer concesiones.”—

—“Y, sin embargo, ha pedido una reunión.”— dijo Gaspard

—“Precisamente es lo que me inquieta.”— Isabelle caminó hacia la ventana mientras explicaba su punto de vista.

—“Me parece que quiere medirnos. Saber cuántos soldados tenemos. Qué tan rápido podemos movilizarlos. Qué sistemas defensivos poseemos. Quiénes están realmente dispuestos a combatir. Qué ducados permanecen fieles a la Liga de Veyr y cuáles podrían abandonarnos si la guerra continúa.”— señaló la mujer.

Gaspard se quedó pensativo.

—“Eso también lo puede averiguar mediante sus servicios de inteligencia.”—

—“Los informes no siempre dicen la verdad. Pero los hombres sí.”— dijo Isabelle.

Gaspard la miró durante unos segundos.

—“Explícame esa jugada.”— le pidió.

Isabelle se volvió hacia él.

—“Si aceptamos inmediatamente la tregua, Kael puede interpretar nuestra decisión como una señal de debilidad.”—

—“Estás viendo una trampa donde quizá no la haya.”— Gaspard respondió dejando escapar una pequeña sonrisa.

—“Y tú estás viendo una negociación que quizá detone un ataque fulminante. ”—

—“No sería la primera vez que un soberano intenta obtener algo mediante un tratado en lugar de perder hombres y recursos.”— dijo él.

—“No. Pero esta es la primer vez que Aurelia ha estado tan cerca de unificar Nydara.”— Isabelle cruzó los brazos.

Aquella frase hizo desaparecer la sonrisa de Gaspard.

Isabelle continuó:

—“Kael ha conquistado casi todo el continente. Ha derrotado ducados que durante generaciones parecían intocables. Ahora sólo quedan unos pocos territorios importantes fuera de su control.”—

—“Entonces, según tú, Kael nos propone una tregua para calcular nuestras fuerzas y después decidir si atacarnos.”— Gaspard caminó lentamente alrededor de la mesa mientras pensaba en la idea.

—“Es una posibilidad.”— admitió ella.

—“¿Y por qué no atacar directamente?”— preguntó Gaspard.

—“Porque quizá todavía no sabe cuánto le costaría.”— Gaspard se detuvo mientras Isabelle señalaba un sector del mapa holográfico. —“Una ofensiva contra Kaor no sería como conquistar un pequeño ducado. Somos el núcleo de la Liga de Veyr. Si Aurelia nos ataca, los demás territorios podrían movilizarse.”—

—“O podrían rendirse.”— razonó el embajador.

—“También es posible.”— admitió ella.

—“Entonces la incertidumbre existe en ambos sentidos.”— dijo Gaspard.

—“Sí.”— dijo Isabelle mientras asentía con la cabeza.

Gaspard observó el mapa pensativo. Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio. Finalmente, él habló.

—“Creo que es un análisis demasiado complicado e improbable.”—

Isabelle levantó una ceja.

—“¿Eso piensas?”—

—“Sí.”— dijo Gaspard mientras apagaba el mapa.

—“Kael no necesita conocer nuestra fuerza. Ya sabe que Kaor es fuerte. Todos lo saben.”— dijo Isabelle

—“Entonces, ¿qué busca?”— preguntó él.

—“Evitar una guerra que quizá no pueda ganar al precio que está dispuesto a pagar. Podría pensar que le dejaría muy debilitado.”— dijo Isabelle.

Gaspard tomó el informe mientras su esposa insistía en el planteo:

—“Míralo así: desde su posición, ha ganado durante años. Pero cada victoria cuesta soldados, recursos, tiempo y estabilidad. La conquista no es gratuita.”—

—“Eso no significa que quiera la paz.”— Gaspard respondió mientras volvía a dejar el informe sobre la mesa.

—“No he dicho que quiera la paz. Creo que quiere algo que pueda obtener sin tener que pagar por ello con sangre.”— dijo Isabelle con convicción.

—“Entonces ¿Que busca? ¿Una concesión? ¿Una ventaja?”— preguntó él

—“Tal vez.”—

Gaspard caminó hacia la ventana mientras preguntaba:

—“¿Y entonces?”—

—“Quizá Kael ha calculado cuánto le costaría conquistar Kaor. Tal vez las cifras no le gustan. Entonces intenta conseguir mediante un tratado aquello que no quiere conquistar mediante una guerra.”— Isabelle dejó que Gaspard lo pensara por un momento. Luego continuó —“Quizá busca territorio, tributos, control comercial.”—

—“Posiblemente.”— concedió Gaspard.

—“Reconocimiento de la autoridad de Aurelia sobre determinados ducados.”—

Gaspard se volvió para decir:

—“Eso sería más importante.”—

Isabelle asintió lentamente mientra decía:

—“Y mucho menos costoso que una campaña militar.”—

Gaspard tomó una copa de la mesa, aunque no bebió. Sabía que Kael era un conquistador, pero no necesariamente del tipo que quisiera conquistar todo sin importarle las muertes. Por otra parte Isabelle, había estudiado históricamente al reino de Aurelia, y en definitiva, conocía en profundidad la historia y las motivaciones de Kael. Ambos temas habían sido parte de su especialización como traductora.

—“¿Y si estamos equivocados los dos?”— Isabelle sonrió ligeramente.

—“Entonces tendremos un problema.”— Gaspard la miró. Estaba pensando en como aconsejar al duque.

—“No.”— Isabelle volvió a mirar el mapa apagado —“Entonces tendremos dos problemas.”—

—“¿Cuáles?”— quiso saber Gaspard.

Ella respondió sin apartar los ojos del cristal:

—“Si tú tienes razón, Kael quiere comprarnos o sobornarnos.”— hizo una pausa antes de seguir —“Y si yo tengo razón, quiere medir cuánto le costaría destruirnos.”—

La expresión de Gaspard se volvió seria. Dijo:

—“En ambos casos tendremos que sentarnos frente a él. Y escucharlo.”—

—“Así es.”—

—“Entonces quizá la tregua no sea una mala idea.”— dijo Gaspard

—“Por lo pronto no debemos confundir una invitación a conversar con una promesa de paz.”— opinó Isabelle.

Gaspard sostuvo su mirada durante unos instantes.

—“En eso estamos de acuerdo.”— asintió el embajador.

Isabelle volvió a sus documentos.

Aquella noche, mientras los informes de Aurelia seguían flotando sobre la mesa, ninguno de los dos pudo saber cuál de las dos posibilidades era más peligrosa.

Que Kael quisiera negociar. O que realmente quisiera saber cuánto costaría destruirlos.

 



 

La Sombra de Aurelia
por
Rodriac Copen


Capítulo 3: El Duque Ferdinand y Valerie


El duque Ferdinand recibió oficialmente al embajador de Aurelia con la propuesta de la tregua. En resumen, Kael I le solicitaba el envío de representantes para negociar una tregua. Los representantes y Kael se reunirían en Aurelia para llegar a un acuerdo.

El duque tenía cuarenta y tres años, una constitución fuerte y una presencia que contrastaba con la elegancia fría de muchos aristócratas de la corte.

Sus ojos azul grisáceo parecían más claros bajo la luz de los ventanales.

El cabello rubio oscuro comenzaba a mostrar algunas canas y llevaba una barba corta.

Ferdinand escuchó el mensaje de Kael sin interrumpir.

Cuando terminó, apagó el holograma.

—“¿Qué opinas?”— le preguntó a la duquesa.

Valerie de Beumont permanecía junto a una de las columnas de la sala.

Tenía treinta y cinco años, piel clara, ojos azul verdoso y cabello rubio ceniza, largo y ondulado.

La duquesa de Kaor era una mujer acostumbrada a observar y pensar detenidamente antes de hablar.

—“Quiere ganar tiempo”—dijo.

—“¿Para qué?”—

—“Para reorganizar sus fuerzas.”—

Ferdinand asintió.

—“Es posible.”—

Valerie caminó hacia la mesa.

—“Pero también puede estar cansado.”—

Ferdinand la miró intrigado.

—“Kael no me parece un hombre cansado.”—

—“Los hombres cansados no siempre lo parecen.”—

Ferdinand permaneció pensativo.

Durante unos instantes sólo se escuchó la lluvia contra los cristales.

—“¿Tú aceptarías una reunión?”—

Valerie lo observó.

—“Sí.”—

—“¿Por qué?”—

—“La tregua puede ser una trampa. Pero no estoy segura que podamos ganarle a Aurelia. Al menos rápidamente. Una tregua nos da la oportunidad de pensar alternativas.”—

Ferdinand sonrió mientras asentía. Había tomado una decisión.

—“Aceptaremos.”— le dijo al embajador de Aurelia.

La noticia recorrió Nydara en cuestión de horas.

Los sistemas de comunicación transmitieron el anuncio a todos los ducados.

Durante doscientos años, Aurelia y los territorios rebeldes habían hablado mediante cañones, drones y campos de batalla.

Ahora sus gobernantes iban a sentarse frente a frente.

La guerra no había terminado. Ni siquiera estaba cerca de terminar.

Pero por primera vez en generaciones, dos hombres que habían heredado un conflicto antiguo estaban a punto de preguntarse si era posible dejar de heredarlo.

Y en Kaor, sin que ninguno de ellos pudiera imaginarlo todavía, una mujer comenzaba a ocupar un lugar en aquella historia.

Isabelle de Montferrand hasta ese momento era solamente la esposa del embajador. Y su nombramiento en la corte llevaba demasiado tiempo detenido.

Su expediente había pasado por las manos de secretarios, funcionarios, consejeros y miembros del Consejo Ducal. Había sido revisado, archivado, recuperado y vuelto a archivar con una eficacia burocrática que habría resultado admirable si no fuera porque, después de meses, todavía no existía una firma al pie del documento.

El motivo era sencillo. El duque Ferdinand tenía asuntos más importantes que tratar antes de su nombramiento.

O, al menos, asuntos que consideraba más importantes.

Claro que Isabelle no estaba de acuerdo con eso.

Aquella mañana, sentada frente a una de las ventanas del Palacio de Montferrand, repasaba por tercera vez el informe que había preparado para justificar su nombramiento.

No necesitaba demostrar que conocía las lenguas de Nydara, porque eso ya estaba suficientemente documentado.

Hablaba el idioma oficial de Kaor, dominaba las variantes dialectales de los ducados orientales y podía mantener una conversación formal en la lengua de Aurelia sin necesidad de asistencia electrónica.

Pero Isabelle sabía que aquello no era lo más importante.

Una traducción podía ser correcta y, al mismo tiempo, ser políticamente desastrosa.

Una palabra podía significar respeto en un ducado y sumisión en otro. Una fórmula ceremonial podía interpretarse como una declaración de alianza. Un silencio podía ser más ofensivo que un insulto.

Y una frase mal traducida delante de dos soberanos podía provocar una guerra.

Isabelle conocía esas diferencias porque había estudiado durante años la historia de los ducados. Había leído tratados antiguos, correspondencia diplomática, memorias de embajadores y registros militares.

También había estudiado a Kael.

No al hombre, sino al gobernante. Había seguido sus campañas, sus reformas administrativas y las decisiones que habían permitido a Aurelia incorporar territorios que durante generaciones habían resistido cualquier intento de unificación. Aquel rey se había erigido en una leyenda dentro del planeta y había convertido a la corona de Aurelia en una potencia militar sin igual.

Kael I era una leyenda militar. Pero eso no era lo que más interesaba a Isabelle.

Lo que la fascinaba era su manera de ejercer el poder. Kael no parecía necesitar demostrar constantemente que lo poseía. Lo utilizaba. Era un medio para él.

Esa diferencia le resultaba profundamente interesante.

Y, aunque jamás lo había confesado a Gaspard, existía en ella una admiración silenciosa por aquel hombre al que nunca había visto personalmente.

Una admiración que procuraba mantener bajo control. Porque admirar a un enemigo era peligroso. Y admirar a un soberano podía serlo todavía más.

Isabelle cerró el expediente.

La noticia de la tregua entre Aurelia y Kaor había cambiado completamente la situación.

Gaspard tendría que viajar. Ferdinand necesitaría enviar una delegación.

Y alguien tendría que traducir las conversaciones. Isabelle sonrió con malicia.

Por primera vez en meses, el retraso de su nombramiento parecía una ventaja. Sólo necesitaba que alguien se lo explicara al duque. Y sabía exactamente quién podía hacerlo.

Valerie de Beumont recibió a Isabelle aquella misma tarde.

La duquesa la esperaba en una galería cubierta de cristal, que daba a los jardines interiores del palacio. Vestía un traje azul oscuro de corte sencillo, confeccionado con un tejido inteligente que cambiaba ligeramente de tonalidad con la intensidad de la luz.

Su cabello rubio ceniza caía en ondas sobre sus hombros.

—“Debería haber imaginado que vendrías”— dijo Valerie, en tono alegre.

Isabelle sonrió.

—“¿Por qué?”— preguntó inocentemente.

—“Porque cuando necesitas algo siempre apareces con esa expresión.”—

—“¿Qué expresión?”—

Valerie la miró durante unos segundos. Eran amigas de confianza desde hacía mucho años.

—“La de una mujer que ya ha tomado una decisión y sólo necesita convencer a los demás de que también fue idea suya.”— dijo burlonamente la duquesa.

Isabelle soltó una pequeña risa.

—“Te he echado de menos.”—

—“Eso no ha respondido a mi pregunta.”— dijo Valerie.

—“No he venido a responder preguntas.”—

—“Entonces sí has venido a pedir algo.”— dijo la duquesa mientras reía.

Isabelle se sentó frente a ella.

—“Mi nombramiento.”—

Valerie inclinó ligeramente la cabeza.

—“Pensé que estaba aprobado.”—

—“Está aprobado en todas partes excepto donde importa.”— dijo Isabelle.

—“Ferdinand.”— asintió Valerie.

—“Así es. El duque.”—

La duquesa tomó una copa de agua y la sostuvo entre los dedos.

—“¿Y por qué ahora?”—

Isabelle no necesitó fingir con su amiga.

—“Porque el duque va a enviar a Gaspard a Aurelia.”—

—“Entiendo.”—

—”Y necesitará un traductor oficial.”—

—“Pero Gaspard habla bastante bien la lengua de Aurelia.”—

—“Habla. Traduce.”— dijo Isabelle

Valerie esperó.

—“Pero yo conozco todos los significados. Las dobles intenciones. Hay una diferencia.”— hizo una pausa —“Y en un tratado, en diplomacia, a veces esa diferencia cuesta vidas.”—

La duquesa dejó la copa sobre la mesa.

Isabelle continuó:

—“No se trata sólo de traducir palabras. Se trata de conocer las fórmulas diplomáticas, las referencias históricas, los títulos, las expresiones que pueden interpretarse de manera equivocada. Conozco los dialectos de los territorios de la Liga. Conozco la historia de Aurelia. He estudiado sus protocolos.”—

Valerie sonrió.

—“También has estudiado a Kael.”—

Isabelle sostuvo su mirada.

—“Como corresponde a cualquier diplomática.”—

—“No he dicho lo contrario.”—

Hubo un breve silencio.

Valerie conocía a Isabelle desde antes de su matrimonio con Gaspard. Habían compartido estudios, viajes y algunas temporadas en la corte. Sabía reconocer cuándo Isabelle ocultaba algo.

Pero también sabía cuándo una ambición era legítima.

—“¿Quieres acompañar a tu esposo?”—

—“Quiero formar parte de la delegación.”—

—“No es exactamente lo mismo.”—

—“No.”—

Isabelle se inclinó ligeramente hacia adelante.

—“Quiero estar allí.”—

Valerie comprendió. No era una petición improvisada. Isabelle llevaba tiempo esperando una oportunidad. Y su nombramiento no sería una imposición de privilegio alguno. Estaba muy preparada.

Y la tregua acababa de proporcionarle una oportunidad.

—“¿Por qué?”—

La pregunta fue formulada con suavidad. Valerie ahora actuaba como una duquesa que indagaba a una amiga. Y valoraba esa amistad.

Isabelle tardó unos segundos en contestar.

—“Porque una negociación como ésta puede decidir el futuro de Nydara. De Kaor. Y de todos nosotros.”—

Valerie no apartó los ojos de ella.

—“Eso es lo que dirías ante el Consejo.”—

—“Es verdad.”—

—“Pero no es toda la verdad.”—

Isabelle sonrió.

—“No.”—

Valerie esperó.

—“También quiero ver cómo piensa Kael.”—

La expresión de la duquesa cambió apenas.

—“¿Cómo piensa?”—

—“Sí.”—

—“¿Por qué?”—

Isabelle miró hacia los jardines.

—“Porque ha hecho algo que ningún gobernante anterior consiguió.”—

“¿Conquistar medio planeta?”— preguntó Valerie.

—“No.”— Isabelle volvió la cabeza. —“Conseguir que medio planeta piense que puede destruirnos a todos.”—

Valerie guardó silencio.

Aquella respuesta le gustó menos de lo que esperaba. Porque demostraba que Isabelle no estaba fascinada solamente por el poder. Estaba intentando comprenderlo. Y conocía la ambición de su amiga.

—“Ten cuidado”— dijo la duquesa.

—“¿Con qué?”—

—“Con los hombres que saben utilizar el poder.”—

Isabelle sonrió ligeramente.

—“Tendré cuidado.”—

—“No me refiero a Kael. Me refiero a todo lo que ocurre alrededor de un hombre como él. El poder atrae ambiciones, y algunas ambiciones son más peligrosas que cualquier ejército. “—

La sonrisa de Isabelle desapareció. Valerie tomó nuevamente la copa.

La conversación terminó poco después.

Cuando Isabelle abandonó la galería, no tenía todavía un nombramiento oficial. Pero tenía algo más importante, la promesa de Valerie de hablar personalmente con Ferdinand.

Aquella noche, Isabelle regresó al Palacio de Montferrand y encontró a Gaspard revisando documentos de la futura delegación.

—“¿Y bien?”— preguntó él.

Isabelle dejó los guantes sobre una mesa.

—“Valerie hablará con Ferdinand.”—

Gaspard levantó la mirada.

—“¿Eso significa que viajarás?”—

—“Significa que existe una posibilidad.”—

—“Ya es más de lo que teníamos esta mañana.”—

Isabelle se acercó a la mesa.

Sobre ella apareció un mapa holográfico de Aurelia. El centro del reino brillaba con una luz tenue. En medio del mapa se encontraba el Palacio de Veyron.

Ese era el corazón político de Nydara.

Gaspard observó a su esposa.

—“No deberías entusiasmarte demasiado.”—

—“No estoy entusiasmada. Estoy preparada.”—

Gaspard sonrió.

Isabelle contempló nuevamente el mapa.

Durante años había estudiado aquel lugar desde la distancia. Había leído sobre sus salones, sus ceremonias, sus alianzas y sus conflictos. Ahora podía tener la oportunidad de entrar allí.

No como visitante. Ni como esposa de un embajador. Sino como una profesional cuya presencia podía resultar necesaria.

Y frente a ella estaría Kael I.

El hombre que había cambiado el equilibrio de Nydara. El soberano que había derrotado a sus enemigos durante años. El hombre cuya capacidad para ejercer el poder había despertado en ella una curiosidad que prefería no examinar demasiado.

Isabelle extendió un dedo y amplió la imagen del Palacio de Veyron.

—“Quiero estar allí.”—

Gaspard la observó durante unos segundos.

—“Entonces procura que Ferdinand firme antes de que Kael cambie de opinión.”—

Isabelle sonrió.

—“No pienso dejarle esa posibilidad.”—

 

CONTINUARÁ ...

 

  

 

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