📖 Diario de Rodriac ( Humor )
👁️ El Reino del Gran Escritor Iluminado
⭐ La crónica de un hombre que conquistó un imperio donde nadie vivía
por Rodriac Copen
Existe una especie fascinante dentro del ecosistema literario. No aparece en los libros de zoología porque, naturalmente, ellos mismos consideran que deberían estar en los libros de historia.
Me refiero al "Escritor Iluminado de la República Superior de las Letras".
Es un ser curioso. Habita generalmente en redes sociales, entre una cita de Nietzsche, una fotografía de una biblioteca antigua y una publicación donde explica, con profunda tristeza, que "la sociedad actual no sabe valorar el verdadero arte".
Casualmente, el verdadero arte suele ser el suyo.
Porque hay algo maravilloso en estos personajes: tienen la capacidad de convertirse en genios incomprendidos sin que nadie haya tenido la oportunidad de comprenderlos.
Son una especie de Van Gogh literarios... aunque con una pequeña diferencia: Van Gogh pintaba cuadros. Ellos pintan publicaciones en Facebook explicando por qué nadie entiende sus cuadros.
Su mayor enemigo no es la falta de lectores.
Es la existencia de lectores equivocados.
Porque, según ellos, hay personas que leen mal y escritores que escriben peor.
Sí. Parece extraño, pero aparentemente algunos seres humanos han desarrollado la terrible costumbre de abrir un libro, entretenerse y disfrutarlo sin consultar primero a un comité de expertos.
¡Qué irresponsabilidad!
Alguien podría estar leyendo una historieta, una novela de aventuras, un viejo bolsilibro de ciencia ficción o una historia romántica sencilla... y lo peor de todo: podría estar pasando un buen momento.
Y eso es, según estos personajes, una tragedia cultural.
El Escritor Iluminado observa esto con horror desde su torre de mármol imaginario y declara:
—"La gente debería leer literatura verdadera."—
Naturalmente, por "literatura verdadera" se refiere a aquella que solamente leen él, tres amigos suyos y un crítico literario que todavía no sabe que está muerto.
Porque hay una confusión bastante común: creer que la dificultad equivale a profundidad.
Pero una frase sencilla puede contener más humanidad que cien páginas escritas con la solemnidad de un sacerdote explicando el universo.
Una persona puede escribir una carta diciendo: "Te extraño".
Y lo expresa solamente en dos palabras.
Sin metáforas revolucionarias. Sin estructuras narrativas complejas. Sin referencias a la literatura rusa del siglo XIX.
Y aun así, esas dos palabras pueden conmover hasta las lágrimas a alguien.
Entonces aparece el Gran Juez Literario, con su lupa intelectual y su capa imaginaria, dispuesto a dictaminar:
—"Eso no es literatura."—
Quizás no, concedámoscelo.
Pero quizás tampoco era necesario proclamarlo a los vientos.
Porque escribir no nació como un concurso olímpico para demostrar quién tiene la pluma o la verija más larga.
Escribir nació porque un ser humano quiso decirle algo a otro ser humano.
Antes de las academias, antes de los premios, antes de las ceremonias con copas de vino y discursos interminables, alguien simplemente dejó una marca en una pared diciendo:
"Aquí estuve".
Y esa frase tenía más verdad que muchos libros escritos con la desesperada intención de parecer importantes.
Por supuesto que existen buenos y malos textos. Existen escritores excelentes y escritores que todavía tienen mucho que aprender. Existen errores de ortografía, estructuras débiles y frases que parecen haber sido atropelladas por un camión gramatical.
Pero incluso allí hay algo valioso: Alguien intentó comunicarse.
Alguien tuvo la valentía de poner una parte de sí mismo afuera y expuesta al mundo.
Y eso merece más respeto que aquel individuo que jamás crea nada, pero dedica su existencia a explicar por qué los demás crean mal.
Porque hay una curiosa enfermedad entre algunos escritores: el "Síndrome del Rey de las Letras".
El afectado construye un reino enorme. Un reino con palacios, monumentos y estatuas de sí mismo.
El único problema es que es un reino sin habitantes.
Entonces camina por sus calles vacías montado en su noble corcel imaginario, mientras proclama:
—"¡Algún día alguien reconocerá mi grandeza!"—
Y nadie responde.
No porque sea un genio incomprendido.
A veces simplemente porque nadie estaba allí.
El problema de estos autores excelsos no es que el mundo no los valore.
El problema es que han pasado tanto tiempo mirándose al espejo que olvidaron mirar por la ventana hacia el mundo real.
La literatura no es un trono, colega. Es una conversación.
Y en una conversación no importa solamente quién habla más elegante.
Importa quién logra que alguien del otro lado escuche.
Porque el verdadero escritor no necesita una corona o un premio.
Necesita algo mucho más difícil de conseguir: lectores.
Aunque sea uno.
Porque una sola persona que encuentra algo de sí misma en tus palabras vale más que mil aplausos imaginarios provenientes de un público inexistente.
Mientras tanto, el Rey de las Letras seguirá sentado en su trono de humo, disfrutando de su propio discurso.
Un espectáculo magnífico.
Aunque existe un pequeño inconveniente: los aplausos que escucha probablemente vienen de la misma habitación donde está él.
Y todos sabemos que los aplausos propios son los únicos que nunca faltan.
Pero un aplauso propio tiene una característica curiosa: siempre llega puntual, nunca contradice nada... pero jamás compra un libro.
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