👁️ Diario de Rodriac
😆 Los Dioses Malignos del Fútbol
por Rodriac Copen
Está terminando el Mundial de Fútbol 2026.
Y lo he disfrutado muchísimo.
A esta altura de mi vida uno empieza a hacer cuentas curiosas. Ya no calcula cuánto falta para el próximo viernes, sino para el próximo Mundial. El de 2030 queda bastante lejos y, siendo sinceros, uno nunca sabe si llegará. Lo digo con una sonrisa, no buscando compasión. Todos tenemos fecha de vencimiento; algunos simplemente leemos la letra chica antes que otros.
Y, francamente, tampoco sería un mal balance.
He vivido varias vidas dentro de una sola. No conseguí eso que las revistas llaman éxito, pero sí muchas cosas que eran importantes para mí. Si el alma realmente aterriza en este planeta con una lista de tareas, sospecho que ya fui tachando la mayoría.
A veces incluso me siento un poco como Roy Batty, el replicante de Blade Runner, cuando pronuncia aquel inolvidable "He visto cosas que vosotros no creeríais...".
Solo que yo no vi naves en llamas más allá de Orión.
Vi discusiones sobre si un lateral era o no era lateral durante tres días seguidos.
No sé qué es más extraordinario.
Hay, sin embargo, una cosa que nunca he logrado comprender del ser humano.
El odio.
No el folclore futbolero. Ese existe desde que el primer cavernícola le gritó "¡tronco!" al de la tribu de enfrente después de errarle a un mamut.
Hablo del odio auténtico.
Ese que desea el fracaso ajeno como si de ello dependiera la propia felicidad.
Durante este Mundial vi cantidades industriales de ese sentimiento.
✔ Contra Argentina.
✔ Contra México.
✔ Contra Francia.
✔ Contra España.
✔ Contra Brasil.
✔ Contra Paraguay.
✔ Contra cualquiera que estuviera jugando ese día.
Lo curioso es que el destinatario cambiaba constantemente... pero el odio permanecía exactamente igual.
Entonces comprendí algo: muchos no aman a su selección.
Simplemente necesitan odiar al otro.
Las redes sociales tienen esa extraña capacidad de convertir un partido de fútbol en una guerra santa entre personas que jamás se conocerán.
Uno imagina que detrás de cada comentario furioso hay un estratega militar defendiendo la civilización occidental.
Y luego recuerda que probablemente se trate de alguien escribiendo desde el baño mientras caga, con un celular al 8 % de batería.
Eso te lleva bastante bien de vuelta a la perspectiva original.
Durante estas semanas bloqueé más personas que en varios años.
No porque criticaran a Argentina. Eso es parte del juego y el folclore.
Las bloqueé porque descubrí que disfrutaban odiando.
Y uno, con el paso de los años, aprende que el tiempo es demasiado valioso como para compartirlo con profesionales del resentimiento.
La vida ya trae suficientes problemas como para invitar voluntariamente a algunos más al muro de Facebook.
Así que hice limpieza. No por patriotismo, sino por higiene mental.
Curiosamente, mientras las redes parecían incendiarse, el Mundial seguía regalando imágenes maravillosas: abrazos entre jugadores de países rivales, niños con camisetas mezcladas, hinchas ayudándose entre sí y millones de personas disfrutando simplemente... de un juego.
Supongo que internet funciona como esos espejos de feria.
No refleja la realidad. La deforma.
Y quizá esa sea la enseñanza que me deja este Mundial: los dioses malignos del fútbol no viven en los estadios.
Viven en algunos algoritmos... y en algunas almas que necesitan convertir cualquier alegría ajena en un motivo para enfadarse.
Por suerte, el botón "Bloquear" existe.
Y, aunque no soluciona los problemas del mundo, hace que el mío sea un lugar bastante más agradable.
Después de todo, si Roy Batty pudo marcharse satisfecho después de haber visto cosas increíbles...
Yo también puedo hacerlo, habiendo visto un gran Mundial...
...y unos cuantos odiadores menos en mi lista de contactos.
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