viernes, 26 de mayo de 2023

Historia: "Balance Atmosférico - Saga Mara Vale ( SciFi Noir )"

 



👁️ Saga Mara Vale ( SciFi Noir )

⭐Balance Atmosférico

por Rodriac Copen



La lluvia caía despacio sobre los techos de los edificios del anillo inferior. En otros lugares del planeta la lluvia renovaba los espacios, limpiaba las impurezas y traía un aliento vivificador a los habitantes.

Nada de eso era cierto en el sector Sigma del complejo Argos. Las gotas sucias de hollín no limpiaban nada. Solo repartían la suciedad llevándola de un lugar a otro.

En aquella ciudad orbital, el aire, el agua y todos los servicios esenciales tenían precio. Y la calidad del aire dependía de quién podía pagar más.

Casi siempre los que menos pagaban tenía mayores dificultades para respirar.

Lila estaba terminando de maquillarse frente al espejo roto de su camerino cuando el comunicador vibró.

—“¿Lila?”— una voz conocida se sintió del otro lado de la línea.

—“Ya sabes como es. Depende de cuánto me pagues, Viktor.”—

La voz masculina respondió con educación.

—“Claro, solo quiero pasar unas horas contigo.”—

Lila no pudo evitar sonreír. Siempre tenía ese toque entre sus clientes favoritos.

—“Conoces la tarifa Entonces… ¿En tu departamento?”— dijo mientras elegía un modelo nuevo de corpiño.

Hubo un breve silencio del otro lado.

—“Mmm… no… preferiría que nos encontráramos en un hotel.”—

Lila sonrió comprensiva.

—“¿Hoy tu novia te está controlando?”—

—“No, no es por eso.”—

—“¿Entonces?”—

—“Te cuento en el hotel.”—

—“Estás raro, Viktor.”—

Del otro lado se escuchó una carcajada.

—“Jaja… no, nena. Solo te estoy cuidando.”—

No preguntó más. La mitad de sus clientes ocultaban matrimonios, novias o amantes. La otra mitad ocultaba gustos que podían parecer extraños.

Terminó de vestirse con unas medias ajustadas y ligas. Sabía que a Viktor le gustaban las ligas… y algunas transparencias.

Un poco más tarde, tomó un taxi.

El hotel era tan impersonal como todos los que usaban las prostitutas como ella. Luces cálidas diseñadas que daban un ambiente de intimidad, algunos muebles sintéticos y ventanas que proyectaban un falso cielo estrellado.

Horas después, Viktor y ella permanecían desnudos y recostados, respirando lentamente.

Lila observó al hombre.

No parecía nervioso, solo se lo veía algo cansado.

—“Ahora sí puedes decirme por qué no querías llevarme a tu casa.”—

Él soltó una risa breve.

—“Sabes que vivo en el distrito treinta y dos.”—

Ella asintió.

—“¿Y?”—

—“Cuando haces deporte allí... te falta el aire.”—

Lila creyó que bromeaba, pero él no sonrió.

—“Cuando tienes sexo también.”—

La expresión de ella cambió.

—“¿Hablas en serio?”—

—“Completamente.”—

Se incorporó a medias para mirar la lluvia detrás del vidrio.

—“La empresa distribuidora de aire dice que bajó la calidad del aire a niveles que están dentro de los parámetros legales. Ahora hay tarifas diferentes para aire de mala y buen calidad.”—

—“¿Y pueden hacerlo?”—

—“Claro que si, querida. Trabajo reparando filtros industriales. Sé reconocer cuándo el aire viene rebajado.”—

Guardó silencio unos segundos.

—“Creo que Atmos Systems está enviando aire de peor calidad a los barrios pobres como el mío para vender mezclas de mejor calidad a los sectores ricos.”—

Lila no respondió enseguida, pero tomó su cartera y extrajo de ella una tarjeta digital. Se la pasó a Viktor.

—“Conozco a alguien.”—

—“¿Un periodista?”—

—“Peor.”—

—“¿Policía?”—

—“Algo muchísimo mejor.”—

Le señaló la tarjeta.

—“Se llama Mara Vale. Si acepta el trabajo... empezará a hacer preguntas hasta saber qué está pasando...”—

Dos días después llamaron a la puerta del pequeño departamento de Mara.

Era una mujer agotada, con aspecto fatigado y ojeras de varios días. Estaba acompañada de un niño de unos diez años, que estaba conectado a un pequeño respirador portátil. Ambas mujeres se habían hablado por comunicador previamente.

—“Entren.”— les dijo Mara.

La madre dejó sobre la mesa un sobre con dinero mientras explicaba:

—“Lo juntamos entre la gente de nuestro barrio.”—

Mara lo empujó, devolviéndolo de nuevo a la mujer.

—“Primero cuénteme qué ocurre.”—

La mujer respiró hondo. Mientras comenzó a explicar:

—“Desde hace un tiempo, los niños más chicos empezaron con tos. No podían calmarse con nada. Después vinieron las internaciones. Ahora algunos ya no pueden correr. Y los adultos también tienen dificultades para respirar cuando se agitan o hacen deporte.”—

El niño levantó la vista. Llevaba una mascarilla transparente. Le preguntó a Mara:

—“¿Vas a arreglarlo?”—

Mara lo observó unos segundos.

—“No lo sé, chico.”—

El niño hizo una pausa para recuperar el aire.

—“Entonces… ¿para qué nos hiciste venir?”—

Mara observó con atención los tubos de oxígeno y la máscara. Después dio un vistazo a las manos, demasiado pequeñas que trataban de sostener al respirador.

—“Porque alguien decidió que esto era aceptable.”—

El niño asintió como si aquella respuesta fuera suficiente. Tal vez porque los adultos ya no prometían milagros.

Un par de días más tarde, cuando empezó a averiguar, Atmos Systems parecía ser una empresa impecable.

Pasillos impecables, mucho cristal y recepcionistas multilingües de aspecto pulcro.

El aspecto de las oficinas era de un silencio tan perfecto que resultaba ligeramente perturbador.

Mara intentó hablar con empleados, técnicos y supervisores. Pero no obtuvo ninguna respuesta útil. Todos respondían de la misma forma, como si las respuestas fueran previamente ensayadas por cada uno de ellos:

—“No sé.”—

—“No puedo ayudar.”—

—“Debería preguntarla a la oficina de prensa.”—

Ni seducción provocativa, ni sobornos lograban obtener algún resultado. Aquello empezaba a oler peor que el aire del barrio. Ninguna empresa era tan impoluta.

Esa noche Lila apareció en su casa con una sonrisa.

—“Creo que encontré una puerta por la que podrás pasar.”— dijo riéndose.

—“¿Cuál?”—

—“Los ejecutivos.”— dijo Lila haciendo un mohín.

—“¿Qué hay con ellos?”—

—“No hablan con periodistas ni con policías. Pero hablan muchísimo con putas de lujo. Hay una agencia exclusiva de escorts en el edificio.”—

Mara dejó el vaso sobre la mesa.

—“Así es que les gustan las mujeres… Eso explica el aspecto de las recepcionistas… y el perfume caro en la recepción.”—

—“Hay una agencia muy discreta un par de pisos más abajo. Trabajan con casi todos los ejecutivos de Atmos Systems.”— dijo Lila triunfal.

—“Pero y eso… ¿de qué me sirve?”— preguntó Mara.

Lila se entusiasmó al responder:

—“Aceptan chicas nuevas si cumplen ciertos requisitos. Y tú das exactamente el perfil.”—

—“¿Y eso es un cumplido?”—

—“No. Eso es una oportunidad. ¿No es eso lo que buscas?”—

Mara se presentó. Y tuvo que modelar en ropa interior para el catálogo interno de la agencia. La incorporaron a la página, y luego de un par de días, tuvo suerte.

Un ejecutivo de Atmos System llamado Thomas pidió verla.

Se conocieron por video llamada. Y no era el tipo de cliente que Mara esperaba encontrar en una agencia de escorts. Había imaginado algún tipo de viejo pervertido o de gustos lascivos.

Pero el hombre resultó ser muy normal, indistinguible de cualquier otro. No intentaba impresionarla, tampoco hablaba de dinero. Y le gustaba cocinar.

Era un hombre soltero. Y quedaron en encontrarse en su casa. Le envió un taxi, y al recibirla con una sonrisa, le mostró su departamento, en donde destacaba un viejo tocadiscos restaurado.

Cuando ella lo miró con atención, Thomas le dijo que gustaba de poner discos antiguos de jazz mientras preparaba la cena.

—“Tiene más de cien años. Costó mucho conseguirlo en esas condiciones.”—

—“¿Todavía funciona?”—

—“Claro que si.”— respondió orgulloso. —“A veces hace pequeños ruidos, pero sigue girando.”—

Mara sonrió por la respuesta. Era un gesto raro en ella, pero el tipo le caía bien.

Hablaron durante horas, tocando temas como la música, ciudades, comida. Nunca hablaron del trabajo.

Cuando estaban terminando, la empleada doméstica apareció para retirar los platos. Thomas le agradeció el servicio y se la presentó a Mara. La muchacha respondió sonriendo.

Y Mara Vale registró cuidadosamente ese detalle. Thomas trataba a la chica con respeto. Eso complicaba las cosas.

Después de la cena, tomaron un café. Y luego, hicieron el amor.

Durante el segundo encuentro, y antes de despedirse, Thomas le entregó un paquete.

—“¿Qué es?”— preguntó una Mara sorprendida.

—“Un disco de jazz. Y un tocadiscos portátil… para que puedas escucharlo. Noté la otra noche que te gustó.”—

Ella levantó una ceja.

—“¿Siempre haces regalos a mujeres desconocidas?”—

—“No. Solo a las que realmente saben escuchar.”—

Por primera vez en mucho tiempo, Mara sintió una punzada incómoda en su corazón. Se había prometido que con Thomas sólo sería sexo. Pero sintió un golpe de nostalgia.

Los encuentros de cenas y sábanas entre ellos continuaron, tanto que Thomas comenzó a confiar un poco más en Mara Vale.

En general, hablaba poco del trabajo. Pero cuando lo hacía, dejaba entrever la existencia de pequeñas grietas en el paraíso que parecía habitar.

—“Las empresas siempre sacan ventaja si nadie las controla.”—

—“Nadie debería confiar en las corporaciones.”—

Una noche en la que había bebido de más, después de hacer el amor se quedó profundamente dormido.

Mara esperó un rato para asegurarse. Luego, desnuda se paseó por la habitación en busca de información. Abrió discretamente un cajón y encontró una credencial biométrica de respaldo.

La observó detenidamente, mientras evaluaba duplicarla o quedársela para acceder a los archivos de la empresa.

Y gracias a esa credencial, aquella noche cruzó una puerta que Thomas jamás imaginó que existía. Se quedó con el ejecutivo hasta el amanecer.

La credencial le sirvió para acceder a los servidores de Atmos Systems, que estaban llenos de informes. Literalmente miles o decenas de miles.

Mara buscó información entre mares de documentos. No encontró nada, hasta que abrió una carpeta destinada a las empresas de seguros. El título decía: Balance Atmosférico Trimestral.

Dentro había tablas, gráficos y porcentajes. Algunas columnas parecían haber sido escritas por alguien incapaz de recordar que existían los seres humanos.

Varios títulos llamaron su atención: Mortalidad aceptable. Coste de indemnización. Riesgo reputacional. Índice de reemplazo poblacional.

Mara sintió un vacío en el estómago, porque había visto ese lenguaje antes. Era la jerga que se usaba en su propia empresa. El lenguaje no hablaba de personas. Solo tenía en cuenta lo que llamaban pérdidas asumibles.

Eran informes de números que analizaban fríamente si las consecuencias de sus acciones como enfermedades o muertes, podían compensarse con las tasas de seguros.

Como aquella autorización que había firmado años atrás. Siguió leyendo. Pudo ver que Atmos Systems reducía deliberadamente la concentración de oxígeno en determinados sectores de la ciudad para mejorar la calidad del aire de los sectores más ricos, que podían pagar una tasa más alta por el servicio.

Los seguros cubrían las enfermedades y las eventuales muertes. Las indemnizaciones resultaban más baratas que mejorar la calidad del aire. Era matemáticamente rentable.

Abrió el historial de las votaciones. Y Thomas aparecía varias veces votando en contra. Luego… Aprobado por unanimidad.

Buscó el acta de la aprobación, que decía literalmente: "Se recuerda al señor Thomas Rainer que la continuidad de su plan previsional ejecutivo depende de la cooperación con la política corporativa."

Mara cerró lentamente los ojos. Podía imaginar la escena tal cual le había pasado a ella misma. Él también había firmado bajo una enorme presión. Como ella.

Antes de tomar cualquier decisión, planeó cuidadosamente cada paso. Teniendo en cuenta la cantidad de vidas que podía afectar cualquier acción, consideró cada una de las alternativas.

Finalmente decidió que no colocaría explosivos. Publicar documentos o hablar con periodistas tampoco eran posibilidades reales. La cantidad de dinero que operaba la corporación era tan elevada que podría comprar voluntades a nivel político y en los medios.

Con el acceso privilegiado que tenía, podía alterar el comportamiento de la planta productora y alterar el flujo logístico de las mezclas de aire prácticamente a su voluntad. Y con la posibilidad de eliminar cualquier rastro de manipulación u orden de distribución.

Programó que la mezclas de mejor calidad y con mayor concentración de oxígeno comenzaran a enviarse automáticamente al distrito treinta y dos.

Y las mezclas degradadas… cambiaron de destinatarios. Fueron redirigidas a los departamentos privados de los directivos.

Excepto uno. Thomas nunca apareció en esa lista.

Pasaron varios meses.

Mara y Lila bebían en un viejo bar mientras un saxofón sonaba desde un parlante en la esquina del bar.

En una pantalla apareció un informativo.

"Cinco ejecutivos de Atmos Systems solicitan licencias médicas tras desarrollar afecciones respiratorias crónicas."

Lila soltó una carcajada mientras decía:

—“Qué raro.”—

—“Así es. Muchísimo.”— dijo Mara mientras brindaba por la noticia.

—“¿Crees que será contagioso?”—

Mara negó con la cabeza mientras respondía:

—“No. Solo es aire de mala calidad, nada más.”— bebió un sorbo de cerveza.

En la pantalla apareció Thomas, el subtítulo del graf decía que había renunciado. El periodista le preguntaba por qué abandonaba una carrera tan prometedora en la compañía.

Él respondió simplemente:

—“Hay lugares donde uno deja de respirar mucho antes de enfermarse.”—

Lila miró a Mara.

—“No lo incluiste.”—

—“No. No lo hice.”—

—“¿Por qué?”—

Mara tardó varios segundos antes de responder. Después observó la lluvia cargada de cenizas que pegaba sobre los cristales de las ventanas en el bar.

—“Porque él ya estaba pasándola muy mal.”—

Aquella noche regresó sola a su departamento. Sacó el viejo tocadiscos de la caja. Y colocó el disco que Thomas le había regalado.

Colocó el disco. Y poco a poco, el sonido de un saxofón triste llenó la habitación.

A través de la ventana, las luces se reflejaban sobre las calles mojadas. En algún lugar del distrito treinta y dos, unos chicos volvían a correr sin quedarse sin aire.

Y en algún rascacielos corporativo, otros hombres comenzaban a comprender cuánto pesaba cada respiración.

La ciudad seguía igual.

Solo habían cambiado algunos detalles insignificantes.

FIN

 


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