domingo, 19 de marzo de 2023

Historia: "El Peso de la Herencia ( Comedia Romántica )"

 


Comedia Romántica

 

El Peso de la Herencia

por Rodriac Copen


Las cenas de los sábados eran como una institución entre los amigos. No una institución de excelencia, como la educación pública.

Eran más bien como el Registro Civil: algo lento, incómodo, con olor a desinfectante y muchas obligaciones que cumplir.

Andrés y Clara solían llegar a los encuentros con una puntualidad envidiable.

Pero Marcos y Cecilia llegaban con una puntualidad... argentina.

Esa noche Marcos hablaba de su tema preferido, que no era otro que él mismo.

—"Estoy pensando en cambiar el auto."— decía pensativo —"El mío ya tiene más de un año y me parece algo viejo."—

Clara bebió vino como si acabara de recibir una sentencia judicial.

—"Marcos... vos cambiás de auto como otros cambian de medias."—

—"¡Exacto! ¡Pero hay que renovarse!"— respondió él, inflando el pecho.

Cecilia murmuró en broma:

—"Yo cambiaría de marido, pero parece que la concesionaria está cerrada."— dijo mientras disimuladamente miraba al marido de su amiga.

Andrés tosió fuerte para disimular la risa. De algún modo divertido, siempre festejaba las bromas de Cecilia.

—"¿Todo bien, Andrés?"— preguntó Clara con esa frialdad que le caracterizaba.

—"Sí, sí... solo me atraganté con la bebida"— dijo él mientras cruzaba levemente la mirada con Cecilia.

La herencia llegó con la sorpresa que suelen llegar las desgracias: un martes por la mañana. Cecilia recibió una notificación que le decía haber recibido una herencia.

Cecilia llamó con naturalidad al marido de su amiga:

—"Andrés, tengo un pequeño problema y necesito manejarlo, si es posible con tu asesoramiento."—

—"¿Otro problema? Ya debería darte un turno fijo."— dijo alegremente.

—"Mi tía me dejó plata. Mucha plata."—

—"Pero Ceci, eso no suena a problema."—

—"Claro que sí. Ya sabés que manejo muy mal la billetera, imaginate una herencia. Si me compro un bote, probablemente se va a pique."—

—"Está bien..."— dijo él —"Vení a la oficina y te asesoro. Y no compres nada en el camino."—

Cuando ella llegó, le puso una carpeta enorme sobre el escritorio.

—"Esto es la herencia."— dijo con algo de culpa.

—"Wow. Parece una tesis doctoral."—

—"Sí, pero esta tiene muchos números. Vos sabés que yo y los números... tenemos una relación complicada."—

—"¿Qué tan complicada?"—

—"Más de una vez he pagado dos veces un mismo impuesto. Tengo que admitirlo: soy una loca despistada."—

Él se quedó mirándola sonriendo, pero sin saber si hacer una broma, consolarla o llamar a un adulto responsable para que la acompañara.

Trabajaron durante una hora. O, por lo menos, lo intentaron.

—"Esto es simple."— explicó Andrés —"Tenemos que evaluar los riesgos..."—

—"Ah, sí, los riesgos. ¿Cuáles son los riesgos?"—

—"Que inviertas todo en algún fondo de inversión de alto riesgo. La clave está en diversificar. En otras palabras: no poner todos los huevos en una sola canasta."-

—"¡Es lo que decían mis viejos! Pero ya sabés que soy una volada..."—

—“Está bien, pero no creo que seas tan terrible.”—

—“¿No? Entonces ¿cómo explicás que cuando juego a la lotería nunca puedo encontrar los billetes? Los pierdo casi al mismo día…”—

Andrés dejó el bolígrafo.

—“¿No se te ocurrió pensar que sos más distraída que terrible…?”—

Cecilia se quedó pensando.

—“Bueno…tal vez….”— dijo no muy segura.

El primer toque ocurrió cuando ambos quisieron alcanzar el mismo resaltador.

—“Perdón…”— dijo ella.

—“Es solo un resaltador… hay otros.”— dijo él.

—“Sí, pero cuando me rozaste la mano, sentí… electricidad.”—

—“Debe ser estática…”— mintió él, que en realidad le había gustado el roce.

—“¿Estática… te parece?”—

—“Bueno… no sé, Cecilia. Los cables emocionales a veces son raros.”—

Ambos sintieron como una pequeña conexión. El silencio que siguió olía un poco a… complicación.

Unos días después, el segundo toque fue menos… accidental.

Andrés le pidió que fuera a la oficina, para darle la buena noticia en persona. Se había dado cuenta que la herencia era todavía mayor de lo que le habían dicho a Cecilia. Entre los papeles, habían algunas acciones escondidas en medio de notificaciones viejas. Acciones que estaban vigentes y muy saludables.

Cecilia le dio un abrazo fuerte cuando le dijo. Andrés sintió el perfume envolvente de sus cabellos y el cuerpo de su amiga estrechándose contra él.

—“¡Soy rica!”— dijo ella entusiasmada.

—“Eso parece.”— respondió Andrés, contento por ella.

—“¡Soy rica! ¡Soy peligrosa! ¡Soy impune!”—

—“No, eso es Marcos.”— dijo Andrés, al que le hizo gracia el entusiasmo.

Ella se rió.

Él también.

Y ahí si… se besaron.

Sin premeditación, sin permisos ni planes. Sin ninguna lógica.

Un beso que sabía un poco a pánico… y a mucho tiempo contenido.

Cuando se separaron, él intentó se correcto:

—“Esto es un error.”—

Ella asintió, pero por primera vez en su vida, fue coherente con sus sentimientos.

—“Sí. Pero qué error tan… esperado.”— dijo mientras se sonrojaba.

Su sinceridad no hizo otra cosa que desarmarlo a Andrés.

A partir de entonces, Cecilia buscaba cualquier excusa para ir a la oficina de Andrés, que se volvió una sede del improvisado caos en el que se estaba desenvolviendo las vidas de los inesperados amantes.

Un día Clara apareció sin avisar.

—“Vine para que almorcemos juntos.”— dijo ella.

Cecilia estaba escondida detrás de una cortina. Literalmente. Andrés le había hecho señas desesperadas.

—“Estás nervioso.”— dijo Clara, entrecerrando los ojos.

—“No, no… solo que compré un bolígrafo y me parece que la tinta me dio… alergia.”—

—“¿Alergia a la tinta?”—

—“Sí. Rarísimo. Pero ya me pasó antes… hace varios años.”—

Desde atrás de las cortinas, Cecilia estornudó mínimamente, como un gatito.

—“¿Qué fue eso?”— preguntó Clara.

—“Las paredes. En este edificio parecen de papel. Es la vecina.”— dijo Andrés improvisando —“Parece que estornudó.”—

Clara lo miró como si lo estuviera evaluando. Cuando se tiene la conciencia culpable, todo parece una acusación.

Otra tarde, Marcos llamó a Cecilia mientras ella estaba literalmente sentada sobre las piernas de Andrés, que la sostenía rodeando su cintura.

—“¿Dónde estás?”— preguntó Marcos.

—“En gimnasia… empecé en un gym nuevo.”— improvisó ella.

—“¿Qué gym?”— le preguntó el marido.

Cecilia le susurró desesperada a Andrés mientras tapaba el micrófono:

—“¿Qué gimnasio le digo?”—

Andrés trató de acordarse el nombre de un gimnasio que estaba cerca:

—“Puta… ¿cómo era…? Ya sé… ¡MultiSport! Decile MultiSport.”— le susurró urgente.

Ella volvió al celular.

—“Uno que se llama MultiSport. Me lo recomendó una amiga…”— trató de sonar convincente.

—“¿Qué amiga?”— preguntó Marcos.

Desesperada, miró a Andrés y se le ocurrió decir:

—“Andrea… me parece que no la conocés…”—

Andrés ahogó un grito.

Marcos pareció aceptar la respuesta por buena.

El romance siguió creciendo, torpe, ridículo, complicado.

Vivían al filo del peligro. A escondidas, con diálogos imposibles. Con mensajes de whatsapp borrados a full.

Para chatear se encerraban en los baños. Esperaban que sus parejas salieran.

—“Esto es peligroso.”— decía Andrés.

Cecilia aprovechó la mentira la mentira del gym para encontrarse con Andrés dos veces por semana.

—“Vivo estresada. A veces creo que Marcos sospecha.”— decía ella mientras estaba desnuda entre los brazos de Andrés.

—“Me pasa los mismo. Siento que nos van a descubrir.”— dijo él.

—“Si nos descubren… ¿qué pensás hacer?”— le preguntó Cecilia, interesada.

—“De cierta forma, me encantaría. Digo, sería tremenda cagada… pero no tendríamos que fingir. ¿Y vos? ¿ Te vendrías conmigo?” —

—“Sí.”— dijo ella, aliviada.

Una noche se entusiasmaron y terminaron tirados en la alfombra del estudio de Andrés, riéndose sin saber muy bien por qué.

Cecilia dijo:

—“¿Sabés qué es lo peor?”—

—“¿Qué?”—

—“Que me encanta estar acá.”—

Él apoyó su frente en la de ella.

—“A mí también. Pero esto es un lío enorme.”—

—“Gigante.”—

—“Colosal.” —

—“Como Marcos tratando de estacionar.”—

—“Exacto.”—

Ella lo abrazó fuerte, como si él fuera un salvavidas y ella un náufrago voluntario.

—“¿Qué vamos a hacer?”— preguntó.

Él pensó unos segundos.

—“Yo… no tengo la menor idea.”—

—“Yo tampoco.”—

—“Estamos perdidos.”—

—“Sí. Pero estamos juntos.”—

Se miraron.

Y se rieron otra vez.

Porque, en el fondo, el caos era el único lugar donde realmente se sentían vivos.

 

FIN

 



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