🔥 SciFi Thriller - Saga Steve Crettan & Sonja Holten
👁️ La Viuda Imposible
por Rodriac Copen
Colección "Signature Stories" - 2026
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Toda historia merece una oportunidad.
Esta Historia forma parte de la Colección Premium "Signature Stories."
Por eso este primer capítulo es libre.
Lo que ocurra después... dependerá de tu curiosidad.
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Capítulo 1: La Línea Segura
Amagertorv estaba abarrotado de gente, pero esa no era el tipo de multitud que irritaba a Steve Crettan.
Dentro del bullicio, el lugar lucía tranquilo. Sin pantallas gigantes escupiendo publicidad agresiva, ni drones policiales suspendidos sobre las cabezas como moscas metálicas.
El casco antiguo de Copenhague todavía conservaba cierta resistencia elegante contra el futuro. Algunas calles de piedra húmeda, ventanas antiguas, cafeterías estrechas y bicicletas apoyadas en cualquier superficie vertical disponible.
Sonja caminaba unos pasos delante de él, sosteniendo dos bolsas de compras con una felicidad que Steve jamás había asociado al acto de comprar nada. La mujer adoraba el aire libre, y era una amante de la helada brisa de principios de otoño.
Se detuvo frente a una vidriera de porcelanas esmaltadas. Se las enseño a Steve con auténtico entusiasmo:
—“Los daneses tenemos una obsesión patológica con el diseño doméstico”— dijo.
Steve observó un juego de tazas minimalistas, completamente blancas.
—“Parece el equipamiento perfecto para mi consultorio psiquiátrico.”—
—“Son de buen gusto. Eso explica por qué te atraen.”—
Sonja sonrió apenas mientras lo tomaba del brazo. Steve respondió con una inclinación mínima de cabeza. Para cualquiera que no los conociera, podían parecer una pareja cualquiera paseando casualmente. A ellos les bastaba con tener algunos momentos privados. Sin casos, sin persecuciones.
El aire estaba frío, limpio. Se mezclaba con aromas exquisitos provenientes de las mesas llenas de clientes en el exterior. Hacía un frío soportable. El tipo de clima que obliga a la gente a moverse un poco más rápido y a hablar un poco más bajo.
Al doblar hacia la esquina de Læderstræde y Strøget, Steve vio el café antes que ella. Grandes ventanales. Mesas exteriores. Y algunos calefactores suspendidos bajo toldos oscuros.
—“Voy entrando.”— dijo él.
Sonja le tiró apenas de la manga del abrigo.
—“No.”— dijo protestando gentilmente.
Steve la miró.
—“¿No?”—
—“Mira alrededor.”—
Él lo hizo.
Vio familias, algunos turistas. Dos ancianos compartiendo un periódico de papel. Un violinista callejero tocando algo melancólico cerca de la plaza. Mucha gente con ropa de invierno, muy colorida que se desplazaba entre los edificios centenarios. Docenas de bicicletas perfectamente ordenadas junto al cordón y contra las paredes.
Nada parecía hostil. Y eso, precisamente, le generaba cierta desconfianza.
—“El día está demasiado lindo para encerrarse”— dijo Sonja.
—“Hablas como si nuestro trabajo no nos llevara a la intemperie casi siempre.”— dijo Steve, de buen humor.
—“Y tú hablas como alguien que necesita vitamina D.”—
Tomaron una mesa exterior.
Una camarera les dejó dos menús digitales sobre la mesa y desapareció con la típica eficiencia escandinava. Steve se quitó los guantes lentamente mientras observaba el flujo peatonal.
Tenía esa costumbre. La de controlar salidas y vías de escape. Detectar movimientos nerviosos. O identificar gente que caminaba demasiado lento o demasiado rápido.
Sonja lo observó hacerlo.
—“No estamos trabajando.” —
—“Es cierto. Parece que mi sistema nervioso no recibió el memo.”—
Ella pidió café negro y una pieza de smørrebrød caliente. Steve señaló lo mismo. No decidía rápido cuando estaba relajado; le gustaba pensar incluso en las elecciones simples. Sonja agregó al pedido dos porciones de torta.
Durante unos minutos permanecieron en silencio. El violinista cambió de melodía. Una bicicleta pasó demasiado cerca de las mesas y alguien insultó en danés desde la otra esquina.
Steve apoyó los codos sobre la mesa.
—“Llevo mucho tiempo aquí. Pero tu ciudad me sigue pareciendo extraña.”—
—“¿Eso es un insulto?”—
—“No,no. Me agrada. Y mucho.”—
Sonja bebió un sorbo de café.
—“Copenhague da la impresión de ser segura. Ese es su talento.”—
—“¿Acaso no lo es?”—
Ella tardó un instante en responder.
—“Las ciudades nunca son seguras. Solo aprenden a ocultar mejor sus grietas.”—
Steve la observó sobre el borde de la taza. Eso era una de las cosas que le gustaban de ella. Nunca romantizaba nada.
Una mujer cruzó la calle frente al café. Llevaba un abrigo gris oscuro. Su cabello blanco se veía impecable. Caminaba despacio, pero no parecía anciana. Más bien parecía regular el paso.
La camarera volvió para dejar las porciones de torta sobre la mesa. Canela, crema espesa y una capa brillante de frutas oscuras.
Steve no llegó a probar la suya. El teléfono vibró dentro de su abrigo. Sacó el dispositivo sin apuro. La pantalla mostró un nombre que no veía desde hacía años:
Stelle McCollum
Por un instante no respondió, y arrugó las cejas. Sonja lo notó de inmediato.
—“Eso no parece trabajo rutinario.”—
Steve pasó el teléfono a la mano izquierda.
—“No lo es.”—
Aceptó la llamada.
La voz de Stelle lo sumergió de lleno en el pasado. El enlace era inestable. Ella seguía teniendo el mismo tono de voz que recordaba, aunque ahora sonaba algo agitada. Era una científica especializada en anomalías temporales.
—“Steve”— dijo ella.
Sin saludo, algo muy propio de Stelle. Steve apoyó lentamente la espalda contra la silla.
—“Doctora McCollum, que gusto me da escucharte.”—
Sonja levantó apenas la vista hacia él mientras cortaba un trozo de torta. El altavoz estaba lo suficientemente alto como para que ella escuchara la conversación. Stelle dijo en modo confidencial:
—“Steve, necesito saber si esta es una línea segura. ”—
—“Esto suena a una operación, como en los viejos tiempos.”— dijo bromeando.
—“Steve…”—
La manera en que pronunció su nombre hizo que Sonja levantara los ojos, inquisitiva. Tal vez no por celos. Quizá por control.
Steve lo notó y desvió la mirada hacia la calle.
—“Es mi línea personal. Estoy de vacaciones.” —
—“Tuve que tocar algunos contactos para conseguir este número. Eres muy difícil de localizar.”—
—“Es una destreza que aprendes con el puesto.” —
Hubo unos segundos de silencio. Stelle se notaba preocupada.
—“¿Esta es una línea segura?”— volvió a preguntar con insistencia.
Steve conocía bien a esa mujer. Le respondió con honestidad.
—“Es mi teléfono particular. Razonablemente seguro. Pero no completamente.”—
Sonja dejó el tenedor sobre el plato mientras preguntaba:
—“¿Problemas?”—
Steve cubrió apenas el micrófono del teléfono.
—“Una física teórica. Nunca llaman para anunciar buenas noticias.”—
Stelle escuchó de igual modo.
—“¿Hay alguien contigo?”—
Steve miró a Sonja.
—“Sí.”—
Recordó el caso del retrocronológico y la muerte de su compañero Nesko Cleonis. Allí fue cuando se conocieron con Stelle. Cuando necesitó asesoramiento con las líneas de tiempo. Luego… empezaron los cadáveres. El comportamiento, la seriedad de Stelle le hizo recordar todo eso.
Sonja observó el cambio de tensión en el rostro de Steve.
—“¿Conoces a esa mujer desde hace mucho?”— preguntó con tono neutro.
Steve tardó medio segundo más de lo necesario.
—“Sí.”—
Stelle escuchó todo. Saludó:
—“Hola, tú eres Sonja Holten ¿Verdad?”— dijo entonces.
Sonja arqueó una ceja.
—“Sabes quién soy.”—
—“He leído los expedientes de Steve. Allí figuras como contacto prioritario.”—
Steve soltó aire lentamente. Sonja preguntó:
—“¿Expediente? ¿Eres una agente?” —
—“Era. Ya no trabajo allí. Y necesito ayuda de un colega de confianza. Con Steve fuimos compañeros. Tuve que mover contactos para localizarlo.”— dijo Stelle.
La calle continuaba tranquila alrededor de ellos. Una niña reía junto a una bicicleta roja. Un camarero acomodaba mesas. El mundo insistía en parecer normal.
Steve nunca hablaba demasiado con Sonja de sus antiguos casos. Pero evitaba tocar algunos temas no por profesionalismo. Eso era la excusa oficial.
La verdad era más simple e inquietante: Steve tenía un grado de autorización más alto que Sonja. Y en Seguridad Nacional se manejaban una gran cantidad de casos estrictamente confidenciales. Muertos. Desaparecidos. O casos inquietantes convertidos en algo psicológicamente incompatible para ser incorporados a una conversación normal.
Sonja había aprendido a reconocer cuándo no insistir. Y conocía las motivaciones de Steve. Los agentes de campo que tenían restringida la autorización para conocer esos casos, sabían que algunos de ellos les impedirían dormir con tranquilidad.
Stelle había sido compañera del detective algunos años atrás, y era extremadamente confiable, al punto que el detective había puesto la vida en sus manos en más de una ocasión.
El timbre de su voz mostraba urgencia, inquietud. Steve le ofreció:
—“Ve mañana mismo a mi oficina, en el edificio de Seguridad Nacional. Allí podremos hablar tranquilos. Incluso Sonja podrá aportar su opinión profesional. Si leíste mi expediente, sabrás que es excelente para eso.”—
Después de un instante en que se le notaba inquieta e insegura, la doctora en física tomó una decisión. Dijo:
— “Steve, necesito un consejo de alguien de confianza. Necesito verte. Pero a ti. Solo a ti. No puedo tratar esto por teléfono.”—
Steve odiaba cuando el horror se escondía dentro de escenas cotidianas. Era cuando más daño hacía.
—“¿Puedes hablar claro, Stelle?”—
Todo indicaba que la mujer tenía serias dudas. Y esas dudas inquietaron a Steve más que cualquier alarma. Stelle simplemente soltó una frase:
—“Tu compañera no tiene el grado de autorización requerido para escuchar esto.”—
Finalmente acordaron encontrarse a la mañana siguiente en el centro de Conpenhage, en un café, para charlar sobre el tema.
Aquella noche, mientras regresaban a casa caminando por Christianshavn después de una cena tardía, notó una de esas pausas típicas de Sonja.
Después de unos momentos la mujer habló otra vez.
—“Nunca me contaste sobre Stelle McCollum.” —
Steve sintió una pequeña incomodidad detrás de la pregunta. No era paranoia. Sonja rara vez preguntaba algo al azar.
—“En un caso retrocronológico.”— respondió él.
—“Ah.” — eso explicaba muchas cosas.
La palabra tenía un peso desagradable dentro del lenguaje operativo de Seguridad Nacional. Sonaba limpio y técnico. Pero la realidad era algo más desafiante.
Retrocronológico significaba asesinatos cuidadosamente ubicados dentro de las líneas temporales.
En la época de Steve y Sonja la humanidad ya sabía con certeza que en algún punto del futuro se dominarían completamente los desplazamientos temporales.
Nadie sabía exactamente cuándo empezaría esa tecnología. Ni quién la desarrollaría primero. Solo sabían que eventualmente aparecería en la historia futura de la humanidad.
Sonja asintió lentamente. Solo los agentes de más alto nivel conocían todos los detalles. El resto, solo tenían conocimientos parciales.
Era un tema estrictamente confidencial. La población no sabía nada al respecto y la mayoría de los que sí, no tenían todos los detalles. Pero esos detalles eran lo suficientemente perturbadores como para alterar la psicología colectiva del planeta si se dieran a conocer.
Era por eso que algunos agentes como Steve, tenían permiso completo e irrestricto para exterminar. De hecho, los retrocronológicos habían obligado al Gobierno Unificado de la Tierra a crear el Departamento de Seguridad Nacional.
Steve siguió hablando mientras cuidaba cada palabra que decía.
—“Cuando descubrimos a los retrocronológicos, también descubrimos otra cosa: el futuro está lleno de hijos de puta con dinero.”—
Eso hizo sonreír apenas a Sonja.
—“Eso sí parece una constante histórica estable.”—
—“Mucho más estable que el espacio-tiempo.”—
Steve aspiró lentamente el aire nocturno.
—“Los retrocronológicos rara vez vienen por grandes razones filosóficas. La mayoría son contratos privados. Empresarios eliminando competencia antes de que exista. Cónyuges ricos mandando matar parejas incómodas. Gente apostando resultados deportivos. Manipulación bursátil. Herencias.”—
Sonja lo observó.
—“Pequeñas miserias humanas usando tecnología imposible.”—
—“Exactamente.” —
El aire trajo la humedad fría del canal.
—“En el futuro la humanidad conquistó el tiempo y lo primero que hace es usarlo para fraudes financieros y homicidios domésticos.”—
—“Muy decepcionante para la ciencia ficción.”—
—“Pero muy coherente para la especie humana.”—
Durante algunos segundos solo se oyó el ruido distante de bicicletas y motores eléctricos flotando sobre el agua.
Después Sonja preguntó:
—“¿Y los agentes de alto nivel de Seguridad Nacional… como tú?”—
Steve levantó apenas la vista hacia la patrulla lejana.
—“La orden es exterminarlos.”—
La frase salió seca y profesional.
—“¿Siempre?”—
Steve tardó en responder. Eso bastó como respuesta preliminar.
—“La orden oficial “— dijo finalmente —“es no dejarlos escapar con vida. Pero tenemos lo que el gobierno llama potestad de juicio y criterio.”—
Sonja permaneció inmóvil. No estaba horrorizada, solo pensaba.
—“Porque si vuelven al futuro…”—
—“Pueden corregir nuevamente la línea temporal. Borrar pruebas. Alterar testigos. Cambiar identidades. A veces incluso modificar parcialmente registros históricos.”—
Sonja cruzó lentamente los brazos.
—“Eso debe destruir psicológicamente a muchos agentes.”—
Steve soltó una pequeña risa sin humor.
—“Como psiquiatra, tú tienes pacientes con ansiedad. Nosotros tenemos agentes que ya no confían completamente en sus propios recuerdos. O recuerdos que torturan sin darte respiro.”—
Ella lo miró entonces con una atención distinta, más personal.
—“¿Te ocurrió?”—
Steve observó la ciudad antes de responder.
—“A veces despierto recordando a Nesko Cleonis, mi antiguo compañero.” —
—“¿Qué le pasó?”—
—“Le volé la tapa de los sesos.”—
El viento frío atravesó el puente.
Fin capítulo 1.
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Ya cruzaste la primera puerta.
Lo que sigue... no está destinado a todos.
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