lunes, 10 de julio de 2023

Historia: "La Última Vida de Elena Marlowe ( SciFi Noir )"

 


🎯 SciFi Noir

 

👁️ La Última Vida de Elena Marlowe

por Rodriac Copen

 

La ciudad de Santa Isabel no había muerto. Quizá eso habría sido más sencillo.

Las ciudades muertas tienen la decencia de quedarse quietas. Santa Isabel, en cambio, seguía funcionando como una máquina vieja que nadie se atrevía a apagar. 

Sus avenidas estaban cubiertas por una lluvia permanente de origen industrial que los meteorólogos llamaban alteración climática controlada.

Los habitantes la llamaban simplemente lluvia sucia. En algún momento la humanidad había aprendido a modificar el clima, pero olvidó algo más importante: cómo mejorar la vida.

Los edificios más altos tocaban las nubes artificiales mientras las calles inferiores sobrevivían entre cables expuestos, anuncios luminosos y viejas estructuras que parecían esqueletos de una época más optimista.

En Santa Isabel todo tenía una versión mejorada: los teléfonos, los vehículos, los cuerpos.

Todo… excepto las personas.

Los habitantes caminaban con la mirada perdida, arrastrando una fatiga que ninguna medicina lograba curar. Habían conquistado la inteligencia artificial, la ingeniería genética y los viajes orbitales, pero seguían despertándose cada mañana con la misma pregunta: "¿Esto es todo?"

Como toda megalópolis de la Tierra, la ciudad casi no tenía pobreza. Pero tenía algo peor: resignación.

Fue en ese momento cuando apareció una empresa emblemática: Cortex Dinamics.

La empresa prometía algo que ninguna religión, filosofía o gobierno había conseguido ofrecer durante siglos: disfrutar de otra vida.

Y no era una metáfora. Ni una promesa para después de la muerte. Ofrecía una experiencia de vida real.

Al menos lo suficientemente real para que la mente dejara de preocuparse por la diferencia.

Sus instalaciones ocupaban una torre de cristal negro en el centro financiero de Santa Isabel. El edificio era tan elegante que parecía construido para recordarle al resto del mundo que la miseria también podía verse desde arriba.

El lema de Cortex aparecía en miles de pantallas: "Usted no está limitado por quien es. Experimente quién podría ser."

Realmente era una frase hermosa. Pero las mejores trampas siempre lo son.

El sistema que ofrecía era simple: el cliente elegía una experiencia.

En un inmenso catálogo de posibilidades, cualquiera que pagara podía convertirse en piloto espacial, detective privado, explorador de mundos desconocidos, músico famoso, soldado de élite o cualquier otra fantasía disponible en el inmenso catálogo.

Una vez firmado el contrato, llegaba el procedimiento. La persona ingresaba en una cápsula médica y su mente era transferida temporalmente a un androide diseñado para vivir esa experiencia.

El cuerpo original permanecía en un estado de coma inducido, conectado a sistemas de soporte mientras la conciencia vivía una existencia alternativa a la vida real del cliente.

Unas horas podían convertirse en semanas, un mes podía sentirse como una década. La realidad era una cuestión de simple perspectiva.

Y Cortex Dinamics había descubierto que la perspectiva de un mundo insatisfactorio, era un producto muy rentable.

Los ejecutivos de la compañía insistían en llamarlo "turismo experiencial".

Nunca usaban la palabra "escape", ni "huida". Porque las palabras negativas eran malas para las acciones en la bolsa.

En Santa Isabel incluso la desesperación tenía un departamento de marketing adiestrado. Los anuncios mostraban personas sonrientes que despertaban satisfechas después de haber vivido sus experiencias.

"Regresé renovado.",  "Descubrí mi verdadero potencial.", "Pude ser alguien diferente."

Pero nadie preguntaba qué ocurría cuando alguien regresaba y descubría que la vida falsa que había elegido había sido mejor que la verdadera.

Porque esa era la pregunta que nadie quería formular: ¿Y si el sueño era más humano que la realidad?

En los barrios bajos de Santa Isabel, donde los androides antiguos terminaban reparando tuberías o cargando mercancías, la gente miraba las luces de la torre Cortex como si observara una estrella demasiado lejana.

Algunos soñaban con escapar. Otros ya lo habían hecho.

Y unos pocos comenzaban a preguntarse si todavía quedaba alguien dentro de esos cuerpos artificiales que regresaban caminando por las calles.

Porque en una ciudad donde todos querían ser otra persona... nadie estaba completamente seguro de quién quedaba cuando la máscara finalmente se quitaba.

Aidan Volk comenzó su día como comenzaban todos sus días desde hacía varios años: con una taza de café amargo, una oficina demasiado pequeña y la sensación incómoda de que el mundo había avanzado demasiado rápido para dejarlo atrás.

Su despacho estaba en el piso doce de un edificio que había sido moderno hacía cuarenta años antes. Ahora era solamente caro.

La lluvia golpeaba los ventanales mientras las luces de Santa Isabel se encendían incluso durante la mañana. La ciudad ya no esperaba la noche para mostrar sus miserias. Había aprendido que la decadencia también podía funcionar en horario laboral.

Volk observó los informes pendientes sobre su escritorio: fraudes de identidad, robos de memorias digitales, divorcios entre personas y sus propias copias artificiales.

Casos que antes habrían parecido imposibles de aceptar, pero que ahora eran otra forma de pagar el alquiler.

La humanidad había conseguido resolver muchos problemas, pero lamentablemente, había creado otros mejores.

A eso de las diez de la mañana, alguien llamó a la puerta.

Volk levantó la mirada.

—“Adelante.” —

El hombre que entró parecía haber envejecido demasiado rápido. Dijo llamarse  Nataniel Samuels.

Vestía un traje caro, pero arrugado. Como si hubiera pasado la noche peleando contra una máquina expendedora de malas noticias y hubiera perdido. Se sentó frente al escritorio.

No dijo nada durante unos segundos. Por algún motivo sin explicación, muchos clientes hacían eso. Tal vez esperaban que el silencio cobrara menos que las palabras.

—“Necesito encontrar a mi esposa.”— dijo finalmente.

Aidan Volk encendió un cigarrillo. En Santa Isabel todavía había lugares donde fumar era ilegal. Su oficina era uno de ellos. Pero también era uno de esos lugares donde las leyes llegaban después que los problemas.

—“¿Hace cuánto desapareció?” —

Samuels tragó saliva antes de contestar.

—“Tres semanas.” —

Volk tomó una libreta. “Otro caso de cuernos” pensó mientras preguntaba:

—“¿Ya habló con la Policía?” —

El hombre soltó una risa seca. No era precisamente una risa divertida. Más bien era una risa que había perdido la esperanza y ahora solamente cumplía una función biológica.

—“La policía dice que no hay delito.” —

—“¿Y por qué no?” —

Samuels miró hacia la ventana inquieto.

Allá afuera, millones de personas caminaban bajo la lluvia, fingiendo que sus vidas tenían algún tipo de dirección.

—“Porque técnicamente mi esposa no desapareció.”—

Volk dejó de escribir para prestar atención.

—“Explíqueme, por favor.” —

El hombre colocó un pequeño dispositivo sobre el escritorio. El logotipo apareció en la pantalla.

CORTEX DINAMICS.

Volk suspiró. Últimamente veía ese símbolo demasiado seguido. Y le resultaba curioso. Antes las personas temían a las grandes corporaciones porque podían controlar sus vidas.

Ahora las admiraban porque podían permitirles escapar de ellas.

—“Mi esposa se llama Elena Marlowe, contrató un programa de experiencia avanzada.”— explicó Samuels —“Por treinta días.”—

—“¿Qué experiencia?”—

El hombre dudó. Por un segundo. Ese pequeño instante dijo más que cualquier respuesta.

—“Quería ser prostituta en Nueva Babilonia.”—

Volk conocía el nombre. Todo el mundo lo conocía. Nueva Babilonia era uno de los destinos virtuales más exclusivos de Cortex Dinamics.

Un lugar diseñado para quienes tenían demasiado dinero y muy pocas emociones verdaderas. Allí los clientes podían experimentar una vida sin límites.

Podían ser criminales, espías, reyes decadentes. O simplemente personas que querían hacer cosas que nunca se atreverían a hacer en el mundo real.

Una experiencia completa, sin consecuencias. Sin culpa. Y sin recuerdos incómodos al día siguiente.

La versión moderna del pecado, pero con servicio técnico incluido.

—“¿Qué tipo de prostituta?”—

Samuels bajó la mirada.

—“Una acompañante de lujo.”—

Volk guardó silencio antes de responder. Había aprendido que algunos detalles no necesitaban comentarios inapropiados. La gente siempre encontraba formas nuevas de comprar soledad.

—“¿Fue su propia idea?”—

—“Sí.” —

La respuesta fue inmediata, sin dudarlo ni un momento. Volk lo notó.

Los maridos mentían mejor cuando hablaban de dinero. Cuando hablaban de amor, siempre dejaban alguna grieta.

—“Cuénteme ¿Qué ocurrió?” —

Samuels apretó los puños.

—“El contrato terminó hace tres semanas.” —

—“¿Y el androide?” —

—“Nunca regresó.” —

La lluvia golpeó más fuerte contra el cristal. O quizás solo fue la ciudad intentando escuchar.

El detective dijo con cuidado:

—“¿Sabe? Hay veces que… su esposa quizá quiere prolongar un poco más esas vacaciones…”—

El hombre no pareció ofenderse. Simplemente respondió:

—“Lo tengo en cuenta. Pero estoy preocupado.”—

Aidan Volk asintió con la cabeza. Y siguió preguntando. Según Cortex Dinamics, había ocurrido un error técnico. Una falla imprevista. O un problema de sincronización.

Una de esas palabras elegantes que las empresas utilizaban cuando querían decir:

"Algo salió mal y preferimos que no haga demasiadas preguntas."

—“Ellos dicen que están investigando.”— continuó Samuels.

Aidan sonrió levemente.

—“Cuando una empresa dice eso, normalmente significa que está investigando cuánto tiempo necesita para que la gente deje de preguntar.” —

El hombre levantó la vista.

—“Creo que puede haber muerto.” —

La frase quedó flotando en la oficina. Volk había escuchado muchas acusaciones durante su carrera. Pero aquella le sonaba diferente. Porque no hablaba de una desaparición. El hombre lo decía con un fatalismo certero.

—“¿Por qué cree eso?” —

Samuels miró el dispositivo de Cortex sobre el escritorio.

—“Porque Elena odiaba esa experiencia.” —

Volk frunció el ceño.

—“Entonces, ¿por qué la contrató?” —

El esposo tardó un instante en responder.

Afuera, Santa Isabel seguía funcionando. Miles de personas entrando en sus trabajos. Miles de personas soñando con dejar de ser quienes eran.

—“Porque me dijo que quería saber cómo se sentía ser otra persona.” —

Hizo una pausa.

—“Y tal vez descubrió algo que no debía descubrir.”—

Volk apagó el cigarrillo. El gesto le servía para pensar unos segundos. Había escuchado esa frase muchas veces.

En su profesión, casi siempre significaba que alguien había encontrado una verdad demasiado cara para conservar. Pero en este caso en particular, lo más seguro era que la mujer estaba disfrutando de su aventura más de lo que iba a admitir delante de su marido.

Miró nuevamente el logotipo de Cortex Dinamics. Una empresa que vendía vidas alternativas. Una ciudad que compraba olvidos. Y ahora una mujer perdida en medio de una fantasía.

Volk tomó su abrigo mientras respondía:

—“Voy a investigar.” —

Samuels pareció aliviado.

Pero el detective sabía que la tranquilidad era un lujo temporal. En Santa Isabel nadie encontraba respuestas fáciles. Solo encontraba preguntas más caras.

La primera visita de Aidan Volk a Cortex Dinamics terminó como terminaban casi todas las conversaciones con grandes corporaciones: con una sonrisa profesional y ninguna respuesta útil.

La torre de cristal negro parecía diseñada para que cualquiera que entrara se sintiera pequeño. Y funcionaba.

Los edificios modernos habían descubierto algo importante: no necesitaban tener guardias armados si podían intimidar con arquitectura.

Una recepcionista de rostro perfecto lo recibió con una falsa cortesía programada.

—“Lamento informarle que el caso de la señora Marlowe está siendo analizado por nuestro departamento técnico.”—

—“¿Y dónde está ese departamento?”—

La mujer sonrió al responder.

—“Es un departamento con acceso solo a personal autorizado.” —

Volk la miró durante unos segundos. Había conocido delincuentes con más honestidad que esa.

Al menos los ladrones tenían la cortesía de admitir que querían robarte.

Las corporaciones preferían hacerlo mientras te explicaban que estaban mejorando tu experiencia.

Cuando salió de Cortex, la lluvia había vuelto.

En Santa Isabel siempre llovía cuando alguien descubría algo desagradable. Tal vez era casualidad, suerte o que la ciudad también tenía sentido del humor.

Volk decidió vagar sin rumbo fijo durante varias horas recorriendo Nueva Babilonia.

El distrito donde los ricos pagaban para olvidar quiénes eran. Allí las calles brillaban con luces de neón reflejadas en charcos oscuros. Los anuncios prometían emociones prohibidas, aventuras imposibles y experiencias que podían adquirirse con tarjeta de crédito.

La humanidad había pasado siglos buscando el sentido de la existencia.

Finalmente había encontrado una solución: alquilar otra.

Los bares de Nueva Babilonia eran lugares extraños. Por fuera parecían templos del futuro. Por dentro eran exactamente como todos los bares del pasado. Gente cansada, con historias rotas. Personas intentando ahogar pensamientos que sabían nadar demasiado bien.

Volk entró a uno llamado El Paraíso Perdido, un local donde los antiguos clientes de Cortex solían reunirse. Algunos habían regresado demasiado pronto. Otros nunca habían regresado del todo.

Se sentó en la barra y pidió un whisky. El camarero lo observó como reconociendo su profesión en base a su experiencia.

—“¿Problemas?” —

—“No. Solo trabajo.”—

El hombre soltó una sonrisa mientras le servía.

—“En esta ciudad es lo mismo.”—

Aidan no respondió.  Porque sabía que era cierto. Pasaron dos horas hasta que alguien respondió al nombre de Elena Marlowe.

Fue un vejete llamado Bruno Kass.

Un antiguo programador de experiencias virtuales que ahora dedicaba su tiempo a beber y recordar épocas en las que todavía tenía futuro.

Una combinación bastante común en Santa Isabel.

—“Así que Cortex dice que fue un error técnico.”— dijo Bruno, mientras agitaba su vaso vacío.

—“¿Y tú qué dices?”—

El viejo sonrió.

—“Que las máquinas fallan. O las hacen fallar.”—

Volk encendió un cigarrillo.

—“Necesito encontrar al androide de Elena.”—

Bruno miró alrededor, como si incluso las paredes pudieran vender información.

—“Hay un lugar. En donde se deshacen de los androides. Yo empezaría por allí.”—

—“¿Dónde?”—

—“En la zona industrial vieja.”—

Volk frunció el ceño.

—“Allí van recicladores.”—

El viejo bebió un sorbo al responder:

—“Exacto. Por eso no perdería tiempo.”—

La zona industrial parecía una fotografía antigua de un futuro que nunca llegó a concretarse. Fábricas abandonadas, torres eléctricas oxidadas. Algunos robots viejos caminando sin propósito entre montañas de tecnología descartada.

Era curioso.

Los humanos tiraban máquinas cuando dejaban de ser útiles. Las máquinas, en cambio, seguían intentando funcionar. Quizás por eso eran más humanas de lo que admitíamos.

Volk encontró la mujer androide cerca de un viejo depósito de residuos electrónicos. Estaba sentada contra una pared. Quieta. No tenía energía en su batería.

A primera vista parecía una carcasa abandonada. Pero algo llamó su atención. La unidad todavía tenía el identificador de Cortex Dinamics:

Modelo: Experiencia Personal Avanzada.

Registro Personal: Elena Marlowe.

Volk sintió un peso en el pecho. No era que lo había tomado por sorpresa.

Era algo peor. La confirmación de lo que pensaba.

Cargó al androide en su vehículo y condujo hasta el taller de su viejo conocido, Samuel Kline. Kline era un ingeniero que había trabajado veinte años reparando inteligencia artificial corporativa.

Ahora arreglaba cualquier cosa que tuviera cables mientras hubiera alguien desesperado y dispuesto a pagar por la reparación.

En Santa Isabel había poca diferencia entre un técnico y un médico.

Ambos intentaban mantener funcionando cosas que ya deberían haber muerto.

—“No me gusta esto.”— dijo Kline después de desvestirla completamente y darle una primera mirada a la unidad.

Volk observaba desde atrás.

—“¿Qué encontraste?” —

El ingeniero no respondió de inmediato. Estaba concentrado revisando los sistemas internos. Luego pasó a los circuitos, los registros y a la memoria artificial.

Con el panorama completo, finalmente negó con la cabeza.

—“Nada.”—

—“¿No encontraste nada?”—

—“Eso es lo raro. Nada.”—

Kline señaló el cuerpo artificial.

—“Esta muñeca está intacta. Si hubiera sido robada… estaría desmantelada y los datos habrían sido extraídos y borrados para  reaprovecharlos.”—

Volk se acercó.

—“Entonces Cortex mintió. No fue un fallo técnico.”—

—“Probablemente.”—

—“¿Y entonces…?”— Aidan dejó la pregunta sin terminar.

El ingeniero levantó la mirada. Y por primera vez pareció realmente preocupado.

—“Aidan... esta mujer androide no fue violentada.” —

—“¿Y qué ocurrió?”—

Kline miró la máquina vacía. Era un cuerpo perfecto. La típica prisión sin prisionero.

—“Pienso que alguien le sacó la mente para trasladarla a otro modelo.”—

El silencio llenó el taller. Afuera, la lluvia golpeaba los viejos carteles oxidados de la fábrica. Se habían tomado un buen trabajo. Si alguien quería desaparecer, simplemente cambiaba el número de serie del androide y algunos códigos internos de la memoria.

Pero una transferencia de mente era algo mucho más elaborado que una simple desaparición.

—“¿Quieres decir que alguien transfirió la mente de Elena?”—

Kline asintió.

—“Sí. Creo que así fue.”—

Volk miró el rostro artificial de Elena Marlowe. Era extraño. Una persona se había tomado mucho trabajo para desaparecer y dejar atrás el androide original.

Hasta ese momento, él siempre había pensado que lo importante era encontrar el cuerpo. Ahora empezaba a sospechar que quizás era el inicio de algo más intrigante.

—“¿Y dónde puede estar ahora?”—

Kline apagó la pantalla.

—“Bueno… esa es la parte que no me gusta.”—

—“¿A qué te refieres?”—

El ingeniero lo miró.

—“No cualquiera puede extraer una mente de un cuerpo artificial... para ponerla en otro.”—

Volk observó la lluvia detrás del cristal del taller. Santa Isabel seguía brillando. Miles de personas soñando con ser alguien diferente. 

Y en algún lugar de la ciudad, quizás Elena Marlowe seguía viviendo.

Solo que ya nadie sabía bajo que personalidad.

Aidan Volk le ordenó a Kline que copiara todos los datos disponibles en la memoria de la unidad para ser revisados. Luego llevó a la mujer androide de regreso a Cortex Dinamics al día siguiente. No porque confiara en ellos. En su profesión, confiar era una forma elegante de cometer errores.

 

Lo hizo porque necesitaba ver sus reacciones. Y las reacciones eran una de las pocas cosas que todavía no podían falsificarse completamente. Aunque las corporaciones llevaban años intentándolo.

La recepción de Cortex seguía igual que la primera vez: cristal negro, luces blancas y empleados con sonrisas perfectamente calibradas. Todo ordenado, limpio y mecanizado cuidadosamente.

 

El encargado de recibirlo fue un hombre llamado Víctor Hale, representante del área legal de la compañía. Al detective le dio la impresión de tener un rostro diseñado específicamente para no ser recordado.

 

—“Detective Volk.”— dijo amable—“Agradecemos que haya localizado la unidad.”—

 

—“En realidad no la localicé.”—

 

Hale levantó una ceja al preguntar:

 

—“¿Perdón?”—

 

—“La encontré abandonada en medio de una investigación.”—

 

Un pequeño detalle. En su profesión, había aprendido que en los detalles suele esconderse la verdad. El ejecutivo observó atentamente al androide, mientras su expresión mostraba un cambio apenas perceptible.

 

Para otra persona, quizá habría sido imperceptible. Pero para un detective, era casi una confirmación de sus sospechas.

 

—“Bueno, como sea… la unidad ha regresado.”— dijo finalmente.

 

—“Así es.”—

 

—“Eso es positivo.”—

 

Volk lo miró mientras preguntaba.

 

—“¿Positivo? ¿Por qué lo dice?”—

 

—“Pues… significa que recuperamos el soporte físico.”—

 

El detective sostuvo su mirada.

 

—“Pero no recuperaron a Elena. La memoria de la unidad está vacía.”—

 

Un silencio incómodo se hizo de inmediato. El tipo de silencio que aparece cuando una empresa descubre que el discurso preparado no sirve frente a alguien que está un par de pasos adelante.

 

—“El cuerpo androide volvió.”— respondió Hale con cuidado —“Pero la mente de la cliente no.”—

 

—“¿Y hay algún plan de respaldo?”—


—“La transferencia de conciencia no es un proceso simple. No podemos simplemente... revivir a la señora Marlowe así como así. Tenemos un proceso de emergencia para estos casos.”—

 

—“¿Pero…? Hay un pero… ¿verdad?”—

 

Hale suspiró.

 

—“Claro. El “pero” es que el proceso requiere tiempo. Y costos adicionales.”—

 

Ahí estaba. La frase que siempre aparecía. Incluso cuando alguien perdía un ser querido, siempre había una factura esperando en la puerta. La humanidad había conseguido convertir la eternidad en un servicio premium.

 

Volk regresó al taller de Samuel Kline esa misma noche. El ingeniero lo había llamado con urgencia, y algo en su voz no sonaba bien.

 

Los hombres que reparaban máquinas podían mantener la calma frente a un motor destruido, pero cuando encontraban algo que no entendían... y que implicaba una vida humana, recordaban que también podían fallar.

 

—“Encontré algo.”— dijo Kline apenas Volk entró al laboratorio.

 

El ambiente estaba semi oscuro, solo las pantallas iluminaban el lugar.

Las computadoras analizaban las memorias del androide de Elena.

 

—“¿Qué encontraste?”—

 

Kline no respondió inmediatamente. Abrió una pantalla para mostrarle un video de un recuerdo grabado.

 

Se podía ver una habitación pequeña, paredes viejas y descascaradas. Era un ambiente completamente distinto al que Nataniel Samuels le había descrito al detective.

 

—“Esto estaba en la memoria de la androide.”—

 

Volk observó las imágenes.

 

—“¿Un recuerdo de Elena?”—

 

—“Eso parece.”—

 

—“Imposible.” —

 

Kline preguntó lentamente.

 

—“¿Por qué lo dices?”—

Según Nataniel Samuels, Elena Marlowe había nacido en una familia acomodada. Había estudiado en buenos colegios. Había tenido una infancia tranquila y ordenada.

 

La clase de historia que las personas cuentan cuando quieren demostrar que les fue bien en la vida. Pero los recuerdos almacenados en la memoria de la androide mostraban otra cosa.

 

Una niña en un barrio pobre, una casa pequeña. Un padre consumido por el alcohol. Una niñez violenta, con gritos, miedo. Un adulto abusando de ella. Una infancia construida entre paredes que parecían más una prisión que un hogar.

 

Volk observó las imágenes sin hablar, porque había aprendido que los recuerdos eran peligrosos. Una mentira puede ser creada para despistar. Pero una memoria reprimida necesita un motivo para ser ocultada. Y Elena había tenido un motivo poderoso.

Kline le siguió mostrando los archivos recuperados.

 

—“Hay más fragmentos de recuerdos.” —

 

Apareció otro rostro. Era el de un hombre joven, de mirada dura. Una sonrisa simplona, que le hacía parecer muy seguro de sí mismo.

 

—“Se llama Gabriel.”— dijo el ingeniero.

 

Volk se acercó a la pantalla.

 

—“¿Quién es?”—

 

—“No lo sé. Pero está claro que con Elena eran muy cercanos.”—

 

Aparecía constantemente, en recuerdos antiguos. En escenas privadas de sexo. Por momentos parecían formar parte de una vida completamente diferente.

 

Una vida que Elena Marlowe, según su esposo, jamás había tenido. Pero los registros de memoria mostraban a Gabriel junto a ella en múltiples situaciones íntimas.

 

Parecía existir una relación mutua de dependencia, de intercambio y de poder. No era una historia romántica. Era una historia bastante bizarra.

 

Luego llegaron los recuerdos más oscuros. Elena manteniendo sexo con múltiples amantes. Orgías. Y escenas confusas con personas heridas en lugares desconocidos.

 

Momentos en donde la figura de Elena Marlowe parecía estar relacionada con actos violentos.

 

Volk observaba la pantalla atentamente. No buscaba juzgar, había aprendido que la verdad casi nunca aparece vestida de blanco o negro. Normalmente llegaba cubierta de barro.

 

—“¿Crees que ella hizo esto?”— preguntó.

 

Kline afirmó categórico.

 

—“Son sus recuerdos, de eso no hay duda.”—

 

—“¿Por qué inventar una historia completamente diferente?”—

 

El ingeniero miró el androide.

 

—“Porque en algún momento Elena puede haber cambiado de rumbo su vida. Un esposo que le dé seguridad. Dinero. Un cambio radical de vida.”—

 

—“Tiene sentido. Su esposo nunca se involucraría con alguien que tiene un pasado así.”—

 

Permanecieron en silencio mientras miraban los videos. Una mujer desaparecida, un cuerpo vacío y recuerdos que parecían imposibles.

 

Y una identidad que formada por varias vidas diferentes. La pregunta ya no era dónde estaba Elena, sino ¿Quién era Elena realmente?

A pedido del detective, Kline extrajo dos imágenes. La primera era el rostro de Gabriel. La segunda era una fotografía del androide de Elena.

Las colocó una junto a otra.

 

—“Necesitamos saber quién es él.”—

 

Volk tomó las imágenes y salió del laboratorio para seguir investigando.

 

Afuera, la ciudad de Santa Isabel continuaba bajo la lluvia. Era la ciudad de las mil máscaras. La ciudad donde todos podían convertirse en alguien diferente.

 

Quizás ese era el verdadero negocio de Cortex Dinamics: no vender otras vidas. Vender la posibilidad de olvidar la propia.

 

Volk guardó las fotografías en su abrigo. Había empezado buscando a una mujer desaparecida. Ahora empezaba a sospechar que quizás estaba buscando a alguien que nunca había existido.

 

Samuel Kline continuó trabajando con los recuerdos de la androide, mientras Volk abandona el taller para seguir investigando.

 

Por la mañana, Santa Isabel estaba cubierta de esa luz gris que nunca terminaba de convertirse en día. Una ciudad atrapada entre la noche y la mañana, como sus habitantes.

 

El detective tomó su vehículo y condujo hacia Nueva Babilonia, el distrito donde los sueños tenían precio. Y donde las pesadillas eran gratuitas.

El distrito no había cambiado desde su última visita. Los carteles luminosos seguían ofreciendo placeres imposibles. Los bares seguían llenos de personas intentando olvidar cosas que probablemente eran desagradables y merecían olvidarse.

 

La diferencia entre un bar y una iglesia, pensó Volk, era que en los bares nadie fingía que sabía la respuesta. Entró en varios locales para hablar con camareros, jugadores y traficantes. Y antiguos clientes de Cortex.

 

La gente de la zona vivía en las zonas donde la ley llegaba tarde y la necesidad llegaba primero.  En los barrios elegantes de Santa Isabel, muchos escondían secretos detrás de puertas blindadas.

 

El nombre de Gabriel apareció varias veces en las conversaciones. Pero nunca acompañado de buenas noticias.

 

—“Gabriel ahora no está disponible para entrevistas.”— le dijo alegremente un viejo apostador.

 

Volk levantó  las cejas mientras preguntaba:

 

—“¿Por qué?”—

 

El hombre bebió un trago y luego se secó los labios con el dorso de la mano.

 

—“Porque está muerto.”—

 

No era la primera vez que alguien le daba una información importante con la misma tranquilidad con la que pedía una ronda más.

 

—“¿Cuándo murió?”—

 

—“Hace un par de semanas.”—

 

—“¿Cómo?”—

 

El hombre sonrió.

 

—“En Nueva Babilonia hay muchas formas de morir.”— hizo una pausa —“Pero en su caso, fue una intoxicación masiva de plomo.”—

 

—“¿Sabes por qué?”—

 

—“Supongo que por molestar a la gente equivocada.”— dijo el vejete mientras hacía un brindis.

 

Gabriel había sido un delincuente conocido en las calles. Traficante de drogas sintéticas, vendía felicidad en pequeñas dosis y cobraba intereses cuando la gente quería dejar de comprar.

 

Lo habían eliminado en un atentado en una calle vacía.

 

Y el mensaje era claro: empezaba a hacerse importante. En Santa Isabel incluso los asesinatos tenían un departamento de comunicación.

 

Pero había un detalle que llamó la atención de Volk: todos hablaban de Elena. Pero no de la esposa de Nataniel Samuels. Era otra Elena.

 

La mujer de la fotografía del androide. Era la última mujer que había compartido las noches con Gabriel.

 

—¿La conociste? —le preguntó Volk a un viejo encargado de un bar.

 

El hombre miró la imagen, y respondió sin dudar:

 

—“Claro.”—

 

—“¿Quién era?”—

 

El hombre soltó una carcajada.

 

—“La prostituta favorita de Gabriel.” —

 

Volk observó la foto.

 

—“¿Era buena en eso?”—

 

El camarero limpió un vaso.

 

—“Se acostaba con cualquiera que tuviera dinero para pagarle. Sí. Era exitosa.”—

 

Y en esa ciudad, a veces era la única profesión que importaba.

 

—“¿Y sabes dónde está?”—

 

—“Desapareció cuando mataron a Gabriel. Supongo que la liquidaron.”—

 

Volk siguió buscando. Encontró a otras prostitutas que habían trabajado en Nueva Babilonia. Algunas todavía ejercían. Otras habían dejado ese ambiente. Todas le dijeron que Nueva Babilonia no era apta para hacer planes a largo plazo.

 

Muchas reconocieron la fotografía de la androide de Elena. Las respuestas de las chicas variaban, pero todas tenían algo en común: Elena no era una mujer obligada.

 

No era una víctima atrapada en una fantasía creada por Cortex. Era algo mucho más incómodo: había elegido ser prostituta.

 

—“Le gustaba ese mundo.”— dijo una de ellas.

 

Volk no respondió para dejarla continuar.

 

—“Le gustaba el sexo promiscuo. El dinero. Y el poder.”—

 

—“¿Poder?”—

 

—“Claro. ¿Sabes la ‘pasta’ que puedes juntar extorsionando tipos? Claro que… es una vía rápida para ir a la tumba.”—

 

En Nueva Babilonia todos compraban algo. Algunos compraban drogas.

Otros compraban experiencias o personas. Y otros silencio.

 

Elena había descubierto que también podía extorsionar clientes. Y ganar más dinero que cualquiera que trabajara honestamente durante veinte años.

 

Esa noche Volk caminó solo por las calles mojadas.

 

Las luces de neón se reflejaban en los charcos como recuerdos rotos. Había pasado su vida buscando la verdad. Pero la verdad tenía un defecto: nunca era cómoda.

 

Nataniel había descrito a Elena como una mujer tranquila, elegante, criada entre privilegios.

 

Pero los recuerdos del androide mostraban una infancia miserable y de una doble vida. Y los habitantes de Nueva Babilonia hablaban de una mujer pervertida, poderosa e independiente. Y muy peligrosa.

 

Varias versiones de Elenas. Y todas eran ciertas.

 

Aidan pensó que las personas no eran archivos ordenados. Más bien se parecían a habitaciones llenas de puertas cerradas. Y algunas llevaban años intentando abrirlas… o cerrarlas.

 

Volk encendió un cigarrillo bajo la lluvia. Había empezado investigando la desaparición de una esposa amorosa, que no era tal.

 

Ahora estaba siguiendo la pista de una mujer que parecía haber desaparecido mucho antes de que Cortex Dinamics entrara en su vida.

 

La pregunta ya no era qué le había ocurrido a Elena.

 

La pregunta real era: ¿Cuántas veces puede morir una persona antes de convertirse en otra?

 

El detective ingresó a un bar llamado La Última Oportunidad. Divertido, pensó que era un nombre demasiado optimista para un lugar donde la mayoría de los clientes parecían haber perdido la primera, la segunda y probablemente la tercera oportunidad.

 

Era uno de esos locales de Nueva Babilonia donde las luces de neón trataban de ocultar las identidades de los clientes sin demasiado éxito.

 

Volk se sentó  en una mesa apartada, mirando la fotografía de Elena Marlowe. O más bien quien quiera que hubiera sido Elena Marlowe. A esas alturas, la mujer parecía tener más identidades que recuerdos.

 

Y eso era decir mucho en una ciudad donde la gente compraba recuerdos falsos para sentirse mejor con los verdaderos.

Un hombre apareció cerca de medianoche. Tenía alrededor de sesenta años, y vestía ropa barata. Sus ojos eran los de alguien que había sobrevivido a demasiados enfrentamientos con navaja en mano. Un verdadero sicario de orgullo.

 

Se sentó en su mesa sin pedir permiso, pero sin agresividad.

 

—“Se dice que estás buscando a Elena.”— dijo sin más.

 

Volk palpó el arma que llevaba debajo del abrigo, sin sacarla todavía.

 

—“Depende de quién pregunte.”— respondió tranquilo.

 

El hombre sonrió.

 

—“Buena respuesta.”— miró alrededor y luego continuó —“Me llamo Marcus Vale.”—

 

—“¿Y…?”—

 

—“Trabajé para Gabriel.”—

 

Volk asintió en silencio. Sabía que durante las investigaciones, las palabras importantes necesitaban incentivos para llegar.

 

—“¿Qué quieres?”—

 

El hombre se alzó de hombros, como si la respuesta fuera obvia.

 

—“Dinero.”—

 

—“Al menos eres sincero.” — sonrió el detective.

 

Marcus soltó una carcajada.

 

—“La sinceridad es un lujo que los pobres podemos permitirnos. Los ricos tienen abogados para eso.”—

 

Volk dejó unos créditos sobre la mesa. El hombre los tomó con un gesto rápido. Ni siquiera fingió vergüenza. Porque la vergüenza era un sentimiento que desaparecía rápido cuando uno paga facturas.

 

—“Cuando mataron a Gabriel,”— dijo Marcus —“Elena estaba en peligro.”—

 

—“¿Por qué?”—

 

—“Porque además de su hembra, era su socia en el tráfico de drogas. Y querían eliminarla igual que a Gabriel.”—

 

—“Si mataron a Gabriel ¿Por qué a ella también?”—

 

Marcus bajó la voz.

 

—“Se ve que no conociste a Elena. Era una perra maligna y se iba a quedar con la zona de distribución que manejaba Gabriel.” —

 

La respuesta no parecía preparada. Probablemente era verdad. Marcus contó que después del asesinato, Elena buscó ayuda desesperadamente.

No podía acudir a la policía. Tampoco podía confiar en nadie.

 

En Nueva Babilonia, las personas desaparecían con demasiada facilidad, especialmente cuando tenían secretos.

 

—“Buscó a un operador clandestino de transferencias.”— continuó Marcus—“Uno que pudiera mover su mente a otro cuerpo.”—

 

Volk frunció el ceño.

 

—“¿A otro androide?”—

 

—“Sí.”—

 

—“¿Y tú sabes en quién se transformó Elena?”—

 

Marcus sonrió.

 

—“No. Pero puedo darte el nombre del operador que lo hizo.”—

 

—“Déjame adivinar ¿Por dinero?”—

 

Marcus soló una carcajada.

 

—“Por dinero, claro.”—

 

Al detective el tipo le cayó simpático. Le dio el dinero. Y Marcus le dio un nombre: Leon Varek.

 

Un técnico sin licencia que operaba como un fantasma dentro del sistema. Uno de esos especialistas que existen porque las leyes no pueden seguir el ritmo de los deseos humanos.

Volk encontró a Varek tres días después. Vivía en un edificio abandonado donde los ascensores no funcionaban y fallaba la electricidad cada tanto. El hombre no negó nada.

 

—“Elena está viva, con otra identidad.”— dijo.

 

Volk sintió una tensión incómoda que no era alivio. Era algo más parecido a encontrar una puerta después de buscar durante horas y descubrir que no sabes si quieres abrirla.

 

—“¿Dónde está? ¿Cómo se llama ahora?”—

 

Varek negó con la cabeza.

 

—“No, viejo. La perra esa está completamente loca. Si te lo digo me muero.”—

 

Después de unos minutos negociando, el detective llegó a la conclusión que todo tiene un precio. El operador le dijo:

 

—“Elena no existe más. Ahora se llama Sonia Clenton.”—

 

—“¿Y su aspecto?”—

 

—“También cambió.”—

 

Sonia Clenton era una escort de lujo. Su rostro aparecía en los registros públicos de Nueva Babilonia. Y en los anuncios descarados, ofreciéndose como acompañante de empresarios, políticos y cualquiera que pudiera pagar sus servicios.

 

Ofrecía “experiencias personalizadas”, una imagen elegante y un rostro diferente. Pero Volk reconoció algo: sus ojos. Y era extraño: después de tantas mentiras, los ojos seguían siendo la parte más difícil de reemplazar.

Volvió al taller de su amigo Kline, que estaba mirando los recuerdos internos de la androide que había contenido a Elena Marlowe.

 

—“Aidan... encontré algo.” — la voz del ingeniero sonaba diferente. Tal vez cansada.

 

—“¿Qué?” —

 

Kline le mostró una serie de archivos ocultos.

 

—“Los clientes de Cortex pueden elegir vidas completas. Pueden ser criminales, espías, asesinos, artistas, líderes políticos, exploradores espaciales...”—

 

Volk negó lentamente.

 

—“La gente paga por convertirse en monstruos.”—

 

—“A veces.”—

 

Kline lo miró.

 

—“Pero a veces solo paga por dejar de fingir que no lo son.”—

 

Entonces apareció la verdad. La experiencia de Elena no había sido una fantasía creada por Cortex. No era un ama de casa aburrida buscando una aventura. Tampoco era una esposa escapando temporalmente de su matrimonio.

 

Era algo más complicado que eso. Era una persona intentando regresar a una vida que había abandonado. Antes de Nataniel Samuels. Antes del apellido elegante.

 

Antes de las cenas caras y las fotografías familiares. Antes de convertirse en alguien aceptable.

Elena había conocido a Nataniel en una fiesta privada. Una de esas reuniones en donde algún rico acudía con una escort y la hacía pasar por su novia o su esposa.

 

Él la vio y se sintió atraído. Ella vio una posibilidad de cambio. Tal vez una salida para su forma de vida.

 

Nataniel era amable y educado. Algo diferente a los hombres que frecuentaba y con los que se acostaba. Y por primera vez imaginó una vida tranquila. Una casa, una familia, una existencia normal.

 

El problema era que la normalidad puede parecer un paraíso cuando uno está huyendo. Pero llega a parecer una prisión cuando se vive el día a día.

Con el tiempo, Elena comenzó a sentirse atrapada en la vida perfecta que Nataniel le ofrecía. Era demasiado silenciosa, ordenada y limpia para lo que acostumbraba.

 

Tan limpia como una habitación de hotel donde nadie había vivido realmente. Entonces encontró a Cortex Dinamics.

 

Y no buscó convertirse en otra persona. Buscó volver a ser ella. Por eso la experiencia que eligió no era una fantasía. Era su propio recuerdo. Una parte de sí misma que había escondido ante Nataniel.

 

Y cuando llegó a Nueva Babilonia para vivir como siempre lo había hecho, allí conoció a Gabriel. Y Gabriel cometió el error más humano de todos.

Se enamoró no de una máscara. Ni de una esposa perfecta.

 

Se enamoró de Elena. La verdadera.

Volk apagó la pantalla. Durante unos segundos nadie habló. Afuera, Santa Isabel continuaba brillando bajo la lluvia. Era una ciudad llena de personas comprando versiones mejores de sí mismas.

 

—“Entonces,”— dijo Volk —“ella no fue secuestrada. Ni huyó de Cortex.”—

 

Kline negó.

 

—“No.”—

 

El detective miró la fotografía de Sonia Clenton, la escort de lujo.

 

—“Ella simplemente quería dejar de ser Elena la esposa.”—

 

El ingeniero asintió. Y por primera vez en mucho tiempo, Volk sintió algo parecido a la tristeza. Porque finalmente había encontrado a Elena Marlowe. Pero no había encontrado una víctima.

 

Había encontrado a alguien que había pasado toda su vida intentando escapar de una cosa mucho más peligrosa que cualquier enemigo. Ella misma.

—“Y eso no es todo. Encontré otra cosa.”— dijo Kline.

—“Cada vez que dices eso, mi día empeora un poco más.”—

El ingeniero sonrió apenas.

—“Es porque cada vez encuentro algo peor.”—

Fue una frase honesta, y por eso mismo, incómoda.

La grabación apareció en la pantalla. Al principio solo había ruido. Y algo de interferencia. Hasta que apareció una imagen temblorosa, y el rostro de una mujer.

Aidan identificó el rostro de Sonia Clenton.

Volk ya sabía que ese nombre era solamente otra máscara. La mujer miró directamente a la cámara. No parecía asustada. Solo algo cansada. Como alguien que había tomado una decisión mucho tiempo antes.

—“Si estás viendo esto...” — hubo una pausa —“Significa que encontraron mi cuerpo de androide.”—

Volk sintió un pequeño golpe en el estómago, mientras la frase continuaba:

—“Pero no me encontraron a mí.”—

La grabación quedó en silencio durante unos segundos. Luego, la mujer antes identificada como Elena, siguió:

—“No intenten buscarme.”—

Su voz era suave y tranquila. Contrastaba con lo que esperarías de alguien que estaba desapareciendo para siempre.

—“No quiero volver.”—

Volk miró la pantalla. Había investigado secuestros, asesinatos y desapariciones. Pero nunca había investigado a alguien que simplemente había decidido abandonar su propia vida.

—“Nataniel no hizo nada malo.”— continuó ella —“Ese es el problema.”—

La imagen mostró una pequeña sonrisa triste.

—“Él me dio exactamente lo que yo buscaba. Lo que muchas personas buscan.”—

La mujer en la imagen hizo una pausa.

—“Me dio una vida perfecta.”—

Sus ojos bajaron por un momento.

—“Pero descubrí que no quería una vida perfecta. Quería mi propia vida.”—

La grabación terminó. Y durante unos segundos solo se escuchó el sonido de los equipos del taller.  Máquinas trabajando alrededor de un misterio humano.

Era una ironía bastante apropiada. La humanidad había construido inteligencias artificiales para resolver problemas. Y ahora necesitaba máquinas para entenderse a sí misma.

—“Ella sabía que alguien encontraría el cuerpo del androide.”— dijo Volk.

Kline asintió al responder.

—“Sí.” —

—“Entonces se tomó el trabajo de dejar una explicación. Una despedida.”—

Volk observó unos momentos la pantalla apagada. Una parte de él esperaba encontrar una víctima. Eso habría sido más sencillo, sobre todo porque las víctimas tenían culpables.

Después de pensarlo un poco, Volk volvió a Nueva Babilonia a buscar al operador  Leon Varek. El operador clandestino vivía en un barrio donde las antenas improvisadas de hackers sobresalían de los edificios semi abandonados.

Cuando el hombre abrió la puerta y vio al detective, no pareció sorprendido. Más bien parecía resignado.

—“Ya lo sabe, ¿verdad?”— le dio paso para que el detective entrara.

—“Quiero saber exactamente qué hizo Cortex Dinamics.”—

Varek cerró la puerta.

—“No quiere saber eso.”—

—“Sí. Sí lo quiero.”—

El hombre negó con la cabeza mientras lo miraba fijamente.

—“Quiere creer que hay un villano.”—

Volk permaneció en silencio, sobre todo porque odiaba cuando alguien tenía razón. Varek se sentó frente a una vieja terminal.

—“Cuando Cortex comenzó con las experiencias, descubrieron algo inesperado.” —

—“¿Qué cosa?” —

El operador encendió un cigarrillo.

—“A mucha gente no le gustaba volver.”—

Volk frunció el ceño.

—“¿Qué?” —

—“Pensaron que los clientes usarían los androides como vacaciones. Una semana, un mes. Una fantasía temporal.”—

Sonrió con amargura.

—“Pero muchos descubrieron que su vida artificial era mejor que la real. Y otros… querían nuevas vidas hechas a la medida.”—

La frase quedó flotando. Era una verdad demasiado simple. Y las verdades simples suelen ser las más peligrosas.

Varek continuó.

—“Había personas que regresaban y se deprimían. Otras, como Elena, querían volver a sus vidas anteriores.”—

Volk miró hacia la ventana. La ciudad brillaba bajo la lluvia.

Millones de personas caminando hacia trabajos que odiaban para mantener vidas que no disfrutaban. Quizás Cortex no había creado un problema. Quizás solamente había encontrado uno que ya existía y solo estaba proveyendo de la solución. Un escape eficaz.

—“Entonces, no solo venden fantasías ¿Verdad?”—

Varek tardó en responder.

—“El dinero siempre encuentra una solución. Puedes contratar una vacación, si así lo quieres. Y te puedes quedar allí en algunos casos. O… puedes usar el sistema para dejar de ser quien eres… como lo hizo Elena y cientos de otros más.” —

Volk suspiró. El problema era sencillo. Cualquiera fuera el caso, los cuerpos originales seguían allí. En las cápsulas médicas, con un coma farmacológico inducido.

Dormidos mientras esperaban que sus dueños regresaran.

Y si un cliente decidía quedarse en su nueva vida... Cortex debía mantener un cuerpo vacío durante años. Demasiado costo. Demasiado riesgo. Y demasiadas preguntas.

Entonces crearon una solución corporativa y elegante. Una solución monstruosa.

—“Copian la mente original antes de la transferencia al androide.”—explicó Varek.

Volk levantó la mirada.

—“¿Una copia completa de la mente?”—

—“Claro.”—

—“¿Y luego?”—

El operador apagó el cigarrillo.

—“Si el cliente no quiere regresar, dicen tener un procedimiento para recuperar la mente. Mentira. Simplemente implantan esa copia en el cuerpo biológico. Para todos los efectos legales, la persona vuelve. Pero en realidad es una copia de la original.”—

Volk sintió frío. No por la temperatura, sino por la idea.

—“Pero en ese caso, no es la misma persona.”—

Varek lo miró sonriendo.

—“Esa es la pregunta que nadie quiere responder.” —

Miles de personas habían desaparecido y habían sido duplicadas. No porque hubieran muerto: porque habían elegido quedarse en su nueva vida.

Empresarios. Artistas. Políticos. Ciudadanos comunes. Todos viviendo otras vidas dentro de androides. Mientras una versión de ellos mismos continuaba caminando por el mundo.

Una copia, una sombra o un reemplazo. Como quieras llamarles. De cierto modo la humanidad había conseguido la inmortalidad.

Y, como siempre, había encontrado una forma de arruinarla.

—“Si reclamas a Cortex,”— dijo Varek —“te dirán que tienen que implementar un proceso de recuperación de la mente. Patrañas. Ya tienen la copia grabada.”—

Volk lo observó.

—“¿Qué significa eso?”—

—“Dirán que el cuerpo necesita regresar a su estado original. Y que el procedimiento de emergencia requiere de tiempo y, por supuesto, algo más de dinero. Mentira.”—

—“Implantarán una copia.”—

—“Y nadie podrá demostrarlo.” —

—“Exacto. Así es el juego. Todos ganan, porque legalmente será la persona original.”—

Volk salió del edificio sin decir nada.

Santa Isabel era una ciudad en donde ya nadie sabía si estaba hablando con una persona, una copia o una versión mejorada de una mentira.

Había empezado investigando la desaparición de Elena Marlowe. Ahora comprendía algo mucho más oscuro. Elena no había desaparecido. Había hecho algo peor: había dejado atrás a alguien que podía demostrar que alguna vez existió.

Encontrar a Elena Marlowe había sido imposible. Pero encontrar a Sonia Clenton fue muy sencillo. Solo tuvo que negociar una tarifa por teléfono.

La diferencia entre Sonia y Elena era importante. En Santa Isabel, algunas personas desaparecían porque alguien las buscaba. Otras porque alguien deseaba encontrarlas.

Sonia Clenton era una de las mujeres más conocidas de Nueva Babilonia.

Su nombre aparecía en redes privadas, clubes exclusivos y conversaciones que comenzaban con un susurro y terminaban con una transferencia bancaria.

Era una celebridad.

Y en sí misma, su vida era una paradoja bastante moderna. La misma ciudad había creado una sociedad donde ser famoso ya no significaba haber hecho algo importante.

A veces solo significaba que suficientes personas habían pagado por mirarte... o usarte.

Volk consiguió una cita, pero no como detective. Se conectó como lo haría un cliente. Era la única manera de acercarse.

En Nueva Babilonia era conocido que había un precio para todo. La diferencia era que algunos lo sabían y otros pasaban toda su vida fingiendo que no.

El encuentro fue en un apartamento de lujo suspendido sobre la ciudad.

Desde allí arriba, Santa Isabel parecía hermosa. Las ciudades, como algunas personas, parecen hermosas cuando uno está demasiado lejos de sus problemas.

Sonia abrió personalmente la puerta. Un vestido transparente insinuaba las suaves curvas de su cuerpo. El rostro coincidía con la fotografía, pero Aidan Volk ya había aprendido que un rostro era apenas una sugerencia.

La identidad estaba en lugares más profundos.

—“Eres eficiente. Pensé que tardarías un poco más más en encontrarme”— dijo ella.

Volk no sonrió.

—“¿Sabías quién era?”—

Sonia cerró la puerta.

—“Tengo amigos en todas partes. Te sigo desde que empezaste a preguntar por Gabriel.”—

Hizo un silencio. Después caminó hasta un pequeño mueble cerca de la ventana. Sirvió un par de tragos. Le ofreció uno a Aidan.

El magnífico ventanal dejaba ver la ciudad, que brillaba por debajo. Millones de luces. Millones de historias. Y millones de personas intentando convencer a alguien de que eran felices.

—“¿Vienes de parte de Nataniel?”—

Volk asintió. Y como respuesta, ella suspiró.

No parecía sorprendida. Parecía cansada.

—“Todavía me busca.”—

—“Te ama.”—

Sonia sonrió con tristeza.

—“No.”—

Volk la observó con atención.

—“¿No?”—

—“Ama a la idea que tiene de mí. Ama a Elena Marlowe.”—

Se volvió hacia él.

—“Pero esa mujer ya no existe.”—

Volk tomó un sorbo de su trago.

—“Tu esposo cree que estás muerta.”—

—“Es un buen hombre. Tal vez sea mejor así.”—

—“Pero quiere recuperarte.”—

Ella soltó una pequeña risa. No era cruel. Su risa era triste

—“Recuperar.” — repitió la palabra. —“Qué extraño verbo.”—

Caminó por la habitación mientras  el detective recibió una oleada de un perfume floral, único y sublime. Todo allí era elegante, caro. Perfectamente diseñado.

Pero no parecía un hogar. Parecía un escenario, aunque quizá todos los hogares eran escenarios. Y algunos tenían mejores decorados que otros.

—“Aidan, yo no quiero volver.”—

Era la primera vez que Sonia usaba su nombre. No "detective". No "señor Volk". Aidan. Eso lo incomodó más de lo que esperaba.

—“¿Sabes lo que significa desaparecer para siempre?”—

—“Sí.” — la mujer miró sus propias manos. Las manos de Sonia. —“Significa que puedo elegir.”—

Sonia le contó su vida, pero no como una confesión. Como quien le explica a un amigo una decisión tomada hace mucho tiempo. Había vuelto a ser quien era antes de Nataniel.

Una mujer admirada, deseada, temida. Una presencia en Nueva Babilonia. Había conseguido clientes importantes. Amigos poderosos. Ahora tenía una reputación.

Y en una ciudad donde todos intentaban ser invisibles, tener una reputación era una forma de poder.

—“Con Gabriel fue diferente.”— dijo mientras Volk escuchaba en silencio. —“Él sabía quién era yo.”—

—“¿El traficante?” —

Ella sonrió.

—“Lo que hacía no era importante para mi. No.”—

Lo miró.

—“Para Gabriel siempre fui una persona.”—

La frase quedó suspendida en el aire porque era una de esas verdades pequeñas que golpean más fuerte que cualquier revelación.

Gabriel había conocido a Elena sin disfraz. Como prostituta, sin apellido, sin mentiras. Tal cual era. Y aun así la había querido.

Por primera vez apareció dolor en su rostro. Y no era una actuación. Era dolor verdadero.

—“Lo mataron. Pero él me quiso como soy realmente.”—

Volk caminó hasta la ventana.

—“ Y ahora que Gabriel no está ¿Qué viene?”—

Ella se encogió de hombros.

—“Seguiré viviendo.”—

—“¿Así?” —

—“¿Qué tiene de malo?” —

El detective no respondió. De inmediato se dio cuenta que había formulado la pregunta equivocada.

En su trabajo había aprendido algo: las personas no siempre quieren ser salvadas. A veces solo quieren que alguien reconozca que eligieron su propio desastre.

—“¿No extrañas ser quién eras antes?”—

Sonia lo miró. Y durante unos segundos no dijo nada. Luego sonrió con una sonrisa tranquila. Casi triste.

—“¿Quién dice que la esposa de Nataniel era yo?”—

Volk frunció el ceño. Ella continuó:

—“Lo intenté. Intenté cambiar de vida. Pero en esa vida nadie me miraba por mi propio valor.”—

Se acercó lenta y sensualmente. El suave aliento de su boca envolvió al detective.

—“Aquí todos me miran.”— hizo una pausa. —“¿Realmente crees que quiero volver?” —

Volk no respondió. La respuesta estaba frente a él. Y por primera vez, comprendió algo que Cortex Dinamics nunca admitiría públicamente.

La empresa no vendía fantasías. Vendía oportunidades para convertirse en la persona que uno siempre había querido ser. El problema era que algunas personas descubrían demasiado tarde que esa persona estaba escondida detrás de una mentira.

Esa noche Volk permaneció allí, junto a Sonia.

Pero no como detective ni investigador. Como un hombre cansado y seducido por una mujer que había decidido abandonar su propia historia.

Sonia no era una víctima. Y no la veía como una criminal. Era algo mucho más complicado que eso. Sonia era alguien que había encontrado una vida donde se sentía real, aunque hubiera comenzado como una simulación.

Esa noche, Aidan y Sonia hicieron el amor.

Cuando amaneció, Santa Isabel seguía igual. La eterna lluvia seguía cayendo. Los anuncios seguían prometiendo felicidad. La ciudad seguía vendiendo nuevas identidades a quienes odiaban su vida.

Volk salió del apartamento de Sonia mientras la mujer dormía desnuda entre las sábanas de seda. El detective no tenía respuestas cómodas.

Nunca las había esperado. Pero cargaba con algo peor. Una duda que le atormentaba. Quizás Elena Marlowe no había escapado de su vida. Tal vez había sido la única persona en toda la ciudad que realmente había elegido una.

Nataniel Samuels escuchó lo que Aidan Volk tenía que decir sentado en el mismo sillón donde había contado su historia por primera vez.

Volk estaba frente a él.

El detective había aprendido que dar malas noticias era una tarea sencilla.

Lo difícil era explicar que, a veces, las buenas noticias podían ser peores.

—“Encontré a Elena.”—

Los ojos de Nataniel se iluminaron. Durante un instante volvió a ser el hombre que había entrado a su oficina unas semanas atrás: un hombre buscando una esposa. Un hombre buscando recuperar el pasado.

—“¿Dónde está?”—

Volk tardó unos segundos en responder.

—“No quiere volver.”—

El silencio fue inmediato. Nataniel parpadeó, como si su mente hubiera rechazado una información incompatible con su realidad.

—“No.”—

Una palabra pequeña, pero cargada de desesperación.

—“No puede ser.”—

—“Mire, Nataniel… es su decisión.”—

Nataniel se levantó.

—“Yo quiero que vuelva mi esposa.”—

Volk lo miró. Y por primera vez sintió algo parecido a compasión. Entendía su dolor, pero también entendía la mentira.

—“Ese es el problema, señor Samuels.”—

Nataniel lo observó.

—“¿Qué problema?”—

Volk respiró profundamente. Se negaba a decirle que su esposa vivía como prostituta.

—“Que usted quiere a su esposa de vuelta.”— hizo una pausa —“Pero su esposa está viviendo una vida completamente nueva.” —

La frase quedó flotando. El detective rogó mentalmente por que el hombre no le pidiera más explicaciones.

Nataniel negó lentamente.

—“Usted no entiende.”—

—“Probablemente no.”—

—“Ella es mi esposa. La amo. Es una pareja perfecta. Y tenemos una vida perfecta.”—

Volk miró la fotografía de Elena que Nataniel le mostraba al hablar.

—“Quizás ama la versión de Elena que conoció.”—

Nataniel apretó los puños.

—“¿Y qué diferencia hay?”—

Volk no quiso responder. Porque esa era la pregunta más difícil de responder sin destruir la vida del hombre que tenía enfrente.

La humanidad llevaba siglos intentando definir qué hacía a una persona ser ella misma. El cuerpo. La memoria. La personalidad. Los recuerdos.

Cortex Dinamics había encontrado una forma de convertir esa pregunta filosófica en un problema legal.

Volk terminó la reunión con Nataniel Samuels sabiendo que no había forma de cambiar la decisión de Elena ni el deseo de su esposo.

Pero tampoco quería permitir que Cortex Dinamics siguiera jugando con las vidas de las personas. Así que volvió al lugar donde todo había comenzado: la torre negra. O el templo de cristal donde las almas tenían precio.

El propietario de Cortex Dinamics lo recibió en una oficina desde donde podía verse toda Santa Isabel. El hombre se llamaba Richard Vossler. Y era un ejecutivo elegante.

Educado, con dinero y por lo tanto, peligroso. De esos hombres que jamás levantan la voz porque tienen suficiente poder para que otros griten por ellos.

—“Detective Volk.”—

—“Señor Vossler.”—

—“Me dijeron que está en el caso de la señora Elena Marlowe.”—

Volk dejó delicadamente una carpeta sobre la mesa. Al verla, Richard Vossler preguntó:

—“¿Qué estoy viendo?”—

Aidan respondió tranquilamente:

—“Contratos de su empresa. Informes de androides recuperados sin las mentes de sus ocupantes. E informes de cuerpos originales recuperados a partir de copias de las mentes grabadas en esta misma empresa. Miles de personas duplicadas ilegalmente. Y hay más aún.”—

Ambos sabían lo que valía esa información. Miles de cuerpos originales ocupados por versiones duplicadas de personas para evitar demandas.

Vossler miró la carpeta. Después miró al detective.

—“¿Qué quiere?”—

Volk sonrió levemente.

—“Me sorprende que no pregunte si es verdad.”—

El empresario se encogió de hombros.

—“No he llegado aquí sin experiencia. Si usted no hubiera venido a negociar algo ya tendría un par de grilletes en mis muñecas ¿No es así?”—

Una respuesta honesta, lo que volvía al asunto en cuestión bastante desagradable.

La negociación no duró mucho. El detective no era ambicioso.

La lluvia golpeando los ventanales, y dos hombres hablando sobre una mujer que ninguno de los dos conocía realmente.

Lo que Volk quería, además de unos millones, no significaba mucho para las arcas de la empresa. No quería fama, ni quería destruir Cortex.

Las empresas grandes no mueren. Simplemente cambian de nombre y contratan nuevos abogados.

Pero sí negoció algo adicional.

—“Y quiero el cuerpo original de Elena Marlowe.”—

Vossler lo miró.

—“¿Quiere que la revivamos usando la copia?”—

—“Asi es. Y que la restituyan a su esposo, Nataniel Samuels.”—

—“Considérelo hecho, detective. ¿Algo más?”—

Finalmente al terminar la reunión, se estrecharon las manos.

Cortex Dinamics restauraría la mente original de Elena en su cuerpo biológico. Y volvería con Nataniel.

Volk se mantendría en silencio.

No estaba seguro de si en todo el trato había justicia, Pero era un arreglo en el que todos ganaban.

En Santa Isabel la justicia era un lujo que normalmente no estaba disponible. Solo quedaban versiones más o menos económicas.

El procedimiento pasó desapercibido como tantos miles más. Sin prensa, anuncios ni cámaras. Cortex no quería que el mundo supiera que su mayor avance tecnológico también era su mayor problema moral.

Días después, Elena Marlowe despertó. La esposa de Nataniel volvió del coma inducido. Así quedó en los registros. Tal como estipulaba el contrato.

Volk recibió un abrazo de un conmovido Nataniel… y nunca supo qué ocurrió después. No quiso saberlo.

Hay investigaciones que terminan cuando encuentras la respuesta. Pero hay otras que terminan cuando comprendes que la respuesta no arregla nada.

Unas noches después, hizo una llamada y regresó a Nueva Babilonia. La ciudad seguía igual: luces, lluvia y promesas falsas. Algunas personas intentando comprar una versión más soportable de sí mismas.

Llegó al edificio y subió al departamento exclusivo de Sonia Clenton. O la ex Elena Marlowe. O tal vez ninguna de las dos.

Al abrir la puerta, ella sonrió seductora. Dijo lenta y sensualmente:

—“Detective.”—

—“Sonia.”—

Hubo un silencio mientras la escort de lujo lo dejó entrar al apartamento. Volk miró las luces de Nueva Babilonia a través del gran ventanal.

El detective pensó en las vidas prestadas de millones de individuos. Y por primera vez en mucho tiempo no estaba seguro de qué estaba buscando.

Ella inclinó la cabeza mientras lo rodeaba entre sus brazos.

—“¿Qué quieres?”— preguntó insinuante.

Volk tardó unos segundos en responder. Sonrió apenas.

—“Quería preguntarte algo.”—

—“¿Qué?”—

 

Volk miró al ventanal detrás de ella.

 

—“Quiero contratarte.” —

 

Ella sonrió suavemente.

 

—“¿Para esta noche?”—

 

Volk negó lentamente.

 

—“No estoy seguro todavía.” — hubo un silencio, y luego completó la frase —“Ahora que tengo mucho dinero, creo que quiero saber cuánto cuesta quedarme contigo.”

Sonia lo observó durante unos segundos. No había sorpresa en su rostro. Solo una leve curiosidad. Porque en una ciudad donde todos fingían ser alguien diferente, quizás la pregunta más honesta era precisamente esa.

Finalmente dijo:

—“Ten cuidado, detective. Algunas personas cuando pagan, terminan comprando una vida.”—

 

FIN


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