✨ Diario de Rodriac
🔥 La Búsqueda Honesta de la Verdad
por Rodriac Copen
Soy un animal tecnológico. Por eso leo mucho y de todo. Y quizá por eso también mi paso por las redes sociales es más bien superficial y fugaz: solo intervengo cuando encuentro algo que realmente me interesa o cuando tengo algo que aportar.
Las redes sociales suelen estar llenas de preguntas que me resultan curiosas: «¿Cómo puedo ser poeta?», «¿Qué necesito para convertirme en escritor?». A veces parece que hemos llegado al punto en que necesitamos preguntar incluso qué tipo de ropa interior debemos elegir para estar cómodos.
Y están también las publicaciones de reafirmación personal: «Yo puedo sola con mis cinco hijos», «Me rehice desde cero». Claro. ¿Acaso no hacemos todos, de una manera u otra, lo que podemos con lo que nos ha tocado?
Muchas de las preguntas que circulan por internet parecen mostrar, más que una búsqueda de respuestas, una necesidad de atención. Personas que necesitan que alguien las mire y les diga que están haciendo bien las cosas.
Hoy, curiosamente, encontré en una web tecnológica como Computer Hoy un artículo sobre Viktor Frankl en el que se habla de su manera de entender cómo vivir. Es bastante superficial, pero tiene algo interesante.
Y en eso tengo cierta experiencia: en dar golpes de timón.
Una vez, hablando con un amigo al que no veo desde hace muchos años, me dijo que había admirado la valentía que había mostrado en uno de los cambios de rumbo más determinantes de mi vida. A mi, en lo personal, ese cambio en particular no me pareció tan importante.
Pero lo cierto es que, a veces, en los grandes cambios de la vida no interviene la valentía.
Interviene la necesidad.
Intervienen nuestras propias limitaciones. Intervienen las circunstancias. Intervienen las decisiones.
Y muchas veces la valentía no tiene absolutamente nada que ver.
Una de las rupturas más significativas y determinantes de mi vida fue dejar de creer en la existencia de un dios.
Toda mi vida ha estado orientada hacia la búsqueda de respuestas fundamentales y existenciales. Y, por supuesto, allí estaba Dios.
Con origen latino y nacido en el seno de la Iglesia católica, la búsqueda de ese Dios fantasmal y lejano también formó parte de mi vida.
Más de diez años invertí de manera consistente y metódica en intentar comprender el fenómeno de un creador. Estudios teológicos avanzados, filosofía, lecturas complementarias, entrevistas, investigaciones y, por debajo de todo aquello, un método científico que me obligaba a cuestionar mis propias conclusiones.
Todo eso me permitió comprender muchas cosas acerca del fenómeno de dios, de las iglesias y de las razones por las que las religiones han acompañado al ser humano durante miles de años.
Pero hubo algo todavía más importante.
Durante mucho tiempo tuve la sensación de que mi vida perdería buena parte de su sentido si dios no existía. Y yo había centrado una parte considerable de mi vida alrededor de una figura que, finalmente, llegué a considerar mítica e inexistente.
No voy a convencerte de nada que ya no creas.
Este artículo pertenece a mi sección «Diario de Rodriac». Es autorreferencial. Es mi diario personal, abierto a quien quiera leerlo.
No está pensado para generar polémica, destruir ilusiones ni convencerte de nada. Estás leyendo pensamientos interiores que no tienen la intención de convertirse en una doctrina para nadie.
La búsqueda del conocimiento, de la verdad, está —por algún motivo que desconozco— implícita en el ser humano.
Algunas personas llegarán a la verdad que buscan.
Otras terminarán sus vidas enceguecidas.
Y quizá esa sea una de las verdades más crudas de la existencia: quien no quiere ver, no verá.
Tal vez por eso algunas religiones creen en la reencarnación, en las vidas pasadas y en el costo del karma.
A veces encontrar una verdad lleva mucho más que una vida.
Y aquí debo decir algo.
Las personas como yo, que no tuvieron demasiadas dudas a la hora de dar un golpe de timón definitivo y romper con buena parte de lo que tenían detrás, tenemos una ventaja.
No tenemos demasiado miedo.
No conocemos demasiado el apego.
No nos interesa demasiado decepcionar a nadie, salvo a nosotros mismos.
De cierto modo, somos profetas de nuestra propia vida.
Y cuando ya estás viejo y comienzas a mirar el final de tu vida, como me ocurre a mí, muchas cosas dejan de importar.
Te liberas de algunos temores.
Sabes que tus minutos están contados.
Entonces solo queda delante de tu escritorio aquello que realmente importa.
Las tonterías pierden significado.
Las pequeñas miserias cotidianas dejan de tener importancia.
Y uno puede concentrarse en sus objetivos más profundos.
Quizá eso sea también una forma de libertad.
Por eso creo que, para buscar la verdad, hay que hacer algo mucho más sencillo de lo que parece.
Hay que liberarse de las estupideces.
Hay que aprender a distinguir lo importante de aquello que simplemente reclama nuestra atención.
Hay que dejar de encandilarse con las mentiras que forman parte del mundo desde nuestra infancia.
Y, sobre todo, hay que tener el coraje de mirar.
No hace falta ser un superhéroe.
No hace falta poseer una inteligencia extraordinaria.
Solo hace falta ser honesto y estar dispuesto a seguir mansamente las pistas que la vida nos va dejando en el camino.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza.
Todos podemos llegar a la verdad.
Pero para hacerlo tenemos que despojarnos de nuestros miedos, de nuestros prejuicios y de aquello que creemos saber.
Tenemos que volver a mirar el universo con los ojos inocentes de un niño.
No para creer ingenuamente en todo.
Sino para ser capaces de mirar sin decidir de antemano qué queremos encontrar.
La verdad no necesita que la defendamos.
Solo necesita que estemos dispuestos a verla.
Tal vez por eso la verdad sea un destino al que todos estamos llamados.
Pero solo algunos pocos están dispuestos a conquistar.
Mencionado en el Artículo:
✔ Viktor Frankl sobre "como vivir"
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