jueves, 30 de marzo de 2023

Historia: "Antes de la Lluvia ( SciFi Emocional )"

 


SciFi Emocional

Antes de la Lluvia

por
Rodriac Copen

 

 

La tormenta llegó desde el oeste con mucho viento, llenando el cielo como lo haría una mancha negra deslizándose lentamente sobre las llanuras.

 

Daniel Vega observó el radar portátil apoyado sobre el capó de la camioneta mientras el viento le agitaba la campera impermeable. A lo lejos, el cielo parecía rasgarse en silencios eléctricos. Luces que prendían y apagaban entre las nubes mostraban las descargas eléctricas que todavía no tocaban tierra.

 

El aire ya tenía ese olor metálico parecido al ozono que precede a los rayos.

 

—“No deberíamos seguir acá.”— gritó uno de los técnicos —“La celda se está cerrando demasiado rápido.”—

 

Daniel levantó la vista. En un espectáculo deslumbrante, las nubes giraban lentamente sobre ellos. Hermosas, y al mismo tiempo, terribles.

 

—“Cinco minutos más.”— dijo —“Solo quiero terminar la medición.”—

 

El técnico negó con la cabeza.

 

—“Estás loco ¿lo sabías?”—

 

Daniel sonrió apenas.

 

—“Eso dicen de todos los meteorólogos.”—

 

Entonces ocurrió el desastre. No escuchó el trueno. Simplemente vio la luz.

 

Una explosión blanca cayó a menos de veinte metros de él. El campo entero vibró como si el aire hubiese sido golpeado por una mano gigantesca. Daniel sintió que algo caliente atravesaba su cabeza y el mundo desapareció bajo un zumbido insoportable.

 

Cuando despertó, estaba tirado sobre barro mojado. Y el pitido había comenzado. Nunca volvió a detenerse.

 

Las migrañas aparecieron semanas después del incidente. Luego apareció el insomnio.

 

Le siguieron los episodios de percepción extraña.

 

De un modo inexplicable, Daniel podía sentir cuando una tormenta se aproximaba. Incluso antes que los satélites. A veces despertaba en mitad de la noche convencido de escuchar voces escondidas detrás del ruido eléctrico de los transformadores urbanos.

 

Los médicos hablaron de estrés postraumático. Otros evaluaron epilepsia.

O daño neurológico. Pero nada terminaba de explicar completamente lo que le ocurría.

 

Hasta que terminó consultando en el Instituto Helix por recomendación de algún conocido.

 

El edificio estaba literalmente entre dos estructuras de hormigón y vidrio oscuro en las afueras de la ciudad. Era un lugar silencioso donde la gente caminaba hablando en voz baja, como si fuera una biblioteca, y el conocimiento necesitara susurros para existir.

 

La doctora Mirek lo recibió en una oficina iluminada por pantallas azules.

 

—“Su caso es sumamente... particular.”—

 

—“En mi experiencia, esa frase suele significar malas noticias.”—

 

La doctora hizo un mohín, tratando de no asentir a esa observación.

 

—“En realidad, significa que no entendemos muy bien qué ocurre dentro de tu cerebro para mantener esas secuelas.”—

 

Ella deslizó unas imágenes sobre la mesa. Incluía resonancias, mapas neuronales y patrones extraños que intentaban llegar a alguna conclusión.

 

—“Pero esto no es todo lo que tenemos. Queremos proponerte participar en un estudio experimental.”—

 

Daniel soltó una risa cansada.

 

—“¿Experimental... cuánto?”—

 

La doctora dudó un instante antes de responder.

 

—“Mucho… pero es un método no invasivo.”—

 

La máquina parecía un equipo construido para abrir agujeros en la realidad. Se veía como una máquina del infierno.

 

Anillos superconductores, bobinas gigantescas. Conductos criogénicos cubiertos de vapor. Todo vibraba con un zumbido grave que Daniel sentía directamente en los huesos.

 

—“¿Esto sigue siendo un equipo de resonancia magnética?”—preguntó.

 

Un técnico levantó la vista.

 

—“Más o menos trabajan con los mismo principios, pero este equipo es más potente.”—

 

—“Eso tranquiliza muchísimo.”—

 

Lo acostaron dentro de la estructura mientras las luces disminuían gradualmente.

 

Cuando todo estuvo preparado, una voz habló desde los altavoces:

 

—“Iniciando secuencia de pulsos.”—

 

Y el estudio empezó. Mientras tanto, en el exterior las condiciones climáticas cambiaban. A cientos de kilómetros sobre la Tierra, una tormenta geomagnética golpeó la magnetosfera del planeta.

 

Las pantallas de los equipos médicos comenzaron a parpadear. Sonaron algunas alarmas mientras luces rojas intermitentes interrumpían la tranquilidad de los técnicos que operaban el equipo.

 

—“¡Tenemos fluctuación de campo!”—

 

—“¡Apaguen el sistema!”—

 

Los avisos llegaron demasiado tarde. Daniel, completamente inmovilizado por las correas de sujeción que le sostenían en posición, sintió que algo atravesaba su mente.

 

No era dolor. O al menos no se sentía como tal exactamente. Era como si una puerta hubiera sido arrancada de golpe y una sensación de aturdimiento le llegara de repente. Y detrás de esa puerta… habían voces confusas, distantes. Que en medio de la sensación de sopor que tenía, parecían llegarle por miles.

 

Como si el universo entero estuviera respirando sobre él. Perdió la conciencia.

 

Despertó tres días después. Mientras volvía lentamente a la lucidez, le pareció que el zumbido que sentía en los oídos ( que los médicos llamaban tinnitus ), era un poco peor.

 

Por la noche se dio cuenta que el insomnio también había empeorado.

 

Pasaron los días, y algunas noches tenía la sensación que escuchaba palabras completas que le eran susurradas. Prestó atención, pero finalmente no eran sonidos, más bien eran ideas o pensamientos. Como si fueran mensajes telepáticos.

 

Por supuesto, al principio creyó que estaba perdiendo la cordura.

 

Pasaron un par de semanas. Y cuando estaba lo suficientemente repuesto para volver a su trabajo, la fortuna pareció probarlo.

 

Esas ideas o pensamientos que le llegaban, de alguna manera inexplicable, le permitieron predecir una tormenta solar antes que los observatorios orbitales advirtieran a los sistemas meteorológicos.

 

En medio de la tormenta de ideas que le agobiaba, quienquiera que fuese el que estaba contactando con él o, mas precisamente con su mente, le dijo que los mensajes de advertencia provenían de algo que interpreto como la “Confederación Galáctica”.

 

-Esos mensajes le facilitaron describir la posibilidad de un terremoto submarino horas antes de que ocurriera.

 

Publicó en internet coordenadas climáticas de tormentas imposibles de conocer con tanta anticipación.

 

Igualmente, la gente empezó a burlarse de él.

 

EL HOMBRE DEL CLIMA QUE HABLA CON ESPÍRITUS DE ALIENS”.

 

La viralización de los titulares lo destruyó rápida y sistemáticamente.

 

Finalmente, cansado de las burlas y el descrédito, Daniel abandonó el instituto, así como su antigua carrera.

 

Terminó trabajando en una pequeña cadena rural de televisión en la ciudad de Blackwater.

 

Todas las noches aparecía frente a un mapa digital anunciando lluvias, vientos y temperaturas para pueblos que casi nadie recordaba.

 

Mientras tanto, las voces seguían llegando.

 

—“Tus congéneres no están escuchando.”—

 

La voz, como lo hacía habitualmente, apareció dentro de su mente mientras Daniel fumaba solo, en la parte trasera del estudio de grabación del canal.

 

—“Ya lo noté.”— respondió mentalmente.

 

Se había vuelto precavido. Si admitía abiertamente la llegada de esos mensajes, la gente lo miraba con desconfianza.

 

Para ese entonces, las comunicaciones eran algo a lo que se había habituado. Y Daniel sabía que la mayor parte de los mensajes provenían directamente del comandante de la Confederación, llamado Solveig.

 

Recibió un mensaje insistente:

 

—“La degradación atmosférica está acelerándose.”—

 

Daniel cerró los ojos para concentrarse mejor en la respuesta.

 

—“Lo sé.”—

 

—“Tu especie no parece reaccionar ante advertencias abstractas.”— dijo Solveig.

 

—“Debes entender… la humanidad tampoco reacciona muy bien ante las amenazas reales. Casi siempre suele reaccionar después de las catástrofes. Para eso sí somos buenos.”—

 

El comandante Solveig pareció comprender el cansancio en su voz.

 

—“Estamos evaluando enviar a una observadora.”—

 

Daniel soltó una risa amarga y escéptica.

 

—“Claro. ¿Y también crees que no van a pensar que está loca?”—

 

A millones de kilómetros de la Tierra, la Confederación Galáctica discutía el destino del planeta de los humanos.

 

La mayoría de los miembros del Consejo rechazó intervenir directamente.

 

—“Toda especie conocida tiene libertad de acción y elección.”—

 

—“La especie humana ya eligió su camino.”—

 

—“Las civilizaciones poseen el derecho a destruirse si ese es su destino.”—

 

—“No podemos alterar los procesos evolutivos de las civilizaciones.”—

Pero el comandante Solveig no quiso rendirse fácilmente. Discretamente y manteniendo un bajo perfil, intentó encontrar voluntarios para una posible misión secreta en la Tierra.

 

El plan era que un agente de la Confederación llegara al primitivo planeta de los humanos e intentara encontrar los medios que le permitieran al terrícola Daniel Vega convencer a sus congéneres.

 

Trató de convencer individualmente a decenas de agentes, pero todos ellos se alineaban filosóficamente con los miembros del Consejo.

 

Pero una mujer de nombre Tayet, con la cual compartía el mismo origen planetario, permaneció en silencio observando las imágenes del planeta azul mientras Solveig le explicaba la importancia de esa misión.

 

Las imágenes mostraban filmaciones actuales de la Tierra. Océanos. Nubes. Tormentas. Vida abundante.

 

Eso movió un antiguo instinto dentro de ella. La memoria nostálgica de lo que había sido su propio mundo alguna vez. Y entendió la obstinación del comandante Solveig por intentar salvar la Tierra.

 

Tanto a su comandante como a la misma Tayet, la Tierra les recordaba su planeta natal. Antes del calor. Antes de la pérdida de los mares. Antes del aire seco y de la tierra desértica.

 

Antes de que su especie olvidara cómo traer hijos al mundo sin laboratorios.

 

—“Ya tienes a tu voluntaria.”— dijo finalmente.

 

El corazón de Solveig casi dió un salto de alegría. El comandante se quedó inmóvil por un par de segundos. Y la observó largamente. De todos modos debía asegurarse que no solo entendiera la importancia de su misión secreta, sino de los peligros que podía acarrearle infiltrarse en la sociedad humana.

 

—“¿Por qué aceptas esta misión?¿Cuáles son tus motivos?”—

 

Tayet tardó en responder.

—“Porque todavía su planeta está vivo. Aún tiene posibilidades de salvarse.”—

 

La mujer llamada Tayet llegó a las afueras de la ciudad de Blackwater una noche lluviosa. La silenciosa nave descendió sin incidentes, ni sin ser detectada por los humanos, a un par de kilómetros de las primeras casas.

 

Le habían provisto de ropa humana sencilla. Lucía su abundante cabellera oscura y unos ojos tranquilos.

 

Ya lista para descender, el comandante Solveig le agradeció su valentía. Y dada la ferocidad de los homo sapiens de ese planeta, le pidió que evitara cuidadosamente identificarse como extraterrestre. Incluso ante Daniel Vega.

 

El equipo le facilitó todo lo necesario para infiltrase como una más del planeta. Al verla, nadie habría imaginado que no pertenecía a la Tierra. En base a todo lo que habían estudiado telepáticamente del planeta, y gracias a los pensamientos de Daniel, Tayet se había preparado concienzudamente para la misión.

 

Con el nombre humano de Liv Keller, lo primero que hizo fue conseguir un alojamiento. Luego se presentó en el canal donde trabajaba Daniel. Como tapadera, se hizo pasar como camarógrafo freelance.

 

Durante la entrevista, el director apenas levantó la vista.

 

—“¿Sabes manejar estos tipos de cámara?”— preguntó mientras señalaba los equipos.

 

—“Sí.”—

 

—“Perfecto. Empiezas mañana. No llegues tarde.”—

 

En el estudio de grabación conoció a Daniel Vega. Él estaba solo en un escritorio, revisando mapas meteorológicos. Tenía ojeras profundas. Y en el mueble habían un par de tazas de café vacías.

 

Lo primero que notó en su contacto fue una tristeza silenciosa, casi adherida a su cuerpo.

 

—“¿Eres la nueva?”— preguntó mientras le miraba brevemente.

 

—“Sí.”—

 

—“¿Como te llamas?”—

 

Ella dudó apenas. Y estuvo a punto de darle su nombre real porque todavía no había naturalizado su nombre terrestre.

 

—“Liv. Liv Keller.”—

 

Daniel asintió.

 

—“Bueno, Liv… bienvenida al peor canal de televisión del hemisferio occidental.”—

 

Los días empezaron lentamente a transformarse en semanas.

 

Liv observaba a los humanos como una antropóloga observa criaturas extrañas. Las contradicciones terminaban por desconcertarle.

 

La gente solía destruir las cosas que amaba. Mentían constantemente. Se lastimaba entre sí, a veces gratuitamente y sin sentido. Pero también: era una raza que reía, cantaba, ayudaba a desconocidos. Lloraban por los animales. Abrazaban a personas sabiendo que algún día iban a morir.

 

Eso último la perturbaba profundamente.

 

Una noche encontró a Daniel mirando la lluvia desde el estacionamiento del canal, mientras se empapaba. Se acercó a él.

 

—“¿Te gusta la lluvia?”— preguntó Liv.

 

—“Antes sí.”—

 

—“¿Y ahora?”—

 

Daniel sonrió amargamente.

 

—“Ahora me recuerda todo lo que estamos perdiendo.”—

 

Ella observó las gotas golpeando el asfalto. En su planeta, la lluvia había desaparecido siglos atrás.

 

—“En mi ciudad”— mintió —“llueve muy poco.”—

 

Daniel sonrió.

 

—“Entonces todavía no sabes lo hermoso que huele una tormenta en estas praderas.”—

 

Ella lo miró en silencio. Y por primera vez sintió algo parecido a la tristeza.

 

Con el tiempo, Liv comenzó a enamorarse de él. No de manera repentina. Ni humana. Fue un proceso lento y minucioso. A medida que le conocía, el sentimiento fue como una grieta en su alma, expandiéndose poco a poco.

 

Se hicieron muy amigos, Y supo que Daniel seguía intentando advertir al mundo. Publicaba mensajes en sus redes sociales. Datos en su web. Las predicciones que el comandante Solveig le enviaba telepáticamente. Hacía todo lo humanamente posible para convencer al mundo. Pero nadie le escuchaba seriamente.

 

Una madrugada, después de llegar de una entrevista particularmente humillante, él se quedó sentado solo en el sillón.

 

—“Tal vez tienen razón. Y realmente estoy loco .”— dijo.

 

Liv permaneció a su lado. Para ese entonces, él ya le había confesado lo de las transmisiones telepáticas.

 

—“No. No lo estás.”—

 

—“No quiero ser grosero, pero ¿cómo puedes estar tan segura?”—

 

Ella lo observó largamente. “Porque yo también escucho las estrellas” , pensó. Pero no podía decirlo. En cambio respondió:

 

—“Porque las personas que están locas no siguen intentando salvar a otros.”—

 

Daniel bajó la mirada. Por primera vez en mucho tiempo, alguien parecía verlo de verdad.

 

Los meses pasaron. El clima a nivel mundial empeoró. Habían muchas ciudades inundadas. Tormentas permanentes que arrasaban las costas. Huracanes y tornados que azotaban ciudades. Innumerables incendios forestales visibles desde las órbitas bajas del planeta.

 

Entonces llegó la respuesta final de la Confederación. Llegaron a la conclusión que la humanidad no cambiaría. Y el comandante Solveig decidió terminar la misión de Tayet.

 

Le enviaron un mensaje telepático para encontrarse en mismo lugar en donde le habían dejado al arribar a la Tierra.

 

El comandante descendió en silencio en las primeras sombras de la noche. Estaban cerca de un bosque. Y podían sentir el olor a la humedad. El campo se veía cubierto de una niebla quieta y sugerente.

 

Liv caminó lentamente para encontrase con Solveig.

 

Él la observó. Y luego miró su vientre. Comprendió inmediatamente.

 

—“Veo que tomaste una decisión.”—

 

Ella asintió.

 

—“Sí.”—

 

—“Sabes que este planeta colapsará.”—

 

—“Lo sé, comandante.”—

 

—“Todavía puedes regresar con nosotros.”—

 

La mujer que pretendía ser Liv miró hacia el horizonte oscuro.

 

En algún lugar distante, las luces de Blackwater parpadeaban bajo la lluvia.

 

—“No quiero regresar.”— unas lágrimas corrieron por sus mejillas.

 

El comandante de la Confederación Galáctica permaneció en silencio por unos segundos.

 

Luego dijo:

 

—“Ese niño será terrícola. Y telépata. Quizá él pueda convencerlos.”—

 

Liv solo atinó a acariciar su vientre. Solveig, antes de partir dijo:

 

—“Si alguna vez estás en peligro… enviaremos una nave para ti, para el niño… y también para él. Solo tienes que pedírmelo.”—

 

Liv sonrió en agradecimiento. Eso significaba mucho más de lo que parecía.

 

Entonces comenzó a llover. El comandante levantó lentamente la vista hacia el cielo. Las gotas golpearon su rostro. Y durante un instante, algo parecido al dolor apareció en sus ojos.

 

—“¿Lo recuerdas?”— preguntó suavemente —“Nuestro planeta también olía así... antes que comenzara el colapso.”—

 

Liv cerró los ojos. Sí. Lo recordaba.

 

La última lluvia llegó un par de meses después. Tóxica. Lenta y persistente.

 

En la televisión, las noticias mostraban imágenes de una ciudad costera parcialmente inundada mientras los periodistas hablaban de evacuaciones y contaminación atmosférica.

 

Daniel apagó el sonido. El departamento permaneció en silencio. Liv estaba sentada junto a la ventana observando la lluvia caer sobre la ciudad de Blackwater.

 

Él se acercó lentamente. Apoyó una mano sobre el vientre de ella.

 

El niño pareció responder al contacto de su padre. Se movió apenas. Y Daniel, extrañado, sintió un mensaje de amor que venía de su hijo.

 

Afuera, el mundo continuaba desmoronándose. Pero dentro de aquella habitación pequeña todavía existía algo cálido. Algo real. La mujer llamada Liv apoyó su mano sobre la de él, mientras ambos sentían los suaves movimientos del vientre.

 

¿Tienes miedo? —preguntó.

 

Daniel observó la lluvia detrás del vidrio. Y luego la miró a ella.

 

—“Sí.”—

 

—“Yo también.”—

 

Permanecieron así un largo rato.

 

Dos seres de mundos distintos.

 

Escuchando juntos el sonido de la lluvia antes del final.

 

FIN

 


 

 

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