jueves, 30 de marzo de 2023

Historia: "La Cantante del Saloon ( Western Futurista )"

 


Pólvora de Estrellas – Western Futurista

La Cantante del Saloon
por Rodriac Copen

 

La Luna-7 era una roca fría suspendida bajo los anillos de Loris.

Los viejos terraformadores habían muerto hacía décadas y nadie se había molestado en terminar el trabajo. Los desiertos de metano se extendían hasta el horizonte como océanos inmóviles de color gris azulado. Los generadores eólicos chirriaban entre tormentas eléctricas permanentes y las colonias sobrevivían gracias a piezas recicladas, alcohol barato y promesas que nunca llegaban desde los mundos centrales.

El Orbital era el único salón del asentamiento.

Una construcción de metal oxidado apoyada sobre pilotes de titanio, iluminada por viejos tubos de neón que parpadeaban incluso cuando había energía suficiente.

Langley llegó al anochecer.

Su deslizador estaba cubierto de polvo de metano. Entró al salón sin apuro.

Inmediatamente las conversaciones disminuyeron apenas lo reconocieron.

Un hombre murmuró:

—“Es él.”—

—“¿Quién?”—

—“Langley.”—

—“¿El cazarrobots?”—

—“El mismo.”—

Langley ignoró los comentarios.

Llevaba una chaqueta gastada de cuero sintético y un viejo revólver de pulsos colgado al costado. Lo único que conservaba impecable era una insignia metálica oxidada con el número de su antiguo rancho.

Pero nunca hablaba de ella.

Se sentó en la barra.

—“Un whisky solar.”—

—“Hace años que nadie pide eso.”— dijo el cantinero.

—“Entonces sírveme algo que se parezca.”—

La música comenzó. Langley levantó la vista más por costumbre que por interés.

La cantante apareció sobre el pequeño escenario. Era de cabello oscuro. Tenía un vestido azul… y ojos cansados.

Se llamaba Adaline.

Los parroquianos reían y brindaban mientras jugaban a las cartas. Pero ella cantaba con una tristeza impostada en la voz, como si estuviera despidiéndose de algo.

Langley bebió en silencio.

Había escuchado cientos de cantantes en los mundos fronterizos que había visitado. Pero aquella mujer tenía un tinte melancólico en su voz.

No se podía fingir por actuación. Y tampoco parecía un talento natural. Se sentía como una herida.

Mientras escuchaba, alguien se sentó junto a él. Era un hombre enorme, de barba descuidada y ojos pequeños.

—“¿Te gusta la música?”—

—“No mucho.”—

—“Pero la miras demasiado.”—

Langley se encogió de hombros, restándole importancia.

—“¿Y qué con eso? Sólo estoy escuchando.”—

El hombre sonrió ampliamente.

—“Soy Terence.”— dijo simplemente.

Langley ya conocía el nombre. Era el dueño del Orbital. Y de media colonia.

—“Langley.”— respondió seco.

—“Ya lo sé.”—

Terence levantó su vaso como gesto de saludo.

—“Dicen que eres el mejor rastreador de robots de este lado de Orión.”—

—“La gente dice muchas cosas.”—

—“Bueno, yo me conformo con una.”—

—“¿Con cuál?”—

Terence sonrió socarrón.

—“Quiero que encuentres algo por mí.”—

 

El anuncio apareció a la mañana siguiente.

Se había perdido un androide doméstico modelo músico. Pequeño, antiguo. Y con un valor de recompensa de setecientos mil créditos.

Langley se quedó mirando la cifra. Era una pequeña fortuna, y con eso podía comprar un rancho nuevo en algún planeta pequeño. Iniciar una vida nueva. Recuperar algo que había perdido y que nunca había podido recuperar.

—“¿Todo por un robot músico?” —preguntó.

Terence encendió un cigarro mientras le respondía:

—“Es propiedad valiosa.”—

—“Parece demasiada plata.”—

—“Si quieres la pasta, sólo debes encontrarlo.”—

Langley aceptó, sin hacer más preguntas.

Pasaron un par de días. Y los rastros lo condujeron hasta las afueras de la colonia. En un conjunto de refugios abandonados, enterrados entre dunas de metano, encontró al robot fugitivo. Estaba escondido detrás de una vieja estación meteorológica.

Era pequeño, no más alto que un niño. Tenía golpes por todas partes, y pudo verle un brazo reparado varias veces, además de óxido en el cuello.

Langley desenfundó su pistola y le advirtió:

—“Se acabó. Vienes conmigo.”—

El androide levantó lentamente las manos.

—“No, por favor.”— suplicó.

—“Vamos, camina.”— dijo Langley mientras le señalaba el camino con la cabeza.

—“No quiero volver.”—

—“Ningún fugitivo quiere volver.”—

—“Usted no entiende.”—

—“No necesito entender.”—

—“Terence me matará por haber escapado.”—

Langley le apuntó directamente a su cabeza.

—“Los robots no mueren.”—

—“Entonces ¿por qué cree que tengo miedo?”—

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Langley frunció el ceño. Todavía no estaba convencido.

—“Camina.”— le ordenó.

El androide proyectó una imagen. Era un holograma tembloroso que apareció sobre la arena. Se veía a Terence gritando y golpeándolo salvajemente.

Langley se inmovilizó ante la proyección.

En otro holograma vio a la cantante Adaline contra una pared. Recibiendo más golpes. Más insultos. Y habían otras grabaciones que seguían el mismo patrón.

Langley observó las escenas sin hablar. Y luego recordó la canción cuando llegó al salón. La tristeza de aquella voz. Y se dio cuenta que no había sido una impresión. Era real.

—“¿Tú grabaste esto?”—

—“Sí.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque alguien debía recordar nuestro martirio.”—

Langley entonces bajó el arma. El androide lo miró.

—“No escapé por las averías.”—

—“Entonces ¿por qué?”—

—“Porque iba a terminar matándome.”

—“Pero eres una máquina.”—

—“Si. Y aun así intenté escapar.”—

El viento levantó polvo azul alrededor de ellos.

—“Soy el único testigo.”— dijo el robot —“Nadie más sabe lo que Terence le hace a Adaline. Ella me ayudó a escapar.”—

Langley permaneció inmóvil, pensativo.

Eran setecientos mil créditos. Podía comprar un rancho, hacer una vida nueva. Era la recompensa más grande que había visto.

Pensó en su propio pasado, en los hombres de la corporación llegando a su propiedad. En los documentos falsificados con los que lo habían expropiado.

En las armas apuntándole el día que perdió todo. Había pasado años convenciéndose de que el mundo funcionaba así. Que los fuertes ganaban mientras los débiles desaparecían.

Quizás por eso se había convertido en cazarrobots. Hasta ese momento era más fácil cobrar recompensas que preguntarse quién tenía razón.

El androide le preguntó:

—“¿Me entregará?”—

Langley observó hacia el horizonte. Los anillos de Loris brillaban a lo lejos.

—“No lo sé.”— lo dijo sinceramente.

Por primera vez en muchos años, la respuesta realmente le importaba. Langley dejó al robot en su escondite y regresó al salón Orbital cuando la noche ya había caído sobre Luna-7.

El salón estaba lleno de mineros, transportistas y gente de mal vivir. Los mismos rostros cansados que siempre había visto en los pueblos por los que vagaba.

Adaline cantaba sobre el escenario la misma canción. Con la misma sonrisa fingida.

Pero ahora Langley conocía la verdad que ocultaba. Esperó hasta el final de su actuación. Y cuando ella descendió del escenario, la interceptó junto a una puerta lateral.

Cuando le dijo que había localizado al robot, Adaline se tensó.

—“¿Encontraste al robot?”—

—“Sí.”—

Su rostro palideció.

—“Entonces Terence ya lo sabe.”—

—“No. Aún no se lo dije.”—

Ella lo observó en silencio.

—“¿Qué significa eso?”—

—“Significa que no lo entregué.”—

Durante unos segundos ella no dijo nada, como si estuviera intentando comprender las palabras del vaquero.

—“¿Por qué?”—

—“Porque me enseñó las grabaciones.”—

Adaline bajó la mirada, ruborizada.

—“Entonces ya lo sabes.”—

—“Sí.”—

Ella soltó una pequeña risa amarga mientras se secaba una lágrima.

—“Ahora entiendes por qué canto tan mal.”—

—“Cantas bien.”— dijo Langley.

La chica hizo un silencio antes de responder.

—“Pensé que nadie se daba cuenta.”—

—“Yo sí. No sabía que era por eso, pero si. Lo vi.”—

Ella levantó los ojos y por primera vez observó al vaquero de una manera distinta.

No lo vio como a un cliente, ni como un pistolero. Tampoco como se mira a un hombre peligroso. Sino como alguien que había visto aquello que todos los demás ignoraban.

—“Gracias.”— dijo finalmente.

—“Todavía no hice nada.”—

—“Podrías haber cobrado la recompensa.”—

—“Todavía podría hacerlo.”— dijo Langley con un dejo de rebeldía.

—“Pero no lo harás.”— dijo Adaline, adivinando sus intenciones.

Langley no respondió. Las palabras de ella lo desarmaron. Tenía razón. Ese silencio fue suficiente para la cantante del Orbital.

Durante los días siguientes comenzó una rutina extraña.

Langley regresaba al refugio abandonado donde se escondía el pequeño androide. Por las noches, Adaline aparecía con comida, baterías y medicamentos. A veces traía filtros de agua. Otras simplemente se sentaba junto al fuego.

El robot observaba las conversaciones entre la cantante y el vaquero como si estuviera aprendiendo algo nuevo.

Una noche Adaline preguntó:

—“¿Por qué te convertiste en cazarrobots?”—

Langley hizo un esfuerzo para recordar, y tardó en responder.

—“Porque no tenía alternativa. Era eso o morirme de hambre.”—

—“No te creo.”—

—“No es importante.”—

—“Sí lo es. Al menos para mí.”—

Langley soltó una risa amarga.

—“Antes de esto… tenía un rancho.”—

Ella lo observó con curiosidad. Como si no existiera otro mundo además del que habitaba.

—“¿En serio?”—

—“Sí.”—

—“No pareces un hombre de rancho.”—

—“Yo tampoco lo creería si no lo hubiera vivido.”—

Miró las llamas.

—“Pero una corporación decidió que necesitaba mis tierras.”—

—“¿Y?”—

—“Descubrieron que era más barato quitármelas que comprármelas.”—

Adaline permaneció en silencio.

—“Y lo perdí todo.”—

—“Lo siento.”—

—“Yo no.”—

—“¿No?”—

—“El problema no fue perderlo.”—

—“¿Entonces?”—

—“El problema fue pasar años convencido de que no podía hacer nada.”—

Ella comprendió exactamente a qué se refería, porque ella llevaba quince años sintiendo lo mismo.

—“¿Y tú?”— preguntó Langley —“¿Cual es tu historia?”—

La cantante se encogió de hombros, como resignándose a la fatalidad de su vida.

—“Mi familia era muy pobre. Me vendieron a Terence para ser su mujer. Luego se dio cuenta que puedo cantar. Y aquí estoy. Cantando en el Orbital y salvando robots de la muerte.”—

Otra noche Langley le preguntó:

—“¿Por qué ayudaste al robot?”—

Adaline sonrió triste y resignada.

—“Porque alguien tenía que hacerlo.”—

—“Terence podía castigarte.”—

—“Cuando intenté evitar que lo castigara, lo hizo.”—

—“¿Valió la pena?”—

—“Míralo.”—

El pequeño androide estaba sentado junto a ellos, mientras afinaba un viejo violín electrónico.

—“Sí.”— respondió ella con una sonrisa —“Valió la pena cada golpe.”—

Aquella noche se besaron. Sin dramatismos ni discursos. Simplemente ocurrió, como cuando llueve en los mundos donde todavía existe lluvia. Naturalmente.

Terence se enteró tres días después.

Un soplón, que había visto a la cantante dirigirse al escondite, le contó todo. Había visto a la pareja besarse. El dueño del Orbital destrozó una mesa de una patada.

—“¿Con Langley?”—

—“Sí.”—

—“¿Estás seguro?”—

—“La seguí y los vi con mis propios ojos.”—

Terence golpeó la barra con furia.

—“¡Ingrata! ¡La compré! ¡La hice una estrella en este salón!”—

Nadie respondió.

—“¡La hice mi mujer! ¡Le di todo!”—

Su voz resonó por todo el local.

—“Le di techo. Le di comida. Todo lo que tiene se lo debe al Orbital.”—

El silencio fue absoluto.

—“Quiero a ese robot. Quiero la cabeza de Langley. Y quiero a Adaline. Ahora.”— ordenó a sus hombres.

Cuando Langley llegó secretamente a su nave encontró los motores destruidos. Los sistemas de navegación habían sido quemados. Los depósitos de combustible estaban vacíos.

Sabía quién había sido. Los habían descubierto.

—“Tenemos que irnos.”— le dijo a la cantante.

Adaline comprendió inmediatamente.

—“¿Ya lo sabe?”—

—“Sí.”—

El robot levantó la cabeza.

—“¿Qué hacemos?”—

Langley observó el horizonte mientras pensaba.

A varios kilómetros de allí, había una vieja nave de carga abandonada en un cementerio industrial. Era una reliquia oxidada. Una chatarra voladora. Pero podía arreglarla.

—“Robar una nave.”— respondió decidido.

La persecución comenzó al amanecer. La vieja nave con la que huían, apenas conseguía mantenerse en el aire. Detrás de ellos aparecieron tres cazadores armados, que habían sido enviados por Terence.

Los motores de la nave rugían, mientras el radar emitía alarmas constantes. El pequeño androide ocupaba el asiento trasero.

—“Nos alcanzarán.”— dijo.

—“Ya lo veo.”— dijo Langley.

—“Eso parece malo.”—

—“Lo es.”—

Adaline sonrió nerviosamente.

—“Al menos eres sincero.”—

—“Siempre lo soy.”—

—“Mentira.”—

—“Está bien. Casi siempre.”—

Ella soltó una carcajada. Era la primera vez que Langley la escuchaba reír de verdad.

Las naves descendieron hacia los desiertos de metano. Una tormenta electromagnética apareció en el horizonte como una muralla negra. Decenas de rayos azules atravesaban las nubes.

—“Langley...”— Adaline intentó advertirle.

—“Lo sé. Vamos a entrar ahí.”— dijo él, decidido

—“Podríamos morir.”—

—“También podría ser la única oportunidad de vivir.”—

—“Qué optimista.”—

—“Estoy haciendo mi mejor esfuerzo.”—

Entraron en la tormenta, y de inmediato la nave comenzó a sacudirse violentamente. Las luces parpadeaban, las alarmas enmudecieron una tras otra. El motor principal se estremecía del esfuerzo. Por un momento, pareció apagarse, pero luego volvió a encenderse.

Luego volvió a fallar.

Adaline se aferró al asiento, el miedo era visible en su rostro. Por primera vez desde que habían escapado parecía una niña asustada. Langley sujetó los controles con seguridad.

—“Resiste.”— le dijo tratando de darle confianza.

—“Eso intento.”— respondió la cantante.

—“Lo estás haciendo bien.”—

Entonces, en medio de la hecatombe, una melodía llenó la cabina. La melodía era suave y familiar. El pequeño androide estaba tocando su instrumento.

Dentro de la cabina sonó la triste canción de Adaline. La misma canción que Langley escucho cuando llegó al Orbital, en Luna-7.

El robot no pronunció palabra alguna, simplemente tocó nota tras nota. Como haciendo un esfuerzo para recordarles quiénes eran.

Adaline cerró los ojos y comprendió que aquella canción ya no pertenecía al Orbital, ni a Terence. Ni a los clientes o a Luna-7. Le pertenecía a ella. Porque representaba su voz, su historia, su vida.

Y nadie volvería a arrebatársela.

Finalmente la tormenta quedó atrás, mientras los motores seguían funcionando de puro milagro.

Delante de ellos apareció el amanecer, con los anillos de Loris, que brillaban como ríos de plata suspendidos en el vacío del espacio.

El androide dejó de tocar para acercarse al ventanal, para contemplar el horizonte.

—“¿A dónde vamos?”— preguntó.

Langley, ahora relajado, observó los anillos iluminados por la primera luz del día. Miró a Adaline, y luego al pequeño androide.

Por primera vez en muchos años sonrió feliz. Simplemente respondió:

—“A casa. Iremos a casa.”—

Y la vieja nave continuó avanzando hacia el amanecer.

FIN

 


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