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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuento: "Cúpulas de Érebos ( SciFi Antropológica - Romance Especulativo )"

 


SciFi Antropológica - Aventura - Romance Especulativo

Cúpulas de Érebos
por Rodriac Copen


📌 Sinopsis:

Después de más de seiscientos años de aislamiento, los habitantes de Érebos siguen siendo humanos... aunque ya no viven, piensan ni sienten como los habitantes de la Tierra.

Cuando la nave de la Federación HMS Erebus llega al planeta para entregar una tecnología capaz de expandir las gigantescas ciudades subterráneas de los Hipogeos, Phillip Bardell, su piloto, conoce a Ruth Galanis, una geóloga nacida y criada bajo toneladas de roca en esa extraña sociedad.

Lo que comienza como una misión técnica se transforma lentamente en un encuentro entre dos formas diferentes de entender la humanidad.

Para la hipogea Ruth, el cuerpo es una herramienta, las relaciones personales tienen una función y las decisiones pertenecen a la comunidad. Para el terrestre Phillip, existen el ocio, la amistad, la gentileza... y ese extraño sentimiento que los terrestres llaman amor.

Mientras ambos intentan comprenderse entre sí, descubrirán que quizá la mayor distancia entre los dos mundos no se mide en años luz, sino en aquello que cada sociedad considera necesario para ser humano.

Formato Novela Corta
 14.794 palabras aproximadamente
 74 minutos de lectura aproximada

 Link al Análisis del Autor (Trastienda)

  

 

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Trastienda de "Cúpulas de Érebos"

 


Trastienda de "Cúpulas de Érebos"

🔥
Cúpulas de Érebos: cuando sobrevivir deja de ser suficiente

por Rodriac Copen


Cuando escribí Cúpulas de Érebos, no quería contar solamente una historia sobre un planeta inhabitable, una colonia humana aislada durante siglos y el encuentro entre dos grupos de seres humanos que habían evolucionado de maneras diferentes.

Tampoco quería escribir solamente una historia de amor.

Todo eso está en la novela. Y es, probablemente, lo primero que encontrará el lector.

Pero debajo de esa historia hay otra: Una pregunta.

Una pregunta que, cuanto más la pienso, más incómoda me resulta: ¿Hacia dónde estamos llevando a la humanidad?



🎯
Dos humanidades

Érebos es un experimento extremo.

Una parte de la humanidad queda aislada durante más de seiscientos años en un planeta cuya superficie es prácticamente inhabitable. Obligados a vivir bajo tierra, los seres humanos terminan adaptándose física, psicológica y socialmente a unas condiciones que nosotros consideraríamos intolerables.

Así nacen los hipogeos.

Pero los hipogeos no son monstruos ni una humanidad inferior.


Son seres humanos.


Simplemente son seres humanos que han vivido bajo unas condiciones diferentes.

Y ahí aparece uno de los temas que más me interesaban al escribir la historia: la plasticidad humana.

Somos capaces de adaptarnos muchísimo más de lo que imaginamos. 

Nuestro cuerpo cambia. Nuestra conducta cambia. Nuestros valores cambian. Nuestra organización social cambia.

Incluso aquello que consideramos natural puede dejar de serlo cuando cambian radicalmente las condiciones en las que vive una sociedad.

Por eso Ruth resulta tan importante.

Ella no descubre solamente una civilización diferente. Descubre que podría haber muchas maneras diferentes de ser humano.



🎯
Pero ¿qué significa progresar?

Aquí comienza la segunda lectura de la novela.

Los hipogeos han construido una sociedad extraordinariamente eficiente. 

Todo tiene una función. Todo está organizado. Todo está orientado hacia la supervivencia de la comunidad.

El trabajo tiene sentido. La reproducción tiene sentido. La alimentación tiene sentido. La organización social tiene sentido.

Incluso el cuerpo humano ha sido moldeado por esa necesidad.

Desde nuestra perspectiva podemos considerar que han llevado demasiado lejos la lógica de la utilidad.

Pero entonces aparece una pregunta todavía más incómoda: ¿Estamos nosotros tan lejos de ellos?

Nuestra civilización ha conseguido cosas extraordinarias: Tenemos tecnología, Medicina, Transporte, Comunicación instantánea. Acceso a cantidades de información que ningún ser humano de otra época podría siquiera imaginar.

Producimos mucho más que nuestros antepasados.

Vivimos, en muchos aspectos, rodeados de comodidades que durante siglos fueron privilegios reservados a una minoría.

Todo eso debería conducir a una consecuencia bastante sencilla: más bienestar.

Si somos capaces de producir más con menos esfuerzo, deberíamos disponer de más tiempo para vivir. Más tiempo para estar con nuestros hijos, para conversar, para caminar, para leer.

Para hacer música, para pintar, para escribir, para viajar.

Para enamorarnos, para aburrirnos.

Incluso para no hacer absolutamente nada.

Porque una civilización no debería existir únicamente para producir. Debería existir para que los seres humanos puedan vivir mejor.

Y aquí es donde aparece la paradoja.



🎯
El progreso que no libera

En buena parte del mundo contemporáneo, el desarrollo económico no parece traducirse necesariamente en una vida más libre.

Para sostener determinado nivel de consumo y de ingresos, muchas personas necesitan trabajar cada vez más.

Hay familias en las que trabajan todos sus integrantes porque un solo salario ya no alcanza.

Hay personas que necesitan más de un empleo. Hay trabajadores que pasan una parte enorme de su vida trasladándose entre el hogar y el trabajo.

Y mientras tanto, el tiempo disponible para aquellas actividades que no tienen una utilidad económica inmediata se reduce.

El arte se convierte en un lujo. El ocio se convierte en un lujo. El descanso se convierte en un lujo. La conversación se convierte en un lujo. Incluso la posibilidad de pensar parece convertirse en un lujo. 

Y entonces aparece el paralelismo con Érebos
. Porque los hipogeos sacrificaron muchas cosas para sobrevivir.

Nosotros corremos el riesgo de sacrificar muchas cosas para producir.

La diferencia entre nuestra sociedad y los hipogeos parece enorme. Pero quizá no lo sea tanto.



🎯
¿Y si estamos construyendo nuestros propios Hipogeos?

Esta es, probablemente, la idea más importante que quise esconder dentro de la novela.

Los hipogeos no representan solamente una posible humanidad futura: también representan una posibilidad de nuestra humanidad presente.

Una sociedad puede alcanzar un enorme desarrollo tecnológico y, al mismo tiempo, empobrecer la experiencia humana.

Puede aumentar su capacidad de producción y disminuir el tiempo disponible para vivir.

Puede multiplicar los bienes materiales y reducir los espacios destinados a aquello que no produce nada.

Puede convertirse en una civilización extraordinariamente eficiente formada por personas agotadas.

Y entonces aparece la pregunta que Ruth empieza a descubrir: ¿Para qué sirve todo esto?

Porque hay cosas que no sirven para sobrevivir. 

No sirven para producir. No sirven para ganar dinero. No sirven para mejorar una estadística. No sirven para aumentar el producto interno bruto.

Y, sin embargo, son precisamente algunas de las cosas que hacen que la vida merezca ser vivida.

Una conversación con un amigo. Una tarde junto al agua. Un libro. Una canción. Una pintura. Una caminata sin destino. Una comida compartida. Una caricia. Un enamoramiento. Una historia contada alrededor de una mesa. Una hora perdida mirando el cielo.

Son cosas aparentemente inútiles. Pero quizá sean las cosas más humanas que tenemos.



🎯
Las “cosas innecesarias”

Por eso una de las ideas centrales de "Cúpulas de Érebos" está contenida en algo aparentemente insignificante: las cosas innecesarias.

Ruth comienza perteneciendo a una sociedad donde todo debe justificarse por su utilidad.

Y poco a poco descubre que los seres humanos de la Tierra hacen cosas que no necesitan hacer.

Phillip tiene una amiga. No porque necesite reproducirse con ella. No porque exista una obligación social. No porque la relación tenga una función económica.

Simplemente porque la quiere.

Ruth descubre el descanso. Descubre el juego. Descubre el placer. Descubre la intimidad. Descubre que puede existir una relación humana que no esté determinada por la reproducción.

Y finalmente descubre algo todavía más importante: puede elegir.



🎯
La verdadera rebelión de Ruth

Ruth no se rebela contra su sociedad con violencia. No intenta destruirla. No organiza una revolución. No pretende demostrar que los hipogeos están equivocados.

Hace algo mucho más pequeño. Y, para ella, mucho más extraordinario.

Toma una decisión que no le ha sido impuesta.


Cuando decide marcharse con Phillip, esa decisión no responde a una necesidad biológica, económica o colectiva.

No es una orden. No es una obligación. No es una función.

Es simplemente una elección personal.

Por primera vez, Ruth hace algo porque ella quiere hacerlo.

Y ese es, en realidad, el momento más importante de la novela.

No abandona solamente Érebos.

Abandona una determinada concepción del ser humano.


🎯
El futuro que deberíamos querer

No pretendo que "Cúpulas de Érebos" sea una alegoría contra el trabajo, contra el desarrollo económico o contra la tecnología.

Sería demasiado estúpido que alguien lo piense de ese modo.

El problema no es que trabajemos. El problema aparece cuando el trabajo deja de ser un medio para vivir y se convierte en el PROPOSITO DE VIVIR.

El problema no es el desarrollo. El problema es un desarrollo que no consigue transformar su enorme capacidad productiva en bienestar humano.

El problema no es la tecnología. El problema es utilizarla para producir más y más, sin preguntarnos si aquello que producimos nos permite vivir mejor.

Porque quizás hayamos cometido un error fundamental.

Quizás hayamos confundido progreso con producción.

Y quizás una civilización verdaderamente avanzada no sea aquella que produce más, consume más o trabaja más.

Quizás sea aquella que consigue que sus seres humanos tengan cada vez más tiempo para hacer aquello que no necesitan hacer.

Aquello que no produce nada. Aquello que no sirve para sobrevivir.

Aquello que, precisamente por ser inútil, nos recuerda que estamos vivos.



🎯
Érebos está más cerca de nosotros de lo que parece

Por eso los hipogeos no son solamente una humanidad futura.

Son una advertencia. Una posibilidad. Un espejo deformado de nuestro futuro.

Ellos tuvieron que sacrificar una parte de su humanidad para sobrevivir a Érebos.

Nosotros corremos el riesgo de sacrificar una parte de la nuestra para sostener nuestro modelo de desarrollo.

Ellos dejaron de mirar el cielo porque no podían hacerlo.

Nosotros todavía podemos.

La cuestión es si tendremos tiempo para hacerlo.

Y quizás esa sea la pregunta que finalmente quería dejar al lector:

Si el objetivo de la civilización es mejorar la vida humana, ¿qué sentido tiene una civilización que nos obliga a sacrificar la vida para mantenerla funcionando?

Ruth encuentra su respuesta cuando decide marcharse.

No sabe qué encontrará al otro lado. No sabe si será feliz. No sabe siquiera si ha tomado la decisión correcta. Pero por primera vez la decisión es suya.

Y quizá esa sea la verdadera medida del progreso.

No cuánto somos capaces de producir. No cuánto podemos acumular. No cuánta tecnología conseguimos desarrollar. 

Sino cuánto espacio somos capaces de dejarle al ser humano para ser, sencillamente, humano.

Mencionado en el Artículo:


 





 

 

 

 

 

 

 

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sábado, 2 de septiembre de 2023

Historia: "Cúpulas de Érebos ( SciFi Antropológica - Romance Especulativo )"

 


Cúpulas de Érebos

por Rodriac Copen

 

Capítulo 1 – Dos Humanidades

 

La HMS Erebus avanzaba silenciosamente hacia la Nebulosa de Carina.

Delante de ella, el espacio comenzaba a adquirir una tonalidad diferente. No era realmente un cambio de color, —en el vacío no existen los colores— sino la concentración creciente de estrellas, nubes de gas y polvo interestelar que componían aquella región de la galaxia.

A través de los ventanales de observación, la tripulación podía contemplar una parte de la inmensa estructura luminosa que, desde la Tierra, apenas parecía una mancha difusa en el cielo.

—“Parece imposible que alguien haya decidido vivir ahí.”— dijo Phillip Bardell.

Desde su asiento de piloto, observaba la pantalla principal mientras la nave corregía lentamente su trayectoria.

—“Nadie decidió vivir allí.”— respondió Christine Chang —“Eso habría sido demasiado sencillo.”—

Phillip sonrió.

—“¿Entonces?”—

“Fueron enviados por una compañía minera. En misión de exploración.”—

—“Ah.”—

—“Hace más de seis siglos.”—

La voz de la Inteligencia Artificial, Kalaster, llegó desde los altavoces de la cabina.

—“Corrección: seis siglos y diecisiete años.”—

Phillip miró hacia arriba.

—“Gracias, Kalaster. No sé qué haríamos sin tu capacidad para arruinar una buena conversación.”—

—“Probablemente cometerían más errores históricos.”—

“Estoy seguro que podríamos vivir con eso.”—

—“Es poco recomendable.”—

James Fitz, el capitán de la Erebus, intervino desde su consola.

“¿Cuánto falta para el sol HD 93250?”—

—“Un par de semanas para alcanzar la posición orbital prevista.”— respondió Kalaster.

Phillip volvió la mirada hacia el espacio.

—“HD 93250… es mi primera misión a esa estrella.”—

Christine se acercó a la pantalla.

—“Estas misiones no son nada comunes para nosotros, Phillip. La Federación envía una nave cada 200 años. Ese sol es una estrella de tipo O. Enorme, caliente y bastante desagradable.”—

—“¿Desagradable?”—

—“Desde el punto de vista de un organismo biológico.”—

Kalaster intervino nuevamente.

—“La temperatura superficial estimada es de aproximadamente cuarenta y cinco mil grados Kelvin.”—

Phillip hizo una mueca.

—“Definitivamente desagradable.”—

James Fitz sonrió.

—“Y alrededor de ella está nuestro destino.”—

En la pantalla apareció la representación tridimensional de un sistema planetario.

—“Érebos.”— dijo Devon Marbone, que acababa de entrar en la cabina —“La colonia más aislada de la Federación.”—

—“No diría que es la más aislada.”— corrigió Kalaster.

Devon lo miró.

—“¿Ah... no?”—

—“Es la más aislada con respecto a la Tierra, que envía naves cada 200 años. Pero la colonia es visitada regularmente por naves de los sistemas más cercanos.”—

—“Kalaster...”—

—“Sí.”—

—“Nadie te preguntó.”—

—“Correcto.”—

Phillip soltó una carcajada mientras James negaba con la cabeza.

—“Érebos.”— repitió mientras centraba la imagen del planeta en la pantalla principal —“La Colonia del Pueblo Interior.”—

—“Se dicen a así mismos Los Hipogeos” —añadió Christine.

Devon observó el planeta en la pantalla.

—“¿Por qué "Colonia del Pueblo Interior"?”—

—“Porque viven dentro del planeta.”— respondió Phillip.

—“Eso lo sé.”—

—“Entonces no entiendo la pregunta.”—

Devon señaló la imagen.

“Quiero decir: ¿por qué siguen llamándose colonia?”—

James se quedó unos segundos en silencio.

—“Supongo que porque lo fueron.”—

—“Pero hace más de seiscientos años.”—

—“Sí, eso es cierto.”—

—“Y a pesar de ser autónomos, todavía mantienen la alianza con la Tierra activa.”—

—“Sí.”—

Devon cruzó los brazos.

—“Estuve investigándolos. Al parecer ya no son culturalmente terrestres.”—

Christine lo miró.

—“Y después de mas de seiscientos años, ¿quién dijo que tenían que serlo?”—

Nadie respondió.

La imagen de Érebos continuaba girando lentamente.

Desde el espacio parecía un mundo oscuro. La estrella iluminaba una parte de su superficie con una luz blanca y violenta, mientras el hemisferio opuesto permanecía sumergido en una noche casi absoluta.

“Dicen que la superficie no es habitable.”— dijo Phillip.

—“Correcto.”— respondió Kalaster —“La combinación de radiación estelar, temperatura y actividad atmosférica hace que la permanencia humana sin protección resulte inviable durante períodos prolongados.”—

—“¿ Por eso viven bajo tierra?”—

—“Por eso viven bajo tierra.”—

Christine miró a Devon.

—“Ésa es la versión sencilla.”—

—“¿Y cuál es la complicada?”—

—“Que llevan más de seiscientos años desarrollando una civilización subterránea.”—

Phillip observó nuevamente el planeta.

—“Seiscientos años son muchas generaciones.”—

—“Suficientes para que las costumbres sean muy diferentes a la Tierra.”— dijo Devon.

James levantó la vista.

—“No necesariamente.”—

—“¿Por qué?”—

—“Como mínimo siguen hablando como nosotros.”—

Devon sonrió.

—“Hablar el mismo idioma no significa que nos parecemos.”—

Kalaster hizo una observación.

—“Eso puede comprobarse en los registros históricos de Érebos.”—

Phillip miró hacia los altavoces.

—“¿Tú también crees que son diferentes?”—

—“Tienen muchas diferencias con la Tierra.”—

—“Vaya...”—

—“Los datos indican divergencias culturales y sociales significativas entre la población de Érebos y la población de la Federación Terrestre.”—

Christine se sentó frente a Devon.

—“¿Cuánto?”—

—“Las diferencias abarcan organización social, estructura familiar, relaciones interpersonales, distribución laboral, educación, reproducción y concepción del individuo.”—

Phillip frunció el ceño.

—“¿Concepción del individuo?”—

—“Sí.”—

Hubo un breve silencio. James observó el planeta.

—“Eso es precisamente lo que vamos a averiguar.”—

La Erebus continuó avanzando.

A medida que se aproximaban a HD 93250, la estrella llenaba una parte cada vez mayor de los instrumentos ópticos.

Érebos aparecía delante de ellos como una esfera oscura recortada contra la luz.

Phillip ajustó los controles.

—“Hace seiscientos años, los primeros colonos llegaron allí pensando que estaban fundando una extensión de la Tierra.”—

—“Y terminaron convirtiéndose en otra cosa.”— dijo Christine.

—“No necesariamente en otra cosa.”— respondió James —“Siguen siendo humanos.”—

Devon observó la pantalla.

—“Eso es precisamente lo interesante.”—

Phillip lo miró.

—“¿Qué cosa?”—

Devon señaló Érebos.

—“Que quizá se puede seguir siendo humano sin seguir siendo como nosotros.”—

James Fitz se incorporó.

—“Muy bien. Señores, tenemos una colonia humana que lleva más de seis siglos esperando bajo la superficie de un planeta que jamás perdona a quienes intentan vivir sobre ella.”—

Christine sonrió.

—“Espero que sean hospitalarios.”—

Phillip miró la pantalla.

—“Después de seiscientos años viviendo bajo tierra, probablemente hayan aprendido a serlo.”—

La HMS Erebus siguió avanzando y siete días más tarde Kalaster anunció que la estrella HD 93259 había entrado en los sistemas de observación de largo alcance de la nave.

—“¿Ya podemos verla?”— preguntó Phillip Bardell.

—“Desde hace varias horas.”—

Phillip levantó la vista hacia la pantalla principal.


 Una estrella azulada ocupaba el centro del campo visual, demasiado brillante para parecer real. A su alrededor se extendían nubes de gas y polvo iluminadas desde dentro, como si alguien hubiera incendiado una catedral.

—“Ahí está Érebos.”— dijo Devon Marbone.

“No exactamente.”— corrigió Kalaster —“Érebos es el planeta. La estrella se llama HD 93259.”—

Phillip sonrió.

—“Gracias, Kalaster. Sin ti podríamos haber confundido una estrella con un planeta.”—

—“Es poco probable, dado su entrenamiento.”—

Christine Chang soltó una carcajada desde el asiento contiguo.

—“A veces creo que tu sentido del humor está mejor desarrollado que el nuestro.”—

—“No tengo sentido del humor.”—

—“Eso es lo que me preocupa.”—

James Fitz entró en el puente en ese momento, todavía con el uniforme de descanso.

—“¿Cuánto falta?”—

—“Para entrar en la zona de aproximación orbital, diecinueve horas.”— respondió Phillip.

James miró la pantalla.

Durante unos segundos nadie habló.

La imagen de la estrella parecía una brasa suspendida en el vacío.

—“Nunca me acostumbraré a esto.”— dijo Clara Liddel.

Devon la miró.

—“¿A viajar tanto para visitar una colonia humana?”—

—“A que cada vez que llegamos a algún sitio haya algo que nos recuerde que somos muy pequeños.”—

Phillip apoyó los pies sobre el panel inferior.

—“Eso no es un problema. Los pequeños también cobramos sueldo.”—

—“Tú cobras sueldo porque eres piloto.”— dijo Christine —“Los demás cobramos por tener la paciencia de soportarte.”—

—“Entonces debería cobrar el doble.”—

James los dejó discutir.

La misión era, en apariencia, sencilla.

Habían viajado desde la Tierra hasta la Nebulosa Carina para entregar una máquina. Una máquina extraordinariamente cara. Y muy pesada.

El llamado sistema de fractura resonante, bautizado por los ingenieros terrestres como Martillo, era una de esas tecnologías que parecían sencillas hasta que alguien intentaba construirlas.

No perforaba la roca ni la excavaba: la golpeaba.

Una serie de generadores introducía ondas de presión en el subsuelo. El sistema analizaba la estructura geológica, calculaba las líneas de fractura más favorables y sincronizaba los pulsos hasta que la roca comenzaba a quebrarse siguiendo patrones previamente establecidos.

El resultado podía ser una excavación gigantesca con una precisión que ningún método convencional conseguía.

Para la Federación de la Tierra era una herramienta industrial, pero para los habitantes de Érebos significaba que a través de ella, podrían expandir sus ciudades subterráneas creando cúpulas enteras.

—“¿Cuánto pesa el Martillo?”— preguntó Clara.

—“Ciento ocho toneladas en configuración de transporte”— respondió Kalaster.

Phillip silbó.

—“Y yo que pensaba que traíamos un regalo.”—

—“Lo es.”— dijo James.

—“Un regalo bastante agresivo.”—

Devon se volvió hacia él.

—“Los Hipogeos solicitaron comprarlo hace seis años.”—

—“Lo sé.”—

—“Pero la Federación decidió entregárselo gratuitamente.”—

—“También lo sé.”—

Christine levantó una ceja.

—“¿Y sabes por qué?”—

Phillip fingió pensarlo.

—“¿Porque somos gente generosa?”—

—“Porque somos políticos.”— dijo James.

Kalaster intervino:

—“Ambas afirmaciones pueden ser verdaderas.”—

James lo miró.

—“¿Estás insinuando algo?”

—“No. Estoy evitando insinuar algo.”—

Christine volvió a reír.

La Federación llevaba más de seis siglos manteniendo relaciones con Érebos. La colonia humana había sobrevivido aislada durante generaciones y, con el tiempo, había desarrollado sus propias formas de organización.

No eran enemigos ni rebeldes con respecto a la Federación.

En la práctica eran una colonia lejana, no perdida. Y seguían siendo miembros de la comunidad humana.

Pero tampoco eran exactamente como los terrestres.

Y eso era precisamente lo que hacía que la Federación considerara importante mantener la alianza y los lazos de amistad.

—“El informe diplomático dice que los Hipogeos consideran el Martillo una herramienta estratégica.”— comentó Clara.

—“¿Y lo es?”— preguntó Devon.

—“Ellos lo consideran indispensable para la expansión de sus ciudades.”—

Phillip miró a Devon.

—“¿Y nosotros se lo regalamos?”—

—“Así es.”—

—“¿Y sin pedir nada a cambio?”—

James se encogió de hombros.

—“Para la Tierra solo es una máquina más. Para los hipogeos es un instrumento vital. Teniendo en cuenta que la Tierra es un planeta altamente evolucionado, regalar un Martillo no es un esfuerzo significativo para la Federación.”—

—“Por eso para la Tierra es un trato razonable.”—

—“Además,”— añadió Devon —“la Federación quiere reforzar la amistad por el aislamiento estratégico de la colonia.”—

Phillip miró nuevamente la estrella.

—“¿Y cuánto tiempo tendremos que quedarnos?”—

James respondió antes que Kalaster.

“Serán varios meses.”—

—“Ah.”—

Phillip hizo una pausa.

—“Eso no estaba en el folleto.”—

—“No lo parece, pero somos militares. Y para los militares no hay folletos, solo órdenes.”—

—“Ahora entiendo por qué.”—

Christine se inclinó hacia él.

—“No te preocupes. Nos acompañaremos entre todos. Tómalo como una aventura.”—

Phillip la miró.

—“Claro. Es fácil para ti, tienes a tu esposo James. Y Devon tiene a Clara. Soy el único sin pareja.”—

—“Soy la médica de la nave. Si haces algo estúpido, estaré allí para repararte.”—

—“Qué romántico.”—

Christine le dio un golpe en el hombro.

—“No empieces.”—

Phillip sonrió.

James los observó durante un instante y luego negó con la cabeza.

—“ Vistos desde afuera, parecen un matrimonio ¿Lo sabían?”—

Christine y Phillip respondieron al mismo tiempo:

—“¡No!”—

Devon miró a Clara.

—“Me gusta esta nave.”—

—“¿Por qué?”—

—“Kalaster tiene una inteligencia artificial incapaz de comprender una broma y dos humanos incapaces de aceptar que parecen una pareja.”—

—“La humanidad está en buenas manos.”— dijo Clara.

Phillip volvió a mirar Érebos.

El planeta todavía era apenas un punto oscuro bajo el resplandor de la estrella.

Allí abajo esperaba una colonia humana que había pedido una máquina.

La Tierra había decidido regalársela. Y ellos tenían que enseñarles a utilizarla.

Al menos, eso decía el programa oficial de la misión.

Kalaster volvió a hablar.

—“He recibido confirmación de Érebos. La colonia ya ha preparado las instalaciones necesarias para recibir el Martillo.”—

James asintió.

La HMS Erebus siguió avanzando hacia la estrella azul.

En sus bodegas viajaban ciento ocho toneladas de tecnología terrestre destinadas a abrir la piedra.

Y, con ellas, una pequeña parte de la Tierra que estaba a punto de ser entregada a un pueblo que llevaba más de seiscientos años aprendiendo a vivir bajo ella.

A dos días de Érebos, la HMS Erebus había reducido la velocidad de aproximación.

No había ninguna necesidad de apresurarse.

Después de siete mil quinientos años luz de viaje, cuarenta y ocho horas parecían una cortesía.

En la pantalla principal del puente, la Nebulosa de Carina ocupaba buena parte del espacio visible. Nubes inmensas de gas se extendían como continentes suspendidos en la oscuridad. Entre ellas brillaban centenares de estrellas.

Pero una dominaba el panorama: HD 93250.

—“Ahí está nuestra anfitriona, a simple vista.”— dijo Phillip Bardell.

—“Nuestra anfitriona tiene muy mal carácter”— respondió Christine Chang.

Phillip sonrió.

—“¿La conoces personalmente?”—

—“No. La última expedición de la Tierra vino hace unos doscientos años. Pero he leído su historia clínica.”—

Devon Marbone levantó la vista de su terminal.

—“Es una estrella de tipo O. Muy masiva, muy luminosa y extraordinariamente caliente.”—

—“¿Cuánto es ‘extraordinariamente’?”—preguntó Clara Liddel.

Kalaster respondió desde los altavoces.

—“La temperatura superficial estimada es de aproximadamente cuarenta y cinco mil kelvin.”—

Phillip lanzó un silbido.

—“Eso sí que es calor.”—

—"Una temperatura incompatible con la supervivencia humana"—dijo Kalaster.

Christine miró a Phillip.

James Fitz, sentado en el puesto de mando, observaba los datos orbitales.

—“¿Y esa temperatura como impacta en el planeta?”—

Una imagen ampliada apareció sobre la pantalla: Érebos.

A primera vista no tenía nada de extraordinario.

Parecía un mundo rocoso, oscuro, casi sin señales de actividad en la superficie. Pero los mapas térmicos contaban otra historia.

Grandes zonas del planeta alcanzaban temperaturas capaces de destruir rápidamente cualquier equipo expuesto. Las tormentas de partículas procedentes de HD 93250 castigaban la superficie con una violencia constante.

—“No parece precisamente un destino turístico.”— dijo Phillip.

—“No. No lo es.”— contestó Devon.

“¿Y la gente vive allí?”—

—“Debajo.”—

Phillip volvió la cabeza.

—“¿Todo el mundo?”—

—“Prácticamente toda la población. La superficie es controlada por robots.”—

Kalaster proyectó un esquema del planeta.

—“La superficie de Érebos es considerada por los Hipogeos un entorno operacionalmente hostil. La mayor parte de sus actividades permanentes se desarrolla bajo tierra.”—

Christine frunció el ceño.

—“¿"Entorno operacionalmente hostil"?”—

—“Es la descripción utilizada por los Hipogeos.”—

—“¿Y nosotros cómo lo llamaríamos?”—

Phillip respondió:

—“Un lugar donde no conviene salir sin sombrero.”—

Kalaster guardó silencio.

Christine le preguntó a la Inteligencia Artificial:

—“¿No vas a corregirlo?”—

—“No.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque en este caso la observación de Phillip es suficientemente clara.”—

James sonrió.

—“Anota la fecha. Acabamos de conseguir que Kalaster esté de acuerdo con Phillip.”—

—“No he manifestado acuerdo.”— dijo la Inteligencia Artificial.

—“Me pareció que sí.”—

Devon amplió el mapa.

Entonces aparecieron las estructuras subterráneas. Y no eran simples refugios.

Érebos estaba recorrido por una red gigantesca de túneles.

Kilómetros y kilómetros de galerías conectaban unas ciudades con otras, formando una verdadera red de comunicación bajo la superficie.

—“¿Cuántas ciudades?”— preguntó Clara.

—“Los registros federales contabilizan ciento diecisiete núcleos urbanos principales.”— respondió Kalaster —“Existen además numerosas comunidades menores.”—

Phillip silbó.

—“¿Y todo eso está ahí abajo?”—

—“Correcto.”—

—“¿Cómo cultivan?”—

—“Granjas subterráneas.”—

—“¿Animales?”—

—“Granjas de crianza.”—

—“¿Agua?”—

—“Sistemas de captación y reciclaje.”—

Phillip miró a James.

—“Estos chicos se lo toman en serio.”—

—“Eso parece.”—

—“¿Nunca salen?”—

Devon negó con la cabeza.

—“No. Al menos, no como nosotros.”—

Phillip volvió a mirar la imagen.

Por encima de aquellas ciudades invisibles se extendía una superficie abrasada por una estrella monstruosa.

Debajo, una civilización completa.

Una humanidad que había decidido, seis siglos atrás, que el planeta verdadero no estaba arriba. Estaba en los ambientes subterráneos.

—“Debe resultar extraño.”— dijo Clara.

—“¿Qué cosa?”—

—“Pensar que para ellos nosotros somos los que vivimos en un recipiente de hojalata.”—

Nadie respondió inmediatamente, Phillip fue el primero en sonreír.

—“Bueno. Técnicamente, vivimos en una nave.”—

—“Una nave que atraviesa el vacío.”—

—“Simples detalles. Sigue siendo una hojalata.”—

La imagen cambió. Apareció una de las grandes ciudades hipogeas.

Phillip dejó de sonreír.

—“¿Eso es una ciudad?”—

—“Sí.”—

La imagen mostraba una inmensa cámara subterránea. No era una construcción elegante en el sentido terrestre habitual.

Era monumental. O brutal.

Los muros parecían formar parte de la propia montaña. Grandes bloques de piedra y cemento reforzado constituían las paredes internas, extraordinariamente gruesas.

Sobre ellas se alzaban enormes arcos de herradura que se entrelazaban unos con otros para sostener la estructura.

Las bóvedas de cañón cubrían los espacios principales.

Todo parecía diseñado para resistir no solamente el peso de toneladas de roca sobre la cabeza, sino siglos enteros de existencia.

—“Eso sí es arquitectura.”— murmuró James.

—“Pura ingeniería de avanzada.”— dijo Devon.

—“También.”—

Kalaster hizo aparecer otra sección: un túnel.

O, más exactamente, una carretera. Era tan ancho que varias máquinas podían desplazarse simultáneamente por él.

Los arcos de herradura se repetían a intervalos regulares, formando una sucesión interminable de estructuras pétreas.

—“¿Cuánto mide ese túnel?”— preguntó Phillip.

—“Ese tramo concreto tiene ciento treinta y ocho kilómetros.”—

Phillip permaneció en silencio.

—“¿Ciento treinta y ocho?”—

—“Kilómetros.”—

Christine apoyó los brazos sobre la consola.

—“Nosotros construimos carreteras en la superficie. Nada se compara a esto.”—

Devon señaló la pantalla.

—“Ellos construyeron al planeta entero debajo de la superficie.”—

Phillip volvió a contemplar la imagen.

Los túneles desaparecían hacia la oscuridad, conectando una ciudad con otra. No parecían túneles, sino avenidas. Las cúpulas parecían ciudades enteras encerradas dentro de montañas.

Y los arcos, repetidos hasta perderse en la distancia, daban a todo aquello un aspecto extraño y solemne.

—“¿Por qué usan tanto los arcos de herradura?”— preguntó Clara.

Devon respondió:

—“Funcionan muy bien estructuralmente.”—

—“Eso no explica por qué todos tienen ese aspecto.”—

Kalaster intervino.

—“La arquitectura hipogea desarrolló una tradición constructiva propia. El arco de herradura permite distribuir las cargas laterales de manera eficiente en sus grandes cavidades. También se ha convertido en un elemento cultural hipogeo característico.”—

Phillip señaló la pantalla.

—“Así que empezaron haciéndolos porque eran útiles y terminaron haciéndolos porque les gustaban.”—

—“Una simplificación aceptable.”—

Christine miró nuevamente las enormes bóvedas.

—“Es curioso.”—

—“¿Qué?”—

—“Nosotros construimos edificios para protegernos del planeta, pero ellos construyeron un planeta dentro del planeta.”—

Phillip observó la imagen durante unos segundos.

—“¿Sabes qué es lo más raro?”—

—“¿Qué?”—

—“Que probablemente cuando lleguemos allí van a pensar que somos nosotros los raros.”—

Kalaster respondió inmediatamente:

—“Esa hipótesis presenta una elevada probabilidad.”—

James soltó una carcajada.

—“Bien.”—

Se levantó de su asiento.

—“Dos días para llegar.”—

Phillip volvió a los controles.

—“Dos días.”— dijo suavemente.





Cúpulas de Érebos

por Rodriac Copen

 

Capítulo 2 – El Pueblo Interior

 

Afuera, HD 93250 continuaba ardiendo con una intensidad capaz de convertir la superficie de Érebos en un infierno.

Abajo, bajo kilómetros de roca, una civilización humana seguía viviendo en silencio.

Sus ciudades estaban unidas por carreteras subterráneas y sus bóvedas descansaban sobre arcos de piedra. Sus granjas crecían bajo tierra y sus animales nunca habían visto el cielo.

Y, mientras la HMS Erebus se acercaba, seis siglos de evolución independiente aguardaban a los visitantes procedentes de la superficie.

Dos días.

Después, los terrestres descubrirían qué aspecto tenía la humanidad cuando llevaba seiscientos años mirando hacia las profundidades

Faltaban unas horas llegar a Érebos cuando el capitán James Fitz ordenó iniciar la secuencia de aproximación orbital.

La HMS Erebus redujo progresivamente su velocidad mientras Kalaster recalculaba la trayectoria.

—“¿Órbita definitiva?”— preguntó James.

—“Estableciendo órbita geoestacionaria sobre el hemisferio nocturno.”—

Phillip Bardell levantó una ceja.

—“¿No podemos quedarnos sobre el lado iluminado?”—

—“No lo recomiendo.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque morirían. Los escudos térmicos no tienen capacidad de aislar la nave por varios meses.”—

Phillip asintió.

—“Una razón bastante convincente.”—

Kalaster continuó:

—“La temperatura superficial de Érebos durante el día supera ampliamente los límites operativos de nuestra lanzadera. La exposición prolongada produciría daños estructurales y pondría en peligro a la tripulación.”—

Christine Chang miró a James.

—“Entonces bajaremos de noche.”—

—“Exactamente.”—

—“¿Y cuánto dura la noche?”—

—“Depende de la posición orbital. La ventana útil será de aproximadamente once horas.”—

Phillip silbó.

—“Once horas para bajar, desembarcar, descargar, establecer los sistemas y volver a subir.”—

—“No.”—

—“¿No?”—

—“Once horas para realizar el descenso y completar las operaciones previstas de aproximación. La descarga del Martillo requerirá más tiempo.”—

James miró a Devon.

—“Habrá que coordinarlo con los Hipogeos.”—

—“Ya lo han previsto.”— respondió el científico.

Phillip miró nuevamente la pantalla. El hemisferio nocturno del planeta aparecía oscuro, pero no completamente negro. Había puntos luminosos.

Miles.

No eran ciudades en la superficie, sino señales de la infraestructura.

—“¿Qué estoy viendo?”—

Kalaster amplió la imagen.

La oscuridad se llenó de líneas y puntos.

—“La red de instalaciones hipogeas.”—

—“¿En la superficie?”—

—“No. En el subsuelo.”—

Phillip permaneció unos segundos contemplando la pantalla.

—“Entonces, ¿cómo sabemos dónde están?”—

—“Por sus pozos de iluminación.”—

Aparecieron varios rectángulos perfectamente alineados sobre la superficie. Eran enormes. Desde la órbita parecían heridas geométricas abiertas en la corteza del planeta.

—“¿Pozos?”— preguntó Clara Liddel.

—“Sí.”—

—“¿Para ventilación?”—

—“Principalmente para transportar luz.”—

Devon sonrió.

—“Ahí está una de las cosas interesantes de Érebos.”—

La imagen se amplió. En el fondo de cada pozo aparecía una estructura compleja semejante a una gigantesca celosía.

—“Captadores solares.”— explicó Devon —“Los Hipogeos utilizan sistemas ópticos para llevar la luz natural hacia el interior.”—

Christine se inclinó hacia la pantalla.

—“¿Fibras ópticas?”—

—“De dimensiones que harían palidecer a cualquier ingeniero terrestre.”—

Kalaster proyectó un corte transversal.

Un pozo rectangular descendía decenas de metros. En el fondo, una estructura capturaba la luz solar. Desde allí partían enormes haces de fibras ópticas que se internaban en la roca.

Los conductos descendían durante cientos de metros y después se ramificaban. Algunos terminaban en túneles, otros en grandes bóvedas. Finalmente otros alimentaban sistemas de iluminación artificial mediante conversores.

—“Han construido árboles de luz.”— dijo Clara.

—“Es una descripción poética.”— observó Kalaster.

Phillip sonrió.

—“Acabas de aceptar una metáfora, Kalaster.”—

—“He determinado que es funcionalmente adecuada.”—

—“Cada día eres más humano.”—

—“No existe evidencia que sustente esa afirmación.”—

James intervino antes de que comenzara otra discusión.

—“¿De dónde sacan la energía?”—

—“Principalmente de dos fuentes.”— respondió Kalaster —“Generación solar en la superficie y extracción geotérmica.”—

—“Tiene sentido.”— dijo Devon —“Arriba tienen una estrella monstruosa. Abajo tienen un planeta caliente.”—

Phillip miró la pantalla.

—“Han convertido sus dos problemas en centrales eléctricas.”—

—“Una descripción razonablemente exacta.”— dijo Kalaster.

La nave continuó descendiendo lentamente hacia la órbita prevista. Mientras se aproximaban, aparecieron nuevas imágenes.

Esta vez no eran estructuras: eran máquinas. Una figura humanoide avanzaba por una superficie rocosa.

Llevaba un cuerpo metálico articulado, cuatro sensores ópticos en la cabeza y un conjunto de herramientas sujeto a los brazos.

—“¿Qué es eso?”— preguntó Christine.

—“Unidad robótica de exploración hipogea.”—

—“Parece una persona.”—

—“No es una persona.”—

—“Ya lo sé.”—

—“Lo siento. Tu pregunta fue ambigua.”—

Christine suspiró.

—“¿Los usan para explorar la superficie?”—

—“Correcto. Y para ejecutar trabajos.”—

—“¿Y por qué con forma humana?”—

Devon respondió:

—“Porque muchas de sus herramientas e instalaciones fueron diseñadas originalmente para humanos. Un robot antropomorfo puede utilizar equipamiento concebido para manos, brazos y piernas humanas sin necesidad de modificarlo.”—

Clara observó la imagen.

—“Son buenos.”—

—“Muy buenos.”— dijo Devon.

Kalaster añadió:

—“La industria robótica hipogea se encuentra entre las más avanzadas de la Federación.”—

Phillip se volvió.

—“¿Más avanzada que la nuestra?”—

—“En determinados campos están tan avanzados como CyberSun, la compañía que brinda el seguro de vida a los tripulantes de las naves militares de la Federación, como esta.”—

—“Vaya...”—

—“Si. Son muy avanzados.”—

 


La imagen cambió otra vez, mostrando una ciudad subterránea. Después otra, y otra.

Las cámaras gigantescas aparecían conectadas por túneles. En algunas se distinguían zonas agrícolas. En otras, instalaciones industriales.

Había grandes espacios destinados a la crianza de animales. Todo aquello estaba bajo tierra.

Phillip se quedó mirando.

—“¿Nunca salen a la superficie?”—

Devon tardó un instante en responder.

—“Prácticamente no necesitan hacerlo.”—

—“No es lo mismo.”—

—“No, es cierto. Para contestar tu pregunta, hay hipogeos que nunca han salido a la superficie planetaria.”—

El científico amplió uno de los complejos.

—“La cuestión es que no debemos cometer el error de pensar que los Hipogeos viven bajo tierra porque prefieren hacerlo o porque tienen agorafobia.”—

—“¿Y por qué lo hacen?”—

Christine respondió:

—“Porque si salen, se mueren.”—

—“Exactamente.”—

Devon señaló la pantalla.

—“La superficie no es un hogar. Es una amenaza.”—

Aquella frase quedó flotando en el puente: una amenaza.

No un paisaje ni un lugar de vacaciones. No era un mundo abierto, sino una amenaza. Para los terrestres, el cielo era algo que estaba allí desde el nacimiento. Para un Hipogeo, quizá fuera simplemente el techo equivocado.

Phillip se acomodó en su asiento.

—“Entonces toda su civilización subterránea se formó así por obligación.”—

—“Sí.”—

—“Y después de seiscientos años terminaron haciendo de esa obligación una forma de vida.”—

Devon asintió.

—“Eso parece.”—

Christine cruzó los brazos.

—“¿Y cómo se mantiene una sociedad entera encerrada durante generaciones?”—

Nadie contestó inmediatamente. Kalaster proyectó una serie de datos demográficos.

—“Con una administración extremadamente eficiente de los recursos. Y un trabajo psicológico muy reforzado.”—

James frunció el ceño.

—“Eso no suena demasiado sencillo.”—

—“No lo es.”—

Aparecieron cifras de diversos datos: consumo energético, producción alimentaria, horas de trabajo, superficie habitable. Disponibilidad de agua, capacidad agrícola.

Phillip observó los números.

—“Necesitan trabajar mucho.”—

—“Muchísimo. Sin dudas es un mundo duro.”— dijo Devon.

—“¿Cuánto?”—

—“No tengo una cifra comparable con los estándares terrestres. Su definición de jornada laboral es diferente.”—

Clara miró los datos.

—“Entonces necesitan que prácticamente todos sean útiles.”—

Devon la miró asintiendo.

—“Pocos recursos. Mucho trabajo. Espacio limitado. Una superficie mortal.”—

Phillip completó:

—“Y demasiadas personas.”—

Devon asintió.

—“Exactamente. Y por eso necesitan el Martillo.”—

Kalaster apagó las cifras.

—“La población hipogea presenta una estructura social altamente optimizada.”—

Christine lo miró.

—“¿Optimizada para qué?”—

—“Para sobrevivir.”—

La respuesta fue tan sencilla que nadie hizo ningún comentario. Afuera, Érebos ocupaba ya buena parte del campo visual.

La superficie nocturna parecía tranquila. Pero bajo aquella corteza oscura se extendía una civilización entera.

James se levantó.

“Preparen la lanzadera.”—

Phillip comprobó los instrumentos.

—“¿Descendemos mañana?”—

—“Mañana por la noche.”—

Christine miró una última vez la superficie.

—“Qué extraño.”—

Phillip la miró.

—“¿Qué?”—

Chistine señaló los puntos luminosos bajo la superficie.

—“Nosotros aprendimos a dominar el planeta para poder vivir sobre él. Ellos aprendieron a vivir sin él.”—

Devon negó lentamente con la cabeza.

—“Yo diría que aprendieron a fabricar otro planeta.”—

Phillip contempló Érebos.

Por primera vez desde que habían iniciado el viaje, sintió cierta curiosidad por conocer a los habitantes de aquel mundo.

No por su tecnología, sus ciudades. Ni siquiera por el Martillo.

Quería saber qué clase de seres humanos podían surgir cuando durante seiscientos años nadie tenía la posibilidad de mirar al cielo.

La noche de Érebos llegó como una bendición.

Desde la órbita geoestacionaria, el planeta parecía una esfera negra atravesada por algunas líneas de luz. La superficie permanecía casi invisible bajo la sombra, mientras HD 93259 desaparecía detrás del horizonte.

—“Ahora.”— dijo Kalaster.

La lanzadera se separó de la HMS Erebus. Phillip Bardell tomó de inmediato los controles manuales.

—“Iniciando descenso nocturno.”—

—“Confirmado.”—

—“¿Temperatura?”—

—“Dentro de los límites de seguridad.”—

—“Por una vez, me alegra escuchar eso.”—

Christine Chang, sentada detrás de él, miró por la ventanilla. No se veían edificaciones ni carreteras. No había luces de edificios o construcciones, solo oscuridad.

—“¿Dónde están?”— preguntó.

Kalaster respondió desde el sistema de comunicaciones.

—“Debajo de nosotros.”—

Phillip sonrió.

—“Eso empieza a convertirse en una costumbre.”—

Un punto luminoso apareció entonces sobre la superficie. Después otro, y otro mas.

La lanzadera descendió hacia ellos. Eran los pozos de iluminación.

Rectángulos perfectos abiertos en la corteza del planeta. Durante el día, sus estructuras capturaban la brutal luz de HD 93259 y la conducían hacia las profundidades. Por la noche, apenas quedaban como grandes bocas negras.

Phillip maniobró entre dos de ellos. Un poco más adelante, apareció una plataforma.

La lanzadera aterrizó allí. Cuando la compuerta se abrió, un grupo de personas esperaba bajo una estructura abovedada.

El capitán James Fitz fue el primero en bajar, mientras un hombre de unos cincuenta años avanzó hacia él. Vestía un uniforme sencillo, sin insignias militares.

—“Capitán Fitz”—

—“Gobernador Kouris.”—

—“Theron Kouris.”—

Se estrecharon las manos.

Theron miró hacia la lanzadera.

—“Bienvenidos a Érebos.”—

Phillip descendió después de Christine, seguido por Devon Marbone y Clara Liddel.

Theron saludó a cada uno con cortesía.

No había soldados. Phillip miró alrededor.

—“¿No tienen guardias?”—

Theron pareció no comprender la pregunta.

—“No.”—

“¿Seguridad? ¿Policía?”— intervino Christine

—“Tampoco.”—

Phillip miró a James, que se limitó a encogerse de hombros.

—“¿Nunca tienen problemas?”— preguntó Christine.

Theron pareció reflexionar.

—“No hay crímenes aquí. Pero tenemos problemas constantemente.”—

—“Entonces...”—

—“Los resolvemos.”—

—“¿Sin policía?”—

—“Sí. No son necesarios.”—

Phillip miró a Kalaster, cuyo módulo portátil flotaba detrás del grupo.

—“Esto se está poniendo interesante.”—

Theron no pareció compartir su entusiasmo.

—“Será mejor que bajemos.”— dijo el gobernador mientras señalaba una plataforma.

Debajo de ella se abría un enorme conducto, en donde la luz descendía hacia las profundidades por haces de fibra óptica. Una gran cinta transportadora los movía con rapidez por la calzada.

—“Ésta es una de nuestras entradas principales.”— explicó Theron.

Phillip observó las paredes, gruesas y enormes. Los arcos de herradura se repetían hasta desaparecer en la distancia.

—“Bonito agujero.”—

Theron lo miró sonriendo por la broma.

—“Es la entrada a la ciudad.”—

Phillip tosió.

—“Bonita ciudad.”—

Descendieron, y a medida que la plataforma bajaba, el mundo de arriba desaparecía gradualmente. No había viento, ni cielo. Solo piedra y un poco a lo lejos, luz.

Una luz suave, casi solar, bañaba los enormes túneles.

Christine observó a las personas que transitaban por las cintas transportadoras de los túneles. Y comenzó a notar algo extraño: había hombres y mujeres. Pero la diferencia entre los sexos no era inmediatamente evidente.

No por su vestimenta o comportamiento, tampoco por su aspecto físico.

Algunos hombres eran delgados, otros musculosos. Y observó algunas mujeres robustas y de hombros anchos, mientras otras tenían cuerpos más pequeños y rasgos delicados.

Theron caminaba junto a ellos sin que nadie pareciera prestar atención especial a las diferencias.

Clara se acercó discretamente a Devon.

—“¿Lo notas?”—

—“Sí.”—

Más adelante, un grupo de trabajadores apareció por un túnel lateral. Llevaban herramientas de minería.

Phillip observó a una mujer cargando una pieza metálica que él habría considerado pesada incluso para un hombre entrenado.

La mujer la colocó sobre una plataforma y continuó caminando.

—“¿Ella trabaja en minería?”— preguntó.

—“Sí.”— respondió Theron.

—“¿Todas las mujeres lo hacen?”—

—“No todas. Solo las que tienen esa función.”—

Phillip miró a Christine.

—“¿Función?”—

Theron continuó caminando.

—“En Érebos procuramos que cada persona realice aquello para lo que resulta más útil.”—

Christine frunció el ceño.

—“¿Más útil?”—

—“Claro. Para la comunidad.”—

No parecía haber ninguna intención de ofender. Y precisamente por eso la frase resultaba algo incómoda para los terráqueos.

Devon intervino:

—“¿Y cómo determinan esa utilidad?”—

—“Depende de las capacidades físicas, intelectuales y reproductivas. Y tenemos un sistema de cupos disponibles para las actividades o profesiones.”—

Phillip miró a una mujer que pasaba junto a ellos.

—“¿Y que son las capacidades reproductivas?”—

Theron asintió.

—“Hay mujeres cuya constitución resulta especialmente adecuada para la gestación de niños. Ellas cumplen esa función.”—

—“¿Y las demás?”—

—“Trabajan.”—

—“¿En cualquier cosa?”—

—“En aquello que puedan hacer mejor. Se puede elegir si hay cupos disponibles.”—

Phillip recordó la mujer de la pieza metálica.

—“¿Las mujeres trabajan en canteras?”—

—“Sí.”—

—“¿Minería? ¿Excavación? ¿Mantenimiento?”—

—“Claro, si así lo desean.”—

—“¿Y como soportan el esfuerzo de las tareas de fuerza?”—

Theron lo miró.

—“Se les suministra testosterona si lo desean.”—

Christine levantó ligeramente las cejas.

—“¿Desde qué edad?”—

—“Algunas la reciben desde la adolescencia, cuando se determina que lo necesita por su función.”—

El silencio de los terrícolas fue breve, pero perceptible. Phillip decidió romperlo.

—“¿Y los hombres?”—

Theron lo miró como si la pregunta fuera extraña.

—“Trabajan también. En las mismas tareas. No hay diferencias entre sexos si eso es lo que quiere saber.”—

Phillip asintió lentamente.

Aquello no parecía una sociedad de hombres y mujeres. Se parecía a una sociedad de trabajadores. Y era lógico, dado el pasado minero de la colonia.

En donde unos tenían determinadas funciones, otros tenían otras. Y el sexo biológico era solamente un dato estadístico. Excepto en las mujeres gestacionales.

—“¿Y los niños?”— preguntó Clara.

“Son educados en las escuelas.”—

—“¿Por sus padres?”—

Theron negó con la cabeza.

—“No, por los educadores.”—

—“¿Y sus madres?”—

—“Después de parir, descansan unos meses y continúan realizando su función gestacional.”—

Clara miró a Devon. Él no dijo nada.

Theron pareció advertir la expresión de ambos.

“No deben juzgar nuestras costumbres con criterios terrestres.”—

“No estamos juzgando.”— dijo Devon.

“Todavía.”—

Phillip sonrió. Theron también. Fue la primera señal de que el gobernador sabía apreciar una ironía.

“¿Ustedes tienen hijos?”— preguntó Phillip.

—“La colonia tiene hijos. No los individuos.”—

—“No era exactamente lo que pregunté.”—

—“Lo sé. Los hombres aportamos esperma, pero no sabemos a que madre gestacional se le asigna. Ni quienes son nuestros hijos.”—

Siguieron caminando. Una pareja pasó frente a ellos. O, al menos, Phillip creyó que era una pareja. Eran una mujer y un hombre que caminaban juntos.

—“¿Son marido y mujer?”— preguntó.

Theron los miró.

—“No. No lo creo.”—

—“¿Compañeros?”—

—“Probablemente trabajan en el mismo sector.”—

Phillip observó cómo se alejaban.

—“Ah.”—

Un minuto después vio a otro hombre caminando solo. Después a una mujer. Después a un grupo que conversaba mientras avanzaba hacia una de las cúpulas.

—“¿Aquí la gente vive sola?”— preguntó Christine.

—“Sí. Así suele ser.”—

—“¿Siempre?”—

—“No siempre, pero generalmente.”—

—“¿Y las parejas?”—

Theron volvió a detenerse para explicar.

—“Verá, en Érebos no solemos tener parejas.”—

Phillip creyó haber oído mal.

—“¿No tienen parejas?”—

—“No como ustedes en la Tierra.”—

—“¿Y el sexo?”—

Theron respondió con absoluta naturalidad:

—“El sexo aquí es casi exclusivamente para fines reproductivos de la colonia.”—

Christine parpadeó.

—“¿Solamente?”—

—“Principalmente.”—

—“¿No existe...?”—

Buscó la palabra. Theron esperó.

—“¿Compañerismo íntimo?”—

—“No entiendo ese concepto. Pero si se refiere a sexo recreativo, si. Algunos hipogeos gustan de practicar el sexo recreativo. Generalmente si es así, optan por vivir en pareja. Algo parecido a la Tierra. ”—

Phillip miró a Christine.

Por primera vez desde que habían aterrizado, ninguno de los dos encontró un comentario ingenioso.

Theron continuó:

—“El afecto existe. La amistad existe. La cooperación existe. La familia existe en determinadas formas.”—

—“¿Pero no viven juntos?”— preguntó Clara.

“La generalidad de los hipogeos, no.”—

—“¿Nunca?”—

—“Los ancianos suelen hacerlo. También algunos tradicionalistas. Y, como dije, los que practican sexo recreativo.”—

Phillip miró nuevamente a su alrededor.

—“¿Y eso les parece normal?”—

Theron respondió:

—“Es normal para la colonia.”—

No había orgullo en su voz, ni desprecio. Simplemente era una afirmación. Aquello era la normalidad de Érebos.

Christine observó a una mujer que se aproximaba por el corredor.

Era diferente. Su cuerpo tenía rasgos claramente femeninos. Su ropa era distinta. Caminaba acompañada por dos niños.

Phillip también la miró. Theron siguió su mirada.

—“Ella pertenece al grupo reproductivo.”—

—“¿Y las demás mujeres?”— preguntó Christine.

—“No tienen necesidad de parecerse a ella.”—

Christine permaneció callada.

Phillip comprendió entonces algo más inquietante: en Érebos, ser hombre o mujer no parecía determinar quién eras. Lo determinaba lo que hacías.

Y, poco a poco, la diferencia sexual se había convertido en una cuestión funcional, no identitaria ni sentimental. Era funcional.

—“¿Y creen en Dios?”— preguntó Clara inesperadamente.

Theron la miró.

—“¿Qué es eso?”—

—“Una entidad superior omnipotente. Una creencia religiosa.”—

—“Ah, enteindo. Sé que en la Tierra tienen religiones. Acá no tenemos ninguna.”—

—“¿Nunca la tuvieron?”—

—“Los primeros colonos, si.”—

—“¿Y qué ocurrió?”—

Theron continuó caminando.

—“La abandonaron.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque no nos ayudaba a excavar.”—

Phillip soltó una carcajada. Theron lo miró.

—“¿Es gracioso?”—

—“Un poco.”—

—“Lo siento, no pretendía ser irrespetuoso.”—

—“No está bien, estamos siendo metiches.”—.

Llegaron finalmente a una enorme cámara en donde una cúpula subterránea gigantesca se elevaba sobre ellos.

Los arcos de herradura formaban una estructura monumental que parecía sostener el peso de toda la montaña.

Theron señaló hacia a un edificio en uno de los corredores.

—“Ése será su hotel de alojamiento durante su estancia.”—

James miró alrededor.

—“¿Cuánto tiempo tardaremos en instalar el Martillo?”—

—“La instalación inicial durará varias semanas. Después tendrán que entrenar a nuestros operadores.”—

—“¿Cuánto tiempo?”—

—“El que sea necesario. Su estadía será resuelta sin problemas.”—

James asintió.

—“Quizá estaremos aquí varios meses.”—

—“No hay problema, Capitán.”—

Theron hizo una pausa.

—“Y necesitarán un contacto permanente.”—

Una mujer se acercó desde el extremo de la cámara.

Phillip la vio antes de que Theron pronunciara su nombre.

Era alta. Ancha de hombros. Tenía el cuerpo compacto de alguien acostumbrado al trabajo físico. Vestía ropa de trabajo gris y llevaba una tableta geológica bajo el brazo. Su rostro era sereno. No parecía joven ni especialmente mayor.

Theron la presentó.

—“Ruth Galanis.”—

La mujer saludó a los recién llegados. Luego preguntó:

—“¿Cuál de ustedes es el piloto?”—

Phillip levantó una mano.

—“Yo.”—

Ruth lo observó durante unos segundos. Después bajó la mirada hacia sus manos. Phillip no supo por qué.

—“¿Esas manos conducen la nave?”— preguntó ella.

—“Sí.”—

Ruth pareció sorprendida.

—“No tienes cicatrices.”—

Phillip miró sus propias manos.

—“Bueno… no es un trabajo rudo físicamente. Es difícil en otros aspectos.”—

Ruth levantó nuevamente los ojos. No sonrió, pero algo parecido a la curiosidad apareció en su rostro. Parecía algo turbada.

—“Bien, Phillip, como estás entrenado en leer mapas tridimensionales, tú y yo deberemos trabajar juntos para guiarnos en la maraña de túneles y bóvedas de la colonia.”—

—“Por mi está bien, jefa. Haré lo que me digas.”— bromeó el piloto.

Theron continuó:

—“Ruth será su anfitriona, contacto y guía durante su permanencia en Érebos.”—

Phillip extendió la mano.

—“Encantado.”—

Ruth observó la mano durante un instante, y después la estrechó. Su mano era áspera y fuerte. Contrastaba con la suavidad de las manos del piloto. La mano de Phillip desapareció casi por completo dentro de ella. La chica mantuvo el contacto una fracción de segundo más de lo necesario, luego lo soltó.

—“Bienvenidos al Pueblo del Interior.”— dijo la geóloga.

Phillip sonrió.

—“Gracias.”—

Ella miró otra vez sus manos, y Phillip tuvo la extraña sensación de que, en aquel extraño planeta, acababa de ser él quien había sido examinado.

 

 


Cúpulas de Érebos

por Rodriac Copen

 

Capítulo 3 – Cosas Innecesarias

 

El Martillo no comenzó a funcionar hasta que Phillip Bardell estuvo frente al mapa.

La primera prueba había terminado en una discusión de casi una hora. No sobre la máquina, sino sobre las coordenadas.

—“Ese punto está mal.”— dijo Ruth Galanis.

Phillip levantó la cabeza.

—“No. Mira estas referencias.”—

—“Sí.”—

—“La coordenada vertical es correcta.”—

—“Pero la horizontal está ligeramente desplazada.”—

Phillip señaló la pantalla.

—“Porque quizá estás leyendo el eje de profundidad al revés.”—

Ruth se acercó un poco más.

—“No, no lo estoy leyendo al revés.”—

—“Puede que estés interpretando el plano con los parámetros bidimensionales. El mapa generado por el Martillo es ligeramente diferente a los que estás acostumbrada a leer.”—

Ruth guardó silencio.

Phillip amplió la representación para mejorar la vista de los detalles.

El mapa tridimensional mostró la estructura de roca como una masa transparente atravesada por túneles, cavidades y vetas minerales.

—“Mira.”— dijo —“No estamos buscando un punto. Estamos buscando una trayectoria.”— le señaló un sector.

Ruth observó la imagen. Después lo miró y sonrió muy levemente.

—“Tienes razón.”—

Phillip sonrió.

—“Me ocurría con frecuencia también durante mi entrenamiento.”—

—“No exageres.”

—“Era una pequeña exageración.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque en la Tierra es una costumbre.”—

Ruth lo estudió durante unos segundos.

—“¿Exagerar?”—

—“A veces, sí.”—

—“¿Sin necesidad?”—

—“No. Es para que no te sientas mal. Le llamamos empatía.”—

Ruth pareció considerar aquella información.

—“Es una costumbre extraña.”—

—“Tenemos muchas ¿Quién no?”—

El Martillo esperaba detrás de ellos.

La enorme máquina había sido transportada hasta una cámara de trabajo donde los Hipogeos habían preparado la primera zona de excavación.

Su operación dependía de aquellas coordenadas. Y una pequeña diferencia podía significar una fractura inútil.

Una diferencia mayor podía hacer que una onda de presión se propagara por una veta equivocada y comprometiera una sección completa del túnel.

Ruth volvió a mirar el mapa.

—“Enséñame cómo lo haces.”—

Phillip se inclinó sobre la consola.

—“A ti, no hay mucho que pueda enseñarte. Mira, un piloto aprende a imaginar el espacio en tres dimensiones.”—

—“Un geólogo también.”—

—“Por eso lo decía. Tenemos algo en común.”—

Ruth lo miró.

—“Sí.”—

Fue la primera vez que Phillip notó que sonreía abiertamente. Muy poco, pero lo hacía.

Durante las semanas siguientes trabajaron estrechamente. Primero fue por necesidad, después por costumbre. A pesar de las enormes diferencias culturales, se llevaban muy bien.

Y finalmente nadie preguntó por qué Ruth estaba casi siempre junto a Phillip al momento de interpretar un mapa tridimensional.

Ella resultó ser una geóloga excelente. Y también había sido excavadora.

Phillip lo descubrió una tarde, cuando entre unas carpetas, encontró en uno de los archivos antiguos una fotografía de Ruth.

—“¿Esa eres tú?”—

Ruth miró la imagen.

—“Sí.”—

Phillip observó la fotografía. Ruth aparecía frente a una máquina de excavación, cubierta de polvo, con un casco sobre la cabeza.

—“¿Trabajabas con eso?”—

—“Lo hice por once años.”—

—“¿Y después estudiaste geología?”—

—“Los primeros años, excavé. Después estudié geología mientras estaba en ese puesto.”—

—“¿Por qué?”—

Ruth pareció sorprendida por la pregunta.

—“Me gusta saber qué hay debajo de donde estamos excavando.”—

Phillip sonrió.

—“Eso es bastante razonable.”—

—“Ahora busco nuevas rutas.”—

—“¿Rutas?”—

—“Nuevos túneles. Nuevas cámaras. Posibles lugares para construir ciudades. Ya sabes. Ampliación del hábitat humano.”—

Phillip la miró.

—“¿Exploras para construir nuevas ciudades?”—

—“Sí.”—

—“Entiendo. En la Tierra tenemos exploradores que buscan planetas.”—

—“Nosotros ya tenemos uno.”—

—“Touché.”—

Ruth lo miró sin comprender.

—“¿Qué significa eso?”—

—“Que has ganado la discusión.”—

—“Pero… no estábamos discutiendo.”—

—“Eso también es una costumbre terrestre.”—

Ruth volvió a mirar el mapa.

—“Los terrestres hablan mucho.”—

—“Eso también.”—

A Phillip empezaba a divertirle que Ruth tomara literalmente casi todo lo que decía.

Pero había algo más: le gustaba conversar con ella. Ruth preguntaba constantemente por la Tierra.

Quería saber cómo eran las ciudades, cómo vivían las familias. Cómo se educaban los niños.

Por qué los hombres y las mujeres vestían de manera diferente en determinadas ocasiones. Por qué algunas personas trabajaban toda su vida en actividades que no eran necesarias para la supervivencia.

Preguntaba sobre las profesiones que no existían en su planeta, como los artistas, los deportistas. Quería saber por qué alguien consideraría dedicar veinte años a estudiar una lengua muerta.

Y, sobre todo, por qué los terrestres parecían empeñados en hacer tantas cosas que no eran necesarias.

Por lo que parecía, entre los hipogeos todo giraba alrededor de la supervivencia y el sustento de la especie humana.

—“¿Para qué sirve un músico?”— preguntó una vez.

Phillip pensó unos segundos.

—“Pues… compone melodías, hace música.”—

—“Es que no entiendo para que sirve.”—

—“Bueno… las artes como la música, la pintura, la escritura. Se podría decir que son recreativas.”—

—“¿Recreativas?”—

—“Claro. ¿No haces nada por placer?”—

Ruth parecía confundida.

—“Trabajo en lo que me gusta.”—

—“No me refiero al trabajo, sino al ocio. ¿Haces algo que te guste solo porque sí, sin que sea obligatorio o esté en relación al trabajo? El arte es algo así.”—

Ruth lo miró con paciencia.

—“No entiendo. Me gusta nadar.”—

Phillip sonrió.

—“Ahí tienes. En la Tierra, las artes como la música, el cine, la pintura o la lectura son gustos que no tienen un fin de supervivencia o práctico. Hacen bien al espíritu, al ánimo de las personas. No sé si soy el mejor explicando. Hago lo que puedo.”—

Ruth asintió lentamente con la cabeza.

—“Creo que te entiendo. En Érebos nadie dedicaría tiempo a una actividad que no produce nada necesario.”—

—”Sin embargo te gusta nadar. Y lo haces por gusto ¿verdad?”—

—”Tienes razón. Y ahora que lo dices, no entiendo por que aquí no existe el arte.”—

—“Bueno… quizás las condiciones del ambiente, tan duras y difíciles les llevó a priorizar lo práctico antes que lo recreativo. Estoy especulando, claro.”—

—“En la Tierra parece que tienen tiempo de ocio.”—

—“Para eso sirve el desarrollo. Mientras más avanzada es una civilización, le debería dar más tiempo a las personas para recrearse y disfrutar de la vida. ¿Qué sentido tiene el desarrollo y la evolución si no permite eso a la humanidad?”—

—“Supongo.”—

—“Quizá aquí aún la colonia lucha por sobrevivir al ambiente hostil. Cuando llegue a estabilizarse, empezará a evolucionar también el ocio y las artes.”—

Ruth volvió a estudiar el mapa.

—“Debe ser agradable.”—

Phillip la miró.

—“¿Qué cosa?”—

—“Poder hacer cosas innecesarias.”—

Aquella respuesta lo dejó pensando. Un poco más tarde, ese mismo día, Ruth dijo:

—“Todavía no entiendo del todo qué utilidad tiene la música.”—

Phillip levantó la vista.

—“No tiene ninguna utilidad práctica.”—

Ruth frunció el ceño.

—“Entonces, ¿por qué la escuchan?”—

—“Porque nos gusta. Nos relaja. Nos entretiene.”—

—“¿Y eso qué significa?”—

Phillip se quedó pensando.

—“A ti te gusta nadar. Pero no sacas nada de ello. Significa que algo puede ser valioso para ti, aunque no sirva para nada.”—

Ruth lo observó con una expresión casi desconfiada.

—“Eso parece una forma peligrosa de pensar. Hacer ejercicio hace bien al cuerpo.”—

—“En la Tierra tenemos muchas formas peligrosas de pensar.”—

—“Ya lo he notado.”—

—“Mira… nadar hace bien a tu cuerpo. Por eso lo haces. Escuchar musica hace bien al espíritu, al ánimo. Por eso la escuchamos.”—

Phillip sonrió.

 

 

Habían hablado durante casi una hora. De música, de pintura, de novelas, de poesía. Ruth había preguntado para qué servía un cuadro que no mostraba un mapa, una veta mineral o una estructura geológica.

Phillip había intentado explicárselo, pero no había conseguido gran cosa.

Al día siguiente, Ruth encontró a Phillip esperándola junto al laboratorio.

—“Tengo algo para ti.”—

Ella miró el pequeño dispositivo que él sostenía.

—“¿Qué es?”—

—“Una colección.”—

—“¿De qué?”—

—“De cosas inútiles.”—

Ruth lo miró seriamente.

—“No parece un buen regalo.”—

Phillip soltó una carcajada.

—“Espera.”—

Le entregó el dispositivo. Era pequeño, pero contenía una biblioteca completa con miles de composiciones musicales. Galerías de pintura y escultura de la Tierra. Fotografías de obras antiguas y modernas. Libros de todo tipo.

—“¿Todo esto está aquí?”— preguntó Ruth.

—“Todo.”—

—“¿Para qué?”—

—“Para que lo descubras.”—

Ruth pasó un dedo por la superficie del dispositivo.

—“¿Cuánto tardaría en leerlo?”—

—“Toda una vida, probablemente.”—

Ella levantó los ojos.

—“¿Y tú has leído todo?”—

—“No.”—

—“Entonces no entiendo por qué me lo das. Todavía es útil para ti.”—

Phillip se encogió de hombros.

—“Porque me preguntaste. Te lo doy para que lo experimentes, Ruth. Porque te aprecio. El arte no puede explicarse. Lo intentamos, pero no se puede. Hay que disfrutarlo y vivirlo. Por eso te lo doy.”—

Ruth permaneció inmóvil. Era evidente que aquello no encajaba en ninguna categoría que ella conociera.

Y, sin embargo, Phillip se lo había preparado especialmente para ella.

—“¿Por qué?”— preguntó.

—“Porque quiero que conozcas algo de mi mundo.”—

Ruth bajó nuevamente la mirada hacia el dispositivo.

—“¿Debo devolvértelo más tarde?”—

—“No. Ahora es tuyo.”—

Aquella frase pareció afectarla más que todo lo demás. Ruth no respondió. Simplemente activó el dispositivo.

La primera imagen que apareció fue una pintura: un paisaje terrestre. Se veía un cielo enorme, un río. Árboles. Una mujer sentada junto al agua.

Ruth permaneció contemplándola.

—“¿Dónde está?”—

—“En ningún lado. Ese lugar no existe.”—

Ella giró la cabeza.

—“¿No existe?”—

—“No. Es una pintura.”—

—“Entonces nunca ocurrió.”—

—“No necesariamente.”—

Ruth volvió a mirar la imagen.

—“¿Y por qué alguien pintaría algo que no existe?”—

Phillip sonrió.

—“Porque quizá hubiera querido estar allí. Porque podía imaginarlo.”—

Ruth guardó silencio.

Pasó a la siguiente imagen, después a otra. Luego abrió la música. Y una melodía llenó el pequeño espacio donde estaban.

Ruth se quedó completamente quieta, escuchando. Durante un momento cerró los ojos.

Phillip sonrió sin decir nada.

Al terminar la pieza, Ruth permaneció inmóvil unos segundos más.

—“¿Qué hace?”— preguntó finalmente.

—“Nada.”—

Ella abrió los ojos.

—“¿Nada?”—

—“Solo está ahí.”—

Ruth volvió a mirar la pantalla. Después abrió uno de los libros para leer las primeras líneas.

Phillip comenzó a alejarse.

—“¿Adónde vas?”—

Él se volvió.

—“Quiero dejarte tranquila.”—

Ruth lo miró.

—“¿Por qué?”—

Phillip sonrió.

—“Porque creo que acabas de descubrir algo que necesita bastante tiempo para entenderse.”—

Ruth volvió la vista hacia el dispositivo.

—“Phillip.”—

—“¿Sí?”—

—“Gracias.”—

Él asintió.

—“Por nada.”—

Se marchó.

Ruth permaneció sentada. Durante unos minutos siguió mirando la pintura. Después volvió a la música. Luego abrió una novela.

Y, por primera vez en su vida, una mujer de Érebos dedicó una parte de su tiempo a algo que no tenía ninguna utilidad.

No sabía todavía que aquello se llamaba ocio. Tampoco sabía que acababa de recibir algo mucho más extraño que una biblioteca.

Phillip le había regalado la posibilidad de perder el tiempo. Y no pudo despegarse de ese dispositivo.

Con el paso de las semanas, Ruth también comenzó a observar a la tripulación. Al principio discretamente. Después con menos disimulo.

Le intrigaban especialmente Phillip y Christine. Sabía que los dos se conocían desde hacía años.

Bromeaban, se tocaban el brazo, se empujaban. Discutían y se reían juntos. Christine conocía historias de Phillip que él jamás le había contado a Ruth.

Phillip sabía cuándo Christine estaba cansada, cuándo tenía hambre y cuándo estaba a punto de enfadarse. A veces permanecían juntos hablando durante largos períodos.

Y Ruth los observaba.

Una tarde vio cómo Christine apoyaba la cabeza sobre el hombro de Phillip mientras él hablaba. Aquello le resultó desconcertante. Más tarde vio a Christine besar a James.

Pero no en la mejilla, sino en la boca.

Ruth permaneció inmóvil, después miró a Phillip. Él no parecía sorprendido ni molesto.

Al día siguiente observó a Devon y Clara. También se tocaban, se besaban. Y también discutían. Pero, a diferencia de Phillip y Christine, ellos vivían juntos.

Ruth empezó a construir una hipótesis. No era una hipótesis especialmente buena, pero era la única que tenía.

Buscó a su amiga Sofia Katsaro. La encontró en la biblioteca de la universidad.

Ella también había tenido contacto con los terrestres, aunque no tan estrecho como Ruth.

—“Necesito preguntarte algo. Tú eres antropóloga.”—

Sofia levantó la vista.

—“Eso suena a problema cuando lo dices así.”—

Ruth se sentó frente a ella.

—“Es sobre los terrestres.”—

—“Te escucho.”—

—“No los comprendo.”—

—“Eso es normal. Somos muy diferentes a ellos.”—

—“Tú has estado con ellos, y te he contado cosas también. Son desconcertantes. Esto es sobre Phillip y Christine.”—

Sofia cerró lentamente el libro.

—“Ah. Continúa.”—

—“Quiero saber ¿Son pareja?”—

—“Por lo que me has dicho y he visto, no.”—

—“¿Son amantes?”—

—“No lo creo.”—

—“Pero se tocan.”—

—“Sí. Los terrestres lo hacen.”—

—“Se ríen juntos.”—

—“Sí. Ellos le dicen humor.”—

—“Pasan tiempo solos.”—

—“Sí.”—

Ruth frunció el ceño.

—“Entonces son pareja.”—

Sofia sonrió.

—“No necesariamente.”—

—“No entiendo.”—

—“Son amigos. Como tú y yo.”—

Ruth permaneció en silencio.

—“Pero son hombre y mujer ¿Qué significa eso?”—

—“Que se quieren.”—

—“¿Quieren reproducirse?”—

—“No.”—

—“¿Entonces?”—

—“Se quieren porque son amigos.”—

Ruth la miró fijamente.

—“Eso no tiene sentido.”—

—“Para los terrestres, sí. Quizá no para muchos de nosotros.”—

—“¿Por qué?”—

Sofia se levantó y caminó hasta una estantería.

—“Porque en la Tierra las relaciones humanas no tienen una sola función.”—

Sacó un libro.

—“Ellos pueden tener amigos, amantes, esposos, compañeros de trabajo, familiares...”—

—“¿Y una persona puede cumplir varias funciones?”—

—“Claro.”—

Ruth pensó en ello.

—Eso parece extraño.”—

Sofia sonrió.

—“Lo es para nosotros. No tenemos sus costumbres. Vivimos solos. Somos solitarios. Para ellos, los extraños somos nosotros.”—

—“Entonces, ¿por qué lo hacen?”—

Sofia dejó el libro sobre la mesa.

—“Porque los humanos no siempre hacemos las cosas solamente porque sean eficientes o prácticas.”—

Ruth permaneció callada.

—“¿Y Christine?”—

—“Christine está casada con James.”—

—“Pero quiere a Phillip.”—

—“Sí.”—

Ruth frunció el ceño.

—“¿Y James lo permite?”—

Sofia soltó una pequeña carcajada.

—“James no tiene que permitirlo.”—

—“¿Por qué?”

—“Porque Phillip es su amigo, no su rival. Chistine quiere de forma diferente a James y a Phillip.”—

Ruth tardó unos segundos en responder.

—“¿Y por qué Christine besa a James?”—

—“Porque es su marido.”—

—“¿Y por qué vive con él?”

—“Eligieron vivir juntos. Y copulan entre si.”—

Ruth bajó la mirada.

—“¿Eligieron hacer una pareja?”—

—“Sí.”—

Aquella palabra pareció detenerla.

—“¿No fue una asignación? ¿No fueron seleccionados?”—

—“No.”—

—“¿Entonces quién decidió?”—

Sofia sonrió.

—“En la Tierra, deciden las personas.”—

Ruth permaneció pensativa.

—“Eso parece complicado.”—

—“Tal vez para nosotros.”—

—“¿Y funciona?”—

Sofia la miró.

—“Claro. A veces si, a veces no.”—

—“¿Y cuando no funciona?”—

—“Se separan. Y buscan a otros.”—

Ruth abrió ligeramente los ojos.

—“¿Pueden hacerlo?”—

—“Sí.”—

—“¿Y los hijos?”

—“En la Tierra no es como aquí. Cada mujer elige si quiere o no ser progenitora. Los hijos son criados por sus propias madres, no en una escuela. Depende de cada familia.”—

Ruth guardó silencio durante un largo rato.

Finalmente preguntó:

—“¿Todas las mujeres terrestres viven así?”—

Sofia negó con la cabeza.

—“No existe una única forma de ser mujer en la Tierra. Algunas mujeres pueden elegir no formar pareja. Pueden elegir no tener hijos. O pueden tener los que quieran.”—

—“¿Y los hombres?”—

—“Tampoco existe una única forma de ser hombre.”—

Ruth pareció confundida.

—“Aquí sí.”—

—“Lo sé. Son diferencias culturales y sociales.”—

—“Una mujer puede ser reproductora o trabajadora.”—

—“En Érebos sí. No es así en la Tierra.”—

—“Y los trabajadores reciben testosterona cuando son adolescentes.”—

—“Lo sé. En la Tierra se usa la testosterona por razones médicas, no de modo generalizado.”—

Aquella noche Ruth caminó sola por uno de los grandes túneles.

Las luces descendían desde la superficie a través de las fibras ópticas y llenaban la bóveda con una claridad artificialmente natural.

Se cruzó con decenas de personas: hombres, mujeres. Nadie parecía prestarle demasiada atención.

Ruth pensó en Phillip. En sus manos, en sus bromas. En aquella costumbre absurda de hacer cosas innecesarias. Pensó también en Christine. En la forma en que hablaba con él.

En la confianza que existía entre ambos. Y por primera vez comprendió que aquella relación tenía algo que ella no sabía nombrar. No era reproducción, trabajo o parentesco.

Era algo que, según Sofia, los terrestres llamaban amistad.

Ruth siguió caminando. Entonces recordó algo que Phillip le había dicho unos días antes. En la Tierra podemos hacer cosas innecesarias. Por alguna razón, aquella frase ya no le parecía tan absurda.

Y eso la inquietó mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

 

 


 

Cúpulas de Érebos

por Rodriac Copen

 

Capítulo 4 – El Manantial

 

Era un día de descanso. Ruth pensó que a los terrestres les gustaría un día de ocio. El manantial se veía al final de un túnel estrecho.

Después de algo más de una hora de caminar por las cavernas, Ruth se detuvo ante una abertura en la roca y señaló hacia abajo.

—“Hemos llegado.”—

Phillip asomó la cabeza.

Debajo de ellos se extendía una pequeña laguna de agua cristalina, alimentada por un manantial que brotaba entre las piedras. Sobre la superficie flotaban diminutas plantas luminosas. Alrededor se extendía una planicie verde con flores, arbustos y árboles. Las paredes de la caverna estaban cubiertas de musgo azul verdoso.

Por encima de ellos, grandes lámparas traían desde la superficie los rayos de sol, iluminando toda la escena de la cúpula.

—“Esto sí que es un gran lugar para pasar el día.”— dijo Phillip.

Ruth lo miró.

—“¿Pasar el día?”—

—“Sí. Comer, nadar, descansar... perder el tiempo. Tú sabes.”—

Ruth sonrió.

—“Todavía no entiendo completamente todas esas expresiones.”—

—“Relájate. Ya aprenderás.”—

Bajaron hasta la orilla.

Ruth dejó su equipo sobre una roca y, sin la menor ceremonia, comenzó a quitarse la ropa, quedando desnuda por completo.

Phillip se quedó inmóvil durante un instante.

Christine lo observó de reojo.

—“No pongas esa cara.”—

—“¿Qué cara?”—

—“La de hombre que acaba de descubrir una especie nueva.”—

—“Estoy intentando comportarme como un profesional.”—

—“Pues… inténtalo mejor porque no te sale bien.”—

Ruth ya estaba entrando en el agua.

No había en su actitud el menor rastro de vergüenza o coquetería. Para ella, desnudarse delante de sus compañeros parecía tan irrelevante como quitarse las botas antes de entrar en una caverna.

Phillip terminó por comprender que, para Ruth, el cuerpo no tenía aquella dimensión de intimidad que poseía para los terrestres.

Los terrestres optaron por usar trajes de baño.

El piloto se sumergió en las aguas y se acercó nadando hasta donde estaba Ruth. Entonces vio la cicatriz.

Una enorme marca atravesaba su hombro y descendía hacia la espalda.

—“¿Qué te ocurrió?”— preguntó señalando la vieja herida.

Ruth se volvió.

—“Nada. Un accidente de trabajo.”—

Phillip frunció el ceño.

—“Eso no parece nada.”—

—“Fue hace mucho.”—

—“¿Y cómo ocurrió?”—

—“Un accidente sin importancia.”—

Phillip esperó.

—“¿Un accidente sin importancia?”—

—“Sí.”—

—“Ruth, si eso es un accidente sin importancia, empiezo a preocuparme por los importantes.”—

Ella se encogió de hombros.

—“Fue durante una excavación. Una sección del techo cedió antes de tiempo.”—

—“¿Y tú estabas debajo?”—

—“Sí.”—

Phillip la miró.

—“¿Y saliste caminando?”—

—“No.”—

—“Ah.”—

—“Me sacaron.”—

—“Ah.”—

Ruth empezó a hacer la plancha mientras hablaban.

—“Tuve algunas fracturas. Perdí bastante sangre. Estuve inconsciente tres días.”—

Phillip permaneció callado.

—“¿Y dices que no fue importante?”—

Ruth lo miró con cierta perplejidad.

—“La galería quedó inutilizada durante dos semanas. Eso sí fue importante.”—

Phillip soltó una carcajada. Ruth lo observó sin entender.

—“¿Qué?”—

—“Nada.”—

—“Estás riendo.”—

—“Sí. Pero no es por ti. Ni por lo que cuentas.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque eres increíble. Lo digo en serio.”—

Ella no pareció entenderlo del todo. Pero de cierta manera se dio cuenta que Phillip le estaba haciendo un halago. Y enrojeció levemente.

Para Ruth, la cicatriz no era una deformación, ni una vergüenza, ni siquiera un recuerdo especialmente doloroso. Era la evidencia de una herramienta que había sufrido un daño y había continuado funcionando.

Phillip tardó unos segundos en comprenderlo.

Para los Hipogeos, el cuerpo personal no era algo que debiera conservarse intacto. Era considerado como una herramienta. Valiosa, pero como una herramienta que podía repararse.

Aquel día, luego del picnic y casi al final del día, Ruth encontró a su amiga Sofia sentada junto al canal que conducía el agua hacia las viviendas.

—“Necesito preguntarte algo.”—

Sofia levantó la mirada de su tableta.

—“Dime.”—

—“Los terráqueos tienen comportamientos extraños.”—

—“Vienen de una sociedad muy diferente.”—

Ruth se sentó a su lado.

—“Phillip y Christine.”—

Sofia sonrió de manera cómplice. Parecía saber algo que Ruth ignoraba.

—“Preguntas mucho sobre ellos. ¿Qué sucede esta vez?”—

—“Ya sé que son amigos.”—

—“Bien.”—

—“Pero… estábamos en el la laguna, pasándola bien y… vi que se tocan constantemente.”—

—“Los amigos terrestres suelen hacerlo.”—

—“Pero se abrazan. Se ríen. Se acarician. Hablan a solas.”—

—“Sí.”—

Ruth permaneció pensativa.

—“Se comportan como pareja ¿Estás segura que no lo son?”—

—“No, Ruth no lo son. Christine está casada con James.”—

—“Correcto. Pero entonces Phillip es...”—

Sofia esperó pacientemente

—“¿Su pareja secundaria?”—

Sofia soltó una carcajada.

—“No.”—

—“¿Son amantes?”—

—“Tampoco.”—

Ruth pareció desconcertada.

—“Entonces, ¿qué son entre sí? No me parecen amigos.”—

—“Son amigos, Ruth. No son amantes. No hay sexo entre ellos.”—

Ruth permaneció unos segundos en silencio.

—“Pero no entiendo ese comportamiento.”—

Sofia dejó la tableta.

—“Los terrestres tienen relaciones que no están determinadas solamente por una función.”—

—“¿Qué significa eso?”—

—“Que una persona puede ser tu amigo sin trabajar contigo, sin pertenecer a tu familia y sin tener que cumplir ninguna función reproductiva.”—

Ruth frunció el ceño.

—“¿Y por qué lo hacen?”—

—“Los terrestres son gregarios por naturaleza. A la mayoría no les gusta la soledad como a nosotros. Les gusta tener gente alrededor. Generalmente son familiares o amigos.”—

Ruth reflexionó.

—“¿Les gusta compartir?”—

—“Sí. Igual en los trabajos.”—

—“¿Incluso cuando no sirve para nada?”—

—“Aunque no sirva para nada. ¿No te has dado cuenta que cuando estás con Phillip, él se acerca, te habla, se interesa por ti? Recuerda el regalo que te hizo. Me lo mostraste.”—

Ruth metió la mano al bolsillo para tocar el dispositivo. No se había separado de él. Escuchaba música todas las noches, antes de dormir. Miró hacia el agua.

—“También me hablaste de relaciones sexuales.”—

Sofia suspiró.

—“Sí. Los terrestres son muy sexuales.”—

—“Me dijiste que ellos practican sexo aunque no quieran tener hijos.”—

—“Así es.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque les produce placer.”—

Ruth la miró fijamente.

—“¿Placer?”—

—“Sí. Aquí el sexo es procreativo. No es así en la sociedad terrestre.”—

—“¿Entonces el sexo puede ser recreativo?”—

—“Exactamente. Incluso aquí hay sexo recreativo. No se habla mucho porque es un tema tabú en nuestra sociedad. Pero fíjate en los hipogeos que viven en parejas. Son pocos, pero ellos suelen practicar sexo recreativo.”—

Ruth permaneció callada durante un largo momento.

—“Eso explica muchas cosas.”—

—“¿Qué cosas?”—

—“Nada.”— dijo algo avergonzada Ruth.

Sofia sonrió.

—“Cuando dices "nada", empiezas a parecerte a Phillip.”—

  

A medida que pasaba el tiempo, Phillip descubrió que Ruth podía sorprenderlo casi todos los días.

No solamente porque fuera una excelente geóloga. Era extraordinariamente inteligente. Aprendía deprisa, discutía mejor y tenía una ironía que había desarrollado sin necesidad de conocer el humor.

Eso último era lo que más lo desconcertaba.

Una mañana, mientras revisaban una proyección tridimensional de las galerías, Phillip cometió un error deliberado.

—“Creo que el túnel continúa por aquí.”—

Ruth miró el mapa.

—“No.”— respondió seria.

—“¿Estás segura?”—

—“Sí.”—

—“Podría estar equivocado el mapa.”—

—“No parece.”—

—“Podría estar equivocado el ordenador.”—

—“No.”—

—“Podría estar equivocado Kalaster.”—

Entonces la voz de Kalaster, la Inteligencia Artificial, surgió del comunicador.

—“Es una hipótesis estadísticamente improbable.”—

Phillip sonrió.

—“¿Ves? Incluso Kalaster se siente ofendido.”—

Ruth lo miró. Y entonces ocurrió algo extraño: se echó a reír. No fue una sonrisa educada. Fue una carcajada breve, espontánea, casi infantil.

Phillip se quedó mirándola.

—“¿Qué?”— dijo ella.

—“Nada.”—

—“Otra vez dices eso.”—

—“Es que acabas de descubrir algo.”—

—“¿Qué?”—

—“Que tienes sentido del humor.”—

Ruth dejó de reír.

—“¿Eso es bueno?”—

—“Muchísimo.”—

—“¿Por qué?”—

Phillip pensó la respuesta.

—“Porque significa que puedes reírte de las cosas.”—

—“¿Y eso para qué sirve?”—

Phillip la miró.

—“Para nada práctico. Pero el humor es como la música: le hace bien al espíritu, a la persona.”—

—“Creo que empiezo a entender a los terrestres.”— dijo la mujer mientras sonreía.

Ruth hacía grandes intentos para comprender a Phillip y a los terrestres.

Había algo particularmente extraño en él. Nunca había conocido a un hombre que no supiera trabajar en una mina, ni manejar maquinaria pesada.

No sabía reparar una excavadora. No era hábil con las herramientas. Y sin embargo, era interesante. Y no tenía las manos cubiertas de cicatrices. Los terrestres tenían manos muy suaves.

Una vez se quedó mirando las manos del piloto durante varios segundos. Y Phillip se dio cuenta.

—“¿Qué ocurre?”—

Ruth no apartó la mirada. Para ese entonces tenía más confianza.

—“Tus manos.”—

Phillip levantó ambas.

“¿Qué tienen?”—

—“Son suaves.”—

—“Gracias.”—

—“No era un cumplido. Quiero decir… si. Pero no hay manos suaves por aquí.”—

“Lo entiendo, Ruth. Relájate.”—

Ruth tomó una de sus manos y la examinó con curiosidad.

“Nunca había visto manos así.”—

—“¿Así cómo? ¿Pequeñas?”—

—“No. Suaves. Sin heridas.”—

—“Los pilotos no solemos excavar túneles.”—

—“¿Nunca has trabajado en una mina?”—

—“Nunca.”

—“¿Nunca has manejado una máquina de excavación?”—

—“No.”—

—“¿Nunca has estado en una galería de extracción?”—

—“No. A los pilotos nos entrenan en otras tareas.”—

Ruth lo contempló como si estuviera ante una criatura extraordinariamente exótica.

—“¿Y cómo sobrevives?”—

Phillip sonrió.

—“Vuelo naves. De las grandes. Astronaves de la Federación.”—

—“¿Como esa en la que llegaron?”—

—“Bueno, esa es una nave pequeña. Es una lanzadera. La nave en la que llegamos de la Tierra, está en órbita. Por su tamaño no puede bajar al planeta.”—

—”Pensé que la nave en la que llegaron era inmensa. ¿Dices que la astro...nave es muy grande?”—

—“Tiene el tamaño aproximado de una de tus ciudades.”— dijo Phillip.

Ruth pareció considerar con asombro aquello.

—“Eso es todavía más extraño.”—

Phillip levantó una de sus manos y le rozó suavemente la mejilla. Fue un gesto pequeño, casi inconsciente.

Ruth se quedó inmóvil, sin retroceder. Simplemente lo miró a los ojos. Había algo en su expresión que Phillip no supo interpretar.

Ruth tampoco.

Era una mezcla desconcertante de sorpresa, inquietud, curiosidad y algo más profundo para lo cual no poseía una palabra.

Phillip retiró lentamente la mano.

—“Perdona.”—

Ruth negó con la cabeza.

—“No.”—

—“¿No?”—

—“No me molestó. Me gustó.”—

Y se marchó. Phillip permaneció allí unos segundos.

—“Kalaster.”—

—“Sí, Phillip.”—

—“¿Tú sabes qué acaba de ocurrir?”—

—“No con suficiente precisión como para emitir una conclusión.”—

—“Magnífico, amigo.”—

La gentileza resultó ser todavía más desconcertante para Ruth.

Durante un almuerzo, Phillip llegó antes que ella. Cuando Ruth apareció, él se levantó y le apartó la silla. Ruth se quedó mirando el asiento.

Después miró a Phillip.

—“¿Qué haces?”—

—“Te ayudo a sentarte.”—

—“Puedo hacerlo sola.”—

—“Ya lo sé.”—

—“Entonces, ¿por qué lo haces?”—

Phillip sonrió.

—“Porque quiero.”—

Ruth permaneció inmóvil. Pareció entender, y sonrió. Finalmente se sentó.

—“Es una conducta extraña.”—

—“Se llama gentileza. Los terrestres tenemos muchas.”—

Otro día Phillip apareció por la mañana con una pequeña golosina. Se la entregó. Ruth la observó.

—“¿Qué es?”—

—“Un obsequio comestible. En la Tierra le llamamos golosina. Pruébala.”—

—“¿Y por qué me la das?”—

—“Porque pensé que te gustaría.”—

—“¿Tiene alguna función?”—

—“Sí.”—

Ruth esperó.

—“¿Cuál?”—

—“Hacerte feliz durante unos minutos. Es… como lo de la silla. Una gentileza.”—

Ella lo miró largamente.

—“¿Y la gentileza qué función cumple?”—

Phillip sonrió.

—“Ninguna. O mejor dicho… mostrarte aprecio. Las gentilezas muestran el aprecio de unas personas por otras.”—

Ruth bajó la mirada hacia la golosina.

—“Quiere decir que tu me aprecias.”—

—“Claro que si ¿cómo no hacerlo?”—

Volvió a mirarlo.

—“Definitivamente eres extraño.”—

—“Me lo han dicho.”—

Esta vez ella sonrió antes de probar el bocadillo.

Aquella noche, Phillip encontró a Christine revisando unos informes médicos. Se apoyó contra la mesa.

—“Necesito preguntarte algo.”—

Christine no levantó la vista.

—“Mmmm… eso nunca termina bien. Dime, galán.”—

—“¿Crees que podría existir una relación entre Ruth y yo?”—

Christine dejó de escribir. Su cara tenía una expresión de sorpresa y alegría. Lo miró. Y después miró hacia la puerta para ver si estaban solos.

—“¡Lo sabía, demonios! ¡Hasta se lo dije a James! ¿Ruth sabe que estás pensando eso?”— dijo pegando con el puño en el escritorio.

“No.”—

—“¿Y tú sabes lo que estás pensando?”—

Phillip tardó un instante en responder.

—“Creo que sí.”—

Christine sonrió.

—“Entonces tenemos un gran... gran... problema.”—

—“¿Cuál?”—

—“Que tú eres terrestre y ella es hipogea.”—

—“Eso ya lo había notado.”—

—“No me refiero a eso, Romeo.”—

Christine cerró el informe.

—“Me refiero a que quizá no exista una palabra en su idioma para lo que tú estás sintiendo.”—

Phillip permaneció en silencio.

—“¿Y qué hago?”—

—“Lo primero: no la trates como a una chica terrestre. ¡Por Dios, aquí la mujeres se comportan como monjas! Estoy segura que ni sabe lo que es el sexo.”—

Christine se encogió de hombros y siguió:

—“Por una vez en tu vida, Phillip, tendrás que aprender a volar sin instrumentos.”—

Él sonrió.

—“Eso no me tranquiliza.”—

—“No pretendía hacerlo. Sólo asegúrate de no meter la pata. O lastimarla. Porque si es así... ¡Te sacaré los ojos!”—

En algún lugar bajo las toneladas de roca de Érebos, Ruth Galanis contemplaba desde su habitación una grabación del cielo terrestre.

Había visto imágenes de las estrellas y el cielo desde la superficies de varios planetas. Pero nunca había visto el cielo directamente, en persona.

Y mientras pensaba cosas, por primera vez en su vida se preguntó cómo sería estar junto a alguien sin que existiera ninguna razón funcional para ello.

La relación entre Ruth y Phillip había comenzado a adquirir una forma que ninguno de los dos sabía definir.

Para Phillip, era sencillo sentirse cada vez más atraído por ella. Para Ruth, en cambio, el problema era mucho más complicado. No encontraba una categoría adecuada.

En Érebos las personas podían ser compañeros de trabajo, progenitores, compañeros reproductivos, amigos o miembros de una misma comunidad. Cada relación tenía una función reconocible.

Pero Phillip parecía estar fuera de todas ellas. La escuchaba aunque no necesitara información, le hacía preguntas que no tenían utilidad práctica. Le regalaba  golosinas que había traído de la Tierra. La hacía reír.

Y, de vez en cuando, la miraba de una manera que Ruth no sabía interpretar.

Christine fue la primera en darse cuenta de su turbación. No porque Ruth le hubiera dicho nada, sino porque sabía que Phillip estaba sintiendo algo que podía catalogarse entre atracción y amor. Tal vez su amigo el piloto estaba enamorándose.

La médica comenzó a buscarla algunas veces después de las comidas. Se sentaban juntas, conversaban y, poco a poco, Ruth empezó a confiar en ella.

Christine no la interrogaba.

Hablaba de la Tierra, de la nave, de las costumbres terrestres y de las pequeñas estupideces de la tripulación.

—“¿Phillip siempre es así?”— preguntó Ruth una tarde.

“¿Así cómo?”—

—“Así.”— hizo un gesto impreciso al señalarlo.

Christine sonrió.

—“Eso no es una descripción.”—

—“Habla demasiado.”—

—“Sí.”—

—“Hace bromas cuando nadie se las pide.”—

—“También.”—

—“Y toca a las personas.”—

Christine levantó una ceja.

—“¿A que te refieres?”—

—“Cuando habla contigo o hace bromas, veo que te toma del brazo o te da pequeños empujones.”—

—“¿Eso te molesta?”—

Ruth tardó demasiado en responder.

—“No.”—

Christine comprendió entonces algo que Ruth todavía no entendía. Y decidió no decírselo… aún.

Ruth empezó a observar a Phillip y a Christine con mayor atención.

Sabía que ambos se conocían desde hacía años. Se gastaban bromas, se tocaban con naturalidad. Y hablaban a solas. Christine sabía cosas de Phillip que Ruth desconocía.

Y también entendía que Phillip confiaba en Christine, porque cuando él tenía un problema, recurría a ella. Y cuando Christine necesitaba algo, Phillip aparecía.

La conclusión de Ruth fue inevitable. No le gustó, pero era lógica, y por eso una tarde buscó a Sofia de nuevo.

—“Necesito preguntarte algo.”—

Sofia suspiró.

—“Últimamente tus preguntas son cada vez más interesantes.”—

—“Phillip y Christine.”—

—“¿Qué ocurre con ellos?”—

—“Sigo creyendo que mantienen relaciones sexuales.”—

Sofia parpadeó.

—“Ya hablamos de eso ¿Por qué volvemos al mismo tema?”—

Ruth enumeró tranquilamente sus “evidencias”.  Sofia escuchó hasta el final.

—“No.”—

—“¿No?”—

—“No tienen relaciones sexuales.”—

Ruth frunció el ceño.

—“¿Como estás tan segura?”—

Sofia dejó a un lado sus apuntes.

—“Ya hablamos de las parejas terrestres. Ahora tenemos que hablar de los amigos terrestres.”—

—“¿No es lo mismo?”—

—“No.”—

—“¿Y qué diferencia hay?”—

Sofia sonrió.

—“Una pareja puede amarse, mantener relaciones sexuales, vivir junta, tener hijos o compartir su vida. Pero un amigo no necesita hacer ninguna de esas cosas.”—

Ruth permaneció en silencio.

—“¿Entonces qué hace?”—

—“Está para el otro.”—

Ruth la miró.

—“¿Está para el otro?”—

—“Sí. Te escucha. Te acompaña. Te ayuda. Se preocupa por ti. Comparte cosas contigo.”—

—“¿Y qué obtiene a cambio?”—

Sofia se encogió de hombros.

—“Nada mas que la amistad.”—

Ruth pareció sinceramente desconcertada.

—“Pero eso no es una función.”—

—“Aquí no. En la Tierra la amistad es importante.”—

—“Entonces, si no es práctica ¿por qué existe?”—

—“En la Tierra las personas no trabajan todo el tiempo. Es un planeta desarrollado. Sus habitantes tienen mucho tiempo de ocio. Ese tiempo lo comparten con amigos.”—

Ruth bajó la mirada.

—“Los Hipogeos no somos así.”—

Sofia no respondió.

Aquella noche Ruth utilizó una de las computadoras de la universidad. No buscaba información sobre Phillip. Al menos eso se dijo a sí misma. Buscaba información sobre ella.

Introdujo datos fisiológicos, registros históricos de la colonia y estudios sobre las generaciones nacidas en Érebos.

Los resultados aparecieron lentamente: cambios generacionales en la masa muscular, mayor densidad ósea. Incremento de la capacidad pulmonar, mayor resistencia física. Adaptación a determinados ambientes subterráneos.

No había una modificación genética deliberada que explicara todo aquello. La computadora hablaba de selección natural, de supervivencia, reproducción. De generaciones. Y de algo más.

La testosterona administrada a determinadas mujeres desde la adolescencia había acentuado aquellas características.

Ruth observó las imágenes: mujeres como ella. Mujeres de las galerías profundas, de las canteras, de las excavaciones. Luego abrió las imágenes correspondientes a las mujeres gestacionales.

Y las diferencias eran evidentes. No absolutas, pero sí evidentes.

Ruth se quedó mirando las imágenes durante un largo rato. Después buscó imágenes de mujeres terrestres. Y el contraste fue todavía mayor. Rostros, caderas, distribución de grasa, musculatura. Voz y rasgos corporales.

Todo aquello seguía perteneciendo a la misma especie: Homo sapiens.

Ruth volvió a leer la última línea del informe que tenían en la pantalla. Decía Variación fenotípica acumulada por adaptación ambiental y selección sexual.

Cerró los ojos y trató de pensar en la Tierra y Érebos.

Dos poblaciones humanas, separadas por más de seis siglos. Dos ambientes y diferentes sociedades. Dos maneras de utilizar el cuerpo humano. Dos formas de entender qué debía ser un ser humano.

Ruth miró nuevamente las fotografías de las mujeres terrestres. Y sintió una incomodidad que no supo explicar, porque aquellos cuerpos le parecían extraños. Demasiado femeninos para lo que veía entre los hipogeos. Demasiado débiles respecto de la colonia.

Y por primera vez comprendió que también ella debía resultar extraña a los ojos de un terrestre.

 


 

Cúpulas de Érebos

por Rodriac Copen

 

Capítulo 5 – La Elección

 

La incomodidad de Ruth se complicó cuando volvió a observar a Phillip y Christine.

Ahora estaba convencida que eran amigos. Pero el concepto seguía sin encajar del todo en su mente. Una tarde encontró a Phillip revisando unos datos junto a una de las estaciones de navegación. Y se atrevió a preguntar:

—“¿Christine es tu compañera?”—

Phillip levantó la vista.

—“Sí.”—

Ruth quedó seria.

—“¿Desde cuándo?”—

—“Desde que nos conocimos. Hace nueve años.”—

Ruth lo miró fijamente.

—“¿Y por qué no me lo dijiste?”—

Phillip frunció el ceño sin entender.

—“¿Decirte qué?”—

—“Que tienes una compañera.”—

—“Christine no es mi pareja.”—

Ruth tardó unos segundos en procesarlo.

—“Entonces, ¿por qué la quieres?”—

Phillip quedó desconcertado.

—“Porque es mi amiga. Porque nos llevamos bien.”—

Ruth frunció el ceño.

—“No entiendo.”—

—“¿Qué no entiendes?”—

—“Si no quieres reproducirte con ella, ¿por qué la quieres?”—

Phillip abrió la boca, pero no encontró ninguna respuesta inmediata.

Había hablado con Ruth sobre túneles, mapas, minerales, sexo, cuerpos, comida, arte y hasta sobre el cielo. Pero nunca había imaginado que tendría que explicarle la amistad.

—“Porque...”—

Se detuvo. Ruth esperaba pacientemente.

—“Porque me importa.”—

—“Eso no responde a mi pregunta.”—

—“Sí la responde.”—

—“No.”—

Phillip respiró profundamente.

—“No necesito una razón para querer a Christine.”—

Ruth pareció todavía más confundida.

—“Todo tiene una razón.”—

—“No para la amistad. No para nosotros. La amistad a veces surge sin razón o finalidad.”—

Ruth bajó la mirada mientras Phillip la observaba.

Entonces comprendió algo que le produjo una extraña sensación. Ruth no estaba siendo fría ni indiferente. Ni siquiera estaba siendo celosa.

Simplemente carecía de la herramienta mental necesaria para comprender lo que él estaba diciendo. Para ella, querer a alguien sin una función concreta era casi una contradicción.

Phillip sonrió lentamente.

—“Ruth.”—

—“¿Sí?”—

—“¿Nunca has tenido un amigo así? ¿Como yo?”—

Ella pensó durante unos segundos.

—“Tengo muchos amigos. Pero no como tú.”—

—“¿Alguien por quien harías algo aunque no fuera necesario?”—

Ruth volvió a pensar.

—“Todos los miembros de mi comunidad son importantes.”—

—“No te pregunté eso.”—

Ella lo miró. Y entonces respondió con absoluta sinceridad:

—“No sé qué me estás preguntando.”—

Phillip se quedó callado. Por primera vez comprendió que la diferencia entre ellos no estaba solamente en las costumbres. Las diferencias eran más profundas.

Las diferencias encajaban en el lugar donde cada cultura había aprendido a decidir qué cosas necesitaba tener una persona.

La sociedad de los hipogeos no conocía el ocio. Tampoco conocía el arte o la amistad que encajaban solo en esa categoría. Solo con los amigos puedes perder el tiempo sin que sea una pérdida real.

Ruth comenzó a sentirse incómoda, pero al principio no supo bien por qué.

Cuando Phillip hablaba con Christine, ella sentía una irritación difícil de explicar. Si Christine aparecía junto a él, Ruth encontraba cualquier excusa para marcharse.

Después comenzó a molestarse cuando los veía reír. Más tarde cuando Phillip tocaba a Christine al hablar. Y finalmente descubrió que también le desagradaba que Christine supiera cosas de él que ella desconocía.

No tenía un nombre para aquello, por eso tardó varios días en hablar con Christine.

La encontró sola en uno de los corredores que comunicaban las instalaciones de la colonia con los antiguos túneles de extracción.

—“Necesito preguntarte algo.”—

Christine levantó la vista.

—“Adelante.”—

Ruth dudó un par de segundos.

—“No me agrada cuando estás con Phillip.”—

Christine permaneció callada, aunque ya tenía una idea.

—“¿Por qué?”—

—“No lo sé.”—

—“¿Te molesta que él hable conmigo?”—

—“Sí.”—

—“¿Que me toque?”—

Ruth asintió.

—“Sí.”—

—“Sabes que no somos pareja. Eso es importante ¿Te molesta que se preocupe por mí?”—

—“Sí.”—

Christine la observó encantada durante unos segundos, luego sonrió ligeramente.

—“Ruth... estás celosa.”—

Ruth frunció el ceño.

—“¿Qué significa eso?”—

Christine comprendió que no estaba ante una metáfora. Trató de elegir cuidadosamente las palabras. Aquella emoción estaba allí, perfectamente formada, pero Ruth no tenía una palabra para nombrarla.

—“Significa que no te gusta compartir con otra persona alguien que quieres exclusivamente para ti.”—

Ruth reflexionó.

—“¿Es una enfermedad?”—

Christine soltó una carcajada.

—“No. No lo es. Y no me río de ti, sino de la situación.”—

—“¿Entonces?”—

—“Lo que sientes es una emoción.”—

—“¿Es normal?”—

—“En la Tierra, muchísimo. Aquí, probablemente esté bastante encubierta.”—

Ruth pareció aliviada.

—“¿Y qué debo hacer?”—

—“Primero, averiguar de qué estás celosa.”—

Ruth guardó silencio. Christine la miró con ternura.

—“En la Tierra podemos tener amigos a los que queremos muchísimo sin querer vivir con ellos ni tener sexo con ellos.”—

Ruth hizo una mueca.

—“Eso es poco práctico.”—

—“Probablemente.”—

—“¿Y por qué lo hacen?”—

Christine sonrió.

—“Porque somos humanos. Porque no todo es trabajo y relaciones con un fin práctico. Podemos decidir compartir cosas con otras personas sin un fin específico.”—

Ruth levantó lentamente la mirada.

—“Nosotros también somos humanos. Pero no hacemos eso.”—

Christine dejó de sonreír.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló. Aquella frase había sido sencilla. Pero acababa de abrir un abismo más profundo que cualquier excavación de Érebos.

—“Sí.”— dijo finalmente Christine —“También ustedes son humanos.”—

Ruth bajó la mirada.

—“Entonces, ¿por qué somos tan diferentes?”—

Christine no respondió inmediatamente.

—“Quizá porque terrestres e hipogeos hemos tenido que aprender a sobrevivir de maneras diferentes.”—

Ruth permaneció pensativa.

—“No estás celosa de mí.”— continuó Christine.

Ruth levantó la cabeza.

“¿No?”—

—“Estás celosa de cualquiera que quiera compartir con Phillip una relación que tú deseas que sea exclusiva para ti.”—

Ruth sintió que aquella explicación encajaba muy bien con lo que sentía.

—“¿Eso significa que lo amo?”—

Christine la miró.

—“No lo sé.”—

Ruth pareció verdaderamente desconcertada.

—“¿Cómo no puedes saberlo? Tú eres de la Tierra.”—

Christine sonrió.

—“Porque ni siquiera los terrestres sabemos siempre qué es el amor.”—

Ruth comenzó entonces a estudiar aquello, no del modo en que lo estudiaría una geóloga. Ni como una mujer del Pueblo del Interior.

 

Lo estudió como si fuera un fenómeno desconocido: consultó bases de datos, leyó tratados de psicología terrestre, preguntó a la inteligencia artificial de la colonia. Incluso llegó a consultar a Kalaster.

—“Defíneme apego emocional.”—

La Inteligencia Artificial respondió inmediatamente.

—“Es un vínculo afectivo caracterizado por la búsqueda de proximidad, seguridad emocional y continuidad de la relación.”—

Ruth frunció el ceño.

—“¿Es una función?”—

—“Tu pregunta es ambigua.”—

—“¿Tiene utilidad para la supervivencia?”—

—“En términos evolutivos, los vínculos sociales favorecen la cooperación, protección de individuos vulnerables y estabilidad grupal.”—

Ruth asintió porque aquello tenía sentido. Pero entonces preguntó:

—“¿Y el amor?”—

Kalaster tardó una fracción de segundo.

—“La definición presenta dificultades.”—

—“¿Por qué?”—

—“No existe una definición universalmente aceptada.”—

Ruth sonrió.

—“Christine tenía razón.”—

—“¿En qué aspecto?”—

—“Los terrestres tampoco lo saben.”—

—“Eso coincide con numerosas observaciones.”—

Ruth soltó una pequeña carcajada.

—“Eres muy agradable, Kalaster.”—

—“No tengo intención de serlo.”—

—“Lo sé.”—

Y por primera vez comprendió que incluso una máquina podía formar parte de algo parecido a una conversación amistosa.

Unos días después, Ruth olvidó tomar su dosis de testosterona.

No le dio importancia.

Había pasado demasiadas horas con Phillip revisando unas formaciones rocosas y después había acompañado a Christine a visitar una zona médica de la colonia.

El cuerpo siguió funcionando y lo olvidó por completo. Hasta que una mañana sintió un dolor extraño. Después encontró sangre. Asombrada, Ruth se quedó inmóvil.

Durante varios segundos contempló la mancha en su ropa. Luego sintió miedo. Fue directamente a buscar a Christine.

—“Necesito que me examines.”—

Christine levantó la mirada.

—“¿Qué ocurre?”—

Ruth le explicó. Después de unas preguntas, la expresión de Christine cambió inmediatamente.

—“Ruth, tranquila.”—

—“¿Estoy enferma?”—

—“No.”—

—“¿Estoy embarazada?”—

Christine parpadeó.

—“¿Por qué piensas eso?”—

—“Porque estoy sangrando.”—

—“No estás embarazada.”—

—“¿Cómo lo sabes?”—

—“Porque esto parece una menstruación.”—

Ruth se quedó mirándola.

—“¿Qué es?”—

Christine respiró lentamente.

—“El ciclo menstrual. Cuando no se produce un embarazo, el revestimiento del útero se desprende y aparece el sangrado.”—

Ruth palideció.

—“Pero solamente las mujeres gestacionales tienen eso.”—

—“No.”—

—“Eso es lo que aprendí.”—

—“Eso es lo que aprendiste en Érebos.”—

Christine hizo una pausa antes de explicar.

—“Todas las mujeres nacen con el sistema reproductivo femenino. Pero no todas menstruan regularmente. Hay muchas razones por las que una mujer puede no hacerlo.”—

Ruth recordó sus dosis hormonales.

—“La testosterona.”—

—“Probablemente haya influido.”—

Ruth bajó la mirada.

—“Entonces...”—

—“No estás enferma.”—

—“¿Y podría quedar embarazada? ¿Como las mujeres gestacionales?”—

Christine la miró con cautela.

—“Sí, si ovulas y tienes relaciones sexuales con un hombre fértil. O te inseminan.”—

Ruth se quedó completamente quieta.

—“¿Cómo?”—

Christine tardó unos segundos en comprender.

—“¿Nunca te lo explicaron?”—

—“Nos enseñan que solo las mujeres gestacionales pueden procrear.”—

—“No te enseñaron cómo ocurre todo el proceso.”—

—“Por lo visto, no.”—

Christine se sentó frente a ella.

Y se lo explicó sin eufemismos, sin vergüenza. Cuando terminó, Ruth permaneció unos segundos en silencio.

—“Entonces el sexo no solamente puede producir placer.”—

—“No.”—

—“También puede producir hijos.”—

—“Sí.”—

Ruth reflexionó.

—“Y ustedes pueden practicarlo aunque no quieran tener hijos.”—

—“Sí.”—

—“Definitivamente los terrestres son complicados.”—

Christine sonrió.

—“No tienes idea.”—

El tiempo comenzó a agotarse.

La misión de la HMS Erebus se acercaba a su final. El Martillo funcionaba y los técnicos de la colonia habían aprendido a utilizarlo. Las nuevas excavaciones avanzaban.

Y la tripulación debía regresar a la Tierra. Una tarde, Phillip encontró a Ruth junto a un lago, en uno de los extensos parques de recreación.

—“Quiero proponerte algo.”—

Ruth lo miró.

—“¿Qué?”—

—“Ven conmigo.”—

Ruth no respondió.

—“A la Tierra.”—

Ella permaneció inmóvil.

—“James puede aceptarte a bordo. La Federación también. Tienes conocimientos suficientes para incorporarte a la tripulación científica. Incluso podrías trabajar en exploración planetaria... conmigo.”—

—“¿Quieres que me vaya de Érebos?”—

—“En realidad quiero que vengas conmigo. Irse de Érebos es la consecuencia.”—

Ruth bajó la mirada.

—“No lo sé. Mi función está aquí.”—

—“No eres una máquina, Ruth.”—

Ruth lo miró.

—“Para nosotros sí importa cuál es nuestra función. Yo fui seleccionada para trabajar.”—

—“Lo sé.”—

—“Otra mujer fue seleccionada para reproducirse.”—

—“También lo sé.”—

—“Y ahora debería abandonar todo eso porque...”—

Phillip sonrió.

—“Porque te has enamorado de un piloto terrestre.”—

Ruth hizo una mueca.

—“No estoy segura de entender todavía qué significa eso.”—

—“Yo tampoco.”—

Ella lo miró.

—“Pero quieres que vaya.”—

—“Sí. Quiero que estemos juntos.”—

Ruth respiró profundamente.

—“Necesito hablar con Theron.”—

El gobernador la escuchó sin interrumpir.

Cuando Ruth terminó, Theron permaneció unos segundos en silencio.

—“Puedes irte si quieres.”—

Ruth lo miró sorprendida.

—“¿Entonces cuál es el problema?”—

—“Ninguno. Tal vez la gente de la colonia puede no entender por qué quieres hacerlo. Pero eso es anecdótico.”—

—“¿No entender que quiero irme por Phillip?”—

—“Sí.”—

—“¿No está permitido?”—

—“No está prohibido. Todos pueden hacer lo que quieran, Ruth.”—

Theron hizo una pausa.

—“Simplemente no es habitual que alguien abandone su función dentro de la comunidad porque se ha enamorado. Los pocos que se enamoran, lo hacen dentro de la colonia. Y siguen con sus funciones. Tú caso y el de Phillip es inusual. Pero puedes irte cuando quieras.”—

Ruth bajó la mirada.

—“Aquí no existen las parejas.”—

—“Créeme que si. Existen personas que mantienen relaciones. Algunas incluso forman vínculos durante muchos años.”—

—“Pero lo esconden.”—

—“A menudo. Pero mira el planeta. Vivimos en cavernas y túneles. Ocultamos todo del planeta. Ocultar cosas es parte de la cultura hipogea.”—

—“¿Por qué?”—

Theron sonrió con cierta tristeza.

—“Porque aprendimos hace mucho tiempo que los sentimientos particulares pueden complicar las decisiones colectivas. Y se hizo parte de la costumbre y de la cultura.”—

Ruth permaneció callada.

—“Puedes irte.”— repitió Theron —“Nadie te lo impedirá. Y puedes volver cuando quieras si lo necesitas.”—

—“¿Y si la colonia piensa que estoy haciendo algo absurdo?”—

—“Probablemente lo piense. Pero... ¿Que importa?”—

—“¿Y tú?”—

Theron la miró.

—“Ningún hipogeo abandonó el planeta para irse a la Tierra. Es la primera vez que alguien lo hace. Es la primera vez que un hipogeo se enamora de un terrestre. Creo que estás haciendo algo que nosotros no sabemos hacer, Ruth. Tan simple como eso.”—

—“¿El qué?”—

—“Elegir. Estás eligiendo Ruth.”—

Ruth acudió finalmente a Sofia. La encontró en la universidad, rodeada de estudiantes y archivos. Esperó hasta que quedaron solas.

—“¿Qué harías tú, Sofia?”—

Sofia tardó en responder.

—“Para ser honesta, no lo sé.”—

Ruth la miró sorprendida.

—“Necesito que me digas qué debo hacer.”—

—“Entonces no puedo ayudarte.”—

—“¿Por qué?”—

—“Porque si te digo qué hacer, la decisión dejará de ser tuya.”—

Ruth guardó silencio.

Sofia se levantó y caminó hasta una de las ventanas interiores. Desde allí podían verse las enormes bóvedas, los canales, los túneles iluminados.

—“En Érebos sabemos decidir qué necesita la comunidad. Sabemos decidir quién trabaja, quién se reproduce, quién ocupa cada puesto. Sabemos organizar una ciudad bajo toneladas de roca.”— dijo Sofia.

Se volvió hacia Ruth.

—“Pero nadie nos enseñó a decidir qué queremos para nosotros mismos.”—

—“Yo no sé qué quiero.”—

Sofia sonrió.

—“Creo que sí lo sabes.”—

—“Quiero a Phillip.”—

—“Entonces sabes más de lo que crees.”—

Ruth bajó la mirada.

—“Pero tengo miedo.”—

—“Es razonable.”—

—“Si me voy, quizá nunca vuelva a ser la misma.”—

—“Probablemente.”—

—“Y si me quedo...”—

Sofia no dijo nada. Ruth terminó la frase.

—“Quizá pase el resto de mi vida preguntándome qué habría ocurrido.”—

Sofia asintió.

—“Puedes volver a Érebos. Siempre podrás hacerlo.”—

Ruth levantó los ojos.

—“¿Y Phillip?”—

—“Si se marcha, quizá no vuelvas a verlo jamás. Las naves de la Tierra llegan cada doscientos años.”—

Ruth permaneció inmóvil.

—“¿Y si me equivoco?”—

Sofia sonrió.

—“Entonces tendrás una equivocación que será solamente tuya.”—

Ruth levantó los ojos.

—“¿Eso es importante?”—

—“Para nosotros no.”—

Sofia hizo una pausa.

—“Para ti, quizá lo sea.”—

La lanzadera estaba preparada. Phillip esperaba junto a la compuerta abierta. Christine estaba dentro. El capitán James Fitz comprobaba los instrumentos.

Devon y Clara terminaban de asegurar el equipo. Phillip miró el reloj.

—“Cinco minutos.” —dijo James.

—“¿Y si no viene?”—

Christine lo miró.

—“Entonces no viene.”—

Phillip asintió, sin decir nada.

Unos minutos después apareció Ruth. Llevaba todavía su ropa de trabajo hipogea. Las manos marcadas, las cicatrices visibles. Y dos pequeñas maletas. Phillip sonrió.

—“¿Vienes?”—

Ruth no respondió inmediatamente. Miró hacia atrás. Por primera vez no vio solamente túneles, sino a su propio mundo: las enormes bóvedas, los corredores. Las luces excavadas en la roca. Los canales de agua. Las ciudades construidas bajo tierra.

Varias generaciones de seres humanos habían trabajado allí para convertir un planeta mortal en un hogar. Todo aquello era suyo.

Pero comprendió algo que antes no podía comprender: no estaba abandonando un lugar. Estaba eligiendo otro.

Volvió a mirar a Phillip.

—“Sí. Iré contigo.”—

Subió a la lanzadera. Phillip cerró la compuerta. Durante unos segundos permanecieron frente a frente.

—“¿Tienes miedo?”— preguntó él.

Ruth pensó.

—“Sí.”—

Phillip sonrió.

—“Yo también.”—

Ella lo miró. Y entonces sonrió.

—“Entonces supongo que estamos haciendo algo importante.”—

La lanzadera se elevó lentamente hacia el túnel de ascenso. Muy por debajo, las luces de Érebos comenzaron a alejarse.

Y Ruth Galanis contempló por última vez el mundo que había conocido desde su nacimiento. No sabía todavía si la Tierra sería su hogar.

No sabía si su relación con Phillip sobreviviría a la distancia entre dos mundos. No sabía siquiera si el amor era algo que pudiera aprenderse.

Pero había descubierto algo que ninguna computadora, ningún gobernador y ninguna tradición de Érebos podían decirle.

Por primera vez en su vida, una decisión no había sido tomada por la comunidad. Ni por la biología o la necesidad.

La había tomado ella.

Y eso, comprendió mientras la lanzadera ascendía hacia la oscuridad, era quizás la cosa más extraña que dos humanidades podían descubrir la una de la otra.

 

FIN


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