Cúpulas de Érebos
por Rodriac
Copen
Capítulo 1 – Dos Humanidades
La HMS Erebus avanzaba silenciosamente
hacia la Nebulosa de Carina.
Delante de ella, el espacio comenzaba a adquirir una tonalidad diferente.
No era realmente un cambio de color, —en el vacío no existen los colores—
sino la concentración creciente de estrellas, nubes de gas y polvo interestelar
que componían aquella región de la galaxia.
A través de los ventanales de observación, la tripulación podía
contemplar una parte de la inmensa estructura luminosa que, desde la Tierra,
apenas parecía una mancha difusa en el cielo.
—“Parece imposible que alguien haya decidido vivir ahí.”— dijo Phillip Bardell.
Desde su asiento de piloto, observaba la pantalla principal
mientras la nave corregía lentamente su trayectoria.
—“Nadie decidió vivir allí.”— respondió Christine Chang —“Eso habría sido demasiado
sencillo.”—
Phillip sonrió.
—“¿Entonces?”—
—“Fueron enviados por una compañía minera. En misión de
exploración.”—
—“Ah.”—
—“Hace más de seis siglos.”—
La voz de la Inteligencia Artificial, Kalaster,
llegó desde los altavoces de la cabina.
—“Corrección: seis siglos y diecisiete años.”—
Phillip miró
hacia arriba.
—“Gracias, Kalaster. No sé qué haríamos sin tu capacidad para
arruinar una buena conversación.”—
—“Probablemente cometerían más errores históricos.”—
—“Estoy seguro que podríamos vivir con eso.”—
—“Es poco recomendable.”—
James Fitz, el
capitán de la Erebus, intervino desde su consola.
—“¿Cuánto falta para el sol HD 93250?”—
—“Un par de semanas para alcanzar la posición orbital
prevista.”— respondió Kalaster.
Phillip volvió
la mirada hacia el espacio.
—“HD 93250… es mi primera misión a esa estrella.”—
Christine se
acercó a la pantalla.
—“Estas misiones no son nada comunes para nosotros, Phillip. La
Federación envía una nave cada 200 años. Ese sol es una estrella de tipo O.
Enorme, caliente y bastante desagradable.”—
—“¿Desagradable?”—
—“Desde el punto de vista de un organismo biológico.”—
Kalaster
intervino nuevamente.
—“La temperatura superficial estimada es de aproximadamente
cuarenta y cinco mil grados Kelvin.”—
Phillip hizo
una mueca.
—“Definitivamente desagradable.”—
James Fitz sonrió.
—“Y alrededor de ella está nuestro destino.”—
En la pantalla apareció la representación tridimensional de un
sistema planetario.
—“Érebos.”— dijo Devon
Marbone, que acababa de entrar en la cabina —“La colonia más aislada de
la Federación.”—
—“No diría que es la más aislada.”— corrigió Kalaster.
Devon lo
miró.
—“¿Ah... no?”—
—“Es la más aislada con respecto a la Tierra, que envía naves
cada 200 años. Pero la colonia es visitada regularmente por naves de los
sistemas más cercanos.”—
—“Kalaster...”—
—“Sí.”—
—“Nadie te preguntó.”—
—“Correcto.”—
Phillip soltó
una carcajada mientras James negaba con la cabeza.
—“Érebos.”— repitió
mientras centraba la imagen del planeta en la pantalla principal —“La
Colonia del Pueblo Interior.”—
—“Se dicen a así mismos Los Hipogeos” —añadió Christine.
Devon observó
el planeta en la pantalla.
—“¿Por qué "Colonia del Pueblo Interior"?”—
—“Porque viven dentro del planeta.”— respondió Phillip.
—“Eso lo sé.”—
—“Entonces no entiendo la pregunta.”—
Devon señaló
la imagen.
—“Quiero decir: ¿por qué siguen llamándose colonia?”—
James se
quedó unos segundos en silencio.
—“Supongo que porque lo fueron.”—
—“Pero hace más de seiscientos años.”—
—“Sí, eso es cierto.”—
—“Y a pesar de ser autónomos, todavía mantienen la alianza con
la Tierra activa.”—
—“Sí.”—
Devon cruzó
los brazos.
—“Estuve investigándolos. Al parecer ya no son culturalmente
terrestres.”—
Christine lo miró.
—“Y después de mas de seiscientos años, ¿quién dijo que tenían
que serlo?”—
Nadie respondió.
La imagen de Érebos continuaba girando lentamente.
Desde el espacio parecía un mundo oscuro. La estrella iluminaba
una parte de su superficie con una luz blanca y violenta, mientras el
hemisferio opuesto permanecía sumergido en una noche casi absoluta.
—“Dicen que la superficie no es habitable.”— dijo Phillip.
—“Correcto.”— respondió
Kalaster —“La combinación de radiación estelar, temperatura y
actividad atmosférica hace que la permanencia humana sin protección resulte
inviable durante períodos prolongados.”—
—“¿ Por eso viven bajo tierra?”—
—“Por eso viven bajo tierra.”—
Christine miró a Devon.
—“Ésa es la versión sencilla.”—
—“¿Y cuál es la complicada?”—
—“Que llevan más de seiscientos años desarrollando una
civilización subterránea.”—
Phillip observó
nuevamente el planeta.
—“Seiscientos años son muchas generaciones.”—
—“Suficientes para que las costumbres sean muy diferentes a la
Tierra.”— dijo Devon.
James levantó
la vista.
—“No necesariamente.”—
—“¿Por qué?”—
—“Como mínimo siguen hablando como nosotros.”—
Devon sonrió.
—“Hablar el mismo idioma no significa que nos parecemos.”—
Kalaster hizo
una observación.
—“Eso puede comprobarse en los registros históricos de Érebos.”—
Phillip miró
hacia los altavoces.
—“¿Tú también crees que son diferentes?”—
—“Tienen muchas diferencias con la Tierra.”—
—“Vaya...”—
—“Los datos indican divergencias culturales y sociales
significativas entre la población de Érebos y la población de la Federación
Terrestre.”—
Christine se
sentó frente a Devon.
—“¿Cuánto?”—
—“Las diferencias abarcan organización social, estructura
familiar, relaciones interpersonales, distribución laboral, educación,
reproducción y concepción del individuo.”—
Phillip frunció
el ceño.
—“¿Concepción del individuo?”—
—“Sí.”—
Hubo un breve silencio. James observó el planeta.
—“Eso es precisamente lo que vamos a averiguar.”—
La Erebus continuó
avanzando.
A medida que se aproximaban a HD 93250, la estrella
llenaba una parte cada vez mayor de los instrumentos ópticos.
Érebos
aparecía delante de ellos como una esfera oscura recortada contra la luz.
Phillip ajustó
los controles.
—“Hace seiscientos años, los primeros colonos llegaron allí
pensando que estaban fundando una extensión de la Tierra.”—
—“Y terminaron convirtiéndose en otra cosa.”— dijo Christine.
—“No necesariamente en otra cosa.”— respondió James —“Siguen siendo humanos.”—
Devon observó
la pantalla.
—“Eso es precisamente lo interesante.”—
Phillip lo
miró.
—“¿Qué cosa?”—
Devon señaló Érebos.
—“Que quizá se puede seguir siendo humano sin seguir siendo como
nosotros.”—
James Fitz se
incorporó.
—“Muy bien. Señores, tenemos una colonia humana que lleva más de
seis siglos esperando bajo la superficie de un planeta que jamás perdona a
quienes intentan vivir sobre ella.”—
Christine sonrió.
—“Espero que sean hospitalarios.”—
Phillip miró la
pantalla.
—“Después de seiscientos años viviendo bajo tierra,
probablemente hayan aprendido a serlo.”—
La HMS Erebus siguió
avanzando y siete días más tarde Kalaster anunció que la estrella HD
93259 había entrado en los sistemas de observación de largo alcance de la
nave.
—“¿Ya podemos verla?”— preguntó Phillip Bardell.
—“Desde hace varias horas.”—
Phillip levantó
la vista hacia la pantalla principal.
Una estrella azulada ocupaba el centro del campo visual,
demasiado brillante para parecer real. A su alrededor se extendían nubes de gas
y polvo iluminadas desde dentro, como si alguien hubiera incendiado una
catedral.
—“Ahí está Érebos.”— dijo Devon Marbone.
—“No exactamente.”— corrigió Kalaster —“Érebos
es el planeta. La estrella se llama HD 93259.”—
Phillip sonrió.
—“Gracias, Kalaster. Sin ti podríamos haber confundido una
estrella con un planeta.”—
—“Es poco probable, dado su entrenamiento.”—
Christine Chang
soltó una carcajada desde el asiento contiguo.
—“A veces creo que tu sentido del humor está mejor desarrollado
que el nuestro.”—
—“No tengo sentido del humor.”—
—“Eso es lo que me preocupa.”—
James Fitz entró
en el puente en ese momento, todavía con el uniforme de descanso.
—“¿Cuánto falta?”—
—“Para entrar en la zona de aproximación orbital, diecinueve
horas.”— respondió Phillip.
James miró la
pantalla.
Durante unos segundos nadie habló.
La imagen de la estrella parecía una brasa suspendida en el
vacío.
—“Nunca me acostumbraré a esto.”— dijo Clara Liddel.
Devon la
miró.
—“¿A viajar tanto para visitar una colonia humana?”—
—“A que cada vez que llegamos a algún sitio haya algo que nos
recuerde que somos muy pequeños.”—
Phillip apoyó
los pies sobre el panel inferior.
—“Eso no es un problema. Los pequeños también cobramos sueldo.”—
—“Tú cobras sueldo porque eres piloto.”— dijo Christine —“Los demás
cobramos por tener la paciencia de soportarte.”—
—“Entonces debería cobrar el doble.”—
James los
dejó discutir.
La misión era, en apariencia, sencilla.
Habían viajado desde la Tierra hasta la Nebulosa
Carina para entregar una máquina. Una máquina extraordinariamente cara. Y
muy pesada.
El llamado sistema de fractura resonante,
bautizado por los ingenieros terrestres como Martillo, era una de esas
tecnologías que parecían sencillas hasta que alguien intentaba construirlas.
No perforaba la roca ni la excavaba: la golpeaba.
Una serie de generadores introducía ondas de presión en el
subsuelo. El sistema analizaba la estructura geológica, calculaba las líneas de
fractura más favorables y sincronizaba los pulsos hasta que la roca comenzaba a
quebrarse siguiendo patrones previamente establecidos.
El resultado podía ser una excavación gigantesca con una
precisión que ningún método convencional conseguía.
Para la Federación de la Tierra era una
herramienta industrial, pero para los habitantes de Érebos significaba
que a través de ella, podrían expandir sus ciudades subterráneas creando
cúpulas enteras.
—“¿Cuánto pesa el Martillo?”— preguntó Clara.
—“Ciento ocho toneladas en configuración de transporte”— respondió Kalaster.
Phillip silbó.
—“Y yo que pensaba que traíamos un regalo.”—
—“Lo es.”— dijo James.
—“Un regalo bastante agresivo.”—
Devon se
volvió hacia él.
—“Los Hipogeos solicitaron comprarlo hace seis años.”—
—“Lo sé.”—
—“Pero la Federación decidió entregárselo gratuitamente.”—
—“También lo sé.”—
Christine levantó
una ceja.
—“¿Y sabes por qué?”—
Phillip fingió
pensarlo.
—“¿Porque somos gente generosa?”—
—“Porque somos políticos.”— dijo James.
Kalaster
intervino:
—“Ambas afirmaciones pueden ser verdaderas.”—
James lo miró.
—“¿Estás insinuando algo?”
—“No. Estoy evitando insinuar algo.”—
Christine volvió
a reír.
La Federación llevaba más de seis siglos manteniendo
relaciones con Érebos. La colonia humana había sobrevivido aislada
durante generaciones y, con el tiempo, había desarrollado sus propias formas de
organización.
No eran enemigos ni rebeldes con respecto a la Federación.
En la práctica eran una colonia lejana, no perdida. Y seguían
siendo miembros de la comunidad humana.
Pero tampoco eran exactamente como los terrestres.
Y eso era precisamente lo que hacía que la Federación
considerara importante mantener la alianza y los lazos de amistad.
—“El informe diplomático dice que los Hipogeos consideran el
Martillo una herramienta estratégica.”— comentó Clara.
—“¿Y lo es?”—
preguntó Devon.
—“Ellos lo consideran indispensable para la expansión de sus
ciudades.”—
Phillip miró a Devon.
—“¿Y nosotros se lo regalamos?”—
—“Así es.”—
—“¿Y sin pedir nada a cambio?”—
James se
encogió de hombros.
—“Para la Tierra solo es una máquina más. Para los hipogeos es
un instrumento vital. Teniendo en cuenta que la Tierra es un planeta altamente
evolucionado, regalar un Martillo no es un esfuerzo significativo para
la Federación.”—
—“Por eso para la Tierra es un trato razonable.”—
—“Además,”— añadió Devon
—“la Federación quiere reforzar la amistad por el aislamiento estratégico de
la colonia.”—
Phillip miró
nuevamente la estrella.
—“¿Y cuánto tiempo tendremos que quedarnos?”—
James respondió
antes que Kalaster.
—“Serán varios meses.”—
—“Ah.”—
Phillip hizo
una pausa.
—“Eso no estaba en el folleto.”—
—“No lo parece, pero somos militares. Y para los militares no
hay folletos, solo órdenes.”—
—“Ahora entiendo por qué.”—
Christine se
inclinó hacia él.
—“No te preocupes. Nos acompañaremos entre todos. Tómalo como
una aventura.”—
Phillip la miró.
—“Claro. Es fácil para ti, tienes a tu esposo James. Y Devon
tiene a Clara. Soy el único sin pareja.”—
—“Soy la médica de la nave. Si haces algo estúpido, estaré allí
para repararte.”—
—“Qué romántico.”—
Christine le dio
un golpe en el hombro.
—“No empieces.”—
Phillip sonrió.
James los
observó durante un instante y luego negó con la cabeza.
—“ Vistos desde afuera, parecen un matrimonio ¿Lo sabían?”—
Christine y Phillip
respondieron al mismo tiempo:
—“¡No!”—
Devon miró a Clara.
—“Me gusta esta nave.”—
—“¿Por qué?”—
—“Kalaster tiene una inteligencia artificial incapaz de
comprender una broma y dos humanos incapaces de aceptar que parecen una
pareja.”—
—“La humanidad está en buenas manos.”— dijo Clara.
Phillip volvió
a mirar Érebos.
El planeta todavía era apenas un punto oscuro bajo el resplandor
de la estrella.
Allí abajo esperaba una colonia humana que había pedido una
máquina.
La Tierra había decidido regalársela. Y ellos tenían que
enseñarles a utilizarla.
Al menos, eso decía el programa oficial de la misión.
Kalaster volvió
a hablar.
—“He recibido confirmación de Érebos. La colonia ya ha preparado
las instalaciones necesarias para recibir el Martillo.”—
James
asintió.
La HMS Erebus siguió avanzando
hacia la estrella azul.
En sus bodegas viajaban ciento ocho toneladas de tecnología
terrestre destinadas a abrir la piedra.
Y, con ellas, una pequeña parte de la Tierra que estaba a
punto de ser entregada a un pueblo que llevaba más de seiscientos años
aprendiendo a vivir bajo ella.
A dos días de Érebos, la HMS Erebus
había reducido la velocidad de aproximación.
No había ninguna necesidad de apresurarse.
Después de siete mil quinientos años luz de viaje, cuarenta y
ocho horas parecían una cortesía.
En la pantalla principal del puente, la Nebulosa de Carina
ocupaba buena parte del espacio visible. Nubes inmensas de gas se extendían
como continentes suspendidos en la oscuridad. Entre ellas brillaban centenares
de estrellas.
Pero una dominaba el panorama: HD 93250.
—“Ahí está nuestra anfitriona, a simple vista.”— dijo Phillip Bardell.
—“Nuestra anfitriona tiene muy mal carácter”— respondió Christine Chang.
Phillip sonrió.
—“¿La conoces personalmente?”—
—“No. La última expedición de la Tierra vino hace unos
doscientos años. Pero he leído su historia clínica.”—
Devon Marbone levantó
la vista de su terminal.
—“Es una estrella de tipo O. Muy masiva, muy luminosa y
extraordinariamente caliente.”—
—“¿Cuánto es ‘extraordinariamente’?”—preguntó Clara Liddel.
Kalaster respondió
desde los altavoces.
—“La temperatura superficial estimada es de aproximadamente
cuarenta y cinco mil kelvin.”—
Phillip lanzó
un silbido.
—“Eso sí que es calor.”—
—"Una temperatura incompatible con la supervivencia
humana"—dijo Kalaster.
Christine miró a Phillip.
James Fitz,
sentado en el puesto de mando, observaba los datos orbitales.
—“¿Y esa temperatura como impacta en el planeta?”—
Una imagen ampliada apareció sobre la pantalla: Érebos.
A primera vista no tenía nada de extraordinario.
Parecía un mundo rocoso, oscuro, casi sin señales de actividad
en la superficie. Pero los mapas térmicos contaban otra historia.
Grandes zonas del planeta alcanzaban temperaturas capaces de
destruir rápidamente cualquier equipo expuesto. Las tormentas de partículas
procedentes de HD 93250 castigaban la superficie con una violencia
constante.
—“No parece precisamente un destino turístico.”— dijo Phillip.
—“No. No lo es.”—
contestó Devon.
—“¿Y la gente vive allí?”—
—“Debajo.”—
Phillip volvió
la cabeza.
—“¿Todo el mundo?”—
—“Prácticamente toda la población. La superficie es controlada
por robots.”—
Kalaster
proyectó un esquema del planeta.
—“La superficie de Érebos es considerada por los Hipogeos un
entorno operacionalmente hostil. La mayor parte de sus actividades permanentes
se desarrolla bajo tierra.”—
Christine frunció
el ceño.
—“¿"Entorno operacionalmente hostil"?”—
—“Es la descripción utilizada por los Hipogeos.”—
—“¿Y nosotros cómo lo llamaríamos?”—
Phillip
respondió:
—“Un lugar donde no conviene salir sin sombrero.”—
Kalaster guardó
silencio.
Christine le
preguntó a la Inteligencia Artificial:
—“¿No vas a corregirlo?”—
—“No.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque en este caso la observación de Phillip es suficientemente
clara.”—
James sonrió.
—“Anota la fecha. Acabamos de conseguir que Kalaster esté de
acuerdo con Phillip.”—
—“No he manifestado acuerdo.”— dijo la Inteligencia Artificial.
—“Me pareció que sí.”—
Devon amplió
el mapa.
Entonces aparecieron las estructuras subterráneas. Y no eran
simples refugios.
Érebos estaba
recorrido por una red gigantesca de túneles.
Kilómetros y kilómetros de galerías conectaban unas ciudades con
otras, formando una verdadera red de comunicación bajo la superficie.
—“¿Cuántas ciudades?”— preguntó Clara.
—“Los registros federales contabilizan ciento diecisiete núcleos
urbanos principales.”—
respondió Kalaster —“Existen además numerosas comunidades menores.”—
Phillip silbó.
—“¿Y todo eso está ahí abajo?”—
—“Correcto.”—
—“¿Cómo cultivan?”—
—“Granjas subterráneas.”—
—“¿Animales?”—
—“Granjas de crianza.”—
—“¿Agua?”—
—“Sistemas de captación y reciclaje.”—
Phillip miró a James.
—“Estos chicos se lo toman en serio.”—
—“Eso parece.”—
—“¿Nunca salen?”—
Devon negó
con la cabeza.
—“No. Al menos, no como nosotros.”—
Phillip volvió
a mirar la imagen.
Por encima de aquellas ciudades invisibles se extendía una
superficie abrasada por una estrella monstruosa.
Debajo, una civilización completa.
Una humanidad que había decidido, seis siglos atrás, que el
planeta verdadero no estaba arriba. Estaba en los ambientes subterráneos.
—“Debe resultar extraño.”— dijo Clara.
—“¿Qué cosa?”—
—“Pensar que para ellos nosotros somos los que vivimos en un
recipiente de hojalata.”—
Nadie respondió inmediatamente, Phillip fue el primero en
sonreír.
—“Bueno. Técnicamente, vivimos en una nave.”—
—“Una nave que atraviesa el vacío.”—
—“Simples detalles. Sigue siendo una hojalata.”—
La imagen cambió. Apareció una de las grandes ciudades hipogeas.
Phillip dejó de
sonreír.
—“¿Eso es una ciudad?”—
—“Sí.”—
La imagen mostraba una inmensa cámara subterránea. No era una
construcción elegante en el sentido terrestre habitual.
Era monumental. O brutal.
Los muros parecían formar parte de la propia montaña. Grandes
bloques de piedra y cemento reforzado constituían las paredes internas,
extraordinariamente gruesas.
Sobre ellas se alzaban enormes arcos de herradura que se
entrelazaban unos con otros para sostener la estructura.
Las bóvedas de cañón cubrían los espacios principales.
Todo parecía diseñado para resistir no solamente el peso de
toneladas de roca sobre la cabeza, sino siglos enteros de existencia.
—“Eso sí es arquitectura.”— murmuró James.
—“Pura ingeniería de avanzada.”— dijo Devon.
—“También.”—
Kalaster hizo
aparecer otra sección: un túnel.
O, más exactamente, una carretera. Era tan ancho que varias
máquinas podían desplazarse simultáneamente por él.
Los arcos de herradura se repetían a intervalos regulares,
formando una sucesión interminable de estructuras pétreas.
—“¿Cuánto mide ese túnel?”— preguntó Phillip.
—“Ese tramo concreto tiene ciento treinta y ocho kilómetros.”—
Phillip permaneció
en silencio.
—“¿Ciento treinta y ocho?”—
—“Kilómetros.”—
Christine apoyó
los brazos sobre la consola.
—“Nosotros construimos carreteras en la superficie. Nada se
compara a esto.”—
Devon señaló
la pantalla.
—“Ellos construyeron al planeta entero debajo de la
superficie.”—
Phillip volvió
a contemplar la imagen.
Los túneles desaparecían hacia la oscuridad, conectando una
ciudad con otra. No parecían túneles, sino avenidas. Las cúpulas parecían
ciudades enteras encerradas dentro de montañas.
Y los arcos, repetidos hasta perderse en la distancia, daban a
todo aquello un aspecto extraño y solemne.
—“¿Por qué usan tanto los arcos de herradura?”— preguntó Clara.
Devon respondió:
—“Funcionan muy bien estructuralmente.”—
—“Eso no explica por qué todos tienen ese aspecto.”—
Kalaster
intervino.
—“La arquitectura hipogea desarrolló una tradición constructiva
propia. El arco de herradura permite distribuir las cargas laterales de manera
eficiente en sus grandes cavidades. También se ha convertido en un elemento
cultural hipogeo característico.”—
Phillip señaló
la pantalla.
—“Así que empezaron haciéndolos porque eran útiles y terminaron
haciéndolos porque les gustaban.”—
—“Una simplificación aceptable.”—
Christine miró
nuevamente las enormes bóvedas.
—“Es curioso.”—
—“¿Qué?”—
—“Nosotros construimos edificios para protegernos del planeta,
pero ellos construyeron un planeta dentro del planeta.”—
Phillip observó
la imagen durante unos segundos.
—“¿Sabes qué es lo más raro?”—
—“¿Qué?”—
—“Que probablemente cuando lleguemos allí van a pensar que somos
nosotros los raros.”—
Kalaster
respondió inmediatamente:
—“Esa hipótesis presenta una elevada probabilidad.”—
James soltó
una carcajada.
—“Bien.”—
Se levantó de su asiento.
—“Dos días para llegar.”—
Phillip volvió a
los controles.
—“Dos días.”— dijo
suavemente.
Cúpulas de Érebos
por Rodriac
Copen
Capítulo 2 – El Pueblo Interior
Afuera, HD 93250 continuaba ardiendo con una intensidad
capaz de convertir la superficie de Érebos en un infierno.
Abajo, bajo kilómetros de roca, una civilización humana seguía
viviendo en silencio.
Sus ciudades estaban unidas por carreteras subterráneas y sus
bóvedas descansaban sobre arcos de piedra. Sus granjas crecían bajo tierra y
sus animales nunca habían visto el cielo.
Y, mientras la HMS Erebus se acercaba,
seis siglos de evolución independiente aguardaban a los visitantes procedentes
de la superficie.
Dos días.
Después, los terrestres descubrirían qué aspecto tenía la
humanidad cuando llevaba seiscientos años mirando hacia las profundidades
Faltaban unas horas llegar a Érebos cuando el capitán James
Fitz ordenó iniciar la secuencia de aproximación orbital.
La HMS Erebus redujo
progresivamente su velocidad mientras Kalaster recalculaba la
trayectoria.
—“¿Órbita definitiva?”— preguntó James.
—“Estableciendo órbita geoestacionaria sobre el hemisferio
nocturno.”—
Phillip Bardell levantó
una ceja.
—“¿No podemos quedarnos sobre el lado iluminado?”—
—“No lo recomiendo.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque morirían. Los escudos térmicos no tienen capacidad de
aislar la nave por varios meses.”—
Phillip asintió.
—“Una razón bastante convincente.”—
Kalaster continuó:
—“La temperatura superficial de Érebos durante el día supera
ampliamente los límites operativos de nuestra lanzadera. La exposición
prolongada produciría daños estructurales y pondría en peligro a la
tripulación.”—
Christine Chang
miró a James.
—“Entonces bajaremos de noche.”—
—“Exactamente.”—
—“¿Y cuánto dura la noche?”—
—“Depende de la posición orbital. La ventana útil será de
aproximadamente once horas.”—
Phillip silbó.
—“Once horas para bajar, desembarcar, descargar, establecer los
sistemas y volver a subir.”—
—“No.”—
—“¿No?”—
—“Once horas para realizar el descenso y completar las
operaciones previstas de aproximación. La descarga del Martillo requerirá más
tiempo.”—
James miró a Devon.
—“Habrá que coordinarlo con los Hipogeos.”—
—“Ya lo han previsto.”— respondió el científico.
Phillip miró
nuevamente la pantalla. El hemisferio nocturno del planeta aparecía oscuro,
pero no completamente negro. Había puntos luminosos.
Miles.
No eran ciudades en la superficie, sino señales de la
infraestructura.
—“¿Qué estoy viendo?”—
Kalaster amplió
la imagen.
La oscuridad se llenó de líneas y puntos.
—“La red de instalaciones hipogeas.”—
—“¿En la superficie?”—
—“No. En el subsuelo.”—
Phillip
permaneció unos segundos contemplando la pantalla.
—“Entonces, ¿cómo sabemos dónde están?”—
—“Por sus pozos de iluminación.”—
Aparecieron varios rectángulos perfectamente alineados sobre la
superficie. Eran enormes. Desde la órbita parecían heridas geométricas abiertas
en la corteza del planeta.
—“¿Pozos?”— preguntó
Clara Liddel.
—“Sí.”—
—“¿Para ventilación?”—
—“Principalmente para transportar luz.”—
Devon sonrió.
—“Ahí está una de las cosas interesantes de Érebos.”—
La imagen se amplió. En el fondo de cada pozo aparecía una
estructura compleja semejante a una gigantesca celosía.
—“Captadores solares.”— explicó Devon —“Los Hipogeos utilizan sistemas
ópticos para llevar la luz natural hacia el interior.”—
Christine se
inclinó hacia la pantalla.
—“¿Fibras ópticas?”—
—“De dimensiones que harían palidecer a cualquier ingeniero
terrestre.”—
Kalaster
proyectó un corte transversal.
Un pozo rectangular descendía decenas de metros. En el fondo,
una estructura capturaba la luz solar. Desde allí partían enormes haces de
fibras ópticas que se internaban en la roca.
Los conductos descendían durante cientos de metros y después se
ramificaban. Algunos terminaban en túneles, otros en grandes bóvedas.
Finalmente otros alimentaban sistemas de iluminación artificial mediante
conversores.
—“Han construido árboles de luz.”— dijo Clara.
—“Es una descripción poética.”— observó Kalaster.
Phillip sonrió.
—“Acabas de aceptar una metáfora, Kalaster.”—
—“He determinado que es funcionalmente adecuada.”—
—“Cada día eres más humano.”—
—“No existe evidencia que sustente esa afirmación.”—
James
intervino antes de que comenzara otra discusión.
—“¿De dónde sacan la energía?”—
—“Principalmente de dos fuentes.”— respondió Kalaster —“Generación solar en la
superficie y extracción geotérmica.”—
—“Tiene sentido.”— dijo
Devon —“Arriba tienen una estrella monstruosa. Abajo tienen un
planeta caliente.”—
Phillip miró la
pantalla.
—“Han convertido sus dos problemas en centrales eléctricas.”—
—“Una descripción razonablemente exacta.”— dijo Kalaster.
La nave continuó descendiendo lentamente hacia la órbita
prevista. Mientras se aproximaban, aparecieron nuevas imágenes.
Esta vez no eran estructuras: eran máquinas. Una figura
humanoide avanzaba por una superficie rocosa.
Llevaba un cuerpo metálico articulado, cuatro sensores ópticos
en la cabeza y un conjunto de herramientas sujeto a los brazos.
—“¿Qué es eso?”—
preguntó Christine.
—“Unidad robótica de exploración hipogea.”—
—“Parece una persona.”—
—“No es una persona.”—
—“Ya lo sé.”—
—“Lo siento. Tu pregunta fue ambigua.”—
Christine suspiró.
—“¿Los usan para explorar la superficie?”—
—“Correcto. Y para ejecutar trabajos.”—
—“¿Y por qué con forma humana?”—
Devon
respondió:
—“Porque muchas de sus herramientas e instalaciones fueron
diseñadas originalmente para humanos. Un robot antropomorfo puede utilizar
equipamiento concebido para manos, brazos y piernas humanas sin necesidad de
modificarlo.”—
Clara observó
la imagen.
—“Son buenos.”—
—“Muy buenos.”—
dijo Devon.
Kalaster añadió:
—“La industria robótica hipogea se encuentra entre las más
avanzadas de la Federación.”—
Phillip se
volvió.
—“¿Más avanzada que la nuestra?”—
—“En determinados campos están tan avanzados como CyberSun, la
compañía que brinda el seguro de vida a los tripulantes de las naves militares
de la Federación, como esta.”—
—“Vaya...”—
—“Si. Son muy avanzados.”—
La imagen cambió otra vez, mostrando una ciudad subterránea.
Después otra, y otra.
Las cámaras gigantescas aparecían conectadas por túneles. En
algunas se distinguían zonas agrícolas. En otras, instalaciones industriales.
Había grandes espacios destinados a la crianza de animales. Todo
aquello estaba bajo tierra.
Phillip se quedó
mirando.
—“¿Nunca salen a la superficie?”—
Devon tardó un
instante en responder.
—“Prácticamente no necesitan hacerlo.”—
—“No es lo mismo.”—
—“No, es cierto. Para contestar tu pregunta, hay hipogeos que
nunca han salido a la superficie planetaria.”—
El científico amplió uno de los complejos.
—“La cuestión es que no debemos cometer el error de pensar que
los Hipogeos viven bajo tierra porque prefieren hacerlo o porque tienen
agorafobia.”—
—“¿Y por qué lo hacen?”—
Christine respondió:
—“Porque si salen, se mueren.”—
—“Exactamente.”—
Devon señaló la
pantalla.
—“La superficie no es un hogar. Es una amenaza.”—
Aquella frase quedó flotando en el puente: una amenaza.
No un paisaje ni un lugar de vacaciones. No era un mundo
abierto, sino una amenaza. Para los terrestres, el cielo era algo que estaba
allí desde el nacimiento. Para un Hipogeo, quizá fuera simplemente el techo
equivocado.
Phillip se
acomodó en su asiento.
—“Entonces toda su civilización subterránea se formó así por
obligación.”—
—“Sí.”—
—“Y después de seiscientos años terminaron haciendo de esa
obligación una forma de vida.”—
Devon asintió.
—“Eso parece.”—
Christine cruzó
los brazos.
—“¿Y cómo se mantiene una sociedad entera encerrada durante
generaciones?”—
Nadie contestó inmediatamente. Kalaster proyectó una
serie de datos demográficos.
—“Con una administración extremadamente eficiente de los
recursos. Y un trabajo psicológico muy reforzado.”—
James frunció
el ceño.
—“Eso no suena demasiado sencillo.”—
—“No lo es.”—
Aparecieron cifras de diversos datos: consumo energético,
producción alimentaria, horas de trabajo, superficie habitable. Disponibilidad
de agua, capacidad agrícola.
Phillip observó
los números.
—“Necesitan trabajar mucho.”—
—“Muchísimo. Sin dudas es un mundo duro.”— dijo Devon.
—“¿Cuánto?”—
—“No tengo una cifra comparable con los estándares terrestres.
Su definición de jornada laboral es diferente.”—
Clara miró
los datos.
—“Entonces necesitan que prácticamente todos sean útiles.”—
Devon la miró
asintiendo.
—“Pocos recursos. Mucho trabajo. Espacio limitado. Una
superficie mortal.”—
Phillip completó:
—“Y demasiadas personas.”—
Devon asintió.
—“Exactamente. Y por eso necesitan el Martillo.”—
Kalaster apagó
las cifras.
—“La población hipogea presenta una estructura social altamente
optimizada.”—
Christine lo miró.
—“¿Optimizada para qué?”—
—“Para sobrevivir.”—
La respuesta fue tan sencilla que nadie hizo ningún comentario.
Afuera, Érebos ocupaba ya buena parte del campo visual.
La superficie nocturna parecía tranquila. Pero bajo aquella
corteza oscura se extendía una civilización entera.
James se
levantó.
—“Preparen la lanzadera.”—
Phillip
comprobó los instrumentos.
—“¿Descendemos mañana?”—
—“Mañana por la noche.”—
Christine miró
una última vez la superficie.
—“Qué extraño.”—
Phillip la
miró.
—“¿Qué?”—
Chistine señaló
los puntos luminosos bajo la superficie.
—“Nosotros aprendimos a dominar el planeta para poder vivir
sobre él. Ellos aprendieron a vivir sin él.”—
Devon negó
lentamente con la cabeza.
—“Yo diría que aprendieron a fabricar otro planeta.”—
Phillip
contempló Érebos.
Por primera vez desde que habían iniciado el viaje, sintió
cierta curiosidad por conocer a los habitantes de aquel mundo.
No por su tecnología, sus ciudades. Ni siquiera por el Martillo.
Quería saber qué clase de seres humanos podían surgir cuando
durante seiscientos años nadie tenía la posibilidad de mirar al cielo.
La noche de Érebos llegó como una bendición.
Desde la órbita geoestacionaria, el planeta parecía una esfera
negra atravesada por algunas líneas de luz. La superficie permanecía casi invisible
bajo la sombra, mientras HD 93259 desaparecía detrás del horizonte.
—“Ahora.”— dijo Kalaster.
La lanzadera se separó de la HMS Erebus.
Phillip Bardell tomó de inmediato los controles manuales.
—“Iniciando descenso nocturno.”—
—“Confirmado.”—
—“¿Temperatura?”—
—“Dentro de los límites de seguridad.”—
—“Por una vez, me alegra escuchar eso.”—
Christine Chang,
sentada detrás de él, miró por la ventanilla. No se veían edificaciones ni
carreteras. No había luces de edificios o construcciones, solo oscuridad.
—“¿Dónde están?”—
preguntó.
Kalaster respondió
desde el sistema de comunicaciones.
—“Debajo de nosotros.”—
Phillip sonrió.
—“Eso empieza a convertirse en una costumbre.”—
Un punto luminoso apareció entonces sobre la superficie. Después
otro, y otro mas.
La lanzadera descendió hacia ellos. Eran los pozos de
iluminación.
Rectángulos perfectos abiertos en la corteza del planeta.
Durante el día, sus estructuras capturaban la brutal luz de HD 93259 y
la conducían hacia las profundidades. Por la noche, apenas quedaban como
grandes bocas negras.
Phillip
maniobró entre dos de ellos. Un poco más adelante, apareció una plataforma.
La lanzadera aterrizó allí. Cuando la compuerta se abrió, un
grupo de personas esperaba bajo una estructura abovedada.
El capitán James Fitz fue el primero en bajar, mientras
un hombre de unos cincuenta años avanzó hacia él. Vestía un uniforme sencillo,
sin insignias militares.
—“Capitán Fitz”—
—“Gobernador Kouris.”—
—“Theron Kouris.”—
Se estrecharon las manos.
Theron miró
hacia la lanzadera.
—“Bienvenidos a Érebos.”—
Phillip
descendió después de Christine, seguido por Devon Marbone y Clara
Liddel.
Theron saludó a
cada uno con cortesía.
No había soldados. Phillip miró alrededor.
—“¿No tienen guardias?”—
Theron pareció
no comprender la pregunta.
—“No.”—
—“¿Seguridad? ¿Policía?”— intervino Christine
—“Tampoco.”—
Phillip miró a James,
que se limitó a encogerse de hombros.
—“¿Nunca tienen problemas?”— preguntó Christine.
Theron pareció
reflexionar.
—“No hay crímenes aquí. Pero tenemos problemas constantemente.”—
—“Entonces...”—
—“Los resolvemos.”—
—“¿Sin policía?”—
—“Sí. No son necesarios.”—
Phillip miró a Kalaster,
cuyo módulo portátil flotaba detrás del grupo.
—“Esto se está poniendo interesante.”—
Theron no
pareció compartir su entusiasmo.
—“Será mejor que bajemos.”— dijo el gobernador mientras señalaba una plataforma.
Debajo de ella se abría un enorme conducto, en donde la luz
descendía hacia las profundidades por haces de fibra óptica. Una gran cinta transportadora
los movía con rapidez por la calzada.
—“Ésta es una de nuestras entradas principales.”— explicó Theron.
Phillip observó
las paredes, gruesas y enormes. Los arcos de herradura se repetían hasta
desaparecer en la distancia.
—“Bonito agujero.”—
Theron lo miró
sonriendo por la broma.
—“Es la entrada a la ciudad.”—
Phillip tosió.
—“Bonita ciudad.”—
Descendieron, y a medida que la plataforma bajaba, el mundo de
arriba desaparecía gradualmente. No había viento, ni cielo. Solo piedra y un
poco a lo lejos, luz.
Una luz suave, casi solar, bañaba los enormes túneles.
Christine observó
a las personas que transitaban por las cintas transportadoras de los túneles. Y
comenzó a notar algo extraño: había hombres y mujeres. Pero la diferencia entre
los sexos no era inmediatamente evidente.
No por su vestimenta o comportamiento, tampoco por su aspecto
físico.
Algunos hombres eran delgados, otros musculosos. Y observó
algunas mujeres robustas y de hombros anchos, mientras otras tenían cuerpos más
pequeños y rasgos delicados.
Theron
caminaba junto a ellos sin que nadie pareciera prestar atención especial a las
diferencias.
Clara se
acercó discretamente a Devon.
—“¿Lo notas?”—
—“Sí.”—
Más adelante, un grupo de trabajadores apareció por un túnel
lateral. Llevaban herramientas de minería.
Phillip observó
a una mujer cargando una pieza metálica que él habría considerado pesada
incluso para un hombre entrenado.
La mujer la colocó sobre una plataforma y continuó caminando.
—“¿Ella trabaja en minería?”— preguntó.
—“Sí.”—
respondió Theron.
—“¿Todas las mujeres lo hacen?”—
—“No todas. Solo las que tienen esa función.”—
Phillip miró a Christine.
—“¿Función?”—
Theron
continuó caminando.
—“En Érebos procuramos que cada persona realice aquello para lo
que resulta más útil.”—
Christine frunció
el ceño.
—“¿Más útil?”—
—“Claro. Para la comunidad.”—
No parecía haber ninguna intención de ofender. Y precisamente
por eso la frase resultaba algo incómoda para los terráqueos.
Devon
intervino:
—“¿Y cómo determinan esa utilidad?”—
—“Depende de las capacidades físicas, intelectuales y
reproductivas. Y tenemos un sistema de cupos disponibles para las actividades o
profesiones.”—
Phillip miró a
una mujer que pasaba junto a ellos.
—“¿Y que son las capacidades reproductivas?”—
Theron asintió.
—“Hay mujeres cuya constitución resulta especialmente adecuada
para la gestación de niños. Ellas cumplen esa función.”—
—“¿Y las demás?”—
—“Trabajan.”—
—“¿En cualquier cosa?”—
—“En aquello que puedan hacer mejor. Se puede elegir si hay cupos
disponibles.”—
Phillip recordó
la mujer de la pieza metálica.
—“¿Las mujeres trabajan en canteras?”—
—“Sí.”—
—“¿Minería? ¿Excavación? ¿Mantenimiento?”—
—“Claro, si así lo desean.”—
—“¿Y como soportan el esfuerzo de las tareas de fuerza?”—
Theron lo
miró.
—“Se les suministra testosterona si lo desean.”—
Christine levantó
ligeramente las cejas.
—“¿Desde qué edad?”—
—“Algunas la reciben desde la adolescencia, cuando se determina
que lo necesita por su función.”—
El silencio de los terrícolas fue breve, pero perceptible. Phillip
decidió romperlo.
—“¿Y los hombres?”—
Theron lo miró
como si la pregunta fuera extraña.
—“Trabajan también. En las mismas tareas. No hay diferencias
entre sexos si eso es lo que quiere saber.”—
Phillip asintió
lentamente.
Aquello no parecía una sociedad de hombres y mujeres. Se parecía
a una sociedad de trabajadores. Y era lógico, dado el pasado minero de la
colonia.
En donde unos tenían determinadas funciones, otros tenían otras.
Y el sexo biológico era solamente un dato estadístico. Excepto en las mujeres
gestacionales.
—“¿Y los niños?”—
preguntó Clara.
—“Son educados en las escuelas.”—
—“¿Por sus padres?”—
Theron negó con
la cabeza.
—“No, por los educadores.”—
—“¿Y sus madres?”—
—“Después de parir, descansan unos meses y continúan realizando
su función gestacional.”—
Clara miró a Devon.
Él no dijo nada.
Theron pareció
advertir la expresión de ambos.
—“No deben juzgar nuestras costumbres con criterios
terrestres.”—
—“No estamos juzgando.”— dijo Devon.
—“Todavía.”—
Phillip sonrió.
Theron también. Fue la primera señal de que el gobernador sabía apreciar
una ironía.
—“¿Ustedes tienen hijos?”— preguntó Phillip.
—“La colonia tiene hijos. No los individuos.”—
—“No era exactamente lo que pregunté.”—
—“Lo sé. Los hombres aportamos esperma, pero no sabemos a que
madre gestacional se le asigna. Ni quienes son nuestros hijos.”—
Siguieron caminando. Una pareja pasó frente a ellos. O, al
menos, Phillip creyó que era una pareja. Eran una mujer y un hombre que
caminaban juntos.
—“¿Son marido y mujer?”— preguntó.
Theron los
miró.
—“No. No lo creo.”—
—“¿Compañeros?”—
—“Probablemente trabajan en el mismo sector.”—
Phillip observó
cómo se alejaban.
—“Ah.”—
Un minuto después vio a otro hombre caminando solo. Después a
una mujer. Después a un grupo que conversaba mientras avanzaba hacia una de las
cúpulas.
—“¿Aquí la gente vive sola?”— preguntó Christine.
—“Sí. Así suele ser.”—
—“¿Siempre?”—
—“No siempre, pero generalmente.”—
—“¿Y las parejas?”—
Theron volvió a
detenerse para explicar.
—“Verá, en Érebos no solemos tener parejas.”—
Phillip creyó
haber oído mal.
—“¿No tienen parejas?”—
—“No como ustedes en la Tierra.”—
—“¿Y el sexo?”—
Theron
respondió con absoluta naturalidad:
—“El sexo aquí es casi exclusivamente para fines reproductivos
de la colonia.”—
Christine
parpadeó.
—“¿Solamente?”—
—“Principalmente.”—
—“¿No existe...?”—
Buscó la palabra. Theron esperó.
—“¿Compañerismo íntimo?”—
—“No entiendo ese concepto. Pero si se refiere a sexo
recreativo, si. Algunos hipogeos gustan de practicar el sexo recreativo.
Generalmente si es así, optan por vivir en pareja. Algo parecido a la Tierra.
”—
Phillip miró a Christine.
Por primera vez desde que habían aterrizado, ninguno de los dos
encontró un comentario ingenioso.
Theron
continuó:
—“El afecto existe. La amistad existe. La cooperación existe. La
familia existe en determinadas formas.”—
—“¿Pero no viven juntos?”— preguntó Clara.
—“La generalidad de los hipogeos, no.”—
—“¿Nunca?”—
—“Los ancianos suelen hacerlo. También algunos tradicionalistas.
Y, como dije, los que practican sexo recreativo.”—
Phillip miró
nuevamente a su alrededor.
—“¿Y eso les parece normal?”—
Theron
respondió:
—“Es normal para la colonia.”—
No había orgullo en su voz, ni desprecio. Simplemente era una
afirmación. Aquello era la normalidad de Érebos.
Christine observó
a una mujer que se aproximaba por el corredor.
Era diferente. Su cuerpo tenía rasgos claramente femeninos. Su
ropa era distinta. Caminaba acompañada por dos niños.
Phillip también
la miró. Theron siguió su mirada.
—“Ella pertenece al grupo reproductivo.”—
—“¿Y las demás mujeres?”— preguntó Christine.
—“No tienen necesidad de parecerse a ella.”—
Christine
permaneció callada.
Phillip comprendió
entonces algo más inquietante: en Érebos, ser hombre o mujer no parecía
determinar quién eras. Lo determinaba lo que hacías.
Y, poco a poco, la diferencia sexual se había convertido en una
cuestión funcional, no identitaria ni sentimental. Era funcional.
—“¿Y creen en Dios?”— preguntó Clara inesperadamente.
Theron la miró.
—“¿Qué es eso?”—
—“Una entidad superior omnipotente. Una creencia religiosa.”—
—“Ah, enteindo. Sé que en la Tierra tienen religiones. Acá no
tenemos ninguna.”—
—“¿Nunca la tuvieron?”—
—“Los primeros colonos, si.”—
—“¿Y qué ocurrió?”—
Theron
continuó caminando.
—“La abandonaron.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque no nos ayudaba a excavar.”—
Phillip soltó
una carcajada. Theron lo miró.
—“¿Es gracioso?”—
—“Un poco.”—
—“Lo siento, no pretendía ser irrespetuoso.”—
—“No está bien, estamos siendo metiches.”—.
Llegaron finalmente a una enorme cámara en donde una cúpula
subterránea gigantesca se elevaba sobre ellos.
Los arcos de herradura formaban una estructura monumental que
parecía sostener el peso de toda la montaña.
Theron señaló
hacia a un edificio en uno de los corredores.
—“Ése será su hotel de alojamiento durante su estancia.”—
James miró
alrededor.
—“¿Cuánto tiempo tardaremos en instalar el Martillo?”—
—“La instalación inicial durará varias semanas. Después tendrán
que entrenar a nuestros operadores.”—
—“¿Cuánto tiempo?”—
—“El que sea necesario. Su estadía será resuelta sin
problemas.”—
James asintió.
—“Quizá estaremos aquí varios meses.”—
—“No hay problema, Capitán.”—
Theron hizo
una pausa.
—“Y necesitarán un contacto permanente.”—
Una mujer se acercó desde el extremo de la cámara.
Phillip la vio
antes de que Theron pronunciara su nombre.
Era alta. Ancha de hombros. Tenía el cuerpo compacto de alguien
acostumbrado al trabajo físico. Vestía ropa de trabajo gris y llevaba una
tableta geológica bajo el brazo. Su rostro era sereno. No parecía joven ni
especialmente mayor.
Theron la
presentó.
—“Ruth Galanis.”—
La mujer saludó a los recién llegados. Luego preguntó:
—“¿Cuál de ustedes es el piloto?”—
Phillip levantó
una mano.
—“Yo.”—
Ruth lo
observó durante unos segundos. Después bajó la mirada hacia sus manos. Phillip
no supo por qué.
—“¿Esas manos conducen la nave?”— preguntó ella.
—“Sí.”—
Ruth pareció
sorprendida.
—“No tienes cicatrices.”—
Phillip miró sus
propias manos.
—“Bueno… no es un trabajo rudo físicamente. Es difícil en otros
aspectos.”—
Ruth levantó
nuevamente los ojos. No sonrió, pero algo parecido a la curiosidad apareció en
su rostro. Parecía algo turbada.
—“Bien, Phillip, como estás entrenado en leer mapas
tridimensionales, tú y yo deberemos trabajar juntos para guiarnos en la maraña
de túneles y bóvedas de la colonia.”—
—“Por mi está bien, jefa. Haré lo que me digas.”— bromeó el piloto.
Theron continuó:
—“Ruth será su anfitriona, contacto y guía durante su
permanencia en Érebos.”—
Phillip extendió
la mano.
—“Encantado.”—
Ruth observó
la mano durante un instante, y después la estrechó. Su mano era áspera y
fuerte. Contrastaba con la suavidad de las manos del piloto. La mano de Phillip
desapareció casi por completo dentro de ella. La chica mantuvo el contacto una
fracción de segundo más de lo necesario, luego lo soltó.
—“Bienvenidos al Pueblo del Interior.”— dijo la geóloga.
Phillip sonrió.
—“Gracias.”—
Ella miró otra vez sus manos, y Phillip tuvo la extraña
sensación de que, en aquel extraño planeta, acababa de ser él quien había sido
examinado.
Cúpulas de Érebos
por Rodriac
Copen
Capítulo 3 – Cosas Innecesarias
El Martillo no comenzó a funcionar hasta que Phillip
Bardell estuvo frente al mapa.
La primera prueba había terminado en una discusión de casi una
hora. No sobre la máquina, sino sobre las coordenadas.
—“Ese punto está mal.”— dijo Ruth Galanis.
Phillip levantó
la cabeza.
—“No. Mira estas referencias.”—
—“Sí.”—
—“La coordenada vertical es correcta.”—
—“Pero la horizontal está ligeramente desplazada.”—
Phillip señaló
la pantalla.
—“Porque quizá estás leyendo el eje de profundidad al revés.”—
Ruth se
acercó un poco más.
—“No, no lo estoy leyendo al revés.”—
—“Puede que estés interpretando el plano con los parámetros
bidimensionales. El mapa generado por el Martillo es ligeramente diferente a
los que estás acostumbrada a leer.”—
Ruth guardó
silencio.
Phillip amplió
la representación para mejorar la vista de los detalles.
El mapa tridimensional mostró la estructura de roca como una
masa transparente atravesada por túneles, cavidades y vetas minerales.
—“Mira.”— dijo —“No
estamos buscando un punto. Estamos buscando una trayectoria.”— le señaló un
sector.
Ruth observó
la imagen. Después lo miró y sonrió muy levemente.
—“Tienes razón.”—
Phillip sonrió.
—“Me ocurría con frecuencia también durante mi entrenamiento.”—
—“No exageres.”
—“Era una pequeña exageración.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque en la Tierra es una costumbre.”—
Ruth lo
estudió durante unos segundos.
—“¿Exagerar?”—
—“A veces, sí.”—
—“¿Sin necesidad?”—
—“No. Es para que no te sientas mal. Le llamamos empatía.”—
Ruth pareció
considerar aquella información.
—“Es una costumbre extraña.”—
—“Tenemos muchas ¿Quién no?”—
El Martillo esperaba detrás de ellos.
La enorme máquina había sido transportada hasta una cámara de
trabajo donde los Hipogeos habían preparado la primera zona de excavación.
Su operación dependía de aquellas coordenadas. Y una pequeña
diferencia podía significar una fractura inútil.
Una diferencia mayor podía hacer que una onda de presión se
propagara por una veta equivocada y comprometiera una sección completa del
túnel.
Ruth volvió
a mirar el mapa.
—“Enséñame cómo lo haces.”—
Phillip se
inclinó sobre la consola.
—“A ti, no hay mucho que pueda enseñarte. Mira, un piloto
aprende a imaginar el espacio en tres dimensiones.”—
—“Un geólogo también.”—
—“Por eso lo decía. Tenemos algo en común.”—
Ruth lo
miró.
—“Sí.”—
Fue la primera vez que Phillip notó que sonreía
abiertamente. Muy poco, pero lo hacía.
Durante las semanas siguientes trabajaron estrechamente. Primero
fue por necesidad, después por costumbre. A pesar de las enormes diferencias
culturales, se llevaban muy bien.
Y finalmente nadie preguntó por qué Ruth estaba casi
siempre junto a Phillip al momento de interpretar un mapa
tridimensional.
Ella resultó ser una geóloga excelente. Y también había sido
excavadora.
Phillip lo
descubrió una tarde, cuando entre unas carpetas, encontró en uno de los
archivos antiguos una fotografía de Ruth.
—“¿Esa eres tú?”—
Ruth miró la
imagen.
—“Sí.”—
Phillip observó
la fotografía. Ruth aparecía frente a una máquina de excavación,
cubierta de polvo, con un casco sobre la cabeza.
—“¿Trabajabas con eso?”—
—“Lo hice por once años.”—
—“¿Y después estudiaste geología?”—
—“Los primeros años, excavé. Después estudié geología mientras
estaba en ese puesto.”—
—“¿Por qué?”—
Ruth pareció
sorprendida por la pregunta.
—“Me gusta saber qué hay debajo de donde estamos excavando.”—
Phillip sonrió.
—“Eso es bastante razonable.”—
—“Ahora busco nuevas rutas.”—
—“¿Rutas?”—
—“Nuevos túneles. Nuevas cámaras. Posibles lugares para
construir ciudades. Ya sabes. Ampliación del hábitat humano.”—
Phillip la
miró.
—“¿Exploras para construir nuevas ciudades?”—
—“Sí.”—
—“Entiendo. En la Tierra tenemos exploradores que buscan
planetas.”—
—“Nosotros ya tenemos uno.”—
—“Touché.”—
Ruth lo miró
sin comprender.
—“¿Qué significa eso?”—
—“Que has ganado la discusión.”—
—“Pero… no estábamos discutiendo.”—
—“Eso también es una costumbre terrestre.”—
Ruth volvió
a mirar el mapa.
—“Los terrestres hablan mucho.”—
—“Eso también.”—
A Phillip empezaba a divertirle que Ruth tomara
literalmente casi todo lo que decía.
Pero había algo más: le gustaba conversar con ella. Ruth
preguntaba constantemente por la Tierra.
Quería saber cómo eran las ciudades, cómo vivían las familias.
Cómo se educaban los niños.
Por qué los hombres y las mujeres vestían de manera diferente en
determinadas ocasiones. Por qué algunas personas trabajaban toda su vida en
actividades que no eran necesarias para la supervivencia.
Preguntaba sobre las profesiones que no existían en su planeta,
como los artistas, los deportistas. Quería saber por qué alguien consideraría
dedicar veinte años a estudiar una lengua muerta.
Y, sobre todo, por qué los terrestres parecían empeñados en
hacer tantas cosas que no eran necesarias.
Por lo que parecía, entre los hipogeos todo giraba alrededor de
la supervivencia y el sustento de la especie humana.
—“¿Para qué sirve un músico?”— preguntó una vez.
Phillip pensó
unos segundos.
—“Pues… compone melodías, hace música.”—
—“Es que no entiendo para que sirve.”—
—“Bueno… las artes como la música, la pintura, la escritura. Se
podría decir que son recreativas.”—
—“¿Recreativas?”—
—“Claro. ¿No haces nada por placer?”—
Ruth parecía
confundida.
—“Trabajo en lo que me gusta.”—
—“No me refiero al trabajo, sino al ocio. ¿Haces algo que te guste
solo porque sí, sin que sea obligatorio o esté en relación al trabajo? El arte
es algo así.”—
Ruth lo miró
con paciencia.
—“No entiendo. Me gusta nadar.”—
Phillip sonrió.
—“Ahí tienes. En la Tierra, las artes como la música, el cine,
la pintura o la lectura son gustos que no tienen un fin de supervivencia o
práctico. Hacen bien al espíritu, al ánimo de las personas. No sé si soy el
mejor explicando. Hago lo que puedo.”—
Ruth asintió
lentamente con la cabeza.
—“Creo que te entiendo. En Érebos nadie dedicaría tiempo a una
actividad que no produce nada necesario.”—
—”Sin embargo te gusta nadar. Y lo haces por gusto ¿verdad?”—
—”Tienes razón. Y ahora que lo dices, no entiendo por que aquí
no existe el arte.”—
—“Bueno… quizás las condiciones del ambiente, tan duras y
difíciles les llevó a priorizar lo práctico antes que lo recreativo. Estoy
especulando, claro.”—
—“En la Tierra parece que tienen tiempo de ocio.”—
—“Para eso sirve el desarrollo. Mientras más avanzada es una
civilización, le debería dar más tiempo a las personas para recrearse y
disfrutar de la vida. ¿Qué sentido tiene el desarrollo y la evolución si no
permite eso a la humanidad?”—
—“Supongo.”—
—“Quizá aquí aún la colonia lucha por sobrevivir al ambiente
hostil. Cuando llegue a estabilizarse, empezará a evolucionar también el ocio y
las artes.”—
Ruth volvió
a estudiar el mapa.
—“Debe ser agradable.”—
Phillip la
miró.
—“¿Qué cosa?”—
—“Poder hacer cosas innecesarias.”—
Aquella respuesta lo dejó pensando. Un poco más tarde, ese mismo
día, Ruth dijo:
—“Todavía no entiendo del todo qué utilidad tiene la música.”—
Phillip levantó
la vista.
—“No tiene ninguna utilidad práctica.”—
Ruth frunció
el ceño.
—“Entonces, ¿por qué la escuchan?”—
—“Porque nos gusta. Nos relaja. Nos entretiene.”—
—“¿Y eso qué significa?”—
Phillip se
quedó pensando.
—“A ti te gusta nadar. Pero no sacas nada de ello. Significa que
algo puede ser valioso para ti, aunque no sirva para nada.”—
Ruth lo
observó con una expresión casi desconfiada.
—“Eso parece una forma peligrosa de pensar. Hacer ejercicio hace
bien al cuerpo.”—
—“En la Tierra tenemos muchas formas peligrosas de pensar.”—
—“Ya lo he notado.”—
—“Mira… nadar hace bien a tu cuerpo. Por eso lo haces. Escuchar
musica hace bien al espíritu, al ánimo. Por eso la escuchamos.”—
Phillip sonrió.
Habían hablado durante casi una hora. De música, de pintura, de
novelas, de poesía. Ruth había preguntado para qué servía un cuadro que
no mostraba un mapa, una veta mineral o una estructura geológica.
Phillip había
intentado explicárselo, pero no había conseguido gran cosa.
Al día siguiente, Ruth encontró a Phillip
esperándola junto al laboratorio.
—“Tengo algo para ti.”—
Ella miró el pequeño dispositivo que él sostenía.
—“¿Qué es?”—
—“Una colección.”—
—“¿De qué?”—
—“De cosas inútiles.”—
Ruth lo miró
seriamente.
—“No parece un buen regalo.”—
Phillip soltó
una carcajada.
—“Espera.”—
Le entregó el dispositivo. Era pequeño, pero contenía una
biblioteca completa con miles de composiciones musicales. Galerías de pintura y
escultura de la Tierra. Fotografías de obras antiguas y modernas. Libros de
todo tipo.
—“¿Todo esto está aquí?”— preguntó Ruth.
—“Todo.”—
—“¿Para qué?”—
—“Para que lo descubras.”—
Ruth pasó un
dedo por la superficie del dispositivo.
—“¿Cuánto tardaría en leerlo?”—
—“Toda una vida, probablemente.”—
Ella levantó los ojos.
—“¿Y tú has leído todo?”—
—“No.”—
—“Entonces no entiendo por qué me lo das. Todavía es útil para
ti.”—
Phillip se
encogió de hombros.
—“Porque me preguntaste. Te lo doy para que lo experimentes,
Ruth. Porque te aprecio. El arte no puede explicarse. Lo intentamos, pero no se
puede. Hay que disfrutarlo y vivirlo. Por eso te lo doy.”—
Ruth
permaneció inmóvil. Era evidente que aquello no encajaba en ninguna categoría
que ella conociera.
Y, sin embargo, Phillip se lo había preparado
especialmente para ella.
—“¿Por qué?”—
preguntó.
—“Porque quiero que conozcas algo de mi mundo.”—
Ruth bajó
nuevamente la mirada hacia el dispositivo.
—“¿Debo devolvértelo más tarde?”—
—“No. Ahora es tuyo.”—
Aquella frase pareció afectarla más que todo lo demás. Ruth
no respondió. Simplemente activó el dispositivo.
La primera imagen que apareció fue una pintura: un paisaje
terrestre. Se veía un cielo enorme, un río. Árboles. Una mujer sentada junto al
agua.
Ruth
permaneció contemplándola.
—“¿Dónde está?”—
—“En ningún lado. Ese lugar no existe.”—
Ella giró la cabeza.
—“¿No existe?”—
—“No. Es una pintura.”—
—“Entonces nunca ocurrió.”—
—“No necesariamente.”—
Ruth volvió
a mirar la imagen.
—“¿Y por qué alguien pintaría algo que no existe?”—
Phillip sonrió.
—“Porque quizá hubiera querido estar allí. Porque podía
imaginarlo.”—
Ruth guardó
silencio.
Pasó a la siguiente imagen, después a otra. Luego abrió la
música. Y una melodía llenó el pequeño espacio donde estaban.
Ruth se
quedó completamente quieta, escuchando. Durante un momento cerró los ojos.
Phillip sonrió
sin decir nada.
Al terminar la pieza, Ruth permaneció inmóvil unos
segundos más.
—“¿Qué hace?”— preguntó
finalmente.
—“Nada.”—
Ella abrió los ojos.
—“¿Nada?”—
—“Solo está ahí.”—
Ruth volvió a
mirar la pantalla. Después abrió uno de los libros para leer las primeras líneas.
Phillip comenzó
a alejarse.
—“¿Adónde vas?”—
Él se volvió.
—“Quiero dejarte tranquila.”—
Ruth lo
miró.
—“¿Por qué?”—
Phillip sonrió.
—“Porque creo que acabas de descubrir algo que necesita bastante
tiempo para entenderse.”—
Ruth volvió
la vista hacia el dispositivo.
—“Phillip.”—
—“¿Sí?”—
—“Gracias.”—
Él asintió.
—“Por nada.”—
Se marchó.
Ruth
permaneció sentada. Durante unos minutos siguió mirando la pintura. Después
volvió a la música. Luego abrió una novela.
Y, por primera vez en su vida, una mujer de Érebos dedicó
una parte de su tiempo a algo que no tenía ninguna utilidad.
No sabía todavía que aquello se llamaba ocio.
Tampoco sabía que acababa de recibir algo mucho más extraño que una biblioteca.
Phillip le había
regalado la posibilidad de perder el tiempo. Y no pudo despegarse de ese
dispositivo.
Con el paso de las semanas, Ruth también comenzó a
observar a la tripulación. Al principio discretamente. Después con menos
disimulo.
Le intrigaban especialmente Phillip y Christine.
Sabía que los dos se conocían desde hacía años.
Bromeaban, se tocaban el brazo, se empujaban. Discutían y se
reían juntos. Christine conocía historias de Phillip que él jamás
le había contado a Ruth.
Phillip sabía
cuándo Christine estaba cansada, cuándo tenía hambre y cuándo estaba a
punto de enfadarse. A veces permanecían juntos hablando durante largos
períodos.
Y Ruth los observaba.
Una tarde vio cómo Christine apoyaba la cabeza sobre el
hombro de Phillip mientras él hablaba. Aquello le resultó
desconcertante. Más tarde vio a Christine besar a James.
Pero no en la mejilla, sino en la boca.
Ruth
permaneció inmóvil, después miró a Phillip. Él no parecía sorprendido ni
molesto.
Al día siguiente observó a Devon y Clara. También
se tocaban, se besaban. Y también discutían. Pero, a diferencia de Phillip
y Christine, ellos vivían juntos.
Ruth empezó
a construir una hipótesis. No era una hipótesis especialmente buena, pero era
la única que tenía.
Buscó a su amiga Sofia Katsaro. La encontró en la
biblioteca de la universidad.
Ella también había tenido contacto con los terrestres, aunque no
tan estrecho como Ruth.
—“Necesito preguntarte algo. Tú eres antropóloga.”—
Sofia levantó
la vista.
—“Eso suena a problema cuando lo dices así.”—
Ruth se
sentó frente a ella.
—“Es sobre los terrestres.”—
—“Te escucho.”—
—“No los comprendo.”—
—“Eso es normal. Somos muy diferentes a ellos.”—
—“Tú has estado con ellos, y te he contado cosas también. Son
desconcertantes. Esto es sobre Phillip y Christine.”—
Sofia cerró
lentamente el libro.
—“Ah. Continúa.”—
—“Quiero saber ¿Son pareja?”—
—“Por lo que me has dicho y he visto, no.”—
—“¿Son amantes?”—
—“No lo creo.”—
—“Pero se tocan.”—
—“Sí. Los terrestres lo hacen.”—
—“Se ríen juntos.”—
—“Sí. Ellos le dicen humor.”—
—“Pasan tiempo solos.”—
—“Sí.”—
Ruth frunció
el ceño.
—“Entonces son pareja.”—
Sofia sonrió.
—“No necesariamente.”—
—“No entiendo.”—
—“Son amigos. Como tú y yo.”—
Ruth permaneció
en silencio.
—“Pero son hombre y mujer ¿Qué significa eso?”—
—“Que se quieren.”—
—“¿Quieren reproducirse?”—
—“No.”—
—“¿Entonces?”—
—“Se quieren porque son amigos.”—
Ruth la miró
fijamente.
—“Eso no tiene sentido.”—
—“Para los terrestres, sí. Quizá no para muchos de nosotros.”—
—“¿Por qué?”—
Sofia se
levantó y caminó hasta una estantería.
—“Porque en la Tierra las relaciones humanas no tienen una sola
función.”—
Sacó un libro.
—“Ellos pueden tener amigos, amantes, esposos, compañeros de
trabajo, familiares...”—
—“¿Y una persona puede cumplir varias funciones?”—
—“Claro.”—
Ruth pensó
en ello.
—Eso parece extraño.”—
Sofia sonrió.
—“Lo es para nosotros. No tenemos sus costumbres. Vivimos solos.
Somos solitarios. Para ellos, los extraños somos nosotros.”—
—“Entonces, ¿por qué lo hacen?”—
Sofia dejó el
libro sobre la mesa.
—“Porque los humanos no siempre hacemos las cosas solamente
porque sean eficientes o prácticas.”—
Ruth
permaneció callada.
—“¿Y Christine?”—
—“Christine está casada con James.”—
—“Pero quiere a Phillip.”—
—“Sí.”—
Ruth frunció
el ceño.
—“¿Y James lo permite?”—
Sofia soltó
una pequeña carcajada.
—“James no tiene que permitirlo.”—
—“¿Por qué?”
—“Porque Phillip es su amigo, no su rival. Chistine quiere de
forma diferente a James y a Phillip.”—
Ruth tardó
unos segundos en responder.
—“¿Y por qué Christine besa a James?”—
—“Porque es su marido.”—
—“¿Y por qué vive con él?”
—“Eligieron vivir juntos. Y copulan entre si.”—
Ruth bajó la
mirada.
—“¿Eligieron hacer una pareja?”—
—“Sí.”—
Aquella palabra pareció detenerla.
—“¿No fue una asignación? ¿No fueron seleccionados?”—
—“No.”—
—“¿Entonces quién decidió?”—
Sofia sonrió.
—“En la Tierra, deciden las personas.”—
Ruth
permaneció pensativa.
—“Eso parece complicado.”—
—“Tal vez para nosotros.”—
—“¿Y funciona?”—
Sofia la
miró.
—“Claro. A veces si, a veces no.”—
—“¿Y cuando no funciona?”—
—“Se separan. Y buscan a otros.”—
Ruth abrió
ligeramente los ojos.
—“¿Pueden hacerlo?”—
—“Sí.”—
—“¿Y los hijos?”
—“En la Tierra no es como aquí. Cada mujer elige si quiere o no
ser progenitora. Los hijos son criados por sus propias madres, no en una
escuela. Depende de cada familia.”—
Ruth guardó
silencio durante un largo rato.
Finalmente preguntó:
—“¿Todas las mujeres terrestres viven así?”—
Sofia negó con
la cabeza.
—“No existe una única forma de ser mujer en la Tierra. Algunas
mujeres pueden elegir no formar pareja. Pueden elegir no tener hijos. O pueden
tener los que quieran.”—
—“¿Y los hombres?”—
—“Tampoco existe una única forma de ser hombre.”—
Ruth pareció
confundida.
—“Aquí sí.”—
—“Lo sé. Son diferencias culturales y sociales.”—
—“Una mujer puede ser reproductora o trabajadora.”—
—“En Érebos sí. No es así en la Tierra.”—
—“Y los trabajadores reciben testosterona cuando son
adolescentes.”—
—“Lo sé. En la Tierra se usa la testosterona por razones
médicas, no de modo generalizado.”—
Aquella noche Ruth caminó sola por uno de los grandes
túneles.
Las luces descendían desde la superficie a través de las fibras
ópticas y llenaban la bóveda con una claridad artificialmente natural.
Se cruzó con decenas de personas: hombres, mujeres. Nadie
parecía prestarle demasiada atención.
Ruth pensó
en Phillip. En sus manos, en sus bromas. En aquella costumbre absurda de
hacer cosas innecesarias. Pensó también en Christine. En la forma en que
hablaba con él.
En la confianza que existía entre ambos. Y por primera vez
comprendió que aquella relación tenía algo que ella no sabía nombrar. No era
reproducción, trabajo o parentesco.
Era algo que, según Sofia, los terrestres llamaban amistad.
Ruth siguió
caminando. Entonces recordó algo que Phillip le había dicho unos días
antes. En la Tierra podemos hacer cosas innecesarias. Por
alguna razón, aquella frase ya no le parecía tan absurda.
Y eso la inquietó mucho más de lo que estaba dispuesta a
admitir.
Cúpulas de Érebos
por Rodriac
Copen
Capítulo 4 – El Manantial
Era un día de descanso. Ruth pensó que a los terrestres
les gustaría un día de ocio. El manantial se veía al final de un túnel
estrecho.
Después de algo más de una hora de caminar por las cavernas,
Ruth se detuvo ante una abertura en la roca y señaló hacia abajo.
—“Hemos llegado.”—
Phillip asomó
la cabeza.
Debajo de ellos se extendía una pequeña laguna de agua
cristalina, alimentada por un manantial que brotaba entre las piedras. Sobre la
superficie flotaban diminutas plantas luminosas. Alrededor se extendía una
planicie verde con flores, arbustos y árboles. Las paredes de la caverna
estaban cubiertas de musgo azul verdoso.
Por encima de ellos, grandes lámparas traían desde la superficie
los rayos de sol, iluminando toda la escena de la cúpula.
—“Esto sí que es un gran lugar para pasar el día.”— dijo Phillip.
Ruth lo
miró.
—“¿Pasar el día?”—
—“Sí. Comer, nadar, descansar... perder el tiempo. Tú sabes.”—
Ruth sonrió.
—“Todavía no entiendo completamente todas esas expresiones.”—
—“Relájate. Ya aprenderás.”—
Bajaron hasta la orilla.
Ruth dejó su
equipo sobre una roca y, sin la menor ceremonia, comenzó a quitarse la ropa,
quedando desnuda por completo.
Phillip se
quedó inmóvil durante un instante.
Christine lo
observó de reojo.
—“No pongas esa cara.”—
—“¿Qué cara?”—
—“La de hombre que acaba de descubrir una especie nueva.”—
—“Estoy intentando comportarme como un profesional.”—
—“Pues… inténtalo mejor porque no te sale bien.”—
Ruth ya
estaba entrando en el agua.
No había en su actitud el menor rastro de vergüenza o
coquetería. Para ella, desnudarse delante de sus compañeros parecía tan
irrelevante como quitarse las botas antes de entrar en una caverna.
Phillip terminó
por comprender que, para Ruth, el cuerpo no tenía aquella dimensión de
intimidad que poseía para los terrestres.
Los terrestres optaron por usar trajes de baño.
El piloto se sumergió en las aguas y se acercó nadando hasta
donde estaba Ruth. Entonces vio la cicatriz.
Una enorme marca atravesaba su hombro y descendía hacia la
espalda.
—“¿Qué te ocurrió?”— preguntó señalando la vieja herida.
Ruth se
volvió.
—“Nada. Un accidente de trabajo.”—
Phillip frunció
el ceño.
—“Eso no parece nada.”—
—“Fue hace mucho.”—
—“¿Y cómo ocurrió?”—
—“Un accidente sin importancia.”—
Phillip esperó.
—“¿Un accidente sin importancia?”—
—“Sí.”—
—“Ruth, si eso es un accidente sin importancia, empiezo a
preocuparme por los importantes.”—
Ella se encogió de hombros.
—“Fue durante una excavación. Una sección del techo cedió antes
de tiempo.”—
—“¿Y tú estabas debajo?”—
—“Sí.”—
Phillip la miró.
—“¿Y saliste caminando?”—
—“No.”—
—“Ah.”—
—“Me sacaron.”—
—“Ah.”—
Ruth empezó
a hacer la plancha mientras hablaban.
—“Tuve algunas fracturas. Perdí bastante sangre. Estuve
inconsciente tres días.”—
Phillip
permaneció callado.
—“¿Y dices que no fue importante?”—
Ruth lo miró
con cierta perplejidad.
—“La galería quedó inutilizada durante dos semanas. Eso sí fue
importante.”—
Phillip soltó una
carcajada. Ruth lo observó sin entender.
—“¿Qué?”—
—“Nada.”—
—“Estás riendo.”—
—“Sí. Pero no es por ti. Ni por lo que cuentas.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque eres increíble. Lo digo en serio.”—
Ella no pareció entenderlo del todo. Pero de cierta manera se dio
cuenta que Phillip le estaba haciendo un halago. Y enrojeció levemente.
Para Ruth, la cicatriz no era una deformación, ni una
vergüenza, ni siquiera un recuerdo especialmente doloroso. Era la evidencia de
una herramienta que había sufrido un daño y había continuado funcionando.
Phillip tardó
unos segundos en comprenderlo.
Para los Hipogeos, el cuerpo personal no era algo que debiera
conservarse intacto. Era considerado como una herramienta. Valiosa, pero como
una herramienta que podía repararse.
Aquel día, luego del picnic y casi al final del día, Ruth encontró
a su amiga Sofia sentada junto al canal que conducía el agua hacia las
viviendas.
—“Necesito preguntarte algo.”—
Sofia levantó
la mirada de su tableta.
—“Dime.”—
—“Los terráqueos tienen comportamientos extraños.”—
—“Vienen de una sociedad muy diferente.”—
Ruth se sentó
a su lado.
—“Phillip y Christine.”—
Sofia sonrió
de manera cómplice. Parecía saber algo que Ruth ignoraba.
—“Preguntas mucho sobre ellos. ¿Qué sucede esta vez?”—
—“Ya sé que son amigos.”—
—“Bien.”—
—“Pero… estábamos en el la laguna, pasándola bien y… vi que se
tocan constantemente.”—
—“Los amigos terrestres suelen hacerlo.”—
—“Pero se abrazan. Se ríen. Se acarician. Hablan a solas.”—
—“Sí.”—
Ruth permaneció
pensativa.
—“Se comportan como pareja ¿Estás segura que no lo son?”—
—“No, Ruth no lo son. Christine está casada con James.”—
—“Correcto. Pero entonces Phillip es...”—
Sofia esperó
pacientemente
—“¿Su pareja secundaria?”—
Sofia soltó
una carcajada.
—“No.”—
—“¿Son amantes?”—
—“Tampoco.”—
Ruth pareció
desconcertada.
—“Entonces, ¿qué son entre sí? No me parecen amigos.”—
—“Son amigos, Ruth. No son amantes. No hay sexo entre ellos.”—
Ruth
permaneció unos segundos en silencio.
—“Pero no entiendo ese comportamiento.”—
Sofia dejó la
tableta.
—“Los terrestres tienen relaciones que no están determinadas
solamente por una función.”—
—“¿Qué significa eso?”—
—“Que una persona puede ser tu amigo sin trabajar contigo, sin
pertenecer a tu familia y sin tener que cumplir ninguna función reproductiva.”—
Ruth frunció
el ceño.
—“¿Y por qué lo hacen?”—
—“Los terrestres son gregarios por naturaleza. A la mayoría no
les gusta la soledad como a nosotros. Les gusta tener gente alrededor.
Generalmente son familiares o amigos.”—
Ruth
reflexionó.
—“¿Les gusta compartir?”—
—“Sí. Igual en los trabajos.”—
—“¿Incluso cuando no sirve para nada?”—
—“Aunque no sirva para nada. ¿No te has dado cuenta que cuando
estás con Phillip, él se acerca, te habla, se interesa por ti? Recuerda el
regalo que te hizo. Me lo mostraste.”—
Ruth metió
la mano al bolsillo para tocar el dispositivo. No se había separado de él.
Escuchaba música todas las noches, antes de dormir. Miró hacia el agua.
—“También me hablaste de relaciones sexuales.”—
Sofia
suspiró.
—“Sí. Los terrestres son muy sexuales.”—
—“Me dijiste que ellos practican sexo aunque no quieran tener
hijos.”—
—“Así es.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque les produce placer.”—
Ruth la miró
fijamente.
—“¿Placer?”—
—“Sí. Aquí el sexo es procreativo. No es así en la sociedad
terrestre.”—
—“¿Entonces el sexo puede ser recreativo?”—
—“Exactamente. Incluso aquí hay sexo recreativo. No se habla
mucho porque es un tema tabú en nuestra sociedad. Pero fíjate en los hipogeos
que viven en parejas. Son pocos, pero ellos suelen practicar sexo recreativo.”—
Ruth
permaneció callada durante un largo momento.
—“Eso explica muchas cosas.”—
—“¿Qué cosas?”—
—“Nada.”— dijo
algo avergonzada Ruth.
Sofia sonrió.
—“Cuando dices "nada", empiezas a parecerte a
Phillip.”—
A medida que pasaba el tiempo, Phillip descubrió que Ruth
podía sorprenderlo casi todos los días.
No solamente porque fuera una excelente geóloga. Era
extraordinariamente inteligente. Aprendía deprisa, discutía mejor y tenía una
ironía que había desarrollado sin necesidad de conocer el humor.
Eso último era lo que más lo desconcertaba.
Una mañana, mientras revisaban una proyección tridimensional de
las galerías, Phillip cometió un error deliberado.
—“Creo que el túnel continúa por aquí.”—
Ruth miró el
mapa.
—“No.”— respondió
seria.
—“¿Estás segura?”—
—“Sí.”—
—“Podría estar equivocado el mapa.”—
—“No parece.”—
—“Podría estar equivocado el ordenador.”—
—“No.”—
—“Podría estar equivocado Kalaster.”—
Entonces la voz de Kalaster, la Inteligencia
Artificial, surgió del comunicador.
—“Es una hipótesis estadísticamente improbable.”—
Phillip sonrió.
—“¿Ves? Incluso Kalaster se siente ofendido.”—
Ruth lo
miró. Y entonces ocurrió algo extraño: se echó a reír. No fue una sonrisa
educada. Fue una carcajada breve, espontánea, casi infantil.
Phillip se quedó
mirándola.
—“¿Qué?”— dijo
ella.
—“Nada.”—
—“Otra vez dices eso.”—
—“Es que acabas de descubrir algo.”—
—“¿Qué?”—
—“Que tienes sentido del humor.”—
Ruth dejó de
reír.
—“¿Eso es bueno?”—
—“Muchísimo.”—
—“¿Por qué?”—
Phillip pensó
la respuesta.
—“Porque significa que puedes reírte de las cosas.”—
—“¿Y eso para qué sirve?”—
Phillip la
miró.
—“Para nada práctico. Pero el humor es como la música: le hace
bien al espíritu, a la persona.”—
—“Creo que empiezo a entender a los terrestres.”— dijo la mujer mientras sonreía.
Ruth hacía
grandes intentos para comprender a Phillip y a los terrestres.
Había algo particularmente extraño en él. Nunca había conocido a
un hombre que no supiera trabajar en una mina, ni manejar maquinaria pesada.
No sabía reparar una excavadora. No era hábil con las
herramientas. Y sin embargo, era interesante. Y no tenía las manos cubiertas de
cicatrices. Los terrestres tenían manos muy suaves.
Una vez se quedó mirando las manos del piloto durante varios
segundos. Y Phillip se dio cuenta.
—“¿Qué ocurre?”—
Ruth no
apartó la mirada. Para ese entonces tenía más confianza.
—“Tus manos.”—
Phillip levantó
ambas.
—“¿Qué tienen?”—
—“Son suaves.”—
—“Gracias.”—
—“No era un cumplido. Quiero decir… si. Pero no hay manos suaves
por aquí.”—
—“Lo entiendo, Ruth. Relájate.”—
Ruth tomó una
de sus manos y la examinó con curiosidad.
—“Nunca había visto manos así.”—
—“¿Así cómo? ¿Pequeñas?”—
—“No. Suaves. Sin heridas.”—
—“Los pilotos no solemos excavar túneles.”—
—“¿Nunca has trabajado en una mina?”—
—“Nunca.”
—“¿Nunca has manejado una máquina de excavación?”—
—“No.”—
—“¿Nunca has estado en una galería de extracción?”—
—“No. A los pilotos nos entrenan en otras tareas.”—
Ruth lo
contempló como si estuviera ante una criatura extraordinariamente exótica.
—“¿Y cómo sobrevives?”—
Phillip sonrió.
—“Vuelo naves. De las grandes. Astronaves de la Federación.”—
—“¿Como esa en la que llegaron?”—
—“Bueno, esa es una nave pequeña. Es una lanzadera. La nave en
la que llegamos de la Tierra, está en órbita. Por su tamaño no puede bajar al
planeta.”—
—”Pensé que la nave en la que llegaron era inmensa. ¿Dices que
la astro...nave es muy grande?”—
—“Tiene el tamaño aproximado de una de tus ciudades.”— dijo Phillip.
Ruth pareció
considerar con asombro aquello.
—“Eso es todavía más extraño.”—
Phillip levantó
una de sus manos y le rozó suavemente la mejilla. Fue un gesto pequeño, casi
inconsciente.
Ruth se quedó
inmóvil, sin retroceder. Simplemente lo miró a los ojos. Había algo en su
expresión que Phillip no supo interpretar.
Ruth
tampoco.
Era una mezcla desconcertante de sorpresa, inquietud, curiosidad
y algo más profundo para lo cual no poseía una palabra.
Phillip retiró
lentamente la mano.
—“Perdona.”—
Ruth negó
con la cabeza.
—“No.”—
—“¿No?”—
—“No me molestó. Me gustó.”—
Y se marchó. Phillip permaneció allí unos segundos.
—“Kalaster.”—
—“Sí, Phillip.”—
—“¿Tú sabes qué acaba de ocurrir?”—
—“No con suficiente precisión como para emitir una conclusión.”—
—“Magnífico, amigo.”—
La gentileza resultó ser todavía más desconcertante para Ruth.
Durante un almuerzo, Phillip llegó antes que ella. Cuando
Ruth apareció, él se levantó y le apartó la silla. Ruth se quedó
mirando el asiento.
Después miró a Phillip.
—“¿Qué haces?”—
—“Te ayudo a sentarte.”—
—“Puedo hacerlo sola.”—
—“Ya lo sé.”—
—“Entonces, ¿por qué lo haces?”—
Phillip sonrió.
—“Porque quiero.”—
Ruth permaneció
inmóvil. Pareció entender, y sonrió. Finalmente se sentó.
—“Es una conducta extraña.”—
—“Se llama gentileza. Los terrestres tenemos muchas.”—
Otro día Phillip apareció por la mañana con una pequeña
golosina. Se la entregó. Ruth la observó.
—“¿Qué es?”—
—“Un obsequio comestible. En la Tierra le llamamos golosina.
Pruébala.”—
—“¿Y por qué me la das?”—
—“Porque pensé que te gustaría.”—
—“¿Tiene alguna función?”—
—“Sí.”—
Ruth esperó.
—“¿Cuál?”—
—“Hacerte feliz durante unos minutos. Es… como lo de la silla.
Una gentileza.”—
Ella lo miró largamente.
—“¿Y la gentileza qué función cumple?”—
Phillip sonrió.
—“Ninguna. O mejor dicho… mostrarte aprecio. Las gentilezas
muestran el aprecio de unas personas por otras.”—
Ruth bajó la
mirada hacia la golosina.
—“Quiere decir que tu me aprecias.”—
—“Claro que si ¿cómo no hacerlo?”—
Volvió a mirarlo.
—“Definitivamente eres extraño.”—
—“Me lo han dicho.”—
Esta vez ella sonrió antes de probar el bocadillo.
Aquella noche, Phillip encontró a Christine
revisando unos informes médicos. Se apoyó contra la mesa.
—“Necesito preguntarte algo.”—
Christine no
levantó la vista.
—“Mmmm… eso nunca termina bien. Dime, galán.”—
—“¿Crees que podría existir una relación entre Ruth y yo?”—
Christine dejó de
escribir. Su cara tenía una expresión de sorpresa y alegría. Lo miró. Y después
miró hacia la puerta para ver si estaban solos.
—“¡Lo sabía, demonios! ¡Hasta se lo dije a James! ¿Ruth sabe que
estás pensando eso?”— dijo
pegando con el puño en el escritorio.
—“No.”—
—“¿Y tú sabes lo que estás pensando?”—
Phillip tardó un
instante en responder.
—“Creo que sí.”—
Christine sonrió.
—“Entonces tenemos un gran... gran... problema.”—
—“¿Cuál?”—
—“Que tú eres terrestre y ella es hipogea.”—
—“Eso ya lo había notado.”—
—“No me refiero a eso, Romeo.”—
Christine cerró el
informe.
—“Me refiero a que quizá no exista una palabra en su idioma para
lo que tú estás sintiendo.”—
Phillip
permaneció en silencio.
—“¿Y qué hago?”—
—“Lo primero: no la trates como a una chica terrestre. ¡Por
Dios, aquí la mujeres se comportan como monjas! Estoy segura que ni sabe lo que
es el sexo.”—
Christine se
encogió de hombros y siguió:
—“Por una vez en tu vida, Phillip, tendrás que aprender a volar
sin instrumentos.”—
Él sonrió.
—“Eso no me tranquiliza.”—
—“No pretendía hacerlo. Sólo asegúrate de no meter la pata. O
lastimarla. Porque si es así... ¡Te sacaré los ojos!”—
En algún lugar bajo las toneladas de roca de Érebos, Ruth
Galanis contemplaba desde su habitación una grabación del cielo terrestre.
Había visto imágenes de las estrellas y el cielo desde la
superficies de varios planetas. Pero nunca había visto el cielo directamente,
en persona.
Y mientras pensaba cosas, por primera vez en su vida se preguntó
cómo sería estar junto a alguien sin que existiera ninguna razón funcional para
ello.
La relación entre Ruth y Phillip había comenzado a
adquirir una forma que ninguno de los dos sabía definir.
Para Phillip, era sencillo sentirse cada vez más atraído
por ella. Para Ruth, en cambio, el problema era mucho más complicado. No
encontraba una categoría adecuada.
En Érebos las personas podían ser compañeros de trabajo,
progenitores, compañeros reproductivos, amigos o miembros de una misma
comunidad. Cada relación tenía una función reconocible.
Pero Phillip parecía estar fuera de todas ellas. La
escuchaba aunque no necesitara información, le hacía preguntas que no tenían
utilidad práctica. Le regalaba golosinas
que había traído de la Tierra. La hacía reír.
Y, de vez en cuando, la miraba de una manera que Ruth no
sabía interpretar.
Christine fue la
primera en darse cuenta de su turbación. No porque Ruth le hubiera dicho
nada, sino porque sabía que Phillip estaba sintiendo algo que podía
catalogarse entre atracción y amor. Tal vez su amigo el piloto estaba
enamorándose.
La médica comenzó a buscarla algunas veces después de las
comidas. Se sentaban juntas, conversaban y, poco a poco, Ruth empezó a
confiar en ella.
Christine no la
interrogaba.
Hablaba de la Tierra, de la nave, de las costumbres
terrestres y de las pequeñas estupideces de la tripulación.
—“¿Phillip siempre es así?”— preguntó Ruth una tarde.
—“¿Así cómo?”—
—“Así.”— hizo un
gesto impreciso al señalarlo.
Christine sonrió.
—“Eso no es una descripción.”—
—“Habla demasiado.”—
—“Sí.”—
—“Hace bromas cuando nadie se las pide.”—
—“También.”—
—“Y toca a las personas.”—
Christine levantó
una ceja.
—“¿A que te refieres?”—
—“Cuando habla contigo o hace bromas, veo que te toma del brazo
o te da pequeños empujones.”—
—“¿Eso te molesta?”—
Ruth tardó
demasiado en responder.
—“No.”—
Christine comprendió
entonces algo que Ruth todavía no entendía. Y decidió no decírselo… aún.
Ruth empezó
a observar a Phillip y a Christine con mayor atención.
Sabía que ambos se conocían desde hacía años. Se gastaban
bromas, se tocaban con naturalidad. Y hablaban a solas. Christine sabía
cosas de Phillip que Ruth desconocía.
Y también entendía que Phillip confiaba en Christine,
porque cuando él tenía un problema, recurría a ella. Y cuando Christine necesitaba
algo, Phillip aparecía.
La conclusión de Ruth fue inevitable. No le gustó, pero
era lógica, y por eso una tarde buscó a Sofia de nuevo.
—“Necesito preguntarte algo.”—
Sofia suspiró.
—“Últimamente tus preguntas son cada vez más interesantes.”—
—“Phillip y Christine.”—
—“¿Qué ocurre con ellos?”—
—“Sigo creyendo que mantienen relaciones sexuales.”—
Sofia
parpadeó.
—“Ya hablamos de eso ¿Por qué volvemos al mismo tema?”—
Ruth enumeró
tranquilamente sus “evidencias”.
Sofia escuchó hasta el final.
—“No.”—
—“¿No?”—
—“No tienen relaciones sexuales.”—
Ruth frunció
el ceño.
—“¿Como estás tan segura?”—
Sofia dejó a
un lado sus apuntes.
—“Ya hablamos de las parejas terrestres. Ahora tenemos que
hablar de los amigos terrestres.”—
—“¿No es lo mismo?”—
—“No.”—
—“¿Y qué diferencia hay?”—
Sofia sonrió.
—“Una pareja puede amarse, mantener relaciones sexuales, vivir
junta, tener hijos o compartir su vida. Pero un amigo no necesita hacer ninguna
de esas cosas.”—
Ruth
permaneció en silencio.
—“¿Entonces qué hace?”—
—“Está para el otro.”—
Ruth la
miró.
—“¿Está para el otro?”—
—“Sí. Te escucha. Te acompaña. Te ayuda. Se preocupa por ti.
Comparte cosas contigo.”—
—“¿Y qué obtiene a cambio?”—
Sofia se
encogió de hombros.
—“Nada mas que la amistad.”—
Ruth pareció
sinceramente desconcertada.
—“Pero eso no es una función.”—
—“Aquí no. En la Tierra la amistad es importante.”—
—“Entonces, si no es práctica ¿por qué existe?”—
—“En la Tierra las personas no trabajan todo el tiempo. Es un
planeta desarrollado. Sus habitantes tienen mucho tiempo de ocio. Ese tiempo lo
comparten con amigos.”—
Ruth bajó la
mirada.
—“Los Hipogeos no somos así.”—
Sofia no
respondió.
Aquella noche Ruth utilizó una de las computadoras de la
universidad. No buscaba información sobre Phillip. Al menos eso se dijo
a sí misma. Buscaba información sobre ella.
Introdujo datos fisiológicos, registros históricos de la colonia
y estudios sobre las generaciones nacidas en Érebos.
Los resultados aparecieron lentamente: cambios generacionales en
la masa muscular, mayor densidad ósea. Incremento de la capacidad pulmonar,
mayor resistencia física. Adaptación a determinados ambientes subterráneos.
No había una modificación genética deliberada que explicara todo
aquello. La computadora hablaba de selección natural, de supervivencia,
reproducción. De generaciones. Y de algo más.
La testosterona administrada a determinadas mujeres desde la
adolescencia había acentuado aquellas características.
Ruth observó
las imágenes: mujeres como ella. Mujeres de las galerías profundas, de las
canteras, de las excavaciones. Luego abrió las imágenes correspondientes a las
mujeres gestacionales.
Y las diferencias eran evidentes. No absolutas, pero sí evidentes.
Ruth se
quedó mirando las imágenes durante un largo rato. Después buscó imágenes de
mujeres terrestres. Y el contraste fue todavía mayor. Rostros, caderas,
distribución de grasa, musculatura. Voz y rasgos corporales.
Todo aquello seguía perteneciendo a la misma especie: Homo
sapiens.
Ruth volvió
a leer la última línea del informe que tenían en la pantalla. Decía Variación
fenotípica acumulada por adaptación ambiental y selección sexual.
Cerró los ojos y trató de pensar en la Tierra y Érebos.
Dos poblaciones humanas, separadas por más de seis siglos. Dos
ambientes y diferentes sociedades. Dos maneras de utilizar el cuerpo humano.
Dos formas de entender qué debía ser un ser humano.
Ruth miró
nuevamente las fotografías de las mujeres terrestres. Y sintió una incomodidad
que no supo explicar, porque aquellos cuerpos le parecían extraños. Demasiado
femeninos para lo que veía entre los hipogeos. Demasiado débiles respecto de la
colonia.
Y por primera vez comprendió que también ella debía resultar extraña
a los ojos de un terrestre.
Cúpulas de Érebos
por Rodriac
Copen
Capítulo 5 – La Elección
La incomodidad de Ruth se complicó cuando volvió a observar a Phillip
y Christine.
Ahora estaba convencida que eran amigos. Pero el concepto seguía
sin encajar del todo en su mente. Una tarde encontró a Phillip revisando
unos datos junto a una de las estaciones de navegación. Y se atrevió a
preguntar:
—“¿Christine es tu compañera?”—
Phillip levantó
la vista.
—“Sí.”—
Ruth quedó
seria.
—“¿Desde cuándo?”—
—“Desde que nos conocimos. Hace nueve años.”—
Ruth lo miró
fijamente.
—“¿Y por qué no me lo dijiste?”—
Phillip frunció
el ceño sin entender.
—“¿Decirte qué?”—
—“Que tienes una compañera.”—
—“Christine no es mi pareja.”—
Ruth tardó
unos segundos en procesarlo.
—“Entonces, ¿por qué la quieres?”—
Phillip quedó
desconcertado.
—“Porque es mi amiga. Porque nos llevamos bien.”—
Ruth frunció
el ceño.
—“No entiendo.”—
—“¿Qué no entiendes?”—
—“Si no quieres reproducirte con ella, ¿por qué la quieres?”—
Phillip abrió la
boca, pero no encontró ninguna respuesta inmediata.
Había hablado con Ruth sobre túneles, mapas, minerales,
sexo, cuerpos, comida, arte y hasta sobre el cielo. Pero nunca había imaginado
que tendría que explicarle la amistad.
—“Porque...”—
Se detuvo. Ruth esperaba pacientemente.
—“Porque me importa.”—
—“Eso no responde a mi pregunta.”—
—“Sí la responde.”—
—“No.”—
Phillip respiró
profundamente.
—“No necesito una razón para querer a Christine.”—
Ruth pareció
todavía más confundida.
—“Todo tiene una razón.”—
—“No para la amistad. No para nosotros. La amistad a veces surge
sin razón o finalidad.”—
Ruth bajó la
mirada mientras Phillip la observaba.
Entonces comprendió algo que le produjo una extraña sensación. Ruth
no estaba siendo fría ni indiferente. Ni siquiera estaba siendo celosa.
Simplemente carecía de la herramienta mental necesaria para
comprender lo que él estaba diciendo. Para ella, querer a alguien sin una
función concreta era casi una contradicción.
Phillip sonrió
lentamente.
—“Ruth.”—
—“¿Sí?”—
—“¿Nunca has tenido un amigo así? ¿Como yo?”—
Ella pensó durante unos segundos.
—“Tengo muchos amigos. Pero no como tú.”—
—“¿Alguien por quien harías algo aunque no fuera necesario?”—
Ruth volvió
a pensar.
—“Todos los miembros de mi comunidad son importantes.”—
—“No te pregunté eso.”—
Ella lo miró. Y entonces respondió con absoluta sinceridad:
—“No sé qué me estás preguntando.”—
Phillip se quedó
callado. Por primera vez comprendió que la diferencia entre ellos no estaba
solamente en las costumbres. Las diferencias eran más profundas.
Las diferencias encajaban en el lugar donde cada cultura había
aprendido a decidir qué cosas necesitaba tener una persona.
La sociedad de los hipogeos no conocía el ocio. Tampoco conocía
el arte o la amistad que encajaban solo en esa categoría. Solo con los amigos
puedes perder el tiempo sin que sea una pérdida real.
Ruth comenzó
a sentirse incómoda, pero al principio no supo bien por qué.
Cuando Phillip hablaba con Christine, ella sentía
una irritación difícil de explicar. Si Christine aparecía junto a él, Ruth
encontraba cualquier excusa para marcharse.
Después comenzó a molestarse cuando los veía reír. Más tarde
cuando Phillip tocaba a Christine al hablar. Y finalmente
descubrió que también le desagradaba que Christine supiera cosas de él
que ella desconocía.
No tenía un nombre para aquello, por eso tardó varios días en
hablar con Christine.
La encontró sola en uno de los corredores que comunicaban las
instalaciones de la colonia con los antiguos túneles de extracción.
—“Necesito preguntarte algo.”—
Christine levantó
la vista.
—“Adelante.”—
Ruth dudó un
par de segundos.
—“No me agrada cuando estás con Phillip.”—
Christine
permaneció callada, aunque ya tenía una idea.
—“¿Por qué?”—
—“No lo sé.”—
—“¿Te molesta que él hable conmigo?”—
—“Sí.”—
—“¿Que me toque?”—
Ruth
asintió.
—“Sí.”—
—“Sabes que no somos pareja. Eso es importante ¿Te molesta que
se preocupe por mí?”—
—“Sí.”—
Christine la
observó encantada durante unos segundos, luego sonrió ligeramente.
—“Ruth... estás celosa.”—
Ruth frunció
el ceño.
—“¿Qué significa eso?”—
Christine
comprendió que no estaba ante una metáfora. Trató de elegir cuidadosamente las
palabras. Aquella emoción estaba allí, perfectamente formada, pero Ruth
no tenía una palabra para nombrarla.
—“Significa que no te gusta compartir con otra persona alguien
que quieres exclusivamente para ti.”—
Ruth reflexionó.
—“¿Es una enfermedad?”—
Christine soltó
una carcajada.
—“No. No lo es. Y no me río de ti, sino de la situación.”—
—“¿Entonces?”—
—“Lo que sientes es una emoción.”—
—“¿Es normal?”—
—“En la Tierra, muchísimo. Aquí, probablemente esté bastante
encubierta.”—
Ruth pareció
aliviada.
—“¿Y qué debo hacer?”—
—“Primero, averiguar de qué estás celosa.”—
Ruth guardó
silencio. Christine la miró con ternura.
—“En la Tierra podemos tener amigos a los que queremos muchísimo
sin querer vivir con ellos ni tener sexo con ellos.”—
Ruth hizo
una mueca.
—“Eso es poco práctico.”—
—“Probablemente.”—
—“¿Y por qué lo hacen?”—
Christine sonrió.
—“Porque somos humanos. Porque no todo es trabajo y relaciones
con un fin práctico. Podemos decidir compartir cosas con otras personas sin un
fin específico.”—
Ruth levantó
lentamente la mirada.
—“Nosotros también somos humanos. Pero no hacemos eso.”—
Christine dejó de
sonreír.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló. Aquella frase
había sido sencilla. Pero acababa de abrir un abismo más profundo que cualquier
excavación de Érebos.
—“Sí.”— dijo
finalmente Christine —“También ustedes son humanos.”—
Ruth bajó la
mirada.
—“Entonces, ¿por qué somos tan diferentes?”—
Christine no
respondió inmediatamente.
—“Quizá porque terrestres e hipogeos hemos tenido que aprender a
sobrevivir de maneras diferentes.”—
Ruth permaneció
pensativa.
—“No estás celosa de mí.”— continuó Christine.
Ruth levantó
la cabeza.
—“¿No?”—
—“Estás celosa de cualquiera que quiera compartir con Phillip
una relación que tú deseas que sea exclusiva para ti.”—
Ruth sintió
que aquella explicación encajaba muy bien con lo que sentía.
—“¿Eso significa que lo amo?”—
Christine la miró.
—“No lo sé.”—
Ruth pareció
verdaderamente desconcertada.
—“¿Cómo no puedes saberlo? Tú eres de la Tierra.”—
Christine sonrió.
—“Porque ni siquiera los terrestres sabemos siempre qué es el
amor.”—
Ruth comenzó
entonces a estudiar aquello, no del modo en que lo estudiaría una geóloga. Ni
como una mujer del Pueblo del Interior.
Lo estudió como si fuera un fenómeno desconocido: consultó bases
de datos, leyó tratados de psicología terrestre, preguntó a la inteligencia
artificial de la colonia. Incluso llegó a consultar a Kalaster.
—“Defíneme apego emocional.”—
La Inteligencia Artificial respondió inmediatamente.
—“Es un vínculo afectivo caracterizado por la búsqueda de
proximidad, seguridad emocional y continuidad de la relación.”—
Ruth frunció
el ceño.
—“¿Es una función?”—
—“Tu pregunta es ambigua.”—
—“¿Tiene utilidad para la supervivencia?”—
—“En términos evolutivos, los vínculos sociales favorecen la
cooperación, protección de individuos vulnerables y estabilidad grupal.”—
Ruth asintió
porque aquello tenía sentido. Pero entonces preguntó:
—“¿Y el amor?”—
Kalaster tardó
una fracción de segundo.
—“La definición presenta dificultades.”—
—“¿Por qué?”—
—“No existe una definición universalmente aceptada.”—
Ruth sonrió.
—“Christine tenía razón.”—
—“¿En qué aspecto?”—
—“Los terrestres tampoco lo saben.”—
—“Eso coincide con numerosas observaciones.”—
Ruth soltó
una pequeña carcajada.
—“Eres muy agradable, Kalaster.”—
—“No tengo intención de serlo.”—
—“Lo sé.”—
Y por primera vez comprendió que incluso una máquina podía
formar parte de algo parecido a una conversación amistosa.
Unos días después, Ruth olvidó tomar su dosis de
testosterona.
No le dio importancia.
Había pasado demasiadas horas con Phillip revisando unas
formaciones rocosas y después había acompañado a Christine a visitar una
zona médica de la colonia.
El cuerpo siguió funcionando y lo olvidó por completo. Hasta que
una mañana sintió un dolor extraño. Después encontró sangre. Asombrada, Ruth
se quedó inmóvil.
Durante varios segundos contempló la mancha en su ropa. Luego
sintió miedo. Fue directamente a buscar a Christine.
—“Necesito que me examines.”—
Christine levantó
la mirada.
—“¿Qué ocurre?”—
Ruth le
explicó. Después de unas preguntas, la expresión de Christine cambió
inmediatamente.
—“Ruth, tranquila.”—
—“¿Estoy enferma?”—
—“No.”—
—“¿Estoy embarazada?”—
Christine
parpadeó.
—“¿Por qué piensas eso?”—
—“Porque estoy sangrando.”—
—“No estás embarazada.”—
—“¿Cómo lo sabes?”—
—“Porque esto parece una menstruación.”—
Ruth se
quedó mirándola.
—“¿Qué es?”—
Christine respiró
lentamente.
—“El ciclo menstrual. Cuando no se produce un embarazo, el
revestimiento del útero se desprende y aparece el sangrado.”—
Ruth
palideció.
—“Pero solamente las mujeres gestacionales tienen eso.”—
—“No.”—
—“Eso es lo que aprendí.”—
—“Eso es lo que aprendiste en Érebos.”—
Christine hizo
una pausa antes de explicar.
—“Todas las mujeres nacen con el sistema reproductivo femenino.
Pero no todas menstruan regularmente. Hay muchas razones por las que una mujer
puede no hacerlo.”—
Ruth recordó
sus dosis hormonales.
—“La testosterona.”—
—“Probablemente haya influido.”—
Ruth bajó la
mirada.
—“Entonces...”—
—“No estás enferma.”—
—“¿Y podría quedar embarazada? ¿Como las mujeres gestacionales?”—
Christine la miró
con cautela.
—“Sí, si ovulas y tienes relaciones sexuales con un hombre
fértil. O te inseminan.”—
Ruth se
quedó completamente quieta.
—“¿Cómo?”—
Christine tardó
unos segundos en comprender.
—“¿Nunca te lo explicaron?”—
—“Nos enseñan que solo las mujeres gestacionales pueden
procrear.”—
—“No te enseñaron cómo ocurre todo el proceso.”—
—“Por lo visto, no.”—
Christine se
sentó frente a ella.
Y se lo explicó sin eufemismos, sin vergüenza. Cuando terminó, Ruth
permaneció unos segundos en silencio.
—“Entonces el sexo no solamente puede producir placer.”—
—“No.”—
—“También puede producir hijos.”—
—“Sí.”—
Ruth
reflexionó.
—“Y ustedes pueden practicarlo aunque no quieran tener hijos.”—
—“Sí.”—
—“Definitivamente los terrestres son complicados.”—
Christine sonrió.
—“No tienes idea.”—
El tiempo comenzó a agotarse.
La misión de la HMS Erebus se acercaba a su final. El Martillo
funcionaba y los técnicos de la colonia habían aprendido a utilizarlo. Las
nuevas excavaciones avanzaban.
Y la tripulación debía regresar a la Tierra. Una tarde, Phillip
encontró a Ruth junto a un lago, en uno de los extensos parques de
recreación.
—“Quiero proponerte algo.”—
Ruth lo
miró.
—“¿Qué?”—
—“Ven conmigo.”—
Ruth no
respondió.
—“A la Tierra.”—
Ella permaneció inmóvil.
—“James puede aceptarte a bordo. La Federación también. Tienes
conocimientos suficientes para incorporarte a la tripulación científica.
Incluso podrías trabajar en exploración planetaria... conmigo.”—
—“¿Quieres que me vaya de Érebos?”—
—“En realidad quiero que vengas conmigo. Irse de Érebos es la
consecuencia.”—
Ruth bajó la
mirada.
—“No lo sé. Mi función está aquí.”—
—“No eres una máquina, Ruth.”—
Ruth lo
miró.
—“Para nosotros sí importa cuál es nuestra función. Yo fui
seleccionada para trabajar.”—
—“Lo sé.”—
—“Otra mujer fue seleccionada para reproducirse.”—
—“También lo sé.”—
—“Y ahora debería abandonar todo eso porque...”—
Phillip sonrió.
—“Porque te has enamorado de un piloto terrestre.”—
Ruth hizo
una mueca.
—“No estoy segura de entender todavía qué significa eso.”—
—“Yo tampoco.”—
Ella lo miró.
—“Pero quieres que vaya.”—
—“Sí. Quiero que estemos juntos.”—
Ruth respiró
profundamente.
—“Necesito hablar con Theron.”—
El gobernador la escuchó sin interrumpir.
Cuando Ruth terminó, Theron permaneció unos
segundos en silencio.
—“Puedes irte si quieres.”—
Ruth lo miró
sorprendida.
—“¿Entonces cuál es el problema?”—
—“Ninguno. Tal vez la gente de la colonia puede no entender por
qué quieres hacerlo. Pero eso es anecdótico.”—
—“¿No entender que quiero irme por Phillip?”—
—“Sí.”—
—“¿No está permitido?”—
—“No está prohibido. Todos pueden hacer lo que quieran, Ruth.”—
Theron hizo
una pausa.
—“Simplemente no es habitual que alguien abandone su función
dentro de la comunidad porque se ha enamorado. Los pocos que se enamoran, lo
hacen dentro de la colonia. Y siguen con sus funciones. Tú caso y el de Phillip
es inusual. Pero puedes irte cuando quieras.”—
Ruth bajó la
mirada.
—“Aquí no existen las parejas.”—
—“Créeme que si. Existen personas que mantienen relaciones.
Algunas incluso forman vínculos durante muchos años.”—
—“Pero lo esconden.”—
—“A menudo. Pero mira el planeta. Vivimos en cavernas y túneles.
Ocultamos todo del planeta. Ocultar cosas es parte de la cultura hipogea.”—
—“¿Por qué?”—
Theron sonrió
con cierta tristeza.
—“Porque aprendimos hace mucho tiempo que los sentimientos
particulares pueden complicar las decisiones colectivas. Y se hizo parte de la
costumbre y de la cultura.”—
Ruth
permaneció callada.
—“Puedes irte.”—
repitió Theron —“Nadie te lo impedirá. Y puedes volver cuando quieras
si lo necesitas.”—
—“¿Y si la colonia piensa que estoy haciendo algo absurdo?”—
—“Probablemente lo piense. Pero... ¿Que importa?”—
—“¿Y tú?”—
Theron la
miró.
—“Ningún hipogeo abandonó el planeta para irse a la Tierra. Es
la primera vez que alguien lo hace. Es la primera vez que un hipogeo se enamora
de un terrestre. Creo que estás haciendo algo que nosotros no sabemos hacer,
Ruth. Tan simple como eso.”—
—“¿El qué?”—
—“Elegir. Estás eligiendo Ruth.”—
Ruth acudió
finalmente a Sofia. La encontró en la universidad, rodeada de
estudiantes y archivos. Esperó hasta que quedaron solas.
—“¿Qué harías tú, Sofia?”—
Sofia tardó
en responder.
—“Para ser honesta, no lo sé.”—
Ruth la miró
sorprendida.
—“Necesito que me digas qué debo hacer.”—
—“Entonces no puedo ayudarte.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque si te digo qué hacer, la decisión dejará de ser tuya.”—
Ruth guardó
silencio.
Sofia se
levantó y caminó hasta una de las ventanas interiores. Desde allí podían verse
las enormes bóvedas, los canales, los túneles iluminados.
—“En Érebos sabemos decidir qué necesita la comunidad. Sabemos
decidir quién trabaja, quién se reproduce, quién ocupa cada puesto. Sabemos
organizar una ciudad bajo toneladas de roca.”— dijo Sofia.
Se volvió hacia Ruth.
—“Pero nadie nos enseñó a decidir qué queremos para nosotros
mismos.”—
—“Yo no sé qué quiero.”—
Sofia sonrió.
—“Creo que sí lo sabes.”—
—“Quiero a Phillip.”—
—“Entonces sabes más de lo que crees.”—
Ruth bajó la
mirada.
—“Pero tengo miedo.”—
—“Es razonable.”—
—“Si me voy, quizá nunca vuelva a ser la misma.”—
—“Probablemente.”—
—“Y si me quedo...”—
Sofia no dijo
nada. Ruth terminó la frase.
—“Quizá pase el resto de mi vida preguntándome qué habría
ocurrido.”—
Sofia asintió.
—“Puedes volver a Érebos. Siempre podrás hacerlo.”—
Ruth levantó
los ojos.
—“¿Y Phillip?”—
—“Si se marcha, quizá no vuelvas a verlo jamás. Las naves de la
Tierra llegan cada doscientos años.”—
Ruth permaneció
inmóvil.
—“¿Y si me equivoco?”—
Sofia sonrió.
—“Entonces tendrás una equivocación que será solamente tuya.”—
Ruth levantó
los ojos.
—“¿Eso es importante?”—
—“Para nosotros no.”—
Sofia hizo
una pausa.
—“Para ti, quizá lo sea.”—
La lanzadera estaba preparada. Phillip esperaba junto a
la compuerta abierta. Christine estaba dentro. El capitán James Fitz
comprobaba los instrumentos.
Devon y Clara
terminaban de asegurar el equipo. Phillip miró el reloj.
—“Cinco minutos.” —dijo
James.
—“¿Y si no viene?”—
Christine lo miró.
—“Entonces no viene.”—
Phillip asintió,
sin decir nada.
Unos minutos después apareció Ruth. Llevaba todavía su
ropa de trabajo hipogea. Las manos marcadas, las cicatrices visibles. Y dos
pequeñas maletas. Phillip sonrió.
—“¿Vienes?”—
Ruth no
respondió inmediatamente. Miró hacia atrás. Por primera vez no vio solamente
túneles, sino a su propio mundo: las enormes bóvedas, los corredores. Las luces
excavadas en la roca. Los canales de agua. Las ciudades construidas bajo
tierra.
Varias generaciones de seres humanos habían trabajado allí para
convertir un planeta mortal en un hogar. Todo aquello era suyo.
Pero comprendió algo que antes no podía comprender: no estaba
abandonando un lugar. Estaba eligiendo otro.
Volvió a mirar a Phillip.
—“Sí. Iré contigo.”—
Subió a la lanzadera. Phillip cerró la compuerta. Durante
unos segundos permanecieron frente a frente.
—“¿Tienes miedo?”—
preguntó él.
Ruth pensó.
—“Sí.”—
Phillip sonrió.
—“Yo también.”—
Ella lo miró. Y entonces sonrió.
—“Entonces supongo que estamos haciendo algo importante.”—
La lanzadera se elevó lentamente hacia el túnel de ascenso. Muy
por debajo, las luces de Érebos comenzaron a alejarse.
Y Ruth Galanis contempló por última vez el mundo que
había conocido desde su nacimiento. No sabía todavía si la Tierra sería
su hogar.
No sabía si su relación con Phillip sobreviviría a la
distancia entre dos mundos. No sabía siquiera si el amor era algo que pudiera
aprenderse.
Pero había descubierto algo que ninguna computadora, ningún
gobernador y ninguna tradición de Érebos podían decirle.
Por primera vez en su vida, una decisión no había sido tomada
por la comunidad. Ni por la biología o la necesidad.
La había tomado ella.
Y eso, comprendió mientras la lanzadera ascendía hacia la
oscuridad, era quizás la cosa más extraña que dos humanidades podían descubrir
la una de la otra.
FIN
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