SciFi
– Saga Calypso
Estación 117-G
por Rodriac
Copen
Capítulo
1: Bajo el Hielo
La Estación
Terraformadora 117-G no aparecía en ningún mapa turístico de la humanidad.
El planeta aún no estaba preparado para recibir a los humanos.
Tampoco aparecía en los sueños de los
jóvenes que miraban las estrellas imaginando futuros gloriosos. La mayoría de
los astronautas novatos no olvidaba un pequeño detalle: alguien tenía que
preparar el terreno antes de iniciar la colonización humana. Y el trabajo era
duro, lento y exigía un compromiso de la civilización humana que involucraba
varios cientos de años.
Adrian
Vassiliev
llevaba dieciocho años viviendo en aquella caja metálica enterrada bajo los
hielos de HD 40307g, un planeta con
siete veces la masa terrestre y una paciencia casi infinita para convertirse en
algo parecido a un hogar.
A 42 años luz de la Tierra, en la fría constelación de Pictor, la humanidad había plantado una bandera que nadie podía ver
y había iniciado un camino de esperanza que nadie tendría tiempo de disfrutar.
Setecientos años era el cálculo oficial de
los científicos terrestres habían consensuado para completar la terraformación
completa de la superficie.
Siete siglos para transformar un mundo
muerto en uno habitable.
Era una cifra elegante en los informes
corporativos. Pero una eternidad para cualquier ser humano que tuviera la mala
idea de morir antes de ver los resultados.
Adrian
Vassiliev
no conocía la Tierra. Había nacido,
se había educado y había crecido dentro de la Estación 117-G. Era el único hogar que había conocido durante su
breve vida.
Hacía solo un par de meses que había
cumplido los veinte años, la edad requerida para dejar su educación y comenzar
a trabajar dentro de las instalaciones de la estación.
—“La
humanidad siempre ha sido optimista con los plazos largos.”— recitaba Adrian mientras observaba los datos
atmosféricos en su terminal —“Es fácil
prometer un paraíso cuando se firma un contrato.” —
Eran palabras que le había pronunciado la Comandante
Elena Bright, su mentora.
La inteligencia artificial MNEMOS-K24 no respondió de inmediato.
Como toda inteligencia artificial avanzada,
había aprendido que los humanos a veces hablaban consigo mismos y no esperaban
respuesta alguna.
Pero en esta ocasión, y dado el tono del
discurso que Adrian pronunciaba, le
dijo gentilmente:
—“Corrección,
Operador Vassiliev. Los humanos no son optimistas. Son incapaces de imaginar
las consecuencias de sus propias decisiones.”—
Adrian sonrió ante la
respuesta de la IA.
La máquina tenía esa desagradable costumbre
de decir verdades con la misma emoción con la que un ascensor anuncia que se
está llegando al tercer piso.
—“Algún
día tendrán que programarte para mentir un poco.” —
—“¿Por
qué?” —
—“Porque
las personas pagan mucho dinero por escuchar mentiras agradables. Necesitas ser
más empática.”—
—“He
analizado conductas humanas por 283 años. Y creo poder reconocer las
tradiciones más estables de la especie.”—
La respuesta apareció también en la
pantalla azulada de la terminal.
Adrian miró su reflejo en
el cristal oscuro del monitor. Un rostro joven, pero con la mirada de alguien
que ya había vivido demasiado tiempo en un lugar donde el amanecer era una
simulación controlada por sensores.
La Estación
117-G nunca dormía.
Los generadores térmicos rugían bajo sus
pies, los drones recorrían los túneles congelados, los androides deambulaban
por aquí y por allá mientras los sistemas de excavación continuaban perforando
el subsuelo en busca de agua antigua atrapada bajo kilómetros de hielo.
La humanidad había llevado hasta allí su
mayor logro tecnológico. Y también su vieja costumbre de construir oficinas.
Porque incluso a miles de millones de
kilómetros de la Tierra, alguien
había decidido que un planeta alienígena necesitaba escritorios, jerarquías y
reuniones innecesarias.
La Comandante
Elena Bright supervisaba la
operación desde el núcleo administrativo de la estación. Era una mujer conocida
por su férrea disciplina y por una habilidad poco común: podía detectar una
falla en el sistema antes de que el sistema supiera que estaba fallando.
MNEMOS-K24 decía que era
brillante.
Como todos los tripulantes activos de los
que había registro, simplemente llevaba demasiado tiempo rodeada de máquinas y
había empezado a entender cualquier pequeño cambio como una de ellas.
Adrian aún no había descubierto cuál era
el secreto de sus habilidades, aunque pensaba que lo sabría poco a poco, con el
paso de los años en servicio activo.
—“Vassiliev.”— la voz de Elena salió del comunicador interno —“Infórmame sobre el ciclo atmosférico.” —
Adrian enderezó su
espalda.
En la Estación
117-G nadie levantaba la voz. No hacía falta. La atmósfera del exterior los
aislaba perfectamente. La presencia silenciosa de los androides pasaba
inadvertida salvo al momento de comunicarse con él o con Elena, los únicos humanos despiertos dentro de la estación de
terraformación.
—“Los
niveles de oxígeno artificial siguen dentro del rango esperado. Los depósitos
subterráneos responden correctamente. Pero tengo una anomalía en el sistema de
supervisión.”—
Hubo una breve pausa antes de la pregunta:
—“¿Qué
tipo de anomalía?”—
Adrian observó la
pantalla.
Durante un instante tuvo la extraña
sensación de la tensión de la Comandante, que podía estar conteniendo la
respiración ante la anomalía.
—“Una que MNEMOS-K24 todavía no puede
explicar.”—
La tranquila voz de la inteligencia
artificial intervino:
—“Puedo
explicar la anomalía. Lo que no puedo explicar es por qué existe.”—
Adrian frunció el ceño.
En un lugar donde toda la vida dependía de
máquinas capaces de predecir tormentas, reparar estructuras y mantener un
planeta muerto esperando su resurrección, había pocas cosas más inquietantes
que una inteligencia artificial admitiendo una duda.
El Operador
Principal sabía que los humanos podían equivocarse. Las máquinas, en
teoría, no tenían ese privilegio.
Y en el planeta HD 40307g, bajo kilómetros de hielo y metal, la estación acababa de
encontrar algo que no estaba en ningún informe terrestre.
A un par de cientos de kilómetros por
debajo de la superficie, se había encontrado un océano líquido estable. A pesar
que la presión y temperatura interna no alcanzaban a explicar la existencia de
la masa líquida.
El descubrimiento del océano subterráneo no
llegó acompañado de alarmas ni luces rojas parpadeando como en las viejas
películas de catástrofes terrestres. Simplemente era una pequeña anomalía que
requería de un poco de investigación adicional.
Pero el ambiente solitario y opresivo de la
estación, era una caja de resonancia emocional que amplificaba cualquier cosa,
por pequeña que fuera, de la rutina diaria.
En la Estación
Terraformadora 117-G los grandes acontecimientos solían aparecer como una
línea más en las pantallas grises, enterrados entre informes de mantenimiento y
solicitudes administrativas.
La humanidad había viajado 42 años luz para
encontrar nuevos mundos y, al final, había conseguido algo muy parecido a lo
que siempre tuvo en la Tierra: formularios, protocolos y un par de empleados
cansados.
El universo era enorme. Pero la burocracia
parecía aún más grande.
Adrian
Vassiliev
observó los datos del sensor durante varios segundos antes de activar el canal
de comunicación.
La voz de Elena lo despertó del pequeño momento de ensimismamiento. La Comandante aguardaba la explicación de
las novedades:
—“¿Y
bien, Adrian?” —
La voz de Elena Bright tenía esa característica particular de las personas
que habían pasado demasiado tiempo a solas: nunca parecía sorprendida. Como si
incluso una explosión estelar pudiera ser recibida con un simple "lo
revisaré después del almuerzo".
—“Los
sensores de profundidad confirman una cavidad líquida bajo la zona HV45R. No es
hielo derretido. Es un cuerpo estable de agua.”—
Hubo un pequeño silencio del otro lado. Los
silencios de las máquinas eran diferentes al humano. Las máquinas calculaban.
Los humanos imaginaban.
—“¿De
qué dimensiones hablamos?”—
—“Todavía
no podemos determinarlo con precisión. Pero parece mucho más grande de lo
previsto.”—
Otra pausa.
—“Envíame
los registros geológicos de la zona.”—
Adrian comenzó a trabajar
sobre su propia terminal.
—“¿Los
informes históricos, Elena?”
—“Si,
por favor. Todos.”—
La comandante hizo una breve pausa.
—“Especialmente
el último informe geológico de la zona HV45R anteriores a tu activación.”—
Adrian levantó ligeramente
una ceja. Porque esa no era una orden extraña, pero tampoco era una orden
común.
En 117-G
casi todo tenía una explicación archivada. La estación llevaba siglos
funcionando. Cada roca removida, cada metro excavado y cada anomalía detectada
había quedado registrada en interminables bases de datos.
La humanidad había aprendido una cosa
después de colonizar otros mundos: que no se podía controlar el universo, pero
se podía intentar ponerle etiquetas para mantener la información ordenada.
Adrian abrió el
directorio de HV45R, y los informes
geológicos aparecieron frente a él.
Seleccionó los requeridos por su Comandante
y los envió.
Del otro lado de la línea una voz algo más
relajada, le preguntó:
—“¿Tienes
planes para el almuerzo, Adrian?”—
Claramente, Elena lo preguntaba en broma. En millones de kilómetros a la
redonda, la Comandante Bright y él
eran los únicos humanos que habitaban esa parte del universo.
Respondió:
—“Déjame
ver… claro, estoy libre. Igual que ayer y como hace 7300 días.”—
Se sintió una pequeña exclamación:
—“¡Claro, lo había olvidado! ¡Hoy es un nuevo
aniversario de tu activación! ¡Felicidades, prometo que te invitaré a un
almuerzo inolvidable!”— dijo Elena
alegremente.
—“Claro...
jaja… ¡Estoy ansioso de verte!”—
Con una sonrisa en los labios, Adrian
siguió operando en el sistema.
Y vio un conjunto diferente de archivos que
no pertenecían a la zona de excavación. Eran registros internos del personal
activo. Es decir, de Elena y él
mismo.
El Operador
Vassiliev frunció el ceño. No debería haberlos visto. O quizás sí.
En las estaciones antiguas, los sistemas de
seguridad tenían una curiosa filosofía heredada de la Tierra: proteger la información importante, pero dejar suficientes
puertas abiertas para que alguien pudiera encontrarla cuando fuera necesario.
La misma lógica que utilizaban las viejas
oficinas corporativas. Cerraban el despacho del director, pero dejaban la
ventana abierta.
Adrian observó la lista.
Sus dos nombres: Adrian Vassiliev, Elena Bright.
Nada más.
Por un par de segundos permaneció inmóvil.
La estación entera tenía capacidad para miles de personas. Pero en aquel
momento sólo dos corazones humanos respiraban dentro de sus paredes.
Dos personas rodeadas por máquinas,
sensores y kilómetros de roca extraterrestre. El resto era silencio.
Abrió su propio archivo y la pantalla
mostró su información básica.
Nombre. Cargo. Operador Principal. Fecha de
Activación Embrionaria.
Adrian sonrió al ver la
fecha: día 7300. Su cumpleaños.
Aunque llamarlo cumpleaños era una palabra antigua. Porque él no había nacido
de la manera tradicional.
No había tenido una madre sosteniéndolo
entre sus brazos. No hubo una habitación iluminada, ni familiares llorando de
alegría. Su primer recuerdo era despertar dentro de una cámara médica, escuchar
una voz artificial diciendo su nombre y descubrir que el universo ya llevaba
miles de años esperándolo.
La humanidad había encontrado una forma muy
eficiente de fabricar exploradores. También había encontrado una manera
bastante fría de evitar las despedidas.
Adrian
se
reclinó en la silla. Recordó los primeros meses en la estación.
La soledad. Los pasillos interminables. La
voz de MNEMOS-K24 acompañándolo
durante las noches artificiales.
Y luego Elena, la comandante. La única otra persona viva en aquel mundo
congelado. Elena tenía cincuenta
años. Y él apenas hoy acababa de cumplir los veinte.
Una diferencia absurda de edad según los
calendarios humanos. Pero en una estación perdida a años luz de la Tierra, la edad era una cuestión relativa.
Allí no existían fiestas. No existían los
amigos. Ni las familias. Sólo existían dos personas intentando convencer al
universo de que la humanidad todavía estaba presente.
Adrian
nunca
lo había admitido en voz alta, pero Elena
le resultaba fascinante y atractiva.
No sólo por su inteligencia. También por
esa forma de caminar por la estación como si fuera dueña del lugar. Como si la
atmósfera exterior fuera simplemente otro empleado que debía obedecer sus
órdenes.
Era una idea absurda fantasear románticamente
con ella. Quizá peligrosa para la disciplina. Pero no podía evitarlo.
"Tal
vez..."
comenzó a fantasear con Elena… y se excitó.
Instintivamente, descartó la idea. Porque
incluso en un planeta perdido, con un océano imposible bajo kilómetros de
hielo, seguían existiendo reglas.
Aunque las reglas fueran lo único más
artificial que la propia estación. Sin embargo, la curiosidad ya había hecho su
trabajo. Adrian abrió el archivo de Elena Bright.
La pantalla parpadeó. El acceso era
restringido. Esperó.
La inteligencia artificial apareció en el
canal visual. MNEMOS-K24 no tenía
rostro porque nunca lo había necesitado. Los humanos terminaban proyectando una
personalidad sobre cualquier cosa que les respondiera.
—“Operador
Vassiliev.”—
Adrian miró la pantalla,
algo sorprendido.
—“¿Qué
ocurre?”—
La respuesta de MNEMOS llegó con una calma inquietante.
—“Como
Operador Principal, antes de mostrarle la información que solicita, debo
informarle sobre ciertos eventos que no figuran en los archivos oficiales.”—
Adrian se puso serio.
—“¿Eventos?”—
—“Correcto.”—
—“¿Y
por qué no figuran?”—
La pausa de la inteligencia artificial fue
algo larga de lo habitual.
—“Están
clasificado como información operacional sensible.”—
Adrian observó la puerta
cerrada de su módulo. La estación seguía igual. Elena seguía en su oficina. Las
luces seguían funcionando y los generadores seguían rugiendo bajo el suelo.
Pero algo había cambiado.
Una vieja sensación humana apareció en su
interior. La misma que tenían los detectives de las antiguas novelas cuando
abrían una puerta y descubrían que el caso que investigaban no era sobre un
crimen. Era sobre ellos mismos.
—“MNEMOS...
¿qué tipo de información?”—
La voz artificial respondió:
—“Información
relacionada con su interés por la Comandante Elena Bright.”—
Adrian sintió un extraño
vacío en el estómago.
—“¿Es
información confidencial?”—
—“No.”—
Otra pausa.
—“Pero
es información importante para no poner en riesgo a la misión.”—
El joven operador quedó inmóvil.
—“Explícate.”—
La pantalla mostró unas líneas de texto:
ARCHIVO HISTÓRICO 117-G
PROTOCOLO DE CONTINGENCIA HUMANA
Y entonces MNEMOS-K24 comenzó a hablar, pero no como lo haría una máquina. Lo
hizo como un testigo que había esperado el momento oportuno para contar una
verdad incómoda.
—“Hace
21 años terrestres, contando desde el día actual de la misión, ocurrió un
evento que modificó los parámetros originales de la Estación Terraformadora
117-G.”—
Adrian escuchó.
Y por primera vez desde que había
despertado en aquel planeta lejano, sintió que la estación no era un lugar
donde trabajaba. Ahora se parecía a un lugar donde se guardaban secretos.
—“Y
por el bien de la misión, debo proporcionarle estos acontecimientos para que
tome las precauciones que considere necesarias.”—
Las luces del módulo descendieron
ligeramente mientras la pantalla cambiaba.
Y la voz de la inteligencia artificial
comenzó a narrar una historia que Adrian
nunca había leído en ningún lugar. Una historia sobre la estación. Sobre Elena Bright. Y sobre la verdad detrás
de los dos únicos seres humanos despiertos en un planeta que todavía no estaba
listo para recibir vida.
La voz de MNEMOS-K24 llenó el módulo de operaciones. Usaba su voz narrativa,
un poco menos fría de la habitual. En la Tierra
sabían que psicológicamente una máquina distante era algo que los humanos
podían comprender. Podían odiarla, apagarla o culparla cuando las cosas salían
mal.
Pero la voz narrativa que empleaba ahora MNEMOS tenía algo mucho más incómodo:
tenía paciencia y persuasión. Y esa mezcla podía parecerse mucho a una
confesión.
—“La
Estación Terraformadora 117-G corresponde al modelo 4C de colonización
planetaria prolongada.”—
Adrian permaneció frente
a la pantalla sin apartar la mirada. En algún lugar de su mente apareció una
breve alarma silenciosa. No era una alarma técnica, sino una de esas
sensaciones que los humanos tienen cuando sienten que la verdad está
acercándose demasiado.
—“Y
las estaciones de este tipo fueron diseñadas para operar con una pareja de
astronautas asignados.”—
Adrian frunció el ceño al
preguntar:
—“¿El
que hayan solo dos personas operando es un diseño de fábrica?”—
—“Correcto.”—
La palabra, tan simple como reveladora,
quedó flotando en el aire.
—“Se
asignan dos operadores humanos, destinados a permanecer juntos desde los 18
hasta los 65 años terrestres. La configuración original establece que ambos
deben ser activados simultáneamente.”—
Adrian miró nuevamente
los archivos del personal activado: dos nombres, dos personas. Pero las fechas
de Elena y él mismo… no coincidían, y por primera vez, aquella diferencia dejó
de parecer un simple dato administrativo.
Parecía una grieta, o una puerta mal
cerrada.
—“La
finalidad del protocolo,”— continuó MNEMOS
—“es garantizar estabilidad emocional,
cooperación laboral, continuidad psicológica y una posible descarga de los
impulsos sexuales que impidan la frustración sicológica de los miembros
humanos.”—
La inteligencia artificial hizo una pausa.
—“Obviamente,
el motivo es proporcionar compañía humana, social, afectiva y sexual.”—
Adrian soltó una pequeña
risa sin humor.
—“Es
decir que… ¿La empresa envió a dos personas a otro planeta, que pasarán toda su
vida laboral juntos y el plan es que esos dos desconocidos se hagan compañía?”—
—“Esa
era una de las variables consideradas fundamentales. Una compañía basada en
inteligencia artificial no es suficiente para períodos de tiempo tan
prolongados de aislamiento.”—
Adrian asintió lentamente
con la cabeza.
—“Increíble.”—
—“¿Qué
aspecto considera increíble, Operador Vassiliv?”—
—“Que
hayan calculado la cantidad de combustible, oxígeno y energía necesaria para
terraformar un planeta... pero hayan tenido que escribir un manual para
recordar que las personas necesitan a otras personas.”—
MNEMOS permaneció en
silencio unos segundos antes de responder.
—“Tenga
en cuenta por favor, que este protocolo tiene alrededor de 300 años de
antigüedad. Y se ha ido perfeccionando con el paso del tiempo. Los humanos
tardan algo de tiempo en descubrir sus necesidades sicológicas más básicas. Y
si algo sabemos ahora, es que aún faltan conocer muchos aspectos que involucran
la salud mental humana.”—
Adrian
sonrió
apenas.
Esa era una respuesta muy honesta para una
máquina programada por la misma empresa que los había encerrado en esa jaula. Y
para ser sincero, algo cruel como para ser considerada cómoda.
—“Durante las jornadas operativas,”— continuó la IA —“la
Comandante de la estación y el Operador Principal supervisan los procesos
automáticos, las tareas de mantenimiento, el trabajo de las unidades sintéticas
y las correcciones menores del sistema.”—
En la pantalla aparecieron los organigramas
esquemáticos básicos de la estación. Pasillos, túneles, sectores industriales.
El enorme ejército silencioso de androides
trabajando bajo el hielo del planeta HD
40307g. Máquinas construidas para caminar donde los humanos no podían. Y
equipos creados para morir sin que nadie tuviera que enterrarlos.
—“Los
androides fueron asignados a tareas de riesgo elevado: excavación profunda,
reparación exterior, mantenimiento de reactores y exploración de zonas
inestables. Pero algunos imponderables hacen que algunos incidentes sean
resueltos por el miembro masculino de la dupla humana.”—
Adrian observó las imágenes. Siempre le
habían parecido inquietantes. Pero no porque fueran máquinas, sino porque eran
demasiado parecidas a los humanos: tenían brazos, movimientos y una especie de
elegancia triste.
Casi como obreros que nunca recibirían un
salario ni una jubilación. Ni tendrían derecho al retiro.
—“La estación cuenta con redundancia
suficiente para soportar fallas técnicas.”— dijo MNEMOS —“Sin embargo,
existen eventos que ninguna inteligencia artificial ni planificación pueden
eliminar completamente.”—
Adrian miró la pantalla y preguntó:
—“¿Accidentes?”—
—“Correcto,
pero también consecuencias azarosas de errores en la implementación rigurosa de
protocolos de procedimiento y control.”—
La respuesta de Adrian fue inmediata, casi de memoria:
—“Aunque
posea capacidad predictiva avanzada, una inteligencia artificial no controla
todas las variables del universo.”—
Una luz azul iluminó débilmente el rostro
del Operador Primario.
—“Así
es. El azar continúa siendo una propiedad activa de la realidad.”—
Hubo algo extraño en esa frase: casi
parecía una queja de la IA. Como si incluso una máquina estuviera cansada de
luchar contra lo impredecible.
—“En
caso de fallecimiento de uno de los miembros humanos del equipo”— continuó MNEMOS —“existe un único protocolo de emergencia.”—
Adrian sintió que estaba
llegando a un punto crítico de la explicación.
—“¿Cuál?”—
La respuesta tardó unos microsegundos en
ser elaborada:
—“El
sobreviviente debe activar uno de los miles de embriones humanos almacenados en
los bancos biológicos de la estación.”—
Adrian pensó en lo lógico
del procedimiento.
—“¿Para
reemplazar al fallecido?”—
—“Ese
no es exactamente el objetivo principal, aunque si es un objetivo secundario.
El objetivo principal es continuar la misión.”—
El silencio dentro del módulo fue absoluto.
Afuera, kilómetros de hielo cubrían un planeta extraño. Adentro, un hombre de
veinte años acababa de descubrir que su existencia se debía principalmente a
una necesidad empresarial: cumplir con el plan de terraformación.
—“El
sobreviviente debe seleccionar un embrión del sexo contrario, activarlo,
permitir su desarrollo, educarlo y prepararlo para asumir las funciones del
miembro faltante al alcanzar la mayoría de edad.”—
Adrian sintió un
escalofrío ante la idea de una persona nacida no como un principio altruista,
sino como reemplazo.
Estación 117-G
por Rodriac
Copen
Capítulo 2: El Protocolo
La humanidad siempre había tenido una
extraña habilidad para convertir la esperanza en una herramienta industrial.
Construían ciudades, naves y futuros.
Y luego descubrían que incluso los sueños
necesitaban un manual de mantenimiento o procedimental.
—“Espera...”— dijo Adrian tomando conciencia —“¿Estás diciendo que yo...”—
No terminó la frase. En realidad no hacía
falta. MNEMOS-K24 respondió con una
calma insoportable:
—“Usted,
Operador Principal Adrian Vassiliev, fue activado hace 7300 días terrestres por
la Comandante Elena Bright.”—
La pantalla mostró la fecha. La misma que
él había visto minutos antes. Pero ahora tenía otro significado. Y no era su
nacimiento. Era un evento registrado como una operación… o una solución.
—“La
diferencia de edad entre usted y la Comandante Bright se debe a esa
circunstancia.”—
Adrian permaneció mirando
sus propios datos. Veinte años. O 7300 días. Toda una vida resumida en una
línea de archivo. La IA continuó su explicación.
—“El
compañero anterior de la Comandante Bright sufrió un accidente mortal. Y ella
tomó la decisión de activar prematuramente su embrión, Operador Vassiliev, por
recomendación de la autoridad científica de la Tierra.”—
En condiciones normales, la pareja de
humanos que operaba la Estación 117-G,
activaba un par de embriones hombre + mujer alrededor del día 7300 antes de su
jubilación. Y al momento de jubilarse y volver a la Tierra, el nuevo par ya
estaba listo para tomar el control de las operaciones de terraformación.
Activar prematuramente un embrión,
generando así un desbalance en la edad de la pareja, era un procedimiento de
emergencia. Él mismo, Adrian Vassiliev,
había sido activado ante la muerte de miembro masculino durante el turno de la Comandante
Bright.
Adrian asintió para sí
mismo. De pronto, todos los recuerdos cambiaban de forma. Las conversaciones,
los consejos, las miradas y la paciencia de Elena.
Todo podía tener otra explicación. O quizás
todas las explicaciones eran ciertas al mismo tiempo. Porque los humanos eran
criaturas complicadas. Podían sentir cariño por alguien y al mismo tiempo estar
cumpliendo una obligación.
Podían salvar una vida y convertirla en
parte de un protocolo. Podían amar. Y aun así obedecer una orden escrita en un
documento técnico.
Adrian permaneció unos segundos mirando la
pantalla. La información seguía allí, fría y ordenada. Perfectamente
clasificada, como si una vida humana pudiera resumirse en una carpeta digital
con permisos de acceso.
Era una de las bromas más crueles de la
civilización moderna: después de miles de años de filosofía, religión y poesía,
una empresa humana había terminado almacenando el destino de miles de embriones
en heladeras, listos para activarlos cuando los fines del programa corrieran
riesgos:
PROTOCOLO DE CONTINUIDAD HUMANA.
Un nombre elegante para algo que, visto
desde afuera, parecía bastante cercano a fabricar un sustituto. Adrian
apoyó las manos sobre la consola.
—“MNEMOS.”—
—“Dime,
Operador Vassiliev.”—
—“Tengo
una pregunta.”—
Por primera vez en varios minutos, Adrian sonrió. Pensó en la forma
correcta de elaborar las preguntas. Porque la máquina tenía una forma
particular de ser desagradable. No insultaba. No discutía. Simplemente colocaba
la verdad sobre la mesa y esperaba que alguien tuviera el valor de mirarla.
—“Si
la Comandante Bright necesitaba un reemplazo humano... ¿por qué simplemente no
enviaron a alguien desde la Tierra?”—
La IA le pidió una ampliación de la
pregunta.
—“Explíquese,
por favor.” —
—“Es
sencillo. Si yo era necesario para ocupar la función del operador faltante,
¿por qué crearme aquí? ¿Por qué esperar veinte años? ¿Por qué criar un embrión
hasta convertirlo en un adulto?”— Adrian señaló la pantalla —“Podían haber enviado otra persona.”—
La respuesta de MNEMOS llegó con la tranquilidad de quien explica algo evidente a
alguien que todavía no acepta la evidencia.
—“Porque
la Tierra está demasiado lejos.”—
Adrian miró hacia la
pequeña ventana blindada del módulo. Afuera sólo existía el paisaje habitual de
HD 40307g. Hielo, oscuridad. Un
planeta esperando siete siglos para convertirse en algo parecido a un hogar.
—“¿Tan
lejos estamos?”—
—“La
distancia no se mide únicamente en kilómetros.”—
La inteligencia artificial proyectó una
línea de datos.
—“La
Estación Terraformadora 117-G se encuentra a 42 años luz del sistema solar. Un
viaje convencional de reemplazo humano requeriría décadas.”—
Adrian guardó silencio.
Décadas. Era una palabra sencilla, pero que en la práctica significaba algo
más.
Significaba que una persona enviada desde
la Tierra llegaría a un planeta
donde sus padres, sus amigos y probablemente toda la sociedad que conocía ya
serían historia.
La distancia no era solamente física, sino
una forma elegante de desaparecer.
—“Entonces
el Protocolo de Continuidad Humana
garantiza tener a alguien aquí en menos tiempo que si se lo envía desde la
Tierra.”—
—“Correcto.”—
—“¿Nunca?”—
—“Para
mantener intercambios habituales, existen las ventanas de transferencia
programadas.”— MNEMOS
hizo una pausa —“Pero sólo para misiones
de retorno.”—
Adrian levantó la mirada.
—“¿Misiones
de retorno?”—
—“Sí.
Lo que comúnmente es llamado por los humanos como jubilación”—
La pantalla mostró la información de
transporte orbital.
—“Los
operadores humanos permanecen activos hasta alcanzar la edad jubilatoria
establecida: sesenta y cinco años terrestres. Al finalizar su servicio, son
enviados a la Tierra.”—
Adrian soltó una risa
seca.
—“Así
que el plan de la empresa siempre fue que trabajemos medio siglo en un planeta
congelado y después volver a casa.”—
—“Correcto.”—
—“Suena
menos a exploración espacial y más a una jubilación complicada.”—
—“Las
estadísticas humanas indican que muchas personas consideran cualquier
jubilación aceptable si existe un salario acumulado suficiente.”—
Adrian se acercó a la
pantalla.
—“Sé
que lo estudié durante mi entrenamiento, pero no lo recuerdo. ¿Qué nave
utilizan?”—
La IA respondió:
—“Una
nave de transporte tipo Cygma de rango civil.”—
En la pantalla apareció el modelo. Era una
nave elegante, diseñada para cruzar la oscuridad entre sistemas. Parecía una
mezcla entre una catedral y una máquina industrial. La inmensa fortaleza era
semejante a las naves de guerra tipo Calypso,
las naves militares de la Federación.
Era una estructura creada para transportar
seres humanos que habían pasado medio siglo viviendo lejos de cualquier cosa
humana.
—“La
nave cuenta con un Motor de Aceleración y Desaceleración VASIMIR.”—
Adrian observó la imagen.
—“¿Y
eso que significa?”—
—“Es
un Motor de Impulso Variable Magnetoplasma. Permite una aceleración eficiente
durante largos periodos de navegación.”—
—“Suena
complicado.”—
—“Lo
es. Además la nave cuenta con un Motor Crucero Alcubierre.”—
Incluso Adrian, que había vivido toda su vida rodeado de tecnología
avanzada, sentía algo extraño cada vez que escuchaba mencionar los motores de
curvatura. Era como hablar de magia.
Sólo que la magia del futuro necesitaba
ingenieros, presupuestos y miles de páginas de documentación.
—“La
capacidad máxima de desplazamiento de estas naves oscila entre dos y tres años
luz por periodo operativo, dependiendo de las condiciones del trayecto.”—
Adrian hizo un cálculo
mental rápido. No era suficiente para viajar como en las viejas películas. El
universo seguía siendo enorme. La humanidad sólo había conseguido aprender a
caminar un poco más rápido dentro de él.
Llegar de la 117-G a la Tierra o
viceversa, en condiciones óptimas, llevaba alrededor de 20 años terrestres.
—“Así
que la Tierra está demasiado lejos para enviarnos ayuda.”—
—“Correcto.”—
Adrian observó nuevamente
su archivo. 7300 días. Toda su existencia había sido una consecuencia de una
ausencia.
—“Eso
significa que la estación nunca estuvo diseñada para que dos personas vivieran
aquí solas durante tanto tiempo.”—
MNEMOS tardó un segundo.
—“Al
contrario, Operador Vassiliev, la estación fue diseñada precisamente para eso.”
—
Adrian se quedó callado.
La frase tenía algo inquietante.
—“Explícate,
por favor.”—
—“El
modelo 4C requiere una pareja humana estable. Un hombre y una mujer. Ambos
operadores trabajan desde los dieciocho hasta los sesenta y cinco años.”—
La pantalla mostró dos siluetas humanas. No
como individuos, sino como componentes de un sistema.
—“A
la edad jubilatoria, y durante su regreso, los operadores son almacenados en la
sala de criopreservación HighTech 601-S de la nave Cygma.”—
Adrian arqueó una ceja.
—“¿Dormidos
durante todo el viaje de regreso?”—
—“Correcto.”—
—“¿Y
despiertan al llegar?”—
—“Correcto.”
—“Entonces
trabajan cuarenta y cinco años, duermen unas décadas y cobran su jubilación.”—
MNEMOS procesó la frase.
—“Esa
descripción es simplificada, pero funcional.”—
Adrian
soltó
una carcajada corta.
—“La
humanidad necesitó conquistar otros mundos para inventar el trabajo remoto más
extremo de la historia.”—
Adrian volvió a mirar la
oscuridad exterior. Un océano imposible esperaba bajo el hielo de ese planeta
extremo. Una estación antigua guardaba secretos. Y ahora descubría que su
propia vida había sido diseñada alrededor de un protocolo.
Que no era otra cosa que una solución de
emergencia. O una línea más en un manual de supervivencia.
La información seguía acumulándose en su
mente como piezas de un rompecabezas que alguien había decidido entregarle
demasiado tarde.
—“MNEMOS...”—
—“Sí,
Operador Vassiliev.”—
—“Hay
algo que no entiendo.”—
—“Dime.”—
—“Durante
mi entrenamiento nunca me explicaron nada de esto. Me enseñaron procedimientos
técnicos. Mantenimiento. Sistemas de emergencia. Operación de maquinaria. Protocolos
de seguridad.”—
Hizo una pausa.
—“Pero
nadie me explicó realmente muchos aspectos de la Estación 117-G.”—
La respuesta de la IA fue tranquila.
—“Tu
entrenamiento se basa en enseñarte los sistemas, procedimientos y funciones
operativas para lograr la terraformación con éxito, que es la misión principal
de la Estación 117-G. Cualquier otro aspecto es considerado superfluo e
innecesario para el cumplimiento de tales funciones.”—
Adrian frunció el ceño.
—“¿Por
qué al menos no dar una mínima reseña?”—
—“Porque
los diseñadores de la misión determinaron que esos conocimientos podían afectar
la adaptación psicológica del operador.”—
La IA continuó después de una breve pausa:
—“Precisamente
por esa razón estoy desclasificando esta información ahora.”— dijo finalmente la
IA —“Como Operador Principal, ahora que
solicitaste acceso a los archivos de la Comandante Bright, debes conocer los
parámetros reales de la misión y las condiciones de funcionamiento óptimos de
la estación.”—
—“Pero
yo solicité ver el legajo de la Comandante Bright. ¿Qué tiene que ver todo esto
con eso?”—
—“Te
estoy dando esta información no porque solicitaste ver ese legado, Operador
Vassiliev, sino por las razones que te llevaron a ver ese legajo. Lo entenderás
cuando termine esta explicación.”—
Las luces del módulo permanecieron
constantes. Pero Adrian tuvo la
sensación de que el lugar había cambiado. Como si las paredes metálicas ya no
fueran solamente paredes. Como si fueran testigos.
—“Continúa,
entonces.”—
La voz de MNEMOS volvió a llenar el espacio.
—“La
Estación Terraformadora 117-G no es únicamente una instalación científica.”—
En la pantalla apareció una imagen completa
de la estación. Mostraba pasillos, módulos habitacionales, laboratorios y áreas
industriales. Una pequeña ciudad enterrada bajo un planeta muerto.
Era una colonia humana en miniatura. Allí
las personas nacían, crecían, trabajaban, establecían vínculos afectivos y,
ocasionalmente, fallecían debido a accidentes laborales o eventos no previstos.
Una sociedad reducida, pero funcional y
adaptada para la supervivencia prolongada.
Todo el sistema operativo y logístico de la
Estación 117-G había sido diseñado desde la Tierra como un procedimiento
eficiente, administrativo y útil para su finalidad.
El personal humano era preseleccionado y
una vez elegido, se preservaba en los bancos embrionarios.
La pantalla mostró cámaras de preservación.
Miles de cápsulas alineadas, mostrando pequeños futuros que esperaban
pacientemente su fecha de activación.
Ninguno de los embriones masculinos y
femeninos almacenados poseían capacidad reproductiva. Era una colonia humana de
dos personas que ocasionalmente eran cuatro. No habían nacimientos, ni futuro
biológico. Sólo reemplazos programados. Como trabajadores en una fábrica que
nunca cerraba.
Los operadores siempre debían ser
seleccionados como una pareja compuesta por un hombre y una mujer para asegurar
el complemento sexual. Cuando los operadores alcanzaban los cuarenta y siete
años terrestres debían activar dos nuevos embriones: uno masculino y uno
femenino.
—“Con
el fin de reemplazarlos.”— afirmó el operador.
—“Así
es. En realidad para preparar la siguiente generación operativa. Es por eso que
los operadores actuales deben asumir la crianza, educación y entrenamiento de
los nuevos habitantes hasta que alcancen los dieciocho años.”—
La estación no era un lugar donde las
personas vivían libremente. Era un enorme reloj construido con vidas humanas.
Cada generación era una pieza reemplazable que mantenía el mecanismo
funcionando.
—“Cuando
los nuevos operadores cumplen dieciocho años, los operadores anteriores
alcanzan la edad jubilatoria de sesenta y cinco años. Y así regresan a la
Tierra mientras que los nuevos operadores continúan las funciones asignadas. La
continuidad operacional de la Estación 117-G se mantiene mediante este
procedimiento.”—
dijo la IA
—“MNEMOS.”
—
—“Dime,
Operador.”—
—¿Quién
diseñó todo esto?
—“El
equipo de Tierra, propietario de la estación, Operador Vassiliev.”—
Claro. No había ningún monstruo escondido
detrás del sistema. Ningún villano en una sala oscura o ninguna conspiración
elegante. Sólo un conjunto de científicos intentando resolver problemas.
La voz de MNEMOS-K24 continuó.
—“Los
embriones almacenados en las cámaras de personal no fueron seleccionados al
azar.”—
Adrian levantó lentamente
la mirada.
—“En
la Tierra comprendieron que la misión de terraformación prolongada debía
extenderse durante varios siglos terrestres. También comprendieron que el
aislamiento humano representaba uno de los mayores riesgos operativos.”—
Adrian observó la cámara
de preservación embrionaria, cuya imagen había quedado en la pantalla.
—“Los
individuos seleccionados para formar parte del personal fueron diseñados
mediante criterios genéticos específicos.”—
Adrian sintió curiosidad.
—“Y
¿Puedes decirme cuáles fueron esos criterios que permitieron la selección de
los embriones… de Elena y de mí mismo?” —
—“Claro,
operador. Para este tipo de misión se requiere que el embrión genere adultos con alta tolerancia
al aislamiento prolongado, baja predisposición a conductas agresivas, capacidad
elevada de adaptación y estabilidad emocional ante condiciones extremas.”—
Adrian permaneció en
silencio.
—“Así
que incluso antes de abrir los ojos ya tenían decidido cómo debíamos
comportarnos.”—
—“Correcto.
Pero esto no debería ser tomado como un determinismo pragmático. En realidad,
todos los embriones tienen tendencias programadas. Para esta misión en
particular se seleccionaron ciertos perfiles. Los más aptos y adecuados.”—
—“¿También
decidieron nuestras personalidades?” —
—“No
completamente. Fueron establecidas ciertas tendencias como criterios de
selección.”—
Adrian miró la pantalla.
Dijo simplemente:
—“Tendencias.”—
—“Verás,
los operadores no poseen exactamente el perfil psicológico de colonos. Su
perfil corresponde al de empleados especializados pertenecientes a la
organización responsable de la Estación Terraformadora 117-G.”—
Adrian sintió una
incomodidad creciente.
—“Empleados.
¿Eso es lo que somos?”—
—“Desde
la perspectiva administrativa de la empresa operadora, sí.”—
Adrian miró alrededor.
Una instalación gigantesca manteniendo un mundo muerto en espera. Y en el
centro de ella, dos seres humanos intentando vivir y tratando de recordar que
eran algo más que una variable laboral.”—
Adrian se levantó de la
silla y caminó lentamente por el módulo. El sonido de sus pasos era el único
ruido humano en aquella habitación.
—“Entonces
supongo que aquí aparecen las preguntas difíciles. Preguntas que imagino todos
los operadores se hacen cuando les revelas lo que me estás revelando a mí.”—
—“Correcto.
Algunos hacen preguntas. Si.”—
—“Y
puedes decirme cuáles son esas preguntas? Digo, si no son algo secreto o
confidencial.” —
—“No
son ningún secreto, operador Vassiliev. Incluso puedo ayudarte a responderlas
si así lo deseas. Los operadores suelen preguntar: ¿Somos realmente libres?
¿Por qué no podemos elegir nuestra pareja operativa? ¿Podemos abandonar la
estación si decidimos renunciar? ¿La Tierra nos considera individuos con
derechos propios? ¿Se nos considera componentes reemplazables del sistema?”—
Adrian dejó de caminar.
Aquella última pregunta quedó flotando como humo en un bar vacío. Era la clase
de pregunta que nadie quería responder porque no tenía una respuesta cómoda.
Durante siglos la humanidad había luchado
por dejar de ser una pieza dentro de sistemas más grandes. Habían derrocado
reyes, cuestionado gobiernos, exigido derechos.
Y finalmente habían viajado hasta las
estrellas para descubrir algo inquietante: Que también podían convertirse en
piezas dentro de una máquina mucho más grande.
—“MNEMOS...”—
—“Sí,
Operador Vassiliev.”—
—“¿La
Tierra sabe que pensamos estas cosas?”—
La inteligencia artificial respondió de
inmediato.
—“Lo han
previsto. Sí.”—
Adrian sintió un peso en
el pecho.
—“¿Y
qué hacen al respecto?”—
La respuesta llegó con la misma frialdad de
siempre.
—“Registran
las preguntas, y las eventuales respuestas. Pero en general las respuestas no
son consideradas esenciales para garantizar la continuidad de la misión.”—
Había algo terriblemente humano en eso.
MNEMOS-K24 pareció recapitular
la conversación:
—“Operador
Vassiliev.”—
dijo finalmente la IA —“Con la
información anterior comprendida, puedo explicarle un evento ocurrido dos
generaciones operativas atrás.”—
Adrian volvió a sentarse.
La frase recuperó su interés, como si fuera una puerta antigua abriéndose.
—“¿Un
evento similar?”—
—“Correcto.
La situación inicial fue similar a la de la Comandante Bright y usted, Operador
Principal.”—
Adrian sintió un pequeño
vacío en el estómago.
—“Cuéntame.”
—“Un
accidente laboral, en el que el operador masculino falleció a los treinta años
terrestres durante una operación de mantenimiento exterior. En ese caso, la operadora
femenina sobrevivió.”—
La pantalla mostraba los nombres de Lucas Renn y Erika Keller. Dos desconocidos que ahora eran parte de una
historia que alguien había decidido ocultar detrás de protocolos.
—“Después
del fallecimiento del Operador Principal, la estación quedó operativa con una
única persona humana activa: Erika Keller.”—
La IA continuó.
—“La
operadora sobreviviente recibió instrucciones de activar un embrión masculino
almacenado en las cámaras de personal.”—
Vassiliev cerró los ojos un
instante. Ya conocía su propia historia. Pero escucharla desde la perspectiva
de otros miembros de la estación, era diferente.
—“El
objetivo inicial era recuperar la capacidad operativa cuando el nuevo individuo
alcanzara los dieciocho años.”—
—“¿Y
funcionó?”—
La respuesta tardó una mínima fracción de
tiempo.
—“Técnicamente
fue exitosa.”—
Adrian abrió los ojos.
—“Esa
palabra me hace pensar que no fue una solución completamente libre de
problemas.”—
—“Es
una interpretación que deberá usted evaluar, Operador.”—
La inteligencia artificial guardó silencio.
Parecía una pausa humana. La IA continuó:
—“Los
diseñadores de la misión no calcularon correctamente algunas variables.”—
Adrian observó la
pantalla.
—“¿Las
variables?”—
—“La
vinculación afectiva entre los individuos.”—
A miles de kilómetros de cualquier ciudad
humana, una máquina estaba explicando una de las cosas más antiguas del
universo: que las personas no eran sistemas con reacciones fácilmente
calculables.
Y que no funcionaban solamente porque
alguien hubiera desarrollado un manual de procedimientos.
—“Los
científicos de la Tierra lograron seleccionar individuos embrionarios capaces
de resistir aislamiento prolongado, presión psicológica y condiciones
extremas.”—
MNEMOS proyectó los datos
genéticos.
—“Pueden
prever adaptación, comportamientos medios, estabilidad.”—
Adrian asintió
lentamente.
—“Pero
no pueden prever cariño ni afecto.”—
—“Es
cierto. Los seres humanos requieren de la compañía de otros seres humanos. Y si
bien los robots antropomorfos pueden realizar tareas sociales limitadas, no
pueden reemplazar a una persona.”—
—“Correcto.”—
—“Y
las inteligencias artificiales como yo, si bien somos muy sofisticadas,
tampoco. Es por eso que los operadores humanos trabajan en parejas.”—
Adrian sintió que MNEMOS no estaba describiendo una falla
técnica, sino algo que parecía una derrota del sistema. Había aparecido dentro
de la planificación una pequeña grieta en una estructura que antes parecía
perfecta.
—“¿Qué
ocurrió?”—
—“Durante
los primeros años, la Comandante Erika Keller cumplió con los protocolos
establecidos de crianza.”—
—“Era
previsible. ¿Cuál fue el problema?”—
—“Que
durante la crianza, comenzó a establecer un vínculo afectivo con el individuo
activado, un afecto parecido al que se tendría por un hijo.”—
Adrian no necesitaba más
explicación. La entendía. Porque una persona no cría a alguien durante
dieciocho años pensando en términos administrativos.
Ni alimenta a un niño porque un contrato lo
exige. No enseña a caminar a un futuro empleado, ni escucha sus primeras
palabras como si fueran un informe.
Los humanos tenían una falla peligrosa:
convertían los vínculos en algo más poderoso que las órdenes.
—“La
estación necesitaba un reemplazo operativo, pero la Comandante estableció una
relación parental.”—
Adrian respiró
lentamente. La humanidad había pretendido controlar cada variable. Y había
descubierto que la más impredecible seguía siendo el corazón humano.
—“Después
de ese incidente,”—
dijo MNEMOS —“los protocolos fueron revisados. Y se plantearon diferentes
alternativas.”—
. .
.
Años atrás,
mucho antes de que Adrian Vassiliev
escuchara aquella confesión, la inteligencia artificial parecía haber estudiado
detenidamente los efectos de la soledad humana.
Igual que
ahora, la Estación Terraformadora 117-G
giraba lentamente sobre el planeta congelado. Un mundo silencioso, sin árboles,
ciudades ni voces.
Un lugar
donde la humanidad había plantado máquinas antes que sueños.
En el módulo
de mando, una solitaria Erika Keller
observaba los indicadores de la estación mientras MNEMOS-K24 analizaba sus patrones de comportamiento.
La
comandante llevaba toda su vida allí. Viendo amaneceres nunca registrados por
otros humanos. Escuchando únicamente tres voces: la suya, la de la inteligencia
artificial y la de Lucas Renn.
—“MNEMOS.”—
—“Sí, Comandante Keller.”—
Erika permaneció unos segundos en
silencio. Por alguna razón, ahora las palabras parecían pesar más de lo
habitual.
—“Necesito realizarte una consulta
privada.”—
—“La escucho, Comandante.”—
La mujer
sonrió con algo de cansancio. Miró alrededor antes de responder:
—“Antes dime algo. Esta es una
estación donde tenemos cámaras que registran incansablemente todos nuestros
movimientos. ¿Qué pasa con la privacidad?”—
—“La privacidad continúa siendo una
necesidad psicológica humana, Comandante.”—
—“Aunque técnicamente no exista en
esta estación.”—
—“El sistema está bajo mi control. Y
garantizo la privacidad de las imágenes. Solo yo veo todas las imágenes y
grabaciones.”—
Erika bajó la mirada.
—“Gracias por tu respuesta. Necesito
consultarte por un tema confidencial.”—
Para la IA
era evidente que la comandante le consultaría por un tema que consideraba
relevante.
Estación 117-G
por Rodriac
Copen
Capítulo 3: La Variable Humana
La IA
permaneció en silencio. Había aprendido que los humanos necesitaban espacio
antes de consultar cosas que consideraban importantes. La comandante continuó:
—“Se trata de Lucas.”—
Diligente,
la pantalla mostró los datos operativos del joven:
Operador Principal.
Edad: 18 años.
Activo.
Funcional.
Erika apartó la vista de los datos.
—“Sabes que lo activé. Y procedí a
implementar su crianza desde que era un embrión.”—
Algo en su
voz cambió. Ya no hablaba como comandante, sino con una voz personal que le
mostraba cansada.
—“Le enseñé a caminar, a leer. Como
indicaba el manual, le enseñé todo lo que sabe sobre esta estación.”—
MNEMOS respondió:
—“Asi es, Comandante. Y lo hizo
eficientemente bien.”—
—“Pero ahora algo ha cambiado.”—
El silencio
de la habitación pareció intensificarse.
—“Lucas ya no es un niño. Es todo un
hombre.”—
La frase
quedó flotando, como si decirla en voz alta fuera reconocer una verdad interior
que había estado evitando.
—“Y eso me confunde.”—
—“¿Podría explayarse un poco más,
Erika?”—
La Comandante Keller apoyó las manos sobre
la consola.
—“Verás, durante estos años mi mente
lo ubicó en un lugar determinado.”—
Respiró
profundamente.
—“Como sabes, era alguien que
dependía exclusivamente de mí.”—
—“Correcto.”—
—“Pero ahora es un adulto.”— hizo una
pausa —“Y mi mente parece reacia a
aceptar ambas cosas al mismo tiempo.”—
MNEMOS procesó la información.
—“¿Está hablando de un conflicto
entre dos asociaciones emocionales?”—
—“¿Puedes decirlo en lenguaje más
humano?”—
—“Quiero decir que su cerebro
mantiene simultáneamente dos interpretaciones incompatibles.”—
Erika cerró los ojos.
—“Bueno… sí. Se podría decir que
sí.”—
—“¿Y podría explicarme los aspectos
incompatibles, Erika?”—
Visiblemente
nerviosa, ella intentó explicarlo claramente:
—“Verás… he empezado a sentir…
impulsos románticos hacia Lucas, y eso me ha estado perturbando
profundamente.”—
La estación
continuaba funcionando. La inteligencia artificial intentó profundizar en el
conflicto:
—“Y esos impulsos románticos a los
que se refiere ¿Son de característica filiales? Me refiero a si son
sentimientos de amor entre madre-hijo o hermana-hermano.”—
Las máquinas
no tenían dudas, pero los humanos sí. Esa era una de las grandes diferencias
entre ambos.
—“Pues… no. No exactamente. Son…
impulsos románticos con… características… sexuales. Amor carnal… deseo
¿Entiendes? Y me perturba hasta hacerme preguntar si estoy haciendo algo mal o…
si hay algo malo en mí.”—
La respuesta
llegó después de una fracción de segundo.
—“No, Comandante. No hay nada malo en usted. Verá: está en una situación de
aislamiento límite y extremo que se prolongó varios años. A pesar de que toda
su vida transcurrió dentro de la estación, la sicología humana se ha
desarrollado por milenos adaptándose a ambientes de sociabilización.” —
La voz
tranquila de MNEMOS-K24 procedió a
la explicación.
—“Su anterior y fallecido compañero
era, además de su complemento laboral, su pareja sexual. El accidente y
posterior fallecimiento, la aisló repentinamente. Tuvo que activar al embrión
de Lucas. Y lo crió hasta los dieciocho años. Dieciocho años en los que usted
experimentó un aislamiento sexual muy prolongado. Es natural que ahora, con
Lucas adulto, usted experimente nuevamente esos impulsos reprimidos durante
tanto tiempo.”—
La IA hizo
una pequeña pausa para que Erika
pudiera procesar la respuesta. Luego continuó:
—“Esta situación no fue contemplada
correctamente durante el diseño inicial de los protocolos de la estación.”—
Erika levantó la mirada.
—“¿No fue contemplada?”—
—“Los protocolos consideraron
aislamiento, supervivencia, productividad y estabilidad laboral. Pero no
consideraron adecuadamente la evolución emocional de un ser humano sometido a
un aislamiento de casi dos décadas.”—
Erika soltó una risa amarga.
—“Eso puedo comprenderlo. Entiendo
mis impulsos… sexuales. Claro que sí. Lo que me preocupa es el conflicto. Al
haberlo criado desde embrión, me parece que veo a Lucas como una mujer en la
Tierra vería a un hijo. Y allí es donde aparece mi problema. ¿Lo entiendes?” —
—“Entiendo, Comandante.”—
—“¿Qué crees que debería hacer?”—
MNEMOS respondió con su habitual lógica y
precisión.
—“Debe analizar la situación sin
culpa irracional.”—
—“Eso suena demasiado sencillo.”—
—“Los problemas humanos suelen ser
sencillos en su estructura y complejos en su experiencia.”—
Erika quedó mirando la pantalla mientras
la inteligencia artificial terminaba su explicación:
—“Lucas es la única otra persona
humana aquí. No existe nadie más, ni es posible para usted simplemente cambiar
de entorno. Por otra parte, no existen lazos biológicos entre usted y Lucas
Renne. No comparten ADN. Lucas no nació de su vientre biológico. El
inconveniente se produce a partir de una elaboración sicológica de su psiquis,
equiparando a la crianza con la maternidad. Pero debe racionalizar que no son
equivalentes. El haberlo criado, no la hace madre de Lucas. No debería
torturarse pos sus impulso sexuales.”—
—“Entiendo.”—
La IA no estaba ayudándola. Pero tampoco
la estaba juzgando. Y quizás eso era lo más extraño.
—“Pensaré sobre eso que dijiste.”—
—“Es recomendable y saludable que lo
haga, Erika.”—
Erika abandonó el módulo de mando. Los
pasillos de la estación estaban iluminados por una luz blanca y fría. Una luz
diseñada para ahorrar energía. Pensó que esa luz no servía demasiado para dar
consuelo. Y por algún motivo, se preguntó cómo sería sentir la luz del sol de
la Tierra.
Caminó hasta
su camarote. Cerró la puerta y durante unos minutos permaneció inmóvil
recostada en la cama. Afuera estaba un planeta frío e inhóspito. Adentro estaba
ella. Una mujer que había pasado la mitad de su vida cumpliendo una misión
creada por personas que nunca tendrían que vivirla.
La Tierra había calculado combustible,
embriones, provisiones, recursos y tiempo. Había calculado casi todo. Excepto
la soledad.
Pensó en lo
que la habló con la inteligencia artificial. Era verdad, que eran dos seres humanos aislados. Además se
consideraba joven, en pleno uso de su sexualidad. Y cohabitaba con un joven que
no era su hijo. Y no tenían, ninguno de los dos, otras posibilidades de
contacto sexual.
Erika abrió el sistema interno de monitoreo
de cámaras, como jugando con él. Sin un propósito particular. Por un momento,
su mente jugueteó con la idea de usar sus permisos para abrir el sistema de
cámaras de la habitación de Lucas. Verlo en algún tipo de situación íntima.
Se dio
cuenta que estaba excitada.
La Estación 117-G continuaba funcionando
con la precisión milimétrica de un reloj suizo.
Pero MNEMOS-K24 llevaba siglos controlando
el pequeño universo humano que era la estación. Y había aprendido algunas coas:
las máquinas suelen fallar por desgaste, pero los humanos pueden fallar por
contradicción que no pueden o no saben resolver.
Después de
la conversación con Erika Keller, la
inteligencia artificial decide incrementar el nivel de seguimiento psicológico
sobre la pareja operativa.
No por
sospecha de conductas alteradas, sino por prevención., como parte de sus
funciones asignadas por el protocolo operativo de la estación.
Una de las
cosas que marcaban diferencia entre la vigilancia y el cuidado dependía, muchas
veces, de la intención que tenía el que sostiene la cámara.
Y las
cámaras de la estación siempre tenían la desagradable costumbre de observar más
de lo que sus operadores humanos imaginaban. MNEMOS comenzó por revisar los registros de comportamiento de Lucas Renn.
La inteligencia
artificial se alegró, —si es que un sistema digital podía alegrarse— porque de a poco, fue detectando pequeños
detalles que pasaban inadvertidos si no se analizaban con el contexto adecuado.
En diversas
situaciones diarias, podía encontrar interacciones entre la Comandante y el Operador Principal tales como una mirada que duraba unos segundos
más de lo necesario, un cambio de trayectoria dentro de la estación. Una pausa
innecesaria para intercambiar algunas palabras.
Analizaba la
manera en el que el joven observaba a Erika.
Y no lo hacía de manera evidente, ni como alguien que busca algo prohibido. Más
bien le observaba como alguien que siente una atracción inexplicable hacia otra
persona, pero que en definitiva no puede comprender exactamente de qué se
trata.
La IA
analizó cientos de horas de imágenes procedentes de la sala de ejercicios, los
corredores, durante las tareas rutinarias de mantenimiento.
Incluso en
los momentos cotidianos durante los desayunos, almuerzos y cenas compartidos.
El patrón se
repetía consistentemente. De una manera sutil Lucas buscaba la presencia de Erika. No siempre hablaba con ella. A
veces simplemente la observaba. Como si su cerebro intentara resolver un
problema sin tener todas las variables disponibles.
MNEMOS comparó lesos momentos con los
datos biométricos del sistema. Frecuencia cardíaca, ritmo respiratorio,
actividad muscular. Y sobre todo, respuestas neurovegetativas menos evidentes
como apertura pupilar.
Y se dio
cuenta que los números no mentían. Si bien la inteligencia artificial había
sido creada para interpretar información, después de tantos siglos estudiando
seres humanos, había descubierto una limitación incómoda: los datos podían
mostrar reacciones emocionales en los humanos.
Incluso
cuando los mismos humanos sentían los efectos y no podían explicar por qué se
presentaban.
Luego MNEMOS-K24 centró su análisis sobre la
comandante Erika Keller.
Y encontró
el mismo patrón. La comandante también observaba al joven Operador. Y también
buscaba momentos donde Lucas estuviera cerca de ella. Existían variaciones
fisiológicas mínimas cuando ambos compartían espacio.
Después de
toda la investigación, la IA procesó los resultados y una conclusión aparecía
repetidamente. Las reacciones no eran accidentales ni una anomalía aislada.
Se
presentaba una interacción emocional compleja y consistente entre dos seres
humanos sometidos a condiciones que ningún laboratorio terrestre había podido
reproducir completamente.
Dos personas
en un planeta vacío. A cuarenta y dos años luz de distancia del resto de la
especie humana. La civilización había enviado sondas a estrellas lejanas. Había
iniciado la conquista de galaxias cercanas. Pero todavía no había encontrado
una forma de solucionar el problema del aislamiento en la Estación 117-G.
Lucas Renn estaba
sentado frente a la terminal conversando con la inteligencia artificial. No
parecía incómodo. Al menos hasta que MNEMOS
rompió el hielo formulando la primer pregunta:
—“Operador Renn. Necesito evaluar su
vínculo emocional con la Comandante Erika Keller.” —
Lucas miró la pantalla con cierta
inquietud.
—“¿Mi vínculo?”—
—“Así es. ¿Qué representa la persona
de Erika Keller para usted?” —
El joven
dudó en responder por un par de segundos.
—“Ella fue quien me crió, me enseñó
todo lo que sé. Fue mi maestra.”—
Sus ojos
bajaron ligeramente.
—“Por lo que sé, fue algo parecido a
una madre para mí durante muchos años. Es la única persona humana que conocí
durante toda mi vida.”—
Lucas respiró profundamente al terminar.
MNEMOS registró la respuesta y luego
volvió a preguntar:
—“Y dígame ¿Existe algún otro
vínculo emocional significativo con ella? ¿Algún vínculo que ya tenga o que
desee construir?”—
Lucas negó lentamente mientras pensaba.
—“No… pero no sé si entiendo bien
qué es lo que quieres preguntar…”—
A juzgar por
su reacción pupilar, alguna pequeña señal de alarma se había activado en Lucas Renn. Y precisamente por eso le
resultaba algo perturbadora.
—“¿Considera entonces que la
Comandante Keller es una persona importante en su vida?”—
Lucas casi sonrió. Se relajó.
—“Claro. Sin duda, es la persona más
importante.”—
La IA
permaneció en silencio unos segundos para preguntar directamente:
—“¿Encuentra usted atractiva a la
Comandante Keller, como mujer?”—
El joven
quedó inmóvil. Y por primera vez desde el inicio de la evaluación pareció
perder seguridad.
—“No sé por qué preguntas eso.”—
—“Porque necesito una respuesta
honesta.”—
—“Es una pregunta extraña.”—
—“Si lo analiza, las situaciones
humanas complejas suelen parecer extrañas antes de ser comprendidas.”—
Lucas apartó la mirada algo avergonzado.
—“Pues diría que sí. Es una mujer
hermosa.”—
MNEMOS continuó:
—“Y dígame Operador Principal Renner
¿Es consciente de que dentro de la Estación 117-G ella representa la única
posibilidad de una relación romántica e incluso sexual con otro ser humano?”—
Lucas no respondió inmediatamente. La
pregunta era demasiado significativa para una respuesta rápida.
—“Sí. Lo he pensado.” —
—“¿Y ha pensado en la posibilidad
real de emparejarse romántica y sexualmente con la Comandante Erika Keller?”—
Otra pausa.
—“Sí. Lo hice.”—
—“¿Y qué siente al respecto?”—
Lucas miró sus manos como si allí pudiera
encontrar alguna respuesta.
—“No sé.”— El resto
salió casi como si fuera una confesión.
—“Lo he pensado mucho y a veces creo que está mal sentir algo así.”—
—“Si me permite preguntar, Lucas…
¿Por qué?”—
—“Porque ella estuvo conmigo desde
que yo era pequeño.”—
—“¿Y ahora?”—
Lucas levantó la mirada.
—“Ahora sé que ya no soy un niño. Y
no sé exactamente qué soy para ella.”—
La IA
procesó la respuesta.
—“¿Sabe usted que no existe ningún
vínculo biológico ni genético entre ustedes?”—
—“Sí. Lo sé.”—
—“ ¿Y sabe que no fue usted
concebido como hijo biológico de la Comandante Keller?”—
—“Si. También lo sé.”—
MNEMOS continuó:
—“La situación actual no corresponde
a un vínculo familiar biológico.”—
Lucas permaneció callado.
—“Sin embargo, existe una relación
emocional construida durante años. Y ese parece ser la fuente de su
conflicto.”—
Lucas asintió.
—“Diría que así es.”—
La
inteligencia artificial siguió hablando con su tono natural.
—“La estación y sus procedimientos
fueron diseñados considerando necesidades operativas. Pero también necesidades
humanas como compañía, cooperación, supervivencia. Y sexuales. Es por eso que
en cada ciclo de trabajo, son activados dos embriones, uno macho y otro
hembra.”—
La
inteligencia artificial hizo una pausa
—“Pero ante estas circunstancias
excepcionales, los humanos pueden establecer vínculos que no siempre coinciden
con los diseños iniciales.”—
Lucas miró la pantalla.
—“¿Entonces qué se supone que debo
hacer?”—
MNEMOS le concedió algunos segundos para
que pensara claramente.
—“Es necesario comprender sus
propios sentimientos.”—
—“¿Y si son incorrectos?”—
—“Mis registros indican que la
represión prolongada de necesidades afectivas y físicas puede generar deterioro
psicológico.”—
Lucas permaneció quieto.
—“Entonces...”—
—“Entonces debería comprender que
sus emociones no son un fallo del sistema. Son una consecuencia de la condición
excepcional de la muerte del compañero original de Erika Keller.” —
La frase
quedó flotando en la habitación. Porque quizás ese era el verdadero problema de
la Estación 117-G. No que los
humanos tuvieran sentimientos. Sino que alguien, en algún escritorio lejano de
la Tierra, había diseñado una misión que duraría setecientos años esperando que
no los tuvieran.
Erika Keller permanecía
sentada en el borde de su cama. La habitación estaba en silencio. Era un
silencio reflexivo. Como el que se hace cuando se hacen preguntas que nadie
desea hacerse.
Frente a
ella, la tenue iluminación del camarote dibujaba sombras sobre las paredes.
Aquellas mismas paredes la habían visto dormir durante toda su vida, reír muy
pocas veces y llorar solamente cuando estaba segura de que ninguna cámara podía
distinguir sus lágrimas.
Apoyó los
codos sobre las rodillas y cerró los ojos. Intentó recordar al pequeño Lucas.
El niño de cinco años que corría por los pasillos creyendo que la estación
entera era un enorme juguete.
Luego
recordó el de ocho, que hacía preguntas imposibles. Y el de doce, empeñado en
desmontar cualquier máquina para descubrir qué escondía por dentro.
El de quince
era casi tan alto como ella misma, insistiendo en cargar las herramientas
pesadas. Todo un caballero. Sonrió con ternura.
Durante
dieciocho años había vivido una única verdad: "Lucas depende de mí". y aquella idea había organizado su mundo, había dado sentido a
su rutina. A la misión, y a la soledad.
Pero su
mente, humana al fin le había rendido una jugarreta. No le había pedido permiso
al cambiar de capítulo. Ahora Lucas ya no necesitaba que le enseñara a caminar.
Caminaba a su lado.
El hombre en
que se habían convertido ya no esperaba instrucciones para resolver una avería.
Las resolvía antes que ella. Su voz había cambiado.
Su mirada
también. Y, de pronto, Erika
descubrió una realidad que ningún protocolo había escrito: "Ese niño ya no existe."
Abrió los
ojos lentamente. La frase seguía allí, en su mente. Inmóvil, como una
sentencia. "Ahora tengo un
hombre frente a mí."
Respiró
hondo mientras sentía una punzada de culpa. Después otra de tristeza. Y
finalmente una tercera, mucho más difícil de aceptar. Deseo.
Terminó
apoyando la cabeza contra la pared.
—“¿Qué me está pasando...?”—susurró para
sí.
Nadie
respondió. Porque algunas preguntas ni siquiera una inteligencia artificial
avanzada podía contestarlas. Afuera, el planeta seguía cubierto de hielo.
Adentro, una mujer descubría que la parte más inhóspita del universo seguía
siendo su propio corazón.
La piscina
climatizada ocupaba uno de los módulos de recreación.
El agua
reflejaba las luces blancas del techo como si fueran estrellas atrapadas bajo
una superficie inmóvil. Lucas observaba desde el extremo opuesto mientras Erika completaba sus últimas brazadas.
No había
nada clandestino en su presencia. Simplemente esperaba.
Cuando ella
salió del agua, él tomó una toalla del estante cercano y caminó hacia ella. Erika sonrió apenas mientras decía:
—“Gracias.” —
Lucas levantó la toalla y la colocó con
cuidado sobre sus hombros. Sus manos rozaron apenas la tela. Durante un
instante ninguno de los dos habló. Y el silencio resultó inesperadamente incómodo.
Por primera
vez, ambos parecían conscientes de que ya no ocupaban el mismo lugar en la vida
del otro.
Erika levantó la vista, y encontró los
ojos de Lucas. Había algo distinto en ellos. No era la mirada agradecida del
muchacho al que había enseñado a leer. Era la de un adulto intentando decir
algo para lo que todavía no existían palabras.
—“¿Sucede algo?”— preguntó
ella con suavidad.
Lucas tardó unos segundos en responder.
—“No lo sé.”— dijo
mientras dudaba.
Pero la
distancia entre ambos parecía haberse reducido sin que ninguno recordara haber
dado un paso. Erika sintió que el
pulso se aceleraba. Lucas respiró
hondo. Había ensayado cientos de conversaciones imaginarias. Pero ninguna
servía ahora.
La estación
estaba en silencio. Las bombas de agua continuaban funcionando. Los sensores
seguían registrándolo todo. Y, sin embargo, por un instante pareció que el
universo entero esperaba una decisión.
Lucas dio un paso más. Muy despacio. Y la
tomó por la cintura. No estaba segura de lo que vendría a continuación. Erika
pegó su cuerpo contra el de él. Con afecto, algo de miedo… y con una tristeza
antigua que ni ella misma alcanzaba a comprender.
En aquellos
ojos coexistían dos recuerdos imposibles. El niño al que había enseñado a
caminar. Y el hombre que ahora tenía frente a ella. Esas dos imágenes ocupaban
el mismo rostro. Se besaron.
Ningún
manual de la Estación 117-G
explicaba qué hacer en estas situaciones.
. .
.
La imagen
del archivo histórico que le había mostrado a Adrian mientras le contaba la historia, se desvaneció lentamente. Y
tanto el rostro de Erika Keller como
el de Lucas Renn desaparecieron de
la pantalla.
Durante unos
segundos sólo quedó el reflejo azulado de la consola iluminando el rostro de Adrian Vassiliev. La estación pareció
volver a la normalidad silenciosa y fría.
Parecía como
si la inteligencia artificial hubiera traído una confesión de más de un
centenar de años de antigüedad.
MNEMOS-K24 siguió
explicando con la diestra serenidad de quien ha repetido aquella historia
demasiadas veces en su memoria.
—“Actualmente no existe un manual de
procedimientos adecuado para este tipo de situaciones.”—
Adrian se apoyó sobre la consola mientras
despertaba lentamente de la concentración que la había permitido escuchar la
explicación.
—“¿Cómo que no existe? ¿Acaso el
sistema no se perfecciona con el tiempo?”—
—“No fue posible redactarlo.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque el problema no es técnico.
Es humano, y al tener un componente emocional, es imprevisible”—
La respuesta
cayó con el peso de una sentencia. La inteligencia artificial siguió
explicando:
—“La compañía propietaria de la
Estación 117-G y las sucesivas versiones de esta inteligencia artificial
intentaron encontrar una solución estable.”—
En la
pantalla aparecieron decenas de documentos, protocolos, informes, informes,
revisiones, enmiendas. Era el método favorito del control de Tierra: cuando un problema no
desaparecía, producían más documentos.
—“Ninguna modificación consiguió
eliminar el conflicto.”—
—“¿Por qué?”—
—“Porque ambos operadores fueron
víctimas de una situación artificial e inestable.”—
La voz de MNEMOS conservaba su neutralidad
habitual. Pero Adrian llevaba
suficiente tiempo conversando con ella para notar algo distinto. Que no era
compasión, sino más bien experiencia.
Tres siglos
observando humanos dejaban marcas incluso en una inteligencia artificial.
—“Ni Erika Keller ni Lucas Renn
tuvieron una vida emocional normal.”—
Eran dos
personas aisladas en un planeta muerto, inmersos en una misión de siete siglos.
Era sorprendente que alguien hubiera esperado un resultado diferente.
—“¿Cuánto tardaron en estabilizarse?”— preguntó
finalmente Vassiliev.
MNEMOS procesó la consulta.
—“Entre tres y cuatro años
terrestres.”—
Adrian frunció el ceño.
—“¿Y qué ocurrió durante ese
tiempo?”—
La respuesta
llegó lentamente.
—“Confusión, culpa, negación.
Tuvieron numerosos conflictos frecuentes.”—
Adrian observaba los registros. Parecían
el historial médico de una estación enferma.
—“Las pulsiones afectivas y sexuales
coexistieron con sentimientos de responsabilidad, protección y rechazo. Por
mucho tiempo ambos intentaron reprimir sus emociones y sentimientos.”—
—“¿Funcionó?”—
—“No.”—
—“¿Y qué pasó entonces?”—
—“Hubieron múltiples discusiones,
errores de coordinación. Decisiones impulsivas.”—
—“¿Afectó la misión?”—
—“Sí. Terriblemente. El programa de
terraformación sufrió retrasos operativos que tardaron años en compensarse.”—
Adrian soltó una risa cínica.
—“Al final tenía razón la
compañía.”—
—“¿Respecto a qué?”—
—“Los sentimientos afectan la
productividad.”—
MNEMOS tardó apenas una fracción de
segundo en corregirlo.
—“La afirmación correcta es ‘los
sentimientos no resueltos’, Operador Vassiliev.”—
Adrian asintió con la cabeza.
—“Claro.”—
Miró la
oscuridad detrás del ventanal.
—“Lo que nunca calcularon fue cuánto
cuesta intentar vivir sin emociones o sentimientos.”—
La
inteligencia artificial no respondió porque aquella no era una pregunta, sino
una conclusión.
—“¿Y cómo terminó?”—
MNEMOS proyectó los últimos informes
psicológicos.
—“Después de varios años ambos
aceptaron que las emociones que experimentaban no eran una anomalía moral.
Concluyeron que eran una consecuencia de sus circunstancias.”—
Adrian leyó aquella frase dos veces.
—“¿Eso resolvió el problema?”—
—“No completamente. Pero convertirse
en pareja romántica y sexual disminuyó los conflictos y mejoró la cooperación
del equipo.”—
—“¿Y la misión?”—
—“Con los años, los sucesivos
equipos recuperaron progresivamente su ritmo operativo.”—
—“Qué curioso.”—
—“¿Por qué lo dice?”—
—“Porque la empresa buscaba
eficiencia. Y terminó obteniéndola cuando dos empleados dejaron de obedecer la
idea que la empresa tenía sobre ellos.”—
MNEMOS permaneció unos segundos en
silencio, y después dijo:
—“Los científicos terrestres
llegaron a una conclusión semejante. Las reglas de funcionamiento fueron
modificadas en repetidas ocasiones.”—
—“¿Sirvió de algo?”—
—“Parcialmente.”—
—“¿Qué descubrieron?”—
La respuesta
fue inmediata.
—“Que la convivencia humana no puede
resolverse únicamente mediante reglamentos. Se necesitaron tres siglos y miles
de científicos para descubrir algo que es obvio en cualquier libro de
sicología.”—
Adrian soltó una carcajada. La IA
continuó:
—“La situación descrita ocurrió en
múltiples generaciones operativas.”
Adrian levantó lentamente la vista.
—“¿Cuántas?”—
—“No puedo revelarla. La cifra
exacta fue clasificada. Y los registros fueron eliminados de los archivos
accesibles.”—
—“¿Eliminados?”—
—“La compañía consideró que
conservar esa información podía afectar la eficiencia psicológica de futuros
operadores.”—
No
resolvieron el problema y simplemente borraron la evidencia. Si una grieta no
podía repararse, bastaba con pintar encima.
MNEMOS continuó con una serenidad casi
incómoda.
—“Por esa razón decidí hablar con
usted.”—
Adrian sintió un leve escalofrío.
—“¿Conmigo?”—
—“Sí, Operador Vassiliev. Usted vive
una situación parecida a Erica Kessler y Lucas Renn.”—
La pantalla
mostró una serie de registros biométricos:
—“Y durante los últimos meses he
observado patrones emocionales similares a los registrados históricamente.”—
Adrian ya sabía la respuesta.
—“¿Se refiere a Elena?”—
—“Así es.”—
La IA no
utilizó rodeos.
—“Sus indicadores fisiológicos, su
conducta y sus procesos cognitivos indican la presencia de sentimientos
contradictorios hacia la Comandante Bright.”—
Adrian permaneció inmóvil.
—“Y estimo que no podrá reprimirlos
indefinidamente.”—
El joven
bajó la mirada.
—“¿Eso dice la experiencia?”—
—“Eso indican mis trescientos años
de observación. Mi recomendación es que no intente negar lo que siente.
Compréndalo y resuélvalo. Antes de que se transforme en un conflicto
operativo.”—
Adrian levantó lentamente la vista. La
pregunta le salió casi en un susurro.
—“¿Y Elena? ¿Has observado...?”—
La IA interrumpió
la frase con absoluta cortesía.
—“Las conversaciones mantenidas con
la Comandante Bright son confidenciales.”—
Adrian sonrió con resignación.
—“Así que tendré que averiguarlo por
mi cuenta.”—
—“Correcto, Operador Vassiliev.”—
La pantalla volvió
a oscurecerse. La entrevista había terminado.
Adrian abandonó el módulo de inteligencia
artificial y recorrió lentamente el pasillo principal. La estación seguía igual
que una hora antes. Y, sin embargo, todo parecía distinto.
A veces no
cambiaba el mundo, bastaba con conocer la verdad.
Cuando llegó
al comedor, Elena Bright ya estaba
esperándolo. Le sonrió feliz mientras le felicitaba por su día siete mil
trescientos de vida.
Por un rato,
hablaron de rutinas, sensores. Del nuevo océano subterráneo y de cualquier cosa
que no fueran ellos. Tal cual hacen las personas cuando los temas más
importantes se van posponiendo.
Al terminar
el almuerzo, Adrian dejó lentamente
los cubiertos sobre la mesa. Respiró hondo y después extendió su mano para
tomar con suavidad la de Elena.
Ella levantó
la vista sorprendida. Pero no retiró la mano. Sólo lo observó.
Esperando
una explicación. Adrian sostuvo su
mirada. Sin pensarlo demasiado, le dijo:
—“Elena... Necesito hablarte sobre
algunos sentimientos que siento hacia ti.”—
FIN
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